TRIBUTO
Miguel Angel Morelli
EL CASTILLO
Graciela Reyes
VISITANTE NOCTURNO
Roberto Enrique Rocca
LO INDELEBLE DE LO DELEBLE
Leda Schiavo
DE DECISIONES Y UN DISCURSO
Fernando Anguita B.
UN NUEVO DICCIONARIO DE LOS MONSTRUOS
Sonia Otamendi
LA FUSIÓN SENSORIAL DE LAS ARTES<br />
POR EL MEDIO Y LA MACROOBRA
Federico Pablo Blanco
"SEÑOR QUIJOTE MÍO"
Salvador Enríquez
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TRIBUTO
Me la presentó una noche de octubre Ricardo García Pico, que por entonces daba sus primeros pasos como locutor, en un andén bullicioso del Once. Faltaban apenas cinco minutos para que partiera el tren que nos dejaría en General Pico, de donde Ricardo era oriundo, y en cuya biblioteca municipal María Esther de Miguel habría de presentar al día siguiente su flamante novela, "Puebloamérica". Corría el año 75.
Al adolescente que era yo en ese entonces, María Esther le impresionó de movida como una señora grande, de notable inteligencia, simpatiquísima y en extremo refinada a pesar de lo campechano de su trato; atributos que con el tiempo seguiría reconociéndole, desde luego, aunque ahora que lo pienso ella tenía que tener en aquel momento, necesariamente, menos años de los que yo tengo ahora, por lo que ya podría ir borrando eso de "señora grande", que así de arbitrario es uno cuando es muy joven. En fin, lejos estaba yo de sospechar que esa mujer menuda y charlatana en grado superlativo (de la gente que conozco, sólo mi madre podía empardarle la facultad de sentarse al lado de cualquier persona y al rato nomás salir conversando como si la conociese de toda la vida), lejos estaba de imaginar, digo, que con el tiempo esa mujer habría de convertirse en mi hada buena...
Porque María Esther lo fue, y aunque acaso nunca se lo agradecí como Dios manda, creo que ella lo supo. Una tía postiza, una amiga, casi un ángel de la guarda. Así, por ejemplo, cuando creí que el golpe militar del 24 de marzo había hecho añicos para siempre mi incipiente carrera de periodista, me llevó a trabajar a la editorial Pleamar, propiedad de su esposo (fui, si no me equivoco, el peor empleado en la historia de la empresa, pero creo que ni a ella ni al bueno de Andrés le preocupaban tanto mis muchos desméritos como que me alimentase bien, me abrigase cuando era necesario y me cuidarse mucho "de las cosas terribles que están pasando allá afuera"). Porque su generosidad no tenía límites: cuando se me dio por casarme, la fiesta fue en su departamento de Coronel Díaz. Y su calidez tampoco: la infausta tarde en la que un llamado telefónico me avisó que mi padre había muerto allá lejos, a más de quinientos kilómetros, dónde iba a buscar consuelo si no en su compañía, mientras esperaba la hora de partir a casa. También fue, y casi resulta obvio decirlo, la primera visita que recibió Verónica, mi hija recién nacida. Y así siempre, así toda la vida...
Ahora María Esther acaba de morir. Cuesta creer que uno no volverá a encontrarse jamás con esos ojos endiabladamente azules, esa sonrisa pícara, el torbellino vital que resultaba siempre su presencia. Es difícil, cuesta trabajo llegar a entender cómo será este mundo ahora que ella se ha ido para siempre.
Miguel Angel Morelli
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EL CASTILLO
El castillo es del siglo XII, está en lo alto de una colina y su silueta, desde la autopista, es bella e impresionante, pero no sorprende, como si ese paisaje seco y luminoso requiriera castillos. Al pie hay un pueblo muy reducido, con su iglesia románica llena de pájaros, y, un poco más abajo, una catedral imponente, que tiene lujosos enterramientos de mármol en sus capillas. Ahora el castillo es parador nacional, y lo han refaccionado respetando el gusto austero del pasado. En el bar, les sirvió el primer jerez un camarero marroquí de ojos misteriosos. Por los ventanales se veía el jardín, bajo el sol de la tarde. Había rosas y una fuente árabe.
