a PORTADA

<Nº 54

Julio 2004 — Nº 55

N° 56>


LAS PALABRAS Y LOS HABLANTES
Graciela Reyes

LOS VERICUETOS DE LA BUROCRACIA
Roberto Enrique Rocca

HUMOR BRITÁNICO
Leda Schiavo

DE COMPACTACIONES Y SOPAS DE LETRAS
Fernando Anguita B.

MARLON
César José Herrera

LA COMPLEJIDAD Y LA COMPLICACIÓN EN EL ARTE
Federico Pablo Blanco

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LAS PALABRAS Y LOS HABLANTES

La gente que vende palabras lo sabe muy bien: cada palabra tiene muchos sentidos y puede despertar muchas asociaciones. Incluso palabras que no quieren decir nada, por ejemplo las marcas de los productos comerciales, sugieren mucho, aunque sea solamente por sus sonidos. "Viagra", por ejemplo, evoca vigor, vida, virilidad... Son meras connotaciones, pero de connotaciones también vivimos. Muchos nombres propios tienen connotaciones: "Patagonia", por ejemplo, provoca imágenes exóticas. Por otra parte, casi todos los vocablos tienen varias acepciones: piénsese en los significados de "gato", "banco", "muñeca", "abrir", "lindo", "grande", "brillante","sucio"... Otras palabras, como "libertad", "democracia", "moderno", presentan significados variables y discutibles.

Si digo de alguien "qué linda es", puedo querer decir 'bonita', 'encantadora, 'buena´ y hasta 'algo loca'. Es el contexto el que precisa el sentido de una palabra: el sentido no es previo y fijo, sino un abanico de posibilidades. Salvo en los trabajos científicos, rara vez las palabras quieren decir una sola cosa inequívoca. El lenguaje es un código, como el de las luces del semáforo, pero muchísimo más complicado, porque en el lenguaje cada significante tiene, en teoría, infinitos significados. Si las luces del semáforo fueran tan ambiguas como los signos del lenguaje, nos mataríamos todos en las esquinas.

La riqueza y ambigüedad del vocabulario se relacionan con un fenómeno que vimos en la nota anterior: tenemos más conceptos en la mente que palabras para expresarlos. Podemos distinguir millones de colores diferentes, y, sin embargo, en nuestra vida diaria usamos unas doce palabras para referirnos a los colores. Hay muchos amarillos, y, sin embargo, a todos los llamamos "amarillo", por aproximación. Rara vez somos totalmente precisos, y esto es así porque no hay una palabra para cada concepto y representación mental. Si hubiera una relación de correspondencia total entre los colores que vemos y el vocabulario que usamos para nombrarlos, necesitaríamos quizá millones de palabras solamente para los colores.

Si el lenguaje es poco específico, ¿cómo nos arreglamos para entendernos? Hacemos inferencias. Interpretar lenguaje requiere hacer inferencias: tanto para precisar los significados del léxico como para añadir todo lo que nos transmiten pero no nos dicen. Tomemos una frase cualquiera, como "van a servir la comida". Para interpretarla, hay que agregar mucha información que el hablante ha omitido: quiénes lo van a hacer, quizá de qué comida se trata, quizá si aquí o en un avión que está cruzando el Atlántico, cuándo la van a servir (ahora o dentro de un año o alguna vez), y además qué quieren decirnos con esa frase (que nos sentemos a la mesa, que debemos interrumpir el trabajo, que no podemos irnos, o, si estamos en un hospital de visita, que debemos irnos, etc. etc.). Es imposible decir todo, pero confiamos en que el otro entienda todo, al menos todo lo importante. Al usar el lenguaje, no solamente codificamos y descodificamos, sino que hacemos inferencias, tratando de adivinar las intenciones de quien nos habla, y activando nuestros conocimientos sobre el mundo y sobre el contexto. El significado más importante de un enunciado depende el reconocimiento de la intención con que fue dicho. Si queremos entender qué nos dice alguien, no debemos preguntar "¿qué significan tus palabras?" (¡las palabras significan tantas cosas!) sino, más bien, debemos preguntar "¿qué quieres decirme con esas palabras?". Allí está el significado, en el querer decir. Las palabras son solamente guías, guías excelentes, dúctiles, locuaces. Pero no son las palabras las que se comunican: somos nosotros. Para poder usar el lenguaje, no solamente debemos entender el idioma usado, sino que debemos entendernos unos a otros. Por eso los robots no saben conversar. Comunicarse es una aventura, un trabajo prodigioso, a veces una desdicha, otras veces un placer: el placer de la compenetración y el acuerdo entre seres humanos, por el lenguaje y más allá del lenguaje.

