a PORTADA

<Nº 31

Abril 2002 — Nº 32

N° 33>


CONFIANZA, SOLIDARIDAD, DEMOCRACIA
Roberto Enrique Rocca

ERRÁTICO
Carlos Costantini

SOBRE LA POESÍA
Sonia Otamendi

ACORRALADO
Miguel Ángel Morelli

GALICIA, GALICIA
Leda Schiavo

UN FUTURO EN CIERNES
Hebe Clementi

POEMAS

SOY EXTRANJERA
Graciela Reyes

LA TREGUA
León Leiva Gallardo

POEMA
Beatriz Piedras

OTROS
Julio Cortázar / Jorge Luis Borges/ Conrado Nalé Roxlo

fab9

SOBRE LA POESÍA

Estaba trabajando contra el reloj. Era domingo y además gris y lluvioso por momentos, con esas tormentas como las de ahora, donde parece que se cae el cielo, que todo se derrumba y después llueve finito y continuado y es mucho más triste, cuando recibí el primer mail de Graciela. Los poemas del libro que Graciela Reyes publicará próximamente, y me conmovió particularmente uno, que es el que transcribo en este número: «Soy extranjera».

Yo creo que un poema es como una carta, o mejor, casi como una conversación, —no sé cómo decirlo—, es eso que el poeta dice, porque no puede dejar de hacerlo, y que les dice a los demás. Claro que no sabe quiénes son los demás. Pero cuando al leerlo sentimos que nos lo está diciendo a nosotros, y mueve vaya a saber qué fibras, y quién sabe qué resonancias provoca, es cuando nos conmovemos. Traté de explicárselo en otro mail (y fue casi como si jugáramos un partido de ping pong, iban y volvían), pero dudo haber logrado expresarle lo que sentía. Entonces recordé un viejo libro de T. S. Eliot: «Sobre la poesía y los Poetas»; recurrí a él, y el bueno de Thomas accedió a decirlo por mí:

Si un poema nos emociona, es porque ha significado algo, tal vez algo importante para nosotros; si no nos emociona, entonces carece de sentido. Podemos conmovernos profundamente oyendo recitar un poema en una lengua de la que no entendemos ni una sola palabra, pero si después nos dicen que el poema no tiene significado, que no significa nada, es un galimatías, nos sentiremos engañados – porque aquello que oímos no era un poema sino una simple imitación de música instrumental. Si como sabemos, sólo parte del significado puede trasmitirse por medio de una paráfrasis, es porque el poeta se ocupa de las fronteras de la conciencia y más allá de ellas faltan las palabras, aunque aún existan significados. Distintos lectores, pueden encontrarle significados muy diferentes a un mismo poema, y todos esos significados es posible que sean diferentes a los que quiso expresar el autor. Así, por ejemplo, el autor puede haber escrito sobre alguna experiencia personal, a la que no veía de ningún modo relacionada con la nada exterior, y sin embargo, para el lector del poema, eso puede transformarse en la expresión de una situación general, como también en la de alguna experiencia suya particular. La interpretación del lector puede diferir de la del autor y ser igualmente válida – o hasta puede ser mejor. En un poema puede haber mucho más de lo que el autor sabe. Todas las diferentes interpretaciones pueden ser formulaciones parciales de una cosa; las ambigüedades pueden deberse a que el poema signifique más, - no menos-, de lo que puede comunicar el lenguaje corriente.
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Traducido del libro On Poets and Poetry: [Faber & Faber Ltd]

Sonia Otamendi

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ACORRALADO

Mi abuelo materno fue, si no me equivoco, el hombre más bueno que pasó por este mundo. Panadero de oficio, con el mismo amor con el que amasó durante sesenta años el pan para sus vecinos, amasó una fortuna incalculable en amigos y recuerdos. Que yo sepa, jamás se permitió hablar mal de nadie, y estoy seguro que jamás nadie habló mal de él. Por lo demás, y como era incapaz de dar un consejo sino a través de su propio ejemplo, sin decirme una palabra me enseñó que la honestidad es el más preciado de los dones.

