a PORTADA

<Nº 34

Julio 2002 — Nº 35

N° 36>


MADUREZ Y DEMOCRACIA
Roberto Enrique Rocca

PARA QUIÉN ESCRIBO
Graciela Reyes

DE PALABRAS Y SILENCIOS
Fernando Anguita B.

EMPUJACHANGUITOS
Miguel Ángel Morelli

EL ÚLTIMO EMPERADOR
Leda Schiavo

BERNARDO CAPPA,
AUTOR ARGENTINO, EN MADRID
Salvador Enríquez

UNA EDAD SIN PRETENSIONES
Claudio L. Pérez

LOS IMAGINARIOS DEL VIENTO
Josefina Sartora

OTROS
Julio Cortázar

fab9

EMPUJACHANGUITOS

A cualquier hombre nacido de buena madre le asiste el derecho, y aún la obligación, de pasear por la vereda una sonrisa radiante mientras empuja el cochecito de su bebé (y esto, sin menoscabo de su masculinidad). En el mismo sentido, si las aguas amargas de la recesión y el desempleo hoy tan de moda le han resignado la figura del flamante desocupado, y en casa ahora la que sale a ganar el pan es ella, bien puede y debe, sin ver mermadas sus aptitudes hormonales, fregar los platos del día anterior, preparar la cena, plumerear, pasar la escoba. Pero hay un solo oficio, una sola actividad en este mundo que disminuye hasta dar por tierra su condición de varón sagrado: ¡¡tirar del changuito en el supermercado los sábados a la tarde!!

La cuestión es así: usted se ha pasado toda la semana pensando en una bendita siesta y dándole gracias a su Graciosa Majestad por haber inventado el reparador sábado inglés; ha estudiado con cuidadoso esmero la programación de todos y cada uno de los cien canales que transmiten el fóbal ese día; o bien ha decidido que, si está lindo, irá a la cancha a encontrarse con los amigos y aprovechar, de paso cañazo, el solcito del invierno mientras sufre a lo perro por el club de sus amores. Y amanece radiante, efectivamente, pero ella hace surgir las primeras nubes con las primeras tostadas nomás. «Hoy me tenés que llevar al supermercado sí o sí —dice, imperativa—, porque en la heladera ya no tenemos nada». Apenas usted insinúa un contragolpe, ella arremete esgrimiendo razones económicas, hoy incontrastables: «Con lo que ahorramos podemos hasta salir a cenar afuera si vos querés...» —esgrime la muy perversa.
Usted sabe que es mentira, que no saldrá, que de noche hace un frío de la gran siete, pero allá va entre góndolas y carteles de rebajas y gentes con gesto grave tironeando del insufrible changuito (una de cuyas ruedas, por lo demás, se trabará con titánico esmero, cosa que su esfuerzo resulte doble).

Ella, radiante como si se encontrase de paseo por la Quinta Avenida, se detendrá delante de cada latita, cada envase, cada cepillo de dientes que encuentre. Comentará lo mucho que han aumentado las cosas, lo barato y bien que vivíamos cuando estábamos mal. Habrá de lamentarse de todo aquello que «ya no podremos comprar, fijate vos qué precios», y después de dos o tres horas de caracolear por el predio encarará hacia la caja.
Y es ahí cuando usted, pensando en huir de la cola para prenderse un buen pucho, le dará las gracias al ministro de economía de turno por dejarnos a la miseria. «Por lo menos el sábado que viene no se le ocurrirá volver» —barrunta. Pero no se haga ilusiones: al supermercado ella siempre vuelve. Con cualquier excusa. Y los empujachanguitos, globalizados y rabiosos, siempre.

Miguel Ángel Morelli

p



PARA QUIÉN ESCRIBO

Escribo buscando un interlocutor que no conozco ni imagino y que quizá nunca encuentre. Pero, a la vez, no podría escribir si yo misma no propusiera, al hacerlo, una figura que me escucha o me lee con total atención y entiende todo lo que digo y lo que callo, alguien que no es necesariamente Dios ni la historia ni la posteridad ni otra versión de mí misma, no sé quién es, pero existe y hace que mi lenguaje tenga sentido, pues un lenguaje no dirigido a nadie dotado de la capacidad de comprenderlo a fondo no tendría sentido para mí tampoco. Sobre esa paradoja —alguien muy cierto que está ahí aunque no lo conozco y simultáneamente alguien ni siquiera imaginable, pero más real que el cierto y siempre presente— construyo estos diálogos diferidos de la escritura.

