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La
hora de la siesta
Aprendí
a leer en la cama, a la hora de la siesta. Me enseñó mi madre,
antes de que empezara la escuela.
Mi
madre era experta en robar minutos al tiempo, y por eso podía hacer
tantas cosas: trabajar de la mañana a la noche en su consultorio,
atender su casa, prepararnos comidas ricas todos los días, incluso
unas tartas de frutas inolvidables para llevar al colegio. También
me planchaba el guadapolvo tableado, junto con el suyo, que tenía
bordadas las iniciales MAS, sus iniciales de soltera, de cuando
empezó a trabajar en el hospital Ramos Mejía. Recuerdo los dos
guardapolvos oreándose juntos, almidonados y blanquísimos.
Después
del almuerzo, mamá se hacía un ratito para descansar, antes de ir
al consultorio (la consulta empezaba a las 2 en punto). Se echaba en
la cama, con la cabeza a los pies y no a la cabecera, y yo a su
lado. Ya antes de las clases de lectura, cuando yo era muy chica
todavía para querer leer, la siesta era el momento más feliz del día.
Cuando había tiempo, mamá me dejaba despeinarla. Yo le rascaba
suavemente la nuca con los dedos, desarmando poco a poco, con un
placer de esos que solamente se sienten en la infancia, el rodete de
pelo sedoso, hasta que el pelo se derramaba. Por lo general me dormía
antes de despeinarla del todo.
Solo
tenía libres, para enseñarme a leer, esos minutos de la
siestecita, y decidió usarlos, sin renunciar al descanso de
tenderse en la cama. Aprendí a leer con un libro de cuentos abierto
sobre el pecho, mi cabeza pegada a la de ella, sostenidas las dos
por una de esas almohadas largas y gordas que se usaban entonces. No
recuerdo qué libro era. Elegí uno de tapas azules, quizá porque
hacía juego con uno de mis tesoros, una pluma cucharita azul, sin
tinta y sin pluma, que para leer usaba al revés, ya que su punta
larga de plástico era ideal para ir señalando las palabras.
Recuerdo el ruidito leve del plástico sobre el papel. Me encantaba
pasar de una palabra a otra.
Mamá
no usó ningún método. Abrimos el libro y empezamos a leer,
no sé cómo, pero las condiciones pedagógicas eran óptimas,
aunque digamos que heterodoxas, y aprendí a leer en un santiamén.
Recuerdo que mamá, de pasada, me iba enseñando los acentos, como
para aprovechar mejor el tiempo. Leí todo el libro sin escribir una
palabra, porque escribir en la cama ya era más difícil, supongo.
Así que a escribir aprendí después, yo sola.
El
dormitorio de mis padres daba al jardín interior de la casa de
departamentos en que vivíamos. Estábamos en la planta baja, y por
la ventana del dormitorio la luz vibrante de la tarde de Buenos
Aires entraba tamizada, dulcificada por el verde de afuera. Mi
hermanito dormía en su cuna, allí a nuestro lado. Había silencio,
un silencio de tregua, donde resonaba el rasguido de mi pluma
cucharita sobre el papel, mi pluma que no escribía, sino que leía.
Estábamos las dos juntas, contentas, tranquilas, descalzas en la
cama fresca. Yo sabía que se acababa todo pronto, pero me
entregaba, como siempre he podido hacer, a la felicidad total del
momento, como si el momento no tuviera final.
Si,
por mis grandes virtudes, me
otorgaran el don de vivir cinco minutos de vida feliz antes de
morirme, elegiría cinco minutos de esas tardes, con mamá, el libro,
la pluma. Quisiera, en suma, no saber leer, y que mamá me enseñara
de nuevo.
