STRADIVARIUS
Miguel Angel Morelli
EL FUEGO DE LA FE
Roberto Enrique Rocca
INTERMEDIO CON AVES
Leda Schiavo
DE TÍTULOS Y PORCENTAJES
Fernando Anguita B.
La voz de VOX
Jorge Cabrera
ACERCA DE LA NATURALEZA DEL ARTE,
SU LUGAR EN EL MUNDO Y NUESTRA RELACIÓN CON ÉL
Federico Pablo Blanco
«
EL CENTROFORWARD MURIÓ AL AMANECER» del argentino Agustín
Cuzzani
Salvador Enríquez
OTROS
Jorge Luis Borges
fab9
STRADIVARIUS
Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que lo había visto. Si no me
equivoco, esto sucedió unos veinte años atrás como mínimo. Tampoco
recuerdo con exactitud el lugar: la imagen de la gente rodeándolo en medio
de una calle peatonal me resulta demasiado familiar, de modo que bien
pudo haber sido en Laprida o Rivadavia. En fin, para el caso es lo mismo,
porque lo interesante -lo realmente interesante de aquel viejo músico
solitario- no resultaba su capacidad de ejecución, que era exigua, sino lo
insólito de su instrumento y el éxtasis que alcanzaba tocándolo (para los
que a la vuelta de los años sospechamos que ciertos milagros existen, ése
era uno, sin dudas).
Con toda seguridad muchos lo recordarán todavía. El fulano tenía por aquel
entonces unos sesenta, setenta años (a los artistas callejeros siempre es
difícil acertarles la edad). De lejos parecía más vale retacón, pero no lo era.
Llevaba pelo abundante y siempre revuelto, la barba blanca y algo escasa.
El instrumento (y ahora sí lo recordarán ustedes) era un violín, pero no uno
cualquiera, sino un violín hecho con una lata de aceite y una sola cuerda.
"Es como si abrazase a Dios" -pensé la primera vez que lo vi acariciar el
instrumento. Sonaba Mozart y la cara de aquel hombre, efectivamente,
parecía la de alguien transportado como por arte de magia vaya a saber
uno a qué rincones del universo. Hoy puedo confesarlo: sentí envidia,
mucha envidia. Yo, por aquel entonces, estudiaba en Bellas Artes y viajaba
todos los días desde Lomas con mi propio violín bajo el brazo (una joyita
hecha por Maglia siguiendo la tradición de Cremona, que mi padre había
comprado en vaya a saber cuántas cuotas). Desde luego, soñaba sin
ningún pudor con llegar algún día al Colón, o al mismísimo Carnegie Hall, por
qué no, que para eso -sentía yo- Dios me había dado el suficiente talento.
Ayer, apenas bajé en la estación, volví a sentir el sonido de ese violín
misterioso. Algo inexplicable flotaba en el aire, como un perfume que no era
de este mundo. Y, efectivamente, allí estaba él. Con los mismos sesenta o
setenta años de por entonces, con el pelo revuelto, la barba blanca y ese
gesto sublime (ahora lo sé, ahora me doy cuenta) que sólo los genios o los
imbéciles podemos permitirnos. Como debía alcanzarle la póliza de su
seguro a uno de mis clientes, apenas si me detuve un minuto frente al
pobre diablo. Sonaba Mozart. Parecía rozar a Dios con la punta de los
dedos. Entonces pensé que algún día también yo tendré sesenta o setenta
años, y que la calle no es una mal teatro después de todo.
Miguel Angel Morelli
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EL FUEGO DE LA FE
Tenía Fra Focu el alma ardiente y el cuerpo enjuto, fogueado en mil batallas
con el demonio.
Los hombres y las mujeres escuchaban su prédica ferviente y todos vivían
en paz, atentos a sus enseñanzas.
Un día apareció la vagabunda. Aunque desgreñada y harapienta, tenía la
belleza de un animal salvaje, y como no molestaba a nadie, halló alimento
en todas las puertas y reparo en todos los establos.
Pero la inquietud hizo presa de las mujeres cuando de noche los hombres
empezaron a preocuparse por la salud de sus animales, y todos
reaccionaron indignados cuando un campesino, particularmente solícito con
las bestias, murió repentinamente en el establo, en brazos de la
muchacha.
