En el dialecto de las y los trabajadores de la maquila hay un verbo que
casi siempre se usa en imperativo: el verbo Alacranar que cuando se usa se
oye algo así como ¡Alacránate!
La orden o invitación pretende que el
interpelado –o pelada– se ponga en guardia, se alerte, se ponga como
alacrán: listo para defenderse. Y como la forma sustantiva de este verbo
es Alacrane, pues por eso se llama así esta columna. Traducida entonces,
diríamos que este espacio se llama La puesta en guardia.
En los ochentas en ciudad Juárez
circuló un periodiquito con este nombre entre obreras y obreros de la
maquila.
En los noventas lo intentamos también
aquí, en Chihuahua.
Y en 1996 se escribió un libro que da
cuenta de lo que logró ese instrumento de organización.
En cierta medida, este esfuerzo es la
continuación de aquellos e intenta dar una opinión desde la óptica de las
y los trabajadores asalariados de este estado.
LUIS K'FONG FIERRO
Sí, ¡cuánta ruindad! Desde hace tiempo, como una campaña orquestada desde
aquellos que son cuestionados en su gestión por la imparable ola de
crímenes en Juárez, o como un acto infame de disputa del exiguo
capital político o económico que, con inenarrables sacrificios ha
logrado acumular la Casa Amiga; un corito absurdo ha venido repitiendo
calumnias, ataques o, de plano, estupideces: que si Esther y sus amigos
tienen inconfesables intereses políticos; que si es corrupta, que si
patatí, que si patatá. Pura basura, puro enloda que al final algo quedará.
Me dijeron que tod@s coincidían en que
el terrorismo era malo, muy malo, recalcaron. Como mi obligación era medio
cuestionarlos, medio animarlos a considerar todos los ángulos posibles,
les pregunté:
-Una gripa, por ejemplo, ¿es terrorismo?
-Ah, no -dijeron en coro-. Tiene que
haber violencia -completó Omar que al parecer había hecho su tarea en la
internet la noche anterior.
-Un choque, entonces, ¿es terrorismo?
-Tampoco -otra vez el coro-. Tiene que
haber venganza -dijo Cristy-. O amenaza para conseguir algo que el otro no
quiere dar -terminó Freddy, con una voz casi inaudible por lo largo de
aquella mesa redonda de niños CAS, o sea con capacidades y aptitudes
sobresalientes.
-Ya entiendo... -quise agarrar tiempo y
aire, porque tal parecía que mis nuev@s amiguill@s tenían muy afilado
aquello de la conceptualización, cuando menos más que los tallerand@s con
los que trabajo normalmente-. Entonces, Bush es terrorista.
-¡Qué no!, el terrorista se llama Bin
Laden -me corrigieron tod@s junt@s, aunque ya no en coro, porque el tono
de algun@s era ya de fastidio, por no poder hacer que yo entendiera; otr@s
como que querían burlarse de mi ignorancia y la mayoría intentaba lealmente
sacarme del error.
-¿Cómo no?; es muy malo lo que Bush anda
haciendo por allá en Afganistán ¿o no?; bombardear es un acto de violencia;
él dice que les está haciendo eso porque no le entregan a Bin Laden, o sea,
se está vengando y claro, primero los amenazó para conseguir lo que quería
y no se lo daban -siguió un silencio en el que casi pude oír sus cerebros
procesa que procesa- ¿entonces? -finalmente los apremié.
Y fue cuando la opinión se dividió.
Lucero, una muchachita que se está convirtiendo en jovencita, me vio con
esos ojos con los que ve la gente cuando, de pronto, reconstruye algo:
-Pues a lo mejor y sí -consideró-. Sí,
yo digo que sí, que Bush es el terrorista.
-Pero también Bin Laden -completó
Cristy.
-Bueno, quién sabe -acotó Óscar-,
porque dicen que no le han probado nada. Pero los que se estrellaron en
las torres ésos sí... y Bush también -concedió.
Luego tomaron ellit@s la iniciativa y
comenzaron a bombardearme a mí con preguntas; que cuál era el fondo del
problema, que el petróleo, el poder y las ideas religiosas, que por qué
estaban enojados con Estados Unidos, que por lo de Israel; que si eran muy
malos con las mujeres, que sí, pero también algunos juaritos y no por eso
nos bombardean a todos... y así.
Cuando terminó el tiempo del ejercicio,
teníamos que decidir cómo íbamos a presentarle a l@s demás los resultados
de nuestra mesa. Dijeron que hablara una comisión de tres y l@s demás los
apoyarían con dibujos. Primero querían que yo los nombrara a los oradores,
pero pronto pasó la idea de que debían elegirlos entre los que estuvieran
dispuestos a hablar. Y Lucero, redondeó:
-Que sean dos hombres y una mujer,
nomás porque ellos son mayoría -aventuró.