Graciela Reyes
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Desde
la butaca
Desde fines de los 90, tras la revelación de películas como Rapado, Pizza, birra y faso y Mundo grúa, se habla de un Nuevo Cine Argentino. Indudablemente, se ha producido una renovación en nuestro cine, aunque ese título se refiere a un fenómeno global que abarca múltiples propuestas estéticas, que están aún en su etapa inicial. Un numeroso grupo de realizadores jóvenes, muchos de ellos salidos de las escuelas de cine que proliferaron en los últimos años, ha decidido acabar con una manera de hacer cine que la industria había impuesto durante décadas. Después de años de decadencia, agudizada durante la dictadura -que también en este campo dejó huellas nefastas y difíciles de borrar- el cine argentino demostró gozar de enorme poder de recomposición. Por un lado, surgieron los jóvenes realizadores, más o menos independientes, muy alejados de los clichés del grotesco criollo, o de los personajes y diálogos inverosímiles habituales en el cine nacional. Algunos trajeron propuestas absolutamente originales y creativas, como La ciénaga, La libertad, Los rubios, Extraño. Otro grupo de jóvenes incursiona en temas que les son propios, en la problemática joven actual y en su propio lenguaje cotidiano. Algunos críticos acusan a este cine de nadista, por lo poco que sucede en sus films, por la abulia de los adolescentes, o porque no propone conflictos contundentes. Y sobre todo, porque sus películas no duran mucho en cartel. Sin embargo, toda una generación se identifica con Nadar solo, Sábado, Sólo por hoy o Tan de repente. En otro sector, algunos títulos que también proponen nuevas miradas sobre la cotidianeidad, sabiendo tocar el inconsciente colectivo, han combinado métier con temas de interés, y han podido transformar, actualizar criterios ya conocidos, convocando gran cantidad de público: por ejemplo El oso rojo, El abrazo partido, Buena vida delivery, tal vez la nueva Un año sin amor. Por supuesto que simultáneamente a esta revitalización, el viejo sistema sigue vigente: Aristarain -uno de los mejores narradores del cine argentino- continúa filmando, aunque no mejor; Campanella se mantiene fiel al costumbrismo típico y exitoso del cine nacional; las superproducciones financiadas por la televisión tienen hoy en Suar su representante conspicuo, y todos ellos llenan las salas. Párrafo aparte merece el cine documental, que también en los 90 comenzó una etapa de renovación y desde los sucesos de diciembre de 2001 ha tomado un auge considerable, abarcando un amplio espectro temático, pero con un fuerte acento en lo político. Documentales realizados por jóvenes y no tanto, que antes estaban destinados a un circuito alternativo de exhibición, hoy tienen estreno comercial, como Memoria del saqueo y Yo no sé qué me han hecho tus ojos. Todas estas nuevas obras suscitan el interés de público del extranjero, y son invitadas a los festivales internacionales, donde no cesan de cosechar premios.
No hablamos de autores, sino de películas. Estamos lejos aún de observar en el nuevo cine argentino un cine de autor, en el que un nombre defina una estética, una personal concepción artística. Sería prematuro mencionarlo, como también lo sería sacar conclusiones o hacer pronósticos sobre nuestro cine. Todo proceso estético –como los sociales- tiene un largo tiempo de evolución y maduración. Estamos acompañándolo, observándolo y disfrutando de él, formando parte del mismo como espectadores y críticos. El tiempo dirá si todo constituye una verdadera transformación o un cambio generacional.
Josefina Sartora
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El
Código da Vinci
Si
sigo así, corro el riesgo de ser el único mortal sobre la tierra que
aún no ha leído “El Código Da Vinci”. Tres motivos me asisten:
el primero, porque en materia de lecturas y relecturas hoy por hoy
tengo otras prioridades (*);
luego, porque el libro trae más de 550 páginas, suficientes a esta
altura de mi vida para hacerme desistir; y por último (y acaso sea ésta
la razón de fondo) porque los éxitos demasiado masivos me dan como
cosa, ¿vió? Para completar mi negativa, algún que otro crítico
de esos que nunca lo defraudan a uno, como es el caso de Harold Bloom,
han destrozado la novela de Dan Brown con una contundencia tan
elocuente como arrolladora.
