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MANUEL OLIVEIRA
Miguel Angel Morelli
PRETEXTO
Claudio Leopoldo Pérez
LA ARRUGA ES BELLA
Graciela Reyes
DEL MOVIMIENTO PENDULAR
Fernando Anguita B.
EL GRABADO. UNA INCISION EN EL CUERPO
Hilda Paz
GUANTÁNAMO
Leda Schiavo
DESDE LA BUTACA SOBRE FLANDES, de Bruno Dumont
Josefina Sartora
OTROS
Rodolfo Alonso / Jacques Barzun / Paul Auster
fab9
PRETEXTO
Oiga dice Vea... Vamos a suponer que yo... para empezar... escribo: Quisiera citar... a Bajtin... en su reconocimiento y elogio... de la obra de Rabelais. Y continúo: Dése por hecho. Asúmase que la cita figura como epígrafe, arriba, al comienzo. Una cita que no ha sido escrita.
Mira alrededor con desconfianza, como si alguien estuviese tratando de escuchar sus palabras.
Usted ¿podría leer allí la conciencia de la falta? Si puede sigue si llega a poder, estaría intuyendo un texto que se sostiene sobre dos ausencias: el principio y el final. ¿Entiende no?
La última parte de la frase, que dice de corrido, aún cuando incorpora un hiato, más sugerido que real, cuando gira la cabeza y observa con prevención como si alguien acechara tratando de escucharlo, parece pertenecer a un guión, a un parlamento aprendido de memoria que saca a relucir cuando la ocasión lo amerita. El lenguaje es formulario y puede remitir tanto a una profesión liberal surgida de presiones familiares, como a un ejercicio de retórica barata aprendido en comités de provincias.
¿Existe? ¿Se puede afirmar que existe un texto suspendido, por llamarlo de alguna manera, entre estas omisiones? pregunta elevando el tono de la voz que se vuelve vigorosa y juvenil, mientras mojando apenas la punta de los labios, cautelosa y sobriamente, liquida medio vaso de Gancia con gin y hielo. Y sonríe, satisfecho.
Administra las palabras por encima del ruido seco de las bolas de marfil entrechocándose y el murmullo asordinado de jugadores de chinchón y mus. Cambia el tono, sube y baja el volumen de la voz, dilata los finales de las frases, como si su argumento necesitara de ciertos recursos formales para volverse interesante, para despertar en el otro sugestión y atractivo.
Luego trata de explicar que no habla de lo previsible, de algo que se insertara entre aquellas dos instancias sólo para dar respuesta a una especie de ley natural que exigiera que algo estuviese allí, entre ellas, justificándolas.
No. dice más adelante. Él quiere saber, y se pregunta, por la probable existencia de un relato demorado en su inicio por la falta de una cita.
Vea...Fijése que me dice ahora pasando a un modo más coloquial, familiar si se quiere no estoy volviendo sobre la experiencia de Macedonio en cuanto a demorar mediante la reiteración, sustituyendo el texto prometido por otro, u otros. No. Yo me interrogo por la existencia de la narración cuando de la misma se ha omitido hasta su pretexto.
Estira el labio superior hacia delante, se retoca el bigote y tomando apenas el borde del vaso entre los labios extendidos como un pico, lo termina, lo agota en dos movimientos y deja, nítido en el aire, el sonido del hielo contra el vidrio basto, grueso, cuando lo apoya nuevamente en la barra, con decisión, con entereza. Y sonríe.
Pasa por la calle un rastrojero viejo, destartalado, perseguido o empujado por los bocinazos de autos nuevos, veloces.
¿Me entiende? pregunta.
Callo. Sigo pensando en la probable cita de Bajtin homenajeando a Rabelais.
No. No me entiende. ¿Sabe qué? Piense en el tiempo. ¿Usted se cree que empezó en algún preciso momento? ¿Qué tiene un principio?
Podría responderle esa pregunta. Creo que no, que no comenzó y no va a terminar nunca. Pero me parece una traición decirle eso, hablarle de otro tema.
Lo importuné. me dice, exigido por el silencio. Discúlpeme. No fue la intención. Son cosas que me dan vuelta en la cabeza.
