a PORTADA

<Nº 61

Abril 2005 — Nº 62

N° 63>


Todos los ríos el río
Leda Schiavo

La hora de la siesta
Graciela Reyes

Desde la butaca
Josefina Sartora

El Código da Vinci
Miguel Ángel Morelli

Donde quiera que esté
Sonia Otamendi

De la verdad como mentira
Fernando Anguita B.

Soñando quizá
José Manuel Fernández Argüelles

La génesis de un nuevo mito fundante
Federico Pablo Blanco

fab8

Todos los ríos el río

O captain! My captain! Our fearful trip is done *

Cuando María y Fernando me invitaron a ir en su barquito con Sonia, estuve tentada de no aceptar, porque odio el sol, el calor y los mosquitos. Pero mi amor por la navegación se sobrepuso y disfruté de un día perfecto en la compañía de estos seres entrañables. Hubo de todo: sol, tormenta, un tifón a lo Conrad, un ataque de mosquitos kamikazis, silencio para escuchar el chapaleo del agua entre los juncos, conversación animadísima, vino del bueno, fotos, recuerdos del pasado y del futuro.

El capitán me invitó a escribir en el Diario de a bordo y entonces se me ocurrió refutar a Heráclito. Tomé la birome para dejar asentado que por supuesto uno se baña dos y más veces en el mismo río, porque todos los ríos son el mismo río, revelación que tuve al navegar en el Misisipi y darme cuenta de que es igualito al Paraná. Sostuve que el Misisipi reaparece en todos los majestuosos ríos de llanura que atraviesan el continente, hasta desembocar en el Río de la Plata.

Pocos días después mi vida agitada me trajo al país del norte y el pasado fin de semana fui a ver la confluencia del Misuri con el Misisipi porque de ahí salió la expedición de Lewis y Clark, que entre 1803 y 1806 atravesaron todo el país hasta llegar al océano Pacífico, y yo había visto una película sobre el tema que me apasionó.

El paisaje es misterioso, los árboles están cubiertos por plantas parásitas que los hacen fantasmales, era el comienzo de la primavera, con las aves volviendo desenfrenadas, los dos ríos abrazándose fraternalmente. Un día gris, como a mí me gusta, con un vientito helado. Estaba en la torre de observación cuando lo vi venir, o captain, my captain, abrazado al palo mayor y apenas saludando al pasar. Iba solo, entre serio y divertido, desdibujado por la bruma, y comprendí. No le grité adiós ni lloré porque nos volveremos a encontrar, cómo no volver a encontrarnos en los ríos que son siempre el mismo río, en los ríos que siempre van a dar a la mar.

Leda Schiavo

 

*

WALT WHITMAN (1819-1892)
«Leaves of Grass» (1900)

O Captain! My Captain!

1
O CAPTAIN! my Captain! our fearful trip is done;
The ship has weather'd every rack, the prize we sought is won; 
The port is near, the bells I hear, the people all exulting, 
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring: 
But O heart! heart! Heart!
O the bleeding drops of red, 
Where on the deck my Captain lies, 
Fallen cold and dead.

2
O Captain! my Captain! rise up and hear the bells; 
Rise up-for you the flag is flung-for you the bugle trills; 
For you bouquets and ribbon'd wreaths-for you the shores a-crowding; 
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning; 
Here Captain! dear father!
This arm beneath your head; 
It is some dream that on the deck,
You've fallen cold and dead.

3
My Captain does not answer, his lips are pale and still; 
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will; 
The ship is anchor'd safe and sound, its voyage closed and done;
From fearful trip, the victor ship, comes in with object won; 
Exult, O shores, and ring, O bells!
But I, with mournful tread,
Walk the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

«Hojas de hierba» (1900)

¡Oh, capitán! ¡mi capitán!


¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! terminó nuestro espantoso viaje,
El navío ha salvado todos los escollos, hemos ganado el premio codiciado,
Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas, ya el pueblo acude gozoso,
Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y audaz;
Más; ¡oh, corazón, corazón, corazón!
¡Oh, las rojas gotas sangrantes!
Ved, mi Capitán en la cubierta
Yace frío y muerto.