La palabra “diálogo”, tan degradada por el abuso y los buenos consejos (del tipo “hay que dialogar más”) no es solamente una actividad que elijamos realizar o no, sino, si se entiende como relación entre organismos o cosas, es un hecho inevitable de la existencia. Para el teórico ruso Bajtin, que reflexionó toda una larga vida sobre diferentes modos de diálogo, la existencia es diálogo, y no somos, sino que (traduciendo literalmente del ruso) co-somos, somos con otros, o no somos. Para él, diálogo es una relación entre dos cosas diferentes, y de esa relación surge el sentido de cada una de las partes. Incluso el sí mismo es dialógico, ya que nuestros yoes o personas o impulsos psíquicos no coinciden unos con otros, sino que se intersectan y se distinguen entre sí gracias a su “diálogo”.

El lenguaje está construido para dialogar. Las categorías de persona, de tiempo, de lugar (instanciadas en formas como yo, tú, ahora, aquí, ayer, esto, los tiempos verbales, las partículas que enlazan unas oraciones con otras en el discurso, etc.) nos dan un papel y un espacio en que nos constituimos en cada interacción, por más fugaz que sea, también cuando hablamos con nosotros mismos.

Usar el lenguaje es proponer una interacción con otros. Escribo para dialogar, en el sentido más amplio y bajtiniano de la palabra. Busco sentido, no busco solamente comunicar pensamientos. Mis interlocutores son desconocidos, son unos fantasmas que solamente por milagro pueden adquirir caras reales, pero cuyas respuestas calladas adivino a medida que escribo. Fantasmas que intento convencer de algo y que intento seducir, conmover, irritar, instruir, castigar. Al Superlector, al que entiende todo y está conmigo desde el principio, no necesito convencerlo: la retórica y el encantamiento del lenguaje son para los lectores anónimos, para el desocupado lector al que se dirige Cervantes en el prólogo al Quijote. Desocupado porque el buen lector se desocupa de preocupaciones y se entrega totalmente al juego que le propone el autor.

Escribo para contar cosas a nadie-alguien, escribo para ser, escribo para compartir y para que me contradigan. También escribo para callar, y espero que el intérprete llene los silencios que yo dibujo con mis palabras. La interpretación es un acto de amor, incluso cuando el autor quiere decir una cosa y el intérprete entiende otra. Muchas veces el amor se funda en malentendidos. Es un riesgo que asumo sin miedo, porque peor sería no poder escribir ni tener cada vez la ilusión más persistente de mi vida: la ilusión de un interlocutor.

Graciela Reyes

p


MADUREZ Y DEMOCRACIA

De «La naturaleza humana», libro póstumo del notable psicoanalista inglés Donald W. Winnicott (1896-1971), transcribo el siguiente texto:

«En la madurez, el medio ambiente es algo a lo que el individuo contribuye y sobre lo cual el hombre o la mujer individuales asumen responsabilidad. En una comunidad en la que hay una proporción suficientemente grande de individuos maduros, la situación imperante sirve de base para lo que se denomina democracia. Si la proporción de individuos maduros es menor que cierta cifra, la democracia no puede convertirse en un hecho político, pues los asuntos públicos estarían regidos por los inmaduros, o sea, por aquellos que por identificación con la comunidad pierden su individualidad o por quienes nunca logran otra cosa que la actitud del individuo dependiente de la sociedad.»

Tal vez ayude a diagnosticar lo que nos pasa. ¿Remedios? Que no perdamos la oportunidad de construir redes solidarias (porque el hombre maduro vive en interdependencia con los otros), y que en los nudos de esas redes se ubiquen los capaces de pensar y actuar con miras al bien común, sin atarse a compromisos con ideologías ni grupos de poder.