Ella había escrito, veinte años antes, un cuento en el que una pareja de turistas argentinos quieren llegar a un gran castillo, medio destruido y lejos de la ruta, en la meseta de Castilla. Ahora no recuerda el cuento que ella misma escribió, y sin embargo ha buscado un castillo -un castillo auténtico, aunque convertido en hotel de lujo- para esta cita con su amante, que es el primer encuentro y también la despedida. Se parece, sin saberlo, a la protagonista de su cuento: como ella, busca una ilusión fugaz y literaria; y como ella, volverá sin quejas a la realidad. No es la primera vez que sus propios cuentos narran, por adelantado, su vida.
Tenían que verse al menos una vez, lejos de sus cónyuges y de los conocidos, y después decirse adiós. Podían haber elegido una ciudad grande o la casa de algún amigo. Pero el castillo, accesible por tren y al mismo tiempo lejos de todo, le pareció a ella el lugar ideal, el escenario irónico de una locura. La habitación que les tocó tenía una cama con dosel: una tela de tonos rojos y burdeos, alegre y a la vez discreta, cubrió las conversaciones de dos noches y los abrazos primeros y últimos de sus vidas.
En el recuerdo que les quede, todo ese fin de semana va a condensarse en el primer jerez que tomaron juntos, oyendo el rumor de la fuente, cuando llegaron al castillo. Allí descubrieron, al estar por fin solos, con la libertad de mirarse y de tocarse las manos, que habían vivido mucho tiempo deseando ese momento, y temiéndolo. ¿Cómo se hace para no malgastar la felicidad, cuando es contada? Hay que dejar perdurar ese primer momento de abandono. Hay que dejarse ir. No hablar de terceros, aunque los terceros estén ahí con uno también. Comentar mil veces el mínimo pasado de los dos, no decir nada del futuro. Y celebrar meticulosamente el presente. Entender el secreto de la vida: que siempre vivimos en presente, un presente impregnado de la memoria del pasado, iluminado por las expectativas del futuro, pero presente, sólo presente.
El domingo llamaron un taxi para bajar a la estación. Con el taxista hablaron del calor temprano de ese año, que estaba arruinando las cosechas. Tomaron el Talgo hacia Madrid, y en Madrid se separaron. Llevaban un souvenir cada uno: ella, el libro de poesía clásica, editado por la empresa de paradores, que encontró en su mesa de noche; él, un bloc de notas con el logo del parador, donde ella había escrito, distraída, el nombre de él. No sabemos si alguna vez ella, temerosa de ser descubierta, se deshizo del libro, y él, por la misma razón, del bloc de notas. Sí sabemos que nadie se deshace fácilmente de los castillos en el aire, ni tampoco de las pocas ilusiones cumplidas de la vida.
Graciela Reyes
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VISITANTE NOCTURNO
Esperó, escondido detrás de una enorme estatua, que los guardianes se fueran. Cuando reinaron la oscuridad y el silencio encendió una vela -tenía que ser con una vela- y se dirigió a la escalera.
Conocía muy bien el palacio: lo había visitado durante años, aprovechando que los domingos estaba abierto al pueblo. Muchas veces, desde la multitud, la había mirado con pasión, pero era poco probable que ella lo hubiese advertido.
Ahora estaba decidido a sorprenderla a solas. Soñaba con esas manos maravillosas, imaginaba sus brazos, sus hombros y su torso. Deseaba ver sus labios entreabiertos, despertar el placer o la inquietud en sus ojos soñolientos. La deseaba con locura.
Avanzó silencioso por la enorme galería, poblada de fantasmas del pasado. Casi podía oír al cruzarla los bufidos de los caballos y los gritos de las mujeres que caían bajo el hierro de los esbirros de un emperador moribundo. Sólo unos metros más y a su izquierda hallaría la puerta. Un poco más allá habían coronado otro gran emperador, pero él no estaba dispuesto a permitir que nada lo distrajera.
