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LA MIRADA DEL EXTRANJERO: INDÍGENAS EN EL ZÓCALO
Leda Schiavo
PRINCIPIOS ELEMENTALES DE FILOSOFÍA
Miguel Ángel Morelli
LA LENGUA
Adolfo Ariza
VALLADOLID
Graciela Reyes
PARA APENDER A AMAR LA MÚSICA
Sonia Otamendi
PETROGLIFO
Claudio L. Pérez
LA MUJER JUSTA
Roberto E. Rocca
PALABRAS SOBRE UNA ARTESANA
Raúl Lacabanne
fab8
LA MIRADA DEL EXTRANJERO: INDÍGENAS EN EL ZÓCALO
Los vimos llegar, con sus colores, con sus trajes típicos, a los lacandones,
mixtecos, totomecos, zapotecos, chichimecos... Los vimos y no pudimos menos
de preguntarnos ¿quién es más extranjero que un indígena en el Distrito
Capital? Todos los grupos indígenas de las tres Américas han llegado a ser
extranjeros en la tierra de sus antepasados...
Los que mienten su asombro, los que disimulan su cobardía con el asombro, se
asombran de que haya "turistas" mezclados con la marcha zapatista. ¿Acaso
los indios no fueron obligados a hacer turismo cuando los poderosos se
apropiaron de sus tierras? ¿Acaso no son todos extranjeros, tanto los que
vinieron a acompañar desde afuera como los que siempre estuvieron adentro?
Esta marcha, este peregrinaje de Marcos y los que lo acompañan, es un símbolo
del peregrinar del indígena. También los asombrados se asombran de que
Marcos y sus jefes sigan usando máscaras. Creo que el mensaje es claro para
el que quiera entender: nos están diciendo "yo no soy este yo de carne y
hueso" sino que yo tengo más de 500 años, soy cada uno de los que están
luchando por sus derechos; mientras haya indígenas extranjeros en México,
habrá alguien dentro de esta máscara luchando por conseguir que los
indígenas sean ciudadanos con todos los derechos.
Ojalá que todos "los que tienen el color de la tierra", como dijo
poéticamente Marcos, tengan acceso a la dignidad. Y dejen de ser extranjeros
en su tierra.
Leda Schiavo
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PRINCIPIOS ELEMENTALES DE FILOSOFÍA
Como lo ha venido haciendo durante los últimos doscientos veinticuatro años de su vida (excepto los domingos que le están reservados al Hacedor), Xin Wangdian
llega también hoy a las siete y cincuenta y tres de la tarde hasta la orilla del
Gurabnamyai, afluente del Bramaputra y sagrado como él.
Dispuesto a enjuagar su sudor después de una jornada de algo más de quince horas
de trabajo, este humilde carpintero de Tunggar se quita una a una sus prendas y
las va depositando con oriental esmero sobre la hierba, seguro de que nadie lo
está observando a la distancia, (por lo demás, jamás ha habido un solo robo en
Tunggar, y aún si los hubiera, a ningún mortal se le ocurriría alzarse con la
ropa deshilachada del más humilde de sus congéneres).
Eufórico como un niño, desnudo y feliz, Xin Wangdian baja al río corriendo. Pero
las aguas de Gurabnamgyai no se mueven y sobre ellas flotan todo tipo de
calamidades: restos de maderas de naufragios milenarios, viejas ramas doradas,
el cadáver pestilente de algunos pájaros, un montón de raíces enmarañadas, dos
toneles antiquísimos y absolutamente podridos.
Tan resignado a aceptar sin queja los preceptos de su buen dios como incapaz
siquiera de abominar su mala suerte, hundido hasta la cintura en el barro
fétido, Xin Wangdian se consuela maldiciendo la buena estrella del finado
Heráclito, aquel que todos los días bañaba sus pies esclarecido en las aguas
siempre renovadas de un río distinto.
Miguel Ángel Morelli
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LA LENGUA
En Lingüística es criterio común el de aceptar la validez de las hablas locales,
desde el principio de autoridad de los hablantes (dentro de ciertos criterios)
para usar localmente las lenguas generales. No hay modelos. Ni los españoles, ni
los argentinos, ni ningún hablante de castellano puede arrogarse el derecho de
ser modelo de otro. Todo son hablantes y “dueños” de su lengua.