Roberto Enrique Rocca

p


EL ÚLTIMO EMPERADOR

Hubo una vez un niño, hace muchos muchos siglos, que estudió en la escuela el tema de los imperios. En la escuela escuchó atentamente la explicación que daba el maestro. El maestro decía que los grandes imperios se fueron sucediendo uno tras otro en la misma dirección en que marcha el sol, es decir, de oriente hacia occidente. El maestro puso ejemplos fáciles de reconocer, y les habló de Persia, Grecia, Roma, España, Inglaterra... hasta llegar a los Estados Unidos de Norteamérica.
El niño dejaba volar su imaginación y se veía como Ciro el Grande, el monarca más importante del Cercano Oriente, que quiso y pudo controlar el comercio en el Mediterráneo. O como Alejandro Magno, que con sólo 33 años llegó a dominar el mayor imperio conocido hasta el momento. A veces se pensaba al lado de Julio César, conquistando la Galia o cruzando el Rubicón, recibidos los dos en triunfo al llegar a Roma. También le gustaba aquello de Carlos I de España, el emperador en cuyo reino no se ponía el sol, y se regodeaba pensando en los indios que se arrodillaban estupefactos ante aquellos dioses blancos. Y la pérfida Albión, tan cercana, le daba otros modelos de dominación.
El niño tenía aspiraciones, que le venían de familia, y llegó a tener el poder máximo en su país. Era un tiempo convulsionado, pero las convulsiones se taparon, como siempre, con guerras. Las guerras sirvieron para disimular errores y ya se sabe que no hay nada mejor que una guerra tras otra para que los ciudadanos estén distraídos, unos luchando lejos y otros llorando a los muertos.

En los momentos libres que le quedaban entre bombardeo y bombardeo, trazó un plan. Se dijo: —No puede ser que ahora el próximo imperio, siguiendo el camino que decía mi maestro, cruce el Pacífico y se instale otra vez en el llamado Oriente. Yo no lo permitiré. Yo seré el último emperador. Quiero que todo se contamine, por lo que no firmaré nada que impida que el mundo se llene de porquerías. No me vengan con Kyoto, que además suena también a oriente. Además, quiero que haya tantos pobres que acaben comiéndose a los ricos, y que cuando se acaben los ricos, los pobres se coman unos a otros. Quiero destruirlo todo. No puedo soportar la idea de una decadencia. Quiero ser el último emperador y haré lo posible y lo imposible para lograrlo.

Leda Schiavo

p


DE PALABRAS Y SILENCIOS

La última proposición del libro que se conoce como «Tractatus» —primera palabra de su título completo— es, según parece, la cita más repetida en todas las lenguas de occidente. Traducida al español dice: «De lo que no se puede hablar, mejor es callarse». Doctos profesores han escrito capítulos en libros importantes para explicar lo que esas palabras encierran, pero lo que las trajo al presente de mi memoria ha sido el ondulante suceder de la información sobre Argentina aparecida en los periódicos de mi país, desde que se produjo la encerrona del «corralito».

Parece ser que Wittgenstein, el filósofo austriaco autor de aquel libro, tenía in mente a Dios cuando enunció la proposición. Filosofaba sobre lo intangible y trascendente, lo indemostrable, no sobre lo que unos y otros callamos por necesidad, por miedo, o simplemente para ocultar la verdad. Lo cierto es que si el filósofo se refería a Dios, tampoco dijo nada demasiado original. En el budismo Zen se lee: «Cualquier cosa que se diga acerca de Dios es incierta». «Untrue» del inglés, lo traduzco al español por «incierta». También podría haberlo hecho por «mentira». No tengo la menor idea qué elección estará más cerca del original japonés. Lo que sí tengo claro es que la humanidad se habría ahorrado bastantes guerras y sufrimientos de haber hecho caso a los budistas Zen y, a la par, al filósofo austríaco. Dejar tranquila a la serpiente del fanatismo religioso —Wake the serpent not!, escribió Percy B. Shelley— es dejar de predicar, de hablar, y de perpetuar odios, valiéndose de lo que no se puede hablar.

Pero regreso a la otra cara del espejo, a conceptos más pedestres. Me he preguntado: ¿cuándo un periódico calla es porque no puede hablar o porque ya no hay mucho de qué hablar? Naturalmente esa cuestión se aplica a cualquier noticia. Ya se sabe que la materia prima de la información es el conflicto, y la «ondulación» —las crestas y simas del espacio impreso que un tema ocupa según pasan los días— es uno de los mecanismos para mantener el interés por un suceso conflictivo hasta que se decide liquidarlo.
Los dueños de las palabras inmediatas son los políticos y los periodistas, quienes, naturalmente, también manejan los silencios. El exceso de palabras puede ser origen de confusión, algarabía, como hablarle en árabe a un cristiano; pero aún así, mientras no se esté hablando de Dios, es preferible al silencio ominoso porque, pasado el exceso, queda el poso «democrático» de donde saldrá la verdad. Siempre en forma de libro.

