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HUBIERA QUERIDO
Sonia Otamendi
2002
Marta Vasallo
LOS ARQUEÓLOGOS ESTÁN PREOCUPADOS
Leda Schiavo
A PESAR DE LOS MALES
Miguel Ángel Morelli
RÉQUIEM PARA EL 2002
Carlos Costantini
DE PECHOS Y GLÚTEOS
Fernando Anguita B.
CÓMO MEDIR EL ALMA
Graciela Reyes
EN LA CASA NATAL DE FEDERICO GARCÍA LORCA
Salvador Enríquez
fab6V-9
HUBIERA QUERIDO
Hubiera querido, Borges, contarle esta historia. Seguramente a usted le hubiera
gustado y habría hecho con ella, un magnífico cuento. Le hubiera gustado, digo,
por varias razones: porque ocurrió en la provincia de Buenos Aires, más
precisamente en Lobería, donde mi bisabuelo tenía campos que repartió entre sus
numerosos hijos, (precursores, nuestros ancestros, en eso de la reforma
agraria.). Le hubiera gustado porque es una historia criolla, con facón y
coraje, y desprecio por la vida. Y también con algunas formas de la lealtad. Y,
como me dijo Morelli, a usted le hubiera gustado porque el nombre de uno de los
protagonistas es Burgos, del que su apellido, parece ser la forma portuguesa.
¡Lástima que no hubo tiempo! De hacerle saber todo esto, digo.
Burgos tenía un campo lindero con el de mi abuelo. Al sur lo separaba un arroyo,
creo que el del Diablo. Al oeste, el cerro Mocho. Zona quebrada aquella, como
que son las últimas estribaciones de las sierras del Tandil.
A mi abuelo le tocó «Los Cerros» en el reparto, una estancia que yo nunca conocí
realmente, (pero ¿qué es lo real? me diría usted). Lo que quiero decir es que
nunca estuve allí, pero que fue el escenario de todas las historias que en mi
infancia, me contaba una tía, contemporánea suya, y que yo incorporé tan
vívidamente, que entonces sí puedo decir que estuve allí, caminando por la
galería, asustándome en los corredores oscuros, disfrazándome, e imitando a los
grandes, frente al espejo ovalado de la cómoda de caoba. O husmeando en la
despensa, o mejor en la cocina, con la negra Dominga, nieta de libertos, que
sabía hablarme del puma, o con Francisca y Dinarda, las sirvientas que contaban
los cuentos de ánimas y aparecidos que poblaron mis insomnios.
Podría describirle la casa y los patios, hablarle del arroyo, y de los sauces
que crecían en la orilla. Del aljibe y el pozo, del mail coach, tirado por
cuatro caballos blancos, y otros cuatro de refresco, que eran la admiración del
pueblo cuando llegaba mi abuelo con la familia, o parte, porque los hijos
varones hacían las cinco leguas a caballo. Podría hablarle del galpón al que una
noche, cuando los peones estaban sentados sobre unas bolsas que acababan de
estibar, entró una centella, y ante el estupor de todos, rodó, esquivando a los
presentes y dejó como saldo, unos vellones y unas bolsas de maíz apenas
chamuscados. Así lo contaban. De los potreros, que debían su nombre a alguna
particularidad: el Lagarto, el de la Virgen, la Piedra Sola...
De la historia que hubiera querido referirle, sólo sé o creo recordar, los
nombres de los protagonistas: Gaspar y Alfredo Campos por un lado, que eran
«orejudos», como solían llamar a los conservadores en aquellos tiempos, y don
Luis Burgos por el otro, que era hombre de Leandro Alem.
No sé bien qué se elegía, pero eran días de elecciones, o vísperas. Ahí estaban
los hermanos Campos, en la puerta del almacén, acompañados de la peonada y
listos para volver a su estancia, cuando al fondo de la calle que costea las
vías, aparece Burgos montado en el oscuro malacara. Se ponen a hablar primero y
a discutir después cada vez más acaloradamente. Cuando las cosas llegan a un
punto, los dos hombres sacan las armas. Gaspar Campos pecha con su caballo al de
Burgos, que se abalanza y se bolea, pero antes de caer, Burgos aprieta el
gatillo y Campos queda muerto sobre el cogote del zaino.
