CONFIANZA, SOLIDARIDAD, DEMOCRACIA
Roberto Enrique Rocca
ERRÁTICO
Carlos Costantini
SOBRE LA POESÍA
Sonia Otamendi
ACORRALADO
Miguel Ángel Morelli
GALICIA, GALICIA
Leda Schiavo
UN FUTURO EN CIERNES
Hebe Clementi
POEMAS
SOY EXTRANJERA
Graciela Reyes
LA TREGUA
León Leiva Gallardo
POEMA
Beatriz Piedras
OTROS
Julio Cortázar / Jorge Luis Borges/ Conrado Nalé Roxlo
fab9
SOBRE LA POESÍA
Estaba trabajando contra el reloj. Era domingo y además gris y lluvioso por
momentos, con esas tormentas como las de ahora, donde parece que se cae el
cielo, que todo se derrumba y después llueve finito y continuado y es mucho
más
triste, cuando recibí el primer mail de Graciela. Los poemas del libro que
Graciela Reyes publicará próximamente, y me conmovió particularmente uno,
que
es el que transcribo en este número: «Soy extranjera».
Yo creo que un poema es como una carta, o mejor, casi como una conversación,
—no sé cómo decirlo—, es eso que el poeta dice, porque no puede dejar de
hacerlo, y que les dice a los demás. Claro que no sabe quiénes son los demás.
Pero cuando al leerlo sentimos que nos lo está diciendo a nosotros, y mueve
vaya a saber qué fibras, y quién sabe qué resonancias provoca, es cuando nos
conmovemos. Traté de explicárselo en otro mail (y fue casi como si jugáramos
un
partido de ping pong, iban y volvían), pero dudo haber logrado expresarle lo
que
sentía. Entonces recordé un viejo libro de T. S. Eliot: «Sobre la poesía y los
Poetas»; recurrí a él, y el bueno de Thomas accedió a decirlo por mí:
Si un poema nos emociona, es porque ha significado algo, tal vez algo
importante para nosotros; si no nos emociona, entonces carece de sentido.
Podemos conmovernos profundamente oyendo recitar un poema en una lengua
de la
que no entendemos ni una sola palabra, pero si después nos dicen que el
poema
no tiene significado, que no significa nada, es un galimatías, nos sentiremos
engañados – porque aquello que oímos no era un poema sino una simple
imitación
de música instrumental. Si como sabemos, sólo parte del significado puede
trasmitirse por medio de una paráfrasis, es porque el poeta se ocupa de las
fronteras de la conciencia y más allá de ellas faltan las palabras, aunque
aún existan significados. Distintos lectores, pueden encontrarle significados
muy diferentes a un mismo poema, y todos esos significados es posible que
sean
diferentes a los que quiso expresar el autor. Así, por ejemplo, el autor puede
haber escrito sobre alguna experiencia personal, a la que no veía de ningún
modo
relacionada con la nada exterior, y sin embargo, para el lector del poema, eso
puede transformarse en la expresión de una situación general, como también
en la
de alguna experiencia suya particular. La interpretación del lector puede
diferir de la del autor y ser igualmente válida – o hasta puede ser mejor. En un
poema puede haber mucho más de lo que el autor sabe. Todas las diferentes
interpretaciones pueden ser formulaciones parciales de una cosa; las
ambigüedades pueden deberse a que el poema signifique más, - no menos-, de
lo
que puede comunicar el lenguaje corriente. ___________
Traducido del libro On Poets and Poetry: [Faber & Faber Ltd]
Sonia Otamendi
p
ACORRALADO
Mi abuelo materno fue, si no me equivoco, el hombre más bueno que pasó por
este
mundo. Panadero de oficio, con el mismo amor con el que amasó durante
sesenta
años el pan para sus vecinos, amasó una fortuna incalculable en amigos y
recuerdos. Que yo sepa, jamás se permitió hablar mal de nadie, y estoy seguro
que jamás nadie habló mal de él. Por lo demás, y como era incapaz de dar un
consejo sino a través de su propio ejemplo, sin decirme una palabra me enseñó
que la honestidad es el más preciado de los dones.