Esa tierra, como la mía, ya padeció largos años, —no días—, de silencios. Pero al fin, la algarabía tomó cuerpo en un libro irrepetible. Cuando salió yo me despedía de Buenos Aires y, todavía caliente, lo puso en mis manos una amiga del alma. Fui de los primeros españoles que lo leyó. Escribí entonces, en unas páginas parecidas a éstas, la reseña de «Abaddón… ». No creo necesario completar el título ni identificar al autor; sería un insulto a la inteligencia del argentino que esto lea.

Fernando Anguita B.

p


BERNARDO CAPPA,
AUTOR ARGENTINO, EN MADRID

Es frecuente escuchar entre las gentes del teatro madrileño el inconfundible acento argentino. Son bastantes los nombres de argentinos que, desde hace años, se incorporaron al mundo del espectáculo en sus diferentes facetas: actores, directores, autores... Quizá uno de los más recientes sea Bernardo Cappa que, por mis datos, acudió a la Casa de América a impartir un curso de dramaturgia el pasado año y se quedó entre nosotros. Aquí muestra los frutos de su escritura así como su trabajo como actor.

El más reciente estreno de este autor ha sido “Pradera en flor”, en la Sala Triángulo, dentro de la programación del 14º Festival de La Alternativa 2002. Si en la fotografía de promoción que se facilita a la prensa vemos un paisaje idílico, en la realidad la puesta en escena es sobria: una cámara negra de fondo, a la izquierda una puerta blanca, que nuca se abre, y una maceta (simbólico árbol) que, junto al sombrero que lleva la actriz y el viento que amenaza con llevárselo, son el pretexto poético para que ella y él (Mujer y Hombre, en el reparto) inicien un diálogo que mantiene el interés del público durante casi una hora de función. No se intenta contar una historia real, ni de plantear el clásico conflicto dramático, sino de sugerir al público mediante efectos, pasos en el tiempo, frases y gestos las claves necesarias para hacer volar la imaginación como sus personajes que, aún presumiendo que son vulgares, necesitan de la fantasía para seguir vivos. La función fue dirigida por Fabián Politis y excelentemente interpretada por Loles Álvaro y Miguel Uribe.

Bernardo Cappa nació en Bahía Blanca (Provincia de Buenos Aires). Egresa como actor de la Escuela Municipal de Arte Dramático de Buenos Aires y actúa en más de 15 espectáculos hasta que estudia dramaturgia en la misma escuela bajo la supervisión de Mauricio Kartun. A partir de ahí su producción cambia y empieza a generar un estilo propio de teatralidad dejando de lado el teatro de representación para presentar estados que se generan a partir de la reflexión sobre el lenguaje. Su investigación es con el público, de esa confrontación deviene su teatralidad. Así estrena las siguientes obras, todas en teatros de Buenos Aires y Madrid. “Pradera en Flor”, a la que nos referimos en este comentario; “Olvido”, representa en la Casa de América; “Delicado”, “Como matar una gallina sin mancharse con sangre”, “Herida”, estrena en Madrid en la Sala Ensayo 100; “La Continuidad del diálogo”, “La Derrota”, “Cero, la inmoralidad”, “La Res”, “Derechas”, “Más fácil que llorar”, “Sin zapatos taco aguja”; “Coágulo”, representada en Madrid en la Sala Triángulo; y “Desinsectación”, estrena en Ensayo 100 en coproducción con Casa de América. En el momento de redactar esta nota se prepara el estreno de su obra “Lejanos Nadadores”, en la sala TIS de Madrid, en la que también participa como actor.