Entró en puntas de pies. ¿Sabría ella de su existencia? ¿Qué haría al verlo? Recorrió la mitad del recinto, cerca de la pared, hasta que la luz del candil se derramó sobre ella.
Quedó en silencio, casi paralizado, contemplándola.
Para alcanzarla tenía que romper el vidrio. Mil veces lo imaginó, pero ahora comprendió que jamás se atrevería.
Se retiró agobiado, sintiendo en las espaldas la mirada irónica de la Mona Lisa, que, como siempre, sonreía.
Roberto Enrique Rocca
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DE DECISIONES Y UN DISCURSO
Según Onofre, en la vida, además del suicidio, hay tres decisiones irreversibles que, salvando las distancias, sólo debemos tomar después de pensarlo muy bien. Esas decisiones son: "casarse, ordenarse (sacerdote) o emigrar a la Patagonia". Confieso que posiblemente no hubiera escrito estas líneas de no haber sido por la apostilla del último de los hechos, de ese destino geográfico que Onofre considera sin retorno y que los lectores de LA AGENDA tienen mucho más cerca que yo. Supongo que también escribo movido por el eco subliminal que me llega de los horizontes infinitos del territorio, del lugar elegido para vivir por una familia argentina, amigos míos del alma.
Hace ahora cinco lustros, el eminente psiquiatra Carlos Castilla del Pino, hoy académico de la Lengua, escribió el discurso de Onofre. El libro devino imposible de encontrar hasta que en 1999 fue editado de nuevo. No tengo a mano una cita —creo que de Gabriel Albiac— a la que "obedece" el discurso con categórica exigencia. Pero puedo resumir su sentido. La cita advertía y advierte, a los escribidores, de que no perdamos el tiempo en escribir algo que no vaya a sacudir la conciencia de los lectores con la contundencia de un mazazo. La metáfora es excesiva, pero de eso se trata. El problema reside en que muy pocos están capacitados para escribir de semejante manera; los más hemos de conformarnos con lo que damos de sí, aunque será bueno que de vez en cuando tengamos presente la advertencia, siquiera sea para aligerar nuestros "mensajes" de conspicuas banalidades.
Me voy a permitir, y pido disculpas de antemano, ponerme misterioso; es decir, no voy a revelar ninguna de las claves del discurso. Y no porque tema destripar su argumento como si se tratase de una novela policíaca —algo de eso tiene—, sino porque la maestría del autor para contar lo que tenía que decir reclama que el lector se enfrente "virgen" al relato. Sin más anticipación que las primeras y las últimas palabras de esta nota, un inocente aperitivo.
No es exacto decir que somos lo que leemos, pero es indiscutible que a lo largo de la historia hemos avanzado —y a veces retrocedido— porque "aprendimos" a leer. Es opinable, como algunos creen, que un estado de naturaleza sin libros nos habría hecho mejores. Los últimos grupos tribales que sobreviven en la Amazonia podrían ser un ejemplo, pero no hay vuelta atrás para empezar de nuevo. De modo que el delgado hilo de esperanza que nos queda está en los libros. Ya sea para ponerlos en cuestión, para discutirlos, para hablar de ellos —sin prohibir ninguno— señalando los que sirven y los que no; los que traen la paz y la concordia, frente a los que la quitan, los que proporcionan momentos de respiro en la diaria refriega... ... porque, en este siglo que arrancó con tan malos augurios, no queda margen para dejar escapar una sola línea escrita que tienda a mejorar nuestra muy difícil convivencia. Lo que Onofre pone precisamente de relieve por una vía escatológico-paradójica cuando dice: "Partamos de la hipótesis de que todos somos, permítaseme la metáfora, mierdas".
____________ Córdoba (España), 16 julio 2003
Fernando Anguita B.
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LO INDELEBLE DE LO DELEBLE
Uno cree escribir en el aire y escribe para la eternidad. Escribir un correo electrónico es una experiencia misteriosa, trascendental. Es entrar en el misterio y en la prisión de la red.
