MADUREZ Y DEMOCRACIA
Roberto Enrique Rocca
PARA QUIÉN ESCRIBO
Graciela Reyes
DE PALABRAS Y SILENCIOS
Fernando Anguita B.
EMPUJACHANGUITOS
Miguel Ángel Morelli
EL ÚLTIMO EMPERADOR
Leda Schiavo
BERNARDO CAPPA,
AUTOR ARGENTINO, EN MADRID
Salvador Enríquez
UNA EDAD SIN PRETENSIONES
Claudio L. Pérez
LOS IMAGINARIOS DEL VIENTO
Josefina Sartora
OTROS
Julio Cortázar
fab9
EMPUJACHANGUITOS
A cualquier hombre nacido de buena madre le asiste el derecho, y aún la
obligación, de pasear por la vereda una sonrisa radiante mientras empuja el
cochecito de su bebé (y esto, sin menoscabo de su masculinidad). En el mismo
sentido, si las aguas amargas de la recesión y el desempleo hoy tan de moda le
han resignado la figura del flamante desocupado, y en casa ahora la que sale a
ganar el pan es ella, bien puede y debe, sin ver mermadas sus aptitudes
hormonales, fregar los platos del día anterior, preparar la cena, plumerear,
pasar la escoba. Pero hay un solo oficio, una sola actividad en este mundo que
disminuye hasta dar por tierra su condición de varón sagrado: ¡¡tirar del
changuito en el supermercado los sábados a la tarde!!
La cuestión es así: usted se ha pasado toda la semana pensando en una bendita
siesta y dándole gracias a su Graciosa Majestad por haber inventado el
reparador sábado inglés; ha estudiado con cuidadoso esmero la programación de
todos y cada uno de los cien canales que transmiten el fóbal ese día; o bien ha
decidido que, si está lindo, irá a la cancha a encontrarse con los amigos y
aprovechar, de paso cañazo, el solcito del invierno mientras sufre a lo perro
por el club de sus amores. Y amanece radiante, efectivamente, pero ella hace
surgir las primeras nubes con las primeras tostadas nomás. «Hoy me tenés que
llevar al supermercado sí o sí —dice, imperativa—, porque en la heladera ya no
tenemos nada». Apenas usted insinúa un contragolpe, ella arremete esgrimiendo
razones económicas, hoy incontrastables: «Con lo que ahorramos podemos hasta
salir a cenar afuera si vos querés...» —esgrime la muy perversa.
Usted sabe que es mentira, que no saldrá, que de noche hace un frío de la gran
siete, pero allá va entre góndolas y carteles de rebajas y gentes con gesto
grave tironeando del insufrible changuito (una de cuyas ruedas, por lo demás, se
trabará con titánico esmero, cosa que su esfuerzo resulte doble).
Ella, radiante como si se encontrase de paseo por la Quinta Avenida, se
detendrá delante de cada latita, cada envase, cada cepillo de dientes que
encuentre. Comentará lo mucho que han aumentado las cosas, lo barato y bien que
vivíamos cuando estábamos mal. Habrá de lamentarse de todo aquello que «ya no
podremos comprar, fijate vos qué precios», y después de dos o tres horas de
caracolear por el predio encarará hacia la caja.
Y es ahí cuando usted, pensando en huir de la cola para prenderse un buen pucho,
le dará las gracias al ministro de economía de turno por dejarnos a la miseria.
«Por lo menos el sábado que viene no se le ocurrirá volver» —barrunta. Pero no
se haga ilusiones: al supermercado ella siempre vuelve.
Con cualquier excusa. Y los empujachanguitos, globalizados y rabiosos, siempre.