La condujeron entonces ante el santo, que estaba orando. Éste escuchó las
querellas y clavó en la vagabunda su mirada llameante.
-Es sin duda una bruja -murmuró persignánndose. Y agregó:.-Sólo el fuego
expulsará el demonio de su carne.
Prepararon una hoguera en medio de la plaza; y estaba ya todo dispuesto
con la bruja encadenada en lo alto de la pira, cuando Fra Focu advirtió que
en sus forcejeos por liberarse, la túnica andrajosa se le deslizaba de los
hombros.
"Por pecadora que sea -pensó- no es digno presentarla al Señor con ese
aspecto". Y trepó, saltando entre los leños para acomodar sus harapos.
Cuando en un descuido del monje, los dedos sarmentosos rozaron la piel
tersa; el pueblo atónito vio cómo el cuerpo del asceta echaba chispas.
Encendiéronse algunas ramas secas y el fuego se propagó rápidamente.
Los santos carboncillos son venerados hoy como reliquias. Pudieron
separarlos de los restos de la bruja cuando se descubrió que
milagrosamente, si se los rociaba con agua bendita, ardían todavía.
Roberto Enrique Rocca
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DE TÍTULOS Y PORCENTAJES
Hace un año bien cumplido, el número 33 publica "de insectos y
hombres"; no era ése, sino "evolución", el título que se me
había ocurrido para aquélla, mi primera nota en la Agenda. Suele
suceder: los títulos que definen con más fuerza un texto breve nacen al
final, cuando el artículo está terminado. El fenómeno inverso no es
infrecuente tampoco: el brote previo de un título -como la bombilla que
destella en las viñetas- impone la necesidad de darle contenido.
Un caso combinado, por llamarlo así, es sujetarse a un formato. El formato o
plantilla "de... y ...", facilita el contraste -tanto por oposición como
por analogía- de las situaciones, los seres, los objetos o las abstracciones
que sirven de argumento. Nada original hay en el susodicho formato. Ignoro
quién lo empleó primero, aunque lo más probable es que fueran los
romanos. En latín se comenzaba con un "de" para informar de lo que
se trataba o iba a tratar después. "De Bello Gallico", fue el título que
Julio César puso a la narración de su gesta. Pido perdón si a los jóvenes no
les suena, pero pregunten a los mayores, quienes seguro recuerdan
todavía que Gallia est omnis divisa in partes tres...
La cópula reiterando el "de" está, por ejemplo, en "Dei delitti e delle
pene", el libro del marqués de Beccaria que cimentó el derecho penal.
Más recientemente el poeta escocés Robert Burns disertó sobre el colapso,
sobre la inseguridad que amenaza a los proyectos mejor calculados.
La guarida de un ratoncillo de campo arrasada por el surco de un arado fue
metáfora en sus versos del impredecible devenir de la existencia. La frase
mínima de uno de esos versos -o' mice an' men- sirvió después de
título a John Steinbeck para recrear en prosa la metáfora del
colapso. Bajo ese título, "de ratones y hombres", quedó sellado uno
de los mejores retratos de gentes condenadas al cuarto mundo. Allí
volvieron a encontrarse el hombre y el ratón, ignorantes todavía de lo
mucho que tenían en común.
Ahora, los pobladores del siglo XXI, sabemos que un 99% de nuestro ADN
es idéntico al del ratón, y que a nivel genético somos prácticamente
hermanos gemelos, —del chimpancé más aún: somos como una réplica
cabreada. Pero eso se sospechaba desde Darwin—.
Lo que escapa al conocimiento profano es saber qué contiene el 1%
restante del ADN del mus musculus, ese porcentaje mínimo que lo
ha "rematado" tan diferente al homo sapiens sapiens. Yo sí
puedo imaginar, en cambio, lo que contiene "nuestro" 1%: los billones de
neuronas, interconexiones microscópicas (sinapsis) y circuitos neuronales,
que nos hacen superiores al ratón y al resto de las especies. Y subrayo
superiores, porque me resisto a dejar de leer la prensa, y al ir
conociendo día a día el derroche de recursos, la explotación de la ignorancia
y la credulidad, la perversión de algunos dirigentes y políticos del mundo,
más dedicados a perpetuar la superstición que a remediar la ignorancia...;
al tener conciencia de todo eso y más, digo, no puedo dejar de
preguntarme: ¿dónde coño reside nuestra superioridad?
