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EL CUERPO, EL ALMA Y EL ALMA CUANDO SE GASTA
Graciela Reyes
SAN MARTÍN: el fervor por la libertad
Hebe Clementi
SAN MARTÍN: mito e historia
José Ignacio García Hamilton
ANTÍGONA
Miguel Ángel Morelli
EL TANGO EN SU ETAPA DE “ADECENTAMIENTO”
Mónica Cabrera
DOS CUENTOS MÍNIMOS:
REENCUENTRO / NARCISO
Roberto Enrique Rocca
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EL CUERPO, EL ALMA Y EL ALMA CUANDO SE GASTA
Descartes se equivocó, ya lo sabemos: no hay un cuerpo pasajero y un alma
independiente, sino algo que podríamos llamar almacuerpo o mentecuerpo, que,
sea
lo que sea, no es una dicotomía. No conocemos la mente pero estamos
empezando a
conocer su espejo, que es el cerebro. El cerebro no es, por cierto, aquello que
estudié en quinto año de la normal, bajo la guía, por así decir, de un señor que
bostezaba infatigablemente en clase. En los últimos pocos años la
neurofisiología nos ha dado otra idea del cerebro.
Las nuevas imágenes que pueden obtenerse ahora del cerebro lo muestran
como una
orquesta dividida en dos grupos de músicos: los de la derecha son los que
aprenden la música nueva, los de la izquierda la rutinizan hasta perfeccionarla.
Los dos hemisferios del cerebro participan en todos lo procesos cognitivos, pero
el hemisferio derecho es más activo en el aprendizaje de lo nuevo, en la
planificación, en la creación, junto con los lóbulos frontales, que son los
directores de orquesta, los que toman decisiones y coordinan el trabajo de
todos. El hemisferio izquierdo se dedica a las indispensables actividades
rutinarias. Si, como sostienen algunos neurofisiólogos, todos los procesos
cognitivos se reducen a ciclos continuos de novedad-rutina, la estructura del
cerebro es paralela a la estructura de la mente. La mente es, por decirlo con la
inevitable vaguedad metafórica del lenguaje, un trasiego constante de actividad
cognoscitiva y afectiva, trasiego que va en la dirección novedad-flecha-rutina.
La sabiduría popular sostiene que nos acostumbramos a todo. Somos caballitos
de
calesita, decía un tío mío. Lo que quiere decir, espantosamente, que todo puede
parecer ya conocido, que desprendemos. Repetir no es malo, sino
imprescindible
(piénsese en la orquesta) pero repetir tan solo no es aprender, y no aprender
es
desaprender, y desaprender es desvivirse.
Cuando todo se nos va volviendo hábito, el hemisferio derecho descansa y los
lóbulos frontales tienen la batuta caída. Vejez del alma es, para mí, la
incapacidad de ver lo nuevo y procesarlo. La vejez —que sobreviene a cualquier
edad— es la ausencia de lo nuevo, la metástasis del lugar común, la conformidad
y la costumbre.
Graciela Reyes
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SAN MARTÍN: el fervor por la libertad
Cuanto más sabemos sobre el pasado de los hombres, tanto más estimamos el
papel
de algunos héroes dentro de cada comunidad —héroes que no necesariamente
son
militares, por cierto—. Cuando estas dos alternativas, la de ciudadanos y
conductores de soldados se dan juntas, la problemática se acentúa, porque los
requerimientos de ambas actuaciones son hasta contradictorios. Es entonces
cuando nos encontramos ante verdaderos héroes, cuando podemos integrar
ambas
conductas, y cuando el referente de la vida digna los acompaña en su
trayectoria.
Este es el caso de José de San Martín (y de Manuel Belgrano para el caso), que
no es poca cosecha de nuestra primera historia independiente.
Hoy honramos a
San
Martín en un aniversario de su muerte física, que es paradójicamente, la señal
de su vitalidad para los siglos que siguieron. Efectivamente, San Martín ha
superado todas las confrontaciones que debió vivir, y se rescata de él su visión
de horizonte posible, su inclaudicable fervor por la libertad de América y de
los argentinos, y por su constancia en el diseño de un accionar que perjudicar
lo menos posible a los seres humanos —sus soldados y los pueblos que
atravesaron
sus huestes—, pero también las instituciones que quería defender de entre las
que sobresalía consagrar la libertad de América frente a Europa. Estamos
generalizando, de América se circunscribe a la Sudamérica que incluía otras
áreas además del Virreinato del Río de la Plata (de reciente creación por parte
de España), tales como el Virreinato del Perú, rico y espléndido en su riqueza
de poblaciones heredadas y disciplinadas en el servicio incaico, amén de las
riquezas incalculables del Potosí, y ciertamente el ámbito venezolano, en donde
otro visionario militar y político, Simón Bolívar, lideraba también una guerra
anti-colonial.
