a PORTADA

<Nº 59

Diciembre 2004 — Nº 60

Ene_Feb 05>


TE DEBO UNA, BILL GATES
Miguel Angel Morelli

SONREÍR CON MEDIA BOCA
Graciela Reyes

CUATRO CUENTOS
Roberto Enrique Rocca

ENCUENTRO PATAGONICO DE ESCRITORES
Leda Schiavo

DE APARECERES, EXTINCIONES E INFINITUD
Fernando Anguita B.

EL BARRO Y EL FUEGO
Sonia Otamendi


OTROS
Carlos Fuentes

fab9

TE DEBO UNA, BILL GATES

Alguna vez le preguntaron a Borges cómo podía ser que un escritor tan innovador como él fuese miembro de una institución tan conservadora como la Academia Argentina de Letras. El pobre se encogió de hombros: "Es que sirven un café con leche riquísimo" —atinó a defenderse. Muerto Borges, nada sabemos sobre las actuales bondades de esas meriendas tan doctas como apetitosas, pero asumiremos que continuarán siendo abundantes (aún cuando nuestros académicos, tanto los de número como los otros, deban apelar cada vez menos al azúcar y más al edulcorante, como corresponde a estos tiempos diet). Lo que sí es seguro es que el actual presidente, don Pedro Luis Barcia, no gana para sustos: como si no bastase con la proverbial inclinación criolla a inventar neologismos de todo pelaje, la irrupción de internet y el chat amenazan ahora con dinamitar lo poco que queda del diccionario. "El chateo [sic] estimula un idioma cada vez más limitado y amputado, que se basa en no más de doscientas palabras y es de una pobreza enorme —se enoja Barcia—. El privilegiar la rapidez por encima de cualquier otro valor produce un uso degenerativo de la lengua y por esta vía un joven que el día de mañana tenga que optar por un trabajo probablemente no lo conseguirá porque no es capaz de escribir correctamente". El tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, reunido con Víctor García de la Concha a la cabeza, se expresó en igual sentido. "Tiene razón el señó, hablando parecemo indios parecemos" —disparó uno de los acomodadores del Teatro El Círculo, canalla el hombre para más datos.

Mientras todas estas cosas tan interesantes le estaban ocurriendo al mundo hispanoparlante, yo navegaba distraído por la red. De golpe, sin que mediase razón alguna, me asaltó el recuerdo de Jim Stutz, un norteamericano algo díscolo al que supe albergar en casa de mis padres cuando ambos éramos adolescentes, hace algo más de tres décadas. ¿Qué será de la vida del loco? —me pregunté. Y puse en un "buscador" su nombre y el de la pequeña localidad cercana a Nueva York en la que Jim nació. Ante mi sorpresa, apareció una página web de cierta empresa constructora que prometía "una rápida respuesta a cualquier inquietud suya". Le envié un e-mail contando mis cuitas ("soy fulano... busco a un tal Stutz... nació en su ciudad... etc."). No habían pasado cinco minutos cuando el corazón me estalló en el pecho: "¡¿Sos vos, argentino chanta?!" —gritaba Jim, desde el otro lado del mundo y en un lunfardo sin mácula. Mentiría si dijese que no lloré de la emoción.

Ignoro de qué otra manera hubiese podido dar con mi amigo. Sí, claro, viajar a Estados Unidos, tocar timbres aquí y allá, preguntarle al FBI, preguntarle al kiosquero... Lo cierto es que internet lo hizo posible, y en un santiamén. Esa misma red que empobrece cada día más a los que tiene ganas de ser cada día más pobre, es muy cierto y lamentable, pero que a mí desde ayer me ha hecho rico, inmensamente rico.

Miguel Angel Morelli

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SONREÍR CON MEDIA BOCA

"El polaco me llamó a las 4 de la mañana", dijo Fabricio. "Estuvo hasta esa hora en casa de la mamá, cuidando al perro, que está muy enfermo. Me llamó para decirme que me pasaba a buscar, teníamos que ir a lo de Retek a buscar la camioneta.." "¿Retek también es polaco?" "Retek es ucraniano. La novia es rusa. Salimos a buscar la camioneta como a las 5." "¿Y para qué necesitabas la camioneta?". Fabricio se rio. "Eso algún día te lo voy a contar".

