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<Nº 89

Diciembre 2007 — Nº90

verano 08 >


NUEVE AÑOS
Sonia Otamendi

DE UN INTERROGANTE IMPERATIVO: «¿Por qué no te callas?»
Fernando Anguita B.

LUNA DE MIEL
Graciela Reyes

GENERACIÓN
Miguel Angel Morelli

JUAN CARLOS
Leda Schiavo

CAJA CON MARIPOSAS
Liliana Guaragno

MAYO del 77
Jéssica Priano

OTROS
Anónimo / Burton / Kafka
Onetti / Wittgenstein

fab9

NUEVE AÑOS

Con este número «del Sur» cumple NUEVE AÑOS.
Una vez más quiero agradecer a todos los que mes a mes, desde aquel lejano Marzo del ´99, han contribuido a que fuera posible.
A los anunciantes, a los corresponsales de nuestro país y del exterior, a los que se encargan de asesorar, corregir y distribuir, y muy especialmente a Fernando Anguita que, desde el otro lado del Atlántico, no sólo hace la página sino que se ha tomado el inmenso trabajo de depurarla.
Y a los lectores, claro, sin los cuales, no tendría razón de ser.
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Sonia Otamendi

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GENERACIÓN

Fue John Barrymore, si mal no recuerdo, el que dijo que una persona no es vieja sino hasta que los remordimientos ocupan el lugar de sus sueños. Si esto es cierto, si la vejez es la forma más íntima de la derrota, sé de un grupo de amigos a los que todavía les falta mucho para darse por vencidos... ¡Es tan curiosa la vida, tan extraño el destino! Durante algunos años, allá cuando promediaban los '70 y el mundo era escandalosamente joven, Quilmes resultaba para mí apenas la estación en la que bajaba Carmen, que vivía en la barranca. Laura y Luis, en cambio, lo hacían un poco más adelante, sin sospechar que con el tiempo acabarían acunando hijos e ilusiones compartidas un par de kilómetros más allá, en Avellaneda. En cuanto a Marcela y Moisés, los dos seguían viaje hasta el final, hasta Constitución, que al fin y al cabo estos porteños nunca soportaron alejarse más de un rato de Buenos Aires.

Éramos jóvenes, claro que lo éramos. Demasiado tal vez para soportar lo que vendría, pero lo suficiente como para no renunciar a nuestros sueños. Marisé, por ejemplo, ya garabateaba ciertas obras que eran como pequeños anticipos de cuanto le daría al teatro años más tarde ("Escupir al cielo", creo, se llamó la primera). Sergio y su pipa sempiterna echaban humo y opinaban con la seguridad de los analistas políticos consumados (su cobertura del juicio a las Juntas le daría mayor notoriedad a una carrera de por sí brillante). Rosario, en cambio, dudaba todavía en convertirse en Virginia Clemn, prima hermana y esposa del desdichado Poe en la bellísima "Israfel" de Abelardo Castillo. Marta era todo silencio, impenetrable. Y el bueno de Mario, si bien andaba lejos todavía de descubrir que su destino estaba en la pintura, nos regalaba su sensibilidad de artista a cada paso. En cuanto a mí, soñaba con dos cosas: reportear a Borges algún día y escribir el poema más hermoso del mundo (a Borges lo entrevisté varias veces, y sabe Dios que todavía arremeto con fruición en este oficio de juntar palabras para atrapar lo inatrapable).

