a PORTADA

<Nº 24

Julio 2001 — Nº 25

N° 26>


POR QUÉ PODEMOS MENTIR
Graciela Reyes

TRES TRISTES TIGRES
Claudio L. Pérez

CASTIGO
Roberto Enrique Rocca

UN LECTOR DE CIORIAN
Miguel Ángel Morelli

LA LECTURA Y LA VIDA
Hebe Clementi

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POR QUÉ PODEMOS MENTIR

Podemos mentir porque el lenguaje humano tiene una característica que viene de fábrica: nos permite separarnos de la propia experiencia, nos permite la distancia, y por lo tanto la manipulación. Yo expreso mi rabia espontánea con un grito, por ejemplo, pero cuando voy al psicólogo describo esa misma rabia con palabras, o sea, me separo de la rabia para explicarla usando un código. No podría manejar ese código si no estuviera relativamente fría y alejada de lo que me pasa: porque lo estoy sé elegir las palabras y combinarlas y quizá engañar o engañarme.

El lenguaje está hecho de signos y relaciones prefijadas entre estos signos. Un signo es, por definición, una cosa que significa otra cosa: una luz roja significa "pare" y “rosa” significa flor de determinadas características. Esto es así por un acuerdo cultural, no siguiendo ninguna ley física: los signos son arbitrarios, lo que quiere decir que no hay ninguna relación motivada entre la forma y el contenido. En el momento (del que no quedan rastros) en que pasamos, como especie del gruñido a la palabra, se produjo una bifurcación, una bifurcación del gruñido, digamos. Hasta ese momento, el gruñido había servido para reaccionar, espontánea, sincera, no reflexivamente, ante una situación. Con el desarrollo del lenguaje, que nos distingue radicalmente de otras especias, fue posible desplazar la experiencia, observarla y describirla, alterarla por incapacidad o designio.

Ser humano es poder mentir, ya que el lenguaje es lo único específicamente humano. Por supuesto, sin el lenguaje no tendríamos nada, ni la Agenda del Sur ni relaciones sociales ni ciencia ni ciudades ni historia ni leyes ni libros ni recuerdos. Cuando un fenómeno natural pasa de síntoma a signo, o sea cuando se semantiza (adquiere significado) y se descontectualiza (vale en distintas situaciones) se convierte en un fenómeno cultural. El lenguaje, que sirve para mentir, nos hace civilizados. Sin lenguaje, no habría más mundo posible que el mundo incierto y confuso de los sueños.

Pero a veces uno siente nostalgia del gruñido: nostalgia de lo inmediato, de lo cierto. Esa nostalgia nos hace despotricar contra el lenguaje, sus rutinas, sus fórmulas, sus mentiras inevitables. Pero es inútil rebelarse. Tenemos que seguir mintiendo.

Graciela Reyes

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TRES TRISTES TIGRES

Versión I

¿Por qué ver más allá de lo evidente?
Esos tres allí reunidos, lejos, como titritando ateridos bajo innecesarios paraguas, dibujados apenas entre la bruma extrañamente violeta , ¿violenta? No es lugar, ni hora, ni sensación de lo humano lo que eriza en mis otras lecturas.
Podría nombrarlo, dejar que mi voz u otra nominara lo prohibido, para que esos tres adquiriesen la forma del espanto, la que me está reservada, la que ha sido escrita en liobreos, en los astros, en los genes.
No hay más horror en esos tres porque aún me resisto a convocarlo.
Sé de dónde vienen, reconozco en las siluetas su función, imagino en su silencio su discurso y comprendo de un vistazo el argumento.
Voy a violar con mi silencio un viejo pacto.
Sé que el mundo pende ahora de mis labios.

Versión II

Los he visto una tarde en un sitio de esos.
Los tres bsjo la lluvia entre la bruma violeta. Solos. Cierta claridad al fondo los convierte en siluetas. Anónimos.
Otros escribirán melancolía. Dirán que escenas así estrujan mi corazón, lo ensopan.
Yo simplemente redactaré un informe. Cifraré los nombres, la fecha, el lugar, donde esos tres hijos de puta definen la próxima invasión, la suerte de una nación pequeña.
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Del libro Ciencias de lo Sólido, Ed. Tiempo Sur

Claudio L. Pérez

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CASTIGO

Llegó con las manos todavía ensangrentadas y la soga alrededor del cuello. “Parece un shopping”, pensó.
Los escaparates estaban decorados, con colores y luces, pero vacíos de mercadería. Mucha gente, con los ojos abiertos, caminando al azar como si fueran ciegos. Evidentemente veían porque no tropezaban unos con otros, pero nadie mostraba interés en nadie, ni cruzaban palabra. En la entrada, a su lado, estaba parada una mujer rubia. También, seguramente, recién llegada. Un tajo profundo, todavía sangrante, le cruzaba la garganta.

