a PORTADA

<Nº 25

Agosto 2001 — Nº 26

N° 27>


EL CUERPO, EL ALMA Y EL ALMA CUANDO SE GASTA
Graciela Reyes

SAN MARTÍN: el fervor por la libertad
Hebe Clementi

SAN MARTÍN: mito e historia
José Ignacio García Hamilton

ANTÍGONA
Miguel Ángel Morelli

EL TANGO EN SU ETAPA DE “ADECENTAMIENTO”
Mónica Cabrera

DOS CUENTOS MÍNIMOS: REENCUENTRO / NARCISO
Roberto Enrique Rocca

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EL CUERPO, EL ALMA Y EL ALMA CUANDO SE GASTA

Descartes se equivocó, ya lo sabemos: no hay un cuerpo pasajero y un alma independiente, sino algo que podríamos llamar almacuerpo o mentecuerpo, que, sea lo que sea, no es una dicotomía. No conocemos la mente pero estamos empezando a conocer su espejo, que es el cerebro. El cerebro no es, por cierto, aquello que estudié en quinto año de la normal, bajo la guía, por así decir, de un señor que bostezaba infatigablemente en clase.
En los últimos pocos años la neurofisiología nos ha dado otra idea del cerebro. Las nuevas imágenes que pueden obtenerse ahora del cerebro lo muestran como una orquesta dividida en dos grupos de músicos: los de la derecha son los que aprenden la música nueva, los de la izquierda la rutinizan hasta perfeccionarla.

Los dos hemisferios del cerebro participan en todos lo procesos cognitivos, pero el hemisferio derecho es más activo en el aprendizaje de lo nuevo, en la planificación, en la creación, junto con los lóbulos frontales, que son los directores de orquesta, los que toman decisiones y coordinan el trabajo de todos. El hemisferio izquierdo se dedica a las indispensables actividades rutinarias. Si, como sostienen algunos neurofisiólogos, todos los procesos cognitivos se reducen a ciclos continuos de novedad-rutina, la estructura del cerebro es paralela a la estructura de la mente. La mente es, por decirlo con la inevitable vaguedad metafórica del lenguaje, un trasiego constante de actividad cognoscitiva y afectiva, trasiego que va en la dirección novedad-flecha-rutina.

La sabiduría popular sostiene que nos acostumbramos a todo. Somos caballitos de calesita, decía un tío mío. Lo que quiere decir, espantosamente, que todo puede parecer ya conocido, que desprendemos. Repetir no es malo, sino imprescindible (piénsese en la orquesta) pero repetir tan solo no es aprender, y no aprender es desaprender, y desaprender es desvivirse. Cuando todo se nos va volviendo hábito, el hemisferio derecho descansa y los lóbulos frontales tienen la batuta caída. Vejez del alma es, para mí, la incapacidad de ver lo nuevo y procesarlo. La vejez —que sobreviene a cualquier edad— es la ausencia de lo nuevo, la metástasis del lugar común, la conformidad y la costumbre.

Graciela Reyes

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SAN MARTÍN: el fervor por la libertad

Cuanto más sabemos sobre el pasado de los hombres, tanto más estimamos el papel de algunos héroes dentro de cada comunidad —héroes que no necesariamente son militares, por cierto—. Cuando estas dos alternativas, la de ciudadanos y conductores de soldados se dan juntas, la problemática se acentúa, porque los requerimientos de ambas actuaciones son hasta contradictorios. Es entonces cuando nos encontramos ante verdaderos héroes, cuando podemos integrar ambas conductas, y cuando el referente de la vida digna los acompaña en su trayectoria. Este es el caso de José de San Martín (y de Manuel Belgrano para el caso), que no es poca cosecha de nuestra primera historia independiente.

