a PORTADA

<Nº 49

Diciembre 2003 — Nº 50

Ene-Feb 04>


RESPUESTA Y DESEOS
Sonia Otamendi

UNA MAÑANA DE DOMINGO
Miguel Angel Morelli

ILUSIONES SOBRE EL PASO DEL TIEMPO
Graciela Reyes

FUTUROLOGÍA / CUANDO LA SUERTE, QUE ES GRELA
LA MUERTE DE ARTEMIO / MAL TIEMPO
Roberto Enrique Rocca

PHILEAS FOGG, EL GLOBALIZADOR
Leda Schiavo

DE COLUMNAS COMO FLECHAS
Fernando Anguita B.

EL RESPETO SONORO
Federico Pablo Blanco

LA MAYOR AMENAZA
Carlos Costantini

"EL SECRETO":
UNA HERMOSA EXPERIENCIA TEATRA
Salvador Enríquez

OTROS
Julio Cortázar

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RESPUESTA Y DESEOS

Con el número cincuenta la Agenda del Sur finaliza su quinto año de existencia.

Respondiendo a las innumerables personas que por la calle, por carta o mail me preguntan por qué hay tanta información sobre las actividades de la Municipalidad de Berazategui y tan poca sobre Quilmes, les digo que sin duda Berazategui cuenta con un plan cultural, sigue un cronograma y tiene la constancia de difundirlo. No voy a hablar de la vergonzosa gestión municipal de nuestro distrito porque todos la hemos padecido. Sí afirmo, que la gestión de todos los que fueron responsables de la Secretaría de cultura, fue inexistente. En estos cinco años no he logrado que desde ese lugar, se me remitiera la mínima información y si algo he podido publicar ha sido simplemente por la iniciativa individual de algunos a los que aun parece interesarles la cultura.

A los que de una u otra manera contribuyeron para que la agenda perdurara en el tiempo, lectores, anunciantes, instituciones, corresponsales de aquí y del exterior les digo muchas gracias una vez más y que volveremos a encontrarnos en el mes de Marzo a través de la agenda soporte papel. Durante los meses de Enero y Febrero sólo aparecerá la página www.geocities.com/delsuragenda, a cargo de Jimena (a quien agradezco el invalorable trabajo), con notas y cuentos.

A todos les deseo lo mejor para el 2004.

Sonia Otamendi

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UNA MAÑANA DE DOMINGO

La ventana de mi cuarto da a un pequeño balcón con forma de ele, de modo que cada vez que levanto la vista tropiezo con la pared que lo cierra por el lado de enfrente. Pobre destino para una ventana de balcón, se me podrá decir, pero sin embargo para mí ese pequeño hueco del universo, ese aleph que encima me queda justo la altura de la nariz, es una suerte de bálsamo, de consuelo para cuando estoy en casa como ahora, en esta mañana de domingo.

Yo sé que por aquí hay balcones que miran al río y sus amaneceres, a algunas de las plazas que extrañamente todavía perduran en la ciudad, o a esas grandes avenidas que le permiten a uno irse volando detrás de su propia imaginación. Pero en mi balcón la pared de enfrente está pintada de un rosa muy lindo, y por ella descubro ahora que van trepando —sin prisa pero sin pausa, como corresponde a la naturaleza— las plantas que hace tiempo trajo a casa mi mujer. Y a la derecha del macetero, para redondear el cuadro, el ginkgo biloba que alguna vez fue un palito raquítico que ella regaba con entusiasmo mientras yo reía augurándole escasa vida, y que en este momento es todo un árbol orgulloso de su linaje y pródigo en hojas bellísimas. Por lo demás, en días como el de hoy, llenos de sol, algún que otro pájaro cae de visita por este rincón de la casa, de modo que nada le falta a la mañana.

Les parecerá raro, pero sin saber muy bien por qué, y mientras toda la familia duerme todavía, mirando por la ventana de mi cuarto se me ha dado por pensar en todos los hombres que a esta hora estarán mirando por una ventana. Algunos habrá que verán el mar, seguramente, pero también quien deba consolarse con un triste damero enrejado para siempre. Y si bien muchos estarán oteando el mundo desde las alturas imponentes de las grandes torres, estoy seguro, cuántos habrá digo yo que deban consolarse con mirarlo desde abajo, como hormigas o topos condenados a la oscuridad eterna... Y qué decir que mientras algunos lo estarán haciendo con impaciencia porque hay alguien que no llega, otros lo harán con el desconsuelo que da el saber que ya no hay nadie a quién esperar... Y así unos, y otros, gentes que en este mismo momento mirarán el universo desde sus propias ventanas mientras yo me entretengo pensando —pamplinas, dirán ustedes, cosas de viejo— que a esta misma hora alguno levantará la vista y verá la pared de enfrente (una pared pintada de un rosa muy lindo), las plantas de su mujer que las van trepando, el ginkgo victorioso, los pájaros, el sol que reverbera en la mañana del domingo...

