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<N° 15

Agosto 2000 — Nº 16

N° 17>


DE LA ETERNA QUILMES
Miguel Ángel Morelli

LOS VIAJES MÁS O MENOS PROFESIONALES
Leda Schiavo

LOS OTROS OTROS
Graciela Reyes

MI PROPIA HISTORIA
Roberto E. Rocca

15 DE JUNIO DE 1986
Beatriz Piedras

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DE LA ETERNA QUILMES

Es una lástima que Borges, en ese bellísimo poema "Fundación mítica de Buenos Aires", haya imaginado a la ciudad "tan eterna como el agua o el aire". Es una lástima, digo, porque si uno dijese ahora que algo parecido le ocurre por ejemplo con su Quilmes, automáticamente sería acusado de plagio.

En fin, siempre las buenas ideas se le han ocurrido a otros, antes y mejor... Y sin embargo, a nosotros ahora también se nos hace cuento que esta Quilmes nuestra de cada día fue apenas un desierto, un páramo perdido en medio de otro páramo infinito llamado pampa. Que tuvo primero un destino sólo de cardos y matorrales, pájaros y cimarrones, y más tarde - allá en el fondo de sus días - de ranchitos de adobe y paja apodados con justicia "la Reducción".

¿Quién puede imaginar que alguna vez no estuvieron aquí las cosas que hoy son? ¿Quién puede imaginarla sin sus imponentes construcciones, su ribera, sus edificios históricos, su cervecería, sus plazas, su peatonal, sus casas bajas emperradas en prolongar hacia el oeste un destino orgulloso de barrio?

Fue en un agosto como éste, pero de 1666 (la fecha y los nombres son inciertos, las circunstancias no) cuando alrededor de mil almas vinieron a fundarnos la patria chica ("no los traía la voluntad - ha dicho Jorge Levoratti -, sino la espada"). Y en otro agosto, esta vez de 1812, cuando el caserío fue declarado "Pueblo Libre".

Datos, anécdotas, caprichos de los historiadores. Porque Quilmes siempre estuvo aquí, eterna también, con su destino de llanura y de río.

Miguel Ángel Morelli

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LOS VIAJES MÁS O MENOS PROFESIONALES

Gracias a los viajes nos damos cuenta de lo que somos, aprendemos a vernos mejor después de ver a los demás, nos valoramos. Esta reflexión surge de un viaje que hice por el sur de Francia, por razones más o menos profesionales, como todo lo que hago en la vida, y usted, querido lector, trate de imaginar qué quiero decir con lo de más o menos, pero con indulgencia, que a los indulgentes les va mejor en la vida en general, y con la tensión arterial en particular.

Bueno, para decirlo sin vueltas, lo que más me molestó del sur de Francia —aparte de no poder probar el vino de todas las bodegas— es que no se ve a nadie en los pueblitos cuando uno pasa con el coche. Todo parece abandonado, se ven casas pero no se ve gente, y si es después de las seis de la tarde, directamente no se ve a nadie, y las ventanas están cerradas, aunque haga calor. Igual que en los suburbios ricos de los Estados Unidos, es como si pasara un ángel paralizando la vida, todo hermoso, todo verde, todo incontaminado, pero todo muerto. O al menos lo parece. En cambio, fíjese usted, pasa uno la frontera, que ahora es algo decorativo, porque nadie se da por enterado en la Europa comunitaria, y ya están las tres señoras conversando en la esquina de cualquier pueblito español, ya están los chicos corriendo y gritando, ya están los viejos compartiendo su escepticismo en los bancos de la vereda.

Eran las diez de la noche, la hora en que empieza a anochecer en verano, y todos estaban compartiendo la vida, las ganas de hablar, el aire libre. En el sur de Italia pasa lo mismo, yo en Nápoles juro que hasta vi tres perros charlando en una esquina, porque en Nápoles tanto los perros como las personas, son dueños de la calle. Pero en Francia ni los perros. Sólo la soledad en cada esquina, pero sin tango.

Leda Schiavo

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LOS OTROS OTROS

  1. —¿Es un galicismo, profesora?
  2. —Qué cosa.
  3. —El uso del segundo "otros", como adjetivo, en este título.
  4. —Quizá. Lo que quiero decir es que son otros otros. Otros, ¿entiende?
  5. —Sí, profesora. Entonces no es un galicismo.
  6. —Yo creo que sí. Pero también decimos "es de cuero cuero"... y la gramática tan contenta.