"¿Así que van a adoptar un gatito?", dice, con horrible pronunciación, la empleada de la Anticruelty Society, que nos ha estado escuchando hablar en español. Los tres chicos miran embobados los gatos y no le contestan.
"Queremos un gato amarillo", digo yo, después de calcular que la mujer no iba a entender la palabra "barcino". "Tenemos gatitos de todos los colores", dice ella con voz sedante, como de psiquiatra de guardia en la sala de crisis. Yo le pregunto si conoce los dibujos de Andy Warhol, que pintaba gatos rojos, azules, violetas... Dice que no. "Quiero un gato azul", dice el nene más chico. "Violeta", dice el nene mediano. "Tenemos gatos de todos los colores", repite sedante la señorita.

"A veces quisiera haber nacido brasileño, o argentino", dice el taxista, con una risita culpable por la vacilación. "Ellos son campeones del mundo, y nosotros no". "Fíjese. Yo soy argentina, tengo esa suerte. Los uruguayos también son campeones del mundo". "Ah, sí, dos veces". "No se preocupe, ya le va a tocar el turno a Méjico". "Tenemos a un argentino, el Chueco Gaitán. Ahorita va a ser ciudadano mejicano. Le pagamos para que se hiciera mejicano. Disfruto cabrón viéndolo jugar. Con él podemos llegar al campeonato". "Mire", le digo, "lo que mejor hacemos los argentinos es jugar al fútbol".

La paciente tiene que decir "iiiiiiiiiiii", mientras le ponen un aparato en la laringe. Es difícil decir "iiiiiiiiiiii" con la lengua fuera de la boca (la tiene la laringóloga en la mano, envuelta en una gasa para que no se resbale). "Abra los ojos, respire, diga "iiiiiiiiiiii".". La cara de la laringóloga es hermosa, negra y suave como el ébano. Habla en voz muy baja, remota. Sus órdenes son remotas, y remota su mirada negrísima. La paciente ve su laringe reproducida en los monitores que la rodean. Las cuerdas vocales se abren y se cierran velozmente, cómicamente, como en una película en cámara rápida. Son pequeñas, blancas y brillantes, como de nácar. La paciente trata de concentrarse para no tener arcadas, y dice "iiiiiiiiiiii". La médica la corrige desde lejos, porque la i empieza aguda pero luego se va cayendo. "Respire. Tosa. Otra vez.. Iiiiiiiiiiii".
Siempre, en estos casos, oyéndose, recuerda a aquellos pollos del Mercado italiano de Buenos Aires, adonde iba con su padre. Los clientes elegían el pollo vivo, el dueño de la pollería les retorcía el cogote, y los pollos mientras morían hacían "iiiiiiiiiiii" con sonido cada vez menos agudo, como ella.

El estudio de Latishia está en los altos de una antigua fábrica, a orillas de uno de los riachos que confluyen en el Chicago. Desde la ventana se ven los puentes de hierro rojo. Latishia solamente pinta Monas Lisas. "Es el arte del retrato dividido", dice Paolo. "La parte izquierda de la cara, la que está en sombras, sonríe. La parte derecha, la iluminada, es grave". Dice que eso se relaciona con la teoría de Savonarola. "La parte derecha es fuerte y sirve para luchar contra el diablo directamente. La parte izquierda es la del ingenio y la risa, nos ayuda a sobreponernos en la tribulación". "¿O sea que sonríe solo con media boca?", pregunta Brad.
"Casi siempre sonreímos solo con media boca", dice Latishia.

Graciela Reyes

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CUATRO CUENTOS

SACRIFICIO
Pasaban por las armas a todos los varones de la ciudad conquistada y las mujeres, exceptuando las más hermosas que reservaban para sacrificar al dios de la Guerra, eran vendidas como esclavas.
La piel de la prisionera le hizo pensar en las nubes del alba, su cabellera en el sol del mediodía, sus ojos en el azul profundo de la noche naciente.
Ella casi sonrió ante la mirada del sacerdote quien, asustado por su propia blandura, frunció el ceño y terminó de ajustar las ligaruras.
Entonces las lágrimas le parecieron estrellas en el cielo de las pupilas agrandadas por el miedo.
Se inclinó profundamente ante el trono del rey pero enseguida se enderezó como un resorte. Silbó la espada describiendo un círculo relampagueante y la oscura testa coronada rodó al píé del altar, mientras el cuerpo se derrumbaba majestuosamente, bajo un surtidor de sangre.
Ellos se miraron y sonrieron.
Y todavía sonreían cuando el sacerdote, atravesado por su propio acero, se desplomó sobre el pecho de la víctima, sacrificada al dios del Amor.

