EL ARTE ESTÁ DONDE ESTÁ EL ARTE
Miguel Angel Morelli
Y OLGA NO VUELVE
Graciela Reyes
LIBROS PARA EL VERANO
Leda Schiavo
DE IMPORTANTES Y UN VIAJE EN "METRO"
Fernando Anguita B.
CRITERIOS
Marcela Claudia Espadero
MOBY DICK
Claudio L. Pérez
DESDE LA BUTACA: Balance de un año de cine argentino
Josefina Sartora
OTROS
Julio Cortázar
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EL ARTE ESTÁ DONDE ESTÁ EL ARTE
A punto de entrar en imprenta esta edición de "Agenda del Sur", una muy grata noticia ha llegado a la redacción: nuestro compañero de tareas Federico Sepúlveda se ha alzado, en el Salón Nacional de Bellas Artes de este año, con el primer premio en la categoría escultura. Según puede leerse en la página oficial de la institución organizadora, una obra suya (titulada "El arte está donde está el arte") resultó merecedora del voto unánime de un calificado jurado, a pesar incluso de la falta de experiencia de nuestro diagramador en este tipo de certámenes. La noticia, justo es reconocerlo, nos llena de orgullo, especialmente porque hemos visto nacer la obra en cuestión y la conocemos casi en detalle, tanto que hasta podemos dar cuenta de algunos de los singulares factores que confluyeron para plasmarla. No creemos cometer infidencia alguna ni traicionar la buena fe de nuestro colaborador, si los damos a conocer al lector.
En primer lugar se impone aclarar que el joven Sepúlveda es, además, crítico de arte vocacional y difusor entre nosotros de las teorías de Arthur Danto y George Dickie (cuyos libros "Después del fin del arte" y "El círculo del arte" acabamos de leer a instancias suyas). En lo estrictamente personal hay que decir, también, que el recién galardonado es químico industrial, que está casado con una licenciada en economía, que ama la música electrónica, es devoto de Aira y Regazzoni, fanático de River Plate y padre orgulloso de Juan Martín, una demonio de cinco años y medio que ocupa casi todo su tiempo libre. Y tanto lo ocupa que bien podríamos incluir aquí una simpática anécdota: cuando el niño acababa de cumplir dos su padre le fabricó, en el fondo del patio, una inmensa estructura hecha con caños y chapa batida, soldada de una forma tan enigmática como arbitraria. La tarea demandó dos meses por lo menos. "¿Qué es eso, papá? nos contó Federico que le preguntó el niño una vez finalizada la tarea. La respuesta no pudo ser otra: "Si está en tu patio, es un juego". Y, ciertamente, en un principio el niño se divirtió a lo grande con el invento, aún cuando al cabo de un par de días —como resultaba predecible— se terminó aburriendo y no volvió a utilizarlo jamás. Con las lluvias del invierno el misterioso artefacto empezó a oxidarse, convirtiéndose en un peligro tanto para la criatura como para los adultos de la casa. Federico resolvió deshacerse del engendro: no sin esfuerzo, y con la asistencia de un par de amigos, logró arrastrarlo hasta la vereda. Para desazón de nuestro amigo, los propios empleados de la empresa recolectora de residuos se excusaron de llevárselo, y al cabo de unas cuantas semanas el extravagante mamotreto todavía continuaba en el lugar. "¿Qué es? preguntó, entre curioso y divertido, un vecino. "Bueno, si algo está en la basura es basura, ¿no le parece?" dijo Federico que le respondió, y ambos rieron a carcajadas.
Sin embargo, el azar siempre hace de las suyas, y cualquier esfuerzo por torcerlo termina resultando estéril. Cansado de ver a la amorfa criatura entorpeciendo la entrada de su casa, y para colmo de males convertido en un inmenso hormiguero, repleto tanto de yuyos como de orines de perro y otras indecencias, unos quince días atrás Sepúlveda decidió probar fortuna: lo envió al Salón Nacional de Escultura bajo el título que ya hemos consignado: "El arte está donde está el arte".
