a PORTADA

<Nº 75

Agosto 2006 — Nº 76

N° 77>


Escuela Municipal de Bellas Artes
«Carlos Morel»: ELOGIO DE LOS NOMBRES
R.R. / Claudio L. Pérez

BELLAS ARTES
Miguel Angel Morelli

MIS ALUMNOS
Graciela Reyes

EL ARTE ES PELIGROSO
Roberto Enrique Rocca

DEL PODER DEL CONDADO
Fernando Anguita B.

ESPERANDO EL TELEGRAMA
Hilda Paz

OTROS
Bioy Casares / Brecht / Canetti
Cortázar / Borges

fab9

Escuela Municipal de Bellas Artes
«Carlos Morel»: ELOGIO DE LOS NOMBRES

"... el arte es peligroso para los imbéciles y los poderosos, sobre todo cuando estos imbéciles y poderosos lo hacen peligrar. Y cuando lo apoyan terminan por corromperlo, porque el arte es esencialmente transgresor y si se lo doma deja de ser arte.
Que los chicos de la EMBA, que los docentes de la EMBA, y todos los que creemos en el arte, mantengamos alta nuestra protesta..."


Carta de Belén
Belén pasó con su abuela por la EMBA y se paró a leer todos los carteles. Miró a la abuela y le dijo: "están matando el arte". Me mandó un mail que dice...

R.R.


ELOGIO DE LOS NOMBRES

«A docentes y alumnos de la Escuela Municipal de Bellas Artes Carlos Morel »

FUNDACIONES:
Carlos Morel: primer pintor argentino, vecino de nuestra comunidad de Quilmes a partir de aproximadamente 1870. Refiriéndose al grupo de pintores que integraba Carlos Morel dijo Marcos Sastre en 1837 al inaugurarse el Salón Literario: "...presiento que de todos ellos se gloriará algún día la Nación".
Enrique Bicocchi: Concejal y Presidente de la Comisión de Cultura. A su iniciativa debemos el surgimiento de la Escuela Municipal de Bellas Artes de Quilmes en 1942.
Lombardo King: Concejal. Plantea en la reunión del Concejo: "...ya hace más de un siglo fueron creadas en varias grandes y pequeñas ciudades de Europa escuelas nacionales o comunales de Bellas Artes... con un número de habitantes mucho menos numeroso de los que posee Quilmes en la actualidad".
Francisco Fernández, José Craviotto, Víctor Roverano: los tres sostuvieron el nombre de Carlos Morel para nuestra EMBA.

LOS QUE ESTUVIERON, LOS QUE ESTAN

Gabriela Alonso, Roberto Angeleri, Marcelo Aguilar, Juan Aragón Luna, Alejandra Bagolini, Horacio Beccaría, Juan Bordalejo, Mónica Capra, Oscar Capristo, Rodolfo Caracciolo, Lidia Castellini, Pedro Costa, Marta Cattoi, Adriana Di Notto, Horacio Farías, Leopoldo Fuchshuber, Leonardo Gay, Raquel Goya, Raúl Lacabanne, Juan Carlos Lombán, Estela Lopardo, María Teresa Luengo, Fernando Maglia, Claudio Mangifesta, Leandro Manzo, José María Molinari, Manuel Oliveira, Roberto Páez, José Eduardo Pardo, Hilda Paz, Julio Paz, Ludovico Pérez, Otilia Porcel, Brenda Reninson, Rubén Rey, Juan Ringer, Daniel Salvanescki, Mara Sánchez, Aldo Severi, Ricardo Tau, Sepucio Tidone, Leovigildo Uribbarri Inchausti, Ofelia Vidal de Temperley, etc.

