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INCONSCIENTE COLECTIVO
Miguel Ángel Morelli
«EL RETORNO DE ULISES» de Giorgio de Chirico
Marta Vasallo
EXPRESIONES: “SE ARMÓ LA PODRIDA”
Sonia Otamendi
DISCIPLINA / DERECHO DE POESÍA
Roberto Enrique Rocca
2002, CAPICÚA
Leda Schiavo
INÉS
Graciela Reyes
fab8
INCONSCIENTE COLECTIVO
Recién hoy, leyendo a Baudrillard, me he dado cuenta: si cualquier desencuentro
es por definición un acto fallido, todo encuentro también lo es (Baudrillard,
siguiendo a Lacan, dice por ejemplo que el acto sexual –encuentro de los
encuentros- no es la sublimación del amor, sino más bien la historia de su
fallido; que el seductivo “yo te amo” no es más, en definitiva, que un
imperativo “yo necesito amarte”).
Tan cerca del nirvana como alejado de cualquier especulación científica, Li Po,
antiguo poeta chino, escribió que encontrar una cosa es comenzar a perderla.
Recordarla, iniciar el proceso que invariablemente nos llevará a su olvido.
Claro que cualquier estudiante de psicología podría decirnos que es ésta la
forma a la que apela el inconsciente para salvar a su propietario, y tal vez
hasta tenga razón. “El inconsciente de Freud – nos contará- le permitió perder
un transborde de tren cuando viajaba a Manchester vía Holanda, y realizar así un
deseo largamente acariciado: ver los cuadros de Rembrandt sin contrariar el
pedido de su hermano mayor de no interrumpir su viaje.” A Jones, si no me
equivoco, el suyo le hacía olvidar la pipa cuando sufría los efectos del fumar
demasiado, y volver a encontrarla apenas su salud repuntaba. A Ferenczi, perder
de pronto un rasgo de ingenio que pudo ofender y enredarlo en una discusión
bizantina. Y a cualquiera de nosotros, extraviar el número de teléfono de esa
persona a la que en realidad no queremos llamar, llegar tarde a la cita de la
que sabemos de antemano que resultará un fracaso, quedarnos dormidos justo el
día del examen, olvidar ciertas caras, ciertos nombres, ciertos gestos.
Puede que, a esta altura, el lector se esté preguntando qué tienen que ver aquí
Baudrillard, dos Sigmund, nuestro estudiante de psicología y el bendito
inconsciente. No lo sé muy bien (¡por algo lo habré olvidado!), pero permítame
que le confiese que he estado barruntado estos vagos pensamientos durante todo
el día. O, para se preciso, desde que he leído las noticias que trajo el diario
esta mañana. Porque uno no puede menos que preguntarse qué extraño mecanismo
interno opera en nosotros, los argentinos, para que tengamos tamaña desmemoria,
esta formidable capacidad para olvidarlo todo. ¡De qué nos estará cuidando el
pobre inconsciente, si es que conservamos uno!
Miguel Ángel Morelli
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«EL RETORNO DE ULISES» de Giorgio de Chirico
No buscaré la aldea.
Sólo amo a los que partieron
ya conocen la decepción
— aun cuando regresen
su mirada transfigurada de horizontes
ve todas las aldeas en la aldea
y su más allá.
No buscaré las lápidas.
Los muertos amados viven en mí
escucho en la mía sus voces
sus peleas en mi pelea
yo se conjurarlos
reconozco el aire los sitios los momentos
que hubieran hecho suyos
y desde allí los evoco
No buscaré consuelo.
Soy inconsolable.
las primeras pérdidas queman aún como la última
la reciente
las lloro todas antes, después
sangro por heridas que no cierran
y vivo por los hallazgos que todavía vendrán
trayendo cada cual un mundo recién nacido
con una memoria inédita
a inaugurar.
Escupo sobre los bálsamos
Marta Vasallo
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EXPRESIONES: “SE ARMÓ LA PODRIDA”
En realidad suena feo. O digamos, al menos, que no es una expresión elegante.
Cuando la aprendí, la usé, lo que me costó un reto por parte de mi madre, que
era muy estricta en el uso del lenguaje (no le valió de mucho, pobre).
Pero esta expresión tiene una historia, y es una historia naval de los albores
de la patria, que me contó el capitán de navío Mariano Torre, —documentado en el
número 62 de la revista Del Mar, una publicación del instituto browniano—, donde
dice que poco después de la Revolución de Mayo, cuando comenzaron las acciones
navales en el Río de la Plata entre criollos y realistas, un grupo de andaluces
traficaba por los ríos haciendo contrabando de diferentes mercaderías en una
balandra.