Pero mi abuelo tenía un defecto: era un hombre vitalmente esperanzado, y hasta último momento me dijo que algún día este bendito país iba a cambiar. Mi padre debió salir de muy chico a la calle para ganarse el peso. Y los poquitos que pudo juntar a lo largo de toda su vida fueron a base de puro sacrificio, de agachar el lomo y darle para adelante todo el día. Le hubiera gustado poder estudiar, ser otro, pero de cualquier manera eran pensamientos que se reservaba para sí. Lo que me dejó por herencia a la hora de partir, hace ya una punta de años, fue que un hombre puede prescindir de todo menos de la buena consideración de los otros. Y que siempre hay que mirar al futuro con optimismo, porque algún día la cosa va a cambiar. Sin padre y sin un mi abuelo, como diría León Felipe, la vida me recompensó largamente con otro que fue como si lo fuera. Se llamó Patricio McGough y resultó tan enorme como escritor que hoy su Quilmes casi ni lo recuerda. Prueba más que contundente; sonreiría Patricio-: cuando antes te olviden, más valioso eras. Lo concreto es que una tarde se marchó de este mundo de pura rabia, de pura impotencia, enfermo su corazón de poeta enamorado de la vida al comprender que si este país cambiaba, eso iba a ser recién algún día.
Ni mi abuelo ni mi padre ni Patricio, está claro, vislumbraron esta Argentina de hoy. Los tres vivieron —y murieron— esperanzados (tontamente esperanzados, hoy lo sabemos) en aquellos tiempos a los que uno ahora mira con nostalgia y piensa en qué bien que estábamos cuando estábamos solamente mal.

Por eso mi pregunta, mi inocente y cándida pregunta si ustedes quieren, es qué debo hacer yo:
¿Imaginar como lo hicieron ellos que algún día este país va a terminar mejorando? ¿Enseñar a mis hijos lo de la honestidad y el buen nombre? ¿Agachar el lomo y darle para adelante? ¿Creer, no creer, volverme loco, resignarme?

Miguel Ángel Morelli

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ERRÁTICO

Errático, bohemio, generalmente mal vestido, apenas si se bañaba algunas veces más que la obligada por los días más calurosos del año. Solía entretener sus tardes persiguiendo mujeres jóvenes, con obstinación y casi increíble perseverancia, fantaseando acerca de lo que podría contarles para seducirlas, en cuanto alguna mirada u otra seña mínima lo animaran a vencer su irrecuperable timidez, para acabar, entrada la noche, rumiando un nuevo fracaso que prolongaba su soledad. En sus desvelos de casi todas las noches, descifraba fácilmente, a velocidad asombrosa, los más intrincados conflictos que pueden presentar las computadoras, y no había “hardware” o “software” que no se le revelara en el acto: se entretenía inventando virus cibernéticos pero sólo para desarrollar su notable habilidad para eliminarlos. Esto le permitía un cierto desahogo económico, por poco que percibiera por los servicios que prestaba, y una creciente fama de prodigio.

Este personaje tenía una cualidad que era a la vez motivo de sus más exasperadas frustraciones: era puntual, rigurosamente puntual. Si acordaba una entrevista, nada lo desesperaba más que sufrir cualquier demora imprevisible que lo atrasara, así fueran unos pocos minutos; si quedaba en entregar un trabajo en una fecha determinada, era capaz de no dormir para no retrasarla. Lo perturbaba, casi hasta la psicosis, percibir que los demás no tenían nada que ver con él en este punto, y a menudo le ocurría que tras llegar, después de una gran carrera, exhausto y transpirado, al lugar y hora acordados, no sólo su entrevistado no había llegado, sino que lo hacía, como si nada, fresco y amable, después de media hora. Esto era para él una profunda falta de respeto, que lo hacía soñar a veces, con emigrar a un país diferente, donde todos respetaran a todos, donde a cada uno le importaran los demás.

Carlos Costantini

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CONFIANZA, SOLIDARIDAD, DEMOCRACIA