En este caso el "etc." está sobradamente justificado. La lista no es exhaustiva. Se ha intentado mencionar a los docentes de la EMBA que además de formar profesores en Bellas Artes y artistas, han logrado que el nombre de nuestra Escuela se conozca en ciudades tan lejanas como Tokio, Estocolmo, Milán, Madrid.
Han ganado premios, ejecutado instrumentos, pintado murales o miniaturas, levantado estatuas, escrito historias (entre ellas la de "la Morel"), compuesto melodías.
Pintaron cristos y obreros en lucha, pájaros, nacimientos y retratos de seres que amamos u odiamos con igual intensidad. Grabaron sobre piedra, madera y metal mensajes claros como consignas o enigmáticos como las palabras de cualquier religión. Algunos interpretan raros instrumentos, soplan o pasan las manos sobre cosas que suenan como primeras palabras. Otros se convierten, sobre cualquier escenario, en paradigmas del género humano, representaciones en las que aprendemos cómo responder al engaño, a la virtud, a la miseria o a la guerra. Construyeron para sus alumnos el único país de la tierra donde impera la libertad (un profundo país que está también en nosotros, esperando), y allí los dejaron experimentarla para construir ciudades inexistentes, alfabetos, animales fabulosos, campesinos en tierras pródigas.

Han hecho la Escuela, la sostienen, no para sí mismos, sino para todos, especialmente para nosotros, habitantes de Quilmes. Ahora están siendo expulsados de nuestra Escuela, de nuestra comunidad. Ellos padecerán, pero seguirán forjando un arte a prueba de vicisitudes, burócratas y enanos mentales. Sus alumnos padecerán mucho más, aprenderán duramente el lenguaje del poder y terminarán creyendo que la democracia es el mejor de los engaños que inventaron los griegos. La comunidad padecerá por siempre este embate.
Podríamos hacer de Quilmes, con estos y otros artistas, una ciudad para la cultura, reconocida por su arte, y de "la Morel" el polo de atracción de la misma. Algunos lo están intentando y sin duda lo lograrán, penando, como se logran las cosas en este país. Otros parecen buscar un lugar de contendientes en una batalla que ya perdieron, hagan lo que hagan con nuestra Escuela, sus profesores y alumnos.
¿Destruirá la democracia lo que no logró destruir la dictadura?

R.R. / Claudio L. Pérez

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BELLAS ARTES

La Escuela Municipal de Bellas Artes "Carlos Morel" de Quilmes, es uno de los establecimientos de enseñanza artística más prestigiosos del país, y el más antiguo en su género de la provincia de Buenos Aires. Cuenta con 64 años de vida y alrededor de 3000 alumnos. Sin embargo, hoy atraviesa por uno de sus momentos más difíciles. Jaqueada por el poder político de turno, corre el riesgo de ser cerrada definitivamente.
Ante las amenazas recibidas, (más modificaciones arbitrarias en el Estatuto, la anulación de la equiparación con los docentes de la provincia, persecuciones de todo tipo y un escandaloso operativo el fin de semana pasado), los alumnos decidieron ocupar las instalaciones... y responder con "arte" a las agresiones (ni quema de gomas, ni enchastres en las paredes, ni cortes de calles, ni pintadas en los frentes de las casas de los vecinos: SOLO ARTE COMO RESPUESTA
Vale la pena que esto se difunda. Vale la pena que la gente lo conozca. Vale la pena que el periodismo se haga eco y lo muestre.

Miguel Angel Morelli

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MIS ALUMNOS

La gran obsesión de mi vida ha sido siempre el lenguaje: su estructura y, sobre todo, el modo en que sus usuarios lo hacen funcionar. Durante años, esta obsesión fue secreta. De chica, inventaba teorías estrafalarias que escribía con tiza en una mesa vieja que estaba en el altillo, porque a mis maestras mis preguntas les parecían impertinentes (lo eran) y luego, en la secundaria, a mis profesores solamente les importaba machacarnos las reglas de corrección. En la facultad, cuando por fin me enseñaron las disciplinas básicas de la lingüística, me ratifiqué en mi idea de que, más acá de los algoritmos de la gramática mental que estudiábamos, hay hablantes, hablantes que intentan expresarse y entender a los demás mediante el lenguaje. Yo quería estudiar eso, cómo usamos el lenguaje para comunicarnos. Nadie me hacía mucho caso. Hasta mis mejores amigos ponían los ojos en blanco cuando los interrumpía para preguntarles cosas como "¿por qué dijiste 'por poco NO me mato', por qué usaste NO?" "¿Está mal dicho?" preguntaban, y yo decía que no, que no, que yo sólo quería analizar ese uso peculiar. Cuando intentaban recordar las reglas del colegio, yo les explicaba mis teorías, y ellos huían.

