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EL ASESINO
Graciela Reyes
DE MILAGROS POLÍTICOS Fernando Anguita B.
SETECIENTAS VECES SIETE, Y TODAVÍA MÁS
Miguel Ángel Morelli
DE LA PERIFERIA TEXTUAL
Alicia Silva Rey
EL DÍA QUE NIETZSCHE LLORÓ
Claudio L. Pérez
PRESENCIAS
Roberto Rocca
DESDE LA BUTACA — TEATRO: «AUTOMÁTICOS», de Javier Daulte
Josefina Sartora
OTROS
Auster
Bierce / Frugoni
fab5V-9
EL ASESINO
Están matando gente en Chicago, sin ton ni son. Un tipo entró en un negocio de ropa para mujeres, charló un poco con las clientas y después las mató a todas. Otro se metió en un aula de clase, armado hasta los dientes, y sin charlar con nadie mató a cinco estudiantes. Por eso una, aunque no es aprensiva, de pronto se asusta y cree que le tocó el turno. Y quiere sonreír, si le dan la oportunidad.
El otro día tuve que ir a una agencia de viajes de la American Automotive Association para sacar el permiso internacional de conducción. Dejé el coche en un párking y crucé un puente sobre el río Chicago. En el río flotaban bloques de hielo, porque esa tarde había muchos grados bajo cero. Lo peor es el viento. Por muy abrigado que se esté, el viento del Ártico, que nos llega directamente, corta el ojo, la mirada y las entretelas del alma, y despelleja a las ganas de vivir, las reduce a un temblequeo y a moco. La agencia de la AAA es una oficina muy grande, calma y caliente, con un largo escritorio al que se sientan varias jóvenes taciturnas. Estaba llenando el formulario para el permiso cuando oí a un hombre que pedía a gritos información para ir a Disneylandia. Quería saber los precios del viaje, de los hoteles, los horarios de salida, si había excursiones especiales, todo. Yo seguía rellenando blancos con los datos que me pedían y lo escuchaba medio divertida y medio molesta por sus gritos. Entregué el formulario, y la chica me dijo que enseguida me iba a sacar la foto. Pero me miró de un modo raro. En ese momento, el hombre que quería ir a Disneylandia se acercó a mí y empezó a hablarme.
Lo primero que me dijo es que había sido cocainómano, pero que estaba rehabilitado. Agregó que había pasado muchos años en la cárcel, y como para que yo lo pudiera verificar, se arrancó la gorra de lana de la cabeza y se señaló el pelo gris. Era un hombre negro, alto y flaco, de una elocuencia apabullante e insidiosa. Me pidió dinero para tomar un taxi. Me dijo que esperaba un cheque de $600 que le iba a permitir viajar a Disneylandia, pero que debía ir a buscarlo y que necesitaba dinero para un taxi. Me aseguró que él no era peligroso, y levantó los brazos en el aire, mostrando las manos. Pensé que iba a sacar un arma, o varias, en cualquier momento. Algunos asesinos hablan mucho. Además, en la agencia éramos todas mujeres, la tarde era oscura, y nevaba a remolinos implacables, que en su silencio congelante sugerían la nada.
La chica me llevó, para la foto, a un cuartito que estaba en un extremo de la oficina. Como el hombre me seguía, pidiéndome ocho dólares, me olvidé de peinarme o de mirarme a un espejo antes de hacerme retratar. Mi obsesión era conseguir una buena sonrisa, porque pensé que la sonrisa iba a quedar en la máquina cuando el tipo nos matara a todas. Era mi último acto, esa sonrisa, la iban a poner en los diarios, la iban a ver mis conocidos. La intenté. Pero en el momento en que la chica dijo "Ready?", el tipo se acercó demasiado a nosotras, diciendo que no estaba loco, y la sonrisa se me quedó por la mitad. La chica sacó la foto y aquí la tengo, en mi permiso internacional. Estoy blanca, de frío y de susto, con los pelos revueltos por el viento, como los llevan los ezquizofrénicos que hablan solos por la calle, los ojos muy abiertos y los labios apretados, pero apretados e intentando sonreír a la vez, con lo que consigo una mueca siniestra, como si la asesina fuera yo. Borges diría que en el momento del asesinato el asesino y su víctima son la misma persona. Al negro se lo llevó un guardia de seguridad. Se dejaba llevar, e iba explicando, a gritos, que toda su vida había querido ir a Disneylandia.