Y así, cada cual en sus asuntos, todos estudiábamos periodismo. Porque queríamos ser periodistas. Informar, contar, opinar. Si hasta habíamos descubierto que la profesión era una herramienta eficaz para cambiar el mundo... Pero en diciembre del ´75 rendimos la última materia. La última de la carrera, se entiende, porque estoy seguro que para la mayoría resultó a la vez el primer examen en el arduo trabajo de enfrentar la más brutal de las realidades. Tan brutal que apenas tres meses después de recibirnos, ese infierno al que llamaron "Proceso" (¡ay país de los eufemismos!) llegó para arrancarnos varios compañeros, muchas horas de terror y hasta la ceremonia de colación que nos merecíamos... Pues bien, treinta y dos años más tarde, la Facultad de Periodismo de La Plata cometerá esa reparación histórica, casi una broma, pero una broma hermosa en todo caso. Quiero decir, finalmente este viernes recibiremos nuestro diploma. Por eso allí estaremos los que un buen día dejamos la adolescencia para crecer de golpe, a los tumbos, muertos de miedo, aunque sin resignar el más secreto de los sueños. Aquellas chicas y chicos que todavía hoy seguimos empeñados en ponerle barricadas a los remordimientos.
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Miguel Angel Morelli

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LUNA DE MIEL

El hotel estaba en penumbras. A esa hora de la noche, las decoraciones rústicas se atemperaban, y las alfombras de hilo sisal eran más acogedoras. En el vestíbulo no había nadie. Se acercó a los ventanales y miró hacia afuera. En el parque había un hombre sentado, fumando un cigarro. Se escondió en un lugar más oscuro, entre las cortinas y la pared, para mirar sin ser vista. El hombre estaba inmóvil, de cara al desierto. El cigarro subía y bajaba de tanto en tanto. La mano, la curva delicada de los dedos, la cabeza levantada, el cuerpo largo y sólido, eran de él, solamente de él, pero ella se resistía a reconocerlos. Nunca lo había visto fumar. Poco a poco distinguió su cara, tranquila, tan a gusto en la noche helada. El cristal le transmitía el frío de afuera. De noche bajaba muchísimo la temperatura. Pudo ver las estrellas encima de la cabeza de él, donde había visto, más temprano, águilas. Él cruzó las piernas y pareció distenderse todavía más. Ella adivinó los cables del ipod. Estaba fumando y escuchando música.
Las cortinas tenían olor a polvo. Allí estaban, ella y él, a pocos pasos de distancia. Era la segunda noche de la luna de miel. Él se había levantado a la madrugada para ir a fumar al parque. Se había puesto su chaqueta clara, que se destacaba en la oscuridad. El pelo, requemado por el sol, le creaba una aureola de luz en la cabeza. Prolongados por sombras, las piernas y los brazos parecían más largos, descomunales. Su figura ocupaba toda la noche, era todo lo que existía en la noche. Estaba como necesitaba estar, solo. Por eso la había dejado, o no la había dejado, sino que la imaginaba durmiendo confiadamente, caminando por sus propios mundos, sola ella también, y contenta. Sin duda le gustaba el aire helado de la noche, el silencio del desierto, que es más silencio que ninguno, el gusto del puro, la música. A sus anchas, solo.
Sentía cada vez más frío. Se había puesto un abrigo sobre el camisón, y zapatos, podía haber salido al parque, decirle hola, sentarse a su lado, sonreírle. Él habría extendido la mano para acariciarla. Quizá la habría recogido en sus brazos para que no tuviera frío, y entonces habrían mirado juntos la noche.
Se quedó detrás del cristal un rato largo, mirándolo. Después volvió a la habitación.
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Graciela Reyes

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DE UN INTERROGANTE IMPERATIVO: «¿Por qué no te callas?»

En el episodio «Indios en el vestíbulo», uno de los más simpáticos y aleccionadores de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca, Josh —ayudante de Leo, Jefe del Gabinete de la Presidencia— pregunta: ¿Por qué de este asunto no se ocupa la oficina del fiscal del condado de Dekalb?, y Leo responde: Porque ha tomado cariz internacional.
Una doble lección encierran pregunta y respuesta: los asuntos domésticos se tratan en casa, pero si alcanzan cariz internacional dejan de ser "de casa" por definición, y sobre ellos podrá dar su opinión cualquiera.