Hoy honramos a San Martín en un aniversario de su muerte física, que es paradójicamente, la señal de su vitalidad para los siglos que siguieron. Efectivamente, San Martín ha superado todas las confrontaciones que debió vivir, y se rescata de él su visión de horizonte posible, su inclaudicable fervor por la libertad de América y de los argentinos, y por su constancia en el diseño de un accionar que perjudicar lo menos posible a los seres humanos —sus soldados y los pueblos que atravesaron sus huestes—, pero también las instituciones que quería defender de entre las que sobresalía consagrar la libertad de América frente a Europa. Estamos generalizando, de América se circunscribe a la Sudamérica que incluía otras áreas además del Virreinato del Río de la Plata (de reciente creación por parte de España), tales como el Virreinato del Perú, rico y espléndido en su riqueza de poblaciones heredadas y disciplinadas en el servicio incaico, amén de las riquezas incalculables del Potosí, y ciertamente el ámbito venezolano, en donde otro visionario militar y político, Simón Bolívar, lideraba también una guerra anti-colonial.
Si nos detenemos en la alternativa de esta guerra, perderíamos en las dificultades el rescate de los logros. Es lo que nunca permitió San Martín que le sucediera, porque estuvo en todos los detalles posibles para el equipamiento y organización de sus huestes, y entendió a la par las situaciones concretas locales, entre las cuales se instala el Congreso de Tucumán en donde se declara la independencia de las Provincias Unidas del Sur, con lo cual se confirmaba y se daba una jerarquía continental a lo marcado por el Cabildo de Buenos Aires, en la fausta Semana de Mayo de 1810.

También por ese entendimiento de los pasos a dar, que no titubeamos en consignar como lo político —escribe a Gervasio Artigas (que como líder de las áreas mesopotámicas que implicaba la Bando Oriental, a Entre Ríos y a Corrientes, y por lo tanto habían estado ausentes en Tucumán)—, le escribe una carta memorable reconociéndole la legalidad de sus reclamos y su posibilidad misma de lograrlos pero también instala el tema de la estrategia necesaria, los riesgos que se corren, la situación europea que ha cambiado desde el Waterloo de 1815 y que ha configurado la unidad de los poderes europeos en contra de una América fragmentada y quebrantada por la discordia.
Esa misma actitud tendrá en Plumerillo organizando el ejército, en Chile, tierra de paso hacia la Lima, sede del enemigo mayor. Allí lleva sus muchos libros con los que ha cruzado el Ande, y los deja como legado en Lima para la creación de una biblioteca. Todo un símbolo que acompaña la gesta belgraniana, que empieza en realidad con la edición del Semanario (antes todavía de 1810, cuando estaba al frente del Consulado) y de Mariano Moreno, que crea la Gaceta para que todo el pueblo se informa de los pasos del gobierno primero.
Ricardo Rojas lo ha calificado de “el Santo de la espada”, y sigue la trayectoria de San Martín, no ya en el frente de batalla donde el triunfo lo lleva de la mano, sino en la gestión política y personal, en su decisión de abandonar el campo de batalla, en su renuncia a derramar una gota de sangre que pudiera ahorrarse mediante el entendimiento y el buen gobierno. Hoy, a la luz del conocimiento que otorga la historia, es decir, de una gestión heroica y azarosa, devolvemos y reiteramos esta admiración al prócer de la patria en su ejemplaridad y su entrega en la construcción de la América independiente.

Todo lo demás que se ha ido sabiendo sobre su vida y su memoria, es como “otra historia”, que no ingresa ni debe ingresar en estas consideraciones pensadas para un prócer argentino y americano.

Hebe Clementi

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SAN MARTÍN: mito e historia

La aparición en Junio del 2000 de mi libro “Don José”, biografía novelada de José de San Martín, provocó un intensa polémica. Un grupo de sanmartinianos recalcitrantes interrumpió la presentación del libro en Rosario para expresar sus protestas y el revuelo tuvo repercusión internacional: la BBC de Londres, la CNN en español, agencias universales de noticias, y medios de México, España, Estados Unidos, Brasil, Chile, Perú y otros países se ocuparon del tema, para señalar la incapacidad de algunos argentinos para aceptar las ideas ajenas. Los mitos son relatos inventados por las comunidades primitivas, para explicar la creación del universo a través de las hazañas sobrenaturales sobre personajes sagrados. En algún momento de la existencia humana, sin embargo, el hombre no quiso contar solamente los hechos protagonizados por héroes o dioses, sino también lo ocurrido entre los simples mortales de las generaciones pasadas. En ese momento —dice Mircea Eliade— nació la historia.

Pero la línea divisoria entre mito e historia no siempre es tan patente: las crónicas de la conquista de América redactadas por los españoles narran los milagros que producía San Francisco Solano con su violín o las apariciones del Apóstol Santiago en las batallas, para animar y conducir desde una nube a los desfallecientes peninsulares. A principios del siglo XX con el objetivo de homogeneizar a los hijos de inmigrantes, el Consejo de Educación de nuestro país inició una campaña de educación patriótica que incluyó en los primeros grados “el ciclo de los héroes” a través de una “enseñanza legendaria”. Eran los años en que el Ministro de Instrucción Pública Joaquín V. González, sostenía que “el patriotismo es una religión” y Ricardo Rojas expresaba que la “patria es una forma visible de la divinidad”.
Las figuras de nuestra independencia fueron perdiendo entonces sus características mundanales y limitaciones humanas, para convertirse en personajes sobrenaturales, sagrados, generalmente asexuados, que hasta morían diciendo frases ejemplares como “viva la patria aunque yo perezca” o lograban detener las agujas de los relojes al expirar (como San Martín).