Miguel Ángel Morelli
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PARA QUIÉN ESCRIBO
Escribo buscando un interlocutor que no conozco ni imagino y que quizá nunca
encuentre. Pero, a la vez, no podría escribir si yo misma no propusiera, al
hacerlo, una figura que me escucha o me lee con total atención y entiende todo
lo que digo y lo que callo, alguien que no es necesariamente Dios ni la historia
ni la posteridad ni otra versión de mí misma, no sé quién es, pero existe y hace
que mi lenguaje tenga sentido, pues un lenguaje no dirigido a nadie dotado de la
capacidad de comprenderlo a fondo no tendría sentido para mí tampoco. Sobre esa
paradoja —alguien muy cierto que está ahí aunque no lo conozco y simultáneamente
alguien ni siquiera imaginable, pero más real que el cierto y siempre presente—
construyo estos diálogos diferidos de la escritura.
La palabra “diálogo”, tan degradada por el abuso y los buenos consejos (del tipo
“hay que dialogar más”) no es solamente una actividad que elijamos realizar o
no, sino, si se entiende como relación entre organismos o cosas, es un hecho
inevitable de la existencia. Para el teórico ruso Bajtin, que reflexionó toda
una larga vida sobre diferentes modos de diálogo, la existencia es diálogo, y no
somos, sino que (traduciendo literalmente del ruso) co-somos, somos con otros, o
no somos. Para él, diálogo es una relación entre dos cosas diferentes, y de esa
relación surge el sentido de cada una de las partes. Incluso el sí mismo es
dialógico, ya que nuestros yoes o personas o impulsos psíquicos no coinciden
unos con otros, sino que se intersectan y se distinguen entre sí gracias a su
“diálogo”.
El lenguaje está construido para dialogar. Las categorías de persona, de tiempo,
de lugar (instanciadas en formas como yo, tú, ahora, aquí, ayer, esto, los
tiempos verbales, las partículas que enlazan unas oraciones con otras en el
discurso, etc.) nos dan un papel y un espacio en que nos constituimos en cada
interacción, por más fugaz que sea, también cuando hablamos con nosotros mismos.
Usar el lenguaje es proponer una interacción con otros.
Escribo para dialogar, en el sentido más amplio y bajtiniano de la palabra.
Busco sentido, no busco solamente comunicar pensamientos. Mis interlocutores son
desconocidos, son unos fantasmas que solamente por milagro pueden adquirir caras
reales, pero cuyas respuestas calladas adivino a medida que escribo. Fantasmas
que intento convencer de algo y que intento seducir, conmover, irritar,
instruir, castigar. Al Superlector, al que entiende todo y está conmigo desde el
principio, no necesito convencerlo: la retórica y el encantamiento del lenguaje
son para los lectores anónimos, para el desocupado lector al que se dirige
Cervantes en el prólogo al Quijote. Desocupado porque el buen lector se desocupa
de preocupaciones y se entrega totalmente al juego que le propone el autor.
Escribo para contar cosas a nadie-alguien, escribo para ser, escribo para
compartir y para que me contradigan. También escribo para callar, y espero que
el intérprete llene los silencios que yo dibujo con mis palabras. La
interpretación es un acto de amor, incluso cuando el autor quiere decir una cosa
y el intérprete entiende otra. Muchas veces el amor se funda en malentendidos.
Es un riesgo que asumo sin miedo, porque peor sería no poder escribir ni tener
cada vez la ilusión más persistente de mi vida: la ilusión de un interlocutor.
Graciela Reyes
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MADUREZ Y DEMOCRACIA
De «La naturaleza humana», libro póstumo del notable psicoanalista inglés Donald
W. Winnicott (1896-1971), transcribo el siguiente texto:
«En la madurez, el medio ambiente es algo a lo que el individuo contribuye y
sobre lo cual el hombre o la mujer individuales asumen responsabilidad. En una
comunidad en la que hay una proporción suficientemente grande de individuos
maduros, la situación imperante sirve de base para lo que se denomina
democracia. Si la proporción de individuos maduros es menor que cierta cifra, la
democracia no puede convertirse en un hecho político, pues los asuntos públicos
estarían regidos por los inmaduros, o sea, por aquellos que por identificación
con la comunidad pierden su individualidad o por quienes nunca logran otra cosa
que la actitud del individuo dependiente de la sociedad.»