Miguel Angel Morelli

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ILUSIONES SOBRE EL PASO DEL TIEMPO

Este mes de diciembre cumplo años, más de los que yo quisiera. ¿Cómo puede una tener esta edad si todavía no ha hecho tantas cosas que quería hacer? Me gustaría retroceder en el tiempo e iniciar esos proyectos postergados. Pero eso es imposible: no se retrocede en el tiempo. Es más difícil aceptar que es tarde cuando una es, o cree ser, la misma de siempre.

A veces encuentro a esa chica que fui, casi intacta, y me asombra que ya le interesaran las mismas cosas que a mí ahora. Es como si ella me usurpara a mí, en lugar de yo a ella. La encuentro entre páginas de libros, por ejemplo: papeles ya amarillos, cuidadosamente escritos en tinta, con una traducción, con alguna síntesis que me pareció genial en su momento, con notas, pensamientos, datos. Cuando guardé esos papeles, sabía que me iba a volver a encontrar en el acto de consultar el mismo libro, alguna vez. Ese libro y no otros, porque intuía que iba a ser siempre la misma.

También encuentro a la chica que fui en el espejo. Todavía tiene los ojos alertas y la boca risueña, y ciertas misiones que cumplir. Me veo, sobre todo, como en una foto de la infancia que me gusta mucho. Un fotógrafo callejero, apostado en la puerta del colegio, detenía a los niños y los fotografiaba, para luego intentar vender la foto a los padres. Yo llevaba a mi hermanito de la mano, y la foto nos capta a ambos serios y algo alarmados por el fotógrafo. Tendríamos yo diez y él seis años. Los dos llevamos delantal blanco y zapatos de tirita y botón al costado. Mi melena corta se mueve un poco en el aire por el giro súbito de la cabeza, y tengo los ojos muy atentos al intruso, y las piernas separadas como para dar la vuelta y entrar en el colegio. Soy toda energía y se ve, por lo tenso del brazo, que aprieto más fuerte a mi hermano. Él es una figurita inmóvil, tomada de frente, con sus grandes ojos, su moñito en el cuello, su jopo. Yo le ponía el moñito y le hacía el jopo, todos los días. Mi hermano era entonces lo más importante que yo tenía, lo cuidaba, lo vestía, le contaba cuentos, le enseñaba cosas. Sabía, por los tiempos de la foto, que tarde o temprano él iba a empezar a tener conciencia de que tenía conciencia, iba a empezar a preguntarse qué significa estar vivo, qué es el tiempo, qué es la muerte, todo lo que a mí me producía perplejidad, angustia, rabia. Mientras tanto, yo lo protegía de todo y lo quería. Desde la infancia podemos intuir que lo único que nos libra de temer la muerte es el amor de los otros. Hay que juntar amor -amor dado y amor recibido- , como otros juntan dinero, para que nos acolche no contra el golpe de la guadaña, sino contra la idea del golpe, que es lo peor.

Después de mi hermano, he cuidado a muchos otros, de diversas maneras pero con el mismo deseo confuso de ahorrarles sentir del todo la pena de ser humanos. Mi mejor persona es la cordial y generosa, pero esa persona sale de mi angustia. Mi angustia me la conozco yo sola. De vez en cuando la dejo aparecer en lo que escribo, o surge en la intimidad de una charla, pero por lo demás es secreta. Tengo varios secretos. No son los mismos, pero se parecen mucho a los que tenía antes.

