a PORTADA

<Nº 39

Diciembre 2002 - Nº 40

Ene-Feb 2003>


HUBIERA QUERIDO
Sonia Otamendi

2002
Marta Vasallo

LOS ARQUEÓLOGOS ESTÁN PREOCUPADOS
Leda Schiavo

A PESAR DE LOS MALES
Miguel Ángel Morelli

RÉQUIEM PARA EL 2002
Carlos Costantini

DE PECHOS Y GLÚTEOS
Fernando Anguita B.

CÓMO MEDIR EL ALMA
Graciela Reyes

EN LA CASA NATAL DE FEDERICO GARCÍA LORCA
Salvador Enríquez

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HUBIERA QUERIDO

Hubiera querido, Borges, contarle esta historia. Seguramente a usted le hubiera gustado y habría hecho con ella, un magnífico cuento. Le hubiera gustado, digo, por varias razones: porque ocurrió en la provincia de Buenos Aires, más precisamente en Lobería, donde mi bisabuelo tenía campos que repartió entre sus numerosos hijos, (precursores, nuestros ancestros, en eso de la reforma agraria.). Le hubiera gustado porque es una historia criolla, con facón y coraje, y desprecio por la vida. Y también con algunas formas de la lealtad. Y, como me dijo Morelli, a usted le hubiera gustado porque el nombre de uno de los protagonistas es Burgos, del que su apellido, parece ser la forma portuguesa. ¡Lástima que no hubo tiempo! De hacerle saber todo esto, digo.

Burgos tenía un campo lindero con el de mi abuelo. Al sur lo separaba un arroyo, creo que el del Diablo. Al oeste, el cerro Mocho. Zona quebrada aquella, como que son las últimas estribaciones de las sierras del Tandil.
A mi abuelo le tocó «Los Cerros» en el reparto, una estancia que yo nunca conocí realmente, (pero ¿qué es lo real? me diría usted). Lo que quiero decir es que nunca estuve allí, pero que fue el escenario de todas las historias que en mi infancia, me contaba una tía, contemporánea suya, y que yo incorporé tan vívidamente, que entonces sí puedo decir que estuve allí, caminando por la galería, asustándome en los corredores oscuros, disfrazándome, e imitando a los grandes, frente al espejo ovalado de la cómoda de caoba. O husmeando en la despensa, o mejor en la cocina, con la negra Dominga, nieta de libertos, que sabía hablarme del puma, o con Francisca y Dinarda, las sirvientas que contaban los cuentos de ánimas y aparecidos que poblaron mis insomnios.

Podría describirle la casa y los patios, hablarle del arroyo, y de los sauces que crecían en la orilla. Del aljibe y el pozo, del mail coach, tirado por cuatro caballos blancos, y otros cuatro de refresco, que eran la admiración del pueblo cuando llegaba mi abuelo con la familia, o parte, porque los hijos varones hacían las cinco leguas a caballo. Podría hablarle del galpón al que una noche, cuando los peones estaban sentados sobre unas bolsas que acababan de estibar, entró una centella, y ante el estupor de todos, rodó, esquivando a los presentes y dejó como saldo, unos vellones y unas bolsas de maíz apenas chamuscados. Así lo contaban. De los potreros, que debían su nombre a alguna particularidad: el Lagarto, el de la Virgen, la Piedra Sola...

De la historia que hubiera querido referirle, sólo sé o creo recordar, los nombres de los protagonistas: Gaspar y Alfredo Campos por un lado, que eran «orejudos», como solían llamar a los conservadores en aquellos tiempos, y don Luis Burgos por el otro, que era hombre de Leandro Alem.
No sé bien qué se elegía, pero eran días de elecciones, o vísperas. Ahí estaban los hermanos Campos, en la puerta del almacén, acompañados de la peonada y listos para volver a su estancia, cuando al fondo de la calle que costea las vías, aparece Burgos montado en el oscuro malacara. Se ponen a hablar primero y a discutir después cada vez más acaloradamente. Cuando las cosas llegan a un punto, los dos hombres sacan las armas. Gaspar Campos pecha con su caballo al de Burgos, que se abalanza y se bolea, pero antes de caer, Burgos aprieta el gatillo y Campos queda muerto sobre el cogote del zaino.
Alfredo va a socorrer a su hermano, cuando ve el brillo del cuchillo que Beltrán Duarte, el domador, pone en la garganta de Burgos, dispuesto a degollar, y lo detiene diciendo: “No amigo, a un criollo no se lo mata en el suelo».