Tal vez ayude a diagnosticar lo que nos pasa. ¿Remedios? Que no perdamos la
oportunidad de construir redes solidarias (porque el hombre maduro vive en
interdependencia con los otros), y que en los nudos de esas redes se ubiquen los
capaces de pensar y actuar con miras al bien común, sin atarse a compromisos con
ideologías ni grupos de poder.
Roberto Enrique Rocca
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EL ÚLTIMO EMPERADOR
Hubo una vez un niño, hace muchos muchos siglos, que estudió en la escuela el
tema de los imperios. En la escuela escuchó atentamente la explicación que daba
el maestro. El maestro decía que los grandes imperios se fueron sucediendo uno
tras otro en la misma dirección en que marcha el sol, es decir, de oriente
hacia occidente. El maestro puso ejemplos fáciles de reconocer, y les habló de
Persia, Grecia, Roma, España, Inglaterra... hasta llegar a los Estados Unidos
de Norteamérica.
El niño dejaba volar su imaginación y se veía como Ciro el Grande, el monarca
más importante del Cercano Oriente, que quiso y pudo controlar el comercio en
el Mediterráneo. O como Alejandro Magno, que con sólo 33 años llegó a dominar el
mayor imperio conocido hasta el momento. A veces se pensaba al lado de Julio
César, conquistando la Galia o cruzando el Rubicón, recibidos los dos en triunfo
al llegar a Roma. También le gustaba aquello de Carlos I de España, el emperador
en cuyo reino no se ponía el sol, y se regodeaba pensando en los indios que se
arrodillaban estupefactos ante aquellos dioses blancos. Y la pérfida Albión,
tan cercana, le daba otros modelos de dominación.
El niño tenía aspiraciones, que le venían de familia, y llegó a tener el poder
máximo en su país. Era un tiempo convulsionado, pero las convulsiones se
taparon, como siempre, con guerras. Las guerras sirvieron para disimular errores
y ya se sabe que no hay nada mejor que una guerra tras otra para que los
ciudadanos estén distraídos, unos luchando lejos y otros llorando a los
muertos.
En los momentos libres que le quedaban entre bombardeo y bombardeo, trazó un
plan. Se dijo: —No puede ser que ahora el próximo imperio, siguiendo el camino
que decía mi maestro, cruce el Pacífico y se instale otra vez en el llamado
Oriente. Yo no lo permitiré. Yo seré el último emperador. Quiero que todo se
contamine, por lo que no firmaré nada que impida que el mundo se llene de
porquerías. No me vengan con Kyoto, que además suena también a oriente.
Además, quiero que haya tantos pobres que acaben comiéndose a los ricos, y que
cuando se acaben los ricos, los pobres se coman unos a otros. Quiero destruirlo
todo. No puedo soportar la idea de una decadencia. Quiero ser el último
emperador y haré lo posible y lo imposible para lograrlo.
Leda Schiavo
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DE PALABRAS Y SILENCIOS
La última proposición del libro que se conoce como «Tractatus» —primera palabra
de su título completo— es, según parece, la cita más repetida en todas las
lenguas de occidente. Traducida al español dice: «De lo que no se puede hablar,
mejor es callarse». Doctos profesores han escrito capítulos en libros
importantes para explicar lo que esas palabras encierran, pero lo que las trajo
al presente de mi memoria ha sido el ondulante suceder de la información sobre
Argentina aparecida en los periódicos de mi país, desde que se produjo la
encerrona del «corralito».
Parece ser que Wittgenstein, el filósofo austriaco autor de aquel libro, tenía
in mente a Dios cuando enunció la proposición. Filosofaba sobre lo intangible y
trascendente, lo indemostrable, no sobre lo que unos y otros callamos por
necesidad, por miedo, o simplemente para ocultar la verdad. Lo cierto es que si
el filósofo se refería a Dios, tampoco dijo nada demasiado original. En el
budismo Zen se lee: «Cualquier cosa que se diga acerca de Dios es incierta».