Últimamente pienso que cada cumpleaños puede ser el último. No me queda bien morir, si yo soy la que anima a otros a vivir, pero en fin, podría pasar. Lo que voy a celebrar en este cumpleaños es una sola cosa: que todavía tengo ganas de hacer lo que me falta, aunque ahora sé -oh gran desventura de los años que otros llaman sabiduría- cuáles son los límites. Voy a celebrar las ganas, nada más. Todo lo hecho me satisface, pero esa satisfacción no es suficiente. Necesitamos, siempre, un futuro. Aunque sea un día. Cuando todavía era muy joven, escribí este poemita:

Mañana

Yo espero morirme viva,
con calma, entre mis papeles, mis filodendros y mis jabones de olor,
y que me digas, para engañarme,
que mañana habrá sol y que saldremos a caminar un poco.

Graciela Reyes

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FUTUROLOGÍA

Tercero o cuarto milenio, vaya a saber, del día en que Dios quiso ayudarnos. Vinieron porque a ellos también los movía la curiosidad. Pero era una curiosidad sana. Les llamó la atención que todo funcionaba todavía. Seguramente habíamos sido inteligentes, por el aprovechamiento del agua, del viento y del sol para proveer de energía todos esos mecanismos. Los impresionó descubrir un orden semejante al del cosmos, en el que cada una de las partes se movía sin detenerse, perfectamente integrada con el sistema. Salían de las máquinas innumerables productos, que se reciclaban y transformaban continuamente. Llegaron a sospechar que buena parte de ellos eran mensajes, pero no encontraron ninguna referencia que les permitiera descifrarlos. Alguno se preguntó si esos artefactos no serían obra del demonio. Todo el resto era un polvo grisáceo: imposible sacar algo en limpio.



CUANDO LA SUERTE, QUE ES GRELA

La mujer entró sonriente, arrastrando una gran valija. —¿Qué hacés si te sacás quince millones en el Loto? —Te doy tres y te vas a la mierda— contestó, bromeando, el marido. Ella bajó los ojos. Abrió la valija y le alcanzó dos paquetes rectangulares, de los quince idénticos que había. —Pensaba arreglarte con cuatro, pero tendrás que conformarte con dos. Y salió arrastrando la valija.



LA MUERTE DE ARTEMIO

Hay muchas muertes; todas diferentes. La de Artemio era joven e inexperta. Cada vez que se topaba con un hombre apuesto, balbuceaba y se ruborizaba. Artemio la recibió con una sonrisa seductora y tanto lo impactó ver encenderse el albor en sus mejillas, que se prendó de ella. Ante el torrente de ternezas, la joven muerte de Artemio no pudo articular palabra, olvidó el motivo de su visita y cayó rendida en sus brazos. Artemio murió muchos años después, cuando a su propia muerte le tocó morir. Dejaron al mundo multitud de jóvenes muertes hermosísimas, frágiles y pálidas.



MAL TIEMPO

El repiqueteo monótono de las gotas y los martillazos, desde la mañana hasta la noche. Sentado en la galería, miraba cómo el otro, imperturbable y empapado, clavaba tabla tras tabla. Sonriendo con suficiencia, dijo: —No tiene sentido. Siempre que llovió, paró. Noé se encogió de hombros y siguió trabajando.
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de «Cuentos mínimos»

Roberto Enrique Rocca

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DE COLUMNAS COMO FLECHAS

No tengo la más remota idea de cuántos lectores son fieles a estas páginas por la utilidad que les reporta su fin principal, ni de cuántos otros buscan además en ellas las "notas", lo que el periodismo formal califica de "columnas". Al ponerle título a ésta me vino a la mente la hermosa metáfora, cargada de erotismo, con la que Aleixandre bautizó su hermético libro de poemas: "Espadas como labios". Pero mi objetivo no va de crítica poética —doctores tiene esa devoción hermenéutica—, solo pretendo despedir el año con un mensaje sencillo.

"Agenda del Sur" proyecta la presencia dúplice que ostentan grandes y pequeños rotativos. Está en una página WEB y en el papel, en lo que siempre se ha llamado la puñetera calle. Sigue latente la discusión sobre la supervivencia material de lo escrito en papel. El libro electrónico, el e_book, ha defraudado en gran parte las expectativas de sus impulsores. Naturalmente, el crecimiento exponencial de los usuarios de Internet justificaba aquellas expectativas. La equivocación partió de aplicar el conocido aforismo "la función crea el órgano", olvidando que esa afirmación no es un axioma, y que no se suele cumplir cuando para esa función ya existe un órgano que funciona.