  1. —Hola— le dijo, esbozando una sonrisa.
    Ella respondió “hola”, con una mueca vacía, y miró para otro lado. Él se encogió de hombros y se perdió en la multitud.
    Estaba el diablo viejo instruyendo a unos aprendices.
  2. —¿Cómo es posible? —preguntó uno— Hace un momento se odiaron hasta el punto de hacer lo que hicieron, y ahora no se reconocen.
  3. —Justamente —explicó el maestro— se trata de un típico drama pasional, y no pueden conocerse ni odiarse, porque el amor no traspone las puertas del infierno.

Roberto Enrique Rocca

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UN LECTOR DE CIORAN

Fue durante una tarde abrasadora de enero. Lo tengo bien presente porque estaba en la terraza, tirado al sol y concentrado en la lectura de “La tentación de existir” (de E.M.Cioran, que mi amigo Claudio Mangifesta acababa de regalarme para navidad), cuando sonó el teléfono. Era mi tocayo Miguel, desesperado y a punto de suicidarse. —¡Voy a prenderme fuego!” —recuerdo que me anunció desde el otro lado de la línea.
Pacientemente, y después de algunos cabildeos, logré disuadirlo. “Arder a lo bonzo es la única forma del suicidio a la que los forenses caratulan como locura lisa y llana, y vos no estás loco —lo consolé—.
Te convendría pegarte un tiro, que rara vez falla, en especial si lo hacés con un Mountain Gun de Smith & Wesson, que dicho sea de paso es una belleza”. Colgué y seguí leyendo.

Semanas más tarde volvió a llamarme. Yo hojeaba, ahora, “Del inconveniente de haber nacido”, un Cioran mucho más ácido todavía, producto sin duda de su madurez. Miguel, que insistía en matarse, admitió que no podía apelando a un rotundo balazo. “Lo intenté —sollozó—, pero a último momento no tuve el coraje de apretar el gatillo”. Evalué, rápidamente, que tampoco juntaría el ánimo suficiente como para cortarse las venas, ni siquiera con una Skinnen de Aitor (mi padre siempre decía: para novedad, los clásicos), de modo que esta vez le sugerí arrojarse debajo del tren, pero tomando siempre la precaución de hacerlo cuando la formación ha hecho ya los primeros cien metros.
“En medio del campo no te conviene porque va muy rápido y puede despedirte hacia un costado, y cuando está llegando tampoco porque a lo mejor el maquinista es diestro y alcanzar a frenar justito —teoricé—. Apenas sale de la estación es la fórmula más segura porque la máquina lleva toda su potencia. Y si se trata de una de esas locomotoras antiguas, una BT—2, tanto mejor...” Y continué leyendo.
(Debo confesar que “En las cimas de la desesperación”, “Silogismos de la amargura” y “Ese maldito yo” me parecieron tres obras sin parangón; en cambio me entusiasmé menos con “De lágrimas y de santos” —un Cioran excesivamente preocupado en culpar al Creador de todos nuestros pesares— y “El libro de las quimeras” —demasiado palabrerío para un maestro del aforismo—).

Fascinado, estaba terminando con la lectura de “Desgarraduras” cuando mi tocayo volvió a telefonear. “¡No aguanto más! ¡No aguanto más!” —balbuceaba entre lágrimas.— Fatal, jadeante, el pobre se retorcía como un animal herido.
“¿Probaste con pastillas? —inquirí—. Dicen que se trata de una muerte muy dulce, que uno se duerme como si tal cosa y ya no despierta”. Pero no, a Miguel lo aterrorizaba pensar en el tiempo que mediaría entre vaciar en su estómago el contenido del frasco y poder conciliar el sueño como Dios manda. Entonces hablé de ciertos venenos tan rápidos como infalibles, de los beneficios de arrojarse desde el último piso de un buen edificio, de la antigua y nunca bien ponderada horca y hasta de la posibilidad de contratar a un tercero para ejecutar la tarea.
Nada podía convencerlo. Ninguna forma de inmolación parecía apta para él, el más mortal de los mortales. Harto de su indecisión y deseoso de quitármelo de encima para poder continuar leyendo tranquilo a Cioran, en un instante de inspiración di con lo mejor para mi amigo. Le aconsejé escribir un cuento. Este cuento.