Dicen que Burgos hizo levantar un hospital en el pueblo, y que le puso el nombre del finado.

Sonia Otamendi

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2002

En el curso de este año hemos oscilado entre la extrema ilusión y la extrema desesperanza, entre el "Nunca habíamos visto nada igual" y el "Siempre fue lo mismo", entre la capacidad siempre renovada de escándalo y la indiferencia por saturación.

El caso Grassi vuelve a exponer hasta la exasperación la estructura mafiosa tras de una supuesta entidad de bien común, una guerra mediática obscena y una moral sexual colectiva que hace poco más que convertir en materia de chistes homofóbicos la situación de niños y adolescentes en estado de desamparo. Se diría que no sólo nada ha cambiado sino que todo se agrava al infinito. Los bebés moribundos reducidos a esqueletos que los canales de tv exhiben incansablemente empiezan a recordar el "show del horror" protagonizado por los medios a propósito de los crímenes de la dictadura inmediatamente después de su caída. ¿Estamos espantados de lo que entre todos hemos logrado o estamos acostumbrándonos a que una proporción de la población del país viva así? Seguimos bandeándonos entre no reconocer el país que tuvimos en éste que nos obsesiona y nos quita el sueño, y la necesidad de recuperarlo como quien vuelve a ver claro después de atravesar la niebla. La historia vuelve a levantarse tras de nosotros, no se sabe si como algo concluso a la mirada retrospectiva o como renovado cimiento de futuro.¿Pérdida o recuperación? ¿Declive inexorable o innovación inesperada?

La dificultad para encontrar en qué extremo de esas oscilaciones nos hallamos tal vez sea el indicio de que la incógnita sobre el sentido de la etapa iniciada el último 20 de diciembre no se ha resuelto, y de que el curso de los acontecimientos se nos aparece inquietante, oscuro, pero no fatalmente predeterminado.

Ojalá el 2003 sea el mapa donde tracemos todos los proyectos posibles, menos el de la resignación.

Marta Vasallo

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LOS ARQUEÓLOGOS ESTÁN PREOCUPADOS

Nunca había pensado, hasta que leí la noticia a la que me voy a referir, que los arqueólogos son aves de rapiña. El periódico mexicano La Jornada (el que les recomiendo leer por Internet, www.jornada.unam.mx, porque es uno de los mejores de latinoamérica) publica una noticia que me produjo gran indignación, bajo el título: “Arqueólogos del mundo quieren rescatar los tesoros de Irak y exigen no repetir bombardeos en sitios históricos”.
Los más preocupados son, naturalmente, los arqueólogos norteamericanos e ingleses, y hablan de ay! el santuario de Kerbala Shia, ay! de Ur, la ciudad más antigua del mundo, de ay! los templos y las ruinas. Tan preocupados están que envían mapas e información al Departamento de Defensa estadunidense sobre los lugares de estos monumentos invalorables para que no los bombardeen. No dicen una palabra de los seres humanos. No se refieren a los 111.000 civiles, de los cuales 70.000 eran niños, que murieron como “daños colaterales” en 1991, durante la vistosa, luminosa y posmoderna Guerra del Golfo.

Las cifras anteriores las da en internet la International Physicians and Health Professionals Association, que, menos mal, piensa en los seres humanos. Esta asociación de médicos, creada en contra de la guerra nuclear, previene que una guerra convencional en Irak podría causar medio millón de muertos y que, de utilizar armas nucleares, la cifra podría llegar a cuatro millones. Como en las mejores películas western, aquellas en que los blancos luchan contra los indios, la misma asociación calcula que Estados Unidos perdería unos 5.000 soldados. Pero ojo, por favor, no vayan a destruir los lugares donde hay riquezas arqueológicas, no vayan a destruir un árbol famoso que está en Basora Al Qurna, llamado árbol de Adán, que marca el lugar donde algunos creen que estuvo el Jardín del Edén.