En fin, sólo nos resta felicitar tanto a nuestro joven amigo como a ese jurado de notables que, según coincide buena parte del mundillo de la plástica, una vez más ha hecho justicia.
Miguel Angel Morelli
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Y OLGA NO VUELVE
Te extraño en todas las estaciones, pero nunca tanto como en invierno, sobre todo al principio del invierno, ahora en noviembre, cuando aire, cielo y lago Michigan se vuelven de color gris (después de haber sido, ay, tan, pero tan azules que ni Matisse los hubiera podido colorear mejor), en estos días temibles en que caen las primeras nevadas y el viento del infierno nos arrolla.
A veces no podíamos avanzar entre la nieve, contra el viento, y entonces vos cantabas aquello de "¡No llooooores, que Olga no vueeeeeelve, y los peeeerros auuuuuúllan de haaaambre, y Moscú está cubierta de nieeeeeeeeve!" Te oigo y te veo, con la cara colorada bajo la gorra de lana azul, los anteojos llenos de gotas ya rígidas, y al parecer disfrutando como un chancho.
Recuerdo lo que nos costaba caminar esas cuadras interminables hasta la estación de tren, tratando de pisar nieve y no hielo, sabiendo que debajo de la nieve hay hielo. " ¡... Y Olga no vueeeeeelve!".
El amigo argentino que conocimos al llegar y que tenía tantos hijos y compraba comida al por mayor, ponía los bifes y los pollos en el baúl del coche, aquel Cadillac celeste que le servía de congelador todo el invierno. Cuando vos y yo nos decidimos a alquilar un coche, una Navidad, nos quedamos sin batería a las pocas cuadras, en la oscuridad de la tarde, sin un alma a la vista, sin teléfono celular porque no existían, sin atrevernos a salir del coche, ni a quedarnos. El frío mata, nos habían dicho, ilustrándolo con la historia de la vecina que salió a tirar la basura y murió de hipotermia. Creo que mientras esperábamos que pasara alguien con un cable para cargarnos la batería yo, que leía el Chicago Tribune todos los días, cosa de no perder el contacto con la realidad, te conté, sin importarme tu tranquila desesperación, que habían descubierto que un tipo, un gordito encantador que en sus ratos libres hacía de payaso en las fiestas infantiles, tenía enterrados en la tierra helada de su jardín docenas de cadáveres de los jovencitos que torturaba y mataba. Más o menos como el baúl del coche del argentino. La policía había tenido muchísima dificultad para excavar los cadáveres, porque la tierra helada es dura como mármol.
Disfrutábamos enormemente de todo. Es decir, yo maldecía, vos cantabas y Olga no volvía, pero disfrutábamos de la novedad, la aventura y el absurdo. Nunca la vida fue tan divertida, ni la casa tan calentita, ni la sopa tan reconfortante, ni tan seguro el deseo de irse a otra parte.
Yo creo que las personas con las que tenemos relaciones intensas de cariño se convierten, en la historia de nuestra vida, en alegorías que abarcan una multitud de significados. Borges dice que la Beatriz de Dante es "un trabajoso y arbitrario sinónimo de la palabra 'fe'", y explica que la palabra fe es muy pobre y torpe para expresar todo lo que representa Beatriz. Un personaje literario puede comprimir una serie de creencias, pensamientos, estados de ánimo, que no podrían siquiera expresarse con lenguaje, en todos sus matices. Un amigo también, un amigo es la alegoría de una realidad vivida, riquísima de sensaciones, emociones, experiencias. Por eso el nombre de un amigo es parte esencial del lenguaje privado del alma. Pienso en vos y vuelve a mí la época feliz en que nos moríamos de frío, vuelven la juventud y los jardines llenos de cadáveres, vuelve el fervor con que escribimos nuestros primeros libros, la felicidad de compartir todo y de reírse de todo, la cara entusiasta de aquel amigo tuyo que decía que el aire helado es vigorizante, tu propia cara, endurecida por el frío y por la rabia, el día en que por fin te abrí la puerta que habías estado pateando durante un rato agónico, ya a punto de congelarte, sin que yo me diera cuenta.