Se levanta. Saca un billete arrugado del bolsillo, lo tira sobre la barra y se va. Sin saludar se va. Como ofendido consigo mismo por haber perdido un tiempo precioso, por haber malgastado palabras valiosas.
Claudio Leopoldo Pérez
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LA ARRUGA ES BELLA
En uno de los últimos números de The Economist, la revista inglesa de noticias, hay varias fotos de mujeres poderosas de la política. Las fotos de The Economist suelen ser muy buenas: son pequeñas, nítidas, respetuosas del sujeto fotografiado, porque no lo deforman, pero son también impías, desnudantes. En este número del que hablo, las mujeres fotografiadas parecen todas más bonitas que en otras fotos, en algunos casos porque no están posando con la cara oficial, sino distraídas, despeinadas, vivas. O, si están posando, su cara nos dice "estoy posando y así quiero que me mires", y esa guiñada de ojo las hace más atractivas. Lo que todas las mujeres de la revista tienen en común son las arrugas, que les rodean los ojos y bajan a la boca y luego descienden por su cuello hasta ser detenidas por el collar típico de las señoras importantes. Estas fotos, a diferencia de las de los diarios, no perdonan ni una ojera ni una pata de gallo.
Me encantan esas arrugas y que queden exhibidas tan claramente. Se me dirá que perdonamos la fealdad a los que alcanzaron el poder, y que al fin la belleza, como el dinero, son sólo instrumentos para alcanzar poder, y que por lo tanto se vuelven secundarios cuando ya se es poderoso. Eso es verdad, pero a mí me está pareciendo que las arrugas no son feas. Cuando miraba estas fotos veía en esas caras los rastros de la vida, de pensar, de dudar, de reír, de enojarse, de envejecer, de sufrir. Es como si las expresiones habituales de un rostro hubieran quedado dibujadas sobre ese rostro, reconstruyendo un itinerario de sentimientos y emociones. No todas las pieles arrugadas son iguales. Observando bien las fotos, llegué a la conclusión de que hay mujeres con mejores arrugas que otras. Lo mismo pasa con los hombres, pero no estamos acostumbrados a examinar la cara de los hombres. Supongo que cuando se tienen buenos músculos y buena piel las arrugas son más bonitas, pero creo que también influyen los pensamientos de cada persona, su actitud, su manera de vivir. Comprendo perfectamente que estas mujeres poderosas no se hagan estirar la piel. Sus caras serían chatas y poco atractivas, y nadie seguiría a una persona que ni siquiera puede admitir que ha vivido.
En un número antiguo de The Economist había una foto del matrimonio Kirchner, pero no pude verles las arrugas, que sin duda tienen, porque la foto mostraba la pareja, no las personas, y las caras estaban sombreadas, la de ella todavía más, ella quedaba un poco detrás de su marido, escondida entre él y su gran cabellera, la de ella, claro. Estoy esperando una foto mejor, con menos pelo y más arrugas, antes de las elecciones. De las caras del país en que vivo, la de Hillary Clinton es la más fotografiada. Se ha convertido en la mujer más importante del mundo. Hemos visto a fondo, desde todos los ángulos, la urdimbre de sus arrugas. Por poco que se compartan sus ideas, qué reconfortante es mirarla y escucharla: es una mujer a la altura de sus ambiciones. He oído mil veces la queja de que a las mujeres que ya no son jóvenes nadie las ve, como si fueran transparentes. A Hillary no se puede dejar de verla. Se impone a cualquiera, sin dejar de ser femenina, matronil y arrugada.
Yo miraba con desconsuelo mis patas de gallo. Ahora siento curiosidad por ver cómo, a medida que envejezco, se va dibujando mi cara de vivir sobre la cara básica y lisa de mi juventud. Espero gustarme, quizá más que antes.
Graciela Reyes
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DEL MOVIMIENTO PENDULAR
«Frente al circo de los multimillonarios poscomunistas,
40 millones de rusos hacen equilibrismo en el umbral de la pobreza»
Daniel Utrilla [EL MUNDO 9/07/07]
Puede que a unos pocos les suene retórica la frase que he entresacado de la crónica del periodista que puso palabras a la imagen de la mastodóntica entrada del gran coloso: el recién estrenado hotel Ritz-Carlton de Moscú. Sin embargo, lo preocupante no es el lícito recurso retórico que eufemiza a 40 millones de muertos de hambre, sino que los supuestos pocos seamos de facto una multitud: casi todo el primer mundo.