Graciela Reyes
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DE MILAGROS POLÍTICOS
... el poder se ejerce [...] en determinada dirección, con unos a un lado
y los otros en el otro; no sabemos quién lo tiene exactamente,
pero sabemos quién no lo tiene.
Michel Foucault
Es infrecuente que la decencia se apunte un éxito rotundo en la arena política. Nótese que cuestiono las posibilidades de triunfo de la honradez, así, sin paliativos, pero no la existencia de políticos honrados, de los que poco sabemos porque raras veces les dejan hablar o exhibirse.
Por eso, quizás, los periódicos han calificado de milagro el éxito reciente de un partido "construido" en seis meses y liderado por una mujer y un filósofo.
Ha sucedido en España, en las elecciones generales celebradas el pasado 9 de marzo. Estoy seguro de que algo parecido se habrá producido antes en otras democracias o se producirá más adelante, porque el caldo de cultivo para tan necesario alumbramiento es el bipartidismo, y en éste navegan casi todas las políticas del mundo que han dejado atrás el ominoso partido único.
Sesudos análisis se han escrito y escriben sobre los males y bienes que se derivan de la polarización del voto hacia dos partidos, en esencia hacia dos cabezas rectoras. Es cierto que, al menos en España, una cohorte de formaciones políticas coexiste con las dos que acaparan más del ochenta por ciento de los votos. Pero además, hoy ya, en número de votantes, es muy grande la distancia de la tercera formación a la "suma" de los votos de "las dos". En esta última confrontación la tercera fuerza ha quedado en el entorno de un voto frente a 20; la cuarta en la de un voto frente a 30 y la quinta, el partido del "milagro", en la de un voto frente a 70. En semejante proporción, pero con unos pocos votos menos, quedaron dos formaciones nacionalistas, dos más bastante peor, y desaparecido el resto de la cohorte inicial.
El número de votos no se traduce después en representación parlamentaria proporcional. Este aspecto de la cuestión atañe a las particularidades de las leyes electorales que rigen en cada democracia, por tanto —a pesar de su trascendencia— no es argumentable con carácter general. Sin embargo, la fuerza de la decencia sí lo es, y saber que alguien ha luchado denodadamente por disponer de un sitio para defenderla (¡y que lo ha conseguido!) es una excelente noticia para cualquiera que se sienta fatigado, acosado o manipulado, por los eslóganes y tretas del bipartidismo.
Imagino la pregunta capital que se hicieron la mujer y el filósofo al poner su proyecto en marcha, a seis meses de las elecciones y sin contar con ayuda institucional alguna:
¿Cómo convenceremos a los ciudadanos de que nuestro programa es una alternativa real al bipartidismo, y de que tiene futuro?
Fuera esa la pregunta u otra parecida, se respondieron a sí mismos saliendo "al ágora", es decir, echándose a la calle a explicarlo. Contestaron cara a cara a todo lo que les fue planteado y, sobre todo, contestaron con la verdad, aun sabiendo en más de una ocasión que con la verdad podían perder el voto del interlocutor que les formulaba la pregunta.
Más de trescientos mil españoles les han creído. Un número que ha superado el de formaciones consolidadas hace decenios. Un arranque lo bastante brillante para que lo tengan en cuenta los dos partidos que les negaron el pan y la sal, y que hasta se valieron de sus aparatos de poder, de su "fontanería", para desacreditarlos.
Ahora toca esperar a que, desde la atalaya conseguida, la decencia muestre su fuerza. Por ello es oportuno brindarle al filósofo las palabras de otro *:
«Nada tiene significación en un instante dado, todo la recibe de su desarrollo.»
Y así será.
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* Emmanuel Levinas, «Los imprevistos de la Historia» :: ISBN 84-301-1603-6
Rosa Díez y Fernando Savater son "la mujer y el filósofo", fundadores de UPyD [Unión, Progreso y Democracia], el partido político que se presentó el 29 de Setiembre de 2007. Fernando
Anguita B.
