a PORTADA

<Nº 14

Julio 2000 — Nº 15

N° 16>


MI CASITA DE TUCUMÁN
Miguel Ángel Morelli

EL PRIMER RASCACIELOS
Roberto E. Rocca

CRÓNICA DEL PERÚ (Machu Picchu, la ciudad escondida)
Ignacio Filloy

ORGÍA EN EL CENTRAL PARK
Leda Schiavo

DE LA BOCA... UN PUEBLO
Hebe Clementi

ELOGIO DEL SUBJUNTIVO
Graciela Reyes

DE CINES Y LIBRERÍAS
Mario Ferrari

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MI CASITA DE TUCUMÁN

Cuando la señorita Emma explicó a la clase cómo era el interior de la Casa de Tucumán, salté de mi asiento. “¡Señorita, la Casa de Tucumán es la casa de mi abuelo!”, anuncié exultante. Entonces mis compañeros rieron, la señorita Emma rió, y yo decidí no volver a hablar del asunto con nadie.
Y sin embargo la Casa deTucumán (ustedes tampoco van a creerlo ahora) era la casa de mi abuelo...

Con sus dos patios rodeados de galerías, las habitaciones dando a esos patios, el aljibe, la palmera y hasta la amplia sala de reuniones, a la que por esos azares del destino mi abuelo llamaba “la cuadra”. Crecí a su sombra. Corriendo sobre el embaldosado que tejía y destejía los caprichos de un damero gigante. Mirando mi propio reflejo en el fondo claro del aljibe (no queda ni sombra de tortuga allá abajo, cosa que jamás entendí). Aporreando el piano que alguna tía había abandonado junto a su adolescencia en un rincón de la sala. Imaginando que los visitantes que llegaban eran deseosos de declarar la independencia de estas nobles provincias. ¡Si hasta alguna vez creí escuchar el eco de la voz grave del propio Laprida anunciando que finalmente lo éramos, basta de yugos, libres e independientes para siempre, ciudadanos!

Claro que esta Casa de Tucumán no quedaba en Tucumán sino en el Coronel Suárez de mi infancia. Y que a “la cuadra” se la llamaba de ese modo porque en ella las manos de mi abuelo se entregaban todos los días al más hermoso de los oficios: el de amasar el pan para la gente. Hasta que mi pobre abuelo se cansó de tantos madrugones, de tanto perseverar sólo para pagar los impuestos, de tanta malasangre a la violeta, y ahí fue cuando decidió que la panadería “La Argentina” (que así se llamaba) pasaría a ser otro recuerdo más en el pueblo.
Yo ya me había hecho hombre y por esas cosas de la vida no pude despedirme de mi Casa deTucumán cuando cayó herida de muerte. Me han contado que en su lugar se alza hoy un moderno edificio de varios pisos, departamentos simétricos y mezquinos, adonde vaya a saber de qué manera imaginan los chicos su propia historia...

Miguel Ángel Morelli

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EL PRIMER RASCACIELOS

Hace mucho que no oigo la palabra “rascacielos”. Hoy Buenos Aires y el conurbano están llenos de esas monótonas moles que merecieron la poética desaprobación de Baldomero Fernández Moreno con su célebre “Setenta balcones y ninguna flor” y de la gran Alfonsina con aquello de “casas enfiladas / casas enfiladas / casas enfiladas / cuadrados / cuadrados / casas enfiladas / yo misma he llorado / ayer una lágrima Dios mío, cuadrada”

Cuando yo era chico ya había bastantes edificios de departamentos en el centro, pero a Quilmes no habían llegado. Todavía vivíamos en un pueblo. Y todavía hoy, cuando alguien me comenta cómo ha crecido el centro de Quilmes, experimento una mezcla de orgullo y nostalgia.

Recuerdo cuando se construyó el primer edificio de tres pisos, enfrente de mi casa. Era el más alto de Quilmes y nos llamaba la atención. Poco después construyeron primer rascacielos. Aunque con sus cinco pisos el Hotel Astrid, en la esquina de Alvear y Rivadavia no rascara demasiado comparado con el Cavanagh, el Comega y otras Torres de Babel capitalinas, nos hacía sentir importantes y lo mostrábamos a todas las visitas.

Convertido hoy en edifico de oficinas y departamentos, ha quedado prácticamente sumergido entre las orgullosas moles del centro de la ciudad, que duplican o triplican su altura. Pero quien se detiene a mirarlo, puede advertir todavía, en sus líneas curvas y sus detalles ornamentales, ese aire romántico de los precursores de la arquitectura urbana de hoy.

Roberto E. Rocca

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CRÓNICA DEL PERÚ (Machu Picchu, la ciudad escondida)

...he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Machu Picchu.
Alta ciudad de piedras escalares...
Pablo Neruda

En este momento, a 2500 m. sobre el nivel del mar, me encuentro en Machu Picchu, en las ruinas de la obra cumbre del Imperio Incaico. Hace poco más de dos horas observé el amanecer desde el Intipunku (puerta del sol) desde donde pude vislumbrar por vez primera la ciudad escondida. La emoción es enorme y todavía me dura. No he parado de sacar fotografías. A pesar de haber leído y visto ilustraciones, nunca había imaginado algo así. El paisaje sorprende por su hermosura, la ciudadela está rodeada por el intenso verdor de las montañas que la cercan: Machu Picchu y Huayna Picchu.