«Untrue» del inglés, lo traduzco al español por «incierta». También podría
haberlo hecho por «mentira». No tengo la menor idea qué elección estará más
cerca del original japonés. Lo que sí tengo claro es que la humanidad se habría
ahorrado bastantes guerras y sufrimientos de haber hecho caso a los budistas Zen y, a la par, al filósofo austríaco. Dejar tranquila a la serpiente del fanatismo
religioso —Wake the serpent not!, escribió Percy B. Shelley— es dejar de
predicar, de hablar, y de perpetuar odios, valiéndose de lo que no se puede
hablar.
Pero regreso a la otra cara del espejo, a conceptos más pedestres. Me he
preguntado: ¿cuándo un periódico calla es porque no puede hablar o porque ya no hay mucho de qué hablar? Naturalmente esa cuestión se aplica a cualquier
noticia. Ya se sabe que la materia prima de la información es el conflicto, y la
«ondulación» —las crestas y simas del espacio impreso que un tema ocupa según
pasan los días— es uno de los mecanismos para mantener el interés por un suceso
conflictivo hasta que se decide liquidarlo.
Los dueños de las palabras inmediatas son los políticos y los periodistas,
quienes, naturalmente, también manejan los silencios. El exceso de palabras
puede ser origen de confusión, algarabía, como hablarle en árabe a un cristiano;
pero aún así, mientras no se esté hablando de Dios, es preferible al silencio
ominoso porque, pasado el exceso, queda el poso «democrático» de donde saldrá la verdad. Siempre en forma de libro.
Esa tierra, como la mía, ya padeció largos años, —no días—, de silencios. Pero
al fin, la algarabía tomó cuerpo en un libro irrepetible. Cuando salió yo me
despedía de Buenos Aires y, todavía caliente, lo puso en mis manos una amiga del alma. Fui de los primeros españoles que lo leyó. Escribí entonces, en unas
páginas parecidas a éstas, la reseña de «Abaddón… ». No creo necesario completar el título ni identificar al autor; sería un insulto a la inteligencia del
argentino que esto lea.
Fernando Anguita B.
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BERNARDO CAPPA,
AUTOR ARGENTINO, EN MADRID
Es frecuente escuchar entre las gentes del teatro madrileño el inconfundible
acento argentino. Son bastantes los nombres de argentinos que, desde hace años,
se incorporaron al mundo del espectáculo en sus diferentes facetas: actores,
directores, autores... Quizá uno de los más recientes sea Bernardo Cappa que,
por mis datos, acudió a la Casa de América a impartir un curso de dramaturgia el
pasado año y se quedó entre nosotros. Aquí muestra los frutos de su escritura
así como su trabajo como actor.
El más reciente estreno de este autor ha sido “Pradera en flor”, en la Sala
Triángulo, dentro de la programación del 14º Festival de La Alternativa 2002. Si
en la fotografía de promoción que se facilita a la prensa vemos un paisaje
idílico, en la realidad la puesta en escena es sobria: una cámara negra de
fondo, a la izquierda una puerta blanca, que nuca se abre, y una maceta
(simbólico árbol) que, junto al sombrero que lleva la actriz y el viento que
amenaza con llevárselo, son el pretexto poético para que ella y él (Mujer y
Hombre, en el reparto) inicien un diálogo que mantiene el interés del público
durante casi una hora de función. No se intenta contar una historia real, ni de
plantear el clásico conflicto dramático, sino de sugerir al público mediante
efectos, pasos en el tiempo, frases y gestos las claves necesarias para hacer
volar la imaginación como sus personajes que, aún presumiendo que son vulgares,
necesitan de la fantasía para seguir vivos. La función fue dirigida por Fabián
Politis y excelentemente interpretada por Loles Álvaro y Miguel Uribe.