El asunto que se planteaba en aquella conversación, [extradición vs. pena de muerte], nada tiene que ver con lo que aquí me importa. Sí la tiene, en cambio, la licencia que saco de la lección aprendida: de los asuntos "políticos" de España no me creo autorizado a escribir en «delSUR», pero la resonancia internacional del "interrogante" que titula estas líneas justifica que hoy lo haga.

El REY pregunta A los pocos segundos de pronunciado el ¿por qué no te callas?, los más de cuatrocientos millones de habitantes del mundo que hablan español lo repetían exultantes. Muchos espabilados le sacaron tajada enseguida. Para empezar, quienes reservaron en Internet* el "dominio" con la frase para venderlo al mejor postor; otros le pusieron música e hicieron rondalla con una canción ad hoc; incluso los atrapados en el cotidiano estrés de supervivencia encontraban hueco para discutir los pros y los contras de la "oportunidad" de la pregunta. Las discusiones coparon de inmediato las tertulias televisivas, y las noticias de la prensa rosa se pudieron tomar un descanso. Deo gratias!

Todos esos usos fueron lógicos, cuasi inocentes y hasta divertidos. Menos inocente fue y seguirá siendo cualquier rédito político que se trate de obtener haciendo leña de donde no había madera. Porque el protagonista que se considera ofendido en el debate, parece que quiere sacar partido del oxímoron** que en el título de esta nota puse a propósito.
Una pregunta no es una orden, por mucho que lo parezca. Si se quiere calibrar la diferencia entre ¿Por qué no te callas? y ¡Cállate!, asomémonos por un segundo al imaginario patio de instrucción de un cuartel donde el sargento instructor ha cambiado el seco y enfático ¡Firmes!, por un no menos seco ¿Por qué no se ponen firmes?, y luego ha continuado ¿Por qué no me presentan sus armas?, en lugar de espetarle al alucinado pelotón el consabido: ¡Presenten armas!... ... eso sí, todo vocalizado con la misma claridad y contundencia que empleó el Rey de España al dirigirse al Presidente de la República de Venezuela.

Por tanto, advertida la diferencia abismal entre preguntar y ordenar, no tiene sentido, —ni porvenir—, exigir disculpas por lo que sólo habría podido ofender al verboso mandatario de haber sido una orden fuera de lugar, o no venir a cuento, —que, en mi opinión y la de millones, venía—.

Otrosí el acabose: el personaje, a propósito y despropósito del "acontecimiento", amenaza con la asfixia económica a los países civilizados de Europa y Norteamérica, y enarbola en la OPEP la bandera de la prepotencia petrolífera que le permite juguetear con la sugerencia: ¡el barril de crudo a 200 $!
Goyescos sueños de la razón, adobados de paso por el fantasma nuclear y la alianza iraní. Alianza por fortuna de pocos vuelos porque, al parecer, el líder cristiano olvidó que ofendía gravemente las creencias de los líderes árabes de la OPEP cuando se santiguó en su presencia. ¡Menos mal!

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* Google ya registra casi 2.000.000 de citas
** oxímoron, por si alguien no lo sabe, es la figura retórica que define el uso de palabras de significados opuestos [cuya concurrencia "ilumina" una idea, —me permito añadir—]. Ejemplos clásicos son soledad sonora, luminosa oscuridad, dulce derrota y, más bien novedoso, éste interrogante imperativo.
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La fotografía de Asociated Press que reproduce BBC_Mundo.com, congela la pregunta para la Historia

Fernando Anguita B.

