RESPUESTA Y DESEOS
Sonia Otamendi
UNA MAÑANA DE DOMINGO
Miguel Angel Morelli
ILUSIONES SOBRE EL PASO DEL TIEMPO
Graciela Reyes
FUTUROLOGÍA / CUANDO LA SUERTE, QUE ES GRELA LA MUERTE DE ARTEMIO / MAL TIEMPO
Roberto Enrique Rocca
PHILEAS FOGG, EL GLOBALIZADOR
Leda Schiavo
DE COLUMNAS COMO FLECHAS
Fernando Anguita B.
EL RESPETO SONORO
Federico Pablo Blanco
LA MAYOR AMENAZA
Carlos Costantini
"EL SECRETO":
UNA HERMOSA EXPERIENCIA TEATRA
Salvador Enríquez
OTROS
Julio Cortázar
fab9
RESPUESTA Y DESEOS
Con el número cincuenta la Agenda del Sur finaliza su quinto año de
existencia.
Respondiendo a las innumerables personas que por la calle, por carta o mail
me preguntan por qué hay tanta información sobre las actividades de la
Municipalidad de Berazategui y tan poca sobre Quilmes, les digo que sin
duda Berazategui cuenta con un plan cultural, sigue un cronograma y tiene
la constancia de difundirlo. No voy a hablar de la vergonzosa gestión
municipal de nuestro distrito porque todos la hemos padecido. Sí afirmo,
que la gestión de todos los que fueron responsables de la Secretaría de
cultura, fue inexistente. En estos cinco años no he logrado que desde ese
lugar, se me remitiera la mínima información y si algo he podido publicar ha
sido simplemente por la iniciativa individual de algunos a los que aun parece
interesarles la cultura.
A los que de una u otra manera contribuyeron para que la agenda
perdurara en el tiempo, lectores, anunciantes, instituciones, corresponsales
de aquí y del exterior les digo muchas gracias una vez más y que
volveremos a encontrarnos en el mes de Marzo a través de la agenda
soporte papel. Durante los meses de Enero y Febrero sólo aparecerá la
página www.geocities.com/delsuragenda, a cargo de Jimena (a quien
agradezco el invalorable trabajo), con notas y cuentos.
A todos les deseo lo mejor para el 2004.
Sonia Otamendi
p
UNA MAÑANA DE DOMINGO
La ventana de mi cuarto da a un pequeño balcón con forma de ele, de modo
que cada vez que levanto la vista tropiezo con la pared que lo cierra por el
lado de enfrente. Pobre destino para una ventana de balcón, se me podrá
decir, pero sin embargo para mí ese pequeño hueco del universo, ese aleph
que encima me queda justo la altura de la nariz, es una suerte de bálsamo,
de consuelo para cuando estoy en casa como ahora, en esta mañana de
domingo.
Yo sé que por aquí hay balcones que miran al río y sus amaneceres, a
algunas de las plazas que extrañamente todavía perduran en la ciudad, o a
esas grandes avenidas que le permiten a uno irse volando detrás de su
propia imaginación. Pero en mi balcón la pared de enfrente está pintada de
un rosa muy lindo, y por ella descubro ahora que van trepando —sin
prisa pero sin pausa, como corresponde a la naturaleza— las plantas
que hace tiempo trajo a casa mi mujer. Y a la derecha del macetero, para
redondear el cuadro, el ginkgo biloba que alguna vez fue un palito raquítico
que ella regaba con entusiasmo mientras yo reía augurándole escasa vida,
y que en este momento es todo un árbol orgulloso de su linaje y pródigo en
hojas bellísimas. Por lo demás, en días como el de hoy, llenos de sol, algún
que otro pájaro cae de visita por este rincón de la casa, de modo que nada
le falta a la mañana.