Los pasajeros de este navío, que parece estar yéndose a pique, parecemos cada día más dispuestos a arrojar por la borda a toda la oficialidad y a todos los pasajeros de primera clase. Tenemos motivos suficientes para pensar que ellos son los principales responsables de lo que nos pasa. Lo que creo que no advertimos con suficiente claridad, es que alguien tiene que dirigir el salvataje. Es saludable que hayamos perdido la fe en una clase dirigente inepta y corrupta, pero es preciso pensar cómo contribuir al surgimiento de una dirigencia nueva.
Suele decírsenos que «hay que restaurar la confianza». Aunque las más de las veces quienes lo dicen son justamente los menos confiables, es verdad. Si no confío en nadie, mal puedo convivir y construir algo con alguien. Pero la confianza sólo puede brotar en el terreno del amor. El amor al prójimo, en su forma más genérica, se llama solidaridad. Me impresionó leer hace pocos días, en un reportaje a Naomi Klein, la joven pensadora canadiense que ha adquirido renombre por sus críticas a la política neoliberal, el siguiente comentario sobre los argentinos: «hay una increíble rabia contra la democracia representativa y una absoluta quiebra de confianza en cualquier institución, pero al mismo tiempo hay una suerte de redescubrimiento de la cosa más básica, que es el otro, el vecino». Sin este punto de partida, no hay democracia posible.
La democracia representativa nos ha frustrado mucho, pero la democracia directa sólo puede desembocar en la anarquía, en la ley de la selva. Necesitamos prójimos que nos representen, porque si cada persona y cada grupo pretende hacer prevalecer su voluntad, no hay orden posible. Y para encontrarlos necesitamos conocer y respetar al prójimo. No sólo al que piensa como yo, sino a todos aquellos que están dispuestos a pensar por sí mismos y por los demás. Si el hombre es capaz de aprender de sus errores, es preciso que sepamos aprovechar la experiencia de tantos años de oscilar entre la dictadura y la demagogia. Porque esos años no hablan tan sólo de los vicios de la dirigencia, sino también de las flaquezas de quienes los hemos cultivado y sostenido. Yo, y cualquiera de ustedes, lectores, nos sentimos poco responsables de lo que nos pasa. Sin embargo todos lo somos, por la sumatoria de nuestras pequeñas mezquindades, de esa viveza criolla que, por ejemplo, hace que nos parezca natural solucionar con una coima (chica, por supuesto), la multa que nos corresponde por estacionar mal, por arrojar basura donde no debemos, natural utilizar un ardid para no hacer una cola o bicicletear una deuda. Pecados veniales, es cierto, pero que suman y pesan en el conjunto. Y que, además, perjudican a algún prójimo, que, por suerte, no es de nuestra amistad.
Solidaridad para restablecer la confianza, conciencia de la realidad y los derechos de nuestro prójimo concreto, son las virtudes necesarias para construir el nuevo orden. Ejerzámoslas, para que surja, de abajo arriba, el país que debemos ser.
Y sigamos apostando a la democracia. Que, como el matrimonio, tiene muchos defectos, pero nadie conoce un sistema mejor.

Roberto Enrique Rocca

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GALICIA,GALICIA

Tuve mi primera idea de Galicia a través de los recuerdos de Carolina Lema, la gallega que convivió con nosotros por más de diez años y que tenía en la casa tanto o más poder que mi madre.
Carolina, o Tat , como la llamábamos, hablaba de los lobos, de la vaca que llevaba a pastar —es asombroso en Galicia ver que al laado de cada vaca hay alguien que la lleva atada como a un perro—, del hambre que había pasado en su tierra cercana a La Coruña.

Después conocí Galicia, buscando el recuerdo de Tat, y estudié, su historia y su literatura. La historia de Galicia es muy interesante y las causas de la vida miserable de muchos de sus habitantes que elegían la emigración son bastante claras.
El clero y la nobleza eran dueños de las tierras y los campesinos, simples arrendatarios. A los pobres los mandaban a la guerra, y muchos de los gallegos que no emigraron por razones económicas, lo hicieron para no ir a la guerra que Cuba empezó por su independencia en 1868, o a la guerra de Marruecos. Cuando leí que varios jóvenes argentinos, descendientes de gallegos se enrolaron en el ejército español, pensé en las ironías de la historia; quizás el abuelo se fue a Argentina para no enrolarse. El servicio militar era entonces obligatorio pero selectivo, y con dinero se podía comprar la exención.
La historia da sorpresas. Cuando los gallegos emigraban, sobre todo a fines del siglo XIX, además de mucha miseria y pocas posibilidades para los pobres, Galicia estaba sobrepoblada. Hoy es la región de Espada con menor crecimiento de población y las autoridades ayudan a los descendientes de aquellos emigrantes a volver, a educarse, a tener la vida digna a la que sus mayores no pudieron acceder y que lograron en América.
Hace tiempo Bonasso publicó un articulo que, haciendo referencia a los chistes de gallegos, se titulaba «Los gallegos somos nosotros». Nuestros desastres hacen hoy que la Argentina, tierra soñada por los europeos, se convierta en madrastra para muchos. Pero la historia es reversible; lo importante es seguir hacia adelante con inteligencia y constancia, tener memoria, resistir y ser solidarios.

El título, Galicia, Galicia, lo copio de un gallego de lujo, Manuel Rivas, autor de «La lengua de las mariposas» y de muchos libros más, todos excelentes.