Pero mi abuelo tenía un defecto: era un hombre vitalmente esperanzado, y
hasta
último momento me dijo que algún día este bendito país iba a cambiar.
Mi padre debió salir de muy chico a la calle para ganarse el peso. Y los
poquitos que pudo juntar a lo largo de toda su vida fueron a base de puro
sacrificio, de agachar el lomo y darle para adelante todo el día. Le hubiera
gustado poder estudiar, ser otro, pero de cualquier manera eran pensamientos
que
se reservaba para sí. Lo que me dejó por herencia a la hora de partir, hace ya
una punta de años, fue que un hombre puede prescindir de todo menos de la
buena
consideración de los otros. Y que siempre hay que mirar al futuro con optimismo,
porque algún día la cosa va a cambiar.
Sin padre y sin un mi abuelo, como diría León Felipe, la vida me recompensó
largamente con otro que fue como si lo fuera. Se llamó Patricio McGough y
resultó tan enorme como escritor que hoy su Quilmes casi ni lo recuerda.
Prueba más que contundente; sonreiría Patricio-: cuando antes te olviden, más
valioso eras. Lo concreto es que una tarde se marchó de este mundo de pura
rabia, de pura impotencia, enfermo su corazón de poeta enamorado de la vida
al
comprender que si este país cambiaba, eso iba a ser recién algún día.
Ni mi abuelo ni mi padre ni Patricio, está claro, vislumbraron esta Argentina de
hoy. Los tres vivieron —y murieron— esperanzados (tontamente esperanzados,
hoy
lo sabemos) en aquellos tiempos a los que uno ahora mira con nostalgia y
piensa
en qué bien que estábamos cuando estábamos solamente mal.
Por eso mi
pregunta,
mi inocente y cándida pregunta si ustedes quieren, es qué debo hacer yo:
¿Imaginar como lo hicieron ellos que algún día este país va a terminar
mejorando? ¿Enseñar a mis hijos lo de la honestidad y el buen nombre?
¿Agachar
el lomo y darle para adelante? ¿Creer, no creer, volverme loco, resignarme?
Miguel Ángel Morelli
p
ERRÁTICO
Errático, bohemio, generalmente mal vestido, apenas si se bañaba algunas
veces
más que la obligada por los días más calurosos del año. Solía entretener sus
tardes persiguiendo mujeres jóvenes, con obstinación y casi increíble
perseverancia, fantaseando acerca de lo que podría contarles para seducirlas,
en
cuanto alguna mirada u otra seña mínima lo animaran a vencer su irrecuperable
timidez, para acabar, entrada la noche, rumiando un nuevo fracaso que
prolongaba
su soledad. En sus desvelos de casi todas las noches, descifraba fácilmente, a
velocidad asombrosa, los más intrincados conflictos que pueden presentar las
computadoras, y no había “hardware” o “software” que no se le revelara en el
acto: se entretenía inventando virus cibernéticos pero sólo para desarrollar su
notable habilidad para eliminarlos. Esto le permitía un cierto desahogo
económico, por poco que percibiera por los servicios que prestaba, y una
creciente fama de prodigio.
Este personaje tenía una cualidad que era a la vez motivo de sus más
exasperadas frustraciones: era puntual, rigurosamente puntual. Si acordaba
una
entrevista, nada lo desesperaba más que sufrir cualquier demora imprevisible
que
lo atrasara, así fueran unos pocos minutos; si quedaba en entregar un trabajo
en
una fecha determinada, era capaz de no dormir para no retrasarla. Lo
perturbaba,
casi hasta la psicosis, percibir que los demás no tenían nada que ver con él en
este punto, y a menudo le ocurría que tras llegar, después de una gran carrera,
exhausto y transpirado, al lugar y hora acordados, no sólo su entrevistado no
había llegado, sino que lo hacía, como si nada, fresco y amable, después de
media hora. Esto era para él una profunda falta de respeto, que lo hacía soñar
a
veces, con emigrar a un país diferente, donde todos respetaran a todos, donde
a
cada uno le importaran los demás.