¡Oh,Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las campanas;
Levántate, para ti flamea la bandera, para ti suena el clarín,
Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas, para ti la multitud se agolpa en la playa,
A ti te llama la masa móvil del pueblo, a ti vuelve sus rostros anhelantes;
¡Ea, Capitán! ¡Padre Querido!
¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!
Esto es un sueño: en la cubierta
Yace frío y muerto.

3
Mi Capitán no responde, sus labios están pálidos e inmóviles,
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso, ni voluntad,
El navío ha anclado sano y salvo; su viaje, acabado y concluido,
Del horrible viaje el navío victorioso llega con su trofeo;
¡Exultad, oh, playas, y sonad, oh, campanas!
Pero yo con pasos fúnebres,
Recorro la cubierta donde mi Capitán
Yace frío y muerto.

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La hora de la siesta

Aprendí a leer en la cama, a la hora de la siesta. Me enseñó mi madre, antes de que empezara la escuela.

Mi madre era experta en robar minutos al tiempo, y por eso podía hacer tantas cosas: trabajar de la mañana a la noche en su consultorio, atender su casa, prepararnos comidas ricas todos los días, incluso unas tartas de frutas inolvidables para llevar al colegio. También me planchaba el guadapolvo tableado, junto con el suyo, que tenía bordadas las iniciales MAS, sus iniciales de soltera, de cuando empezó a trabajar en el hospital Ramos Mejía. Recuerdo los dos guardapolvos oreándose juntos, almidonados y blanquísimos.

Después del almuerzo, mamá se hacía un ratito para descansar, antes de ir al consultorio (la consulta empezaba a las 2 en punto). Se echaba en la cama, con la cabeza a los pies y no a la cabecera, y yo a su lado. Ya antes de las clases de lectura, cuando yo era muy chica todavía para querer leer, la siesta era el momento más feliz del día. Cuando había tiempo, mamá me dejaba despeinarla. Yo le rascaba suavemente la nuca con los dedos, desarmando poco a poco, con un placer de esos que solamente se sienten en la infancia, el rodete de pelo sedoso, hasta que el pelo se derramaba. Por lo general me dormía antes de despeinarla del todo.

Solo tenía libres, para enseñarme a leer, esos minutos de la siestecita, y decidió usarlos, sin renunciar al descanso de tenderse en la cama. Aprendí a leer con un libro de cuentos abierto sobre el pecho, mi cabeza pegada a la de ella, sostenidas las dos por una de esas almohadas largas y gordas que se usaban entonces. No recuerdo qué libro era. Elegí uno de tapas azules, quizá porque hacía juego con uno de mis tesoros, una pluma cucharita azul, sin tinta y sin pluma, que para leer usaba al revés, ya que su punta larga de plástico era ideal para ir señalando las palabras. Recuerdo el ruidito leve del plástico sobre el papel. Me encantaba pasar de una palabra a otra.

Mamá no usó ningún método. Abrimos el libro y empezamos a leer,  no sé cómo, pero las condiciones pedagógicas eran óptimas, aunque digamos que heterodoxas, y aprendí a leer en un santiamén. Recuerdo que mamá, de pasada, me iba enseñando los acentos, como para aprovechar mejor el tiempo. Leí todo el libro sin escribir una palabra, porque escribir en la cama ya era más difícil, supongo. Así que a escribir aprendí después, yo sola.

El dormitorio de mis padres daba al jardín interior de la casa de departamentos en que vivíamos. Estábamos en la planta baja, y por la ventana del dormitorio la luz vibrante de la tarde de Buenos Aires entraba tamizada, dulcificada por el verde de afuera. Mi hermanito dormía en su cuna, allí a nuestro lado. Había silencio, un silencio de tregua, donde resonaba el rasguido de mi pluma cucharita sobre el papel, mi pluma que no escribía, sino que leía. Estábamos las dos juntas, contentas, tranquilas, descalzas en la cama fresca. Yo sabía que se acababa todo pronto, pero me entregaba, como siempre he podido hacer, a la felicidad total del momento, como si el momento no tuviera final.

Si, por mis grandes virtudes,  me otorgaran el don de vivir cinco minutos de vida feliz antes de morirme, elegiría cinco minutos de esas tardes, con mamá, el libro, la pluma. Quisiera, en suma, no saber leer, y que mamá me enseñara de nuevo.