Ahora es invierno otra vez, han pasado ya muchos inviernos. Y Olga no vuelve.
Graciela Reyes
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DE IMPORTANTES Y UN VIAJE EN "METRO"
Están exentos, o se sienten así, todos los políticos y los hombres o mujeres importantes.
Bueno, casi todos. Podemos suponer que la cuestión excluye o integra, según se vea, a uno
de cada mil.
La “cuestión” es el uso de los medios de transporte público para acudir al trabajo. Ese
supuesto uno por mil de personas importantes que los usan no va a encontrar nada nuevo
en lo que sigue porque, al mezclarse a diario con los ciudadanos corrientes, percibe, toca y
hasta huele, una parte de sus problemas.
Y de eso se trata, del contacto azaroso e imprevisible con el pueblo por los políticos que
gobiernan o esperan su turno; y con sus “dependientes” por los empresarios, banqueros o
directivos que multiplican sus ingresos gracias a ellos.
Porque los encuentros programados, a los que recurren muchos hombres importantes, no
sirven. De contactos de ese tipo nada puede aprender el hombre o la mujer dirigente y,
desde luego, nada esencial de “su” realidad les está permitido mostrar a los afortunados
elegidos para el encuentro: niños, las más de las veces, enfermos hospitalizados, bastantes
veces o, en casos extremos, indigentes lavados y desinfectados, cuando se trata de
remendar la muy gastada popularidad del importante.
Sin utilizar el transporte público es altamente improbable tropezarse un graffiti como éste:
«El sistema no tiene fallos: el fallo es el sistema.» Y en el momento presente
de la historia humana, cuando preclaras inteligencias ven síntomas de decadencia
acelerados e irreversibles, valdría la pena que los importantes aprendieran de la sabiduría
popular y empleasen todo su poder y saber para cambiar de sistema, no para perpetuarse
en él y para engañarnos con las cosméticas correcciones que le aplican cuando la presión de
“la calle” les alcanza.
No reparé en el hombre hasta que oí el torrente de su voz: Gracias a la vida que me ha
dado tanto... cantaba acelerado, me ha dado la risa, y me ha dado el llanto...
hacía vibrar su guitarra toda, así yo distingo dicha de quebranto... golpeaba la
madera inmisericorde... los dos materiales que forman mi canto...
En el vaivén de una sacudida pude entreverlo. Estaba tres puertas más allá. Había subido
en «Plaza de Castilla» y yo me bajaba en la estación siguiente. El hombre dosificaba su
esfuerzo para terminar la letra y reservarse unos pocos segundos para pasar el platillo. No
lo consiguió... y el canto de ustedes que es el mismo canto... selló con un acorde
estentóreo la entrada en «Cuzco».
Maniobré entre el flujo de viajeros; no deseaba perderlo sin haberle dado unas monedas.
Avanzando por el andén, pegado al tren, era casi seguro que me lo tropezaría de frente.
Mientras adelantaba la mirada saltándome cabezas anónimas, noté en la punta de mis
sandalias el golpeo exploratorio de un bastón. Me aparté pidiendo disculpas. Sólo a tiempo
para ver cómo la puerta que yo había dejado atrás se cerraba tras él.
El recuerdo del oxímoron de la soledad sonora, del agradecimiento indignado de aquel ciego,
me ha parecido una reflexión idónea para cerrar este 2005: el año que la Historia destacará
como ejemplo de la incompetencia flagrante que exhibieron al unísono los hombres más
importantes de la Unión Europea.
Fernando Anguita B.
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LIBROS PARA EL VERANO
Trate, mi amiga/o, de leer algunos libros para olvidarse del calor y recobrar la imaginación que le quitan tantas horas frente al televisor.