Salvador Enríquez

p


UNA EDAD SIN PRETENSIONES

Siempre, y en gran medida, un texto es el resultado de otro texto. Aludimos a otros textos en los nuevos, porque pertenecemos a una cultura construida, entre otras cosas, con palabras.
Ese otro texto del que hablo corría el riesgo de la incomprensión, peor aún, el de la ineficacia; pero el que aquí resulte será sin duda su deudor. Extrañas paradojas condenan a “lo mejor” a ser deudor de “lo peor”, a la miseria a ser acreedora de la riqueza. Yo he visto en la noche, en la ciudad de Buenos Aires, aquí en Quilmes, en Florencio Varela, en Ezpeleta, a personas revolviendo en los tachos de basura para extraer de los restos todo aquello que aún permitiera ser ¿comido?. Paul Auster imaginó, en otra ciudad, la misma escena y escribió su novela “El país de las últimas cosas”. Antes, Nathaniel Hawtorne había escrito “No hace mucho, penetrando a través del portal de los sueños, visité aquella región de la tierra donde se encuentra la famosa Ciudad de la Destrucción”. George Orwell, en su libro “1984” también aludía a una sociedad, un mundo, en hipótesis de fuga.
Han escrito, independientemente de sus posiciones personales, desde el norte opulento. Han hecho, con su talento y su pensamiento crítico, una obra. Vi a esas personas hurgando en los tachos de basura y pensé que indagaban en los restos por un país que les había pertenecido. Sin duda, y salvando las enormes distancias, no podré construir una obra con estas imágenes de un país que se deslíe. Vivo en las antípodas, en un país sin medios de difusión propios, sin becas para escritores, sin apoyo oficial a la cultura, con una sociedad empobrecida sin capacidad de adquirir, eventualmente, lo que, eventualmente, pudiera producir.
Aquí han regresado el hambre, la tuberculosis, el trueque y el vampirismo. El chupacabras, en Salta, y las vacas desangradas, en La Pampa, son noticias que hablan de lo último.

Pienso que corremos el riesgo de regresar a una edad sin pretensiones. A eso me refería en ese texto primero que juzgué impublicable; al regreso a un edad servil donde el vampirismo era un mito que connotaba la explotación sin límites.

Decía, en el texto que no leerán, que no habían alcanzado las palabras de un mudo, Castelli, ensayando en la cárcel sus proclamas revolucionarias, las ideas de Moreno, el gesto de Cabral, todos los muertos, las plazas llenas. No alcanzaron la filatelia, la escultura, los actos escolares. No han alcanzado para construir un país que nos cobije, a nosotros, los hombres de buena voluntad, las reales mayorías. Y decía, en ese texto cancelado, que la responsabilidad era nuestra. Fuimos los que permitimos que las cosas ocurrieran. Cuando nos golpearon el lado de los sueños dejamos que algunas palabras fueran eliminadas de nuestro vocabulario: patria, independencia, soberanía, liberación, utopía, revolución, capitalismo, imperialismo, explotación. Desaparecieron de nuestro aliento aún más que de nuestros labios. Como si hubieran sido sólo grafittis escritos en la cara occidental del muro que cayó antes de que nadie hubiera alcanzado a leerlas. Por no pronunciarlas somos hoy deudores de los millones de compatriotas desocupados, hambreados, enfermos, abandonados a su suerte en un invierno que muchos no terminarán de recorrer. Si no nos conjuramos para revivirlas, para contextualizarlas hoy y aquí, para compartirlas, más que para atesorarlas como si fueran una herencia, un bien personal, una propiedad privada, seremos los culpables de que los dueños del poder, que ahora buscan agua clara, tierra limpia, aire puro para instalar sus colonias y mostrarles a sus hijos un tomate, un pez, la liebre huyendo entre los pastos, una bandada de teros, mariposas, terminen de diezmarnos. La historia demuestra que lo han hecho, que pueden hacerlo.

Claudio L. Pérez

p


LOS IMAGINARIOS DEL VIENTO

Situada al Sur-Este de Francia y al pie de los Alpes, la ciudad de Grenoble es centro de una rica región agrícola e industrial. Con un barrio histórico muy pintoresco en el margen del río Isère, la ciudad moderna se expande hacia tres de sus lados, ya que al Oeste se encuentra un empinado cerro alpino. La ciudad sostiene una importantísima Universidad, en la que se nuclearon los pensadores franceses seguidores de la línea filosófica trazada por Gaston Bachelard. Estudioso de la imagen, la poética y la simbología, Bachelard realizó una sabia articulación entre filosofía, psicología y literatura en sus libros sobre la poética de los elementos y el poder de la ensoñación. Su discípulo Gilbert Durand institucionalizó la tarea de Bachelard con la fundación en Grenoble del CRI, Centre de Recherches sur l’Imaginaire (Centro de investigaciones sobre el Imaginario), sostenido por la Universidad.