L@s demás aceptaron, dibujaron como
desesperados, tanto que se negaban a comer por estar tan ocupados -me
traje dos de los trabajos, los que aparecen aquí- y, al final, hablaron
Freddy, Óscar y Lucero -Omar se negó, porque dijo que si él no dejaba a
nadie hablar por él, ¿cómo iba a decir cosas por otr@s?-. No informaron
todo lo que construimos, pero dieron una idea clara a l@s demás de que eso
del terrorismo es más complejo que condenarlo como malo simplemente.
Yo hubiera querido haber tenido tiempo
y habilidad para proponerles mi conclusión: que el epíteto de terrorista
simplemente es un insulto, que lo aplican los tirios a los troyanos para
descalificarlos y bombardearlos, pero que en correspondencia los troyanos
les dicen terroristas a los tirios, para poderles tirar las torres. En fin,
ya será otra vez... si me vuelven a invitar.
24 de diciembre de 2001
Es la gente negando en los hechos la
irrefutable verdad de que el mercado lo domina y decide todo; son las y
los humanos de cuando menos una región del planeta, diciéndole qué hacer a
las cosas, y no al contrario como ha venidos sucediendo todos estos últimos
años en el resto del mundo, donde todavía ahora gobiernan las cosas sobre
los hombres y las mujeres.
El episodio también es prueba, por
otro lado, de que las elecciones no son ni con mucho más, el único camino
que tenemos las y los de abajo para hacer política, sino que los
caminos para participar en la cosa pública son, como los de dios, infinitos.
La pueblada como estoy leyendo
que le dicen allá, le ha dicho a las clases participantes que no era
cierto que las grandes decisiones sólo pueden venir de arriba para abajo,
sino que también se pueden dar a la inversa, tan contundentes o más que
las que hasta hace muy poco dictaban el ministro de economía y el
presidente depuestos...
Pero ése es sólo el primer impulso,
porque cuando seguimos leyendo los despachos, notas y comentarios que nos
llegan del cono sur, el gozo como que comienza a írsenos al pozo: resulta
que las consecuencias políticas del movimiento –cuando menos hasta el
momento– es que el poder que perdieron los radicales, recayó en los
justicialistas, quienes para estas horas ya nombraron dos presidentes
provisionales y, según leo, se preparan para hacerse del definitivo el
próximo tres de marzo.
O sea que como diría Virgilio, a los
argentinos les salió la cosa como a las abejas, que hacen la miel, pero no
para ellas. O como dirían los viejitos en uno de sus evangelios chiquitos,
saltaron del sartén a la lumbre. Sucede que el régimen que ellos reprobaron
en las pasadas elecciones, en las que eligieron al ahora depuesto De la Rúa,
era un régimen peronista, precisamente; uno corrupto que se benefició de la
venta de las paraestatales, que pidió los préstamos que ahora no se pueden
pagar y que, por otro lado, puso en práctica religiosamente todos y cada
uno de los consejos neoliberales del Fondo Monetario Internacional y plantó
las primeras piedras de la debacle que coronó el gobierno radical que
acaban de tirar.
¿Cómo pudo ocurrir tal cosa?; ¿cómo
puede ser que un movimiento que pretende parar las políticas económicas
depredadoras, le entregue el poder a otro partido igualmente antipopular?
La explicación no es sencilla, pero
tiene que ver con esa posición idiota que desde la derecha, o desde una
supuesta extrema izquierda, a estado propalando entre la gente que la
organización política sólo es para los políticos, y poco o nada tiene que
ver con la gente honesta; que política es igual a corrupción; que el
partido de las y los de abajo ha sido superado por otras formas de
organización, que mientras se mantengan más alejadas de la política, mejor;
porque al cabo nosotras y nosotros sólo necesitamos satisfacer nuestras
necesidades económicas, nunca las políticas, ésas son de quienes están
enfermos de poder y los buenos, los honestos, los humildes, sólo podemos y
debemos aspirar a ser ciudadanos.
Las consecuencias ahí están: los
argentinos dejaron en manos de los canallas y ladrones la actividad
política y ahora, cuando tuvieron el poder durante cuarenta y ocho horas,
no pudieron conservarlo, más temprano que tarde tuvieron que entregarlo a
sus enemigos. Nada más preguntémonos: ¿qué hubiera pasado si en aquel país
hubiera un partido de los trabajadores? Ahora estuviéramos celebrando una
revolución, no una pueblada...