Carlos Costantini
p
CONFIANZA, SOLIDARIDAD, DEMOCRACIA
Los pasajeros de este navío, que parece estar yéndose a pique, parecemos
cada
día más dispuestos a arrojar por la borda a toda la oficialidad y a todos los
pasajeros de primera clase. Tenemos motivos suficientes para pensar que ellos
son los principales responsables de lo que nos pasa. Lo que creo que no
advertimos con suficiente claridad, es que alguien tiene que dirigir el
salvataje. Es saludable que hayamos perdido la fe en una clase dirigente inepta
y corrupta, pero es preciso pensar cómo contribuir al surgimiento de una
dirigencia nueva.
Suele decírsenos que «hay que restaurar la confianza». Aunque las más de las
veces quienes lo dicen son justamente los menos confiables, es verdad. Si no
confío en nadie, mal puedo convivir y construir algo con alguien. Pero la
confianza sólo puede brotar en el terreno del amor. El amor al prójimo, en su
forma más genérica, se llama solidaridad. Me impresionó leer hace pocos días,
en un reportaje a Naomi Klein, la joven pensadora canadiense que ha adquirido
renombre por sus críticas a la política neoliberal, el siguiente comentario
sobre los argentinos: «hay una increíble rabia contra la democracia
representativa y una absoluta quiebra de confianza en cualquier institución,
pero al mismo tiempo hay una suerte de redescubrimiento de la cosa más
básica,
que es el otro, el vecino». Sin este punto de partida, no hay democracia
posible.
La democracia representativa nos ha frustrado mucho, pero la democracia
directa
sólo puede desembocar en la anarquía, en la ley de la selva. Necesitamos
prójimos que nos representen, porque si cada persona y cada grupo pretende
hacer
prevalecer su voluntad, no hay orden posible. Y para encontrarlos necesitamos
conocer y respetar al prójimo. No sólo al que piensa como yo, sino a todos
aquellos que están dispuestos a pensar por sí mismos y por los demás.
Si el hombre es capaz de aprender de sus errores, es preciso que sepamos
aprovechar la experiencia de tantos años de oscilar entre la dictadura y la
demagogia. Porque esos años no hablan tan sólo de los vicios de la dirigencia,
sino también de las flaquezas de quienes los hemos cultivado y sostenido. Yo, y
cualquiera de ustedes, lectores, nos sentimos poco responsables de lo que nos
pasa. Sin embargo todos lo somos, por la sumatoria de nuestras pequeñas
mezquindades, de esa viveza criolla que, por ejemplo, hace que nos parezca
natural solucionar con una coima (chica, por supuesto), la multa que nos
corresponde por estacionar mal, por arrojar basura donde no debemos, natural
utilizar un ardid para no hacer una cola o bicicletear una deuda. Pecados
veniales, es cierto, pero que suman y pesan en el conjunto. Y que, además,
perjudican a algún prójimo, que, por suerte, no es de nuestra amistad.
Solidaridad para restablecer la confianza, conciencia de la realidad y los
derechos de nuestro prójimo concreto, son las virtudes necesarias para
construir el nuevo orden. Ejerzámoslas, para que surja, de abajo arriba, el país que
debemos ser.
Y sigamos apostando a la democracia. Que, como el matrimonio, tiene muchos
defectos, pero nadie conoce un sistema mejor.
Roberto Enrique Rocca
p
GALICIA,GALICIA
Tuve mi primera idea de Galicia a través de los recuerdos de Carolina Lema, la gallega que convivió con nosotros por más de diez años y que tenía en la casa tanto o más poder que mi madre.