Les parecerá raro, pero sin saber muy bien por qué, y mientras toda la
familia duerme todavía, mirando por la ventana de mi cuarto se me ha dado
por pensar en todos los hombres que a esta hora estarán mirando por una
ventana. Algunos habrá que verán el mar, seguramente, pero también
quien deba consolarse con un triste damero enrejado para siempre. Y si
bien muchos estarán oteando el mundo desde las alturas imponentes de
las grandes torres, estoy seguro, cuántos habrá digo yo que deban
consolarse con mirarlo desde abajo, como hormigas o topos condenados a
la oscuridad eterna... Y qué decir que mientras algunos lo estarán haciendo
con impaciencia porque hay alguien que no llega, otros lo harán con el
desconsuelo que da el saber que ya no hay nadie a quién esperar... Y así
unos, y otros, gentes que en este mismo momento mirarán el universo
desde sus propias ventanas mientras yo me entretengo pensando
—pamplinas, dirán ustedes, cosas de viejo— que a esta
misma hora alguno levantará la vista y verá la pared de enfrente (una
pared pintada de un rosa muy lindo), las plantas de su mujer que las van
trepando, el ginkgo victorioso, los pájaros, el sol que reverbera en la
mañana del domingo...
Miguel Angel Morelli
p
ILUSIONES SOBRE EL PASO DEL TIEMPO
Este mes de diciembre cumplo años, más de los que yo quisiera. ¿Cómo
puede una tener esta edad si todavía no ha hecho tantas cosas que quería
hacer? Me gustaría retroceder en el tiempo e iniciar esos proyectos
postergados. Pero eso es imposible: no se retrocede en el tiempo. Es más
difícil aceptar que es tarde cuando una es, o cree ser, la misma de siempre.
A veces encuentro a esa chica que fui, casi intacta, y me asombra que ya le
interesaran las mismas cosas que a mí ahora. Es como si ella me usurpara a
mí, en lugar de yo a ella. La encuentro entre páginas de libros, por ejemplo:
papeles ya amarillos, cuidadosamente escritos en tinta, con una traducción,
con alguna síntesis que me pareció genial en su momento, con notas,
pensamientos, datos. Cuando guardé esos papeles, sabía que me iba a
volver a encontrar en el acto de consultar el mismo libro, alguna vez. Ese
libro y no otros, porque intuía que iba a ser siempre la misma.
También encuentro a la chica que fui en el espejo. Todavía tiene los ojos
alertas y la boca risueña, y ciertas misiones que cumplir. Me veo, sobre
todo, como en una foto de la infancia que me gusta mucho. Un fotógrafo
callejero, apostado en la puerta del colegio, detenía a los niños y los
fotografiaba, para luego intentar vender la foto a los padres. Yo llevaba a
mi hermanito de la mano, y la foto nos capta a ambos serios y algo
alarmados por el fotógrafo. Tendríamos yo diez y él seis años. Los dos
llevamos delantal blanco y zapatos de tirita y botón al costado. Mi melena
corta se mueve un poco en el aire por el giro súbito de la cabeza, y tengo
los ojos muy atentos al intruso, y las piernas separadas como para dar la
vuelta y entrar en el colegio. Soy toda energía y se ve, por lo tenso del
brazo, que aprieto más fuerte a mi hermano. Él es una figurita inmóvil,
tomada de frente, con sus grandes ojos, su moñito en el cuello, su jopo. Yo
le ponía el moñito y le hacía el jopo, todos los días. Mi hermano era
entonces lo más importante que yo tenía, lo cuidaba, lo vestía, le contaba
cuentos, le enseñaba cosas. Sabía, por los tiempos de la foto, que tarde o
temprano él iba a empezar a tener conciencia de que tenía conciencia, iba a
empezar a preguntarse qué significa estar vivo, qué es el tiempo, qué es la
muerte, todo lo que a mí me producía perplejidad, angustia, rabia. Mientras
tanto, yo lo protegía de todo y lo quería. Desde la infancia podemos intuir
que lo único que nos libra de temer la muerte es el amor de los otros. Hay
que juntar amor -amor dado y amor recibido- , como otros juntan dinero,
para que nos acolche no contra el golpe de la guadaña, sino contra la idea
del golpe, que es lo peor.