Alfredo va a socorrer a su hermano, cuando ve el brillo del cuchillo que Beltrán
Duarte, el domador, pone en la garganta de Burgos, dispuesto a degollar, y lo
detiene diciendo: “No amigo, a un criollo no se lo mata en el suelo».
Dicen que Burgos hizo levantar un hospital en el pueblo, y que le puso el nombre
del finado.
Sonia Otamendi
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2002
En el curso de este año hemos oscilado entre la extrema ilusión y la extrema
desesperanza, entre el "Nunca habíamos visto nada igual" y el "Siempre fue lo
mismo", entre la capacidad siempre renovada de escándalo y la indiferencia por
saturación.
El caso Grassi vuelve a exponer hasta la exasperación la estructura mafiosa tras
de una supuesta entidad de bien común, una guerra mediática obscena y una moral
sexual colectiva que hace poco más que convertir en materia de chistes
homofóbicos la situación de niños y adolescentes en estado de desamparo. Se
diría que no sólo nada ha cambiado sino que todo se agrava al infinito. Los
bebés moribundos reducidos a esqueletos que los canales de tv exhiben
incansablemente empiezan a recordar el "show del horror" protagonizado por los
medios a propósito de los crímenes de la dictadura inmediatamente después de su
caída. ¿Estamos espantados de lo que entre todos hemos logrado o estamos
acostumbrándonos a que una proporción de la población del país viva así?
Seguimos bandeándonos entre no reconocer el país que tuvimos en éste que nos
obsesiona y nos quita el sueño, y la necesidad de recuperarlo como quien vuelve
a ver claro después de atravesar la niebla. La historia vuelve a levantarse tras
de nosotros, no se sabe si como algo concluso a la mirada retrospectiva o como
renovado cimiento de futuro.¿Pérdida o recuperación? ¿Declive inexorable o
innovación inesperada?
La dificultad para encontrar en qué extremo de esas oscilaciones nos hallamos
tal vez sea el indicio de que la incógnita sobre el sentido de la etapa iniciada
el último 20 de diciembre no se ha resuelto, y de que el curso de los
acontecimientos se nos aparece inquietante, oscuro, pero no fatalmente
predeterminado.
Ojalá el 2003 sea el mapa donde tracemos todos los proyectos posibles, menos el
de la resignación.
Marta Vasallo
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LOS ARQUEÓLOGOS ESTÁN PREOCUPADOS
Nunca había pensado, hasta que leí la noticia a la que me voy a referir, que los
arqueólogos son aves de rapiña. El periódico mexicano La Jornada (el que les
recomiendo leer por Internet, www.jornada.unam.mx, porque es uno de los mejores
de latinoamérica) publica una noticia que me produjo gran indignación, bajo el
título: “Arqueólogos del mundo quieren rescatar los tesoros de Irak y exigen no
repetir bombardeos en sitios históricos”.
Los más preocupados son, naturalmente,
los arqueólogos norteamericanos e ingleses, y hablan de ay! el santuario de
Kerbala Shia, ay! de Ur, la ciudad más antigua del mundo, de ay! los templos y
las ruinas. Tan preocupados están que envían mapas e información al Departamento
de Defensa estadunidense sobre los lugares de estos monumentos invalorables para
que no los bombardeen. No dicen una palabra de los seres humanos. No se refieren
a los 111.000 civiles, de los cuales 70.000 eran niños, que murieron como “daños
colaterales” en 1991, durante la vistosa, luminosa y posmoderna Guerra del
Golfo.
Las cifras anteriores las da en internet la International Physicians and
Health Professionals Association, que, menos mal, piensa en los seres humanos.
Esta asociación de médicos, creada en contra de la guerra nuclear, previene que
una guerra convencional en Irak podría causar medio millón de muertos y que, de
utilizar armas nucleares, la cifra podría llegar a cuatro millones. Como en las
mejores películas western, aquellas en que los blancos luchan contra los indios,
la misma asociación calcula que Estados Unidos perdería unos 5.000 soldados.