En una ocasión antecedente* expuse los argumentos que me suscitó una noticia parecida, pero entonces el “escándalo” del inicuo reparto de la riqueza estaba más alejado de las raíces políticas del expolio. Allí se trataba de una fría herencia, aquí se trata de una vergüenza política candente, de las excrecencias del fracaso padecido por más de tres generaciones de rusos.
Para el mismo día de la inauguración del hotel, el 1 de julio pasado, un ciudadano ruso ya tenía reservada la suite presidencial. El cronista valoró el coste por dormir esa noche (¡el desayuno no estaba incluido!) en el salario de tres años de un moscovita del montón. También, —se me ocurre—, podría haberlo valorado reuniendo a mil moscovitas que, puestos de acuerdo, juntasen su salario del día para pasar la noche todos juntos, embutidos en la despampanante suite.
Naturalmente, las apreciaciones “del montón”, como todas las generalizaciones, son arriesgadas; pero, cuidando no caer en demagogia vacua, también resultan demostrativas.
Por ejemplo, a mi criterio, el cálculo para el ciudadano español del montón estaría en diez meses o, mutando unidades como antes, en trescientos durmientes embutidos en la suite. Me temo (no sé si uso el verbo adecuado) que los ciudadanos argentinos se encuentran por hoy más cerca de los números rusos que de los españoles.
Hasta aquí lo anecdótico. La gravedad de la situación no está en lo que se ve y se narra porque resulta imposible de ocultar, sino precisamente en lo que sí se consigue ocultar. Es ahí donde las especulaciones se disparan y posiblemente, por no decir con casi absoluta seguridad, lo que nos atrevamos a imaginar se quedará corto.
Si un “sistema” político que enarboló el pregón de arranque con aquello de «la propiedad privada es un robo», produce noventa años después un monumento, una insignia, un tótem como el Ritz-Carlton de Moscú, —y lo hace para epatar con sus mismas armas a su enemigo ancestral—, es que sus genes eran mutantes cancerígenos. La mutación que hoy exhibe sin pudor (otros hoteles de similar factura siguen) ha madurado en sus entrañas para escarnio de la Historia.
Entretanto, el movimiento pendular «del comunismo al capitalismo» produce la secuela «del socialismo a la progresía», que asonantada en aquél crece como las setas. Son las falsedades de la progresía “de izquierdas”, cuyo programa de adoctrinamiento básico consiste en demonizar a los demás, acusando al “centrismo” de derechismo y al “derechismo” de fascismo. El recurso a todo tipo de falacias y peticiones de principio empieza a ser moneda de cambio en democracias que no hace demasiado tiempo fueron dictaduras. Se avecinan tiempos de confusión. Será necesario mantener el juicio en suspenso para no dar por bueno cualquier mensaje, ya venga del “gobierno” o de la “oposición”, —y muy especialmente del gobierno, cuando éste sólo se ocupe de apropiarse de los argumentos de sus opositores—.
Sólo el esfuerzo cotidiano de mantener el juicio alerta nos podrá sostener en la vertical del péndulo: en equilibrio para fundamentar nuestro próximo voto... o para no volver a votar.
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* marzo de 2003: «de fortunas y deshielos»
Fernando Anguita B.
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EL GRABADO. UNA INCISION EN EL CUERPO
"Siempre así, donde mi cuerpo,
sigue aprendiendo, lo que yo, ya perdí." Néstor Tellechea
El grabado es una herida que se le hace a la madera, que lastima a la chapa. Herida en tanto deja huellas. Herida en tanto deja marcas que se calcarán al papel para hacer de ese dolor un lenguaje.
El arte argentino, en la gráfica o en el arte impreso, está marcado por las diversas incisiones artísticas del cuerpo argentino. Spilimbergo, Alonso, Berni (solo por nombrar algunos) aparecen dejando sus marcas en nosotros, como si fuésemos ese papel o esa tela donde se desarrollan los campos de batalla.