Tuve grandes maestros en Buenos Aires y después en Madrid, y a ellos les debo lo esencial, pero el uso del lenguaje lo estudié yo sola y a escondidas, leyendo sobre todo a los filósofos, porque la lingüística de entonces no explicaba lo que los hablantes quieren decir cuando usan el lenguaje, solamente estudiaba lo que dice el lenguaje. Durante mis años de mayor pobreza, cuando escribía la tesis sobre otros temas y me ganaba el pan haciendo traducciones, tuve una vida doble, feliz pero incompleta, porque una verdadera obsesión se satisface cuando se puede hablar de ella con alguien, si es posible todo el día, y más aún cuando se puede contagiar a otros, cuando, oh maravilla, el otro tiene la misma obsesión y la misma mirada enloquecida y las mismas manos temblorosas que apuntan el mismo ejemplo en un papel y le dan cien vueltas para saber por qué eso significa eso en tal contexto.

Cuando gané mi primer puesto en Chicago, enseñé gramática a mi modo, dedicando medio curso, por ejemplo, a analizar la gramática en conversaciones auténticas que yo había grabado. De mi grabador salían las voces de hablantes reales, y estudiábamos los significados de esos hablantes, no ejemplos sueltos. Después, un día fausto, pude enseñar el significado lingüístico, así a secas, llamándolo significado, llamándolo semántica y pragmática, y, para mayor felicidad, los alumnos que hacían el doctorado conmigo se entusiasmaron por las mismas cosas que yo, que todavía eran grandes novedades. Desde entonces, durante más de dos décadas, he disfrutado de la complicidad de jóvenes que estudian lo mismo que yo, conmigo.

Ahora mi materia, la pragmática, ya no es nueva ni desconocida. Hay revistas, congresos, y más artículos y libros de los que puedo leer, y tengo muchos colegas y amigos que trabajan con los hablantes reales. No estoy sola, podría no necesitar ya a los alumnos. Pero los necesito. Por ellos, tanto los entusiastas como los más indiferentes, aprendí a poner todo en limpio, a explicar, a clarificar. Por ellos intenté ser una profesora y no una incoherente narcisista. Cualquiera haya sido mi éxito en ese esfuerzo, a ellos les debo el refinamiento de mis obsesiones y el placer de compartirlas diariamente. Hubo una época en que todos anotábamos lo que oíamos por allí, y nos reuníamos los viernes para hablar de lo que habíamos anotado. Teníamos un taller, que se llamaba socarronamente el Círculo Pragmático, donde hablábamos por horas, tomando una copa de vino o dos, y riéndonos mucho. Podíamos definir qué era la ironía y qué diferencia una implicación lógica de una voluntaria, entre otras cosas fascinantes. Yo les aconsejaba que no hablaran de esos temas con sus novios y novias. Aquella obsesión mía, por la que me quemé las pestañas en tantas bibliotecas, se la regalé a mis alumnos, y ellos me la regalaron otra vez a mí, embellecida. Sin ellos, mis obsesiones serían meramente obsesiones.

Graciela Reyes

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EL ARTE ES PELIGROSO

El arte es peligroso (para los imbéciles y los poderosos) sobre todo cuando estos imbéciles y poderosos lo hacen peligrar, porque es entonces cuando las fuerzas del espíritu luchan por emerger.
Escribe Sarmiento, en el capítulo tercero del Facundo: Con esta sociedad, pues, en la que la cultura del espíritu es inútil o imposible; donde los negocios municipales no existen; donde el bien público es una palabra sin sentido, porque no hay público, el hombre dotado eminentemente se esfuerza por producirse, y adopta para ello los medios y los caminos que encuentra".