Pero ojo, por favor, no vayan a destruir los lugares donde hay riquezas
arqueológicas, no vayan a destruir un árbol famoso que está en Basora Al
Qurna, llamado árbol de Adán, que marca el lugar donde algunos creen que estuvo
el Jardín del Edén.
Qué ironía señores, el paraíso estaba en el mismísimo infierno.
Leda Schiavo
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A PESAR DE LOS MALES
Somos, está visto, el país más impredecible del planeta. Y el más ciclotímico.
Pasamos de la euforia a la desazón, del amor al odio, del éxtasis a la agonía,
en menos de lo que canta un gallo. Si en la cancha nuestro goleador es “un
perro” durante ochenta y nueve minutos, bastará con que sobre la hora tropiece
con la pelota y sin querer haga un gol, para que pase a ser, en ese mismo
instante, “un ídolo” absoluto. Si un cura es ejemplo público de virtuosismo y
abnegación, una denuncia en su contra sobrará para que lo crucifiquemos de por
vida. Todavía recuerda uno aquel domingo cuando el canciller publicó en el
periódico más influyente del país que era imprescindible que la nación se
encolumnase a lado de las grandes potencias, y al viernes siguiente su jefe les
declaró la guerra como si tal cosa... Ha pasado un cuarto de siglo, ¿habremos
aprendido algo, digo yo?
Cuando comenzó el 2002, los vaticinios más optimistas predecían un dólar
escabulléndose entre las nubes, una inflación desbocada e indomable, la sociedad
en llamas, el caos, la anarquía (los titulares hablaban, como recordará el
lector, de disolución nacional). Once meses más tarde, y a pesar de la ineptitud
de nuestra dirigencia política, el dólar se mantiene estable, la inflación no
será ni remotamente la augurada y el país funciona... mal, pero funciona (si,
ya sé que hay millones de compatriotas que viven al borde de la desesperación,
niños que mueren por desnutrición, legiones de desempleados y de ancianos sin
atención, lo que en rigor quiero decir es que la gente no se anda matando entre
sí por la calles, al contrario, la sociedad tejió lazos de solidaridad
impensados y hay buenos motivos para imaginar que podemos comenzar a repechar la
cuesta). Para decirlo de una buena vez: no somos el primer mundo, pero tampoco
somos su resumidero.
Puestas así las cosas, ¿cómo poder vislumbrar lo que será el 2003? ¿Qué
desearnos entre los argentinos a la hora de brindar? ¿Pan y trabajo digno para
todos, o simplemente conformarnos con no morir aplastados por un nuevo vendaval?
Porque pan y trabajo se pide cuando la situación deja lugar para el optimismo,
cuando viene una guerra lo que se pide es salvar el pellejo como fuere.
Se nos va el año y con él, si Dios quiere, los malos presagios del principio. Y
si bien el próximo también será duro, muy duro, es de suponer que los argentinos
hemos aprendido de una vez por todas la lección (o al menos una parte de ella):
la gente es siempre más importante que los gobiernos, la democracia no es un
regalo de la Providencia sino algo que debe ganarse día a día, un país sin
justicia no funciona jamás, los ineptos deben ser echados a la calle, lo mejor
que tenemos somos nosotros mismos...
Miguel Ángel Morelli
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RÉQUIEM PARA EL 2002
Todo orden perfecto, al mezclarse con el tiempo, va generando un caos, que una
vez instaurado acaba por exigir un nuevo orden. Esta visión (no sé si de
Kirkegaard o de Heidegger, mi memoria no es lo que era) más o menos existencial
no difiere demasiado de la dialéctica clásica para explicar la historia, y es
antagónica de esta bella visión de Pedro Salinas:
«Todo beso perfecto aparta el tiempo,/ ensancha el mundo nuevo/ donde puede
besarse todavía.»