Creo que desde siempre he pensado que no hay obra sin soledad, sin pérdida, sin fracturas. Porque la obra tiene múltiples secretos para el que la hace, múltiples enigmas que generalmente son develados por otro. Uno sabe que la obra es, porque le ve el cuerpo, porque le siente la piel y sabe que debe escucharla en el silencio, entenderla y a veces esperarla.
Particularmente remito al grabado porque, es la marca o la señal que han dejado la infancia y la memoria en mi cuerpo. Porque la infancia es el territorio que crece en el silencio de todos los días.
El grabado es una puerta siempre abierta, a la vida, a los sueños y la madera lo que me permite cruzar ese umbral, detenerme, observarme y observar la morbidez, las marcas infinitas como lo que hace el tiempo con mi rostro. Y uno siente que es posible cambiar la vida, si somos, si soy, si estamos.
Estamos en las imágenes que acechan mis manos. Cuando trabajo la madera, una suerte de otra imagen aparece develada en ese silencio de la creación, pero sobre todo porque la memoria está en mis manos, que se posan sobre las cosas, dándoles una nueva conciencia.
Memoria a ultranza que no se borra más,
que aparecerá ante nosotros, modificando, creciendo, interrumpiendo la obra.
Los hilos que atan, cosen de alguna manera lo que No se puede ver, ni explicar mas allá de esto. Porque muchas veces siento que saco a tomar aire a las piedras de mi corazón y a veces esas piedritas brillan y destellan y entonces hay una obra.
Grabar entraña desarrollar una solidaridad con lo visible, marcar una huella, dejar un rastro.
El cuerpo de la incisión es otro cuerpo, herida que se cierra y vuelve a abrirse una y otra vez escapando a lo real ¿Qué real?
Lo de afuera, lo de adentro, los sueños que a veces son despojos, o los sueños que se vuelven espejo de lo real?
Creo que por eso sigo grabando, pegando, acoplando recuerdos, memorias, espacios manos, dientes, ojos de esta vastedad histórica.
Interviniendo los rostros con textos atravesados, con palabras no pronunciadas, hilos como lazos de todos los días, botones que vienen desde la oscuridad del bolsillo de mi padre, trapos con los sueños de mi madre al planchar.
Obra hecha con nada, con ausencias, con despojos, obra de los bordes de mí, de los contornos, de la periferia. Obra que solo quiere ser espacio, memoria agitada, obra suspendida en la luz, como mi cuerpo.
Iconos que contienen mis restos, iconos que saldrán a caminar solo cuando sean mirados, por ustedes hoy en esta sala.
Hilda Paz
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MANUEL OLIVEIRA
El final de la segunda guerra mundial fue también el final de toda certidumbre, sea tanto en la vida cotidiana como en la filosofía o el arte. La muerte de Dios, anunciada por Nietzsche unas siete décadas antes, daba paso ahora a la muerte del hombre. Y no era por casualidad: si el mundo se columpiaba al borde del abismo ya nadie podría atreverse a imaginar otro futuro que no fuera el de la náusea sartriana o el absurdo beckettiano. La bomba atómica había dejado de ser una ficción y el planeta estaba en manos de un grupo de locos que en cualquier momento podía llegar a apretar el maquiavélico botón. "El hombre es una pasión inútil" -anunciaba Jean Paul Sartre. "Después de Auschwitz la poesía carece de sentido" -reflexionaba Paul Celan. "¡El arte ha muerto!" -avisaban los propios artistas.
Paradójicamente, fue en el mismo instante en que decretaron su desaparición cuando el arte comenzó a resucitar. Y con renovados bríos, porque ahora el papel del artista no era ya el de exhumar la muerte, si no el de enfrentarla. Con un rostro nuevo e imperfecto, es cierto, pero sin duda más real: si no estábamos hechos a semejanza de ningún dios, ¿por qué tendríamos que ser hermosos? ¿No habíamos sido nosotros mismos los que llevamos al mundo a ese estado de cosas? ¿Las caras de Hitler y las de los torturadores en sus campos de concentración eran acaso distintas de las nuestras?
