NUEVE AÑOS
Sonia Otamendi
DE UN INTERROGANTE IMPERATIVO: «¿Por qué no te callas?»
Fernando Anguita B.
LUNA DE MIEL
Graciela Reyes
GENERACIÓN
Miguel Angel Morelli
JUAN CARLOS
Leda Schiavo
CAJA CON MARIPOSAS
Liliana Guaragno
MAYO del 77
Jéssica Priano
OTROS
Anónimo / Burton / Kafka Onetti / Wittgenstein
fab9
NUEVE AÑOS
Con este número «del Sur» cumple NUEVE AÑOS.
Una vez más quiero agradecer a todos los que mes a mes, desde aquel lejano Marzo del ´99, han contribuido a que fuera posible.
A los anunciantes, a los corresponsales de nuestro país y del exterior, a los que se encargan de asesorar, corregir y distribuir, y muy especialmente a Fernando Anguita que, desde el otro lado del Atlántico, no sólo hace la página sino que se ha tomado el inmenso trabajo de depurarla.
Y a los lectores, claro, sin los cuales, no tendría razón de ser.
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Sonia Otamendi
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GENERACIÓN
Fue John Barrymore, si mal no recuerdo, el que dijo que una persona no es vieja sino hasta que los remordimientos ocupan el lugar de sus sueños. Si esto es cierto, si la vejez es la forma más íntima de la derrota, sé de un grupo de amigos a los que todavía les falta mucho para darse por vencidos... ¡Es tan curiosa la vida, tan extraño el destino! Durante algunos años, allá cuando promediaban los '70 y el mundo era escandalosamente joven, Quilmes resultaba para mí apenas la estación en la que bajaba Carmen, que vivía en la barranca. Laura y Luis, en cambio, lo hacían un poco más adelante, sin sospechar que con el tiempo acabarían acunando hijos e ilusiones compartidas un par de kilómetros más allá, en Avellaneda. En cuanto a Marcela y Moisés, los dos seguían viaje hasta el final, hasta Constitución, que al fin y al cabo estos porteños nunca soportaron alejarse más de un rato de Buenos Aires.
Éramos jóvenes, claro que lo éramos. Demasiado tal vez para soportar lo que vendría, pero lo suficiente como para no renunciar a nuestros sueños. Marisé, por ejemplo, ya garabateaba ciertas obras que eran como pequeños anticipos de cuanto le daría al teatro años más tarde ("Escupir al cielo", creo, se llamó la primera). Sergio y su pipa sempiterna echaban humo y opinaban con la seguridad de los analistas políticos consumados (su cobertura del juicio a las Juntas le daría mayor notoriedad a una carrera de por sí brillante). Rosario, en cambio, dudaba todavía en convertirse en Virginia Clemn, prima hermana y esposa del desdichado Poe en la bellísima "Israfel" de Abelardo Castillo. Marta era todo silencio, impenetrable. Y el bueno de Mario, si bien andaba lejos todavía de descubrir que su destino estaba en la pintura, nos regalaba su sensibilidad de artista a cada paso. En cuanto a mí, soñaba con dos cosas: reportear a Borges algún día y escribir el poema más hermoso del mundo (a Borges lo entrevisté varias veces, y sabe Dios que todavía arremeto con fruición en este oficio de juntar palabras para atrapar lo inatrapable).
Y así, cada cual en sus asuntos, todos estudiábamos periodismo. Porque queríamos ser periodistas. Informar, contar, opinar. Si hasta habíamos descubierto que la profesión era una herramienta eficaz para cambiar el mundo... Pero en diciembre del ´75 rendimos la última materia. La última de la carrera, se entiende, porque estoy seguro que para la mayoría resultó a la vez el primer examen en el arduo trabajo de enfrentar la más brutal de las realidades. Tan brutal que apenas tres meses después de recibirnos, ese infierno al que llamaron "Proceso" (¡ay país de los eufemismos!) llegó para arrancarnos varios compañeros, muchas horas de terror y hasta la ceremonia de colación que nos merecíamos... Pues bien, treinta y dos años más tarde, la Facultad de Periodismo de La Plata cometerá esa reparación histórica, casi una broma, pero una broma hermosa en todo caso. Quiero decir, finalmente este viernes recibiremos nuestro diploma. Por eso allí estaremos los que un buen día dejamos la adolescencia para crecer de golpe, a los tumbos, muertos de miedo, aunque sin resignar el más secreto de los sueños. Aquellas chicas y chicos que todavía hoy seguimos empeñados en ponerle barricadas a los remordimientos.