Miguel Ángel Morelli

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LA LECTURA Y LA VIDA

La lectura es la tradición más vieja del hombre histórico y la más diferenciada también el tránsito de tantos siglos nos encuentra en una aptitud lectora mucho más difundid, y una capacitación para apropiarnos de códigos escritos que es cada vez menos casual y más rápida. Sin embargo, no nos va tan bien con la interpretación y la crítica de textos. El apuro de la contemporaneidad se nos contagia, y estamos leyendo rápido y corriendo, sin el deleite de reconocer en las palabras las sensaciones que nos conmueven, ni la sutil deferencia que nos revela la confluencia de sentidos o la alegría, o el dolor que provoca “aquella frase”.

Un texto necesita su tiempo, el nuestro, y el de cada uno, y la evocación, y la disposición, para que la lectura recobre la magia que tuvieron los libros primeros de la infancia, leídos en circunstancias de paz, cobijo, plenitud, calor de nido. Cuanto más avanza la psicología, más claro se evidencia la importancia de la niñez y las primeras impresiones que sellan el acceso a la capacidad de ser felices. No se trata de resistencias al cambio, de obstinación educadora, de perturbada idea fija. Es la evidencia que arroja el avance del estudio del hombre, el más tardío paradójicamente en la escala de las ciencias. Esta es la razón fundante para que la disposición a la lectura y al libro empiece en la infancia. Por eso el papel de la lectura infantil es como el umbral amplio y convocante que se abre a la posibilidad de una niñez bien provista y segura, que deja afuera la brutalidad, la ignorancia y también la rutina, la impotencia, la indiferencia.

Ese despertar que procura el libro, leído y mirado por el chico, alentado por imágenes también reveladoras para la sensibilidad y para la imaginación, siempre tiene que ver con el abrazo, el calor del hogar, la disposición de un tiempo propio en donde la mirada, la mano, la voz, la palabra, reúnen el cúmulo de la espiritualización de la vida humana. Esto es verdad igual para todos los hombres, que alguna vez han tenido acceso al libro. Es ese tipo de igualdades de las que se nutre toda la filosofía política de la igualdad. Que la sociedad provoque después las divisiones, los privilegiados y los condenados, es otra cosa. Pero en aquella identidad reconocemos los bien nacidos la simiente del tiempos nuevos a los que aspiramos para el futuro, los únicos posibles para una esperanza bien fundada.

Es cierto, sin embargo, que los trabajos y los días nos alejan de esa fuente justa del buen sentir, y nos van enchalecando para la brega y el acomodamiento a las duras realidades. Pero la cultura y la educación tienden siempre a la renovación, a la roturación de los campos físicos y espirituales, a la creación de la infinita variedad de productos culturales. Y la vía de la expresión arranca de la palabra, que nos comunica y nos explica y nos fija contenidos. No basta pues el estudio de los libros escolares o aquellos que nos permiten alcanzar una profesión. Hay que ampliar el círculo en el que la vida nos encierra, no podemos tolerar ese encierro que es siempre imaginario. Salvémonos del ahogo, ya que está en nosotros esa posibilidad, como que somos libres por condición.

Sepamos ver en el libro, chicos y grandes, la gran vía con futuro para la construcción de las personalidades bien constituidas, las sensibilidades ricas y solidarias, las imaginaciones fecundas, las comunicaciones reales y plenas. Proveer a la lectura es, por fin, además de una necesidad, una responsabilidad, de cuantos hoy tienen capacidad de crítica, o se sienten preocupados por la marcha de mundo, o simplemente, temen perder el timón de la conciencia y la responsabilidad personal, en un mundo que a veces alcanza el delirio en su variedad deshumanizadora.
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fragmento del libro La Historia como Cultura, Ed. Leviatán

Hebe Clementi

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Todo delSUR

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