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SETECIENTAS VECES SIETE, Y TODAVÍA MÁS
En el número anterior publiqué un breve, brevísimo cuento, «Setenta veces siete», que acaso usted mismo, amigo lector, haya corrido el riesgo de ojear. Pero ante la duda de que no lo haya hecho, le anticipo que el texto refería cierta anécdota (en rigor, cierta humorada) que le vengo escuchando a mi amigo y compadre Hugo Alberto Stoessel desde los años '70, cuando compartíamos una pensión derruida en los arrabales de La Plata.
La anécdota siempre me resultó divertida, y como Hugo está lejos de ser un literato, siquiera un narrador aficionado, yo intenté ponérsela en palabras antes que los dos terminemos borrándola de la memoria.
Hasta allí el recorrido que por lo general, dicho sea de paso, suelen hacer casi todos los cuentos, incluidos algunos muy cotizados (Borges solía dedicarle el primer párrafo de los suyos a la "fuente" de la cual los había tomado, ¡y no siempre era apócrifa!). Pero he aquí que al cabo de dos semanas recibo un mail de la cuentacuentos Iris Gardelliano, que me advierte que ese relato suele incluirlo en su repertorio con el título de «La señal lejana del siete» y la firma de un tal Pedro Antonio Valdez.
Fui corriendo a la Internet. Y mi querida Iris tiene razón: el cuento existe, está publicado allí y para mayor abundancia la web hasta nos cuenta que Valdez es un escritor dominicano nacido en 1968 y autor de varios libros, el primero de los cuales vio la luz en 1992 y se apodó «Papeles de Astarot».
Debo confesarlo: el caso me ha dejado estupefacto. Porque cuando mi amigo Stoessel me relató el bendito cuento por primera vez, Valdez difícilmente había aprendido a hacer los palotes, de modo que el dominicano no puede ser jamás su autor.
Claro que tampoco lo puede ser mi amigo, porque hasta donde sé he sido el primero en volcarlo en el papel, y esto ocurrió, como quedó dicho, recién en la edición pasada de Agenda del Sur, (cualquiera puede comprobarlo entrando en NÚMEROS ANTERIORES y pulsando allí sobre el 91.)
¿Habrá entonces un primer autor, uno totalmente original? ¿Habrán leído Valdez y Stoessel el mismo libro para después olvidarlo y creer que les pertenece? Tratándose de un argumento no demasiado original (nadie piense en "El Aleph", ni en "Pierre Menard autor del Quijote", vaya más vale por el lado de un Cucurto sin demasiado vuelo), un argumento que cualquiera puede bordar sin gran derroche de imaginación, es posible que los autores no sean ni el susodicho Valdez, ni mi compadre Hugo, ni ningún otro escritor sobre la tierra (ni yo, en ese caso, su humilde amanuense). Es posible que el relato venga —con sus variantes— desde el fondo de la historia y sea tan viejo como el mundo, o que Valdez, Stoessel y Gardelliano se hayan complotado para volverme un poco más loco todavía. Aunque ahora que lo pienso, puede ser también que al destino lisa y llanamente le gusten este tipo de malos entendidos para tenernos entretenidos mientras el muy ladino hace lo suyo, tan callando.
Miguel Ángel Morelli
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DE LA PERIFERIA TEXTUAL
1.- Lectores de mensjes de texto
Son los mismos que antes se veía leer portadas de diarios o revistas encontrados al paso en lugares públicos, afiches callejeros, publicidades impresas, marquillas, etiquetas, graffitis, prospectos, la lista de las compras —en este caso también como productores de texto—, guías, catálogos, boletines, indicaciones de todo tipo (DOBLAR A LA DERECHA, DAMAS, PROHIBIDO FUMAR, AVDA. J. D. PERÓN), menúes, todas las escrituras legibles aportadas por la televisión.
Ahora, esos lectores ad referéndum de toda lectura canonizada, leen también con fijeza de autómatas y concentración de motociclistas, mensajes de texto recibidos en sus teléfonos celulares. De mañana, de tarde, de noche, de madrugada. En vehículos propios y públicos, atravesando todas las situaciones de reposo o inquietud, por cines, recitales, bailantas, baños, bares, canchas de fútbol, hospitales, andenes, aerosillas, desarmaderos, supermercados, plazas, puertos, tribunales, cementerios, aulas, bibliotecas. Son lectores furtivos de textos evanescentes. Forman parte de una clase que, por ahora, las estadísticas y las didácticas del lenguaje desdeñan.