Por lo demás, decir que el habla de los argentinos es el “lunfardo” es un error
grave. El lunfardo es una lengua técnica, un habla de delincuentes usada para
comunicarse en la cárcel sin ser entendidos por los carceleros. Ni siquiera es
el habla de Buenos Aires, aunque muchos vocablos y expresiones se incorporaron
al habla de esta ciudad. Por supuesto, que tampoco es el habla de los jujeños,
de los cordobeses, de los mendocinos.
Tal vez tengamos un problema con el crecimiento de los hablantes del “Spanglish”
en los Estados Unidos, donde se puede oír tinajero por adolescente (de
teenagers), pero decir que no hablamos castellano en la Argentina es incorrecto, por decirlo suavemente, ya que desde la controversia Sarmiento-Bello en el siglo pasado, está demostrado el derecho de los pueblos a usar su lengua.
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[Guaymallén, Mendoza]
Adolfo Ariza
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VALLADOLID
Llegué a Valladolid un domingo al anochecer. Me recibieron con todos los
honores, y después de un rato de charla y unas tapas, me dejaron en mi
hotel. Deshice la valija, colgué la ropa, puse los libros y papeles en el
escritorio y ocupé el inmaculado baño con todos mis potingues. Después,
como hacemos todos los viajeros crónicos, puse la televisión, pero tuve
suerte y escuché con placer la dulce habla de los castellanos, en un canal
local en que estaban explicando la historia de los pueblos más antiguos de
Castilla. Pasadas las once, cuando ya empezaba el fútbol, me levanté de un
salto y decidí salir a ver un poco más el mundo.
El vestíbulo del hotel estaba mucho más tranquilo que un par de horas
antes. Afuera llovía a cántaros. Como no llevaba paraguas, pasé al bar, que
tenía un nombre rimbombante de duque, y me senté a la barra. El bar tenía
la puerta principal a la calle, y estaba lleno de parroquianos, pese a la
hora. Pedí una copa de vino tinto. "¿De la ribera?" dijo la chica que
atendía. Si yo estaba a punto de deprimirme, por esa superstición de las
vísperas y porque los viajes acentúan la soledad, esa frasesita era lo que
necesitaba para volver a la vida. La ribera es la ribera del Duero, y los
vinos de la ribera son extraordinarios.
En el medio del bar había dos nenas, jugando. Debían de tener ocho o nueve
años. Eran preciosas. Sus madres las habían vestido y peinado tan
exquisitamente, que eran una celebración de sí mismas. Impecables,
graciosas, con botitas rojas una y verdes la otra y medias haciendo juego,
trenzas de oro las dos, movimientos acordados, risas quedas, misterioso
murmullo, esas niñas eran dos seres del paraíso, dos dueñas del mundo de
los sueños. Sus padres estaban por ahí, supongo, pero ellas vivían
independientemente. Como yo las miraba, me miraron alguna vez, pero creo
que no percibían la presencia de nadie. Eran felices, simplemente, y cuando
uno es feliz está, curiosamente, solo o solo con otro, pero solo, lleno de
uno mismo. Cuando se es muy feliz, o se es muy infeliz, se está solo.
Pasada la medianoche, se pusieron sus abrigos de lana cortos, con
martingala caída y botones rojos, y sus sombreritos de lluvia brillantes, y
salieron por la puerta sin dejar de conversar entre ellas, absortas
siempre, excluyéndonos a todos siempre.
En Valladolid parece fácil ser feliz, porque hay mucho dinero y vinos
deliciosos y jamón de cerdos de pata negra, criados a bellota, y la gente
tiene tiempo libre para pasearse y charlar. Esta es una impresión
superficial, de quien ha estado allí unas semanas, dando cursos y tomando
riberas. Lo único cierto, en el recuerdo que voy formando de Valladolid,
son las dos nenas de la primera noche, que representan, en su perfección
casi absurda, el mundo igualmente perfecto y absurdo del deseo: la
felicidad total. Estoy escribiendo, con Phillips Chetka, un libro sobre los
niños refugiados, sobre el hambre y la desgracia de los niños, y yo
quisiera poner en la cubierta no los ojos terribles de los niños muertos de
hambre que quizá quiera poner la editorial, esos ojos que todos miran sin
casi conmoverse, ya, sino las fotos de las dos nenas preciosas que jugaban
a medianoche en un bar de Valladolid, mientras sus padres tomaban copas con
indolencia, partícipes todos de un mundo que quizá no sea el más feliz,
pero que lo parece. Dos niñas preciosas, con botitas rojas una, verdes las
otra, y medias haciendo juego.