Graciela Reyes

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LOS VERICUETOS DE LA BUROCRACIA

Se alegró porque no había más de diez personas en la cola. La empleada era realmente muy fea, pero casi sonrió al preguntarle:
—¿Señor?
Con la boca abierta, realmente, parecía una tortuga. Se quedó mirándola hasta que la boca empezó a crecer y él se dio cuenta que tenía que contestar.
Tendió el papel, diciendo:
—Necesito saber qué es lo que me reclaman. Porque, desde que instalaron el gas, la casa está desocupada. La puse en alquiler y (en estos tiempos, usted sabe)... hasta ahora no apareció ningún candidato. En realidad no es mía sino de un tío de mi esposa, que está en un geriátrico...
—Bueno... pero ¿qué es lo que usted desea? —dijo la tortuga, con tono cortante. Ahora tenía los labios apretados y los ojos redondos brillaban amenazantes.
—Averigüar, aclarar la cuestión.
—¿Va a pagar o no va a pagar?
—No sé, depende de lo que me digan y de que alcance el dinero que tengo encima.
—Comprendo, señor, pero tengo que saberlo, para saber a qué sector enviarlo. Los que pagan van al uno y los que no pagan al cinco.
—¿Y los que no saben?
Los ojitos brillaron y la tortuga sonrió, súbitamente amable —¡Eso, justamente eso! ¡Enseguida, señor! Hágame usted el favor de sentarse allí. —y le indicó una silla solitaria, que estaba en un ángulo de la oficina.
Él se sentó, se relajó y cerró los ojos.
Los dedos de la empleada planearon sobre el teclado y descendieron sobre un botón rojo con las iniciales "N.S/N.C.". Parpadearon luces con un agrio chirrido, se abrió la puerta trampa y la silla cayó a los abismos.
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de «Cuentos mínimos»

Roberto Enrique Rocca

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DE COMPACTACIONES Y SOPAS DE LETRAS

Enrique Melón Fernández, director comercial de la empresa conservera "KUKASA", esperaba un ascenso gracias al incremento de beneficios que había producido su proyecto CCC, consuma conservas compactas. Lo fundamental de su idea se condensaba en los dos párrafos del protocolo dedicado a las sardinas:

  • Las dimensiones de los envases CCC no variarán.Un proceso de compresión 'ad hoc' permitirá introducir una pieza más en las latas de tres, y dos en las de seis.
  • La comercialización se hará bajo el eslogan "Pague lo mismo por sardina". Se garantizará que el incremento del 33% en el precio es idéntico al aumento de peso del producto final.