Bernardo
Cappa nació en Bahía Blanca (Provincia de Buenos Aires). Egresa como actor de la
Escuela Municipal de Arte Dramático de Buenos Aires y actúa en más de 15
espectáculos hasta que estudia dramaturgia en la misma escuela bajo la
supervisión de Mauricio Kartun. A partir de ahí su producción cambia y empieza a
generar un estilo propio de teatralidad dejando de lado el teatro de
representación para presentar estados que se generan a partir de la reflexión
sobre el lenguaje. Su investigación es con el público, de esa confrontación
deviene su teatralidad. Así estrena las siguientes obras, todas en teatros de
Buenos Aires y Madrid. “Pradera en Flor”, a la que nos referimos en este
comentario; “Olvido”, representa en la Casa de América; “Delicado”, “Como matar
una gallina sin mancharse con sangre”, “Herida”, estrena en Madrid en la Sala
Ensayo 100; “La Continuidad del diálogo”, “La Derrota”, “Cero, la inmoralidad”,
“La Res”, “Derechas”, “Más fácil que llorar”, “Sin zapatos taco aguja”;
“Coágulo”, representada en Madrid en la Sala Triángulo; y “Desinsectación”,
estrena en Ensayo 100 en coproducción con Casa de América. En el momento de
redactar esta nota se prepara el estreno de su obra “Lejanos Nadadores”, en la
sala TIS de Madrid, en la que también participa como actor.
Salvador Enríquez
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UNA EDAD SIN PRETENSIONES
Siempre, y en gran medida, un texto es el resultado de otro texto. Aludimos a
otros textos en los nuevos, porque pertenecemos a una cultura construida, entre
otras cosas, con palabras.
Ese otro texto del que hablo corría el riesgo de la incomprensión, peor aún, el
de la ineficacia; pero el que aquí resulte será sin duda su deudor. Extrañas
paradojas condenan a “lo mejor” a ser deudor de “lo peor”, a la miseria a ser
acreedora de la riqueza.
Yo he visto en la noche, en la ciudad de Buenos Aires, aquí en Quilmes, en
Florencio Varela, en Ezpeleta, a personas revolviendo en los tachos de basura
para extraer de los restos todo aquello que aún permitiera ser ¿comido?.
Paul Auster imaginó, en otra ciudad, la misma escena y escribió su novela “El
país de las últimas cosas”. Antes, Nathaniel Hawtorne había escrito “No hace
mucho, penetrando a través del portal de los sueños, visité aquella región de la
tierra donde se encuentra la famosa Ciudad de la Destrucción”. George Orwell, en
su libro “1984” también aludía a una sociedad, un mundo, en hipótesis de fuga.
Han escrito, independientemente de sus posiciones personales, desde el norte
opulento. Han hecho, con su talento y su pensamiento crítico, una obra.
Vi a esas personas hurgando en los tachos de basura y pensé que indagaban en los
restos por un país que les había pertenecido. Sin duda, y salvando las enormes
distancias, no podré construir una obra con estas imágenes de un país que se
deslíe. Vivo en las antípodas, en un país sin medios de difusión propios, sin
becas para escritores, sin apoyo oficial a la cultura, con una sociedad
empobrecida sin capacidad de adquirir, eventualmente, lo que, eventualmente,
pudiera producir.
Aquí han regresado el hambre, la tuberculosis, el trueque y el vampirismo. El
chupacabras, en Salta, y las vacas desangradas, en La Pampa, son noticias que
hablan de lo último.
Pienso que corremos el riesgo de regresar a una edad sin pretensiones. A eso me
refería en ese texto primero que juzgué impublicable; al regreso a un edad
servil donde el vampirismo era un mito que connotaba la explotación sin límites.
Decía, en el texto que no leerán, que no habían alcanzado las palabras de un
mudo, Castelli, ensayando en la cárcel sus proclamas revolucionarias, las ideas
de Moreno, el gesto de Cabral, todos los muertos, las plazas llenas. No
alcanzaron la filatelia, la escultura, los actos escolares. No han alcanzado
para construir un país que nos cobije, a nosotros, los hombres de buena
voluntad, las reales mayorías.