Graciela Reyes
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PARA APENDER A AMAR LA MÚSICA
"El niño no es un recipiente para llenar, sino una lámpara para encender".
Esta
frase de Jean Piaget, que encomillo pero no estoy tan segura de que sea textual,
me vino a la memoria cuando conocí este taller.
Sofía Escardó y Darío Lipovich tienen un taller de creación musical para niños
de 6 12 años. Es una propuesta original, que tiene por objeto hacer que los
chicos se relaciones con la música a través del juego, creando sus propios
instrumentos, y componiendo con los instrumentos que han creado. Es, sin duda,
una interesante forma de educación por el arte.
A diferencia de los antiguos métodos en que se los abrumaba sometiéndolos a
largos y aburridos estudios de un instrumento
—piano, violín, guitarra—, al que
tal vez en el mejor de los casos, dominaban medianamente —y entonces “nena tocá
la piecita” y la nena, o el nene, arremetían con Para Elisa, (era “laparalisa”,
así, todo junto) o descuartizaban al pobre Chopin para tortura del chico y de
los circunstanciales oyentes— la mayoría de las veces lo abandonaban (al
instrumento) ni bien podían, para no volver a tocarlo nunca más. Creo que aquí
la intención es otra, porque lo que se espera es que aprendan con alegría.
Entendámonos: de ningún modo abomino del estudio sistemático. Creo que quien va
a dedicarse a la música, indudablemente debe pasar por largas horas de práctica,
necesarias para adquirir la técnica, el oficio se adquiere con trabajo y
esfuerzo. El talento, si lo hay, hará el resto. Pero esta propuesta no es hacer
músicos ni eximios intérpretes, sino poner a los chicos en contacto con los
sonidos y permitirles descubrir su infinita posibilidad de combinaciones,
brindarles los medios para aprender a disfrutar de la música descubriéndola a
través de la creación.
El tan citado Piaget, al que mucho se menciona y poco se lee (más o menos como
Borges) dice por ahí, que la meta principal de la educación es formar seres
capaces de hacer cosas nuevas, no solamente de repetir lo que han hecho otros,
sino que investiguen, que sean descubridores y creadores, que aprendan a
cuestionar y cuestionarse y se permitan NO ACEPTAR todo lo que se les propone,
siendo capaces de criticar y verificar.
Si se les enseña a pensar, dice, serán hombres y mujeres libres.
Sonia Otamendi
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PETROGLIFO
Ahora voy a hablar sobre lo hallado.
No importan las penurias del viaje ni las causas que lo motivaron, ni las
estimaciones erróneas que, entre otros motivos que no he de detallar, menguaron
tan significativamente nuestro número.
Desiste en ésta de toda imputación que pudiera caber a cualquier integrante de
la dotación y asumo la plena responsabilidad de los hechos y sus consecuencias
legales y morales.
Voy a hablar sobre lo hallado.
En una zona que el deterioro de los instrumentos me impide precisar pero que,
seguramente, se encuentra más al sur de lo que los mismos hubiesen podido
indicar, decidimos hacer noche extenuados por la larga marcha y el rigor de la
ventisca.
Nada vivo en el páramo escarlata. Nada que aguzara en nosotros el ingenio y
despertara nuestros sentidos de la duermevela a la que el cansancio y el hambre
nos tenía acostumbrados desde que tuvimos que abandonar la nave.
Ni huellas de animales, ni excrementos, ni plantas, ni plumas, ni osamentas, ni
presunción de bacterias, ni baba del diablo. Nada que no significara nuestro
fin.
En situaciones como estas la hosquedad de los rostros dibuja el lado oscuro de
las almas.