Sin
embargo, durante las últimas semanas hubo un hecho que casi me empuja
a leerla: estoy hablando de las declaraciones destempladas, del enojo
infantil de cierto sector del catolicismo que salió a atacar al libro
acusándolo de tergiversar la verdadera historia de Cristo y
Magdalena, su supuesta esposa. “Un castillo de mentiras” —bufó
por Radio Vaticano don Tarcisio Bertone, arzobispo de Génova. “¿Cuántos
lectores van a ver mentiras y errores presentados como verdades
escondidas?” —se preguntó, agitada, la medievalista ultramontana
Sandra Miersel. Y hubo otros, incluso, que envueltos en cólera santa
ordenaron a voz de cuello: “¡No lo compren y no lo lean!” En fin,
una vez más la ira de Dios que le dicen...
Como
dije, no lo leí. Como se deduce, no puedo hablar de él. Pero lo que
se le objeta es que no se ajusta la verdad. La única pregunta que se
me ocurre es la siguiente: ¿y por qué habría de hacerlo, si se
trata precisamente de una novela, un libro de ficción? El Quijote
tampoco se ajusta a la realidad, tanto como irreales han sido el
Hamlet de Shakespeare, el Adán Buenosayres de Marechal o la Lolita de
Nabokov. ¿A quién se le hubiese ocurrido semejante exigencia? Pero aún
imaginando que alguien pudiera arrogarse el derecho a demandar tal
cosa, ¿a cuál de todas las verdades no se ajusta El Código Da
Vinci? Porque no hay que ser demasiado avispado para sospechar que la
Biblia, sin ir más lejos, tampoco se ajusta demasiado a la verdad,
salvo que creamos que se trata de un relato lineal y no, como lo
reconoce la propia Iglesia, de una enorme y trabajosa metáfora (toda
metáfora requiere de una interpretación, toda interpretación está
teñida de subjetividad). En fin, ¿qué otra cosa sino una gran metáfora
podría ser aquella cita que dice que a los impíos “hay que atarles
una piedra al cuello y tirarlos al río”? ¿O debemos suponer que
repetir hoy esta frase y referirla a un ministro de la Nación es,
efectivamente, una incitación al asesinato?
Más
pragmáticos, mientras tanto, el ahora multimillonario Brown y sus
felicísimos editores sacan cuentas y no lo pueden creer: cada queja
de la Iglesia les reporta vaya a saber cuántos lectores nuevos, y el
libro ya superó holgadamente los veinticinco millones de ejemplares
vendidos... Y todo gracias a Dios, dicen ellos.
_____________ (*) Entre mis relecturas pendientes la Biblia tiene prioridad. Esta
“maravillosa ficción”, al decir de Borges, acaso sea la cumbre
del género, la novela de las novelas. Y estoy seguro que la pobre no
tiene la culpa de haber inspirado por igual tanto actitudes grandiosas
y bellas páginas literarias como sectas negras y otras inquisiciones.
Miguel
Angel Morelli
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Donde
quiera que esté
Era
de día y sin embargo de pronto pareció que una penumbra prematura
anunciara la noche.
El
jueves diecisiete de Marzo en su casa de City Bell, había muerto
Fernando von Reichenbach.
Su
fiel amiga, la compositora María Teresa Luengo, fue quien me dio la
noticia. Todavía me niego a creer que ya no esté aquel que tanto amó
y honró la vida, el que siempre estaba dispuesto a escuchar y a
tender una mano. Otros,
los que saben, podrán hablar de sus inventos, —me gusta más
decir creaciones— de su aporte invalorable tanto a la música
electroacústica argentina como a los compositores, porque
no cabe duda que sin él, el camino hubiera sido más largo
y más dificultoso.

Becario
Guggenheim, tras la creación del Convertidor Gráfico Analógico allá
en la década del sesenta, reconocido en el mundo entero desde los
lejanos días del Instituto DiTella por su genio y su talento, dueño
de una prodigiosa inteligencia, una profunda sensibilidad, una sólida cultura, y una pasión sin límites
para abordar todo lo que hacía, Fernando tuvo además, la fortuna de
tener a su lado durante más de cuarenta años, una extraordinaria
mujer, Mary McDonagh, que lo comprendió, lo apuntaló, lo acompañó
y sobre todo lo amó. Junto a ellos he pasado momentos difíciles de
olvidar.