2.- Modos de leer
El modo de leer mensajes “de texto” parecería corresponderle a quien ya conoce de antemano o con deliberación lo que ahí se dice; el modo de quien, una vez leído lo que el texto dice, da por concluida la cuestión.
Si, como dice Jorge Larrosa en su ensyo La experiencia de la lectura "(…) después de la lectura lo importante no es lo que nosotros sepamos del texto o lo que pensemos de él sino lo que con el texto o contra el texto o a partir del texto seamos capaces de pensar (…)" —también podría decirse, de hacer—, entonces, ¿cómo es leer ahí, en un mensaje "de texto"? ¿Será establecer una forma de intimidad en textos que dicen únicamente lo que dicen? ¿Existirá alguna instancia de escritura, aún aquella que más subalterna nos parezca, que no esté dando algo más que decir a lo dicho?
(Vez pasada, en una farmacia, ojeé el mensaje de texto que una chica estaba escribiendo en inglés. Era bien temprano en la mañana. Retuve el gesto de escribir en una lengua destinada a ser leída por un hablante privado. Quien recibió el mensaje, ¿habrá morado en ese texto, se habrá demorado en lo no dicho de lo dicho?
El mensaje decía: "I’m at the drugstore. I’m being helped. I got Tegretol (*). I love you." (Estoy en la farmacia. Me están atendiendo. Conseguí el Tegretol. Te amo.) También la chica hubiera podido escribir ("toy n farmacia
conseguí l tegretol
t amo").
3.- Factores de la narratividad
La chica escribe su mensaje en inglés y tal vea sea inglesa aunque no lo parece por lo reiterativo de sus enunciados: a una inglesa le alcanzaría con decir "I got Tegretol" (Conseguí Tegretol); aquí hace falta aclarar que se está siendo atendido sobre todo cuando lo que se va a comprar a la farmacia es un neuro-psicotropo. Los neuro-psicotropos se venden con receta archivable, es decir doble. Los empleados de las farmacias suelen inquietarse ante estas prescripciones especialmente cuando las dosis indicadas y las cantidades solicitadas son altas. Me consta que la chica recorrió cuatro farmacias antes de conseguir que le vendieran Tegretol por 60 comprimidos por obra social (sin obra social es mucho más caro). Ir a buscar para otro un anticonvulsivante en horas tempranas de la mañana después de una angustiosa recorrida —son medicinas de uso prolongado e ininterrumpido— es, en sí mismo y para quien pueda pagarlo, un acto de amor ("Te amo", escribió además la chica). Los sentidos que las aclaraciones precedentes reponen al mensaje de texto de la chica de la farmacia no se diferencian de la reposición de sentidos que usualmente se atribuyen a un texto literario. Y, como en la literatura, aún la de los narradores más omniscientes, los pormenores de la secuencia narrada, en algún punto de la trama, terminan por resultarnos desconocidos u opacos.
Otra chica, al leer el comentario anterior, agregó: cuántas historias / de amor podrían / escribirse/ al leerse/ de la memoria / de un celular/ los mensajes/ de unos amantes/ enviados. Enviados, lanzados como flechas los amantes en mensajes de texto, dijo esta segunda chica. De amor esquelas que enuncian avatares, idas y vueltas, fracasos, puntos. De fuga.
Para finalizar, un chico joven, recibe en su celular este mensaje: "Escribo con lupa. Comprá comida al perro. Gracias". Responde: "Ja, ja. Entiendo". Es la poca vista de su madre y su escasa práctica en el envío de mensajes de texto lo que entiende. Se ríe por escrito del chiste tan realista enunciado en la brevedad de la pantalla de un celular, el carácter familiar de un mensaje restringido pero poderoso.