PIROPO
-Si fueras un helado, mi lengua te consumiría- dijo el joven caballero al paso de la brujita.
Ella sonrió y se transformó.
Cumplida la promesa y curada la indigestión, él decidió que en lo sucesivo se comportaría como un caballero formal.

ENIGMA
La aparición de tan aristocrático cadáver con el corazón partido por una puñalada conmovió a la nobleza toda.
Sherlock Holmes, el Padre Brown, Ellery Queen, Sir Henry Merryvale y Nigel Strangeways, se reunieron en el club más exclusivo de Londres, cotejaron sus hipótesis, pero no llegaron a ninguna conclusión.
El conde de Brístol, célebre entre los socios del club por su afición a los enigmas policiales, fue el único que llegó a saber quién era el criminal, pero no pudo concurrir al cónclave.
Por eso su asesinato quedó impune.

SENTAR CABEZA
Aquel joven príncipe se aficionó a visitar clandestinamente el harén de su padre.
Su mejor amigo lo reconvino con razones tan atinadas, que él decidió sentar cabeza.
No pudo, porque ese día el sultán lo mandó decapitar.
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de «Cuentos mínimos»

Roberto Enrique Rocca

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DE APARECERES, EXTINCIONES E INFINITUD

No es fácil cerrar un año sin dejarse llevar por lo fácil, es decir, por el relato comprimido de los sucesos más notorios que once meses han servido en bandeja a cualquiera que escriba. No importa que la necesidad de escribir sea gratuita, subvencionada o compulsiva: los hechos relevantes del pasado inmediato bailan insolentes en la retaguardia de la memoria del escribidor.
Digo que no es fácil resistirse a lo fácil y sin embargo me voy a resistir. Algún lector ocasional agradecerá que no recurra al repaso de las atrocidades del 2004. Tampoco voy a desarrollar la reflexión (menos truculenta pero más catastrofista) sobre qué podemos hacer la gente de a pie para convencer a los gobernantes descerebrados de los efectos devastadores del "cambio climático" que ya ha dejado obsoletas las primeras previsiones. Esa reflexión será oportuna cuando se perfilen los propósitos de la Administración USA nacida hace un mes.

De las tres preguntas tópicas, ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿adónde vamos?, quien pretendiera anotar cuál ha sido la más "visitada" por mí en estas páginas no dudaría en marcar la tercera. La razón es obvia: cualquier pista que pueda esclarecer una chispa del futuro que nos aguarda me ha parecido de superior e inmediato interés, mientras que disertar sobre nuestra esencia y procedencia en unas pocas y distanciadas entregas de "a folio" se me asemeja a la vana discusión sobre el sexo de los ángeles.
Sin embargo, por una sola vez y para cerrar el año, voy a permitirme una brevísima incursión en ese movedizo territorio examinando el siguiente aserto:

Había transcurrido un tiempo infinito cuando aparecimos en el escenario que llamamos "realidad". Cuando se extinga nuestro ciclo desapareceremos y después seguirá otro tiempo infinito.

Sean cuales fueren las creencias de quien lo lea, el aserto le es aplicable. La opinión de los creyentes en "otra vida" queda salvaguardada por el concepto de infinitud, el mismo al que la ciencia racionalista se ve obligada a recurrir para sostener sus hipótesis y ecuaciones. La intelección del aserto sólo se complica cuando empezamos a preguntarnos por las razones, las "causas" de nuestra aparición. Porque todo lo que podemos asegurar —lo que nuestro existir nos permite constatar— son "efectos", y éstos apuntan hacia la extinción total. De ahí la pregunta: ¿para qué entonces tamaño derroche de millones de vidas —no sólo humanas— insertadas entre dos infinitos tiempos muertos?
El retorno a un universo azoico, sin vida, es una hipótesis mucho más consistente que su contraria. No sólo por la entusiasta colaboración que nuestra especie le presta al proceso de destrucción para acelerarlo, sino porque las leyes físicas que hemos "descubierto" no nos dejan otra salida. Ciertamente el razonamiento está lastrado por la presunción de que es aplicable a todo el universo lo que sabemos de nuestra galaxia, pero de momento habremos de conformarnos con eso. Mientras no se venga abajo el concepto de infinitud, los creyentes aguantarán el tipo y hasta morirán felices. Los racionalistas, rigurosos o dubitativos, seguirán esperando de los científicos alguna noticia optimista ... para que, por lo menos, tenga sentido felicitar el año nuevo.