Sin embargo, las expectativas de ascenso de Enrique se quedaron en nada. Al par de los buenos datos económicos llegaron docenas de quejas. "El número de sardinas es mayor decían, pero han perdido brillo y consistencia. Ahora, fuera de la lata, las piezas se ven desmadejadas, quebrada la espina, más de una hecha puré."
Conocedor de tales descalificaciones, el director comercial jugó hábil sus cartas y negoció su marcha a cambio de unos informes excelentes y una remuneración off the record.
Un par de meses después, Enrique M. Fernández se estrenaba como director adjunto de "Transportes Unificados Terrestres". Durante lo que él llamó su descanso sabático pensó cambiar el orden de sus apellidos, pero el papeleo oficial le hizo desistir. Se conformó con reducir a su inicial el estigma nominal paterno. Así lo imprimió en sus tarjetas y en el toblerone de su mesa de despacho.
Otra secuela de los días de inactividad sabática fue el renacer de su afición por las palabras cruzadas y las sopas de letras que emborronaron sus onanismos adolescentes. En el nuevo empleo recuperó su hobby proponiendo la reducción del nombre de la empresa al de sus iniciales: "TUT". La iniciativa fue bien acogida, era acorde con el signo de los tiempos, y la TUT comenzó a sonar en los ambientes hermanos del transporte de personas. Tanto sonó que terminó absorbida por uno de los gigantes aeroespaciales. En el paquete de absorción, iba incluido Enrique a quien, por sus antecedentes de experto, le fue encomendado estudiar la minoración del costo/beneficio en el capítulo de "pasajeros". La importancia del encargo lo tuvo varias noches insomne. Era obvio que cualquier acción rentable habría de aplicarse al "paquete" más importante: a los turistas. Desparramó por su apartamento cuartillas repletas de letras sueltas, palabras cruzadas, citas en latín... hasta que saltó la chispa:
TUrisTas y sArDiNas eran palabras homologables, el TUT de la una era el ADN de la otra. La frustrada experiencia conservera recuperaba su vigor puerperal. El método CCC era aplicable a los humanos. Los signos estaban claros: el TUT de su intuición confrontaba con el ADN de la vida. Esta vez no fracasaría. Cierto que, al reducir espacios por plaza, los humanos más gruesos quedarían empotrados en sus asientos y podían terminar víctimas de un colapso... pero cabría entonces acusarlos de desoír las campañas internacionales sobre los riesgos del exceso de peso... aunque también convendría empezar con un porcentaje de compactación algo inferior al de las latas de sardinas... "El 25% valdrá, exclamó en voz alta, estoy seguro que donde caben cuatro turistas sobra sitio para cinco".

Fernando Anguita B.

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HUMOR BRITÁNICO

Los ingleses son incurablemente humoristas. En clave jocosa hay que leerlos y escucharlos. El noticiero de la BBC de ayer, por ejemplo, se preguntaba cómo un país como Argentina podía haber llegado a la final de tenis con un argentino jugando contra otro. Las explicaciones fueron increíbles, más o menos como las que publicó el diario francés Le Monde Diplomatique.

El 20 de junio aparecieron en La Nación unas declaraciones del embajador británico con un chiste detrás del otro. Un poco se preguntaba, aunque usaba otra retórica, cómo puede ser que los argentinos ganen al rugby. El otro chiste comenzaba con la afirmación de que al gobierno argentino no se le puede tener confianza, seguía con la elegía de que todo tiempo pasado fue mejor para el imperio, sobre todo en la Argentina, cuando se le podía tener confianza, es decir cuando se endeudaba en libras esterlinas y no en dólares. No lo dijo, pero se notaba que ese tiempo era el de los casimires ingleses y las camisas inglesas que con tanto placer usaban y todavia usan ciertos señores de la política.

Los anglosajones son así de humoristas. Un profesor de Harvard, por ejemplo, de apellido Huntington, en su libro Choque de civilizaciones y en artículos polémicos, resucita la vieja idea de las diferencias entre la raza latina y la raza anglosajona y sostiene que los que han arruinado a Estados Unidos son los inmigrantes mexicanos.

El embajador, por hacernos reír, se olvida de que es diplomático, y un profesor de una universidad prestigiosa se olvida de la historia. Cosas así todos los días. ¿Acaso usted no ha visto cómo se ríe Blair cuando lo contradicen en el Parlamento? A mí siempre me ha parecido que el único serio es el príncipe Carlos.