El predominio de los elementos mitológicos sobre los históricos sirvió para “argentinizar a los descendientes de los gringos”, pero lo hizo a costa de subestimar la inteligencia de los escolares y pretender congelar su entendimiento en los mecanismos propios de la magia; rebajar la ciencia histórica al nivel de los dogmas, desalentar las investigaciones críticas e incentivar los torneos de elogios a los próceres; y desarrollar en la población un espíritu xenófobo y a la vez sumiso, que ha sido el germen de aventuras belicistas y prolongadas dictaduras militares.

José Ignacio García Hamilton

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fragmento de la «Gaceta de Tucumán»

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ANTÍGONA

En el quinto episodio de su celebérrima Antígona, Sófocles pone en boca de Tiresias cierta frase que bien podría tomarse como el resumen de la obra: “Común es a todos los hombres el error —le dice el adivino ciego a Creonte, rey de Tebas—, pero cuando se ha cometido una falta, el persistir en el mal en vez de remediarlo es sólo obra de un ser desgraciado e insensato”. Sin embargo, será tarde cuando Creonte decida regresar sobre sus pasos: el destino, irremediable, ya se habrá levantado contra él y los de su sangre...
Como sabemos, una de las propuestas de la tragedia griega era (es) la de modificarnos el ánimo a través de la catarsis, suerte de “higiene del alma” que nos permite aprehender su significación moral. De allí su vigencia, su desgarradora actualidad.

Los integrantes del Grupo de la Escuela de Mimo Teatro de Bernal, nos han entregado este año su propia Antígona. Severa, descarnada y absolutamente respetuosa de los códigos del género, la obra —con dirección de Rodolfo Sardu— implica para este elenco un nuevo desafío luego de Crónica de una muerte anunciada, obra con la cual lograra singular repercusión temporadas atrás. Comparativamente, esta vez la apuesta es mayor: si en Crónica... había lugar también para el humor, para la expresión zumbona, Antígona no da respiro. La tensión ve in crescendo a lo largo de la trama, el texto narrativo se vuelve fundamental (en Sófocles, por ejemplo, el Coro juega un papel preponderante) y por lo tanto, tratándose de un espectáculo de mimos, los riesgos se multiplican.
Si la propuesta de Sardu sale airosa es en base a un concienzudo trabajo de síntesis en el guión, a una puesta en escena por demás imaginativa (muy bien resuelto el enquiclema con telones que a la vez muestra y ocultan lo que ocurre fuera de escena) y a un impecable trabajo actoral.

En síntesis, esta Antígona no sólo mantiene en vilo al espectador a lo largo de casi una hora (lo que dura la obra) sino que lo invita a reflexionar cuando ha abandonado la sala y vuelve a hundirse en esta realidad tan pródiga en... vidas sacrificadas inútilmente, presagios de todo y tipo y funcionarios que no admiten que su obstinación puede conducirnos al abismo.

Miguel Ángel Morelli

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EL TANGO EN SU ETAPA DE “ADECENTAMIENTO”

La incorporación de la letras significó, entre otras cosas, el comienzo de la aceptación de ese baile hasta entonces exclusivamente prostibulario en lo que Borges llamó “las veladas decentes” y, generalizando esta expresión la operación expansiva en la que el tango fue ganando territorios centrales de la ciudad constituyó su adecentamiento.

El primer tango cantado “Mi noche triste” (1917), nace por la incorporación de la letra de Pascual Contursi al tango musical “Lita” de Castriota y es estrenado por Gardel en el Teatro Empire con un éxito tan impresionante que lo graba en ese mismo año. Cuando Contursi lleva a cabo, tal vez impensadamente, esa tarea de sentimentalizar el tango con una narración de amor desdichado, lo hace a través de un lenguaje, el lunfardo, que queda de este modo establecido en la escritura. El tema de “Mi noche triste”, la “mina que se pianta del bulín”, después se va a convertir en clásico y está inspirado en el rufián que llora abandonado por su prostituta. Es posible, efectivamente, que estas mujeres se hayan convertido en cantantes y bailarinas de tango en los cabarets que comenzaron a poblar Buenos Aires después del centenario. “Flor de fango” (1917), también de Contursi y “Mano a mano” (1920) y “Margot” (1919) de Esteban Celedonio Flores pertenecen a la misma época y son de la misma familia temática.