Mi duda persiste hasta que recuerdo algo que leí hace mucho: «Aunque
la Tierra sea devastada por un cataclismo nuclear, la vida no desaparecerá.
Los insectos y los roedores sobrevivirán y seguirán multiplicándose.»
La respuesta que los sabios callan avergonzados es elemental: el 1%
inteligente del ADN le correspondió al ratón.
Fernando Anguita B.
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INTERMEDIO CON AVES
Vino a mi casa desde Buenos Aires porque su hermano se está muriendo,
aquí en Chicago, y no tenía dónde quedarse. No conozco al hermano, un
famosísimo médico argentino, director de un hospital universitario, que
cosechó gloria y dinero en estas latitudes. Ahora está ciego, con un tumor
en el cerebro y sin dinero, debido en parte a las mujeres, en parte a las
malas inversiones.
Para escaparme de tanta miseria, fui al cine a ver una película sobre aves
migratorias que dirigió Jacques Perrin (el mismo que en 1996 hizo
Microcosmos sobre insectos).
Al principio, estaba maravillada, viendo cómo el director se las había
arreglado para filmar el vuelo de las aves desde todas las perspectivas.
Cigüeñas que viajan por toda Europa para volver a hacer su nido en las
viejas torres de los pueblos de España; otras que se desplazan desde el
norte de África hasta París o los valles del Loire. Patos que migran desde
América Central al Ártico. Garzas exóticas del más diverso plumaje volando
sin descanso hasta encontrar el río donde la comida abunda. Pinguinos de
nuestro sur nadando kilómetros hasta encontrar una playa donde apoyar
esos ridículos pies. Cisnes y gansos batiendo incansablemente las alas
sobre los cinco continentes. El vaivén de las estaciones los hace viajar
kilómetros y kilómetros buscando la supervivencia y el fotógrafo supo elegir
los paisajes más sugestivos para ofrecerlos como contraste a la bandada
multicolor. Los espectadores aplauden cuando un maravilloso loro azul abre
con su pico la jaula donde lo llevan prisionero junto a otros animales
exóticos, en una barcaza que se desliza por un río de la selva brasileña.
La belleza que entra por los ojos es innegable. Quizás el mensaje
contrapuesto me fue entrando primero por los oídos, con la música
repetitiva y lóbrega. Después, cuando uno está, gracias a una cámara que
filma desde un globo, en la misma perspectiva de los pájaros, y ve el
esfuerzo terrible que hacen al volar de un continente a otro, empieza a
pensar en lo gratuito de ese tránsito compulsivo. Para qué tanto
desplazarse, si la muerte llega tan temprano. ¿Cuántas veces el mismo
pájaro puede hacer ese viaje que la especie va a repetir mientras se den
las mismas condiciones? ¿Somos los seres humanos tan compulsivos como
las aves, pese a que conocemos el final? Eso no lo plantea la película, pero
la vida y la muerte están presentes en la pantalla, como lo están la
tremenda belleza y el sinsentido de la existencia.
El film, aparentemente sin argumento, duplica de alguna manera la historia
de la que quería escapar, la del tremendo esfuerzo coronado por el éxito y
la caída estrepitosa del emigrante que creyó encontrar lo que buscaba
desplazándose a otra tierra.
Hombres y pájaros huimos hacia adelante, hasta la meta o trampa que el
destino nos tiene preparadas.
Leda Schiavo
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La voz de VOX
De vez en cuando, en alguna librería del centro, uno suele encontrar un
material (literario, artístico) precioso; me refiero a la revista-objeto
Vox. Como todo material precioso, Vox atrae por la forma
(un sobre-caja de cartón duro, que contiene papeles sueltos de diversos
tamaños y texturas) y por su valor, su densidad semántica. Como toda
joya, además, escasea, no está al alcance de todos.