Fernando Anguita B.

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ENCUENTRO PATAGONICO DE ESCRITORES

Fui a Puerto Madryn para asistir al XXIV Encuentro Patagónico de escritores. El evento otorga premios literarios, reúne a diferentes personalidades de la región y a algunos invitados ilustres metropolitanos, que, o bien se refieren a su obra, o bien tratan temas que se especifican de antemano. Este año se eligió como tema destacado la relación entre fútbol y cultura popular, lo que dio ocasión a amenas y apasionadas discusiones y a no menos apasionados rechazos. También se proyectaron documentales de Osvaldo Bayer, quien se prodigó en largas y casi ininterrumpidas conversaciones, salpicadas de humor y conocimiento.
El trayecto desde Trelew, donde llegó el avión, hasta Puerto Madryn, va preparando al viajero a entrar en otra dimensión. Una larga carretera casi en línea recta, bordeada por un vacío metafísico de pastos secos y tierra arcillosa que parecen no pertenecer a nadie, nos pone en la ciudad marítima que se recoge mimosamente en uno de los golfos que abrazan la península de Valdés.
Al llegar nos sorprende la ternura y el entusiasmo de los que se refugian en el mundo del pensamiento, la palabra y el arte, quizás para olvidar las tremendas expoliaciones que se siguen dando en la tierra y la costa patagónica. Quiero pensar que Julio Cortázar hizo este mismo viaje cuando descubrió a esos seres maravillosos que son los cronopios, porque me sentí en todo momento rodeada de cronopios, hasta creo que encontré, a alguna esperanza, pero estoy segura de que los famas no se me acercaron.
En Madryn, poetas y pintores se manifiestan con la misma inocencia y desasimiento que los ballenatos bailando y retozando cerca de la costa, ballenatos a los que tuve la dicha de escuchar y ver un sábado cuando, gracias a un amigo, me escapé, de la reunión de escritores para palpar la naturaleza. Al principio me pareció que traicionaba a los que me invitaron, luego me di cuenta de que el acercamiento a la naturaleza me dio un término de comparación para algo muy difícil de expresar, fue como descubrir la similitud entre seres inocentes, fueran artistas, ballenas, pingüinos o lobos marinos, porque todos están expuestos a la intemperie y a la codicia, todos viven en un paraíso abrumado de demonios, en el sur del sur, entre el mar y el cielo repleto de estrellas, donde todavía siguen dando vueltas Saint Exupery y su principito, y donde todos parecen tener una envidiable libertad y autenticidad. Fue, en realidad, un viaje de vuelta, aunque nunca había estado allí.

Leda Schiavo

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EL BARRO Y EL FUEGO

Algunas cosas producen una alegría particular, una sensación tan intensa que la sentimos con todo el cuerpo. Primero se nos corta el aliento y después parecería que el pecho se abriera y pudiéramos recibir todo el aire del mundo. Así me ocurrió la primera vez que vi trabajar a un alfarero. Puso un trozo informe de barro sobre el torno, lentamente lo fue levantando con la sola presión de las manos y de un modo acariciante, lo hizo cóncavo, le dio forma y mágicamente surgió el cacharro. También me ocurrió la primera vez que hice Rakú.