Su
hospitalidad, su agudo y acendrado sentido del humor hacía que estar
con él fuera siempre una fiesta, una diversión, una sorpresa, un
juego. Siempre tenía algo para mostrar y compartir con un entusiasmo
adolescente. Doblemente, porque todo lo registraba con la cámara,
casi un apéndice que tenía siempre a mano, como un custodio de la
memoria de los hechos y las cosas. >No
sé si él habrá tenido cabal conciencia de su importancia. Lo más
probable es que no, porque era modesto como los grandes y como sólo
los grandes era generoso también en la transmisión de sus
conocimientos. Gracias a ello seguramente muchos jóvenes van a poder
proseguir todo aquello que tenía empezado y proyectado.
La
vida sin Fernando va a ser diferente, pero donde quiera que esté
ahora, que sepa que va a seguir estando entre nosotros porque no
dejaremos de nombrarlo.
Sonia Otamendi
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De la verdad como mentira
Si
a cualquiera le preguntan sobre qué palabra se han escrito más
palabras, lo normal es que conteste: la verdad, no lo sé. Cabría
pensar que sin pretenderlo haya empezado dando la respuesta correcta,
porque la palabra verdad, como sujeto o predicado, agota
las posibilidades de acceder a todos los lugares donde aparece. Sin
embargo, parándonos a pensar un poco más caeremos en la cuenta de
que otras palabras, “vida” o “amor” por ejemplo, es probable
que sean mucho más abundantes.
Hace
un tiempo no era siguiera imaginable algún método de medida para ese
tipo de cuestiones. La palabra escrita, por su naturaleza, crece sin
freno, exponencialmente. En una metáfora anticipada del cambio climático,
la plétora de escribidores cortazianos acotó sus límites —¿recuerdan?:
los mares desecados por el papel—. Hoy la “amenaza” parece
atenuada, y en pocos años todos seremos escribidores a la nueva
usanza, sin papel. Internet,
la nueva herramienta, responde también (a su modo) a preguntas
imposibles como la de arriba. En la fecha en que esto escribo me dice
que verdad aparece en unos 8 millones de páginas WEB,
mientras que vida lo hace casi en 23 y amor se queda en 20.
Simplificando
al extremo diríamos que en español se cita verdad una
por cada tres veces de las que se escribe vida. En inglés,
truth aparece 37 millones de veces y life 428, la
proporción es de 1 a 12, y en alemán, Wahrheit 5 millones y Leben 39, de 1 a 8.
Parece
pues que en nuestro idioma la verdad, la palabra al menos, pesa
notablemente más que en otros. Idea peregrina, si no arriesgada, que
anticipa lo que sigue.

Si
leer a Chesterton me llevó a buscar un poema de Swinbourne (lo he
contado aquí), la lectura de un episodio parejo al tremendismo de
aquel actualizó en mi memoria la figura de Atreo y de su hijo Agamenón.
Concitado por éste, era inevitable recordar el uso que del mismo
nombre hizo otro poeta: «La
verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero» La
sentencia, el exordio de Juan de Mairena / Antonio Machado, se ha
utilizado muchas veces así truncada, es decir, sin copiar el mínimo
diálogo que la cierra. Pero al enunciado en “off”, como caído
del cielo, Agamenón responde:
“Conforme” y, sin solución de continuidad, el porquero retruca:
“No me convence”.
Esa
fue la manera magistral que encontró el poeta para denunciar los usos
del poder. En la contundencia de la afirmación desnuda se esconde el
dogma: una vez enunciada la tautología, mecanismo alienante por
excelencia, el refuerzo que le sigue es retórica superflua. Sin
embargo es el broche al servicio del poder: crea la ilusión de que
para algo tan sustancial como “definir” la verdad todos estamos al
mismo nivel. Falacia paralela al enunciado de que la justicia es una,
la misma para ricos e indigentes. Por eso, quienes repiten la cita
omitiendo el escueto diálogo, hacen el juego al poder: asumen con él,
con Agamenón, la existencia de su única verdad, mientras ni siquiera
dejan que se escuche la tímida queja del pueblo, del porquero.