Sin embargo hay libros en trance de desaparición: los libros de consulta, cuya función ha sido escandalosamente mejorada por el soporte informático. Enciclopedias y diccionarios, tanto generales como de materias específicas, han adquirido el don de la portabilidad. No hay más que añadir unos pocos gramos al equipaje, y los saberes de nuestra biblioteca nos acompañan a cualquier sitio. Es cierto que si no tenemos "portátil", nos hará falta acceder a un ordenador en el lugar de destino. Pero eso es cada vez más fácil. Incluso hasta de los gramos de los CD o DVD bibliotecarios podemos prescindir. En la RED, por poco dinero y en muchos casos gratis, se accede al saber mundial actualizado y en cualquier idioma. El inglés predomina, por supuesto, pero por fin el español ha entrado seriamente en la liza.

Para muchos, la letra impresa está aureolada de autoridad. Lo que se lee publicado en un periódico, no digamos en un libro, se aprehende inicialmente como "la verdad". Es necesario tener conocimiento específico precedente, o postura ideológica radicalmente contraria al aserto que nos ha entrado por los ojos, para que lo pongamos en duda. De ahí el dicho, "lo escrito, escrito queda", y otro más venenoso: "una mentira cientos de veces repetida termina por parecer verdad". En mi opinión, este singular atributo de lo impreso no está en lo virtual. Probablemente porque lo que leemos en la pantalla del ordenador lo sabemos volátil. Bien que nos aprovechamos de esa volatilidad cuando corregimos, cortamos, pegamos y sustituimos palabras, párrafos y páginas enteras. Un regalo verdaderamente desopilante para todo el que escribe.

Lo cual mueve a la reflexión siguiente: si escribir hoy es infinitamente más fácil que ayer, el tiempo ganado frente a la vieja hoja en blanco debe ser correspondido con un esfuerzo suplementario para diferenciar nítidamente hechos de opiniones, saberes de paparruchas y, no digamos, verdades a medias de mentiras flagrantes.

Escribir en un medio público es un privilegio. Estas sencillas columnas, por modestas que parezcan, son flechas dirigidas a dianas desconocidas, unas más vulnerables que otras. La honestidad, la malicia o la inanidad, son tres de los tipos de pociones que pueden impregnar sus puntas. Los lectores, de uno en uno, harían bien en distraer unos minutos durante el 2004 para ir clasificándolas. A quienes escribimos nos ilustraría conocer el resultado de sus cómputos: para seguir o para dejarlo.

Pero ya será el año próximo. Entretanto, desde el otro hemisferio: ¡Felices Pascuas veraniegas!

Fernando Anguita B.

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PHILEAS FOGG, EL GLOBALIZADOR

El otro día vi por televisión una versión de La vuelta al mundo en ochenta días, con la actuación de David Niven como Phileas Fogg y Cantinflas en el inolvidable papel de Passepartout. Me divertí mucho y resolví releer la novela de Julio Verne en una versión en inglés, con ilustraciones y comentarios que son casi tan interesantes como el texto. Creí que así dejaba las historias de horror que todos los días uno encuentra en los medios de comunicación, para entrar en un mundo light, de aventuras y excentricidades apropiadas para la evasión. Nada de eso, los malditos comentarios paralelos al texto me obligaron a recordar la perfidia británica tal como se ejercía en el siglo XIX, que no tiene nada que envidiar a la del siglo XX. Phileas Fogg es un ocioso caballero británico que decide dar la vuelta al mundo para ganar una apuesta. Casi todos los lugares que va atravesando pertenecen al Imperio, y el comentario en los márgenes nos va diciendo lo que sucedía en esos lugares en la época aproximada del viaje de Phileas, que tuvo lugar en 1873. Al llegar al Canal de Suez para pasar al Mar Rojo, el maldito comentario paralelo nos dice que el Pachá de Egipto aceptó la condición impuesta por Gran Bretaña de no emplear a trabajadores egipcios, por lo que el canal proyectado por Lesseps fue construido por 15.000 trabajadores reclutados en Francia, Italia y los Balcanes. Los británicos dominaban los puestos más importantes del paso a la India en lo que hoy es Arabia Saudita, y los franceses dominaban Yemen. La maldita ilustración nos muestra a trabajadores yemenitas rompiéndose las manos para moler el café que se degusta en occidente, porque nunca llueve café en el campo, como quiere Juan Luis Guerra. Las pintorescas aventuras en la India, casi toda británica cuando el viaje de Fogg, son a bordo de un tren que la atraviesa, aunque el tramo en construcción lo hacen los viajeros sobre un elefante. Quiero sumergirme en la descripción de la naturaleza, los animales salvajes, en la aventura de la princesa india salvada de ser incinerada con su marido muerto, pero el maldito margen me dice que trabajaron en la construcción de ese ferrocarril 40000 obreros, de los cuales un tercio murió en accidentes de trabajo. Los viajeros llegan a Calcuta, capital de la India Británica desde 1773, centro comercial importantísimo desde entonces. De ahí, se embarcan hacia Singapur, también bajo control británico, y de ahí a Hong Kong, que fue un puerto sin importancia hasta la llegada de los ingleses, que lo convirtieron en el centro financiero y comercial más importante de Oriente. Y entonces sale el tema de la guerra del opio, claro ejemplo de la voracidad sin límites del imperialismo. El opio, consumido por los chinos con normalidad, se convirtió en la droga preferida de occidente y entonces, Inglaterra decide tener el dominio de este comercio, por lo que ataca a China, que pierde esta guerra y debe ceder a los británicos la isla de Hong Kong, el uso de cinco ciudades portuarias con tarifas casi nulas, y debe otorgar categoría diplomática a los comerciantes europeos. Aquí decido abandonar el libro, porque qué macana, che, no hemos inventado nada, los más grandes se comieron siempre a los más chicos, pensar que quería evadirme de los discursos conjuntos de Bush y Blair en Londres y llegué a esta infame guerra del opio, cuando yo solo quería pensar en cruceros por países exóticos y en aventuras imaginarias.