El Rakú, (porque se dice rakú, con acento en la u) es una técnica decorativa oriental. La palabra procede de un ideograma que tiene un amplio significado: felicidad, alegría, sosiego, diversión. Dicen que Taiko, maestro de la ceremonia del té, le regaló un sello de oro que tenía el ideograma grabado al coreano Chojiro allá por el siglo XIV y a él se le atribuye la invención de esta técnica que consiste en pintar con pigmentos, esmaltes y óxidos una pieza preferentemente de chamote, (que es la pasta cerámica a la que se le agrega arcilla calcinada, triturada o molida para conferirle resistencia y también para reducir el encogimiento), y ya bizcochada, es decir ya cocida a baja temperatura, como preparación para la aplicación del esmalte.
El cacharro decorado se mete en el horno hasta que llegue a una temperatura cercana a los mil grados. En ese ámbito cerrado no encuentra oxígeno suficiente para la combustión y el carbono y otros gases que libera, tratarán de obtenerlo de las materias y sustancias que hallen en el interior del horno: de los óxidos con que se han decorado las piezas. La reacción química que se origina por la pérdida de oxígeno se llama reducción y por su efecto, los materiales reducidos cambian su tonalidad y se logran efectos metalizados e iridiscentes. Cuando la pieza está al rojo vivo se retira del fuego y se arroja sobre materia orgánica que produzca combustión como aserrín, paja u hojas secas, que enseguida arderá con una llama importante al contacto con la pieza, que hará las veces de "brasa". Se tapa y se la deja ahumar unos minutos. Después se la sumerge en agua fría.

"Hacer cerámica es, para un artista, como crear mundos".
Hacer rakú lo es doblemente, porque permite experimentar y porque siempre sorprende. Si bien los mencionados son los pasos a seguir, los resultados son sorprendentes. Se pueden controlar las distintas pastas de barro y la temperatura de las cocciones, pero el fuego y la atmósfera creada en el interior del horno hacen el resto, que es incontrolable. Los óxidos, esmaltes y pigmentos aplicados sobre las piezas sufren una transformación por la acción del fuego que es impredecible. Cada pieza es única, y es imposible repetir un diseño.
Si esta experiencia la realizamos en grupo el placer y la alegría compartidos, la harán más emocionante todavía.

Sonia Otamendi

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TEXTOS de OTROS


DISCURSO INAUGURAL
pronunciado el 17 de noviembre de 2004 en la apertura del
III CONGRESO INTERNACIONAL DE LA LENGUA ESPAÑOLA
en ROSARIO [Argentina]

Carlos Fuentes

 

Majestades,
Señor Presidente,
Señoras y señores:


Mírenlos. Están aquí. Siempre estuvieron aquí. Llegaron antes que nadie.
Nadie les pidió pasaportes, visas, tarjetas verdes, señas de identidad. No había guardias fronterizas en los Estrechos de Behring cuando los primeros hombres, mujeres y niños cruzaron desde Siberia a Alaska hace quince, once y cuatro mil años.
No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con las manos vacías. Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza, la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la formación de las familias, la semilla del maíz, la fundación de los pueblos, las canciones y los bailes al ritmo de la luna y del sol, para que la tierra no se detuviese nunca.
Óiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las palmas de las manos para enumerar las metáforas del mundo.
Todo ello elevado al gran canto poético de la brevedad de la vida.
No hemos venido a vivir.
Hemos venido a morir
Hemos venido a soñar
Pero anclado en la eternidad de la palabra:
Pero yo soy un poeta
Y al cabo comprendí:
Escucho una canción, miro una flor,
¡Ay, que ellas jamás perezcan!
La palabra como principio del mundo. Pues como atestigua el Popol Vuh, "La palabra dio origen al mundo".
Nos instalamos en el mundo, nos recuerda Emilio Lledó. Pero el mundo también se instala en nosotros. La lengua es nuestra manera de modificar al mundo a fin de ser personas, y nunca cosas, sujetos y no sólo objetos del mundo.
La lengua nos permite ocupar un lugar en la comunidad y transmitir los resultados de nuestra experiencia.
Nadie, tampoco, les pidió visas o tarjetas verdes a los descubridores, exploradores y conquistadores que llegaron a las Costas de Cuba y Borinquen, Venezuela la pequeña Venecia y la Villa Rica de la Veracruz empujados por el gran huracán de una historia indómita, en barcos cargados, a su vez, de palabras, de pasado, de memoria.
La América Indígena se contagió del inmenso legado hispánico. Las costas del Caribe y del Golfo de México recibieron una marea que venía de muy lejos, del Bósforo, de las hermanadas tierras semitas de Israel y Palestina, de la palabra griega que nos enseñó a dialogar, de la letra romana que nos enseñó a legislar y, al cabo de la más multicultural de las tierras de Europa, España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana.
Hoy que se propone la falaz teoría del choque de civilizaciones seguida del peligro hispánico para la integridad blanca, protestante y angloparlante de los EE.UU. de América, conviene disipar dos mitos.
El primero, que Norteamérica no es una región monolingüe o monocultural, sino un verdadero tejido de razas y lenguas: esquimo-aleutiana y na-dené en los orígenes, enseguida español de San Agustín en la Florida a San Francisco en California, francesa de Nueva Orleáns en la Luisiana a De-trúa (hoy Detroit) de los Illinois y luego, en sucesivas olas migratorias, alemán e italiano, polaco y ruso y en irónico reverso, el español sefardí junto con el yiddish y, en la frontera del otro mar descubierto por Balboa, la migración de lengua japonesa, coreana, china y vietnamita: avenidas enteras de Los Ángeles anuncian su comercio y su trabajo en lenguas asiáticas, convirtiendo a otra ciudad hispánica —Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula— en el Bizancio lingüístico y cultural del Océano Pacífico.
Pues también los puritanos ingleses llegaron a las costas de Massachussets en 1621 sin pasaportes o permisos de trabajo. También ellos llegaron de otra parte.
El contagio, asimilación y consiguientes vivificación de las lenguas del mundo es inevitable y es parte inexorable del proceso de globalización.