La satisfacción es doble pues he llegado a pie, tal como hacían los Incas. He caminado a lo largo de 43km, por senderos construidos con piedra, atravesando ríos, arroyos, túneles y montañas, alcanzando por momentos los 4200 m. desde donde la vista era increíble. A lo largo del camino visité también las ruinas de Llactapata, Paucarcancha, Rucu Rakay, Sayacmarka y Phuyupatamarca, Intipata y Winay Wayna, todas dignas de admiración por la técnica y la belleza de su construcción.

Ahora, mientras observo lo que fueron el barrio industrial, el Templo del Sol, el Intywatana (observatorio astronómico), el Templo de las Siete Ventanas y la Casa del Inca que se distingue por su construcción fina, (bloques de piedra cortados de modo irregular e imbricados de tal modo que entre ellos no cabe ni siquiera un alfiler), pienso que es un privilegio estar pisando este suelo, este sitio sagrado, donde los antiguos peruanos alguna vez, antes de la llegada de los españoles, adoraron a sus dioses.

Ignacio Filloy

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ORGÍA EN EL CENTRAL PARK

Gracias a los que filmaron las escenas, pude ver algo que nunca creí que vería en un noticiero de televisión: una orgía clásica en Central Park. Supongo que están informados de lo que pasó en Nueva York después del desfile puertorriqueño: estimulados por el alcohol, el calor, y quizás la belleza femenina, unos desalmados desnudaron y no sé bien qué más hicieron a por lo menos 27 mujeres de diversas edades y nacionalidades.

Digo que fue una orgía clásica, porque así la cuentan los autores de la antigüedad, cuando nos hablan de los sátiros persiguiendo a las ninfas, en un lugar como un parque o bosque, con mucho sol. Los sátiros son medio animales y medio humanos, tienen pezuñas de chivo; las ninfas andan siempre desnudas, porque así lo quiere la tradición. En Central Park los medio hombres y medio animales obligaron a esas mujeres a ser ninfas. Yo hasta les vi las pezuñas, y vi a las ninfas sentir la vergüenza de la especie; por mi parte sentí vergüenza zoológica al pensar que el ser humano, o por qué no decirlo, los seres masculinos, no han evolucionado desde la época de las cavernas. Fue todo un regreso a la prehistoria lo que se vivió esa tarde en Central Park.

Leda Schiavo

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DE LA BOCA... UN PUEBLO

Hace muy poco estuve en Quilmes. Llegamos desde Palermo, en media hora: por Autopistas, obviamente. Iba a un local de la Alianza, con unos cuantos libros míos, para hablar de la política y la ciudadanía. Fue mucha gente, heterogénea en edades, procedencias, puntos de vista y objetivos. Pero mientras íbamos llegando, yo pensaba en que una vez –ayer: debió ser por el ’67- fuimos, también a Quilmes, a ver al Dr. Ángel Castellán que había sido profesor mío. Se había operado de “algo” y allí fuimos. Recuerdo su casa, su cuarto de trabajo tapizado de libros y revistas. Era un “renacentólogo” de lujo, es decir, experto como muy pocos otros en el Renacimiento y lo que sigue, la Historia Moderna que, para el currículum escolar termina en la Revolución Francesa. Y me acordé de aquel profesional de primerísima clase que había sido por edad y situación de vida, parte de la Universidad de Buenos Aires en tiempos del primer peronismo y graduado con medalla de oro. El profesor que vino a suplantarlo, después del ’55, era también una “luminaria” pero se había exiliado, o había debido irse, a Puerto Rico, durante esos diez años. Tuvo la hidalguía de mantenerlo como Profesor Adjunto y luego como la política universitaria se fue poniendo cada vez más intolerable, terminó yéndose —esta vez definitivamente— a Texas. Y Castellán siguió en su cátedra y también en Historia de la Historiografía, y formó a mucha de la mejor gente que sigue hoy dando frutos de inteligencia. Pero a él no le tocó nada de todo eso, por su pasado y por su intangible presencia política. Creo que lo más que se permitía era cenar con algunas alumnas “antiguas” interesadas en sus períodos históricos y exentas del virus revisionista, y allí dejaban pasar las horas de debates y risatas de cardenal. Porque Castellán era fuerte, fornido, rubión, y excepcionalmente orgulloso de su ascendencia friulana, del castigo del infierno y otras cualidades que corrían aparte de todo lo demás. En su casa, aquella tarde, hablamos del Quilmes antiguo, de las viejas casonas, de los lugares donde todavía podía beberse una cerveza inmejorable bajo glorietas que tenían el encanto de otros tiempos.