Escribimos tecleando, que no es lo mismo que dejar unos rasgos sobre el papel; escribimos mediatizados por el teclado y la pantalla, y vemos unas letras que traducen o traicionan nuestro pensamiento. Al enviar el email desaparece lo que estaba en la pantalla y al desaparecer deja de pertenecernos para entrar en la tela de araña de la red. Y si lo borramos, pensamos que ya no existe.
Los que se dedican a releer y publicar corespondencia de gente importante, creen que en pocos años ya no existirá esa manía voyeurista de introducirnos en la intimidad de los demás como lo es la publicación de epistolarios inéditos. La gente que vive de eso, de buscar, comprar, copiar cartas de próceres o artistas o lo que sea, sufre porque cree que en el futuro no existirá esa actividad, por culpa de los correos electrónicos.
Se olvidan de la red. Ya dijo Lavoisier que en la naturaleza nada se pierde y todo se transforma. Como la luz de las estrellas muertas que llega cuando no están; como el rastro de los amores que creemos olvidados y reaparecen en un signo, un perfume o una melodía; como los espacios que ya no transitamos pero nos atacan de repente al rememorarlos en el lugar menos pensado; como la voz de la amiga muerta que se filtró entre mensaje y mensaje en el contestador automático; como la huella que nos queda en el cerebro o en el alma de cosas vividas que creíamos olvidadas, todo vuelve como un boomerang.
De manera inexorable, los emails vuelven con los llamados virus, se reproducen, se escapan a todas las direcciones de nuestro correo, hacen públicas nuestras fantasías más secretas.
¿Dónde quedan los emails muertos, qué servidores los acumularán y distribuirán cuando yo no exista, qué agente de qué servicio secreto los usará en mi contra?
Sé que todo lo anterior suena mayormente a bolero y quizás le falta música para que lo cante Sandro, pero no hago más que poetizar mi ignorancia y la dura experiencia de recibir respuesta a correos electrónicos que no he mandado y que reaparecen después de años.
Si todo lo sólido se desvanece en el aire, como dijeron Marx o Engels, ¿se desvanece acaso lo etéreo, lo incorpóreo, lo inmaterial?
¿Dónde están mis emails muertos, tan indelebles como la escritura en tablillas de cera o en piedra de aquellas civilizaciones lejanas?
La red es un laberinto sin orillas, la red es tan infinita como la idea de Dios, la red es quizás el infierno tan temido.
Leda Schiavo
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UN NUEVO DICCIONARIO DE LOS MONSTRUOS
Para un cumpleaños no muy lejano, mis sobrinas me regalaron el diccionario de los monstruos de Massimo Izzi. Diablos, ogros, criaturas monstruosas de todo tipo del imaginario universal.
Dice Izzi que su interés se ha dirigido a catalogar los seres del imaginario de diversas culturas en cuyo aspecto o en cuyas pautas de comportamiento o de manifestación se evidencian anomalías o variantes sustanciales respecto de la realidad natural con las que están familiarizadas esas culturas, o sea: deformaciones o combinaciones de la realidad conocida.
Porque es cierto, para llegar a la monstruosidad, no se necesitan mutaciones espectaculares.
Mi entorno, lo constituyen personas que con todas las diferencias que hacen del individuo un ser único, tienen características comunes: participan de la verdad, la honestidad, la lealtad.
A veces el azar nos pone en contacto con seres que bajo la apariencia de personas, esconden deformaciones profundas. Por lo general carecen de inteligencia y de cultura, casi siempre despotrican contra el mundo y pregonan ideologías. Algún tiempo guardan las apariencias, pero más tarde o más temprano, manifiestan esas deformaciones o combinaciones de la realidad conocida, es decir, muestran la hilacha.
Sería interesante un nuevo diccionario que catalogara a estos monstruos, que pudiera definir el aspecto híbrido, deforme o monstruoso que encierran en sus actitudes humanas. No las grandes pasiones, que pueden ocasionar tragedias, pero que tienen grandeza aun en el horror, sino un diccionario de las mezquindades, de la mediocridad, en definitiva.