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Miguel Angel Morelli
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LUNA DE MIEL
El hotel estaba en penumbras. A esa hora de la noche, las decoraciones rústicas se atemperaban, y las alfombras de hilo sisal eran más acogedoras. En el vestíbulo no había nadie. Se acercó a los ventanales y miró hacia afuera. En el parque había un hombre sentado, fumando un cigarro. Se escondió en un lugar más oscuro, entre las cortinas y la pared, para mirar sin ser vista. El hombre estaba inmóvil, de cara al desierto. El cigarro subía y bajaba de tanto en tanto. La mano, la curva delicada de los dedos, la cabeza levantada, el cuerpo largo y sólido, eran de él, solamente de él, pero ella se resistía a reconocerlos. Nunca lo había visto fumar. Poco a poco distinguió su cara, tranquila, tan a gusto en la noche helada. El cristal le transmitía el frío de afuera. De noche bajaba muchísimo la temperatura. Pudo ver las estrellas encima de la cabeza de él, donde había visto, más temprano, águilas. Él cruzó las piernas y pareció distenderse todavía más. Ella adivinó los cables del ipod. Estaba fumando y escuchando música. Las cortinas tenían olor a polvo. Allí estaban, ella y él, a pocos pasos de distancia. Era la segunda noche de la luna de miel. Él se había levantado a la madrugada para ir a fumar al parque. Se había puesto su chaqueta clara, que se destacaba en la oscuridad. El pelo, requemado por el sol, le creaba una aureola de luz en la cabeza. Prolongados por sombras, las piernas y los brazos parecían más largos, descomunales. Su figura ocupaba toda la noche, era todo lo que existía en la noche. Estaba como necesitaba estar, solo. Por eso la había dejado, o no la había dejado, sino que la imaginaba durmiendo confiadamente, caminando por sus propios mundos, sola ella también, y contenta. Sin duda le gustaba el aire helado de la noche, el silencio del desierto, que es más silencio que ninguno, el gusto del puro, la música. A sus anchas, solo. Sentía cada vez más frío. Se había puesto un abrigo sobre el camisón, y zapatos, podía haber salido al parque, decirle hola, sentarse a su lado, sonreírle. Él habría extendido la mano para acariciarla. Quizá la habría recogido en sus brazos para que no tuviera frío, y entonces habrían mirado juntos la noche. Se quedó detrás del cristal un rato largo, mirándolo. Después volvió a la habitación.
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Graciela Reyes
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DE UN INTERROGANTE IMPERATIVO: «¿Por qué no te callas?»
En el episodio «Indios en el vestíbulo», uno de los más simpáticos y aleccionadores de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca, Josh —ayudante de Leo, Jefe del Gabinete de la Presidencia— pregunta: ¿Por qué de este asunto no se ocupa la oficina del fiscal del condado de Dekalb?, y Leo responde: Porque ha tomado cariz internacional. Una doble lección encierran pregunta y respuesta: los asuntos domésticos se tratan en casa, pero si alcanzan cariz internacional dejan de ser "de casa" por definición, y sobre ellos podrá dar su opinión cualquiera.
El asunto que se planteaba en aquella conversación, [extradición vs. pena de muerte], nada tiene que ver con lo que aquí me importa. Sí la tiene, en cambio, la licencia que saco de la lección aprendida: de los asuntos "políticos" de España no me creo autorizado a escribir en «delSUR», pero la resonancia internacional del "interrogante" que titula estas líneas justifica que hoy lo haga.