Si quiere leer un libro verdaderamente entrañable, divertido, bien escrito, lea Muertos incómodos del Subcomandante Marcos y Paco Ignacio Taibo II. Es una novela policial que muestra a México y a su clase dirigente al desnudo, con un humor lleno de bondad, de humanidad. Marcos, el dirigente de la revolución zapatista, escribe los capítulos impares, y Taibo, autor de novelas policiales, los pares. El protagonista de Marcos es un indígena que habla y se mueve de una manera absolutamente original, usando nada más que su sentido común, que como sabemos es cada vez menos común. El protagonista de Taibo es un detective con el que quisiéramos sentarnos a tomar mate o tequila en cualquier lugar del Distrito Federal. La novela es un retrato fiel tanto de la gente común como de los poderosos, de Vicente Fox, por ejemplo, cuya mala cara habrán visto ustedes cuando vino a Mar del Plata y dijo las cosas que le faltaba decir en la novela, pero que lo muestran tal como es.
También, para saber lo que es el México real y no el que le cuentan los diarios de la derecha, hay que leer otra novela. Se llama El hombre que amaba el sol, de Homero Aridjis. El protagonista, Tomás, es un maestro que fracasa en casi todo pero que ama a sus semejantes y a la naturaleza. La novela no es solo la saga de Tomás y del pequeño pueblo donde vive, sujetos ambos a la inclemencia del tiempo y de la política, sino la saga de toda la nación mexicana. Nos muestra una sociedad detenida en el pasado y a la que se le roba el presente y el futuro, una sociedad en la que los sacrificios humanos siguen vigentes, aunque tomen otras formas que las que tenían en el pasado indígena. La novela está tan bien escrita que lo convertirá a usted también en una mujer u hombre bueno si todavía no lo es y podrá comparar las desgracias de México con las nuestras, lo que a veces es refrescante.
La grande de Saer es una novela asombrosa. No me asombra la prosa
extraordinaria que despliega el gran escritor, porque ya sabíamos que es un gran escritor. Me asombran dos cosas. Una, que después de tantos años de vivir en Francia, Saer recordara los mínimos detalles del paisaje humano y de la naturaleza de su pueblo, el río tan lleno de matices, de olores, de vida en todas sus manifestaciones. Otra, que un hombre con una enfermedad terminal, se empeñe en terminar una novela como forma de no morir, una novela en la que el tiempo, el regreso, la nostalgia, cobran protagonismo. Saer no pudo terminar la novela, le quedó un capítulo sin corregir y el último sin escribir, pero vale la pena leerla, no solo como buena novela sino como experiencia de vida.
No lea La ciudad de los herejes de Andahazi. Es aburridísima y no vale la pena. No le crea a los suplementos literarios ni a la Revista Ñ ni a la lista de best sellers.
El libro del año, una obra maestra, es El turno del escriba de Graciela Montes y Ema Wolf, que sacó en España el premio Alfaguara. Nunca este premio estuvo tan bien dado. Su imaginación y su inteligencia, amiga/o, merecen que lea esta novela.
Y si quiere conocer a un gallego de oro, lea a Manuel Rivas, cuento o novela, todo lo que escribió vale la pena.
Leda Schiavo
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MOBY DICK
"El lúgubre aspecto de Ahab y la lívida marca que lo atravesaba me impresionaron a tal punto que en un primer momento no advertí que esa impresión intensa se debía, en buena parte, a la pierna falsa sobre la que se sostenía."
Herman Melville
En la novela de Melville (que en estos días se está entregando gratuitamente con las ediciones dominicales de Página/12) Ahab ostenta las marcas de su pasado. Pero la insania de Ahab logra hacer de su pasado su futuro. Así recorre las páginas de este libro, los capítulos de esta novela, los mares del mundo, su vida (la vida es un mar turbulento) en busca de la ballena blanca que marcó atrozmente su rostro y se devoró una de sus piernas. Navega, se desespera, paradójicamente avanza tras su pasado y construye sobre su infortunio un futuro que, no podía ser de otro modo, es más amargo aún, para sí y para su tripulación, su pueblo enre las olas.