Sonia Otamendi
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LA FUSIÓN SENSORIAL DE LAS ARTES<br />
POR EL MEDIO Y LA MACROOBRA
La fusión sensorial de las artes por el medio es una concepción diferente de lo que comúnmente se llama obra colectiva. La diferencia consiste en que mientras la obra colectiva es el producto de dos o mas artistas, trabajando sobre una obra determinada, la fusión de las artes por el medio, es el producto de varias obras que fueron pensadas individualmente, que se fusionan en un continente (entiéndase ámbito en que se desarrolla la muestra) el cual se constituye en parte de una macroobra.
No se trata solo de una percepción sincrética, sino de la vivencia de una obra de obras en la que cada elemento tiene un sentido propio e interactúa con las partes y las resignifica, a la ves que es resignificado por ellas. Es decir que en esta circunstancia estética, todo elemento que se incorpore, desarrolla en si mismo y produce en el contexto un proceso de resignificación.
Si entendemos que el artista y el espectador son elementos que se incorporan en la macroobra, no es difícil entender que dadas las circunstancias, todos pasan a ser partes integrantes de esta, y que desempeñan un papel estructural, ya que solo con moverse, están resignificando el ambiente para los otros y para ellos mismos, porque cambiando de lugar, también cambia el punto de percepción, enriqueciendo de esa manera la experiencia estética.
Federico Pablo Blanco
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"SEÑOR QUIJOTE MÍO"
Una reflexión sobre el idealismo
Hay personajes que, por su trascendencia, aunque en su origen fueran de ficción han tomado carácter de históricos. Es el caso de Don Quijote y su escudero Sancho, prototipos del idealismo uno, y de la simplicidad otro, sin faltar otros cercanos al ilustre caballero como Dulcinea del Toboso, a los que hace unas semanas pudimos ver en el espacio escénico de la Sala Ensayo 100, de Madrid. El "milagro" de ver en carne y hueso a los dos personajes vino de la mano de la compañía Perro Teatro, de México, dirigida por Gilberto Guerrero, y con interpretación de Fernando Morales, Tomihuatza Xelhuantzi, Víctor Roldán y Gema Aparicio.
No es posible, naturalmente, sintetizar las más de 1.500 páginas de los dos volúmenes que escribió Cervantes al tiempo convencional de una función de teatro, pero sí, como hicieron los de Perro Teatro, elegir unas cuantas escenas o pasajes como la lucha con los molinos de viento, el ataque al rebaño de ovejas, el nombramiento de Sancho como regidor de la Ínsula de Barataria o la confusión de una bacía de barbero con el Yelmo de Mambrino, para mostrar muchos de los valores que se encierran en el texto cervantino.
A través de las diferentes escenas, interpretadas en clave de "Comedia dell'arte" y de clown, vemos a un idealista Don Alonso Quijano en oposición Sancho cuyo idealismo no va más allá de lo que ve y palpa.
No es cuestión de contar aquí, por sabido, el complejo argumento de "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", sino de comentar cómo, por medio de las artes escénicas, se nos puede hacer reflexionar sobre los ideales que el ser humano debe tener, tan importantes en un mundo como el de hoy, dominado por la economía y el egoísmo personal. Una forma de ser y actuar que puede ser tachada de utópica, pero que invita a mantener esa utopía en la búsqueda de un mundo mejor; sin perder de vista el plano real de la vida como bien hace el escudero Sancho Panza.
El acierto, a mi modo de ver, de la compañía mexicana no está sólo en mostrar la ideología de ambos personajes, sino de hacerlo de una forma plástica admirable pues con el vestuario, la sencilla escenografía, la interpretación (el gesto y el movimiento) y el texto muy bien dicho, arranca sonrisas al espectador, le hace imaginar más allá de lo que ve y reflexionar.
Espectáculos como el que comentamos le hacen a uno sentir más amor por el teatro y volver a él en la primera ocasión.
Salvador Enríquez
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