Graciela Reyes

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Desde la butaca

Desde fines de los 90, tras la revelación de películas como Rapado, Pizza, birra y faso y Mundo grúa, se habla de un Nuevo Cine Argentino. Indudablemente, se ha producido una renovación en nuestro cine, aunque ese título se refiere a un fenómeno global que abarca múltiples propuestas estéticas, que están aún en su etapa inicial. Un numeroso grupo de realizadores jóvenes, muchos de ellos salidos de las escuelas de cine que proliferaron en los últimos años, ha decidido acabar con una manera de hacer cine que la industria había impuesto durante décadas. Después de años de decadencia, agudizada durante la dictadura -que también en este campo dejó huellas nefastas y difíciles de borrar- el cine argentino demostró gozar de enorme poder de recomposición. Por un lado, surgieron los jóvenes realizadores, más o menos independientes, muy alejados de los clichés del grotesco criollo, o de los personajes y diálogos inverosímiles habituales en el cine nacional. Algunos trajeron propuestas absolutamente originales y creativas, como La ciénaga, La libertad, Los rubios, Extraño. Otro grupo de jóvenes incursiona en temas que les son propios, en la problemática joven actual y en su propio lenguaje cotidiano. Algunos críticos acusan a este cine de nadista, por lo poco que sucede en sus films, por la abulia de los adolescentes, o porque no propone conflictos contundentes. Y sobre todo, porque sus películas no duran mucho en cartel. Sin embargo, toda una generación se identifica con Nadar solo, Sábado, Sólo por hoy o Tan de repente. En otro sector, algunos títulos que también proponen nuevas miradas sobre la cotidianeidad, sabiendo tocar el inconsciente colectivo, han combinado métier con temas de interés, y han podido transformar, actualizar criterios ya conocidos, convocando gran cantidad de público: por ejemplo El oso rojo, El abrazo partido, Buena vida delivery, tal vez la nueva Un año sin amor. Por supuesto que simultáneamente a esta revitalización, el viejo sistema sigue vigente: Aristarain -uno de los mejores narradores del cine argentino- continúa filmando, aunque no mejor; Campanella se mantiene fiel al costumbrismo típico y exitoso del cine nacional; las superproducciones financiadas por la televisión tienen hoy en Suar su representante conspicuo, y todos ellos llenan las salas. Párrafo aparte merece el cine documental, que también en los 90 comenzó una etapa de renovación y desde los sucesos de diciembre de 2001 ha tomado un auge considerable, abarcando un amplio espectro temático, pero con un fuerte acento en lo político. Documentales realizados por jóvenes y no tanto, que antes estaban destinados a un circuito alternativo de exhibición, hoy tienen estreno comercial, como Memoria del saqueo y Yo no sé qué me han hecho tus ojos. Todas estas nuevas obras suscitan el interés de público del extranjero, y son invitadas a los festivales internacionales, donde no cesan de cosechar premios.

No hablamos de autores, sino de películas. Estamos lejos aún de observar en el nuevo cine argentino un cine de autor, en el que un nombre defina una estética, una personal concepción artística. Sería prematuro mencionarlo, como también lo sería sacar conclusiones o hacer pronósticos sobre nuestro cine. Todo proceso estético –como los sociales- tiene un largo tiempo de evolución y maduración. Estamos acompañándolo, observándolo y disfrutando de él, formando parte del mismo como espectadores y críticos. El tiempo dirá si todo constituye una verdadera transformación o un cambio generacional.

Josefina Sartora

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El Código da Vinci

Si sigo así, corro el riesgo de ser el único mortal sobre la tierra que aún no ha leído “El Código Da Vinci”. Tres motivos me asisten: el primero, porque en materia de lecturas y relecturas hoy por hoy tengo otras prioridades (*); luego, porque el libro trae más de 550 páginas, suficientes a esta altura de mi vida para hacerme desistir; y por último (y acaso sea ésta la razón de fondo) porque los éxitos demasiado masivos me dan como cosa, ¿vió? Para completar mi negativa, algún que otro crítico de esos que nunca lo defraudan a uno, como es el caso de Harold Bloom, han destrozado la novela de Dan Brown con una contundencia tan elocuente como arrolladora.