Es cierto que los peronistas van a
tener que aflojar el dogal, pero luego vendrán las necesidades
ineludibles y, con ellas, las medidas dolorosas pero necesarias,
o sea una situación idéntica a la que crearon Cavallo y De la Rúa, aunque
eso sí, sin Cavallo y De la Rúa. Si alguien no lo cree, al tiempo...
31 de diciembre de 2001
Debiera escribir que mis mejores votos
son porque Fox siga prometiendo y prometiendo, para que se vea claramente
que los gobiernos de derecha derecha, son mejores que los de centro derecha
derecha. En fin debiera escribir que quiero que nuestro gobernador sea
guardado del mal por muchos, muchísimos años, para que pueda terminar su
obra, o sea declarar y declarar y declarar sobre la violencia, aunque no
mueva un dedo o un procurador al respecto.
Pero no puedo y no quiero. Porque estoy
enojado. Porque estoy triste y decepcionado de mis congéneres. Muy
concretamente de algunos que viven allá, en Juaritos.
Sucede que como maldición, nomás para
amargarme las vacaciones, hace días me llegó un emilio. Venía triangulado,
pero procedía de mi amiga Esther Chávez Cano, la directora de la Casa Amiga,
una institución no gubernamental que da atención y apoyo a las víctimas de
la violencia contra la mujer en aquella ingrata frontera. Anexo, venía un
recorte del Diario de Juárez y en él se daba cuenta de otro feminicidio:
María Luisa Carsoli tuvo problemas
en su matrimonio –forma suave de decir que se casó con un energúmeno
que la golpeaba, nomás para demostrar quién debe mandar en el hogar–.
Acudió a Casa Amiga para defenderse, para que la protegieran del que se
cree su dueño y señor. Y sí, les estaban dando terapia psicológica, pero
por la necesidad de sobrevivir, María Luisa se quedó a trabajar como
recepcionista en la institución.
El caso es que el pasado 21 de
diciembre, el macho la acechó como si fuera una pieza de caza; la esperó
en la esquina de su trabajo, la abordó, la insultó y luego la acuchilló
varias veces hasta dejarla tendida muerta en la banqueta misma de la
institución que defiende a las mujeres contra la violencia de esa frontera.
Y bueno ya con esto es para ponerse
triste y hasta enojado. ¿Qué rayos ha cometido esta sociedad para hacer
pensar a un tipo que puede dirimir sus desavenencias conyugales a
puñaladas?..., pero ojalá y fuera todo...
En la misma nota, el Diario
informa que la ayuda de miserables treinta mil pesos mensuales que
les estaba dando el ayuntamiento a Casa Amiga, será suspendida. Y cuatro
días después, el día en el que la mayoría de las familias están toreando
la cruda y devorando los quedes del pavo o la pierna, el 26 de diciembre,
recibo este otro emilio que responde al que envié con mis condolencias:
"...Gracias por solidarizarte con
nuestro dolor.
Los otros, los que nos quieren
destruir, han armado en radio a varios detractores con comentarios como
éstos: 'algo turbio se esconde en Casa Amiga para que hayan matado a una
colaboradora' o 'después de niño ahogado tapan el pozo, ahora quieren
aprovechar este crimen para lucrar con él' ¡Cuánta ruindad!
Un besote para ti y Rocío con mi
cariño..."
Y entonces piensa uno: ¿Quién ha dado
la cara y mencionado por sus nombres y apellidos a los inútiles que no han
podido detener el horror de Juárez? Esther. ¿Quién ha concretizado en algo;
en un punto de referencia y apoyo para las abusadas, golpeadas,
abandonadas, huerfan@s y enviudadas de Juárez, los pocos esfuerzos que se
pueden hacer desde fuera del poder del estado y del dinero? Ni más ni menos
que Esther.
Por lo tanto, atacarla significa una
de dos cosas: o que se está en el campo de los que dicen que finalmente
las mujeres asesinadas se lo merecían por putas y callejeras; o bien es
alguien que tiene envidia de lo logrado por Esther; y que en la disputa
por los recursos está intentando echar al traste lo conseguido con tanto
esfuerzo.
Y para mí que ambas posiciones son
criminales, tanto o más que las que tomaron Ricardo –el verdugo de María
Luisa–, los convictos de violación y muerte, o los todavía impunes que
deben responder por la desaparición de casi trescientas mujeres, de las de
abajo.
7 de enero de 2002
Y
si no hay ganancia, hay que hacer de todo para
componer las cosas, para que vuelva la
normalidad.