Estos primeros amurados de la letras se sienten traicionados porque “las minas” son atraídas por las “luces del centro”, en el contexto del proceso de modernización urbana que afrancesa a Buenos Aires y difunde los modismos de las mujeres europeas de posguerra. Para estos hombre la velocidad de “los tiempos que corre” es destructora e intrusiva y estas nuevas costumbres de las mujeres y su presencia “modernosa” en la calle es vista con desconfianza. Esta imposibilidad de tramitar lo que ha cambiado está expresada de manera paradigmática en las estrofas de “Margot”, que abandona el percal por la seda:

Yo me acuerdo no tenías
casi nada que ponerte.
Hoy usás ajuar de seda
con rositas rococó.
Me revienta tu presencia
pagaría por no verte
Si hasta el nombre te has cambiado
como ha cambiado tu suerte
ya no sos mi Margarita
ahora te llaman “Margot”.

Pero esta desconfianza por lo nuevo muchas veces se trastocó también por humor. Hay tres tangos de esos años, “Berretines” (1926), “La mina del Ford” (1924) y “Atenti pebeta” (1929) que ridiculizan las “chifladuras” de estas mujeres ganadas por la escena moderna. Contursi añora con tristeza “aquellos lindos frasquitos, adornados con moñitos, todos del mismo color” que había en el bulín antes de que ella se fuera (“Mi noche triste”), pero también riéndose de él mismo (y de ella) dice en “La mina del Ford”:

Por eso la mina aburrida / de aguantar la vida que le di
cachó un baúl una noche / y se fue cantando así:
Yo quiero una cama / que tenga acolchado
y quiero una estufa / pa entrar en calor:
que venga el mucamo / corriendo apurado
y diga: “¡Señora, araca, está el Ford!”

Mónica Cabrera

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DOS CUENTOS MÍNIMOS

REENCUENTRO

Despertó bruscamente a las tres de la mañana, con la sensación de que había alguien en la habitación. Sintió que se le erizaban los escasos cabello que todavía le quedaban en la nuca y permaneció, por un instante interminable, con los ojos cerrados. Cuando los abrió, la vio parada a los pies de la cama. Tenía una sonrisa entre enigmática y estúpida, un camisón transparente y desde el suelo subía como un humito. Se acordó de las películas de la Coca Sarli: la misma abundancia pero con otra distribución.

—¡Será posible que ni la muerte ye haya hecho adelgazar!— dijo para sus adentros. Ella, como si oyera sus pensamiento, puso mala cara. Y él, que se había acostumbrado hasta el punto de añorar en la ya larga viudez, su gesto agrio, se sintió más tranquilo. Sonrió y vio que ella también sonreía.
—¡Muñeca! —exclamó con dulzura como en los viejos tiempos, y ella abrió los brazos para recibirlo— ¿qué hacés aquí?
Pero ya había saltado de la cama, con una agilidad extraña y se estrechaba contra su cuerpo blando. Le llegó, mimosa, la respuesta.
—Yo siempre estuve aquí, esperándote.
Entonces se dio vuelta y vio en la cama su propio cuerpo quieto. Demasiado quieto.


NARCISO

Siempre me gustó mirar las nubes. A veces cubrían todo de un gris parejo, cada vez más oscuro, y se levantaba un viento que me hacía temblar. Otras, en la vasta llanura celeste, eran unos flecos tenues a punto de disolverse. Me encantaban también los cúmulos, flotando en el azul como vellones de lana inmaculada. Había una rama de duraznero, que al acercarse la primaver se cubría de hojas verdes y después de flores apenas rosadas, que el estío transformaba en perfumados frutos.
Él se asomó un día, clavó sus ojos celestes en los míos y los dos quedamos como hipnotizados. Era hermosísimo: los bucles rubios le caían hasta casi rozarme, la tez era tan tierna como las nubes del alba.
Estuvimos quietos, mirándonos, mucho tiempo. Fue marchitándose lentamente, sin que sus pupilas, cada vez más opacas, me abandonaran.
Una tarde empezó a vacilar, se agarró de la rama, desgajándola, y cayó sobre mí. Se hundió hasta mis entrañas, haciéndome estremecer.
Cuando me tranquilicé volví a contemplar las nubes, que ahora, sin la rama, me parecen tristes.

Roberto Enrique Rocca

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Todo delSUR

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