Sin embargo, durante las últimas semanas hubo un hecho que casi me empuja a leerla: estoy hablando de las declaraciones destempladas, del enojo infantil de cierto sector del catolicismo que salió a atacar al libro acusándolo de tergiversar la verdadera historia de Cristo y Magdalena, su supuesta esposa. “Un castillo de mentiras” —bufó por Radio Vaticano don Tarcisio Bertone, arzobispo de Génova. “¿Cuántos lectores van a ver mentiras y errores presentados como verdades escondidas?” —se preguntó, agitada, la medievalista ultramontana Sandra Miersel. Y hubo otros, incluso, que envueltos en cólera santa ordenaron a voz de cuello: “¡No lo compren y no lo lean!” En fin, una vez más la ira de Dios que le dicen...

Como dije, no lo leí. Como se deduce, no puedo hablar de él. Pero lo que se le objeta es que no se ajusta la verdad. La única pregunta que se me ocurre es la siguiente: ¿y por qué habría de hacerlo, si se trata precisamente de una novela, un libro de ficción? El Quijote tampoco se ajusta a la realidad, tanto como irreales han sido el Hamlet de Shakespeare, el Adán Buenosayres de Marechal o la Lolita de Nabokov. ¿A quién se le hubiese ocurrido semejante exigencia? Pero aún imaginando que alguien pudiera arrogarse el derecho a demandar tal cosa, ¿a cuál de todas las verdades no se ajusta El Código Da Vinci? Porque no hay que ser demasiado avispado para sospechar que la Biblia, sin ir más lejos, tampoco se ajusta demasiado a la verdad, salvo que creamos que se trata de un relato lineal y no, como lo reconoce la propia Iglesia, de una enorme y trabajosa metáfora (toda metáfora requiere de una interpretación, toda interpretación está teñida de subjetividad). En fin, ¿qué otra cosa sino una gran metáfora podría ser aquella cita que dice que a los impíos “hay que atarles una piedra al cuello y tirarlos al río”? ¿O debemos suponer que repetir hoy esta frase y referirla a un ministro de la Nación es, efectivamente, una incitación al asesinato?

Más pragmáticos, mientras tanto, el ahora multimillonario Brown y sus felicísimos editores sacan cuentas y no lo pueden creer: cada queja de la Iglesia les reporta vaya a saber cuántos lectores nuevos, y el libro ya superó holgadamente los veinticinco millones de ejemplares vendidos... Y todo gracias a Dios, dicen ellos.
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(*) Entre mis relecturas pendientes la Biblia tiene prioridad. Esta “maravillosa ficción”, al decir de Borges, acaso sea la cumbre del género, la novela de las novelas. Y estoy seguro que la pobre no tiene la culpa de haber inspirado por igual tanto actitudes grandiosas y bellas páginas literarias como sectas negras y otras inquisiciones.

Miguel Angel Morelli

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Donde quiera que esté

Era de día y sin embargo de pronto pareció que una penumbra prematura anunciara la noche.

El jueves diecisiete de Marzo en su casa de City Bell, había muerto Fernando von Reichenbach.

Su fiel amiga, la compositora María Teresa Luengo, fue quien me dio la noticia. Todavía me niego a creer que ya no esté aquel que tanto amó y honró la vida, el que siempre estaba dispuesto a escuchar y a tender una mano.
Otros, los que saben, podrán hablar de sus inventos, —me gusta más decir creaciones— de su aporte invalorable tanto a la música electroacústica argentina como a los compositores, porque no cabe duda que sin él, el camino hubiera sido más largo y más dificultoso.
vonreichenbach_ginastera
Becario Guggenheim, tras la creación del Convertidor Gráfico Analógico allá en la década del sesenta, reconocido en el mundo entero desde los lejanos días del Instituto DiTella por su genio y su talento, dueño de una prodigiosa inteligencia, una profunda sensibilidad, una sólida cultura, y una pasión sin límites para abordar todo lo que hacía, Fernando tuvo además, la fortuna de tener a su lado durante más de cuarenta años, una extraordinaria mujer, Mary McDonagh, que lo comprendió, lo apuntaló, lo acompañó y sobre todo lo amó. Junto a ellos he pasado momentos difíciles de olvidar.