Se reduce la producción, para empezar. Como
consecuencia inmediata, queda cesante un buen
número de brazos. Luego, se intenta bajar
precios para competir; para convencer a los
consumidores de que sea éste producto el que
adquieran y no el de otros oferentes. Para ello
es necesario bajar costos y como el trabajo vivo,
los hombres y mujeres que mueven las cosas para
producir, son mercancías que se consumen en el
proceso, pues es válido, recomendable y
saludable que se recorten otro buen número de
ell@s y, a los que queden, amenazados con la
espada del despido, se les rebaje el sueldo, se les
aumente la jornada o simplemente el ritmo de
producción. Y así. La idea es hacer todo lo que
se pueda y deba para cargarle la crisis a otros, y
si se trata de las y los más débiles, mejor.
Pero
hacer esto tiene riesgos. Recordemos que todo
comenzó con una contracción del mercado, o sea
que la gente ya no gastaba como antes. Pues bien.
Cada desempleado y restringido, son otros tantos
consumidores que ya no demandan cosas, que ya no
viven normalmente,
como les recomendó Bush a todos los
norteamericanos. Menos salarios, menos compras;
menos compras, más quiebras; más quiebras, más
despidos y restricciones. Un círculo vicioso que
incluso puede poner en peligro todo este jueguito
de la explotación capitalista.
Es
entonces cuando entra el estado en acción: ese
aparato político, ideológico, administrativo y militar
que dice velar por todos y cada uno de nosotros,
está encargado en realidad de vigilar que la cosa
funcione, que supere sus crisis, que marche con los
menores sobresaltos posibles; que la ganancia se
realice sin conflictos; y si éstos surgen, se encarga
de meter orden; de dirimirlos y volver a cada quien
a su lugar: al capital a ganar, al obrero a trabajar.
Así,
el gobierno de EEUU, por ejemplo, devuelve
impuestos a las mayores empresas capitalistas
(ver Raymundo Reynoso,
La gota 21
). La lógica es fácil de entender: se trata de que lo
que no ganen
normalmente
se los dé el estado, de esta manera, se dice, no hay
necesidad de despedir y, a lo mejor, ni de restringir
salarios o intensificar jornadas ni ritmos y
consecuentemente –lo que para ellos es más
importante– no se contraerá el mercado... Lo cierto,
por supuesto, es que lo obtenido así, vía
devoluciones, no se destina a la reinversión ni al
salario, sino que como es de orden en un capitalista,
simplemente se embolsa como merecida ganancia.
Otros
gobiernos, los ahora descalificados populistas, intentan
hacerlo directamente: en lugar de devolver impuestos
para que los señores del dinero hagan el bien; usan
estos recursos para paliar la miseria, compensar el
desempleo o subsidiar el consumo. Programas de
reparto como Solidaridad o Progresa; obra pública
para emplear la mano de obra expulsada por los
vaivenes del mercado y, a veces, hasta controles en
los precios o subsidios a quienes produzcan para el
consumo directo, como el que antes había para la
tortilla o el transporte público, son algunas de las
estrategias seguidas por quienes optan por esta forma
de intervenir.
El
problema es que en uno o en el otro caso se necesita
tener recursos para devolver o para repartir. En uno o
en otro caso se tienen que cobrar impuestos. Y como
en el caso del reparto, la forma en que se obtienen
definen a los gobiernos:
Los
muy liberales tratan de no gravar mucho a sus
patrones directos, los empresarios. La lógica, como
todas sus ideas, es simple: todo lo que beneficie a
los de arriba, debe dar felicidad tarde o temprano
a la totalidad de la humanidad, así, lo que les quite
sufrimientos, ellos lo agradecerán repartiendo
felicidad a las y los de abajo... Ah, pero eso sí,
para mantener el gasto de operación del gobierno,
para paliar los fracasos de sus mandantes, para
ello, gustan de gravar el consumo,
preferentemente aquel que
todos
forzosamente tenemos que hacer, o sea, las
mercancías que satisfacen las primeras necesidades.
Dicen que eso es muy democrático, porque ¿quién
no come?, ¿quién no viste? Entonces, si gravan la
comida y el vestido, nos gravan a todos.
Los
otros, los populistas, intentan ponerse equitativos.
Quieren gravar sólo a los de arriba: la ganancia, el
consumo de lujo o la especulación, dicen, son los
renglones que deben proporcionar al estado los
recursos que luego se emplearán para sacar del
atolladero a los titulares de la ganancia, los
consumidores de lujo y los aficionados a la
especulación...
Y
en ambos casos los paganos, los que tenemos que
absorber el costo del esfuerzo social para salvar a
los adoradores del mercado, tenemos que ser
nosotr@s, las y los de abajo.