4.- Lecturas periféricas
Entonces, ¿se trataría de una conversación? ¿Una conversación dentro de una comunidad de amigos que comparten la forma de intimidad que consiste en leerse- escribirse- entre sí en (no importa) qué lenguas? ¿Cómplices de una condición dada por el acceso a determinada tecnología y a la posibilidad de tomar la palabra, escribirla, darla a leer? ¿Palabra no pre- scrita que estaría cuestionando de hecho lo que se entiende por conocimiento escolar sobre la lengua? ¿Una modalidad trans de decirse y leerse?
¿No más que la toda referencialidad puesta al servicio de la toda brevedad de un dispositivo periférico textual? __________
* Tegretol: antiepiléptico, neurotropo y psicotropo recomendado para el tratamiento de distintas formas de epilepsia, trastornos afectivos bipolares, síndrome de deshabituación al alcohol, neuralgias del trigémino.
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Este texto va dedicado a Sonia Otamendi, Mariana Pérez y Emiliano Pérez y fue escrito en la estela de la lectura de las obras Reinventar la enseñanza de la lengua y la literatura de Gustavo Bombini (Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2006) y Pedagogía profana de Jorge Larrosa (Buenos Aires, Novedades Educativas, 2000).
Alicia Silva Rey
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EL DÍA QUE NIETZSCHE LLORÓ
Nietzsche, Freud, Lou Andreas Salomé son, independientemente de sus aportes a las " ¿ciencias blandas?", íconos de una cultura que prologan el nacimiento del siglo XX.
Por eso no es extraño que el título de una obra teatral que humaniza (llorar, más que reír, es exclusivamente un gesto humano) al filósofo tantas veces citado como precursor, con su teoría del superhombre, de las nefastas ideas del nazismo (aún cuando después de la caída de Hitler se hayan realizado distintas aproximaciones a su obra desde la izquierda), resulte suficientemente atrayente.
Nada más que un instante en la vida de estos hombres y de esta mujer notables. Amores y pasiones que no se consuman, no se consumen, y permanecen por lo tanto como puro deseo reuniendo a Nietzsche, a Breuer, el tutor de un Sigmund Freud, y a este último, de 26 años entonces, en plena elaboración de su teoría del subconsciente.
Una puesta interesante, buenas actuaciones en el caso de Luciano Cazaux (Nietzsche) y Pasta Dioguardi (Breuer), ambos con parlamentos que, supongo, agotadores y una sorpresa para los quilmeños que nos decidamos a cruzar el límite oscuro del Riachuelo.
Sigmund Freud es protagonizado, con rigor y sutileza, por el actor Pablo Mariuzzi, de reconocida trayectoria en nuestra zona.
El Freud de Mariuzzi, con breves apariciones resulta sin embargo, por las líneas que se desprenden de su texto, vital para el funcionamiento de la obra. Es un Freud tan joven como lúcido, certero, que sugiere a su tutor la forma en que puede tratarse la depresión de Nietzsche y evitarse su suicidio. Pero estas sugerencias son dichas y actuadas con una suficiencia que evita la ironía y no hieren el saber del maestro. Dichas con convicción, las palabras de Freud son eficaces y mueven a Breuer hacia el lugar que el autor de la obra, por cuestiones cronológicas y de verosimilitud, no quiso que ocupara el propio Freud.
Como las palabras de Freud, la actuación de Pablo Mariuzzi resulta convincente y acertada. Un personaje más a recordar en su trabajo que ya ha recibido la estimación del público en Babilonia (una hora entre criados), de Armando Discépolo, Sueño de una noche de verano y La resistible ascensión de Arturo Ui, de Brecht, entre otras obras. __________
De Irving Yalom. Adaptación teatral de Luciano Cazaux. Dirección: Lía Jelín. Teatro La Comedia [Rodríguez Peña 1062, C.A.B.A., 4815 5665]
Claudio L. Pérez
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PRESENCIAS
En el invierno pasado, el deseo frívolo de conseguir un corte de barracán para hacerme un saco sport me sugirió la idea de proponer a mi mujer una breve escapada al Noroeste, uno de los pocos lugares para mí desconocidos de nuestro vasto país. Y así contratamos un tour de una semana por Salta, Jujuy y Tucumán.