Que la lengua española ocupe el segundo lugar entre las del Occidente, da crédito no de una amenaza, sino de una oportunidad. No de una maldición, sino de una bendición: el español ofrece al mundo globalizado el espejo de hospitalidades lingüísticas creativas, jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas. Lengua española igual a lengua receptiva, habla hospitalaria.
La predominancia del castellano desde Alaska —Puerto Valdés— hasta Patagonia —Puerto Santa Cruz— no determinó el exterminio de las lenguas amerindias. Del navajo en Arizona al guaraní en Paraguay, el lenguaje amerindio de enigmas, figuras y alegorías —como lo llama el Libro de las Pruebas de Yucatán— sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de veinte millones de seres humanos.
Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un pehuencha de Chile si ambos no hablan la lingua franca de la América indohispana, el castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos rememora, nos obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría: en su lengua maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su ser y la colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el mundo mestizo y criollo.
Y todos nuestros mundos americanos —indígenas, criollos, mestizos— son desde siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que sólo podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento.
Indoamérica también es Hispanoamérica gracias a las tradiciones hebreas y árabes de España.
Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos porque los sabios judíos de la Corte de Alfonso el Sabio impusieron el castellano, lengua del pueblo, en vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las leyes de Castilla.
Con cuánta emoción, Majestades, señoras y señores, asistimos en 1990 a la entrega de los Premios Príncipe de Asturias en Oviedo cuando el príncipe Felipe le abrió los brazos a las comunidades judías de la vieja España para recibirlas, dijo don Felipe, "con una gran emoción y el espíritu de concordia de la España de hoy".
Pero también llegó a nuestra América la España árabe. Siete siglos de convivencia nos dieron la tercera parte de nuestro vocabulario, nos legaron el rumor del agua, la frescura de los patios, la palabra visible y el rostro invisible de Dios y el rescate de nuestra más vieja tradición mediterránea, la de Grecia, conservada por Islam y transmitida a la Europa medieval a través de la arábiga Escuela de Traductores de Toledo.
Hispano-árabes son el Don Julián de Juan Goytisolo y colombiano-hispano-árabes son los Cien años de soledad de García Márquez: libros paridos por la unión de Cherezada y Cervantes, libros fieles al testamento del Rey San Fernando en su sepulcro de la catedral de Sevilla, con los costados de la tumba escritos uno en castellano, otro en latín, el tercero en hebreo y el cuarto en árabe: rey de las tres religiones y de las cuatro lenguas.
Seamos, en este gran Congreso, guardianes fieles de nuestras tradiciones vivas, capaces de iluminar caminos de paz mediante el reconocimiento de letras y espíritus compartidos.
Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista.
¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora, las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y cruz?
Las une la lengua.
En muy poco tiempo, el castellano de América adquiere un tono propio, indoespañol.
Las une la épica, pero no sólo la que Simone Weil, leyendo la Ilíada, describe como "un poema del Poder" sino una épica dolorosa, la de Bernal Díaz del Castillo maravillado por la visión de Anáhuac y obligado, enseguida, a destruir lo que ha aprendido a amar. O como dice el gran crítico Francisco Rico, "singular convivencia de naturalidad y pasmo".
De este drama del deseo —anhelo pertinaz, jamás cumplido— nace una segunda épica mestiza, la del Inca Garcilaso de la Vega, y una lírica mestiza, la de Sor Juana Inés de la Cruz.
Ambos quieren ser indoamericanos que hablan y escriben en español.
Pero hay algo más.
Poseemos una tradición que le dio a la lengua castellana un relieve distinto, nacido de la necesidad de esclavos privados de sus lenguas nativas y obligados a aprender las lenguas coloniales para entenderse entre sí —para amarse y procrearse, para armarse y rebelarse— adoptando y cambiando el habla castellana con creatividad rítmica:

Casimba yeré
Casimbangó
Yo salí de mi casa
Casimbangó
Yo vengo a buscá
Dame sombra ceibita
Dame sombra palo Yabá
Dame sombra palo Wakinbagó
Dame sombra palo Tengué

que anuncia la velocidad que corre desnuda un día, enmascarada al siguiente, para amplificar el castellano popular de las Américas, felizmente incorporado —honor a Víctor García de la Concha— al diccionario de la Real Academia. Lo evoqué en su mexicanidad en Valladolid. Le hago eco en su argentinidad en Rosario: el cocoliche no es una macana ni un jabón, es un tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más hinchas
de las letras, jamar mejor las escrituras, jotrabar chorede el alfabeto, y viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su propio lunfardo en Rayuela.
Formamos parte de una civilización inmensamente rica, plural, "cósmica" como diría José Vasconcelos.
Las pruebas están en todas partes y el edificio no ofrece fisura alguna.
La continuidad es asombrosa, el origen enriquece al presente, el presente alimenta al porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas.
Pero no todo es celebración.
La continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad política y económica comparable.
Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos. El hambre, el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia, la discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la vida iberoamericana.
La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo primero que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a sus escritores.
¿Por qué? Porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación desautorizados.
La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados de las ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del mundo hispano es democrática o no es.
Sin lenguaje no hay progreso, progreso en un sentido profundo, el progreso socializante del quehacer humano, el progreso solidario del simple hecho de estar en el mundo y de saber que no estamos solos, sino acompañados.
El lenguaje, nos recordó Francisco Romero, es un acervo patrimonial donde nada se pierde: constantemente, la palabra vence la ausencia de nuestro pasado para crear la presencia de nuestra historia.
Esa historia nuestra nacida de la ilusión de una nueva edad de oro, subyugada por la pérdida de la utopía pero renacida —nuestra historia— como vitalidad de la palabra que asume el pasado de nuestros pueblos, transmite los hechos históricos horizontalmente, entre los de hoy, pero también los transmite verticalmente entre los de ayer, entre las generaciones.
La lengua no es biología: se aprende, es educación.
Nunca olvidemos, al pensar, al hablar, al escribir nuestra lengua maravillosa, que nada se pierde.
Pues negar la tradición no nos aseguraría una libertad mayor. Todo lo contrario. La tradición nos obliga a enriquecerla con nueva creación.
Y la tradición nos invita a ser escépticos pero exigentes. No siempre lo hemos sido. A veces, queremos creer en el Paraíso para no darle la cara a la Caída. Pero la caída es la oportunidad de la siguiente creación.
Posiblemente el inglés sea más práctico que el castellano.
El alemán, más profundo.
El francés, más elegante.
El italiano, más gracioso.
Y el ruso, más angustioso.
Pero yo creo profundamente que es la lengua española la que con mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos.

¿Y qué decimos?
¿Qué hablamos?
¿Qué escribimos?

Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las
aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y
mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo.
La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física.
El mundo, no, porque es creación verbal.
Y el mundo no sería mundo sin palabras.
Porque cuanto veamos y toquemos objetivamente en el mundo requiere, para
seguir siendo, la correspondencia verbal de otro mundo al lado del mundo,
que lo corrija y modifique y enriquezca verbalmente.
Nuestra literatura, la que celebramos en este gran Congreso argentino,
proclama que la libertad no puede ser ajena a la creación de un mundo
lingüístico. Todo lenguaje ilumina otro lenguaje y le da accesibilidad,
permanencia y actualidad.
Actual es el lenguaje de Sor Juana Inés de la Cruz reclamando los derechos
de la condición femenina


"Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis."

Actual es el lenguaje de Luis Cernuda en defensa de la preferencia sexual
"porque el deseo —escribe— es una pregunta cuya respuesta nadie sabe" y
actual la generosidad amorosa espléndidamente abarcante de Garcilaso:

"Yo no nací sino para quereros.
Por vos nací, por vos tengo la vida
Por vos he de morir y por vos muero."

Voz de la personalidad propia, inalienable, maravillosamente descrita por
Jorge Guillén:
"A ciegas acumulo
Destino: quiero ser"


Palabra metafísica del mayor poema mexicano del siglo XX, la Muerte sin fin
de José Gorostiza:


"Lleno de mí, sitiado en mi epidermis,
por un Dios inasible que me ahoga"
Pero, ¿no es tan física esta palabra del alma como la del cuerpo natal de
Martín Fierro?



"Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar.
Desde el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar."


¿Y hay pregunta más lúcida que la Rubén Darío a la vida y a la palabra de la
vida que el saber no sabiendo de su poema Lo fatal?

Popol Vuh, Martín Fierro, Rubén Darío.
Ah, es cierto. Conocemos estos poemas de memoria. Pero no les hacemos
justicia si no los leemos o decimos siempre por primera vez, como si los
acabásemos de descubrir, convencidos de que nadie, nadie ha dicho antes, ni
siquiera Pablo Neruda:



Yo la quise y a veces ella también me quiso.
Nadie antes de nosotros, hoy, en este momento, en el presente que es el
único lugar de cita del pasado —la memoria— y el porvenir —el deseo—.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.



¡Qué extrañamiento, qué novedad cada vez que lo digo o lo leo! ¡Qué certeza
de que el lector conoce algo que el escritor, ni siquiera Pablo Neruda,
jamás conocerá: el futuro!
El mundo, dice Mallarmé, nos da voces y el escritor las devuelve a fin de
otorgarle mayor pureza a las palabras de la tribu.
No lo creo. En español, le devolvemos las palabras a la tribu manchadas,
manchegas, mestizadas, a fin de unir dos tradiciones que se subsumen en una
sola, al filo del Cuarto Centenario del Quijote y es, una, la de nuestra
capacidad hispanoparlante para oponer al dogma la incertidumbre —¿son
molinos o son gigantes?— y la otra, el poder de llenar los vacíos de la
realidad con la realidad de la imaginación —sí, los molinos son gigantes—.

Majestades,
Señor Presidente,
Señoras y señores:


Estamos aquí, en Rosario, en un terreno común donde la historia que nosotros
mismos hacemos y la literatura que nosotros mismos escribimos, pueden
unirse.
Es el espacio compartido pero siempre inacotado en el que nos ocupamos de lo
interminable —la historia— a través de lo amenazado —la palabra—.

Historia interminable, pues una sociedad está enferma o engañada cuando cree
que la historia está completa y todas las palabras dichas.
Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su dicha, ser
siempre palabra por decir, aún no dicha, des-dichada.
Quienes proclaman el fin de la historia sólo quieren vendernos, dice Carmen
Iglesias, otra historia: la suya, no la nuestra. Esa es la otra falacia —el
fin de la historia— que quiero rechazar.
Nosotros, aquí, en este gran Congreso, sabemos que la historia no ha
terminado, ni han terminado las palabras que manifiestan felicidad e
inconformidad, escepticismo y confianza, amor y cólera benditos, dichos en
lengua española.
El hispano parlante de ayer le da el verbo al hispano parlante de hoy y éste
al de mañana.
Descendemos del gran flujo del habla castellana creada en las dos orillas
por mestizos, mulatos, indios, negros, europeos.
Estas voces se oyen en América, se oyen en España, se oyen en el mundo y se
oyen en castellano.

Gracias.

***

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