Carolina, o Tat , como la llamábamos, hablaba de los lobos, de la vaca que llevaba a pastar —es asombroso en Galicia ver que al laado de cada vaca hay alguien que la lleva atada como a un perro—, del hambre que había pasado en su
tierra cercana a La Coruña.
Después conocí Galicia, buscando el recuerdo de Tat, y estudié, su historia y su literatura. La historia de Galicia es muy interesante y las causas de la vida miserable de muchos de sus habitantes que elegían la emigración son bastante
claras.
El clero y la nobleza eran dueños de las tierras y los campesinos, simples arrendatarios. A los pobres los mandaban a la guerra, y muchos de los gallegos que no emigraron por razones económicas, lo hicieron para no ir a la guerra que
Cuba empezó por su independencia en 1868, o a la guerra de Marruecos. Cuando leí que varios jóvenes argentinos, descendientes de gallegos se enrolaron en el ejército español, pensé en las ironías de la historia; quizás el abuelo se
fue a Argentina para no enrolarse. El servicio militar era entonces obligatorio pero selectivo, y con dinero se podía comprar la exención.
La historia da sorpresas. Cuando los gallegos emigraban, sobre todo a fines del siglo XIX, además de mucha miseria y pocas posibilidades para los pobres, Galicia estaba sobrepoblada. Hoy es la región de Espada con menor crecimiento de
población y las autoridades ayudan a los descendientes de aquellos emigrantes a volver, a educarse, a tener la vida digna a la que sus mayores no pudieron acceder y que lograron en América.
Hace tiempo Bonasso publicó un articulo que, haciendo referencia a los chistes de gallegos, se titulaba «Los gallegos somos nosotros». Nuestros desastres hacen hoy que la Argentina, tierra soñada por los europeos, se convierta en madrastra
para muchos. Pero la historia es reversible; lo importante es seguir hacia adelante con inteligencia y constancia, tener memoria, resistir y ser solidarios.
El título, Galicia, Galicia, lo copio de un gallego de lujo, Manuel Rivas, autor
de «La lengua de las mariposas» y de muchos libros más, todos excelentes.
Leda Schiavo
p
UN FUTURO EN CIERNES
Recordar el 24 de marzo de 1976 tiene todas las complicaciones de las
efemérides
pero, también, la peculiaridad de estar mucho más próxima a todas las demás.
No
la sentimos como una cesura, como una determinante aunque en algún sentido
lo
fue. Pero ya estaba todo diseñado, y en marcha, por lo menos desde la muerte
de
Aramburu en 1970, seguida por el asesinato de las monjas, el de los padres
palotinos, el del obispo Angelelli y el del carismático padre Mugica. Los
últimos serán los primeros.
Lo que el ´76 significó fue la universalidad de la aceptación del Ejército
represor y regulador de la vida cívica, con la anuencia del ejército espiritual
que representó la Iglesia castrense.
Lo demás es sangre y lágrimas.
Esta cesura institucional —que, en realidad, fue pensada en 1930—
seguramente quedó postergada por las condiciones internacionales y la confusión entre las propias Fuerzas Armadas. Lo que siguió fue una representación republicana,
que gastó energías sanas pero sufrió inmerecido descrédito alentado por la venalidad
y la resistencia creciente del ejército. En todo esto, está también la idea de
Universidad, que viene discutiéndose desde los años 80 del siglo XIX.
Recordamos
la renuencia a aceptar la escuela pública, la Reforma Universitaria, y toda la
elocuencia que maurrasianos de ley y propaganda fóbica, mantuvo en alto las
banderas anti-liberales (y de paso anti-masónicas), en tanto esa Universidad
reformada producía camadas de buenas cabezas y mejores corazones
ciudadanos que
llevaron adelante la batalla e inspiraron la rebelión de los hijos que las
madres lloran todavía.