Si nos detenemos en la alternativa de esta guerra, perderíamos en las
dificultades el rescate de los logros. Es lo que nunca permitió San Martín que
le sucediera, porque estuvo en todos los detalles posibles para el equipamiento
y organización de sus huestes, y entendió a la par las situaciones concretas
locales, entre las cuales se instala el Congreso de Tucumán en donde se
declara
la independencia de las Provincias Unidas del Sur, con lo cual se confirmaba y
se daba una jerarquía continental a lo marcado por el Cabildo de Buenos Aires,
en la fausta Semana de Mayo de 1810.
También por ese entendimiento de los
pasos
a dar, que no titubeamos en consignar como lo político —escribe a Gervasio
Artigas (que como líder de las áreas mesopotámicas que implicaba la Bando
Oriental, a Entre Ríos y a Corrientes, y por lo tanto habían estado ausentes en
Tucumán)—, le escribe una carta memorable reconociéndole la legalidad de sus
reclamos y su posibilidad misma de lograrlos pero también instala el tema de la
estrategia necesaria, los riesgos que se corren, la situación europea que ha
cambiado desde el Waterloo de 1815 y que ha configurado la unidad de los
poderes
europeos en contra de una América fragmentada y quebrantada por la
discordia.
Esa misma actitud tendrá en Plumerillo organizando el ejército, en Chile, tierra
de paso hacia la Lima, sede del enemigo mayor. Allí lleva sus muchos libros con
los que ha cruzado el Ande, y los deja como legado en Lima para la creación de
una biblioteca. Todo un símbolo que acompaña la gesta belgraniana, que
empieza
en realidad con la edición del Semanario (antes todavía de 1810, cuando estaba
al frente del Consulado) y de Mariano Moreno, que crea la Gaceta para que todo
el pueblo se informa de los pasos del gobierno primero.
Ricardo Rojas lo ha calificado de “el Santo de la espada”, y sigue la
trayectoria de San Martín, no ya en el frente de batalla donde el triunfo lo
lleva de la mano, sino en la gestión política y personal, en su decisión de
abandonar el campo de batalla, en su renuncia a derramar una gota de sangre
que
pudiera ahorrarse mediante el entendimiento y el buen gobierno.
Hoy, a la luz del conocimiento que otorga la historia, es decir, de una gestión
heroica y azarosa, devolvemos y reiteramos esta admiración al prócer de la
patria en su ejemplaridad y su entrega en la construcción de la América
independiente.
Todo lo demás que se ha ido sabiendo sobre su vida y su memoria, es como
“otra
historia”, que no ingresa ni debe ingresar en estas consideraciones pensadas
para un prócer argentino y americano.
Hebe Clementi
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SAN MARTÍN: mito e historia
La aparición en Junio del 2000 de mi libro “Don José”, biografía novelada de
José de San Martín, provocó un intensa polémica. Un grupo de sanmartinianos
recalcitrantes interrumpió la presentación del libro en Rosario para expresar
sus protestas y el revuelo tuvo repercusión internacional: la BBC de Londres, la
CNN en español, agencias universales de noticias, y medios de México, España,
Estados Unidos, Brasil, Chile, Perú y otros países se ocuparon del tema, para
señalar la incapacidad de algunos argentinos para aceptar las ideas ajenas.
Los mitos son relatos inventados por las comunidades primitivas, para explicar
la creación del universo a través de las hazañas sobrenaturales sobre
personajes
sagrados. En algún momento de la existencia humana, sin embargo, el hombre
no
quiso contar solamente los hechos protagonizados por héroes o dioses, sino
también lo ocurrido entre los simples mortales de las generaciones pasadas. En
ese momento —dice Mircea Eliade— nació la historia.
Pero la línea divisoria entre mito e historia no siempre es tan patente: las
crónicas de la conquista de América redactadas por los españoles narran los
milagros que producía San Francisco Solano con su violín o las apariciones del
Apóstol Santiago en las batallas, para animar y conducir desde una nube a los
desfallecientes peninsulares.
A principios del siglo XX con el objetivo de homogeneizar a los hijos de
inmigrantes, el Consejo de Educación de nuestro país inició una campaña de
educación patriótica que incluyó en los primeros grados “el ciclo de los héroes”
a través de una “enseñanza legendaria”. Eran los años en que el Ministro de
Instrucción Pública Joaquín V. González, sostenía que “el patriotismo es una
religión” y Ricardo Rojas expresaba que la “patria es una forma visible de la
divinidad”.