Leda Schiavo

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UN FUTURO EN CIERNES

Recordar el 24 de marzo de 1976 tiene todas las complicaciones de las efemérides pero, también, la peculiaridad de estar mucho más próxima a todas las demás. No la sentimos como una cesura, como una determinante aunque en algún sentido lo fue. Pero ya estaba todo diseñado, y en marcha, por lo menos desde la muerte de Aramburu en 1970, seguida por el asesinato de las monjas, el de los padres palotinos, el del obispo Angelelli y el del carismático padre Mugica. Los últimos serán los primeros.
Lo que el ´76 significó fue la universalidad de la aceptación del Ejército represor y regulador de la vida cívica, con la anuencia del ejército espiritual que representó la Iglesia castrense. Lo demás es sangre y lágrimas.
Esta cesura institucional —que, en realidad, fue pensada en 1930— seguramente quedó postergada por las condiciones internacionales y la confusión entre las propias Fuerzas Armadas. Lo que siguió fue una representación republicana, que gastó energías sanas pero sufrió inmerecido descrédito alentado por la venalidad y la resistencia creciente del ejército. En todo esto, está también la idea de Universidad, que viene discutiéndose desde los años 80 del siglo XIX.
Recordamos la renuencia a aceptar la escuela pública, la Reforma Universitaria, y toda la elocuencia que maurrasianos de ley y propaganda fóbica, mantuvo en alto las banderas anti-liberales (y de paso anti-masónicas), en tanto esa Universidad reformada producía camadas de buenas cabezas y mejores corazones ciudadanos que llevaron adelante la batalla e inspiraron la rebelión de los hijos que las madres lloran todavía.
Una historia trágica, que no puede perderse en una memoria puntual y que es preciso englobar en nuestro proyecto pasado y futuro. Un futuro que, huelga decirlo, está todavía en ciernes.

Hebe Clementi

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POEMAS


SOY EXTRANJERA

Yo vengo de una playa de cemento
frente a un río marítimo. Mi recuerdo insistente es el de un puerto
y las sirenas de los transatlánticos. Asistí a despedidas
con pañuelos blancos y lloré sin saber por qué lloraba,
y asistí a llegadas de gentes vestidas de invierno
que tenían los ojos demasiado grandes.
La última vez, vi mi ciudad desde el avión
como una araña ardiente agarrada a la tierra,
la vi azul deslumbrante contra el río rojizo,
y al río rojizo lo vi como en los mapas, es un compás abierto
que se abre en el mar.
Vengo de gentes cuyas almas
eran solo fragmentos de paisajes.
Nadie quiere ser quien es
ni ser otro tampoco.

Con el tiempo vas a ser mi objeto amoroso,
mi dolor imaginario, mi único recuerdo de alegría,
mi secreto y mi sosiego. Pero nunca serás
el país del paisaje de mi alma.
Allí no existes. Yo, extranjera, te tengo de extranjero.
No quiero ser quien soy
ni ser otra tampoco.

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de su último libro, Condiciones de felicidad, de próxima publicación

Graciela Reyes

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POEMA

El mar no sabe de sí
ignora que moja mis pies
que mis ojos no lo abarcan
cambia su paisaje a cada instante
inasible belleza
como un dios
nos deja en las orillas

A esta hora
Las campanas de Santa Croce
Duermen en su torre
El ocre de las hojas
Se apaga junto a la luz de las colinas.

A esta hora
El carillón de la Concepción
Llama al Ángelus
El vértigo de esta luz de septiembre
Dispersa la plegaria

Beatriz Piedras

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LA TREGUA

«La más puntual de las amantes cruza, profesional,
la estancia sin mirarnos…»
Roberto Sosa

Busco a la mujer en la ciudad sitiada
en cada hallazgo fallido
en cada empeño
procuro la desvergonzada tregua
(falta una hora para el toque de queda)

mientras tanto
las copas de los restaurantes están llenas de vino
y en el aire fresco del bulevar
tiritan las prematuras lenguas del alumbramiento
en la ciudad ya no hay niños
y la natividad asoma sus flujos
por los veinticuatro ríos

yo divido el mundo en transeúntes y amantes:
no me importa que la mitad del pueblo muera de hambre

sé que soy foráneo en tierra propia:
el puerco del asumido exilio
se me fuga en mi pecho
se le ha podrido el cebo y el lodo y el tejido

ya llegué a especular con las noticias del día
si fuera leñador, simplemente,
vendería más cara la pulpa
pues ya no queda nobleza en mí
y creo que nunca la hubo