En
el caso liberal es claro: pagando IVA y otros
impuestos directos al consumo, pagamos el
desorden capitalista que necesita de muletas para
caminar
normalmtente.
Pero
en el caso populista la cosa no es tan clara. Parece
que el gobierno castigara a los descuidados
inversionistas que con sus errores nos llevaron a la
crisis; que reprimiera el despilfarro y gravara
aquellas actividades que no producen nada, como
la bolsa o la especulación. Pero... siempre tiene
que haber un pero... ¿de dónde sacan los ricos,
despilfarradores y especuladores sus haberes para
pagar sus impuestos? De nuestro trabajo, no hay de
otra. Nos lo sacan en forma de productos de
nuestro actividad transformadora y lo realizan en el
mercado, donde nos lo cambian por nuestras
monedas que recibimos de salario. No hay más.
Así
las cosas, los empresarios se las arreglan. Uno,
aumentan la explotación para resarcirse de la
pérdida que significa el gravamen. Dos, aumentan
los precios de las mercancías que ofrecen en el
mercado, con el qué de que ahora tienen que
mantener a un tercero, a la burocracia. Y tres,
chillan y patalean, haciéndose las víctimas; critican
y resisten al estado y, si pueden, llevan al baile a
los demás miembros de la sociedad, diciéndoles
que los malos son los políticos, y no ellos, los
explotadores y hambreadores; que si recurren a
estas malvadas prácticas es obligados por la
circunstancia de tener un estado intervencionista
y de poca fe en la excelencia del supermercado.
En
el fondo, entonces, para nosotr@s la cosa es
exactamente igual... aunque, claro, hay matices:
en el caso de los liberales, para las y los de abajo
el estado aparece como el malo; en el de los
populistas son los empresarios los que llenan este
papel. Por eso pelean entre ellos, para sacarse la
varilla política, el costo que tiene, quiérase o no,
robar arteramente.
Y
en todo este embrollo, nosotr@s tenemos que jugar.
Unas veces beneficiaremos a unos, otras a otros.
Pero lo importante es hacer nuestro propio juego.
Aprovechar y fortalecer la posibilidad de construir
un mundo donde no haya explotación, no haya
impuestos, no haya crisis, ni despilfarro, ni pugnas
por ver quién puede robar sin que lo señalen como
ladrón.
21 de enero de 2002
Dice que la
ciencia económica no ha resuelto todavía muchas
cosas, entre ellas si se debe gravar a quien más gasta o bien,
a quien más gana.
La primera
opción tiene grandes ventajas, según nos explicó muy
pacientemente. Simplifica el sistema de recaudación, porque
no hay que hacer tanto cálculo, y ni siquiera se tiene que
confiar en que lo que declaren los contribuyentes sea cierto o
no, ya que éstos no son más que retentores del impuesto, no
paganos, como sucedía anteriormente. Además, es cuestión
de simplísimas triangulaciones –entre él, sus proveedores y
sus clientes– para enterarse de si está declarando correcta o
incorrectamente cuánto fue que retuvo. Y, por último, tiene
la ventaja de que quien lo retiene puede descontar de ahí el
impuesto que ha pagado a otros en la cadena ésa de la libre
circulación de las mercancías. Por eso le dicen la forma
moderna de recabar impuestos.
Y bueno,
visto así, si uno no se fija bien, puede que hasta llegue a
pensar: "no, pues sí".
Pero
detengámonos a ver un poquito estas ventajas. En primer
lugar, ¿son ventajas para quién? Es evidente que para el
recaudador, tal vez con excepción de la última mencionada,
la de la posibilidad de descontar. Si alguien compra algo,
paga IVA. Pero si ese algo lo utiliza para hacer otra
mercancía que luego vende, entonces cobra IVA en mayor
cantidad, puesto que ha agregado valor. Y al fisco
sólo le paga la diferencia entre las dos operaciones. Mas,
¿qué sucede si ese algo ya no lo vende, sino que lo
consume? Pues entonces tiene que ponerse con todo el IVA
que le carguen...
Nosotr@s,
l@s de abajo, que sólo consumimos y no vendemos –bueno,
sí vendemos, pero sólo nuestra fuerza de trabajo, la cual no
causa IVA–, pues tenemos que pagar siempre, sin que
podamos descontar nada. Pero aparte de eso, decir que el
que gaste más, pague más tiene sus bemoles: nosotr@s,
por lo insuficiente de nuestros ingresos, estamos obligados a
gastara el 100% de lo que conseguimos, por lo que siempre
pagamos; mientras que los de arriba distraen diversas
cantidades para el ahorro o la inversión y, por ello no pagan,
aunque en términos absolutos paguen más... Y entonces me
dije: "no, pues no". Como que éste sistema, por muchas
ventajas que tenga para ellos, a mí como que no me
gusta.
