a PORTADA

<Nº 5

Agosto de 1999 - Nº 6

N° 7>

 

EL LEGADO DE BORGES
Miguel Ángel Morelli

LAS FORMAS DEL TIEMPO
Claudio Mangifesta

BORGES, EL MAYOR POETA
Carlos Costantini

BORGES Y YO
Leda Schiavo

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EL LEGADO DE BORGES

Reconocido en todo el planeta como uno de los grandes escritores de este Siglo, venerado por propios y extraños, aceptado finalmente en su propio país (acaso el único lugar adonde se lo discutió en su momento), Jorge Luis Borges acapara hoy tanto los titulares de los principales diarios como los de las revistas especializadas, no pocos espacios radiales y hasta incluso varios de esos “especiales” con los que de vez en cuando nos sorprende, saludablemente, la televisión (y todo por no hablar de las páginas de Internet: su nombre es uno de los mas “visitados”, a estas horas, por legiones de cibernautas ávidos de conocerlo).
El mundo, en fin, le rinde tributo a días de celebrarse el centenario de su nacimiento.
Bueno resulta, entonces, aprovechar la ocasión para interrogarnos sobre cuál es, en definitiva, la herencia que legase este maestro de las singularidades.

Tengo para mí, que por encima de sus quilates como narrador insuperable, su extraña lucidez como ensayista o sus dones de poeta, Borges dejó para la humanidad (y muy especialmente para su patria, que tanto le dolía), un legado ético que se agiganta en estos tiempos tan escaso de moral como huérfanos de buenos ejemplos. Borges ya resulta un referente insustituible a la hora de pensar en lo por venir, un faro que ilumina los oscuros laberintos que el futuro nos propone.

Borges logró cohesionar sino y obra, vida y creación. ¿Seremos capaces sus herederos de hacer lo propio galvanizando nuestra tarea individual a un destino manifiesto de nación?

Miguel Ángel Morelli

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LAS FORMAS DEL TIEMPO
(Temporalidad en la obra de Aldo Severi)

Recorrer el taller de un pintor es siempre una experiencia intensa; mucho más cuando el artista es Severi. Uno respira su pintura, y el clima que a uno lo envuelve lo traslada a dimensiones o territorios imprevistos: un cuadro de gran dimensión apoyado sobre una pared, describe una ventana abierta de una casilla de un barrio porteño. En una invitación a entrar por la ventana y saludar a sus moradores, seguros de que nos están esperando. En otra obra, un cortejo fúnebre avanza por una de esas esquinas doradas de la Boca, presentificando que el ser humano es el único ser que puede anticipar por la palabra, su propia muerte. Más allá, una tercera obra despierta sensaciones sorprendentes: una vista del inmenso puente de metal sobre el Riachuelo, esa extraña estructura a la que nos hemos acostumbrado ya de tanto pasar frente a ella.

Sin embargo esta vez, puedo “recobrar” una sensación olvidad. Me siento como un niño frente a esa inmensidad erigida como un elefante que desde lo alto saluda a un pequeño. Siento un vértigo especial. Se lo digo al pintor, quien me dice –mientras se sonríe- que ha querido recuperar en su pintura muchas de aquellas sensaciones infantiles de los años vividos en aquel barrio porteño. La experiencia y el diálogo son verdaderamente enriquecedores...

Pasado algún tiempo, después de una de sus exposiciones en Palatina, me encontré escuchando comentarios –algunos escritos en diarios capitalinos- que describían su pintura como nostalgiosa y vuelta hacia el pasado, lo que me movió a hacer algunas reflexiones que aquí transcribo:

Arrancarle un pedazo de fuego a la eternidad, hacer de la memoria una pura trascendencia, destruir toda unicidad del tiempo (no hay una forma única del tiempo[), es oponerse a las líneas formales, cronológicas del tiempo de la sucesión. Oponerse a los ciclos irreductibles, a las fechas absolutas. Abrir en el espacio estético un lugar para que diferentes temporalidades se conjuguen entre sí. Temporalidades del inconciente; tiempos de anticipaciones y retroacciones, de resignificaciones; tiempos de música (Aldo es un músico que escribe con pinceles, pinceles que esperan los ojos nuevos, los ojos futuros).