Y sin embargo, sólo uno de cada doscientos habitantes de este planeta, (más o
menos unos treinta millones de norteamericanos) han convalidado, de un modo que
parece contundente, al cow boy del new age, que parece tener menos luces que el
homus neardentahlis, pero sigue una lógica casi perfecta, de un maniqueísmo
admirable: ellos son los malos, nosotros somos los buenos...y uno recuerda los
westerns de la infancia, donde el “muchachito” era infinitamente acosado, pero
siempre ganaba y la película terminaba con el beso perfecto que ensanchaba el
tiempo...para que luz, chocolatines, caramelos, helados y feliz vuelta a casa
pudieran transcurrir. El mundo era otro caos, diferente de éste que huele a
cinismo, petróleo y múltiples “errores no deseados” (ya empezaron en
Afganistán), que van a costar cien veces más víctimas que las del trágico 11 de
septiembre en New York...al cabo, gigantesco pretexto para una eventual y
lamentablemente demasiado próxima guerra eterna y unilateral que rompe con un
tácito orden internacional que nos viene desde la Paz de Westfalia, insólita
actitud apenas imaginable hace apenas quince meses... El criterio de “los
buenos” y “los malos” es aplicable por cualquiera a cualquier diferente, como es
obvio, y desgracia veinticinco siglos de civilización de un solo saque. Todo el
resto (las Naciones Unidas, los medios de comunicación, el carácter de aliado o
sospechoso) pasan a depender de esta batalla interminable: el bien contra el
mal, reverso exacto y equivalente de los fundamentalismos ancestrales. Pero
torpemente más precario, ya que es sospechado de alianza con industria de
armamentos o control estratégico del petróleo: qué importan, entonces, cien mil
vidas o trescientas mil, para un planeta dominado que contiene seis mil
millones?
Por casa, los coletazos de los absurdos del último diciembre, siguen lacerando,
pero por lo menos el apocalipsis previsto por casi todos los gurúes de la
economía vigente, se demora mágicamente y se acalló el ruido insensato de las
cacerolas. Pero los peronistas creen que tienen un aire nuevo, y alejados del
hambre y la desolación colectivos, se enredan en un internismo insolente e
interminable, como si el poder fuera un fruto del paraíso y no una aciaga
necesidad. En fin, ocurren hechos que ofenden el sentido común y el pudor, como
en el resto del mundo, con la misma asiduidad con que caen las gotas de agua de
las vertientes. En todo esto, creo que la pobreza creciente de los medios (es
decir de la televisión: manda el mercado, manda el “rating”) debe de tener mucho
que ver: la simplicidad basura genera reacciones ramplonas, indignas de los
incalculables torrentes que corrieron desde que en la Grecia antigua, se le
ocurriera a un tipo inventar la democracia, palabra quizá bella pero de un
significado hoy nulo.
Recuerdo que a mis lejanos diecisiete años, le pregunté a
mi padre, que estaría haciendo reflexiones de esta índole:
“Pero, Papá,
entonces ¿vos no crees en la democracia?” “Hijo, si yo tuviera diecisiete años
creería en la democracia...” Yo ya no tengo diecisiete años.
A pesar de todo, vuelvo a sentirlos: hay luna llena, es primavera, la vida es lo
más bello que nos pudieron haber dado, las muchachas se renuevan intactas, y a
uno le parece que tendrán que repetirse noches mágicas, donde “cada beso
perfecto”, siga prolongando el mundo breve “donde pueda besarse todavía”.
Carlos Costantini
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DE PECHOS Y GLÚTEOS
En su libro «El delirio, un error necesario» (1998), el psiquiatra Carlos
Castilla del Pino explica que las relaciones entre personas se desarrollan
básicamente en cuatro áreas. Insiste sobre ello en la «Teoría de los
sentimientos», libro aparecido dos años después, donde identifica aquellas áreas
con los módulos en que se basa la imagen que el sujeto tiene de sí mismo, (los
cuatro que siguen en negritas). Vulgarizando y simplificando mucho, lo que dice
el docto científico español es que una persona no tratará de destacar por su
conversación pero, en cambio, exhibirá su eros, si ha comprobado, —o le han
hecho saber—, que su virilidad / feminidad es muy superior a su inteligencia.
Puede que en ninguno de esos dos módulos destaque, pero entonces le queda el
recurso actitudinal –simpatía o dedicación al prójimo– o bien el corporal
–belleza o salud–.