Qué ironía señores, el paraíso estaba en el mismísimo infierno.

Leda Schiavo

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A PESAR DE LOS MALES

Somos, está visto, el país más impredecible del planeta. Y el más ciclotímico. Pasamos de la euforia a la desazón, del amor al odio, del éxtasis a la agonía, en menos de lo que canta un gallo. Si en la cancha nuestro goleador es “un perro” durante ochenta y nueve minutos, bastará con que sobre la hora tropiece con la pelota y sin querer haga un gol, para que pase a ser, en ese mismo instante, “un ídolo” absoluto. Si un cura es ejemplo público de virtuosismo y abnegación, una denuncia en su contra sobrará para que lo crucifiquemos de por vida. Todavía recuerda uno aquel domingo cuando el canciller publicó en el periódico más influyente del país que era imprescindible que la nación se encolumnase a lado de las grandes potencias, y al viernes siguiente su jefe les declaró la guerra como si tal cosa... Ha pasado un cuarto de siglo, ¿habremos aprendido algo, digo yo?

Cuando comenzó el 2002, los vaticinios más optimistas predecían un dólar escabulléndose entre las nubes, una inflación desbocada e indomable, la sociedad en llamas, el caos, la anarquía (los titulares hablaban, como recordará el lector, de disolución nacional). Once meses más tarde, y a pesar de la ineptitud de nuestra dirigencia política, el dólar se mantiene estable, la inflación no será ni remotamente la augurada y el país funciona... mal, pero funciona (si, ya sé que hay millones de compatriotas que viven al borde de la desesperación, niños que mueren por desnutrición, legiones de desempleados y de ancianos sin atención, lo que en rigor quiero decir es que la gente no se anda matando entre sí por la calles, al contrario, la sociedad tejió lazos de solidaridad impensados y hay buenos motivos para imaginar que podemos comenzar a repechar la cuesta). Para decirlo de una buena vez: no somos el primer mundo, pero tampoco somos su resumidero.

Puestas así las cosas, ¿cómo poder vislumbrar lo que será el 2003? ¿Qué desearnos entre los argentinos a la hora de brindar? ¿Pan y trabajo digno para todos, o simplemente conformarnos con no morir aplastados por un nuevo vendaval? Porque pan y trabajo se pide cuando la situación deja lugar para el optimismo, cuando viene una guerra lo que se pide es salvar el pellejo como fuere. Se nos va el año y con él, si Dios quiere, los malos presagios del principio. Y si bien el próximo también será duro, muy duro, es de suponer que los argentinos hemos aprendido de una vez por todas la lección (o al menos una parte de ella): la gente es siempre más importante que los gobiernos, la democracia no es un regalo de la Providencia sino algo que debe ganarse día a día, un país sin justicia no funciona jamás, los ineptos deben ser echados a la calle, lo mejor que tenemos somos nosotros mismos...

Miguel Ángel Morelli

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RÉQUIEM PARA EL 2002

Todo orden perfecto, al mezclarse con el tiempo, va generando un caos, que una vez instaurado acaba por exigir un nuevo orden. Esta visión (no sé si de Kirkegaard o de Heidegger, mi memoria no es lo que era) más o menos existencial no difiere demasiado de la dialéctica clásica para explicar la historia, y es antagónica de esta bella visión de Pedro Salinas:

«Todo beso perfecto aparta el tiempo,/ ensancha el mundo nuevo/ donde puede besarse todavía.»