Leda Schiavo

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LA MAYOR AMENAZA

La noticia es una más en las tapas de los diarios: El Congreso de Estados Unidos acaba de aprobarle a Bush un presupuesto para la defensa de 1100 millones dólares ¡por día!, esto es 402000 millones anuales, a los que se deben adicionar las "partidas especiales" para Irak, con lo que el gasto militar norteamericano supera los quinientos mil millones de dólares en el año. Para tener una idea de lo gigantesco de un gasto así, basta señalar que alcanzaría para otorgar un subsidio de $2400 por mes (poco más de 800 dólares) a todos los habitantes de Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay y Chile. O si quieren algo más contundente: alcanzaría para darles 50 dólares por mes a los 850 millones de hambrientos que hay en el mundo, con lo que virtualmente desaparecería el hambre.

Entre las minucias de la nota, se cuenta que se fabricarán pequeñas bombas atómicas, del tipo de la arrojada sobre Hiroshima, esto es "de alcance limitado": según el blanco elegido, pueden matar y deformar para siempre a un millón, diez o cien millones de personas. No puedo seguir con este inaudito modelo para armar. Alguna vez acabará esta insensatez, o por lo menos habrá una firme reacción en contra desde el mismo pueblo norteamericano. Pero una idea me da vueltas y no le encuentro solución: ¿Cómo evitar que ese gasto gigantesco no se retroalimente? ¿Qué poderes no pueden mover industrias poderosísimas, preparadas para la guerra? Dicho de otro modo, ¿cómo evitar futuras y casi continuas confrontaciones cuando mueven tanto dinero?

Ya las reacciones por el fatídico 11 de septiembre han costado diez veces más vidas y destrucción que los hechos que las pretextaron. En este contexto, cómo evitar el terrorismo?

Si le tememos a la mafia de la droga, de la prostitución o del juego, cuánto más peligroso puede ser el siniestro mundo de las armas cuando queramos desactivarlo? Así, qué puede pasar con la paz? Al día siguiente, es noticia el enorme crecimiento de la economía norteamericana para este año: más del 8%. Y la pregunta inevitable es: en cuánto tiene que ver el gasto militar con la aceleración económica? Esto naturalmente hace más difícil el freno. No tengo idea de las soluciones posibles. ¡Pensar que han provocado una guerra con el pretexto de que Irak "tenía armas prohibidas", que nunca encontraron y probablemente no existieran! Obvio, prohibidas para los demás. Con estos números, está clarísimo que para Bush no hay nada que le esté vedado: él se siente, para colmo, un justiciero emisario de Dios. Se comprende que alguien haya dicho la semana pasada: "Bush es la mayor amenaza para la vida en la tierra". No fue Sadam, ni Osama, ni Fidel, ni algún habitante resentido del Africa subsahariana o la pobre Latinoamérica; tampoco, un comunista trasnochado de la Europa sumergida. Fue Ken Livingston, el alcalde de Londrés. Lo repito: "Bush, la mayor amenaza para la vida".