Veamos
entonces el otro; que se grave al que más gana. Éste, nos
dijo, también tiene sus ventajas. Redistribuye el ingreso; es
más equitativo, porque el que más tiene, más aporta,
además, si se le agrega el ingrediente del subsidio fiscal, es
decir, no cobrar sino sólo desde cierto nivel para arriba,
pues entonces hay una transferencia de recursos de los
ricos hacia los pobres. Claro, nos advirtió, tiene
desventajas, porque desestimula a los negocios, el ahorro y
la inversión. ¿Para qué invertir, si todo se lo lleva el estado?,
mejor lo gasto. Cosa que, por otro lado, hay que tomar con
reservas, porque el capital invierte siempre que le garanticen
ganancias, no le hace que las tenga que compartir con la
burocracia.
Me volví a
entusiasmar: "no, pues sí".
¡Pues no!, me
volvió a sacar de onda el doctor: resulta que el que puede
hacer cuentas, las hace. Si alguien sabe que le van a gravar su
ganancia en tal o cual porcentaje, no necesariamente por eso
deja de ganar; simple y muy sencillamente ajusta sus precios,
o sea que su aportación al gasto público, al social que le
dicen, se lo carga al consumidor... es decir, al que gasta, al que
come, al que consume; o sea a nosotr@s.
Y ya, ahora
estamos donde comenzamos. Como que la ciencia esa que dice
el doctor no ha podido resolver el problema porque en última
instancia no lo hay. Que se cobre así, que se cobre asá, de
todas maneras pagamos nosotros y así, "pues no... no nos
conviene".
28 de enero de 2002
Las notas dicen que el jueves 24 l@s trabajadoræs de la educación de la región de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, tomaron la caseta de cobro de la carretera que va de Chihuahua a Juárez. Que cuando llegaron la Policía Federal Preventiva, la Judicial del Estado y la Preventiva que levanta a los borrachitos, les dijeron de sus motivos: era una protesta contra el trato que se les da a l@s profesoræs en el ISSSTE; la falta de clínicas en la región y aún de médic@s en los poblados menores; de lo ridículo de pagarles sólo dos horas a la semana para que atiendan a todos los empleados al servicio del gobierno federal o sus dependientes y, en fin, contra la versión regional de la inoperancia, pobreza, ineficiencia y baja calidad de los servicios médicos que se dan a las y los trabajadores oficiales en todas partes del territorio nacional.
Sus demandas: que les diera una entrevista el delegado estatal del ISSSTE, un ex secretario general de una de las secciones del SNTE y, además, con las autoridades sindicales (sic, por aquello de que nosotr@s los creíamos solamente representantes) de la sección 8 que agrupa a l@s maestr@s federalizad@s de la entidad.
Al final se les concedió, creo yo, porque los diarios ya no dicen nada sobre el asunto en sus ediciones de los días subsecuentes. No que haya mejorado el servicio en el ISSSTE, sino que hayan obtenido una audiencia con las autoridades, las administrativas y las sindicales. Pero lo que yo quiero comentar aquí es el enfoque –para
decirlo en el argot pedagógico– que se le da a este problema. En la mayoría de l@s maestr@s, aun en l@s que se reclaman de la disidencia de izquierda, está la idea de que todo se reduce a un problema de corrupción, ineficiencia o mala onda de parte de las ya muy citadas autoridades, o, mejor dicho, de l@s mon@s que ahora fungen como autoridades. Algunos hasta hacen cuentas
democráticas: lo que pasa, dicen, es que no hay contrapesos suficientes para controlar los excesos de l@s abusones que, de alguna manera, se hicieron con el poder.
En base a esto, se diseñan estrategias para superar el problema, principalmente dos muy sencillas: destituir a quienes no están funcionando o movilizarse para obligarlos a decidir en favor de los intereses de l@s de abajo.
Y yo digo, ojalá y todo se redujera a eso; porque ello supondría que vivimos en un sistema justo, equitativo y hasta humano... lo que pasa es que los que están encaramados en el poder son los malos. Y sí, efectivamente, todo es cuestión de ir ensayando; subiendo a uno, luego bajarlo; probar con otro y así, hasta encontrar el que dé el perfil de estadista magnánimo... ah, por cierto y sólo sea dicho de paso, ese alguien, por qué no, puede ser uno de los impugnadores del perverso en turno.