Los otros otros son los que venden bisutería por las calles y subterráneos de Europa. Bisutería es otro galicismo, Dios nos libre. Otro. Hay otros a secas, como yo, que ando por la vida de otra, pero trajeada de no otra, por lo que soy bastante respetable. Me doy cuenta de esto porque en el Metro de Madrid, por ejemplo, encontré una noche a una mujer que creyendo que nadie la veía, se iba a deslizar por debajo del molinete sin pagar. Cuando me vio se enderezó y resultó una señora muy agradable y bien vestida, rubia de ojos verdeazules, que me explicó algo confuso y me pidió permiso para pasar conmigo por el molinete, cuando yo metiera mi papelito en la máquina. Le dije que sí, se me pegó y pasamos las dos lo más bien y muy divertidas, como dos chicas. Viendo que empezaba a hablarme por las escaleras mecánicas, me despedí cortésmente y corrí hacia el andén como si tuviera prisa, pero llegué cuando el tren acababa de cerrar sus puertas, exactamente, y la señora llegó casi pisándome los talones, y me dijo que por culpa del minuto de demora que me había causado cuando lo del molinete yo había perdido el tren, lo que sentía mucho. Le dije que de todos modos nunca se sabe cuándo se va a perder un tren, y que me daba igual. Y ya no nos separamos hasta Plaza de Castilla. De todo lo que me contó, lo más interesante es la muerte de su hermana, por navajazo en el corazón, en un andén del Metro. Pero en otra línea, no en la nuestra. Mi locuaz compañera de viaje, llevaba un anillazo de oro de tres colores, que contrastaba con la bisutería que vendían en el suelo los otros otros.

Ah, el que mató a su hermana, era un africano "de estos", así dijo, para robarle las joyas.

Graciela Reyes

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DE MI PROPIA HISTORIA

Nací y crecí en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Hoy vivo en el centro de una gran ciudad. Y no es que yo me haya movido mucho, porque mi casa actual está a menos de siete cuadras de la casa donde nací. Entonces, en los pueblos, se nacía en las casas. Me trajo al mundo "la Alemana", tal vez la única partera del pueblo, aunque mi padre y mi tío Cholo ya eran médicos.

No fui yo uno de esos tantos hombres de pueblo que, encandilados por las luces, van a vivir a la ciudad. Fue Buenos Aires, la metrópolis, que se hizo grande, se transformó en el Gran Buenos Aires y nos tragó. Yo fui siempre del pueblo de Quilmes, pero Quilmes dejó de ser pueblo.

Cuando yo era chico había unas pocas calles asfaltadas, hileras de casas bajas y, hacia la barranca los viejos chalets de los ingleses que vinieron con el ferrocarril. Viví mi infancia en una de esas viejas casas chorizo, edificadas en el siglo XIX, a una cuadra de Rivadavia y tres de la estación. En la calle, todos los días se jugaba al fútbol y, cada tanto pasaba algún auto. Por la mañana pasaba el lechero con su carro y sus tarros.

Estábamos rodeados por el campo. Hacia el norte, todo lo que hoy es el Barrio Parque de Bernal, estaba vacío. La vieja cancha de Quilmes, en Guido y Sarmiento, también se asomaba al campo. Para el oeste las casas llegaban hasta Andrés Baranda y después estaban las quintas. Hasta había por ahí una laguna, que la civilización devoró. Avenida La Plata era empedrada y a partir de donde hoy se yergue Carrefour empezaba un camino de tierra, al que nosotros llamábamos "el camino de los cuises", que conducía al casco de "El Dorado" que era todavía una estancia, adornada por Don Carlos, su dueño, con mil exquisiteces compradas en remates europeos. El Museo del Transporte testimonia todavía hoy la esplendidez de sus caballerizas.

Yo nací en ese pueblo, donde toda la gente se conocía, los chicos caminábamos y andábamos en bicicleta sin peligro por la calle. El portón de nuestro garaje, en cuya pared había quedado todavía una gran argolla para atar los caballos; tenía una puertita por donde entrábamos a la casa la familia y los amigos. Esa puertita nunca se cerró con llave.

Yo nací en un pueblo de Buenos Aires y ese pueblo sigue vivo en mi corazón. Los que hoy ven en mí al profesional, al ciudadano representativo, no saben que sigo siendo un hombre de pueblo, que extraño todo aquello y que a veces sueño con irme a vivir a un lugar así, lo suficientemente alejado de Buenos Aires como para que, por más que crezca, la megápolis no pueda devorarlo.

Roberto E. Rocca

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15 DE JUNIO DE 1986

Está amaneciendo. Viene del río una brisa leve que hace caer las hojas de los árboles de la Avenida 9 de Julio. Un hombre camina lentamente, apoyado en un bastón labrado con empuñadura de plata. Al llegar a una bocacalle, parece dudar la dirección, levanta la cabeza como si oliera el aire y cruza hacia la Avenida de Mayo. No hay transparencia en la luz, una bruma amarilla se abre paso a medida que el hombre avanza. Acorto la distancia que nos separa. Lo sigo. En el silencio de la mañana sólo se oyen nuestros pasos. De pronto se detiene, gira su cuerpo y lo veo de frente. Tiene las manos apoyadas sobre el bastón, dueño de todo el tiempo. Sabe mi presencia y asiente con la cabeza como invitándome a acercarme. Me dice algo que no logro entender, habla tan bajo que tengo que acercar mi oído a su boca. Este hombre me ha recitado sin estridencias, un poema. Quiero decirle algo, hacerle una pregunta, pero sin mirarme, con un gesto leve me indica que siga mi camino. En la esquina de L. S. Peña, compro el diario Hoy es 15 de Junio de 1986. Me volví. La Avenida 9 de Julio estaba desierta.
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N. de la E.
Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de Agosto de 1899 y murió en Ginebra el 14 de Junio de 1986. La noticia apareció en los diarios argentinos al día siguiente, 15 de Junio.

Beatriz Piedras

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