Y decía, en ese texto cancelado, que la responsabilidad era nuestra. Fuimos los
que permitimos que las cosas ocurrieran. Cuando nos golpearon el lado de los
sueños dejamos que algunas palabras fueran eliminadas de nuestro vocabulario:
patria, independencia, soberanía, liberación, utopía, revolución, capitalismo,
imperialismo, explotación. Desaparecieron de nuestro aliento aún más que de
nuestros labios. Como si hubieran sido sólo grafittis escritos en la cara
occidental del muro que cayó antes de que nadie hubiera alcanzado a leerlas.
Por no pronunciarlas somos hoy deudores de los millones de compatriotas
desocupados, hambreados, enfermos, abandonados a su suerte en un invierno que
muchos no terminarán de recorrer. Si no nos conjuramos para revivirlas, para
contextualizarlas hoy y aquí, para compartirlas, más que para atesorarlas como
si fueran una herencia, un bien personal, una propiedad privada, seremos los
culpables de que los dueños del poder, que ahora buscan agua clara, tierra
limpia, aire puro para instalar sus colonias y mostrarles a sus hijos un tomate,
un pez, la liebre huyendo entre los pastos, una bandada de teros, mariposas,
terminen de diezmarnos. La historia demuestra que lo han hecho, que pueden
hacerlo.
Claudio L. Pérez
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LOS IMAGINARIOS DEL VIENTO
Situada al Sur-Este de Francia y al pie de los Alpes, la ciudad de Grenoble es
centro de una rica región agrícola e industrial. Con un barrio histórico muy
pintoresco en el margen del río Isère, la ciudad moderna se expande hacia tres
de sus lados, ya que al Oeste se encuentra un empinado cerro alpino. La ciudad
sostiene una importantísima Universidad, en la que se nuclearon los pensadores
franceses seguidores de la línea filosófica trazada por Gaston Bachelard.
Estudioso de la imagen, la poética y la simbología, Bachelard realizó una sabia
articulación entre filosofía, psicología y literatura en sus libros sobre la
poética de los elementos y el poder de la ensoñación. Su discípulo Gilbert
Durand institucionalizó la tarea de Bachelard con la fundación en Grenoble del
CRI, Centre de Recherches sur l’Imaginaire (Centro de investigaciones sobre el
Imaginario), sostenido por la Universidad.
El Centro reúne a diversos estudiosos orientados en su mayoría al estudio de la
Literatura clásica y francesa, aunque también da lugar a otras orientaciones.
Además de organizar seminarios, el CRI publica una Revista, Iris, que dedica
cada ejemplar al estudio de un tema específico (Paisajes urbanos, Mitología
eurasiática, Imaginario y residuos/desechos, Poética de la nieve, Imaginario y
religión). Cada año, el CRI organiza un coloquio también sobre un tema
específico, y el de este año 2002, el primero de carácter internacional, se
dedicó al Imaginario del viento.
Soy miembro del CRI desde hace años, y al recibir la invitación al coloquio
propuse el estudio de un film de 1928, al final de la época muda, del sueco
Víctor Sjöström, llamado precisamente El viento. Fue la primera vez que alguien
abordaba en el CRI el tema de la imagen visual, y la propuesta atrajo tanto a
los organizadores que decidieron desplegarla, convocado a estudiosos de la
fotografía y a dos escultores.
Fueron tres jornadas intensas de comunicaciones que analizaron el imaginario del
viento en la obra de Victor Hugo y Rabelais, de Camus y Saint-John Perse, en la
Chanson de Roland, etc. Distintas simbologías del viento fueron destacadas: el
viento como libertad, como anuncio de catástrofe, como soplo vital, como
inspiración.
Llegado mi turno, analicé el efecto de los vientos huracanados en la psicología
de la mujer. Es conocida la relación entre el viento y la locura, tema que
desarrolla el film, un melodrama sobre la polaridad entre civilización y
barbarie y uno de los primeros westerns de Hollywood. Ilustrada con imágenes del
film, la exposición tuvo mucho éxito en un ambiente de académicos franceses
donde la presencia de una argentina hablando sobre la conquista del desierto
constituyó el elemento exótico por excelencia.
Josefina Sartora
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