Después de mi hermano, he cuidado a muchos otros, de diversas maneras
pero con el mismo deseo confuso de ahorrarles sentir del todo la pena de
ser humanos. Mi mejor persona es la cordial y generosa, pero esa persona
sale de mi angustia. Mi angustia me la conozco yo sola. De vez en cuando la
dejo aparecer en lo que escribo, o surge en la intimidad de una charla,
pero por lo demás es secreta. Tengo varios secretos. No son los mismos,
pero se parecen mucho a los que tenía antes.
Últimamente pienso que cada cumpleaños puede ser el último. No me
queda bien morir, si yo soy la que anima a otros a vivir, pero en fin, podría
pasar. Lo que voy a celebrar en este cumpleaños es una sola cosa: que
todavía tengo ganas de hacer lo que me falta, aunque ahora sé -oh gran
desventura de los años que otros llaman sabiduría- cuáles son los límites.
Voy a celebrar las ganas, nada más. Todo lo hecho me satisface, pero esa
satisfacción no es suficiente. Necesitamos, siempre, un futuro. Aunque sea
un día. Cuando todavía era muy joven, escribí este poemita:
Mañana
Yo espero morirme viva,
con calma, entre mis papeles, mis filodendros y mis jabones de olor,
y que me digas, para engañarme,
que mañana habrá sol y que saldremos a caminar un poco.
Graciela Reyes
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FUTUROLOGÍA
Tercero o cuarto milenio, vaya a saber, del día en que Dios quiso
ayudarnos. Vinieron porque a ellos también los movía la curiosidad. Pero
era una curiosidad sana.
Les llamó la atención que todo funcionaba todavía. Seguramente habíamos
sido inteligentes, por el aprovechamiento del agua, del viento y del sol para
proveer de energía todos esos mecanismos. Los impresionó descubrir un
orden semejante al del cosmos, en el que cada una de las partes se movía
sin detenerse, perfectamente integrada con el sistema. Salían de las
máquinas innumerables productos, que se reciclaban y transformaban
continuamente.
Llegaron a sospechar que buena parte de ellos eran mensajes, pero no
encontraron ninguna referencia que les permitiera descifrarlos. Alguno se
preguntó si esos artefactos no serían obra del demonio.
Todo el resto era un polvo grisáceo: imposible sacar algo en limpio.
CUANDO LA SUERTE, QUE ES GRELA
La mujer entró sonriente, arrastrando una gran valija.
—¿Qué hacés si te sacás quince millones en el Loto?
—Te doy tres y te vas a la mierda— contestó, bromeando, el
marido.
Ella bajó los ojos. Abrió la valija y le alcanzó dos paquetes rectangulares,
de los quince idénticos que había.
—Pensaba arreglarte con cuatro, pero tendrás que conformarte con
dos.
Y salió arrastrando la valija.
LA MUERTE DE ARTEMIO
Hay muchas muertes; todas diferentes. La de Artemio era joven e
inexperta. Cada vez que se topaba con un hombre apuesto, balbuceaba y
se ruborizaba.
Artemio la recibió con una sonrisa seductora y tanto lo impactó ver
encenderse el albor en sus mejillas, que se prendó de ella.
Ante el torrente de ternezas, la joven muerte de Artemio no pudo articular
palabra, olvidó el motivo de su visita y cayó rendida en sus brazos.
Artemio murió muchos años después, cuando a su propia muerte le tocó
morir. Dejaron al mundo multitud de jóvenes muertes hermosísimas, frágiles
y pálidas.
MAL TIEMPO
El repiqueteo monótono de las gotas y los martillazos, desde la mañana
hasta la noche.
Sentado en la galería, miraba cómo el otro, imperturbable y empapado,
clavaba tabla tras tabla.