Y sin embargo, sólo uno de cada doscientos habitantes de este planeta, (más o menos unos treinta millones de norteamericanos) han convalidado, de un modo que parece contundente, al cow boy del new age, que parece tener menos luces que el homus neardentahlis, pero sigue una lógica casi perfecta, de un maniqueísmo admirable: ellos son los malos, nosotros somos los buenos...y uno recuerda los westerns de la infancia, donde el “muchachito” era infinitamente acosado, pero siempre ganaba y la película terminaba con el beso perfecto que ensanchaba el tiempo...para que luz, chocolatines, caramelos, helados y feliz vuelta a casa pudieran transcurrir.
El mundo era otro caos, diferente de éste que huele a cinismo, petróleo y múltiples “errores no deseados” (ya empezaron en Afganistán), que van a costar cien veces más víctimas que las del trágico 11 de septiembre en New York...al cabo, gigantesco pretexto para una eventual y lamentablemente demasiado próxima guerra eterna y unilateral que rompe con un tácito orden internacional que nos viene desde la Paz de Westfalia, insólita actitud apenas imaginable hace apenas quince meses... El criterio de “los buenos” y “los malos” es aplicable por cualquiera a cualquier diferente, como es obvio, y desgracia veinticinco siglos de civilización de un solo saque. Todo el resto (las Naciones Unidas, los medios de comunicación, el carácter de aliado o sospechoso) pasan a depender de esta batalla interminable: el bien contra el mal, reverso exacto y equivalente de los fundamentalismos ancestrales. Pero torpemente más precario, ya que es sospechado de alianza con industria de armamentos o control estratégico del petróleo: qué importan, entonces, cien mil vidas o trescientas mil, para un planeta dominado que contiene seis mil millones?

Por casa, los coletazos de los absurdos del último diciembre, siguen lacerando, pero por lo menos el apocalipsis previsto por casi todos los gurúes de la economía vigente, se demora mágicamente y se acalló el ruido insensato de las cacerolas. Pero los peronistas creen que tienen un aire nuevo, y alejados del hambre y la desolación colectivos, se enredan en un internismo insolente e interminable, como si el poder fuera un fruto del paraíso y no una aciaga necesidad. En fin, ocurren hechos que ofenden el sentido común y el pudor, como en el resto del mundo, con la misma asiduidad con que caen las gotas de agua de las vertientes.
En todo esto, creo que la pobreza creciente de los medios (es decir de la televisión: manda el mercado, manda el “rating”) debe de tener mucho que ver: la simplicidad basura genera reacciones ramplonas, indignas de los incalculables torrentes que corrieron desde que en la Grecia antigua, se le ocurriera a un tipo inventar la democracia, palabra quizá bella pero de un significado hoy nulo.

Recuerdo que a mis lejanos diecisiete años, le pregunté a mi padre, que estaría haciendo reflexiones de esta índole:

“Pero, Papá, entonces ¿vos no crees en la democracia?”
“Hijo, si yo tuviera diecisiete años creería en la democracia...” Yo ya no tengo diecisiete años.

A pesar de todo, vuelvo a sentirlos: hay luna llena, es primavera, la vida es lo más bello que nos pudieron haber dado, las muchachas se renuevan intactas, y a uno le parece que tendrán que repetirse noches mágicas, donde “cada beso perfecto”, siga prolongando el mundo breve “donde pueda besarse todavía”.

Carlos Costantini

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DE PECHOS Y GLÚTEOS

En su libro «El delirio, un error necesario» (1998), el psiquiatra Carlos Castilla del Pino explica que las relaciones entre personas se desarrollan básicamente en cuatro áreas. Insiste sobre ello en la «Teoría de los sentimientos», libro aparecido dos años después, donde identifica aquellas áreas con los módulos en que se basa la imagen que el sujeto tiene de sí mismo, (los cuatro que siguen en negritas). Vulgarizando y simplificando mucho, lo que dice el docto científico español es que una persona no tratará de destacar por su conversación pero, en cambio, exhibirá su eros, si ha comprobado, —o le han hecho saber—, que su virilidad / feminidad es muy superior a su inteligencia. Puede que en ninguno de esos dos módulos destaque, pero entonces le queda el recurso actitudinal –simpatía o dedicación al prójimo– o bien el corporal –belleza o salud–.