Valga como homenaje a un gran docente que quedó sumergido en la memoria inexpresiva de tanto alumno y que, además de argentino, era quilmeño y friulano. Algún día, alguien tendrá que empezar a reunir memorias de quilmeños y recobrar, a través del velo sutil de la memoria callada, la savia que corrió y corre por este pueblo.

Hebe Clementi

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ELOGIO DEL SUBJUNTIVO

Me enteré, estando en Santa Bárbara, que mi amor ausente viajaba a Chicago el miércoles 14, desde un aeropuerto de Connecticut. Entonces decidí salir ese mismo día para Chicago, donde vivo parte del año y donde debería haber estado normalmente el 14. no quería ver a mi amor ausente, ya que hemos decidido ambos no vernos, y por eso lo llamo mi amor ausente. Tampoco pretendía encontrarlo por casualidad, como me pasó hace tres meses. Me volví porque no podía estar en el otro extremo del continente cuan él quizá fuera a pasar por el frente de mi casa de Chicago, por si yo tuviera, igual que en Madrid, el balcón lleno de flores, cuidadas, para él como si lo esperara. Todo en subjuntivo. Los amores ausentes exigen el uso del subjuntivo, modo de la posibilidad, la imposibilidad y la irrealidad.

Fui de Santa Bárbara a Los Ángeles , de donde salí el vuelo a Chicago, en una limousina, cuyo conductor me dijo, entre miles de otras cosas, que in life you never get a second chance. Lo que es verdad, dependiendo. Mi avión a Chicago salía a las 3.10, llegué al aeropuerto a las 2, y lo primero que vi en las pantallas de las computadoras fue que todos los vuelos a Chicago estaban cancelados por mal tiempo. Conseguí asiento en un avión que saldría, con suerte, a las 6. me quedaban cuatro horas de espera por delante. Al principio, dije las malas palabras del caso. Después, resignada, di unas vueltas con mi carrito, buscando un sitio donde acampar. Por fin me senté en un rincón solitario, frente a una pista. Cuando estaba ahí, mirando las narices aceradas de los aviones, me dije que quizá mi amor ausente estuviera (subjuntivo) en el otro extremo del país esperando lo mismo que yo, mirando lo mismo que yo y pensando en mí, pensando que yo pensaba que él pensaba que yo pensaba... sentados frente a frente. Simetría, maravillosa simetría, cómica simetría.

Es fácil creer en lo necesario, con o sin subjuntivo, por eso hay tantos cornudas y cornudos felices. Pasé 4 horas en Los Ángeles, leyendo y charlando con él, que a su vez posiblemente hiciera lo mismo y supiera lo que yo hacía y que yo sabía lo que él hacía, etc. Después viajé otras 4 horas, y allí él tal vez me ganara de mano en llegar porque estaba más cerca. Llegué a Chicago a las doce y media de la noche. Lo primero que hice fue meterme en un baño del aeropuerto, y retocarme el pelo y la cara. Por las dudas. Quién sabe qué subjuntivos pasaban por mi cabecita.

Cuando escribo esto, vivo en una orgía de subjuntivos, a saber: si HUBIERA VENIDO tendría que quedarse hasta el domingo; si yo FUERA a Mc. Cormick Place, donde es el Congreso al que asiste lo vería de lejos, quizá; cuando me VIERA y por si me VIERA aunque me VIERA, tararí tarará. Este mundo subjuntivo no es un mundo de conjeturas descabelladas ya que a los subjuntivos los rigen, en la gramática, afirmaciones (QUIERO, afirmación, QUE VENGA, subjuntivo). Mi certeza es que yo sé que él me quiere y él sabe que yo sé, y así al infinito. No puedo decir cómo termina la historia. Queda en subjuntivo, o sea, en suspenso, en el modo de la posibilidad.

Gracias al subjuntivo podemos salir del mundo real, donde meramente un vuelo se cancela, y soñar con un mundo posible donde, esa cancelación provoca no un desencuentro, sino un encuentro metafísico. ¿Qué más se le puede pedir a la gramática?

Graciela Reyes

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DE CINES Y LIBRERÍAS

  1. Le señalo a mi hijo los dos lugares:
  2. —¿Ves? Ahí había un cine hermoso, de esos con asientos cómodos y balcones como en un teatro. Y allá había dos librerías donde te podías pasar horas mirando libros. Tenían de todo. Ahora en el cine no hay cine, venden discos compactos y cassettes, en las librerías hay un todo por dos peso y un negocio de hamburguesas.
  3. —¿De qué te quejás? —me contesta—: acá a unas cuadras hay un multicine, dan como seis y siete películas distintas, y si tenés hambre podés comer lo que quieras, hamburguesas, helados, papas fritas, cualquier cosa, sin salir del lugar. Ah, y también hay una librería grandísima y varios restaurantes.
    Tiene razón. Y eso que no dijo que todo es de una sola empresa y que hay muchos menos empleados, o sea que es más económico rentable.
    Tiene razón el chico, ¿o no?
    Estoy enojado, quiero vengarme.
  4. —¿También hay un café literario?
  5. —¿Un qué?

Mario Ferrari

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Todo delSUR

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