Por eso es que se da la paradoja de que el arte florezca, como estuvo en estos días floreciendo en las calles, en situaciones de opresión y desidia. Por el contrario cuando el poder lo apoya termina por debilitarlo y corromperlo, porque el arte es esencialmente transgresor y si se lo doma deja de ser arte.
Tengámoslo presente en este momento, en que la alianza entre la ignorancia y la prepotencia nos obliga a reaccionar. Que los chicos de la EMBA, que los docentes de la EMBA, y todos los que creemos en el arte mantengamos alta nuestra protesta. Y que esta sea lo más artística posible. Vale decir que duela y cueste trabajo a quien lo haga y haga doler y trabajar a quien lo reciba.
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Roberto Enrique Rocca

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DEL PODER DEL CONDADO

Hace pocas semanas concluyó en el segundo canal de TVE una entrega de la serie «The West Wing"», la que cierra con el episodio titulado Posse comitatus. Según comentó hace cuatro años Dolores Graña en LA NACIÓN, ese episodio se emitió en Argentina por entonces. Imagino que el lector de esta nota, si es que lo vio, lo tiene casi olvidado. En mi opinión, no es ocioso recordarlo.

El empleo de frases latinas cortas, como latiguillos, no es infrecuente en el periodismo español; me parece más raro en el argentino y, desde luego, por su menor "papel" etimológico, difícil de encontrar en la prensa norteamericana. Por tanto, que el latín apareciera en primer plano, nada menos que titulando un episodio de los 156 que cerraron la exitosa serie en USA el pasado mes de mayo, sólo se explica por los fundamentos jurídicos que aprovechó el guionista para centrar su tema.
En el ordenamiento común de los Estados Unidos, el sheriff de un condado puede reclutar civiles para que le asistan en circunstancias extraordinariamente graves. Ese es el significado que toma el ejercicio del posse comitatus, the power of the county, el poder del condado. Sin embargo, el guión de referencia iba más allá, tiraba por elevación al imaginar una situación extrema que previó la Posse Comitatus Act, la ley que nació en 1878 con ese nombre para regular la intervención del ejército en asuntos de competencia civil.

The West Wing El ingenio de Aaron Sorkin, director y guionista de la serie hasta la quinta entrega, colocó al "presidente" de la nación ante el dilema de dejar salir del país a un diplomático terrorista sin juzgarlo (porque las pruebas que lo inculpaban fueron obtenidas bajo tortura), o de autorizar los planes que le presentaba la panoplia del alto mando al completo (para ejecutarlo bajo engaño, en secreto, y fuera del territorio americano). La ficción es lo bastante verosímil para hacernos pensar que en el caso de producirse una situación semejante, la solución real caería del mismo lado. Los escrúpulos morales del presidente se mantienen hasta el último segundo, pero de hecho ya quedaron apartados cuando su jefe de Gabinete responde a sus dudas para autorizar el crimen: —Porque usted ganó, señor—, le dice.

Los ciudadanos corrientes nos escandalizaríamos ante una respuesta de ese tipo, pero lo cierto es que ninguno ganamos ni vamos a ganar una elección presidencial. La falacia, la perversión de la democracia para muchos, reside ahí. El elegido, el que ganó, puede y tiene que decidir por encima del bien y del mal. En los Estados Unidos encontraron dos palabras latinas para legalizarlo, en muchas otras democracias no parece que haga falta.
Los países pequeños sólo podemos disimular nuestra dependencia de las decisiones de los grandes saliendo a la calle con pancartas. Y más nos vale que la cosa no pase de ahí. La escalada del presente conflicto, en lo que para Europa es Oriente Próximo, va a obligar a los gobiernos a definir su postura más allá de declaraciones electoralistas. Imagino a las cabezas integrantes de los comités asesores echando humo. Literalmente. La última palabra, sin embargo, la tienen los líderes, los presidentes. Tanto ustedes como yo podemos vernos convertidos en pocas semanas en propalestinos antisemitas o en prosemitas antiislamistas. A la vez estaremos tratando de entender las razones del líder que nos haya hecho eso, y a quien, a lo mejor, ni siquiera votamos.
Ya no nos van a preguntar. Esa es la realidad última, se tenga o no se tenga poder del condado al que encomendarse.
También está, o estaba, el acto de contrición.