Su hospitalidad, su agudo y acendrado sentido del humor hacía que estar con él fuera siempre una fiesta, una diversión, una sorpresa, un juego. Siempre tenía algo para mostrar y compartir con un entusiasmo adolescente. Doblemente, porque todo lo registraba con la cámara, casi un apéndice que tenía siempre a mano, como un custodio de la memoria de los hechos y las cosas.
>No sé si él habrá tenido cabal conciencia de su importancia. Lo más probable es que no, porque era modesto como los grandes y como sólo los grandes era generoso también en la transmisión de sus conocimientos. Gracias a ello seguramente muchos jóvenes van a poder proseguir todo aquello que tenía empezado y proyectado.

La vida sin Fernando va a ser diferente, pero donde quiera que esté ahora, que sepa que va a seguir estando entre nosotros porque no dejaremos de nombrarlo.

Sonia Otamendi

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De la verdad como mentira

Si a cualquiera le preguntan sobre qué palabra se han escrito más palabras, lo normal es que conteste: la verdad, no lo sé. Cabría pensar que sin pretenderlo haya empezado dando la respuesta correcta, porque la palabra verdad, como sujeto o predicado, agota las posibilidades de acceder a todos los lugares donde aparece. Sin embargo, parándonos a pensar un poco más caeremos en la cuenta de que otras palabras, “vida” o “amor” por ejemplo, es probable que sean mucho más abundantes.

Hace un tiempo no era siguiera imaginable algún método de medida para ese tipo de cuestiones. La palabra escrita, por su naturaleza, crece sin freno, exponencialmente. En una metáfora anticipada del cambio climático, la plétora de escribidores cortazianos acotó sus límites —¿recuerdan?: los mares desecados por el papel—. Hoy la “amenaza” parece atenuada, y en pocos años todos seremos escribidores a la nueva usanza, sin papel.
Internet, la nueva herramienta, responde también (a su modo) a preguntas imposibles como la de arriba. En la fecha en que esto escribo me dice que verdad aparece en unos 8 millones de páginas WEB, mientras que vida lo hace casi en 23 y amor se queda en 20.

Simplificando al extremo diríamos que en español se cita verdad una por cada tres veces de las que se escribe vida. En inglés, truth aparece 37 millones de veces y life 428, la proporción es de 1 a 12, y en alemán, Wahrheit 5 millones y Leben 39, de 1 a 8.

Parece pues que en nuestro idioma la verdad, la palabra al menos, pesa notablemente más que en otros. Idea peregrina, si no arriesgada, que anticipa lo que sigue.
falsa máscara de Agamenón
Si leer a Chesterton me llevó a buscar un poema de Swinbourne (lo he contado aquí), la lectura de un episodio parejo al tremendismo de aquel actualizó en mi memoria la figura de Atreo y de su hijo Agamenón. Concitado por éste, era inevitable recordar el uso que del mismo nombre hizo otro poeta:
«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero»
La sentencia, el exordio de Juan de Mairena / Antonio Machado, se ha utilizado muchas veces así truncada, es decir, sin copiar el mínimo diálogo que la cierra. Pero al enunciado en “off”, como caído del cielo, Agamenón responde:
“Conforme” y, sin solución de continuidad, el porquero retruca:
“No me convence”.

Esa fue la manera magistral que encontró el poeta para denunciar los usos del poder. En la contundencia de la afirmación desnuda se esconde el dogma: una vez enunciada la tautología, mecanismo alienante por excelencia, el refuerzo que le sigue es retórica superflua. Sin embargo es el broche al servicio del poder: crea la ilusión de que para algo tan sustancial como “definir” la verdad todos estamos al mismo nivel. Falacia paralela al enunciado de que la justicia es una, la misma para ricos e indigentes. Por eso, quienes repiten la cita omitiendo el escueto diálogo, hacen el juego al poder: asumen con él, con Agamenón, la existencia de su única verdad, mientras ni siquiera dejan que se escuche la tímida queja del pueblo, del porquero.