En su obra, “habla de otros tiempos”. Si, en sus telas se inscriben otras temporalidades. Pero no para decir que todo tiempo pasado fue mejor. Contrariamente a lo que pueda parecer, Aldo no es nostálgico (por lo menos no es nostalgioso): con sus trazos coloridos y vibrantes, no pinta para el ayer sino para el porvenir. Así, lo que pinta hoy va al encuentro con lo que vendrá. Estoy, por tanto, seguro que el mañana amanecerá –dentro de muchos años- y la obra de Aldo estará allí, esperándonos en el horizonte para que podamos producir con nuestra mirada nuevas significaciones sobre la vida.

Claudio Mangifesta

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BORGES, EL MAYOR POETA


La poesía es, para Borges, la “inminencia de una revelación que no se produce”, la fruición incomparable de las vísperas, hecho jubiloso y paradójico, en el que la esperanza se abre hacia un reino de sombras. Más allá no se encuentra el vacío sino el límite entre la escritura y el misterio. Por eso, la metáfora, los espejos, los laberintos, el derivar continuo hacia “la maravilla y un privadísimo sentido último” que seguramente no excluye el riesgo asumido de la muerte.

¿Por qué un esteta exquisito, un metafísico empedernido, un erudito desmesurado, genera, como ningún otro, el lenguaje de la escritura argentina, es decir la obra proteica por la cual después de Borges nadie puede escribir como antes? Acaso por lo que precede: como nadie, Borges abre las paradojas que nos contienen y encierran: el coraje y el pudor, la miseria y la exaltación del todo, el juego interminable sobre el incierto y especular tablero del destino, el desarraigo de las raíces, y la emoción del tango y el arrabal que nos sostuvo, y otras múltiples que podrían agregarse. Borges rompe con toda la retórica que lo precede para crear la propia, como aquel emperador chino de sus recuerdos, que quemara todas las bibliotecas y construyera la muralla gigantesca.

Para muestra, baste este soneto que un Borges enamorado, frustrado y profundo, que de la nada, y sin salir de ella, sueña “cierta esquina”.

Ya no se es feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo.
Un instante cualquiera es más profundo
Y diverso que el mar. La vida es corta
Y aunque las horas son tan largas, una
Oscura maravilla nos acecha:
La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
Que nos libra del sol y de la luna
Y del amor. La dicha que me diste
Y me quitaste debe ser borrada;
Lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el gozo de estar triste,
Esa vana costumbre que me inclina
Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Carlos Costantini

N de la E.: Este soneto es el segundo de dos que llevan por título “1964”, del libro “El Otro, el Mismo”.
El cuento aludido se llama “La Muralla y los Libros”, y pertenece a “Otras Inquisiciones”

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BORGES Y YO


Conocí a Borges como profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras. Estábamos entonces en la calle Viamonte y Reconquista y los alumnos éramos, casi sin excepción, las “chicas de letras”. Borges llegaba, pasaba la puerta de clase mirando para arriba, subía a la tarima sobre la que estaba el escritorio y comenzaba a hablar monótonamente, siempre mirando para arriba. Lo escuchábamos religiosamente porque la comunicación trascendía la palabra misma, no era un profesor que hablaba, era el poeta en función casi sacerdotal y nosotras, pobre alumnas abotagadas, lográbamos darnos cuenta. Lo mejor era cuando Borges recitaba, siempre de memoria, a los clásicos ingleses. Entendíamos pocas palabras, pero el milagro musical nos traspasaba. Una vez, un chico de la FUBA quiso agredirlo, y me puse en el medio. Así me enteré que Borges era de derechas. Yo le dije que Borges era Borges, aunque fuera de derechas, y lo sigo pensando.

La última vez que vi a Borges fue en Chicago. Estábamos en guerra por las Malvinas y Borges dijo que no contestaría a ninguna pregunta sobre la guerra. Lo quisimos igual. Me acerqué con “La Cifra” para que me lo firmara y cuando se lo puse delante me dijo -¿qué es?-. Como lo sostenía mirando la foto que estaba en la tapa, le dije –ahora es un espejo-. Entendió y se río con su risa de niño grande. Me ha ocurrido muchas veces estar en un país extranjero y sentirme sola. Busco entonces un libro de Borges y al leerlo, me siento en casa.

Leda Schiavo

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Todo delSUR

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