Sonriendo con suficiencia, dijo:
—No tiene sentido. Siempre que llovió, paró.
Noé se encogió de hombros y siguió trabajando. __________
de «Cuentos mínimos»
Roberto Enrique Rocca
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DE COLUMNAS COMO FLECHAS
No tengo la más remota idea de cuántos lectores son fieles a estas páginas
por la utilidad que les reporta su fin principal, ni de cuántos otros buscan
además en ellas las "notas", lo que el periodismo formal califica de
"columnas". Al ponerle título a ésta me vino a la mente la hermosa
metáfora, cargada de erotismo, con la que Aleixandre bautizó su hermético
libro de poemas: "Espadas como labios". Pero mi objetivo no va de
crítica poética —doctores tiene esa devoción hermenéutica—, solo pretendo
despedir el año con un mensaje sencillo.
"Agenda del Sur" proyecta la presencia dúplice que ostentan grandes y
pequeños rotativos. Está en una página WEB y en el papel, en lo que
siempre se ha llamado la puñetera calle. Sigue latente la discusión
sobre la supervivencia material de lo escrito en papel. El libro electrónico, el
e_book, ha defraudado en gran parte las expectativas de sus
impulsores. Naturalmente, el crecimiento exponencial de los usuarios de
Internet justificaba aquellas expectativas. La equivocación partió de aplicar
el conocido aforismo "la función crea el órgano", olvidando que esa
afirmación no es un axioma, y que no se suele cumplir cuando para esa
función ya existe un órgano que funciona.
Sin embargo hay libros en trance de desaparición: los libros de consulta,
cuya función ha sido escandalosamente mejorada por el soporte
informático. Enciclopedias y diccionarios, tanto generales como de materias
específicas, han adquirido el don de la portabilidad. No hay más que
añadir unos pocos gramos al equipaje, y los saberes de nuestra biblioteca
nos acompañan a cualquier sitio. Es cierto que si no tenemos "portátil", nos
hará falta acceder a un ordenador en el lugar de destino. Pero eso es cada
vez más fácil. Incluso hasta de los gramos de los CD o DVD bibliotecarios
podemos prescindir. En la RED, por poco dinero y en muchos casos gratis,
se accede al saber mundial actualizado y en cualquier idioma. El inglés
predomina, por supuesto, pero por fin el español ha entrado seriamente en
la liza.
Para muchos, la letra impresa está aureolada de autoridad. Lo que se lee
publicado en un periódico, no digamos en un libro, se aprehende
inicialmente como "la verdad". Es necesario tener conocimiento específico
precedente, o postura ideológica radicalmente contraria al aserto que nos
ha entrado por los ojos, para que lo pongamos en duda. De ahí el dicho, "lo
escrito, escrito queda", y otro más venenoso: "una mentira cientos de
veces repetida termina por parecer verdad". En mi opinión, este singular
atributo de lo impreso no está en lo virtual. Probablemente porque lo que
leemos en la pantalla del ordenador lo sabemos volátil. Bien que nos
aprovechamos de esa volatilidad cuando corregimos, cortamos, pegamos y
sustituimos palabras, párrafos y páginas enteras. Un regalo
verdaderamente desopilante para todo el que escribe.
Lo cual mueve a la reflexión siguiente: si escribir hoy es infinitamente más
fácil que ayer, el tiempo ganado frente a la vieja hoja en blanco debe ser
correspondido con un esfuerzo suplementario para diferenciar nítidamente
hechos de opiniones, saberes de paparruchas y, no digamos, verdades a
medias de mentiras flagrantes.
Escribir en un medio público es un privilegio. Estas sencillas columnas, por
modestas que parezcan, son flechas dirigidas a dianas desconocidas, unas
más vulnerables que otras. La honestidad, la malicia o la
inanidad, son tres de los tipos de pociones que pueden impregnar
sus puntas. Los lectores, de uno en uno, harían bien en distraer unos
minutos durante el 2004 para ir clasificándolas. A quienes escribimos nos
ilustraría conocer el resultado de sus cómputos: para seguir o para dejarlo.