Las figuras de nuestra independencia fueron perdiendo entonces sus
características mundanales y limitaciones humanas, para convertirse en
personajes sobrenaturales, sagrados, generalmente asexuados, que hasta
morían
diciendo frases ejemplares como “viva la patria aunque yo perezca” o lograban
detener las agujas de los relojes al expirar (como San Martín).
El predominio de los elementos mitológicos sobre los históricos sirvió para
“argentinizar a los descendientes de los gringos”, pero lo hizo a costa de
subestimar la inteligencia de los escolares y pretender congelar su
entendimiento en los mecanismos propios de la magia; rebajar la ciencia
histórica al nivel de los dogmas, desalentar las investigaciones críticas e
incentivar los torneos de elogios a los próceres; y desarrollar en la población
un espíritu xenófobo y a la vez sumiso, que ha sido el germen de aventuras
belicistas y prolongadas dictaduras militares.
José Ignacio García Hamilton
__________
fragmento de la «Gaceta de Tucumán»
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ANTÍGONA
En el quinto episodio de su celebérrima Antígona, Sófocles pone en boca de
Tiresias cierta frase que bien podría tomarse como el resumen de la obra:
“Común
es a todos los hombres el error —le dice el adivino ciego a Creonte, rey de
Tebas—, pero cuando se ha cometido una falta, el persistir en el mal en vez de
remediarlo es sólo obra de un ser desgraciado e insensato”. Sin embargo, será
tarde cuando Creonte decida regresar sobre sus pasos: el destino,
irremediable,
ya se habrá levantado contra él y los de su sangre...
Como sabemos, una de las propuestas de la tragedia griega era (es) la de
modificarnos el ánimo a través de la catarsis, suerte de “higiene del alma” que
nos permite aprehender su significación moral. De allí su vigencia, su
desgarradora actualidad.
Los integrantes del Grupo de la Escuela de Mimo Teatro de Bernal, nos han
entregado este año su propia Antígona. Severa, descarnada y absolutamente
respetuosa de los códigos del género, la obra —con dirección de Rodolfo Sardu—
implica para este elenco un nuevo desafío luego de Crónica de una muerte
anunciada, obra con la cual lograra singular repercusión temporadas atrás.
Comparativamente, esta vez la apuesta es mayor: si en Crónica... había lugar
también para el humor, para la expresión zumbona, Antígona no da respiro. La
tensión ve in crescendo a lo largo de la trama, el texto narrativo se vuelve
fundamental (en Sófocles, por ejemplo, el Coro juega un papel preponderante)
y
por lo tanto, tratándose de un espectáculo de mimos, los riesgos se multiplican.
Si la propuesta de Sardu sale airosa es en base a un concienzudo trabajo de
síntesis en el guión, a una puesta en escena por demás imaginativa (muy bien
resuelto el enquiclema con telones que a la vez muestra y ocultan lo que ocurre
fuera de escena) y a un impecable trabajo actoral.
En síntesis, esta Antígona no sólo mantiene en vilo al espectador a lo largo de
casi una hora (lo que dura la obra) sino que lo invita a reflexionar cuando ha
abandonado la sala y vuelve a hundirse en esta realidad tan pródiga en... vidas
sacrificadas inútilmente, presagios de todo y tipo y funcionarios que no admiten
que su obstinación puede conducirnos al abismo.
Miguel Ángel Morelli
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EL TANGO EN SU ETAPA DE “ADECENTAMIENTO”
La incorporación de la letras significó, entre otras cosas, el comienzo de la
aceptación de ese baile hasta entonces exclusivamente prostibulario en lo que
Borges llamó “las veladas decentes” y, generalizando esta expresión la
operación
expansiva en la que el tango fue ganando territorios centrales de la ciudad
constituyó su adecentamiento.
El primer tango cantado “Mi noche triste” (1917), nace por la incorporación de
la letra de Pascual Contursi al tango musical “Lita” de Castriota y es estrenado
por Gardel en el Teatro Empire con un éxito tan impresionante que lo graba en
ese mismo año. Cuando Contursi lleva a cabo, tal vez impensadamente, esa
tarea
de sentimentalizar el tango con una narración de amor desdichado, lo hace a
través de un lenguaje, el lunfardo, que queda de este modo establecido en la
escritura. El tema de “Mi noche triste”, la “mina que se pianta del bulín”,
después se va a convertir en clásico y está inspirado en el rufián que llora
abandonado por su prostituta. Es posible, efectivamente, que estas mujeres se
hayan convertido en cantantes y bailarinas de tango en los cabarets que
comenzaron a poblar Buenos Aires después del centenario. “Flor de fango”
(1917),
también de Contursi y “Mano a mano” (1920) y “Margot” (1919) de Esteban
Celedonio Flores pertenecen a la misma época y son de la misma familia
temática.