En repetidas oportunidades, los patriotas, que carecían de escuadra, sólo podían
atacar por sorpresa a naves de su mismo porte, sin lograr impedir que las naves
escaparan. Cuando tiempo después volvieron a incursionar en nuestros ríos, los
criollos salieron a su encuentro, sin saber que los andaluces la habían dotado
de un cañón que efectivamente dispararon, obligándolos a retirarse.
La embarcación española se llamaba “La Podrida”, lo que hizo que nuestros
marinos, para justificar la derrota, dijeran: “es que se armó La Podrida”,
expresión que en la actualidad se usa cuando se suscita una pelea o se produce
un desorden de cualquier naturaleza.
Este es el origen de la expresión, claro
que con historia o sin ella, la vieja igual no me hubiera dejado usarla.
Sonia Otamendi
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DISCIPLINA
Esa mañana llegó malhumorada a la escuela. A veces los docentes tienen problemas
personales. Y los chicos estaban terribles. A la mitad de la primera hora se
descontroló y les dijo de todo. Tanto, que tuvo que dejar la clase a cargo del
preceptor y se fue a llorar al baño. Cuando volvió, estaba el director, quien le
dijo secamente:
—Espéreme en mi despacho.
Un buen rato después vino el preceptor
—Profesora, la esperan en el aula.
El director estaba muy serio.
—Es la tercera vez que usted agrede a los alumnos —dijo sombrío—. Es inaudito
que en tantos años de docencia, no haya comprendido todavía que los derechos
humanos de los estudiantes deben ser respetados.
El delegado de los alumnos se puso de pie.
—Hemos deliberado —dijo— y decidimos por unanimidad terminar de una vez por
todas con estos problemas.
Volvió a sentarse. Ella hubiera querido protestar, pero calló, porque sabía que
era inútil.
Al mediodía, en presencia de toda la escuela, tuvo que subir al escenario y
pararse sobre la trampa. Se acercó la abanderada para colocarle el lazo. Como vio lágrimas en sus ojos,
se compadeció y le dijo sonriente:
—No llore profesora, será muy rápido.
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DERECHO DE POESÍA
Uno de estos domingos me asomé a nuestra Plaza San Martín y vi que estaba más
sucia y descuidada que de costumbre. Pero vi también una parejita en cada banco
y flores nuevas en los canteros. Góngora me sopló al oído que “era del año la
estación más florida” y pensé que las flores crecían sin que nadie las cuidara y
que más de una de esas parejitas crecería también probablemente si se
descuidaba. Sentí como un calorcito en la sangre y musité, con Miguel Hernández:
“¡Ah, la vida, que bello latir tan moribundo!”.
Estamos en la Argentina, en nuestra Argentina, también tan bella y también tan
moribunda. Tan conculcados en la práctica tantos derechos humanos, arrasados por
la realidad, por la frialdad del economicismo, por la hipócrita miopía de los
dirigentes. Y pensé en el derecho de poesía, el que ejercían las parejas y las
flores en esa tarde maravillosa. Eso que crece, solo y en desorden, en cada uno
de nosotros, si sencillamente lo dejamos crecer; si recogemos esos momentos de
vida y de alegría, que nos alcanzan a todos, simplemente porque somos humanos.
Nadie, ningún poder humano, puede quitarnos ese derecho. Y si nos diéramos
cuenta y pudiéramos permitírnoslo, tal vez las cosas empezaran a cambiar.
No tengo recetas mágicas. Pero esa tarde sentí eso y me pareció que comunicarlo
era hacer algo por mí y por los demás.
Roberto Enrique Rocca
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2002, CAPICÚA
Esta es la época de las duplicaciones. Se pueden hacer fotocopias, copias de
videos, copias de discos, de cassettes, de fotografías. Cuando yo estudiaba, los
libros se copiaban a mano o se leían, había solo un libro en la biblioteca para
muchos de los estudiantes que queríamos leer, y había que hacer cola. Si se
copiaban, había esa cosa llamada papel carbónico que ensuciaba los dedos. Y si
querías hacer copias con la máquina de escribir, te pasabas el tiempo arreglando
las hojas que se arrugaban, no se quedaban en el sitio en que las ponías y, a lo
sumo, apretando mucho, llegabas a cuatro copias.
Hoy todo parece tan fácil, con
un apretón de dedo, das la orden a la impresora y te hace las copias que le
pedís. También podés copiar la información de internet, bajar música, imagen, el
mundo en tus dedos. Hoy acaban de decir que han clonado un embrión humano. Es
decir, como sabíamos ya, también los seres humanos nos podremos duplicar. Y la
gente puede volver a casarse, cosa que en mi infancia no ocurría.
Todo vuelve, todo se duplica.