Pero ya será el año próximo. Entretanto, desde el otro hemisferio:
¡Felices Pascuas veraniegas!
Fernando Anguita B.
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PHILEAS FOGG, EL GLOBALIZADOR
El otro día vi por televisión una versión de La vuelta al mundo en
ochenta días, con la actuación de David Niven como Phileas Fogg y
Cantinflas en el inolvidable papel de Passepartout. Me divertí mucho y
resolví releer la novela de Julio Verne en una versión en inglés, con
ilustraciones y comentarios que son casi tan interesantes como el texto.
Creí que así dejaba las historias de horror que todos los días uno encuentra
en los medios de comunicación, para entrar en un mundo light, de
aventuras y excentricidades apropiadas para la evasión. Nada de eso, los
malditos comentarios paralelos al texto me obligaron a recordar la perfidia
británica tal como se ejercía en el siglo XIX, que no tiene nada que envidiar
a la del siglo XX. Phileas Fogg es un ocioso caballero británico que decide
dar la vuelta al mundo para ganar una apuesta. Casi todos los lugares que
va atravesando pertenecen al Imperio, y el comentario en los márgenes nos
va diciendo lo que sucedía en esos lugares en la época aproximada del
viaje de Phileas, que tuvo lugar en 1873. Al llegar al Canal de Suez para
pasar al Mar Rojo, el maldito comentario paralelo nos dice que el Pachá de
Egipto aceptó la condición impuesta por Gran Bretaña de no emplear a
trabajadores egipcios, por lo que el canal proyectado por Lesseps fue
construido por 15.000 trabajadores reclutados en Francia, Italia y los
Balcanes. Los británicos dominaban los puestos más importantes del paso a
la India en lo que hoy es Arabia Saudita, y los franceses dominaban Yemen.
La maldita ilustración nos muestra a trabajadores yemenitas rompiéndose
las manos para moler el café que se degusta en occidente, porque nunca
llueve café en el campo, como quiere Juan Luis Guerra. Las pintorescas
aventuras en la India, casi toda británica cuando el viaje de Fogg, son a
bordo de un tren que la atraviesa, aunque el tramo en construcción lo
hacen los viajeros sobre un elefante. Quiero sumergirme en la descripción
de la naturaleza, los animales salvajes, en la aventura de la princesa india
salvada de ser incinerada con su marido muerto, pero el maldito margen me
dice que trabajaron en la construcción de ese ferrocarril 40000 obreros, de
los cuales un tercio murió en accidentes de trabajo. Los viajeros llegan a
Calcuta, capital de la India Británica desde 1773, centro comercial
importantísimo desde entonces. De ahí, se embarcan hacia Singapur,
también bajo control británico, y de ahí a Hong Kong, que fue un puerto sin
importancia hasta la llegada de los ingleses, que lo convirtieron en el centro
financiero y comercial más importante de Oriente. Y entonces sale el tema
de la guerra del opio, claro ejemplo de la voracidad sin límites del
imperialismo. El opio, consumido por los chinos con normalidad, se convirtió
en la droga preferida de occidente y entonces, Inglaterra decide tener el
dominio de este comercio, por lo que ataca a China, que pierde esta guerra
y debe ceder a los británicos la isla de Hong Kong, el uso de cinco ciudades
portuarias con tarifas casi nulas, y debe otorgar categoría diplomática a los
comerciantes europeos. Aquí decido abandonar el libro, porque qué
macana, che, no hemos inventado nada, los más grandes se comieron
siempre a los más chicos, pensar que quería evadirme de los discursos
conjuntos de Bush y Blair en Londres y llegué a esta infame guerra del opio,
cuando yo solo quería pensar en cruceros por países exóticos y en
aventuras imaginarias.