Vox, voz en latín, juega homofónicamente con box,
caja, en inglés. Y ahí está la clave de la publicación: una caja de la
que salen, no todos los males ocultos del mundo, sino algunos de los
bienes (¿podríamos decir "culturales"?) de la literatura y de la plástica
actuales. La primera tentación, cuando uno se enfrenta con Vox,
es la de tocar, abrir y manipular, "manosear" los papeles sueltos; el primer
encuentro es de piel, corporal: lo que se ve, lo que se toca. Luego viene lo
que se lee, esto es: crítica literaria, entrevistas, comentarios, libritos (por el
tamaño) de nuevos autores, antologías de poesía, reproducciones de
pinturas, alguna calcomanía, etcétera.
Encontré a Vox por casualidad. Es decir: no seguí ningún mapa
para hallar el tesoro. Simplemente, algún día estaba ahí, ya no recuerdo
dónde (puede ser alguna librería de Puán, cerca de Letras), poco importa.
Lo que importa es que Vox se presentó en ARTENPIE el
sábado 31 de mayo, en el marco del lanzamiento de las II Jornadas de
Literatura Argentina que se llevarán a cabo en septiembre-octubre, y que
este año llevarán el nombre de "Literatura Argentina: Tradición y Delito".
Vox, más que una revista es un proyecto cultural (un "espacio",
lo llaman sus directores), que desde 1996 viene desarrollando en Bahía
Blanca encuentros literarios, recitales de poesía, clínicas, talleres y
seminarios sobre arte contemporáneo. Además, Vox se presenta
en versión electrónica, que ya va por el número 13.
El encuentro en ARTENPIE comenzó con una entrevista a Gustavo
López, en la que el director del proyecto habló de los comienzos de la
publicación, de la creación del centro cultural donde realizan las actividades,
del presente y de las dificultades de moverse en un medio poco propicio
para la promoción de las nuevas corrientes estéticas.
Como invitados, leyeron poemas de sus últimos libros, el poeta local
Miguel A. Morelli y Diana Bellessi. La música estuvo a cargo de dos de sus
autores: Edgardo Ybáñez y Federico Blanco, integrantes del Ensamble
Artístico Contemporáneo.
Jorge Cabrera
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ACERCA DE LA NATURALEZA DEL ARTE,
SU LUGAR EN EL MUNDO Y NUESTRA RELACIÓN CON ÉL
Desde hace mucho tiempo se ha intentado definir, de maneras más o
menos claras, qué es el arte. Con esto no sólo se pretendió tener
mayor conciencia sobre lo que es, sino que muchos también pretendieron
con esto proclamar su muerte.
Voy a partir de la base de que Arte es un término primitivo, es decir que no
puede definirse sin autoreferenciarse, y en eso radica su eternidad y su
fuerza. Por este motivo cuando hablemos sobre qué es el arte, vamos a
referirnos a su esencia y no a lo que algunos, fríamente, pretenden que es.
Antes de hacer una alegoría sobre el espíritu del arte, vamos a ubicar su
lugar en el mundo. El sitio al que pertenece es el Límite. Pero no el Límite
como fin/principio sino como punto de transición. En este caso, entre
concepto/ materia o espíritu/ materia. Es decir, como dimensión metafísica
donde el concepto y la materia se fusionan invadiendo nuestra subjetividad
y objetivando nuestro cuerpo. Ese espacio indefinido en que el arte
transcurre como verdad absoluta. Ese es el lugar propio del arte. Es la
dimensión de las tautologías, el puente espiritual entre los hombres. El
lugar donde nos despojamos de las meras palabras y construimos nuestro
propio mundo, nuestro universo sensorial y conceptual, donde quedamos
envueltos en lo sublime y tomamos conciencia de nosotros como parte de la
obra que estamos vivenciando.
De esta manera, queda establecido el espacio al cual haremos referencia de
aquí en adelante.
Para definir la naturaleza del arte, podemos pensarlo como un juego
complejo, compuesto de otros juegos. Lo que implica, tomar conciencia de
que constantemente nos propone una serie de reglas, que debemos
acatar, para ir desarrollando una interacción entre la obra, el autor y el
espectador. El tipo de interacción dependerá de cada obra en particular, ya
que cada una es un juego en sí misma y tiene sentido en tanto alguien
decida jugarla. Es decir, que la vivencie como tal.