Un dicho popular resume la insatisfacción más común, la que soporta el módulo del eros: «En este mundo de desdicha, nadie está contento con su picha». Supongo que también se podría decir algo parecido de las mujeres con sus pechos, o con su cara, sus labios… unas y otros con nada de nada. Porque si observamos la manera de comportarse y hacer público negocio de quienes, supuestamente, sí están satisfechos, descifraremos no tardando el vacío de su descontento.

El hombre occidental –no tengo conocimiento suficiente para afirmar del oriental algo parecido– ha hecho siempre objeto de culto preferente los pechos femeninos. Naturalmente con mayor y más entusiasta ansiedad cuanto más difícil le ha sido contemplarlos. Pero, desde que el topless impuso su rutina, el varón se interesa mucho más que antes por desvelar el triángulo, lo poco que ya cubren en las playas y pasarelas las hembras de la especie sapiens. A su vez, éstas, sexólogas incluidas, vienen declarando su admiración por los glúteos masculinos, por lo que algunos hombres decidieron también cambiar sus bermudas por el tanga.
Castilla resume estas actitudes con claridad meridiana diciendo: todo sujeto tiende a privilegiar aquellas áreas en las que obtiene los mejores logros, y que le compensan de las deficiencias en otras, de manera que la resultante sea una gratificación suficiente que le permita encontrar satisfactoria en líneas generales la vida de relación.

La moraleja parece simple: empiece cada una / uno frente al espejo, contemplándose como vino al mundo, y reflexione unos minutos. Seguro que si es honesto consigo mismo saldrá de dudas —si las tenía— nada más terminar la observación. Si auto condena «su» módulo erótico no tiene que hundirse en la depresión; debe recordar que le quedan los otros tres… dos… uno…

En casos desesperados el último recurso es ponerse a bailar ante el espejo, antes de volver a vestirse. Laura Archera Huxley publicó en «You are not the target» (1963) una receta titulada «Dance naked with music». Sé que el libro sigue reeditándose porque a lo largo de los años lo he regalado más de una vez, y sé de casos de notable recuperación de algún desahuciado eros, gracias a la aplicación rigurosa de la receta. Hasta recibí testimonios gráficos del hecho. Servidumbres del correo electrónico.

Fernando Anguita B.

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CÓMO MEDIR EL ALMA

A mí me la midieron con una sonda, metida por la nariz hasta el esófago, y conectada a una computadora que llevaba en la cintura. Tenía que ir anotando todo lo que hacía, sincronizando mis notas con la computadora. Para medir el alma hay que tomarse cierto tiempo, porque el alma, aunque está en el cuerpo (¿dónde iba a estar?) y es continua, se manifiesta de manera intermitente, dejando rastros en la química de los tejidos, especialmente las mucosas del esófago, que son extremadamente delicadas.

Cuando me vio con los cables, la amiga que había ido a buscarme se puso a llorar. Tuve que pedirle que se fuera a su casa, y tomé un taxi en la puerta del hospital.
El taxista, un joven negro, me preguntó por qué llevaba un cable metido por la nariz:

“Me están midiendo el alma”, le dije.
Se quedó callado durante varias cuadras.
“Yo creí que el alma era inmaterial”, dijo por fin.
“No creo, porque las emociones dejan rastros bien materiales, y a veces matan, incluso”, le dije.
“¿Usted tiene muchas emociones?”, preguntó entonces.
“Muchas. Por eso estoy enferma”, le contesté.
Al llegar a casa me pidió que le dijera mi nombre, porque iba a rezar por mí.