Leda Schiavo
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LA MAYOR AMENAZA
La noticia es una más en las tapas de los diarios: El Congreso de Estados
Unidos acaba de aprobarle a Bush un presupuesto para la defensa de 1100
millones dólares ¡por día!, esto es 402000 millones anuales, a los que se
deben adicionar las "partidas especiales" para Irak, con lo que el gasto
militar norteamericano supera los quinientos mil millones de dólares en el
año. Para tener una idea de lo gigantesco de un gasto así, basta señalar
que alcanzaría para otorgar un subsidio de $2400 por mes (poco más de
800 dólares) a todos los habitantes de Argentina, Bolivia, Uruguay,
Paraguay y Chile. O si quieren algo más contundente: alcanzaría para
darles 50 dólares por mes a los 850 millones de hambrientos que hay en el
mundo, con lo que virtualmente desaparecería el hambre.
Entre las minucias de la nota, se cuenta que se fabricarán pequeñas
bombas atómicas, del tipo de la arrojada sobre Hiroshima, esto es "de
alcance limitado": según el blanco elegido, pueden matar y deformar para
siempre a un millón, diez o cien millones de personas. No puedo seguir con
este inaudito modelo para armar. Alguna vez acabará esta insensatez, o
por lo menos habrá una firme reacción en contra desde el mismo pueblo
norteamericano. Pero una idea me da vueltas y no le encuentro solución:
¿Cómo evitar que ese gasto gigantesco no se retroalimente? ¿Qué poderes
no pueden mover industrias poderosísimas, preparadas para la guerra?
Dicho de otro modo, ¿cómo evitar futuras y casi continuas confrontaciones
cuando mueven tanto dinero?
Ya las reacciones por el fatídico 11 de septiembre han costado diez veces
más vidas y destrucción que los hechos que las pretextaron. En este
contexto, cómo evitar el terrorismo?
Si le tememos a la mafia de la droga, de la prostitución o del juego, cuánto
más peligroso puede ser el siniestro mundo de las armas cuando queramos
desactivarlo? Así, qué puede pasar con la paz? Al día siguiente, es noticia el
enorme crecimiento de la economía norteamericana para este año: más del
8%. Y la pregunta inevitable es: en cuánto tiene que ver el gasto militar con
la aceleración económica? Esto naturalmente hace más difícil el freno.
No tengo idea de las soluciones posibles. ¡Pensar que han provocado una
guerra con el pretexto de que Irak "tenía armas prohibidas", que nunca
encontraron y probablemente no existieran! Obvio, prohibidas para los
demás. Con estos números, está clarísimo que para Bush no hay nada que
le esté vedado: él se siente, para colmo, un justiciero emisario de Dios.
Se comprende que alguien haya dicho la semana pasada: "Bush es la
mayor amenaza para la vida en la tierra". No fue Sadam, ni Osama, ni Fidel,
ni algún habitante resentido del Africa subsahariana o la pobre
Latinoamérica; tampoco, un comunista trasnochado de la Europa
sumergida. Fue Ken Livingston, el alcalde de Londrés. Lo repito: "Bush, la
mayor amenaza para la vida".
Carlos Costantini
p
EL RESPETO SONORO
Hace poco estuve en unas jornadas sobre música, sonido y tecnología que
se realizaron en la Universidad de Quilmes y tuve la oportunidad de
escuchar, entre otros oradores, a Daniel Maggiolo, un compositor uruguayo
que dio una conferencia sobre "Paisajes Sonoros". No es mi intención
hablar sobre la charla en sí, sino comentar un concepto que expuso
Maggiolo, que desató, en mí, una reflexión. En un momento determinado, se
habló de los "Sonidos Totalitarios". Estos son sonidos que nos son
impuestos por otras personas, de manera invasiva. Ejemplos de esto, son
las publicidades por altavoces, la música extremadamente alta de algún
lugar, etcétera.