Una historia trágica, que no puede perderse en una memoria puntual y que es
preciso englobar en nuestro proyecto pasado y futuro.
Un futuro que, huelga decirlo, está todavía en ciernes.
Hebe Clementi
p
POEMAS
SOY EXTRANJERA
Yo vengo de una playa de cemento
frente a un río marítimo. Mi recuerdo insistente es el de un puerto
y las sirenas de los transatlánticos. Asistí a despedidas
con pañuelos blancos y lloré sin saber por qué lloraba,
y asistí a llegadas de gentes vestidas de invierno
que tenían los ojos demasiado grandes.
La última vez, vi mi ciudad desde el avión
como una araña ardiente agarrada a la tierra,
la vi azul deslumbrante contra el río rojizo,
y al río rojizo lo vi como en los mapas, es un compás abierto
que se abre en el mar.
Vengo de gentes cuyas almas
eran solo fragmentos de paisajes.
Nadie quiere ser quien es
ni ser otro tampoco.
Con el tiempo vas a ser mi objeto amoroso,
mi dolor imaginario, mi único recuerdo de alegría,
mi secreto y mi sosiego. Pero nunca serás
el país del paisaje de mi alma.
Allí no existes. Yo, extranjera, te tengo de extranjero.
No quiero ser quien soy
ni ser otra tampoco.
__________
de su último libro, Condiciones de felicidad, de próxima publicación
Graciela Reyes
p
POEMA
El mar no sabe de sí
ignora que moja mis pies
que mis ojos no lo abarcan
cambia su paisaje a cada instante
inasible belleza
como un dios
nos deja en las orillas
A esta hora
Las campanas de Santa Croce
Duermen en su torre
El ocre de las hojas
Se apaga junto a la luz de las colinas.
A esta hora
El carillón de la Concepción
Llama al Ángelus
El vértigo de esta luz de septiembre
Dispersa la plegaria
Beatriz Piedras
p
LA TREGUA
«La más puntual de las amantes cruza, profesional,
la estancia sin mirarnos…»
Roberto Sosa
Busco a la mujer en la ciudad sitiada
en cada hallazgo fallido
en cada empeño
procuro la desvergonzada tregua
(falta una hora para el toque de queda)
mientras tanto
las copas de los restaurantes están llenas de vino
y en el aire fresco del bulevar
tiritan las prematuras lenguas del alumbramiento
en la ciudad ya no hay niños
y la natividad asoma sus flujos
por los veinticuatro ríos
yo divido el mundo en transeúntes y amantes:
no me importa que la mitad del pueblo muera de hambre
sé que soy foráneo en tierra propia:
el puerco del asumido exilio
se me fuga en mi pecho
se le ha podrido el cebo y el lodo y el tejido
ya llegué a especular con las noticias del día
si fuera leñador, simplemente,
vendería más cara la pulpa
pues ya no queda nobleza en mí
y creo que nunca la hubo
voy ando vengo
creciendo como un quiste
me abulto en las miradas de los desquiciados
no sospechan que mi obsecado plan es insidioso
busco su ternura
mientras los pordioseros se hacen los heridos
en los pisos viscosos del abergue
en la ciudad ya no hay niños
los autos se manejan solos
en los parabrisas fosforecen los salvoconductos
nadie duerme
todo mundo espía por las hendiduras del miedo
ya llegó la hora de mi entrega
cuando todos se van
yo me quedo
nadie me puede aprehender en la tangencia
la espero a tientas detrás de las vitrinas
la espero incoloro en los géneros del viento
la espero en el autismo de los chafas
en la verborrea del megáfono
la espero con frío en los ángulos de esta ciudad rendida
pero ella no llega todavía
todavía no
me dice, en el oído,
porque quizá quiera salvarme en el último instante
caminando
sordo
desaparezco en la mitomanía de los edificios
mi imagen hecha astillas
León Leiva Gallardo
p
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