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JUAN CARLOS


Dice una amiga que tengo en Madrid, que por cierto no es monárquica pero que reconoce que Juan Carlos se portó como un hombre cuando lo del golpe de Tejero, que el rey se levantó y se fue de la reunión de la cumbre en Chile apretado por la próstata. Juan Carlos acaba de dejar una frase célebre para la historia, el “Por qué no te callas” ha tenido más éxito que cualquier línea de una canción popular. Es equiparable a “Mi reino por un caballo” de Ricardo III, o el “París bien vale una misa" del primer borbón de Francia, Enrique IV.
Prostático o no, lo cierto es que el buen Juan Carlos se levantó en el momento menos adecuado para la sensibilidad de los no colonizados mentalmente o para los que tienen la sensibilidad lejos de los bolsillos transnacionales. Y digo el buen Juan Carlos porque, aunque Franco dejara todo atado y bien atado con lo de la monarquía, a casi todos nos cayó bien cuando lo vimos por la televisión tras los cuarenta años de la dictadura del generalísimo, una cara joven, fresca, bien intencionada. A mí, por lo menos. Borbón más, Borbón menos, lo cierto es que las dos Españas parecieron apaciguadas entonces, lo que produjo cierta tranquilidad. Ahora, en cambio, las dos Españas están fogoneadas, basta ver por las noticias a esos irritados e irritantes señores del PP, esos mismos que se pusieron de acuerdo con Bush para hacerle un golpe a Chávez en el 2002, justo antes de empezar la guerra contra Irak y asegurarse así el petróleo. Son tan chambones que hasta prepararon mal el golpe de estado. Está documentado, pero hay gente que no cree en los documentos. En cuanto al discurso del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, que parecería también irritante, les aconsejo a ustedes, queridos lectores cómplices, que lean el discurso entero en Nicaragua hoy o en cualquier otro sitio de Internet y juzguen por sí mismos.
Es verdad que Chávez no conoce las maneras de salón y que se desborda tropicalmente, pero dice verdades grandes como melones grandes. Y tuvo su gran oportunidad, berrear contra Aznar, y que se enteraran todos los que todavía no quieren enterarse. En cuanto a lo que dice mi buen amigo Anguita en este mismo número sobre la diferencia entre preguntar y ordenar, me gustaría que Graciela Reyes, sabia en pragmática, se lo explicara con mejores argumentos que los míos. Si yo digo ¿Por qué no te vas a la ...?, ¿estoy preguntando acaso? ¿No es un caso de regia intemperancia?
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Leda Schiavo