El Centro reúne a diversos estudiosos orientados en su mayoría al estudio de la Literatura clásica y francesa, aunque también da lugar a otras orientaciones. Además de organizar seminarios, el CRI publica una Revista, Iris, que dedica cada ejemplar al estudio de un tema específico (Paisajes urbanos, Mitología eurasiática, Imaginario y residuos/desechos, Poética de la nieve, Imaginario y religión). Cada año, el CRI organiza un coloquio también sobre un tema específico, y el de este año 2002, el primero de carácter internacional, se dedicó al Imaginario del viento.

Soy miembro del CRI desde hace años, y al recibir la invitación al coloquio propuse el estudio de un film de 1928, al final de la época muda, del sueco Víctor Sjöström, llamado precisamente El viento. Fue la primera vez que alguien abordaba en el CRI el tema de la imagen visual, y la propuesta atrajo tanto a los organizadores que decidieron desplegarla, convocado a estudiosos de la fotografía y a dos escultores.
Fueron tres jornadas intensas de comunicaciones que analizaron el imaginario del viento en la obra de Victor Hugo y Rabelais, de Camus y Saint-John Perse, en la Chanson de Roland, etc. Distintas simbologías del viento fueron destacadas: el viento como libertad, como anuncio de catástrofe, como soplo vital, como inspiración.
Llegado mi turno, analicé el efecto de los vientos huracanados en la psicología de la mujer. Es conocida la relación entre el viento y la locura, tema que desarrolla el film, un melodrama sobre la polaridad entre civilización y barbarie y uno de los primeros westerns de Hollywood. Ilustrada con imágenes del film, la exposición tuvo mucho éxito en un ambiente de académicos franceses donde la presencia de una argentina hablando sobre la conquista del desierto constituyó el elemento exótico por excelencia.

Josefina Sartora

p


TEXTOS de OTROS


LA PATRIA

Julio Cortázar

 

Esta tierra sobre los ojos
este paño pegajoso, negro de estrellas impasibles,
esta noche continua, esta distancia.
Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba
pobre sombra de país, lleno de vientos,
de monumentos y espamentos,
de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos,
escupido curdela inofensivo puteando y sacudiendo banderitas,
repartiendo escarapelas en la lluvia, salpicando
de babas y estupor canchas de fútbol y ringsides.
Pobres negros.
Te estás quemando a fuego lento, y dónde el fuego,
dónde el que come los asados y te tira los huesos.
Malandras, cajetillas, señores y cafishos,
diputados, tilingas de apellido compuesto,
gordas tejiendo en los zaguanes, maestras normales, curas, escribanos,
centroforwards, livianos, Fangio solo, tenientes primeros,
coroneles, generales, marinos, sanidad, carnavales, obispos,
bagualas, chamamés, malambos, mambos, tangos,
secretarías, subsecretarías, jefes, contrajefes, trucos,
contraflor al resto. Y qué carajo,
si la casita era su sueño, si lo mataron en pelea,
si usted lo ve, lo prueba y se lo lleva.
Liquidación forzosa, que remata hasta lo último.
Te quiero, país tirado a la vereda, caja de fósforos vacía,
te quiero, tacho de basura que se llevan sobre una cureña
envuelto en la bandera que nos legó Belgrano
mientras las viejas lloran el velorio, y anda el mate
con su verde consuelo, lotería del pobre,
y en cada piso hay alguien que nació haciendo discursos
para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos.
Pobres negros que juntan las ganas de ser blancos,
pobres negros que viven un carnaval de negros,
qué quiniela, hermanito, en Boedo, en la Boca,
en Palermo, en Barracas, en los puentes, afuera,
en los ranchos que paran la mugre de la pampa,
en las casas blanqueadas del silencio del norte,
en las chapas de zinc donde el frío se frota,
en la Plaza de Mayo donde ronda la muerte trajeada de Mentira.
Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir, mañana
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara (el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quebrando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero,
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.

__________

«Razones de la cólera»
Bs. Aires - 1951 / París - 1956

***

p


Todo delSUR

Valid HTML 4.01 Transitional

1