A los pocos segundos de pronunciado el ¿por qué no te callas?, los más de cuatrocientos millones de habitantes del mundo que hablan español lo repetían exultantes. Muchos espabilados le sacaron tajada enseguida. Para empezar, quienes reservaron en Internet* el "dominio" con la frase para venderlo al mejor postor; otros le pusieron música e hicieron rondalla con una canción ad hoc; incluso los atrapados en el cotidiano estrés de supervivencia encontraban hueco para discutir los pros y los contras de la "oportunidad" de la pregunta. Las discusiones coparon de inmediato las tertulias televisivas, y las noticias de la prensa rosa se pudieron tomar un descanso. Deo gratias!
Todos esos usos fueron lógicos, cuasi inocentes y hasta divertidos. Menos inocente fue y seguirá siendo cualquier rédito político que se trate de obtener haciendo leña de donde no había madera. Porque el protagonista que se considera ofendido en el debate, parece que quiere sacar partido del oxímoron** que en el título de esta nota puse a propósito. Una pregunta no es una orden, por mucho que lo parezca. Si se quiere calibrar la diferencia entre ¿Por qué no te callas? y ¡Cállate!, asomémonos por un segundo al imaginario patio de instrucción de un cuartel donde el sargento instructor ha cambiado el seco y enfático ¡Firmes!, por un no menos seco ¿Por qué no se ponen firmes?, y luego ha continuado ¿Por qué no me presentan sus armas?, en lugar de espetarle al alucinado pelotón el consabido: ¡Presenten armas!... ... eso sí, todo vocalizado con la misma claridad y contundencia que empleó el Rey de España al dirigirse al Presidente de la República de Venezuela.
Por tanto, advertida la diferencia abismal entre preguntar y ordenar, no tiene sentido, —ni porvenir—, exigir disculpas por lo que sólo habría podido ofender al verboso mandatario de haber sido una orden fuera de lugar, o no venir a cuento, —que, en mi opinión y la de millones, sí venía—.
Otrosí el acabose: el personaje, a propósito y despropósito del "acontecimiento", amenaza con la asfixia económica a los países civilizados de Europa y Norteamérica, y enarbola en la OPEP la bandera de la prepotencia petrolífera que le permite juguetear con la sugerencia: ¡el barril de crudo a 200 $! Goyescos sueños de la razón, adobados de paso por el fantasma nuclear y la alianza iraní. Alianza por fortuna de pocos vuelos porque, al parecer, el líder cristiano olvidó que ofendía gravemente las creencias de los líderes árabes de la OPEP cuando se santiguó en su presencia. ¡Menos mal!
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* Google ya registra casi 2.000.000 de citas ** oxímoron, por si alguien no lo sabe, es la figura retórica que define el uso de palabras de significados opuestos [cuya concurrencia "ilumina" una idea, —me permito añadir—]. Ejemplos clásicos son soledad sonora, luminosa oscuridad, dulce derrota y, más bien novedoso, éste interrogante imperativo. _____
La fotografía de Asociated Press que reproduce BBC_Mundo.com, congela la pregunta para la Historia
Fernando Anguita B.
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JUAN CARLOS
Dice una amiga que tengo en Madrid, que por cierto no es monárquica pero que reconoce que Juan Carlos se portó como un hombre cuando lo del golpe de Tejero, que el rey se levantó y se fue de la reunión de la cumbre en Chile apretado por la próstata.
Juan Carlos acaba de dejar una frase célebre para la historia, el “Por qué no te callas” ha tenido más éxito que cualquier línea de una canción popular. Es equiparable a “Mi reino por un caballo” de Ricardo III, o el “París bien vale una misa" del primer borbón de Francia, Enrique IV.
Prostático o no, lo cierto es que el buen Juan Carlos se levantó en el momento menos adecuado para la sensibilidad de los no colonizados mentalmente o para los que tienen la sensibilidad lejos de los bolsillos transnacionales. Y digo el buen Juan Carlos porque, aunque Franco dejara todo atado y bien atado con lo de la monarquía, a casi todos nos cayó bien cuando lo vimos por la televisión tras los cuarenta años de la dictadura del generalísimo, una cara joven, fresca, bien intencionada. A mí, por lo menos.