La política nacional parece, hacia fines del 2005 (un año eleccionario) una metáfora de Moby Dick (la realidad siempre copia al arte).
La ciencia del maquillaje oculta a nuestros ojos la lívida marca que el pasado ha dejado en los rostros de los políticos de moda para evitar que concluyamos que el "que se vayan todos" ha sido uno más de los fracasos populares.
Claro que la ortopedia aún no alcanzó los niveles de excelencia de la cosmética y por lo tanto la cojera, la pierna falsa, el andar desparejo no consiguen el mismo grado de invisibilidad.
No lo consiguen las cámaras empresarias cuando vuelven sobre la archiconocida fórmula de que los aumentos de salario son los responsables de la inflación, ni los simulacros de enfrentamientos con los formadores de precio que despliegan los funcionarios de turno, ni siquiera el ríspido diálogo entre Kirchner y Don Alfredo (no confundir con Yabrán, que si algo no tuvo en su vida fue un supermercado).
Simulacros, metáforas interpretativas, análisis de variables, mesas de arena donde se modela siempre un futuro atado a las rémoras del pasado.
La cabeza de nuestros dirigentes ¿estará llena del rencor de Ahab?, de esa materia improductiva que nos condena a nosotros a un existencia siempre al borde de una canasta. ¿Será eso el futuro?, una cesta vacía que a poco de atisbar en su interior revela el cadáver de un niño (El mito trágico del Angelus de Millet; Salvador Dalí).
Por qué aquellos que son elegidos para representarnos, inmediatamente después de asumir el cargo, parecen lucir sobre las solapas de sus elegantes trajes y vestidos, la cucarda de vacas y toros campeones, su parsimonia ante el presente acuciante, su soberbia cepillada una y otra vez por una corte de sirvientes y cuidadores, ese aire de aristocracia, la mirada obnubilada y desaprensiva sobre el dolor ajeno y una bolas francamente exageradas pero que sólo responden a la electroestimulación y penden, a centímetros del suelo, encharcadas en el palabrerío de discursos donde hasta la ofuscación se ve premeditada.
Lo nuevo hoy no se ve, no se percibe. De haberlo está allá, más adelante, lejos del pasado. Una creación que nos debemos para que la ballena no nos devore.
Claudio L. Pérez
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CRITERIOS
Plena década del sesenta y pocos objetos para consumir. Si encima te habían regalado las pinturitas Stadler Noris en caja metálica de 24 colores, tenías casi el total de los deseos cumplidos. Por lo menos así lo vivía yo que pasaba horas acomodando los lápices con los criterios "gama", "de los más feos a los más lindos", "primero los oscuros y después los claros", "lo más mezclados posible", que era lo contrario de "gama", el más complicado y mi preferido. Empezaba con el negro y ahí nomás se me presentaba el problema de si seguir con el azul marino, el marrón, el verde botella o el bordó. Del violeta ni hablar. ¿Cuál correspondía al lado del negro?. Nunca lo supe, por lo tanto el criterio "gama" tenía varias opciones. Si al negro le seguía el azul marino era un infierno decidir con qué gama enganchar el último celeste. Si al negro le seguía el marrón, al último beige lo enganchaba con el amarillo patito. Si después del negro venía el verde botella, al verde manzana lo enganchaba con el amarillo limón. Si al negro le seguía el bordó, el último rosa me complicaba para seguir otra gama. Siempre terminaba con el blanco que cerraba todas las gamas pero me resultaba incómodo.
Con el criterio "de los más feos a los más lindos" me iba mejor. No los acomodaba siempre de la misma manera, no había leyes para seguir, así que dependía de mi parecer. Los ponía como quería según la fantasía que reinaba en mi cabeza en ese momento, y el blanco y el negro siempre estaban juntos porque no me interesaban.