Carlos Costantini

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EL RESPETO SONORO

Hace poco estuve en unas jornadas sobre música, sonido y tecnología que se realizaron en la Universidad de Quilmes y tuve la oportunidad de escuchar, entre otros oradores, a Daniel Maggiolo, un compositor uruguayo que dio una conferencia sobre "Paisajes Sonoros". No es mi intención hablar sobre la charla en sí, sino comentar un concepto que expuso Maggiolo, que desató, en mí, una reflexión. En un momento determinado, se habló de los "Sonidos Totalitarios". Estos son sonidos que nos son impuestos por otras personas, de manera invasiva. Ejemplos de esto, son las publicidades por altavoces, la música extremadamente alta de algún lugar, etcétera.

El concepto me pareció interesante tanto desde la convivencia urbana, como para su aplicación en el terreno del arte. Lo primero que me pregunté, fue qué derecho tiene un artista, cuando hace una intervención urbana, de obligar a toda persona que pase por el lugar donde ésta se está desarrollando, a escuchar la música y los sonidos que él propone. Fundamentalmente me refiero a las instalaciones sonoras, donde el nivel sonoro es extremadamente alto. El artista proclama su derecho a expresarse, pero tal vez tendríamos que pensar en el derecho del otro, de no escuchar. Podemos cerrar los ojos, o mirar para otro lado cuando algo, visualmente, no nos gusta, pero no podemos cerrar nuestros oídos.

Como músico este tema me resulta extremadamente cercano y crítico. No creo que esté mal hacer conciertos al aire libre, en tanto y en cuanto, sean en lugares en los que no haya viviendas y que la gente que se acerque lo haga por propia voluntad. El proceso de estetizar una ciudad tiene que ser el producto de un acuerdo entre sus pobladores y no el proyecto ególatra de un hombre. Tal vez el verdadero desafío sea generar y construir espacios para el arte; y desde el arte darle lugar al público para que se acerque y participe, sin recurrir a totalitarismos, aunque estos partan de una buena intención.

Todos tenemos derecho a expresarnos y mostrar lo que estamos haciendo, pero también, todos tenemos el derecho de gustar de otra cosa.

Federico Pablo Blanco

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"EL SECRETO":
UNA HERMOSA EXPERIENCIA TEATRAL

La mezcla que tengo entre vocación y obligación de ir al teatro hace que en ocasiones, aunque no frecuentes, me lleve gratas sorpresas. La idea de ir a una sala, sentarse, ver la representación y marcarse reflexionando, mas o menos, sobre lo que se ha representado, es la más convencional ante el espectáculo teatral. Pero ocasionalmente surgen montajes que le hace uno recordar que el Teatro es algo más que observación.

Hace unos días acudí en Madrid a la sala "La Nave de los Locos" que, aunque está algo retirada del circuito convencional de teatros alternativos, bien merece el desplazamiento para, más que ver, participar, en "El secreto", la función que se ofrece hasta el día 7 de diciembre.
Se trata de un montaje dirigido por la joven chilena Lidia Rodríguez, en el que intervienen Jesús Nieto, Rodrigo Villagrán, Mercedes Salvadores, Alejandra Puy, Mikel Ramos, Alexander Tsvetanov, Lidia Rodríguez, Carlos Álvarez Sarmiento y Dhapné Porrata.
Es una idea muy original en la qua una pareja de enamorados recibe a sus amigos (el público) el día que celebran la fecha de su primer encuentro. A partir de ahí entran en juego todos los sentidos: lo que se ve: sugerentes imágenes; lo que se escucha: música de acordeón en directo; los olores con los que los amigos los recibidos: planta aromáticas; el sabor de unos ricos tomates "a la Diablada" que se cocinan en escena y que se ofrecen al espectador-amigo, y el tacto en la relación directa con los actores. Más que una función de teatro es un homenaje a lo sensitivo, a lo lúdico, a la magia del encuentro; una invitación a participar en un acto de amor y amistad que concluye con una danza a la que es muy difícil sustraerse.

Sin duda, ninguna representación será igual pues en esencia el desarrollo depende de la actitud de público, ahí está una de las dificultades de este "Secreto", pero creo que los intérpretes tienen suficiente oficio para hacer que el público de cada día se deje llevar, olvide los convencionalismos, la timidez, y entre en el juego escénico. Si lo hace, disfrutará como yo lo hice.