voy ando vengo
creciendo como un quiste
me abulto en las miradas de los desquiciados
no sospechan que mi obsecado plan es insidioso
busco su ternura
mientras los pordioseros se hacen los heridos
en los pisos viscosos del abergue

en la ciudad ya no hay niños

los autos se manejan solos
en los parabrisas fosforecen los salvoconductos
nadie duerme
todo mundo espía por las hendiduras del miedo

ya llegó la hora de mi entrega
cuando todos se van
yo me quedo

nadie me puede aprehender en la tangencia

la espero a tientas detrás de las vitrinas
la espero incoloro en los géneros del viento
la espero en el autismo de los chafas
en la verborrea del megáfono
la espero con frío en los ángulos de esta ciudad rendida

pero ella no llega todavía
todavía no
me dice, en el oído,
porque quizá quiera salvarme en el último instante

caminando
sordo
desaparezco en la mitomanía de los edificios
mi imagen hecha astillas

León Leiva Gallardo

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TEXTOS de OTROS


Julio Cortázar

 

DE CARA AL AJO

MADRID (ESPAÑA), 11 de mayo de 1968 (Reuter). Alrededor de trescientos simpatizantes nazis españoles asistieron a una misa celebrada en una iglesia de Madrid en memoria de Adolfo Hitler, con ocasión del vigésimotercer aniversario de la muerte del Führer. Los organizadores habían distribuido tarjetas de duelo en las que aparecía impresa una cruz, e invitaban a asistir “ a una misa por el descanso del alma del Führer y de todos aquellos que murieron a su lado en defensa de la civilización cristiana y occidental”.
Entre los asistentes que colmaban la iglesia de San Martín, había falangistas con sus camisas azules, y veteranos de la “División Azul” española que combatió junto a los alemanes en el frente ruso.
Cuando el sacerdote se retiró del altar, un hombre que vestía camisa azul y ostentaba una cruz gamada en la chaqueta, gritó: “¡Oremos por el caído!”. Terminada la misa, los asistentes se reunieron frente a la iglesia, levantando el brazo derecho a la manera nazi, y cantaron el himno falangista ”De cara al sol”.
La policía estuvo presente, pero no intervino para nada.

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Traducido de «Le Monde», París, 12-13 de Mayo de 1968
de Último Round

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Jorge Luis Borges

 

RAGNARÖK

En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así ¿cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial.
El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Hureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos atudió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! Y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando; eran los dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encorvado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron.
Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del Islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frente muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel; en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos.
Sacamos los pesados revólveres ( de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los dioses.

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de El Hacedor, 1960

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Conrado Nalé Roxlo

 

EL OTRO ASPECTO DE NALÉ

Decimos Nalé Roxlo e inmediatamente nos viene al recuerdo aquel soneto que seguramente todos debimos aprender, o leer por lo menos, en el secundario: “Música porque sí, música vana / como la vana música del grillo...”
Nalé, infatigable y concentrado lector muy seguramente, dueño sin duda alguna de una sólida cultura y una desbordante imaginación, incursionó en la poesía, - son sus libros “serios”: El grillo, Claro desvelo, una Antología Poética - como el teatro: La cola de la sirena, Una viuda difícil...
Pero con el pseudónimo de Chamico, publicó innumerables libros de humor, entre ellos, una Antología Apócrifa en 1943, donde escribe “a la manera de”.
(Tengo la suerte de conservar la edición de EMECÉ de 1952, que está acompañada por las delicadas ilustraciones de Toño Salazar).
Poseedor de un profundo sentido de la ironía, con la maestría que le confiere no sólo el ingenio y el don de la imitación, sino también la capacidad de adueñarse tanto del pensamiento y el estilo de cada autor, (y hasta los amaneramien tos propios de cada uno), como de su espíritu, en escritores tan dispares como Bernard Shaw, José Ingenieros, Góngora o García Lorca.
De aquella primera Antología Apócrifa, (porque hubo una segunda), transcribo este poema en el que usted seguramente lector, reconocerá, sin dudarlo, la pluma de Evaristo Carriego.

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EL HELADERO
La tarde de verano, la calle quieta;
vierte el sol en la acera su reverbero,
y ya en la esquina suena ronca corneta
anunciando el carrito del heladero.

Ya sale de los patios la turba inquieta
de chicos que acudieron al retortero,
rodeando a Don Bachicha, gringo poeta,
que el invierno pasado fue manisero.

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Todo delSUR

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