Estos primeros amurados de la letras se sienten traicionados porque “las
minas”
son atraídas por las “luces del centro”, en el contexto del proceso de
modernización urbana que afrancesa a Buenos Aires y difunde los modismos de
las
mujeres europeas de posguerra.
Para estos hombre la velocidad de “los tiempos que corre” es destructora e
intrusiva y estas nuevas costumbres de las mujeres y su presencia
“modernosa” en
la calle es vista con desconfianza. Esta imposibilidad de tramitar lo que ha
cambiado está expresada de manera paradigmática en las estrofas de
“Margot”, que abandona el percal por la seda:
Yo me acuerdo no tenías
casi nada que ponerte.
Hoy usás ajuar de seda
con rositas rococó.
Me revienta tu presencia
pagaría por no verte
Si hasta el nombre te has cambiado
como ha cambiado tu suerte
ya no sos mi Margarita
ahora te llaman “Margot”.
Pero esta desconfianza por lo nuevo muchas veces se trastocó también por
humor.
Hay tres tangos de esos años, “Berretines” (1926), “La mina del Ford” (1924) y
“Atenti pebeta” (1929) que ridiculizan las “chifladuras” de estas mujeres
ganadas por la escena moderna. Contursi añora con tristeza “aquellos lindos
frasquitos, adornados con moñitos, todos del mismo color” que había en el bulín
antes de que ella se fuera (“Mi noche triste”), pero también riéndose de él
mismo (y de ella) dice en “La mina del Ford”:
Por eso la mina aburrida / de aguantar la vida que le di
cachó un baúl una noche / y se fue cantando así:
Yo quiero una cama / que tenga acolchado
y quiero una estufa / pa entrar en calor:
que venga el mucamo / corriendo apurado
y diga: “¡Señora, araca, está el Ford!”
Mónica Cabrera
p
DOS CUENTOS MÍNIMOS
REENCUENTRO
Despertó bruscamente a las tres de la mañana, con la sensación de que había
alguien en la habitación. Sintió que se le erizaban los escasos cabello que
todavía le quedaban en la nuca y permaneció, por un instante interminable, con
los ojos cerrados. Cuando los abrió, la vio parada a los pies de la cama. Tenía
una sonrisa entre enigmática y estúpida, un camisón transparente y desde el
suelo subía como un humito. Se acordó de las películas de la Coca Sarli: la
misma abundancia pero con otra distribución.
—¡Será posible que ni la muerte ye haya hecho adelgazar!— dijo para sus
adentros. Ella, como si oyera sus pensamiento, puso mala cara. Y él, que se
había acostumbrado hasta el punto de añorar en la ya larga viudez, su gesto
agrio, se sintió más tranquilo. Sonrió y vio que ella también sonreía.
—¡Muñeca! —exclamó con dulzura como en los viejos tiempos, y ella abrió los
brazos para recibirlo— ¿qué hacés aquí?
Pero ya había saltado de la cama, con una agilidad extraña y se estrechaba
contra su cuerpo blando. Le llegó, mimosa, la respuesta.
—Yo siempre estuve aquí, esperándote.
Entonces se dio vuelta y vio en la cama su propio cuerpo quieto. Demasiado
quieto.
NARCISO
Siempre me gustó mirar las nubes. A veces cubrían todo de un gris parejo, cada
vez más oscuro, y se levantaba un viento que me hacía temblar. Otras, en la
vasta llanura celeste, eran unos flecos tenues a punto de disolverse. Me
encantaban también los cúmulos, flotando en el azul como vellones de lana
inmaculada. Había una rama de duraznero, que al acercarse la primaver se
cubría
de hojas verdes y después de flores apenas rosadas, que el estío transformaba
en
perfumados frutos.
Él se asomó un día, clavó sus ojos celestes en los míos y los dos quedamos
como
hipnotizados. Era hermosísimo: los bucles rubios le caían hasta casi rozarme, la
tez era tan tierna como las nubes del alba.
Estuvimos quietos, mirándonos, mucho tiempo. Fue marchitándose lentamente,
sin
que sus pupilas, cada vez más opacas, me abandonaran.
Una tarde empezó a vacilar, se agarró de la rama, desgajándola, y cayó sobre
mí.
Se hundió hasta mis entrañas, haciéndome estremecer.
Cuando me tranquilicé volví a contemplar las nubes, que ahora, sin la rama, me
parecen tristes.
Roberto Enrique Rocca
p


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