El otro es entonces sólo algo que se mueve a nuestro lado, buscando, y el aire
empieza a oler a asecho y la noche tiende a llamarse cacería.
No importa quién y de qué lado de las armas se encontraba. Voy a hablar sobre lo
hallado.
Como de fuego la mirada creyó acertar el objetivo, el golpe, el impacto, la
manada.
Fue un instante.
O fue mejor el tiempo detenido, y lo vimos tropezar y caer y reconocer en el
fracaso no su fin sino su estirpe.
Y allí, junto a sus pies, la roca gris, gastada por milenio, condenándolo a ser.
Y bajo el polvo que su paso derrotado sembró en la noche como estrellas, sobre
la imperfecta superficie de un mineral que aun no nominamos: signos.
Y digo aquí que hicimos de esa piedra una casa y que unos la llamaron evangelios
y otros ley y algunos teoría.
Y yo, yo no voy a desdecirlos.
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del libro «;Ciencias de lo sólido», Ed. Tiempo Sur
Claudio L. Pérez
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LA MUJER JUSTA
Con lo peligrosa que está la calle, vos no podés salir con un cliente nuevo si
no te lo recomienda algún conocido. Fijate que no hace un mes que un loco le
cortó las piernas a Samantha, la rubia alta, y la dejó tirada por ahí. Y la
semana pasada aparece la pobre petisa muerta. El diario decía que parecía que la
hubieran puesto en el potro, ese aparato de tortura de la Edad Media en que te
ataban y te estiraban hasta que te rompías. ¡Qué horror!
Yo estaba preocupada porque me había citado con uno que no supo decirme quién le
había dado mi teléfono. Pero hablaba tan bien y parecía tan amable, que me
convenció. Me dijo que se llamaba Procusto ¡pobre, qué nombre! y que andaba en
la política o algo así. Nerviosa y todo, fui igual, porque con el trabajo soy
muy cumplidora.
Al final la pegué, porque el tipo era un dulce. Y encima, pintón. Además con el
departamento que tiene, debes estar forrado en plata ¡no te imaginás lo que era!
Hasta sauna tenía. Y me trataba como si yo fuera una leidi.
Un poco me asusté cuando pasamos al dormitorio, porque tenía una cama rústica,
de madera gruesa, que me hizo acordar al potro ese y me vino el recuerdo de la
pobre petisa. Pero me acosté y era cómoda. Cuanto estiré las piernas y toqué la
madera con la puntita de los dedos, él me dijo sonriendo:
—¡Justo, justo, sos la mina que buscaba!
Me sentí una princesa. Realmente soy una chica de suerte. ¡Pensar que casi me lo
pierdo porque me había agarrado miedo!
Roberto E. Rocca
p
PALABRAS SOBRE UNA ARTESANA
Hablar de “Chichí” no es solamente hablar sobre una persona excepcional, una
amiga confidente, una docente invaluable y una artista con personalidad y
sensibilidad única, sino también es hablar de uno de esos pocos seres con que
uno se cruza, cuya apertura y entrega es francamente inusual.
Tuve el privilegio, como todos los demás alumnos, de tenerla como profesora en
la Universidad Nacional de Quilmes y luego como compañera de cátedra en la misma
institución. Es curiosa la sensación de estar en una clase, escucharla y seguir
aprendiendo de sus palabras sinceras, humildes, directas, sin parloteos
discursivos.
Esta misma honradez la llevaba a trabajar con pequeños y adultos con las mismas
expectativas y objetivos. No despreciaba formas o géneros supuestamente menores.
Era tan importante realizar un afiche para un concurso como sus últimas obras
digitales. Porque el trabajo era exactamente el mismo, producir un hecho
estético significativo.
Ella se veía como una “laburante”. Sólo le importaba la obra y producirla
honestamente. Jamás le preocupó construir su “imagen de artista” para la
comunidad, o los medios. Quizás sean estos los valores que debamos a comenzar a
revisar los artistas y volcarnos nuevamente a lo más importante, el objetivo
último del arte: la obra producida honesta y humildemente tal como nos demostró
en vida “Chichí”.
Raúl Lacabanne
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