Un dicho popular resume la insatisfacción más común, la que soporta el módulo
del eros: «En este mundo de desdicha, nadie está contento con su picha». Supongo
que también se podría decir algo parecido de las mujeres con sus pechos, o con
su cara, sus labios… unas y otros con nada de nada. Porque si observamos la
manera de comportarse y hacer público negocio de quienes, supuestamente, sí
están satisfechos, descifraremos no tardando el vacío de su descontento.
El hombre occidental –no tengo conocimiento suficiente para afirmar del oriental
algo parecido– ha hecho siempre objeto de culto preferente los pechos femeninos.
Naturalmente con mayor y más entusiasta ansiedad cuanto más difícil le ha sido
contemplarlos. Pero, desde que el topless impuso su rutina, el varón se interesa
mucho más que antes por desvelar el triángulo, lo poco que ya cubren en las
playas y pasarelas las hembras de la especie sapiens. A su vez, éstas, sexólogas
incluidas, vienen declarando su admiración por los glúteos masculinos, por lo
que algunos hombres decidieron también cambiar sus bermudas por el tanga.
Castilla resume estas actitudes con claridad meridiana diciendo: todo sujeto
tiende a privilegiar aquellas áreas en las que obtiene los mejores logros, y que
le compensan de las deficiencias en otras, de manera que la resultante sea una
gratificación suficiente que le permita encontrar satisfactoria en líneas
generales la vida de relación.
La moraleja parece simple: empiece cada una / uno frente al espejo,
contemplándose como vino al mundo, y reflexione unos minutos. Seguro que si es
honesto consigo mismo saldrá de dudas —si las tenía— nada más terminar la
observación. Si auto condena «su» módulo erótico no tiene que hundirse en la
depresión; debe recordar que le quedan los otros tres… dos… uno…
En casos desesperados el último recurso es ponerse a bailar ante el espejo,
antes de volver a vestirse. Laura Archera Huxley publicó en «You are not the
target» (1963) una receta titulada «Dance naked with music». Sé que el libro
sigue reeditándose porque a lo largo de los años lo he regalado más de una vez,
y sé de casos de notable recuperación de algún desahuciado eros, gracias a la
aplicación rigurosa de la receta. Hasta recibí testimonios gráficos del hecho.
Servidumbres del correo electrónico.
Fernando Anguita B.
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CÓMO MEDIR EL ALMA
A mí me la midieron con una sonda, metida por la nariz hasta el esófago, y
conectada a una computadora que llevaba en la cintura. Tenía que ir anotando
todo lo que hacía, sincronizando mis notas con la computadora. Para medir el
alma hay que tomarse cierto tiempo, porque el alma, aunque está en el cuerpo
(¿dónde iba a estar?) y es continua, se manifiesta de manera intermitente,
dejando rastros en la química de los tejidos, especialmente las mucosas del
esófago, que son extremadamente delicadas.
Cuando me vio con los cables, la amiga que había ido a buscarme se puso a
llorar. Tuve que pedirle que se fuera a su casa, y tomé un taxi en la puerta del
hospital.
El taxista, un joven negro, me preguntó por qué llevaba un cable
metido por la nariz:
“Me están midiendo el alma”, le dije. Se quedó callado
durante varias cuadras. “Yo creí que el alma era inmaterial”, dijo por fin. “No
creo, porque las emociones dejan rastros bien materiales, y a veces matan,
incluso”, le dije.
“¿Usted tiene muchas emociones?”, preguntó entonces.
“Muchas. Por eso estoy enferma”, le contesté. Al llegar a casa me pidió que le
dijera mi nombre, porque iba a rezar por mí.