El criterio "primero los oscuros y después los claros" tenía algunas de las complicaciones del "gama", pero las resolvía mejor. Empezaba con el negro, terminaba con el blanco y en el medio se armaban pequeñas gamas que no tenían mucha importancia porque el criterio era otro.
"Lo más mezclados posible" quedaba horrible. Eran contrastes que no me gustaban para nada. El blanco y el negro tenían plena libertad para estar en cualquier lugar.
Todavía conservo la caja. Los lápices se fueron gastando porque también los usaba para pintar.
El criterio "gama" lo sigo aplicando en la vida, por esa cuestión que uno tiene de seguir una ley. El criterio "de los más feos a los más lindos" aparece ahora reemplazado por primero el deber y después el placer. " "Primero los oscuros y después los claros" lo aplico ante la necesidad de diferenciar una cosa de la otra y tomar una decisión.
"Lo más mezclados posible", se me ocurre que debe ser el inconsciente, donde todos los colores, inclusive los extremos blanco y negro, tienen libertad de estar en cualquier lugar. __________ Este es el trabajo premiado en el CONCURSO Textos Breves "del Sur", otorgado por decisión del jurado que integraron los escritores Alicia Silva Rey, Miguel A. Morelli y Roberto E. Rocca
Marcela Claudia Espadero
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DESDE LA BUTACA: Balance de un año de cine argentino
Termina un año que deja abierto un interrogante sobre la marcha del cine argentino. 2005 fue el año del cine comercial, durante el cual las películas realizadas por la industria (las grandes productoras, la televisión) fueron las preferidas del público y de alguna crítica conservadora. Títulos como Elsa y Fred, Tiempo de valientes, El aura, Iluminados por el fuego fueron los favoritos, y los medios se ocuparon de ellos con una conocida actitud triunfalista. En cambio Otra vuelta, Géminis, Modelo 73, Un año sin amor, exponentes del nuevo cine argentino, no tuvieron parecida convocatoria.
Sobre un total de más de 200 películas estrenadas en el año, se mantuvo la cifra de 50 estrenos argentinos, muchos de ellos operas primas. Sin embargo, la calidad no siempre se ha mantenido. Salvo algunas excepciones, estamos asistiendo al fenómeno de que las segundas películas de los jóvenes realizadores pocas veces llegan al nivel de sus primeras. Es difícil el paso a la segunda obra, cuando la iniciación fue tan lograda. Incluso un veterano como Pino Solanas no logró con La dignidad de los nadies el rotundo éxito de su Memoria del saqueo.
En el área de los documentales, que fueran tan numerosos en los últimos años, hemos visto pocos producidos en 2005, pues los que se estrenaron este año fueron en su mayoría producidos el año anterior, aunque la cifra de estrenos de documentales sigue siendo interesante: Paco Urondo, la palabra justa, Sed, invasión gota a gota y sobre todo el último de Rafael Filippelli, Esas cuatro notas, son de visión obligada para quienes les interese el documental.
Cerramos la revisión del año con uno de los estrenos más dignos de 2005, Cautiva de Gastón Biraben. Ficción de uno de nuestros dramas nacionales: la apropiación de bebés durante la dictadura. El film recuerda en algunos aspectos a Garage Olimpo, por presentar una situación típica: un juez encuentra una joven que era reclamada por sus familiares biológicos, tras haberle realizado estudios de ADN. Su apropiador, un ex policía. Moderada, justa, sin golpes bajos, presenta la toma de conciencia de una joven que encarna a todo un país que no quiso o no pudo enterarse de su propia historia. Es al mismo tiempo un esmerado trabajo en el desarrollo de una identidad. Susana Campos y Roxana Berco como en Como pasan las horas— repiten en la ficción su vínculo real de madre e hija, y Bárbara Lombardo pone toda su natural inocencia en el enfrentamiento con el horror. Sin llegar a las excelencias de Garage Olimpo, con ciertos estereotipos en la caracterización de las instituciones —los policías, el colegio de monjas— el juez que compone Hugo Arana redime al film de cualquier imperfección.
Josefina Sartora
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