El artista es quien pone las reglas en cada caso y se somete a ellas,
pasando a ser él también parte integrante del juego que propone. Pero ni
el autor, ni el espectador deben ser jugadores, sino juguetes. Lo que
implica un grado póstumo de compromiso con lo que se está vivenciando. Es
como volver a ser niños, ya que estos son juguetes de sí mismos, le ponen
el cuerpo a la historia que crearon y son actores de su propia fantasía. Su
cuerpo tiene un valor estructural en la acción que realizan, ya que no
tendría sentido para ellos que sus juguetes se movieran solos. Porque
necesitan sentirse dentro de ese mundo en el mundo que ellos crearon. ¿Y
qué es el arte sino el desarrollo de un mundo en el mundo?.
Debemos plantarnos ante el arte como si fuésemos niños, para poder
vincularnos completamente con la obra y ser juguetes del juego que nos
propone. Pero no sólo por eso, sino también para poder despojarnos de los
prejuicios culturales (llámese tradición) y podamos disfrutar de cada obra
como si fuese la primera vez que nos relacionamos con el arte.
Federico Pablo Blanco
p
«
EL CENTROFORWARD MURIÓ AL AMANECER» del argentino Agustín
Cuzzani
"El centroforward murió al amanecer" es una obra del argentino Agustín
Cuzzani que fue llevada al cine por el director, también argentino, René
Múgica, y que Diego Bergier ha adaptado libremente, bajo el título "A orillas
del trullo".
En la Sala TIS (Teatro Independiente del Sur) situado en la calle Primavera
número 11, en Madrid, se ha representando recientemente con
interpretación de Carlos Herranz, Iván González, Ivonne Brenes, Concha de
Diego, Paloma Arimón, Lucía del Río y Elena Alonso, con dirección de Diego
Bergier.
El protagonista de una función es un futbolista y el origen del conflicto
teatral está en su venta en pública subasta por problemas económicos del
club que lo fichó. Es curioso que un personaje, prototipo de los que a diario
ocupan titulares de la prensa deportiva (y no deportiva) pueda, por la
aparente vía del humor, hacernos reflexionar sobre la libertad, el poder, la
riqueza y la conversión del ser humano en mercancía. Agustín Cuzzani fue el
creador de las llamadas "farsátiras", género híbrido en el que la crítica
social se entrelaza con lo absurdo de las acciones cotidianas a través del
humor.
La función, en realidad, comienza antes de entrar el público a la sala:
mientras esperaba, junto a otros espectadotes, nos vimos "asediados" por
un tipo mal encarado que entregaba una invitación para presenciar "la
ejecución de un peligroso delincuente", al tiempo que en el vestíbulo
campeaba airosa una horca. La duda surge: ¿es para reír o para llorar? ¿el
tipo que, entre borracho y agresivo, nos indica que pasemos a la sala, es
real o forma parte del espectáculo? El público se deja llevar, no sin cierta
reticencia, pero el efecto se consigue: inconscientemente uno se ha metido
en la función.
El resto son dos horas de función muy bien interpretada por el conjunto de
actores y actrices que hacen doblete para completar casi la treintena de
personajes que figuran en la obra. Sabido es que el teatro es un arte tan
colectivo que desde el protagonista hasta el más simple figurante o
comparsa son importantes para el buen resultado, pero es preciso
destacar, por su papel, la excelente interpretación de Carlos Herranz en
"Lupus"el loco y excéntrico millonario que compra al futbolista para incluirlo
en su, más que extraña, colección de seres humanos vivos. También Iván
González, en su papel "Cacho Garibaldi", el futbolista-objeto, tiene un final
realmente conmovedor cuando, camino de la horca, dice: "...no importa que
haya lobos que quieran comprar la sangre y se apoderen de la alegría y la
felicidad del hombre. Yo he luchado. He probado mis fuerzas y estoy seguro.
Eso... no muere".
Salvador Enríquez
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