Mi condición provocó el espanto y la piedad de varias personas, que pensaban,
creyendo todavía en la distinción cartesiana alma-cuerpo, que el alma es
inmaterial e incluso inmortal, un atributo que tenemos misteriosamente los
humanos (quizás no todos: eso se discutió en ciertas ocasiones históricas
conocidas). Pero el alma, o, lo que es lo mismo, la mente, la conciencia, es
algo material y física, es una serie de estados internos, cualitativos y
subjetivos, de percepción, sentimiento y pensamiento, un hecho biológico que
compartimos con los mamíferos superiores, por lo menos. Cada vez que saltaban
los numeritos de la computadora, yo sabía que se estaba computando un avatar de
mi alma reflejado por mis mucosas. La neurobiología está empezando a estudiar la
mente en su lugar, que es el cerebro, porque lo cualitativo también puede
estudiarse objetivamente. Una vez que se determinen cuáles son los correlatos
biológicos de la mente, por ejemplo qué actividad de las neuronas produce amor,
odio, miedo, deseo, y por qué, sabremos cómo funciona nuestra inteligencia, e
incluso podremos explicar ese misterio máximo: la subjetividad. Lo que pasa en
mi mente, lo subjetivo, es íntimo, es intransferible, sólo puedo sentirlo yo
misma, en soledad. Quizás algún día comprendamos mejor ese ámbito que parece
inaccesible. Además, entendiendo cómo funciona lo consciente, podrá por fin
despejar el misterio de lo inconsciente. Los caminos para llegar a las preguntas
importantes sobre el alma son la intuición, que nos da acceso a los qualia, la
filosofía, que intenta explicar la relación entre la mente y el mundo, y la
literatura, que despliega y analiza la subjetividad. Allí están las preguntas,
explícitas e implícitas, sobre lo que queremos saber de nosotros mismos. Al
intentar responder esas preguntas, la biología, la neurología, la psicología, la
medicina, las ciencias de la cognición, pueden darnos descubrimientos,
verificaciones y certezas, y también alivio y esperanza.
Yo dispuse durante un día y una noche de un modesto catéter y unos numeritos
cambiantes, que me confirmaron que, por lo menos, tengo alma.
Graciela Reyes
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EN LA CASA NATAL DE FEDERICO GARCÍA LORCA
Si lo sublime de un poeta es su obra, no lo son menos sus raíces, los lugares en
los que nació, vivió, jugó, soñó y –quizá- sintió los extraños miedos de la
niñez bajo una noche de tormenta o ante un futuro más o menos esperanzador. Y es
que el paisaje, ya sean árboles u objetos, que se muestra ante los ojos del
futuro poeta creo que condiciona, de alguna forma, la obra y se entronca en ella
de modo subliminal.
En un reciente viaje a Granada realicé el proyecto que desde hacía tiempo tenía
en mente: visitar la casa natal de Federico García Lorca, hoy convertida en
museo gracias al tesón y al trabajo del poeta granadino Juan de Loxa que, como
director del museo, me había invitado hacía meses.
A poco menos de una hora en autobús desde Granada, por la carretera A-92 en
dirección a Málaga, se llega al lugar en el que se encuentra la casa en la que
pasó su niñez Federico García Lorca: Fuente Vaqueros, un pueblo blanco, situado
en la Vega granadina, muy andaluz, pequeño, con poco más de 4.000 habitantes.
Pero tuvieron pasar cincuenta años desde que el poeta fue asesinado en los
primeros días de la Guerra Civil Española hasta que el 4 de junio de 1986 se
abrió al público este sencillo edificio –planta baja, un primer piso y granero-
donde se pueden contemplar lo que estuvo en el origen y lo que rodeó al poeta
universal: su cuna, el piano en el que tocaba mientras, en mente, compondría sus
primeros versos, fotografías familiares, cuadros, libros... También se pueden
contemplar el original argentino de “El retablillo de don Cristóbal”, “La
Conferencia Arquitectura del Cante Jondo”, “Páginas de Mariana Pineda”, “Doña
Rosita la soltera” y “Diván del Tamarit”.
Un lugar, en fin, que –como explica su director- es “un referente obligado para
quienes desean conocer, no sólo el paisaje del creador irrepetible, sino sus
manuscritos, la correspondencia con muchos de sus amigos, dibujos suyos y de sus
contemporáneos, materiales valiosísimos para los ojos de aquellos que saben
encontrar en los museos emoción y sabiduría”.
Por suerte, la invasión turística no llegó a Fuente Vaqueros. La visita a la
Casa Museo se hace con calma, como requiere el lugar, para saborear cada
documento, cada rincón, y hasta se puede uno sentar en el patinillo a escuchar,
antes de volver a la ciudad, el silencioso murmullo de una mañana en la Vega de
Granada.
Salvador Enríquez
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