Fernando Anguita B.

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ESPERANDO EL TELEGRAMA

Miro el buzón y aun no llegó el aviso de despido a mi cargo docente de la E.M.B.A.
Pienso en mi primer maestro, Uribarri que a los quince años nos llevaba a pintar el atardecer en el balcón del teatro de la antigua Bellas Artes. Nos mostraba el cielo cayendo en rojos, los azules, las estrellas que se aproximaban y nos decía: pinten, que es único e irrepetible, mañana volveremos en otro atardecer y nosotros seremos otros. Miren, hablen, confíen en lo que ven; los ojos no mienten.

¿Ven esos pájaros, son pájaros o son colores? Decídanlo ustedes.

Y uno, con una suerte de pincel mágico, usaba el color como arma, para comprender el universo que se atrevía en nosotros.
Y hoy esperando el telegrama me asalta este recuerdo tantos años después porque creo que toda esa memoria está en las paredes que hoy callan y en esta escuela que quieren cerrar porque no comprenden el misterio.

Y soy una mancha, un color, un pájaro.
¿Soy?
La escuela es
¿Será?

Hilda Paz

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TEXTOS de OTROS


ARTISTAS

Adolfo Bioy Casares

Esta es una historia de tiempos y reinos pretéritos. El escultor paseaba con el burócrata por los jardines de palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los artistas decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba del triunfo del arte sobre las miserias del poder, advirtió en el rostro del burócrata una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo —sin duda estaba pensando el tirano— es capaz de lo que Yo soy incapaz?". Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que podría salvarlo. "Por humildes que sean —dijo indicando al pájaro— hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros". Pero sólo estaba contando con la ignorancia o la estulticia del burócrata.
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adaptación de C. Morel, Quilmes, julio de 2006

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GALILEO GALILEI (1955)

Bertold Brecht

GALILEO. (...) ¿Qué quiere decir con eso?
EL BURÓCRATA. — Sería mucho más provechoso, Señor Galilei, que nos explicara las razones que lo llevaron a suponer que existen esos astros.
OTRO BURÓCRATA.— Sí, las razones, señor Galilei, las razones.
GALILEO. —¿Qué importan las razones si con una mirada a los astros mismos, y mis notas, el fenómeno queda perfectamente demostrado? ¡Señores, esta discusión es absurda!
EL BURÓCRATA.— Si supiéramos con seguridad que no se va a irritar aún más de lo que está, podríamos agregar que lo que muestra su anteojo y lo que muestra el cielo bien pueden ser dos cosas completamente distintas. (...)
OTRO BURÓCRATA.— Jef... Alteza, mi distinguido colega y yo nos apoyamos nada menos que en la autoridad del divino Aristóteles.
GALILEO.—La fe en la autoridad de Aristóteles es una cosa; los hechos que se pueden tocar con la mano son otra cosa. Señores, les ruego, con toda humildad, que confíen en sus propios ojos.
EL BURÓCRATA.— Mi estimado Galilei, yo tengo la costumbre de leer a Aristóteles, y le aseguro que en ese caso sí confío en mis propios ojos.
GALILEO.— ¡Pero Aristóteles no tenía telescopio!
OTRO BURÓCRATA.— Ni falta que le hacía...
EL BURÓCRATA.— Si lo que aquí se pretende es enlodar a Aristóteles, cuya autoridad ha sido reconocida no sólo por todas las ciencias de la antigüedad sino también por los Santos Padres de la Iglesia, debo decir que me parece inútil continuar con esta discusión.
GALILEO.— ¡La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad! Nuestra ignorancia es infinita; ¿por qué no tratamos de reducirla aunque sea en un milímetro?, ¿por qué, en lugar de querer parecer tan sabios, no tratamos de ser un poco menos ignorantes?
EL BURÓCRATA GENUFLEXO.— Jef...Alteza, yo me pregunto simplemente adónde nos conduce todo esto.
GALILEO.— Y yo me inclinaría a pensar que a los hombres de ciencia no nos corresponde preguntarnos adónde puede conducirnos la verdad.
EL BURÓCRATA GENUFLEXO.—¡Señor Galilei, la verdad puede llevar a los peores extremos!
GALILEO.— Alteza, esta noche cientos de telescopios como éste apuntan hacia el cielo desde toda Italia. Los nuevos astros no aumentan vuestras prebendas, es cierto, pero nunca habían sido vistos antes. Y, sin embargo, existían. De este hecho el hombre de la calle deduce que seguramente hay muchas cosas que podría ver con sólo abrir un poco los ojos. Y a ese hombre le debemos una explicación. No son los movimientos de algunos lejanos astros los que hoy hacen hablar a toda la ciudad, sino la noticia de que doctrinas que hasta ahora parecían inconmovibles han comenzado a resquebrajarse. (...)