Borbón más, Borbón menos, lo cierto es que las dos Españas parecieron apaciguadas entonces, lo que produjo cierta tranquilidad. Ahora, en cambio, las dos Españas están fogoneadas, basta ver por las noticias a esos irritados e irritantes señores del PP, esos mismos que se pusieron de acuerdo con Bush para hacerle un golpe a Chávez en el 2002, justo antes de empezar la guerra contra Irak y asegurarse así el petróleo. Son tan chambones que hasta prepararon mal el golpe de estado. Está documentado, pero hay gente que no cree en los documentos. En cuanto al discurso del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, que parecería también irritante, les aconsejo a ustedes, queridos lectores cómplices, que lean el discurso entero en Nicaragua hoy o en cualquier otro sitio de Internet y juzguen por sí mismos.
Es verdad que Chávez no conoce las maneras de salón y que se desborda tropicalmente, pero dice verdades grandes como melones grandes. Y tuvo su gran oportunidad, berrear contra Aznar, y que se enteraran todos los que todavía no quieren enterarse.
En cuanto a lo que dice mi buen amigo Anguita en este mismo número sobre la diferencia entre preguntar y ordenar, me gustaría que Graciela Reyes, sabia en pragmática, se lo explicara con mejores argumentos que los míos. Si yo digo ¿Por qué no te vas a la ...?, ¿estoy preguntando acaso? ¿No es un caso de regia intemperancia?
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Leda Schiavo
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CAJA CON MARIPOSAS
Nadie sabía por qué lo llamaban Pajarito. Seguramente Nicolás sabía su nombre completo. Tal vez lo llamara por el apellido: Señor Gómez, aunque mejor algún apellido italiano, ya que si bien había algunas familias españolas como la de Blanquita, o la de Nilda, la mayoría de la gente del barrio pertenecía a la colectividad italiana de mujeres con pañuelos negros en la cabeza, y ropas negras, siempre de luto, por algún pariente que moría, o por los que dejaron en tierras santas de la Calabria del hambre y la guerra. Don Pajarito era rubio como Nicolás con esos bigotes amarillos, casi verdosos pero más pequeños, y solía visitar la casa alguna tardecita en la semana, de regreso del trabajo. Casi siempre charlaban sentados en el patio con la pava y el mate y algún tango de fondo que llegaba por la brisa desde el Club Social que quedaba a la vuelta de la cuadra, y en el que los sábados por la noche se armaba el baile. Don Pajarito siempre pasaba antes por su casa para que su hijo lo acompañara, pero al llegar a la casa de Nicolás, Beto se quedaba tieso al lado de su padre sin expresión alguna, aunque movía los ojos como un pajarito. Lucía se acercaba, él le ponía y le sacaba los ojos de encima, para dar de pronto un giro con sus piernas de pantalones cortos hacia los hombres o levantar la vista hacia la parra que cubría una parte de cielo. Ema, ese atardecer brillante de verano en el que los chicos de la cuadra se habían dedicado durante la siesta a cazar mariposas, le acercó un banquito y Alberto se sentó. Luci andaba de uno a otro lado del patio, hacía que observaba los canteros que bordeaban el enrejado, para cada tanto constatar que el sobrenombre del padre le quedaba mejor al hijo, con esa nariz finita, los ojos movedizos, la mirada siempre de soslayo — hacia un lado, hacia el otro—, el cabello que se alargaba con un flequillo corto y plano sobre la frente, más los cachetes inflados y el tronco robusto, redondeado del chico. Al principio daba la impresión de que en cualquier momento alzaría el vuelo, pero enseguida cualquiera podría pensar que estaba detenido en una rama y que debía costar mucho que trinara o batiera las alas. Lucía, que no había logrado convencerlo de ir a jugar a la hamaca, o con la cocinita y demás enseres femeninos del cuarto del lavadero, volvió a acercarse a Beto con la caja de mariposas. Levantó la tapa ya muy cerca de él y el chico de perfil apenas movió los ojos y los depositó junto a las mariposas. Luego los levantó y miró a Lucía sin sonrisa, sin que se notara interés alguno, pero desdiciéndose con movimientos, que aunque pausados, lo acercaron más mientras sus manos tomaban la caja. —¿Vamos al porche, a mirarlas?