En Argentina un grupo de artistas plásticos integrado, entre otros, por Rómulo Macció, Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, lanzó la que se llamó "la otra figuración": gestos monstruosos, manos crispadas, bocas amenazadoras... pero humanas, siempre humanas. Lejos de agotarse, la exploración expresionista de lo figurativo encontraba en ese núcleo de intelectuales un nuevo camino.
El maestro quilmeño Manuel Oliveira es uno de los mayores exponentes de esta tendencia que, todavía hoy y con múltiples matices, se encuentra en pleno vigor. Con una sólida formación académica y enormes dotes para el dibujo, rápidamente su obra ganó prestigio. Resultaba natural: su serie inspirada en la pasión de Cristo, para citar un ejemplo, impactó tanto a legos como a extraños porque resultó la síntesis perfecta entre la armonía clasicista y el vértigo de los nuevos tiempos (a mi juicio, y en oposición a lo expresado por Osiris Chierico en su crítica, la imagen de Cristo no es en Oliveira la del hijo de Dios ascendiendo al cielo en busca de su padre, sino ante todo la del hombre atormentado, enfrentado a lo absurdo de su destino). De su trayectoria de allí en más resulta ocioso hablar. El prestigio de nuestro artista ha ido creciendo conforme su obra fue desarrollándose, sin prisa y sin pausa, hasta alcanzar el reconocimiento internacional.
En setiembre el querido Manuel cumplirá 80 años. Para festejarlo están previstas una serie de exposiciones retrospectivas que nos permitirán reencontrarnos, como ha sido dicho, con una de las poéticas más profundas de la plástica argentina contemporánea. Una obra personalísima, acaso cada día más libre y volcánica (lo uno por lo otro, se entiende). Esté el lector atento a nuestra agenda porque estas muestras resultan siempre tanto una fiesta para los sentidos como un desafío para la inteligencia. Mientras tanto, feliz cumpleaños, maestro!
Miguel Angel Morelli
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GUANTÁNAMO
De cómo este nombre iba a ser abominable.
Por el New York Times del 23 de julio sabemos que en la prisión-base militar de los Estados Unidos de Guantánamo, Cuba, hay 360 detenidos, cuyos nombres el Washington Post publicó extraoficialmente hace poco. Parece increíble que el país más poderoso de la tierra, que dice defender los derechos humanos y exportar democracia, se juegue su prestigio por seguir deteniendo a unos pocos infelices que no participan de los beneficios de las convenciones de Ginebra, en calidad de combatientes enemigos. Las críticas contra el gobierno de Bush, o contra la administración Bush como se dice en inglés, son abrumadoras para las gentes que siguen creyendo en las reglas de juego limpio, dentro y fuera del país.
Esto que escribo surge como comentario a las críticas que expone el Coronel Stephen Abraham en el New York Times, en la fecha citada arriba. El Coronel Abraham fue condecorado por su actividad patriótica, ejercida durante más de 22 años en el trabajo de contraespionaje y contraterrorismo y ahora se ha convertido en un agrio crítico de Bush y su manera de gobierno. Dijo en una entrevista algo que suena en nuestros oídos como conocido: "Alguna gente piensa que si están en Guantánamo por algo será". En su crítica, Abraham, al que el periódico califica de "improbable adversario", señala las fallas de los juicios que se hicieron a los detenidos, por los cuales el Ejército determinó que los acusados podían quedar indefinidamente como combatientes enemigos. Después de que los abogados de los presos en Guantánamo elevaran sus críticas a los procedimientos, la Suprema Corte volvió sobre una decisión anterior y resolvió hacer lugar a una apelación que considera injustos los juicios y decidió que los detenidos tenían derecho a ser oídos en una Corte Federal más que en una corte militar. Muchos abogados consideran que fue la dura crítica de Abraham la que influyó en el cambio de política de la Suprema Corte de Justicia.
El nombre de Guantánamo se inscribe ya en la historia de la infamia, como el de Abu Ghraib y el de otras prisiones que no conocemos. Llama la atención que los Estados Unidos no corrijan esta y otras situaciones infamantes, exponiéndose a perder la popularidad que tenía como adalid de la democracia y habiendo perdido ya el respeto de muchos gobiernos. Mantener esta prisión en Cuba, precisamente, le ha dado la oportunidad a Fidel Castro de decir que el único lugar de la isla donde no se respetan los derechos humanos es en Guantánamo.