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LA ANTIMETAMORFOSIS

Elías Canetti

El poderoso, consciente de su ánimo hostil, no puede engañar a todos mediante la simulación. Hay otros que, como él, ambicionan el poder, no le reconocen y se sienten rivales suyos.
Con ellos ha de permanecer siempre en guardia: pueden resultarle peligrosos. Espera el momento adecuado para "arrancarles la máscara del rostro". Se muestran entonces sus verdaderas intenciones, que él ya conoce por sí mismo. Una vez desenmascarados, se vuelven inofensivos. Si conviene a sus fines, puede dejarlos con vida la primera vez. Pero cuidará de que no puedan recurrir una vez más a la simulación y no apartará la vista de su verdadero ser.
Las metamorfosis que él mismo no imponga a los demás, le resultarán incómodas. Puede que promueva a puestos más elevados a la gente que le es útil. Pero la transformación social que así provoque deberá estar estrictamente delimitada, ser inmutable y hallarse enteramente en sus manos. Mediante ascensos y descensos asegura que a nadie le sea permitido arriesgar un salto por iniciativa propia.

[...] La antimetamorfosis lleva, por acumulación, a una reducción del mundo. No da ningún valor a la riqueza de sus manifestaciones, y toda multiplicidad resulta sospechosa.
Todas las hojas son iguales y están secas, ya son polvo; todos los relámpagos se extinguen en una noche hostil.
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de «Masa y poder», Barcelona, Debolsillo, 2005

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UN CUENTO SIN MORALEJA

Julio Cortázar

Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, esloganes, membretes y falsas ocurrencias.
Por fin el hombre supo que había llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del país, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.
—Vengo a venderle sus últimas palabras — dijo el hombre—. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo.
—Traducí lo que dice— mandó el tiranuelo a su intérprete.
—Habla en argentino, Excelencia.
—¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada?
—Usted ha entendido muy bien —dijo el hombre —.Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.
El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias , y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos.
—Es lástima— dijo el hombre mientras se lo llevaban—. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotar por primera vez naturalmente, usted no podrá decirlas.
—¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? —preguntó el tiranuelo ya frente a otra taza de café.
—Porque el miedo no lo dejará —dijo tristemente el hombre—. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frío, los dientes se le entrechocarán y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso sí lo articulará sin esfuerzo), se impacientarán y lo ahorcarán.
Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.
Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegándole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuáles hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.
Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.
Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.

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DOS TEXTOS

Jorge Luis Borges

CÓMO NACE UN TEXTO

Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder.
En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."
El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula "por fantástica que sea" crea, por el momento, en la realidad de la fábula.
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EL POETA DECLARA SU NOMBRADÍA

El círculo del cielo mide mi gloria,
las bibliotecas del Oriente se disputan mis versos,
los emires me buscan para llenarme de oro la boca,
los ángeles ya saben de memoria mi último zéjel.
Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia;
ojalá yo hubiera nacido muerto.

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Todo delSUR

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