La realidad, desgraciadamente es otra. Esto del ISSSTE y su pésimo servicio tiene una explicación más compleja, pero más plausible: sucede que el servicio médico que recibimos, así como todas las prestaciones que no se nos entregan en moneda del cuño legal, son parte de nuestro salario. Algunos adornados le dicen salario diferido, otros dicen simplemente salario en especie, pero el hecho incontestable es que las ventajas que recibimos además del cheque o el depósito en pagomático, son contraprestaciones que nos merecemos por haber trabajado esta quincena, este mes, este año o este quinquenio, no hay
vuelta de hoja, es parte de nuestro salario.
Y como el grito de guerra de l@s de arriba en la última década del siglo pasado y el año y cacho que va de éste es agandallar cuanto se pueda a l@s trabajadoræs; reducirles el salario al mínimo; quebrar su resistencia; rebajar su estado de ánimo hasta el grado de hacerlos decir no hay de otra; dividirlos y enfrentarlos entre ellos y todo con el fin de obtener el máximo de ganancia posible, porque esto del supermercado mundial nos ha puesto en la real y verdadera competencia; en la disyuntiva de explotar a fondo nuestr@s esclav@s o morir desplazados. A nadie le debe resultar difícil entender que esto del ISSSTE no es más que una manera de saquearnos.
Si al servicio médico no se le invierte, se ahorra y el ahorro es base de toda inversión, lo que a su vez es riqueza, tal como decía mi abuela cuando trataba de infundirnos buenas costumbres. Lo que no me explicó mi ancestra es cómo ahorramos un@s y se enriquecen otr@s...
Ahora bien, si lo vemos así, como una disputa, un estira y afloja por ver quién se queda con mayor parte del producto del trabajo, habrá que sacar conclusiones muy distintas a las del sentido común: uno, que no es cuestión de cambiar de gandallas en los puestos de autoridad, porque de todos modos, a quien pongamos, van a tratar de exprimirnos lo que puedan. Dos, que sólo terminando con el sistema del trabajo asalariado se resolverá de fondo la bronca. Tres, que para ello tenemos que arrebatarles el poder y eso no lo podemos hacer si seguimos intentando sólo presionarlos para que actúen en nuestro favor; porque lo que no hagamos por nosotros no lo va a hacer nadie, y menos nuestros enemigos.
Qué bueno que consigamos, de vez en vez una que otra migaja con la presión; pero si esos pequeños triunfos no van engarzados en una estrategia para obtener nuestra liberación, va a ser como esfuerzo desperdiciado, como si el ahorro que tanto costó, tuviéramos que desparramarlo en la calle.
5 de febrero de 2002
Con el resto estoy de acuerdo en lo general, pero no bastan por sí solas para detener las agresiones a mujeres. Es más, recuerdo haber leído que existen estadísticas donde registran que la mayoría de las agresiones físicas son llevadas a cabo por familiares o conocidos de las víctimas, independientemente del sexo o la edad. Una prueba es el caso de las jovencitas de ciudad Madera, cuando les hablaron unos muchachos, se acercaron a platicar porque ellas conocían a uno de sus agresores. No pretendo descartar que tod@s debemos tomar medidas de seguridad, pero eso está muy lejos de terminar con los crímenes de mujeres. Es como ponerse calcetines para no resfriarse, el virus persiste. Aunque aprendamos defensa personal el machismo seguirá ahí, cuando una mujer dice que su marido no le pone la mano encima, aunque reconoce que le da cachetadas, no sirve que ella sepa kung fu. Sirve más la conciencia que por muy tontas que seamos, inútiles o comunes y corrientes, no merecemos golpes.
Hay un punto que me parece delicado, utilizar llaves, tacones, gas, lápiz, pluma como autodefensa, si no se saben usar correctamente, es posible que terminemos lesionadas con esos elementos por el agresor, sugerir su uso implica adiestrarnos en el mismo. No voy a seguir desmenuzando una por una de las sugerencias, pero es obvio que los ataques no dependen de las medidas de seguridad que cada una de nosotras implemente en sus vidas. Preferiría que nos explicaran cómo nuestra cultura fomenta las relaciones violentas, y de las características de los hombres que son capaces de hostigar, acosar, abusar y asesinar a las mujeres. O que nos detallen que cuando la violación ocurre es un hecho aterrador y no placentero y de pasada avisarle a los hombres, a todos, que la violación y los golpes no nos gustan a las mujeres.
Más allá de ponerse viva, es necesario instrumentar toda una serie de acciones legales, organizativas, materiales, administrativas y hasta educativas para que funcione la mitad de las sugerencias. De no ser así estaremos condenando a la frustración de quién se atreve a denunciar y no es oída.