La historia ha mostrado el peligro de los enunciados contundentes. Una verdad, —tres palabras forjadas en hierro: «Arbeit macht frei»*—, sirvió para ocultar la práctica criminal más repugnante y abyecta de un pasado todavía reciente.
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* Esta frase, «El trabajo os hará libres» fue una “ocurrencia” del Mayor Rudolf Hoss, comandante del campo de Auschwitz
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La máscara áurea de Agamenón no es suya: precede al mítico rey en tres siglos.

Fernando Anguita B.

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Soñando quizá

Se hallaba perdido, y preguntó al primero con el que se cruzó dónde estaba. Resultó que se encontraba en una ciudad a la que no recordaba haber llegado nunca, por lo que supuso que soñaba y no le dio mayor importancia.

José Manuel Fernández Argüelles

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La génesis de un nuevo mito fundante

Si pensamos la realidad como una sumatoria de relatos, podemos definir a cada individuo como una frase. Por lo tanto, cada ser humano asesinado es una frase que queda incompleta.

Pues la propuesta, es que retomando las frases incompletas de todos los hombres y mujeres que murieron luchando por la libertad, nazca la poesía que relate nuestros nuevos Mitos Fundantes. Entendiendo el concepto de Mito Fundante, como la reevaluación de los sucesos históricos por parte de la sociedad, el valor psicológico que tienen en la población y la reelaboración colectiva del relato de dichos hechos. Me refiero a las dictaduras y el tendal de víctimas que estas dejaron y en un sentido más amplio, a todos los mártires de las luchas por la Libertad, pero no a lo largo de la historia de la Humanidad, sino a los sucedidos después de la segunda mitad del siglo XX. Esta fecha, aproximativa, no es caprichosa ya que a partir de este período se comienza a gestar un cambio en las sociedades, que desembocará en el enunciado de la Postmodernidad para unos y la Nueva Modernidad para otros.

Hasta aquí el texto parecerá un poco confuso, pero se aclarará inmediatamente, ya que esto tiene sentido, en tanto y en cuanto, como partidario de la Nueva Modernidad, considero necesario reorganizar colectivamente las experiencias de nuestro pasado inmediato, para que nos sirvan de base para entender el presente y proyectar el futuro, entendiéndolo a este como la Utopía a realizar y de la cual aprender.

Dicho esto, no queda duda de que el Poeta es indispensable para llevar a cabo esta empresa. Pero como el Hombre no puede evadirse de sus circunstancias, cada poeta  construirá sus relatos desde lo acontecido en su tierra (no entendiendo esta como patria o nación sino como hogar). Vale aclarar que no hago aquí una puesta a favor del Hiper Realismo, o de la Poesía Social, lo que se plantea aquí, es  una toma de posición política, de parte del artista como individuo inmerso en un contexto histórico y social. La obra de arte puede ser noética, pero el autor debe tener conciencia social y trabajar en sintonía con ella, como ciudadano comprometido con su tiempo, lo que implica no olvidar los hitos de la historia mas reciente.

Para acotar un poco el espacio a discutir, tomaré como ejemplo a la Argentina. No cabe duda que el proceso militar y los 30.000 Desaparecidos marcan un antes y un después en nuestra sociedad. Pues bien, nuestras relatos son hijos de esta frontera siniestra, ya que desde ese momento histórico, ya nada volvió a ser igual. Están en nuestras conciencias esas 30.000 Frases Interrumpidas, y no se trata de repetir sus palabras sino de entenderlas: Revolución, Utopía, Libertad; qué es lo que querían decir y por qué los mataron. Las Madres de Plaza de Mayo son la Mnemosine de la Nueva Modernidad y es desde la toma de posición con respecto a estos factores, que podremos hablar nuevamente y con dignidad, de Arte.

Es destacable, que muchos artistas tienen muy en claro esto que aquí estoy explicitando, y son ellos quienes están relatando nuestra Epopeya.

El devenir histórico y la concatenación de las circunstancias seguirán modelando el Arte, pero es importante que recordemos siempre: lo que fuimos, lo que somos y fundamentalmente, lo que queremos ser.

Federico Pablo Blanco

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Todo delSUR

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