A la Estatua de la Libertad se le ha caído el brazo de la antorcha aunque algunos luchan por mantenerla en alto. Acaba de aparecer en los Estados Unidos un DVD en el que el General Janis Karpinski describe cómo las órdenes de tortura en Abu Ghraib llegaban desde la cúspide del poder y en el que el periodista Jeremy Scahill pone en evidencia que a Nueva Orleans, después del huracán Katrina, se enviaron tropas mercenarias que actuaron contra las minorías raciales. Sigue en la exposición el Dr. Alan Berkman, que considera genocidio la política seguida en África ante el flagelo del Sida, política que recomienda a los africanos la abstinencia sexual; Daphne Wysham documenta luego la censura a la que fueron sometidos los científicos que trataron de explicar el calentamiento del globo y por fin, el consabido invento de las armas de destrucción masiva en Irak, expuesto por el inspector Scott Ritter.
Te acordás, hermano, lo lindo que era creer en aquellas viejas películas de Hoolywood en las que los buenos eran siempre los mismos?
Leda Schiavo
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DESDE LA BUTACA
SOBRE FLANDES, de Bruno Dumont
Todo encuentro con una película de Bruno Dumont produce un choque, una sacudida que nos obliga a repensar nuestra esencia como seres humanos. No es gratuito el título de su único film estrenado hasta ahora en Argentina: La humanidad que, como Flandes, obtuvo su premio en Cannes. Si el arte debe provocar, conmover, cuestionar e incomodar, Dumont cumple como artista con todas esas premisas.
Nada más lejos de su intención que agradar o conformar al espectador. Éste se encuentra colocado en una posición incómoda pero activa, en la cual no puede quedar indiferente.
Como en La humanidad y La vida de Jesús, Dumont filma su región en el norte de Francia y su gente, todos seres rústicos que bordean la animalidad, algo retardados o brutales, interpretados por actores no profesionales. Sus historias son opacas, su tratamiento seco, silencioso y distanciado. En Flandes desarrolla la historia de una pareja de novios campesinos a quienes se agrega el tercero en discordia, con la complicación de que ambos muchachos son reclutados a una guerra no especificada en el desierto. A través de estas dos situaciones -el amor y la guerra- Dumont revela cómo en ambos casos se pone en juego el instinto, la animalidad y la brutalidad originarios del ser humano. De un crudo naturalismo que muestra los personajes dominados por sus pulsiones elementales, se ha dicho que el suyo es el cine de la crueldad. Dumont filma sin música y en cinemascope panorámicas de los paisajes bucólicos en la campiña flamenca pero también planos secuencia de los cuerpos en ese paisaje, realizando operaciones mecánicas, en escenas de sexo casi animal, sin placer ni erotismo, siempre lejos del lugar civilizado: en el suelo, en medio de un bosque, en un establo, en un automóvil o sobre la arena. Filma el desierto en ese país innominado, pero también las batallas, las violaciones, la castración, la muerte violenta, el racismo y otros horrores a los que la guerra da lugar y derecho, al parecer. Obviamente, una guerra entre occidentales y árabes.
El film parte de un tempo reposado, propio de una campiña helada, y va acelerándose en una estructura que alterna las escenas en Flandes con las del desierto -con una alternancia del tratamiento del color-, para culminar con un regreso al origen, de donde Dumont no quiere alejarse. Él ha declarado que los paisajes que filma se corresponden con la interioridad de sus personajes, y sea cual ésta fuere, se resiste a darle explicaciones psicológicas en total incomunicación. Si La humanidad presentaba una mirada empática hacia el protagonista, que al final lograba levitar, en Flandes los personajes no logran tal redención, y los intentos de la muchacha (¿una amoral o enferma mental?) por trascender su situación (¿ella también intenta levitar, elevarse por sobre la situación a que ha llegado?) resultan inútiles.
Bresson, siempre, está detrás del ascetismo de Dumont. En este film, como en los anteriores, se introduce en la metafísica de una humanidad enferma o degradada, con la adición del detalle de actualidad: su reflexión sobre la guerra.
Un film único, tan provocador como inevitable.