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CAJA CON MARIPOSAS


Nadie sabía por qué lo llamaban Pajarito. Seguramente Nicolás sabía su nombre completo. Tal vez lo llamara por el apellido: Señor Gómez, aunque mejor algún apellido italiano, ya que si bien había algunas familias españolas como la de Blanquita, o la de Nilda, la mayoría de la gente del barrio pertenecía a la colectividad italiana de mujeres con pañuelos negros en la cabeza, y ropas negras, siempre de luto, por algún pariente que moría, o por los que dejaron en tierras santas de la Calabria del hambre y la guerra.
Don Pajarito era rubio como Nicolás con esos bigotes amarillos, casi verdosos pero más pequeños, y solía visitar la casa alguna tardecita en la semana, de regreso del trabajo. Casi siempre charlaban sentados en el patio con la pava y el mate y algún tango de fondo que llegaba por la brisa desde el Club Social que quedaba a la vuelta de la cuadra, y en el que los sábados por la noche se armaba el baile.
Don Pajarito siempre pasaba antes por su casa para que su hijo lo acompañara, pero al llegar a la casa de Nicolás, Beto se quedaba tieso al lado de su padre sin expresión alguna, aunque movía los ojos como un pajarito. Lucía se acercaba, él le ponía y le sacaba los ojos de encima, para dar de pronto un giro con sus piernas de pantalones cortos hacia los hombres o levantar la vista hacia la parra que cubría una parte de cielo.
Ema, ese atardecer brillante de verano en el que los chicos de la cuadra se habían dedicado durante la siesta a cazar mariposas, le acercó un banquito y Alberto se sentó.
Luci andaba de uno a otro lado del patio, hacía que observaba los canteros que bordeaban el enrejado, para cada tanto constatar que el sobrenombre del padre le quedaba mejor al hijo, con esa nariz finita, los ojos movedizos, la mirada siempre de soslayo — hacia un lado, hacia el otro—, el cabello que se alargaba con un flequillo corto y plano sobre la frente, más los cachetes inflados y el tronco robusto, redondeado del chico. Al principio daba la impresión de que en cualquier momento alzaría el vuelo, pero enseguida cualquiera podría pensar que estaba detenido en una rama y que debía costar mucho que trinara o batiera las alas.
Lucía, que no había logrado convencerlo de ir a jugar a la hamaca, o con la cocinita y demás enseres femeninos del cuarto del lavadero, volvió a acercarse a Beto con la caja de mariposas. Levantó la tapa ya muy cerca de él y el chico de perfil apenas movió los ojos y los depositó junto a las mariposas. Luego los levantó y miró a Lucía sin sonrisa, sin que se notara interés alguno, pero desdiciéndose con movimientos, que aunque pausados, lo acercaron más mientras sus manos tomaban la caja.
—¿Vamos al porche, a mirarlas?—, sugirió Luci. Y empezó a caminar hacia el pasillo. Beto asintió con la cabeza, sus pasos la siguieron hasta el porche. Allí, ella depositó la caja sobre el mantel bordado por Leonor que vestía a la mesita de mimbre. Se sentaron en los sillones.
Lucía le fue pasando una a una las mariposas. Él las observaba detenidamente y luego las guardaba en la caja. Los ojos de pajarito le brillaban.
Anochecía. Hacía unos segundos habían encendido la luz del porche. Don Pajarito caminaba junto a Nicolás por el pasillo, iban terminando o alargando la conversación que habían sostenido mate a mate. Al llegar al frente de la casa el padre dijo Vamos. Beto pegó un salto y se fue tras él.
Ema abrió la puerta que daba al anochecer del jardín. Vamos, guardá todo y entrá. Ya va a estar la comida—, y esperó a su hija. Esperó que ordenara por tamaño y color las mariposas que habían sido libres un ratito ese día, el día de su nacimiento con la muerte cerca en redes de niños.
—Qué educado ese chico, ¿no?— le dijo la madre una vez adentro.
—Sí, mami, apenas dijo una palabra.
—¿Le gustaron las mariposas?
—Sí, claro, se sonreía mientras yo se las mostraba.
—¿Sólo se las mostrabas?
—No, le explicaba también que según los colores o el tamaño, unas eran más lindas que otras. Hablaba yo, él sonreía.
—Bueno, al menos sonreía. ¿No dijo nada en absoluto?
— Sí, una palabra. Con el mariposón dijo 'Ah'.
Ambas se rieron y desaparecieron por el pasillo interior hacia la cocina y el comedor diario. Alguien había prendido el televisor y en la pantalla Pinky intentaba cautivar la simpatía de la gente.
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Liliana Guaragno

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MAYO del 77


El frío tarda en envolver el aire. El sol es todavía fuerte. El blanco de las casas brilla como en primavera, en plena mañana. Dóciles, los perros trotan junto al cordón. La señora los esquiva e insulta sin ganas. Un vehículo frena antes de llegar a la esquina. La mujer detiene su paso. Mira hacia el Ford Falcon verde modelo 72 chapa Nº…. Parece que quiere correr. La jauría entorpece su camino. Los perros la han cazado. Dos casas más adelante, se abre una puerta. Una calva antes que unos anteojos muy gruesos salen con ímpetu y con el mismo brío se esconden. El ruido de la cerradura se confunde con la acelerada. La bicicleta rueda por la calle. No muy lejos reconoce el auto verde. Se apura un poco más. El vehículo dobla y se detiene. La bicicleta iguala la maniobra. El hombre vacila un momento. Se acerca a la esquina y parapetado en un árbol, observa. Unos hombres bajan a la mujer a empujones. La cabeza cubierta con un trapo. Las manos atadas atrás.El vehículo arranca y se va. Los hombres salen y esperan en la puerta.El hombre calvo vuelve a la bicicleta. El viento le desparrama las lágrimas por las mejillas. Llega a otra casa. Toca el timbre. Un rostro amable de mujer lo invita a pasar. Habla con desesperación con otro hombre que lo atiende con exagerada cortesía. El dueño de casa lo calma ostensiblemente. Le pide que se vaya tranquilo, le promete que él resolverá todo. Luego de despedirlo, llama por teléfono.
—Otro paquete…Sí…..tiene la dirección. Decile a esos boludos que se fijen che…No sea cosa que tenga que ir yo a enseñarles cómo hacer el procedimiento.
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Jéssica Priano