19 de febrero de 2002
Mes con mes nos cargarían gastos de administración. Sí, aunque parezca increíble, tuvimos que pagar para que nos administraran nuestro propio dinero. Y no crea usted que eso era poco y aceptable, en nuestro caso, era algo así como entre doscientos veinte y doscientos treinta, según variaciones que nunca nos explicaron a qué se debían. El caso es que en año y medio, les pagamos más de cuatro mil pesos, por nada...
Nuestro dinero que estuvimos entregando religiosamente, no produjo –cuando menos para nosotros– ningún rendimiento.
El grupo en que nos inscribimos era de ciento veinticinco miembros y, según nos dijeron, se participaba en la rifa de tres unidades que con distintos criterios se otorgaban mensualmente. O sea que estuvimos en dieciocho rifas en las que teníamos .024 oportunidades de obtener el crédito, una posibilidad escasísima, según nos informó un amigo que sabe de esto de las probabilidades.
Pero, nos explicaban, con todas estas desventajas, tienen una gran ventaja: si se sacan el carro, se les congela el precio para el resto de las mensualidades que tienen que entregar. Y nos creímos. Lo cierto es que con letras muy chiquititas, dice que se nos hará un cargo del punto tres por ciento mensual sobre el valor del auto, para asegurarse –ellos, obviamente– contra la eventualidad de una variación del precio. En nuestro caso, eso significan quince mil pesos, o sea como cinco meses más de pago, nomás porque sí. Ya que los precios de los autos, en el peor de los casos, no varían los quince mil pesos.
En otras palabras, que, efectivamente, no nos cobran intereses por el supuesto crédito, pero nos cargan un catorce punto cuatro por no cargarnos intereses, curioso, ¿no?
Y digo supuesto crédito, porque en realidad fue una operación como las que hay en las tiendas del centro, una de apartado, pero con enormes desventajas, porque cuando apartamos una camisa en la Liber, nos prometen respetarnos el precio para cuando la hayamos completado. Pues aquí, ni eso.
El caso es que transcurrieron dieciocho de los cuarenta y ocho meses que tenemos que pagar por el dichoso auto. El contrato dice que si para ese tiempo no se lo ha sacado uno, entonces se le adjudicará automáticamente, si no se ha retrasado uno nunca y, ojo, si ellos lo consideran a uno sujeto de crédito.
Y bueno, ése era precisamente nuestro caso. Las dieciocho mensualidades las pagamos oportuna, puntual y religiosamente, a veces sin esperar a que nos viniera el cobro, porque hasta para eso son ineficientes. Satisficimos todos y cada uno de los requisitos que dijeron había que cumplir para ser eso, sujeto de crédito.
Y ¿qué creen? El auto no llegó. Ni siquiera nos avisaron, impugnaron o descalificaron. Simplemente siguieron recibiendo nuestro dinero como si tuvieran derecho a él.
A los diecinueve fuimos a ver qué pasaba. Pues nada, que sí, que efectivamente teníamos derecho, pero que debiéramos traer estos y aquellos papeles –no fuera a ser que intentáramos hacerles fraude y les quisiéramos regalar más dinero– y que luego, después de un mes, ellos iban a decidir si sí, o si no. O sea que nuestra esperanza debía recorrerse un mes más.
Ah, y que nos fuéramos preparando, porque si éramos agraciados, ahora habría que ponerse con once mil pesos más, para aquello del seguro del auto que, obviamente, hay que contratarlo con ellos y con nadie más y otra parte para los derechos vehiculares, placas y demás.
¿Por qué otro mes?, ¿no debieran pedirnos disculpas y darnos de inmediato lo prometido? Pues nomás, porque sí, porque así son las políticas de la empresa.
Entonces regrésenos nuestro dinero y ya.
Con todo gusto, sólo que los cuatro o cinco mil de gastos de administración, más una mensualidad y media que pactamos como cláusula penal, ésos no. En total, les vamos a robar así, nomás porque sí, once mil y tantos pesos...
No, pues entonces déjenos ver si traspasamos el crédito a otra gente, que pueda verle algo de utilidad a esto. Pero nadie lo quiso. La razón es muy sencilla, ¿quién teniendo cerca de setenta mil pesos va a requerir de hacer un trato tan leonino?
Regresamos. Que bueno, pero dénos uno más barato, el más barato que tengan, para pagarlo pronto y no tener más que ver con ustedes. Otro mes. Estamos viviendo el vigésimo segundo mes de incautos y todavía no vemos el carro.
Por eso yo digo: el nombre de su empresa es Sicrea. Pero mejor ni crea.