A nadie se le ocurrió decir todavía que las Torres
Gemelas eran un símbolo de la época porque eran dos, una la réplica de la otra.
Ya ve, y a mí se me ocurre decirlo porque me pongo a escribir en el último mes
del año, cuando estamos a punto de empezar de nuevo, de empezar el 2002, cifra
que duplica a sí misma, como en un espejo. Y vendrá otro verano, otro otoño,
otro invierno, otra primavera. El ciclo de la vida, desenvolviéndose, para que
caminemos sobre él. Se me dirá que no es lo mismo la réplica que el eterno
retorno, y no, claro, no es lo mismo. Pero cuando las cosas vuelven, cuando los
discursos son casi los mismos, cuando los políticos vuelven, como las oscuras
golondrinas; o renacen, como el ave fénix, de sus cenizas, a uno le parece que
todo es lo mismo.
¿Avanza la historia o es redonda? Si empujamos todos hacia delante a lo mejor
vencemos la inercia y la historia no se repite. Es mi mensaje optimista de Año
Nuevo.
Leda Schiavo
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INÉS
El otro día, al llegar a Madrid, le pedí al portero que me buscara una persona
para ayudarme a limpiar mi departamento e instalarme por estos meses. Me
recomendó a la chica de la señora del primero, Inés. “Es ecuatoriana, pero muy
buena”, me dijo el portero. La palabra pero significa estrictamente y, o sea que
reemplazar pero por y no altera el valor de lo que decimos. La contradicción que
añade pero ya no tiene que ver con la semántica del lenguaje, sino con la
pragmática de su uso, que revela cierta discordancia, en este caso, entre ser
sudamericano y ser bueno.
La señora del primero es muy mayor, está sola porque sus hijos viven en otros
continentes, e Inés —que la llama “mi jefa”— le hace las tareas domésticas, las
compras, la comida, los trámites. Inés tendrá cuarenta años. Es una mujer muy
agradable, de sonrisa grande y expresión serena y eficiente. Me dijo que
solamente tenía dos o tres horas libres de tarde, entre la merienda y la cena de
la jefa, y a mí me pareció bien. Creo que al principio era un poco desconfiada
conmigo (“la señora del quinto es argentina, pero muy buen”, le dijo seguramente
el portero), pero ahora, después de varias sesiones de arreglo del hogar,
nuestra simpatía mutua no tiene reservas.
Hace cuatro años que Inés trabaja con la jefa. Cada dos años, para Navidad, a al
Ecuador a ver a su familia. Tiene dos hijos, que ya son adolescentes. No puede
traerlos, ni tampoco ellos quieren venir. La jefa insiste en que vengan de
vacaciones a Madrid, les ofrece alojamiento por un mes o dos.
Inés habla el español pronunciando suavemente todas las eses y sin levantar los
finales, ni apurar unas sílabas más que otras. Para el oído español, su lengua
es muy dulce, porque ese es el efectos del seseo: todos los sudamericanos somos
“dulces” (aun los que son malas personas). Pero su variedad de español es menos
relajada y tintineante que otras, tiene una gravedad semejante a la castellana.
Me encanta oírla. A ella, a su vez, le encanta oírme, dice que hablo igual que
Daniela tal y Graciela tal, unas compatriotas mías que salen por televisión. Le
explico que después de tantos años no es fácil mantener el acento original, y la
felicito por conservar tan bien el suyo. Eso la halaga. “Yo no quiero hablar
como los españoles”, dice. Agrega que le gusta el acento español, mucho, pero
que cada uno debe hablar como quien es, sin imitar a nadie.
Supongo que Inés, cuando vuelve a su casa cada dos diciembres, trata de hablar
exactamente como antes, para que sus hijos no la sientan extranjera. Sus hijos,
sin embargo, esos chicos que la castigan (igual que otros millones de chicos
dejados atrás por sus madres) negándose a hacer lo que ella tuvo que hacer, ya
la sienten extranjera, porque la distancia nos aliena como el desamor. Además,
nadie habla como hablaba antes, y menos si se ha ido a vivir a otro país. Pese a
todos sus cuidados, a Inés se le escapan españolismos. Y a mí también. No hay
modo de tener una lengua cerrada, la lengua es permeable, cambiante, traidora y
promiscua, y no puede servir, por mucho que queramos, para sellar nuestra
identidad. Lo que uno es es lo que ha llegado a ser en cada momento: ecuatoriana
pero española; mujer pero capaz de salir al mundo a buscar el sustento de la
familia, y cosas así. Nos quedan, claro, algunas claves del origen, como la
dulzura universal de la ese y esa manera sólo sudamericana de sonreír.
Graciela Reyes
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