El concepto me pareció interesante tanto desde la convivencia urbana,
como para su aplicación en el terreno del arte. Lo primero que me pregunté,
fue qué derecho tiene un artista, cuando hace una intervención urbana, de
obligar a toda persona que pase por el lugar donde ésta se está
desarrollando, a escuchar la música y los sonidos que él propone.
Fundamentalmente me refiero a las instalaciones sonoras, donde el nivel
sonoro es extremadamente alto. El artista proclama su derecho a
expresarse, pero tal vez tendríamos que pensar en el derecho del otro, de
no escuchar. Podemos cerrar los ojos, o mirar para otro lado cuando algo,
visualmente, no nos gusta, pero no podemos cerrar nuestros oídos.
Como músico este tema me resulta extremadamente cercano y crítico. No
creo que esté mal hacer conciertos al aire libre, en tanto y en cuanto, sean
en lugares en los que no haya viviendas y que la gente que se acerque lo
haga por propia voluntad. El proceso de estetizar una ciudad tiene que ser
el producto de un acuerdo entre sus pobladores y no el proyecto ególatra
de un hombre. Tal vez el verdadero desafío sea generar y construir
espacios para el arte; y desde el arte darle lugar al público para que se
acerque y participe, sin recurrir a totalitarismos, aunque estos partan de
una buena intención.
Todos tenemos derecho a expresarnos y mostrar lo que estamos haciendo,
pero también, todos tenemos el derecho de gustar de otra cosa.
Federico Pablo Blanco
p
"EL SECRETO":
UNA HERMOSA EXPERIENCIA TEATRAL
La mezcla que tengo entre vocación y obligación de ir al teatro hace que en
ocasiones, aunque no frecuentes, me lleve gratas sorpresas. La idea de ir a
una sala, sentarse, ver la representación y marcarse reflexionando, mas o
menos, sobre lo que se ha representado, es la más convencional ante el
espectáculo teatral. Pero ocasionalmente surgen montajes que le hace uno
recordar que el Teatro es algo más que observación.
Hace unos días acudí en Madrid a la sala "La Nave de los Locos" que,
aunque está algo retirada del circuito convencional de teatros alternativos,
bien merece el desplazamiento para, más que ver, participar, en "El
secreto", la función que se ofrece hasta el día 7 de diciembre.
Se trata de un montaje dirigido por la joven chilena Lidia Rodríguez, en el
que intervienen Jesús Nieto, Rodrigo Villagrán, Mercedes Salvadores,
Alejandra Puy, Mikel Ramos, Alexander Tsvetanov, Lidia Rodríguez, Carlos
Álvarez Sarmiento y Dhapné Porrata.
Es una idea muy original en la qua una pareja de enamorados recibe a sus
amigos (el público) el día que celebran la fecha de su primer encuentro. A
partir de ahí entran en juego todos los sentidos: lo que se ve: sugerentes
imágenes; lo que se escucha: música de acordeón en directo; los olores con
los que los amigos los recibidos: planta aromáticas; el sabor de unos ricos
tomates "a la Diablada" que se cocinan en escena y que se ofrecen al
espectador-amigo, y el tacto en la relación directa con los actores. Más que
una función de teatro es un homenaje a lo sensitivo, a lo lúdico, a la magia
del encuentro; una invitación a participar en un acto de amor y amistad que
concluye con una danza a la que es muy difícil sustraerse.
Sin duda, ninguna representación será igual pues en esencia el desarrollo
depende de la actitud de público, ahí está una de las dificultades de este
"Secreto", pero creo que los intérpretes tienen suficiente oficio para hacer
que el público de cada día se deje llevar, olvide los convencionalismos, la
timidez, y entre en el juego escénico. Si lo hace, disfrutará como yo lo hice.
Cuando me marchaba tuve que decirle a Lidia: "aquí hay que venir dos
veces: una para ver de qué se trata y otra para disfrutarlo".
Salvador Enríquez
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