La
historia ha mostrado el peligro de los enunciados contundentes. Una
verdad, —tres palabras forjadas en hierro: «Arbeit
macht frei»*—, sirvió para ocultar la práctica criminal más repugnante y abyecta de un pasado todavía reciente. _______________
* Esta
frase, «El trabajo os hará libres» fue una “ocurrencia” del Mayor
Rudolf Hoss, comandante del campo de Auschwitz <<< >>> La
máscara áurea de Agamenón no es suya: precede al mítico rey
en tres siglos.
Fernando
Anguita B.
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Soñando
quizá
Se
hallaba perdido, y preguntó al primero con el que se cruzó dónde
estaba. Resultó que se encontraba en una ciudad a la que no recordaba
haber llegado nunca, por lo que supuso que soñaba y no le dio mayor
importancia.
José
Manuel Fernández Argüelles
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La
génesis de un nuevo mito fundante
Si
pensamos la realidad como una sumatoria de relatos, podemos definir a
cada individuo como una frase. Por lo tanto, cada ser humano asesinado
es una frase que queda incompleta.
Pues
la propuesta, es que retomando las frases incompletas de todos los
hombres y mujeres que murieron luchando por la libertad, nazca la poesía
que relate nuestros nuevos Mitos Fundantes. Entendiendo el concepto de
Mito Fundante, como la reevaluación de los sucesos históricos por
parte de la sociedad, el valor psicológico que tienen en la población
y la reelaboración colectiva del relato de dichos hechos. Me refiero
a las dictaduras y el tendal de víctimas que estas dejaron y en un
sentido más amplio, a todos los mártires de las luchas por la
Libertad, pero no a lo largo de la historia de la Humanidad, sino a
los sucedidos después de la segunda mitad del siglo XX. Esta fecha,
aproximativa, no es caprichosa ya que a partir de este período se
comienza a gestar un cambio en las sociedades, que desembocará en el
enunciado de la Postmodernidad para unos y la Nueva Modernidad para
otros.
Hasta
aquí el texto parecerá un poco confuso, pero se aclarará
inmediatamente, ya que esto tiene sentido, en tanto y en cuanto, como
partidario de la Nueva Modernidad, considero necesario reorganizar
colectivamente las experiencias de nuestro pasado inmediato, para que
nos sirvan de base para entender el presente y proyectar el futuro,
entendiéndolo a este como la Utopía a realizar y de la cual
aprender.
Dicho
esto, no queda duda de que el Poeta es indispensable para llevar a
cabo esta empresa. Pero como el Hombre no puede evadirse de sus
circunstancias, cada poeta construirá
sus relatos desde lo acontecido en su tierra (no entendiendo esta como
patria o nación sino como hogar). Vale aclarar que no hago aquí una
puesta a favor del Hiper Realismo, o de la Poesía Social, lo que se
plantea aquí, es una
toma de posición política, de parte del artista como individuo
inmerso en un contexto histórico y social. La obra de arte puede ser
noética, pero el autor debe tener conciencia social y trabajar en
sintonía con ella, como ciudadano comprometido con su tiempo, lo que
implica no olvidar los hitos de la historia mas reciente.
Para
acotar un poco el espacio a discutir, tomaré como ejemplo a la
Argentina. No cabe duda que el proceso militar y los 30.000
Desaparecidos marcan un antes y un después en nuestra sociedad. Pues
bien, nuestras relatos son hijos de esta frontera siniestra, ya que
desde ese momento histórico, ya nada volvió a ser igual. Están en
nuestras conciencias esas 30.000 Frases Interrumpidas, y no se trata
de repetir sus palabras sino de entenderlas: Revolución, Utopía,
Libertad; qué es lo que querían decir y por qué los mataron. Las
Madres de Plaza de Mayo son la Mnemosine de la Nueva Modernidad y es
desde la toma de posición con respecto a estos factores, que podremos
hablar nuevamente y con dignidad, de Arte.
Es
destacable, que muchos artistas tienen muy en claro esto que aquí
estoy explicitando, y son ellos quienes están relatando nuestra
Epopeya.
El
devenir histórico y la concatenación de las circunstancias seguirán
modelando el Arte, pero es importante que recordemos siempre: lo que
fuimos, lo que somos y fundamentalmente, lo que queremos ser.
Federico
Pablo Blanco
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