Volvimos con el barracán y una cantidad enorme de tejidos artesanales y chucherías para el turismo. Como ocurre en todo el mundo, el turismo y lo autóctono "for export" convierten el mundo en un templo del consumo, en un inmenso shopping.
Pero en las ruinas de Santa Rosa de Tastil, evocando con la entusiasta encargada del museo local al antropólogo quilmeño Eduardo Cigliano, que fue quien sacó a la luz el yacimiento; empecé a sentir algo nuevo, como una vivencia real de la presencia del espíritu, tan liviana y cierta como el aire ralo que respiraba. El sentimiento me acompañó en todo el cruce de la Puna y en la impresionante soledad de las Salinas Grandes. Me pareció comprender cómo, más allá de ceremonias más o menos pintorescas, los indígenas de otrora y los kollas que todavía habitan esas inmensidades, vivían en un contacto natural y auténtico con los misterios del cosmos.
Era esa certeza, terrible y acogedora a la vez, de que más allá de nuestra pequeñez y nuestra vulnerabilidad, hay un orden y estamos inmersos en él. Y me propuse escribir algo sobre la experiencia.
Pero occidental, cristiano y bastante escéptico como soy, regresé al tráfago cotidiano y el impacto se fue perdiendo.
Hasta el otro día, en que casi por casualidad vi «La leyenda del perro amarillo» la coproducción de Alemania y Mongolia, dirigida por Byambasuren Davaa, cineasta mongol formada en Munich.
Una historia simplísima, semidocumental, sobre una familia de pastores nómades. Y allí volví a encontrarme con la simplicidad de la vida plenamente insertada en el ambiente natural. La llanura del remoto país asiático tan parecida a nuestra Puna, otros rostros y otros gestos, pero la misma hondura, el mismo respeto, la misma grandeza de lo pequeño, otra vez esa dimensión sobrecogedora, ese "temor de Dios" del que habla la Biblia, tan difícil de encontrar en la hueca majestad de nuestras megápolis.
Al fin y al cabo, si los dioses habitan las alturas, nuestros rascacielos alcanzan a uno o dos cientos de metros y ellos, los que habitan estas tierras, viven a varios miles.
Roberto Rocca
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DESDE LA BUTACA — TEATRO: «AUTOMÁTICOS», de Javier Daulte
Durante la última década, el teatro argentino ha vivido un proceso de verdadera revitalización con la obra sostenida y continuada de un grupo de teatristas que han presentado una cantidad de espectáculos de un nivel asombrosamente alto y parejo. Rafael Spregelburd, Daniel Veronese, Javier Daulte, Rubén Schumacher, Ana Alvarado, Julio Chaves, Alejandro Tantanian, Ricardo Bartis, son algunos de los nombres que hoy nos garantizan la puesta de una obra contundente, arriesgada y comprometida, social y estéticamente. A ellos hemos de referirnos en esta columna.
Javier Daulte ya nos había maravillado hace un par de años con su obra «Nunca estuviste tan adorable», en la que exploraba los vericuetos de la relación familiar, y en ese caso particular, la de su propia familia. Ahora repone en el Teatro del Pueblo la obra que estrenó en 2007 en Buenos Aires, después de su presentación en España: «Automáticos», con dirección compartida con Luciano Cáceres, otro nombre a tener muy en cuenta.
Un grupo de adolescentes se reúne para realizar un experimento científico para el colegio, y esa será la oportunidad para que experimenten con otro tipo de experiencias: las relaciones interpersonales, el pasaje de la adolescencia a la madurez, la iniciación sexual, la exploración de los problemas familiares. Daulte no dirige una mirada idealizada hacia la adolescencia, pero sabe respetar sus temores, sus flaquezas, sus errores, derivados de la inexperiencia. En el ámbito cerrado de un galpón, suerte de espacio mágico donde los objetos cobran vida propia y se escapan de las manos de sus creadores, una vez más, la anécdota es un disparador para una reflexión profunda sobre el individuo y la especie.
La obra cuenta con la participación de un excelente grupo de actores jóvenes, entre los que se destacan las actrices Pilar Gamboa y Mariana Chaud, que saben encarnar las angustias, dudas, temores y entusiasmos de quienes están dejando atrás la edad de la inocencia.
Josefina Sartora
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