Cuando me marchaba tuve que decirle a Lidia: "aquí hay que venir dos veces: una para ver de qué se trata y otra para disfrutarlo".

Salvador Enríquez

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TEXTOS de OTROS


LOS POSATIGRES

Julio Cortázar

 

Mucho antes de llevar nuestra idea a la práctica sabíamos que el posado de los tigres planteaba un doble problema, sentimental y moral. El primero no se refería tanto al posado como al tigre mismo, en la medida en que a estos felinos no les agrada que los posen y acuden a todas sus energías, que son enormes, para resistirse. ¿Cabía en esas circunstancias arrostrar la idiosincrasia de dichos animales? Pero la pregunta nos trasladaba al plano moral, donde toda acción puede ser causa o efecto de esplendor o de infamia. De noche, en nuestra casita de la calle Humboldt, meditábamos frente a los tazones de arroz con leche, olvidados de rociarlos con canela y azúcar. No estábamos verdaderamente seguros de poder posar un tigre, y nos dolía. Se decidió por último que posaríamos uno, al solo efecto de ver jugar el mecanismo en toda su complejidad, y que más tarde evaluaríamos los resultados. No hablaré aquí de la obtención del primer tigre: fue un trabajo sutil y penoso, un correr por consulados y droguerías, una complicada urdimbre de billetes, cartas por avión y trabajo de diccionario. Una noche mis primos llegaron cubiertos de tintura de yodo: era el éxito. Bebimos tanto nebiolo que mi hermana la menor acabó destendiendo la mesa con el rastrillo. En esa época éramos más jóvenes. Ahora que el experimento ha dado los resultados que conocemos, puedo facilitar detalles del posado. Quizá lo más difícil sea todo lo que se refiere al ambiente, pues se requiere una habitación con el mínimo de muebles, cosa rara en la calle Humboldt. En el centro se coloca el dispositivo: dos tablones cruzados, un juego de varillas elásticas y algunas jarras de barro con leche y agua. Posar el tigre no es demasiado difícil, aunque puede ocurrir que la operación fracase y haya que repetirla; la verdadera dificultad empieza en el momento en que ya posado, el tigre recobra la libertad y opta —de múltiples maneras posibles— por ejercitarla. En esta etapa, que llamaré intermedia, las reacciones de mi familia son fundamentales; todo depende de cómo se conduzcan mis hermanas, de la habilidad con que mi padre vuelva a posar el tigre, utilizándolo al máximo como un alfarero su arcilla. La menor falla sería la catástrofe, los fusibles quemados, la leche por el suelo, el horror de unos ojos fosforescentes rayando las tinieblas, los chorros tibios a cada zarpazo; me resisto a imaginarlo siquiera, puesto que hasta ahora hemos posado el tigre sin consecuencias peligrosas. Tanto el dispositivo como las diferentes funciones que debemos desempeñar todos, desde el tigre hasta mis primos segundos, parecen eficaces y se articulan armoniosamente. Para nosotros el hecho en sí de posar el tigre no es importante, sino que la ceremonia se cumpla hasta el final sin transgresión. Es preciso que el tigre acepte ser posado, o que lo sea de manera tal que su aceptación o su rechazo carezcan de importancia. En los instantes que uno sentiría la tentación de llamar cruciales —quizá por los dos tablones, quizá por mero lugar común—, la familia se siente poseída de una exaltación extraordinaria; mi madre no disimula las lágrimas y mis primas carnales tejen y destejen convulsivamente los dedos. Posar el tigre tiene algo de total encuentro, de alineación frente a un absoluto; el equilibrio depende de tan poco y lo pagamos a un precio tan alto, que los breves instantes que siguen al posado y que deciden de su perfección nos arrebatan como de nosotros mismos, arrasan con la tigredad y la humanidad en un solo movimiento inmóvil que es vértigo, pausa y arribo. No hay tigre, no hay familia, no hay posado. Imposible saber lo que hay: un temblor que no es de esta carne, un tiempo central, una columna de contacto. Y después salimos todos al patio cubierto, y nuestras tías traen la sopa como si algo cantara, como si fuéramos a un bautismo.
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de «Historias de Cronopios y de Famas»

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Todo delSUR

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