Leda Schiavo

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MARLON

Hoy, aquí, en el lecho y en mi cabecera, junto a una flor que rebeldemente duerme el silencio y perfora mi olfato, aquí, como Bertolucci, yo también he llorado. Ella no lo sabe, sobre todo porque la he besado callado (y porque ella nació tarde, junto al Último Tango), pero mis lágrimas son de recuerdos y son de adolescente.
Marlon Brando éramos nosotros, todas nuestras rabias y todas nuestras lágrimas incluidas. Fuimos él cuando en aquella década rebelde desesperadamente sosteníamos la esperanza con la mano izquierda y a su paso, cargábamos el cerebro dentro del corazón.
Yo era Brando cuando desorientado y curioso, a los 12, leía el Nuevo Testamento, Sartre y Rulfo. Lo fui cuando a los 14 el Tango y el desamor con sabor a mantequilla me sacudieron los ojos y la razón.
Fui Brando deseando a los 15 años tener ese pecho de camiseta blanca sudada—Kazan, o parecerme a ese atractivo muchacho malo de motocicleta—Savage que todos llevamos dentro pero que a pocos nos regaló la naturaleza o la testosterona.
No recuerdo actores que me sacudieran los ojos como lo hizo él. Hubo muchos, pero él, fue él. No recuerdo películas que te incrustaran la inconformidad de la realidad como las de él, aunque hubieran muchos Passolini, Woody Allen, Federico; las de Brando te dejaban con el eco de su voz regresando cuantas veces fuesen necesarias (como la voz del Coronel apocalíptico que siempre yo escucho al pasar por el tramo La Romana—Chavon y veo el río y la ribera donde se reinventó aquel endemoniado Vietnam en mi propio país; como la tierna voz de Don Corleone que infructuosamente busca su nieto entre las flores del jardín donde cae muerto, ¿ recuerdan?; ¿ acaso olvidaron la sórdida voz de aquel cincuentón divorciado que le lloraba a la Schnider con el corazón roto nada más y nada menos que en Paris?).
No sé ustedes, pero yo sí he llorado por él, muerto que vivió en un hospital, en bancarrota y rebelde, arropado por tragedias que ya no eran de las películas. Es por ello tal vez que este domingo tiene este gris negruzco absolutamente divorciado de la primavera. Es tal vez por ello que hoy no he visto ni un pájaro asomarse a mi ventana, quizás obedeciendo el cartelito que de vez en cuando, como Sabina, se lee en la portada de mi corazón: "cerrado por derribo".

César José Herrera

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LA COMPLEJIDAD Y LA COMPLICACIÓN EN EL ARTE

Primeramente, vamos a definir a qué llamamos complejo y a qué complicado. Complejo, es entender los fundamentos de una teoría científica, de un relato, etcétera. Complicado, es desenmarañar cinco madejas de hilo revueltas en un costurero.

Pero definamos, en el campo artístico, en qué momentos nos encontramos ante estas situaciones. Podemos decir que ejecutar correctamente una sonata de Beethoven es complejo; por otro lado podemos hablar de complicación, si para tocar el "Feliz Cumpleaños" el pianista debe ser colgado con una soga desde el techo. Si bien el ejemplo elegido es grotesco, sirve para dejar en claro algunos conceptos empleados hoy en día para "complejizar" el arte. Por supuesto, que existen formas más sutiles de hacerlo, siguiendo con los ejemplos musicales, hay compositores que escriben obras tan difíciles, que muchas veces, ni siquiera el autor reconoce fragmentos de su trabajo, o en el peor de los casos, ni siquiera es capaz de solfearlo.

Pero no es mi intención desarrollar las diferencias que existen entre estos dos conceptos, sino desentrañar a qué responde esta actitud, de complicar el arte, escudándose tras la idea de complejidad. A mi entender, esta tendencia se debe, al menos, a dos motivos diferentes. Uno es la falta de talento artístico, que obliga a buscar en las acrobacias, un suplemento para ocultar las carencias formales y estilísticas, a la vez que permite defender trabajos indefendibles, bajo el artilugio de la pseudo complejidad. El segundo caso, tiene un trasfondo elitista. Escribir difícil para que sea sólo un grupo reducido el que lo entienda (o en el caso de la música, sea capaz de ejecutarlo). Cuando sucede esto, estamos frente al caso más criticable de complicación del arte, ya que aquí el interés no pasa por ocultar carencias, sino por dejar al público en general, fuera de un círculo que se torna cada vez más cerrado, y al que pertenecen sólo el autor y un grupo reducido de personas (en la mayoría de los casos pertenecientes a la rama del arte en cuestión, lo que podríamos denominar como arte para artistas o mejor, para especialistas).

Para finalizar, quiero dejar en claro, que el verdadero arte es complejo, porque es fruto de la profundización del pensamiento en el campo estético, emergiendo éste en la forma de Obra de Arte y no por ocultar carencias o discriminar a nadie.

Federico Pablo Blanco

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