—, sugirió Luci. Y empezó a caminar hacia el pasillo. Beto asintió con la cabeza, sus pasos la siguieron hasta el porche. Allí, ella depositó la caja sobre el mantel bordado por Leonor que vestía a la mesita de mimbre. Se sentaron en los sillones. Lucía le fue pasando una a una las mariposas. Él las observaba detenidamente y luego las guardaba en la caja. Los ojos de pajarito le brillaban. Anochecía. Hacía unos segundos habían encendido la luz del porche. Don Pajarito caminaba junto a Nicolás por el pasillo, iban terminando o alargando la conversación que habían sostenido mate a mate. Al llegar al frente de la casa el padre dijo Vamos. Beto pegó un salto y se fue tras él. Ema abrió la puerta que daba al anochecer del jardín. Vamos, guardá todo y entrá. Ya va a estar la comida—, y esperó a su hija. Esperó que ordenara por tamaño y color las mariposas que habían sido libres un ratito ese día, el día de su nacimiento con la muerte cerca en redes de niños. —Qué educado ese chico, ¿no?— le dijo la madre una vez adentro. —Sí, mami, apenas dijo una palabra. —¿Le gustaron las mariposas? —Sí, claro, se sonreía mientras yo se las mostraba. —¿Sólo se las mostrabas? —No, le explicaba también que según los colores o el tamaño, unas eran más lindas que otras. Hablaba yo, él sonreía. —Bueno, al menos sonreía. ¿No dijo nada en absoluto? — Sí, una palabra. Con el mariposón dijo 'Ah'. Ambas se rieron y desaparecieron por el pasillo interior hacia la cocina y el comedor diario. Alguien había prendido el televisor y en la pantalla Pinky intentaba cautivar la simpatía de la gente.
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Liliana Guaragno
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MAYO del 77
El frío tarda en envolver el aire. El sol es todavía fuerte. El blanco de las casas brilla como en primavera, en plena mañana. Dóciles, los perros trotan junto al cordón. La señora los esquiva e insulta sin ganas. Un vehículo frena antes de llegar a la esquina. La mujer detiene su paso. Mira hacia el Ford Falcon verde modelo 72 chapa Nº…. Parece que quiere correr. La jauría entorpece su camino. Los perros la han cazado. Dos casas más adelante, se abre una puerta. Una calva antes que unos anteojos muy gruesos salen con ímpetu y con el mismo brío se esconden. El ruido de la cerradura se confunde con la acelerada. La bicicleta rueda por la calle. No muy lejos reconoce el auto verde. Se apura un poco más. El vehículo dobla y se detiene. La bicicleta iguala la maniobra. El hombre vacila un momento. Se acerca a la esquina y parapetado en un árbol, observa. Unos hombres bajan a la mujer a empujones. La cabeza cubierta con un trapo. Las manos atadas atrás.El vehículo arranca y se va. Los hombres salen y esperan en la puerta.El hombre calvo vuelve a la bicicleta. El viento le desparrama las lágrimas por las mejillas. Llega a otra casa. Toca el timbre. Un rostro amable de mujer lo invita a pasar. Habla con desesperación con otro hombre que lo atiende con exagerada cortesía. El dueño de casa lo calma ostensiblemente. Le pide que se vaya tranquilo, le promete que él resolverá todo. Luego de despedirlo, llama por teléfono. —Otro paquete…Sí…..tiene la dirección. Decile a esos boludos que se fijen che…No sea cosa que tenga que ir yo a enseñarles cómo hacer el procedimiento.
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Jéssica Priano
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