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TEXTOS de OTROS


LOS DOS MÍSTICOS

Anónimo hindú


Se trataba de dos amigos con una gran tendencia hacia la mística. Cada uno de ellos consiguió una parcela de terreno donde poder retirarse a meditar tranquilamente. Uno de ellos tuvo la idea de plantar un rosal y tener rosas, pero enseguida rechazó el propósito, pensando que las rosas le originarían apego y terminarían por encadenarlo. El otro tuvo la misma idea y plantó el rosal. Transcurrió el tiempo. El rosal floreció, y el hombre que lo poseía disfrutó de las rosas, meditó a través de ellas y así elevó su espíritu y se sintió unificado con la madre naturaleza. Las rosas le ayudaron a crecer interiormente, a despertar su sensibilidad y, sin embargo, nunca se apegó a ellas. El amigo empezó a echar de menos el rosal y las hermosas rosas que ya podría tener para deleitar su vista y su olfato. Y así se apegó a las rosas de su mente y, a diferencia de su amigo, creó ataduras.

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LA OBRA Y EL POETA

R. F. Burton


El poeta hindú Tulsi Das, compuso la gesta de Hanuman y de su ejército de monos. Años después, un rey lo encarceló en una torre de piedra. En la celda se puso a meditar y de la meditación surgió Hanuman con su ejército de monos y conquistaron la ciudad e irrumpieron en la torre y lo libertaron.

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LAS PREOCUPACIONES DE UN PADRE DE FAMILIA

Franz Kafka


Algunos dicen que la palabra «odradek» procede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.
Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este último, por un lado, y con una especie de prolongación que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto puede sostenerse como sobre dos patas.

Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar.

Habita alternativamente bajo la techumbre, en escaleras, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego, porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera un niño.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Odradek —me contesta.
—¿Y dónde vives?
—Domicilio indeterminado —dice y se ríe.

Es una risa como la que se podría producir si no se tuvieran pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho.
En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón be ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.