Josefina Sartora
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TEXTOS de OTROS
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Rodolfo Alonso |
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PAISANOS DE RIMBAUD
Hace tiempo me tocó asistir, fraternalmente, a la presentación de un libro de Francisco Madariaga, de la cual tomaba parte Julio Llinás. Y en cierto momento me descubrí percibiendo, como si fuera una visión, que ambos se hablaban entre sí, casi olvidados del resto, desde una evidente y demoledora franqueza, con el tono, la presencia y hasta el empaque de dos criollos de a caballo, de aquellos que hace ya tiempo fueron barridos por desgracia de entre nosotros. Pero el asunto no me hubiera resultado sorprendente si no llevara sobreimpresa, en mi memoria, la vívida imagen de ambos cuando los conoció mi adolescencia, a mediados de los años cincuenta: dos jóvenes y aguerridos participantes del movimiento surrealista para el cual, al menos en teoría, nada estaba más lejos por aquel entonces que el declamado color local.
Pero, ¿es que acaso la verdadera patria del hombre no sigue siendo su infancia? Y yo me estaba salteando no sólo la posterior deriva natural con que figuras clave del surrealismo argentino (Vasco, Molina, el mismo Madariaga, por ejemplo) fueron apropiándose con espontaneidad, por el propio fluir de sus índoles, de la naturaleza subtropical que les era propia, adueñándose --sin necesidad de forzarlo en absoluto-- de la porción de realismo mágico que les correspondía, y que no puede ser por supuesto patrimonio exclusivo del Caribe. Con lo cual nos permitían volver a percibir otra vez, a aprehender otra vez, con nuevos ojos, imágenes profundas de nuestros paisanos y nuestra tierra que ya no podían ser confundidas, por haber concluido incluso dejadas de lado, con ninguna chafalonía retórica de segunda mano, tan superficial como malversadora.
¿Vendrá a ser entonces en las pampas infinitas de la memoria donde se cruzan inolvidables jinetes criollos de cada día, en su cimarrón habitat natural, con viajes excéntricos si es que no extraordinarios, rayados por los más fascinantes rostros del amor? Y me da como vértigo imaginarme reflexionando acerca de como podría llegar a engarzarse todo eso, a enancarse todo eso, de la misma manera "absolutamente moderna" a que nos intimó Rimbaud, con los insospechados meandros de nuestra llamada literatura gauchesca, de este inesperado, impensado modo tan vívidamente revisitados. ¿O revivificados?
Tenía razón Murilo Mendes: "La poesía sopla donde quiere".
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de "La voz sin amo",
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Jacques Barzun |
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Cuando se instauró el principio «un hombre, un voto», los cimientos del sistema cambiaron inadvertidamente. El INDIVIDUALISMO sustituyó ese puñado de intereses por una «opinión pública» difusa, vacilante, informe e impredecible; era el punto de vista (según lo expresó Bagehot) del hombre calvo del tranvía. Para cercar todos esos millones de ideas privadas y convertirlas en intereses bien definidos se necesitaban medios nuevos. El soborno directo ya no iba a ser un nexo de unión como antes. La reivindicación del propio interés, unida a la práctica del soborno indirecto, precisaba de partidos políticos, programas y de una estricta disciplina de voto. y para que las políticas se mantengan, sólo debe haber dos partidos y un ganador claro.
El sistema bipartidista inglés debe parte de su solidez a otro acuerdo tradicional que nunca ha sido imitado: el corredor que cruza el salón de sesiones. Después del incendio de 1834, el parlamento inglés fue reconstruido siguiendo el mismo trazado anterior, que divide a los parlamentarios en dos grupos que están uno frente al otro. El estar cara a cara produce discursos de tono coloquial. Es prácticamente imposible ser un «orador» frente a un oponente que te observa muy de cerca; mientras que la estructura semicircular, teatral, de otros parlamentos, además de crear la Izquierda, la Derecha y otras tonalidades intermedias, favorece lo altisonante y lo abstracto.
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en «del AMANECER a la DECADENCIA» –2001– ISBN
84-306-0447-2
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Paul Auster |
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Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quienes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la línea que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.
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de «La habitación cerrada» –1987– ISBN 84-339-1477-4
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