Mi condición provocó el espanto y la piedad de varias personas, que pensaban, creyendo todavía en la distinción cartesiana alma-cuerpo, que el alma es inmaterial e incluso inmortal, un atributo que tenemos misteriosamente los humanos (quizás no todos: eso se discutió en ciertas ocasiones históricas conocidas). Pero el alma, o, lo que es lo mismo, la mente, la conciencia, es algo material y física, es una serie de estados internos, cualitativos y subjetivos, de percepción, sentimiento y pensamiento, un hecho biológico que compartimos con los mamíferos superiores, por lo menos. Cada vez que saltaban los numeritos de la computadora, yo sabía que se estaba computando un avatar de mi alma reflejado por mis mucosas. La neurobiología está empezando a estudiar la mente en su lugar, que es el cerebro, porque lo cualitativo también puede estudiarse objetivamente. Una vez que se determinen cuáles son los correlatos biológicos de la mente, por ejemplo qué actividad de las neuronas produce amor, odio, miedo, deseo, y por qué, sabremos cómo funciona nuestra inteligencia, e incluso podremos explicar ese misterio máximo: la subjetividad. Lo que pasa en mi mente, lo subjetivo, es íntimo, es intransferible, sólo puedo sentirlo yo misma, en soledad. Quizás algún día comprendamos mejor ese ámbito que parece inaccesible. Además, entendiendo cómo funciona lo consciente, podrá por fin despejar el misterio de lo inconsciente. Los caminos para llegar a las preguntas importantes sobre el alma son la intuición, que nos da acceso a los qualia, la filosofía, que intenta explicar la relación entre la mente y el mundo, y la literatura, que despliega y analiza la subjetividad. Allí están las preguntas, explícitas e implícitas, sobre lo que queremos saber de nosotros mismos. Al intentar responder esas preguntas, la biología, la neurología, la psicología, la medicina, las ciencias de la cognición, pueden darnos descubrimientos, verificaciones y certezas, y también alivio y esperanza.

Yo dispuse durante un día y una noche de un modesto catéter y unos numeritos cambiantes, que me confirmaron que, por lo menos, tengo alma.

Graciela Reyes

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EN LA CASA NATAL DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Si lo sublime de un poeta es su obra, no lo son menos sus raíces, los lugares en los que nació, vivió, jugó, soñó y –quizá- sintió los extraños miedos de la niñez bajo una noche de tormenta o ante un futuro más o menos esperanzador. Y es que el paisaje, ya sean árboles u objetos, que se muestra ante los ojos del futuro poeta creo que condiciona, de alguna forma, la obra y se entronca en ella de modo subliminal.
En un reciente viaje a Granada realicé el proyecto que desde hacía tiempo tenía en mente: visitar la casa natal de Federico García Lorca, hoy convertida en museo gracias al tesón y al trabajo del poeta granadino Juan de Loxa que, como director del museo, me había invitado hacía meses.

A poco menos de una hora en autobús desde Granada, por la carretera A-92 en dirección a Málaga, se llega al lugar en el que se encuentra la casa en la que pasó su niñez Federico García Lorca: Fuente Vaqueros, un pueblo blanco, situado en la Vega granadina, muy andaluz, pequeño, con poco más de 4.000 habitantes. Pero tuvieron pasar cincuenta años desde que el poeta fue asesinado en los primeros días de la Guerra Civil Española hasta que el 4 de junio de 1986 se abrió al público este sencillo edificio –planta baja, un primer piso y granero- donde se pueden contemplar lo que estuvo en el origen y lo que rodeó al poeta universal: su cuna, el piano en el que tocaba mientras, en mente, compondría sus primeros versos, fotografías familiares, cuadros, libros... También se pueden contemplar el original argentino de “El retablillo de don Cristóbal”, “La Conferencia Arquitectura del Cante Jondo”, “Páginas de Mariana Pineda”, “Doña Rosita la soltera” y “Diván del Tamarit”.

Un lugar, en fin, que –como explica su director- es “un referente obligado para quienes desean conocer, no sólo el paisaje del creador irrepetible, sino sus manuscritos, la correspondencia con muchos de sus amigos, dibujos suyos y de sus contemporáneos, materiales valiosísimos para los ojos de aquellos que saben encontrar en los museos emoción y sabiduría”.

Por suerte, la invasión turística no llegó a Fuente Vaqueros. La visita a la Casa Museo se hace con calma, como requiere el lugar, para saborear cada documento, cada rincón, y hasta se puede uno sentar en el patinillo a escuchar, antes de volver a la ciudad, el silencioso murmullo de una mañana en la Vega de Granada.

Salvador Enríquez

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