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LOS CUENTOS Y LAS MENTIRAS

Juan Carlos Onetti


“La verdadera historia empezó un anochecer helado, cuando oíamos llover y cada uno estaba inmóvil y encogido, olvidado del otro. Había una barra estrecha de luz amarilla en la puerta del baño y yo reconstruía la soledad de los faroles en la plaza y en la rambla, los hilos perpendiculares de la lluvia sin viento. La historia empezó cuando ella dijo de pronto, sin moverse, cuando la voz trepó y estuvo en la penumbra, medio metro encima de nosotros:
—Qué importa que esté lloviendo, aunque llueva así cien años esto no es lluvia. Agua que cae, pero no lluvia.
Había estado, también antes, la gran sonrisa invisible de la mujer, y es cierto que ella no habló hasta que la sonrisa estuvo totalmente formada y le ocupó la cara.
—Nada más que agua que cae y la gente tiene que darle un nombre. Así que en este pueblucho o ciudad le llaman lluvia al agua que cae; pero es mentira.
No pude sospechar, ni siquiera cuando llegó la palabra Escocia, qué era lo que estaba iniciando: la voz caía suave, ininterrumpida, encima de mi cara. Me explicó que sólo es lluvia la que cae sin utilidad ni sentido.
—El castillo estaba en Aberdeen y era tan viejo que el viento andaba por los corredores, los salones y las escaleras. Había más viento allí que en la noche de fuera. Y la lluvia que nos había amontonado durante días contra la chimenea alta como un hombre, terminó por atraernos contra las ventanas rotas. Así que no hablábamos, estábamos desde la mañana a la noche rodeando el salón, la nariz de cada uno contra el vidrio de una ventana, quietos como figuras de piedra de una iglesia. Hasta que al tercer día, creo, McGregor anunció que ya no llovía, que empezaría a nevar, que los caminos iban a quedar cerrados y que cada uno era dueño de pensar que esto resultaba mejor o peor que la lluvia.
Este fue el primer cuento; volvió a decirlo algunas veces, casi siempre porque yo lo pedía cuando estaba aburrido del calor de la India o del campamento de Amatlán. Tal vez nadie en el mundo sepa mentir así, pensaba yo. O tal vez nadie cazó zorros hasta que ella se echó a reír, sacudiendo la cabeza, luchando sin energía con un recuerdo de desteñida vergüenza, para atar de inmediato el caballo a un árbol y esconderse con un lord o un sir o un segundón de lord en un pabellón en ruinas, revolcarse en el ineludible jergón de hojas, mientras giraba alrededor de ellos, en el paisaje cursi de esplendoroso frío que ella acababa de hacer allí, a mi lado, sin esfuerzo, con un placer impersonal y divino, la primera cacería de zorro que estremeció la tierra, el acordado frenesí que ella iba dirigiendo con palabras ambiciosas y marchitas: pompa, traílla, casaca, floresta, rastreador, la inútil violencia, una pequeña muerte parda.
Y en el centro de cada mentira estaba la mujer, cada cuento era ella misma, próxima a mí, indudable. Ya no me interesaba leer ni soñar, estaba seguro de que cuando hiciera los viajes que planeaba con Tito, los paisajes, las ciudades, las distancias, el mundo todo me presentaría rostros sin significado, retratos de caras ausentes, irrecuperables despojados de una realidad verdadera.
Estaba el hambre, siempre; pero escucharla era el vicio más mío, más intenso, más rico. Porque nada podía compararse al deslumbrante poder que ella me había prestado, el don de vacilar entre Venecia y El Cairo unas horas antes de la entrevista, hermético, astutamente vulgar entre los doce pobres muchachos que miraban formarse palabras desconcertantes en el pizarrón y en boca de mister Pool; nada podía sustituir los regresos anhelantes que me bastaba pedir susurrando para tenerlos, nunca iguales, alterados, perfeccionándose.”

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De «El albúm»

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Ludwig Wittgenstein
(1899 — 1951 )

Miércoles (Oct. 1936)

Querido Moore:

[...] Lamento que su trabajo no vaya bien o satisfactoriamente. Pero estoy seguro de que está haciendo un buen trabajo de algún modo, y al mismo tiempo creo que puedo comprender por qué no consigue «finalmente escribir nada». Esto muestra, creo, que lo que está usted haciendo es correcto. No quiero decir, sin embargo, que estaría mal que finalmente escribiese usted algo, y espero en verdad que así sea. El caso de Rhees desde luego es muy diferente, pero tampoco puedo evitar la impresión de que no está mal, de que en verdad está bien que no pueda escribir nada. Por favor, si le ve, envíele mis saludos y dígale que me alegró saber que no puede escribir nada. Este es un buen signo. No se puede beber el vino mientras fermenta, pero el hecho de que fermente demuestra que no se trata de agua sucia. Como ve usted, aún elaboro bellas imágenes. Dígale a Rhees que no me alegro por ser malicioso.

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De «Cartas a Russell, Keynes y Moore» :: ISBN 84-306-1165-7

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Todo delSUR

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