a PORTADA

<Nº 74

Julio 2006 — Nº 75

N° 76>


DESPIDEN A LOS DIRECTORES DE CIUDAD ABIERTA
Alejandro Montalbán, Gabriel Reches, Damián Tabarovsky

EL CEREBRO DE EINSTEIN
Miguel Angel Morelli

MIS ALUMNOS
Graciela Reyes

DE HACE VEINTE AÑOS Y MÁS ATRÁS
Fernando Anguita B.

EMOCIONES Y CONFLICTOS ALREDEDOR DE UNA ESFERA
Néstor Tellechea

CINE - recomendados
Cintia Alviti

DESDE LA BUTACA: Alta en el cielo
Josefina Sartora

OTROS
Benedetti / Domecq / Martí / Soriano

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DESPIDEN A LOS DIRECTORES DE CIUDAD ABIERTA

Estimados Amigos:
El generoso y oportuno apoyo brindado a la experiencia de televisión pública que tuvimos la suerte de integrar, impidió en el mes de marzo de 2006 la liquidación del proyecto que llevaba adelante Ciudad Abierta.
Durante estos dos años condujimos el canal con espíritu independiente, no gubernamental, lo que permitió producir una televisión pública abierta a nuevas miradas, otras estéticas, y a discursos sobre la Ciudad de poca o nula circulación en los grandes medios. Tuvimos la vocación de representar un amplio arco cultural, artístico y sociopolítico, conscientes de que una ciudad compleja como Buenos Aires, solo puede ser representada de modo complejo.
Con cierta ingenuidad, llegamos a imaginar que el actual gobierno de la Ciudad, podría valorar semejante respaldo a la experiencia Ciudad Abierta, como una forma de abrir, al fin, una discusión social sobre las políticas de comunicación pública en Buenos Aires. Ocurrió todo lo contrario. Pasaron cuatro meses en los que no fuimos atendidos siquiera una vez por alguna autoridad del área de comunicación, en los que ni siquiera recibimos la más mínima opinión sobre el perfil de la programación o sobre la política de comunicación del nuevo gobierno, si éste la tuviera.
Durante esos meses fuimos objeto del maltrato oficial, de toda clase de recortes de recursos, de banales conspiraciones cotidianas, de falta de financiamiento, hasta el punto de tener que detener la producción de los programas. El gobierno pareció visiblemente más interesado en hacer fracasar esta experiencia apoyada por todos ustedes, que en mejorarla. Sobre el canal parece haberse abatido una ley de la vieja política: en cuanto una gestión funciona bien, se le hace la vida imposible. Finalmente, la semana pasada nos solicitaron la renuncia sin apelar a otro argumento que "la voluntad del Jefe de Gobierno". No podemos, entonces, conocer las razones que sustentan actitudes y decisiones tomadas. Quizás los responsables puedan explicarlas oportunamente. En Argentina no existe una tradición sostenida de televisión pública de calidad, inteligente e independiente. Ciudad Abierta quiso hacer su aporte en esa dirección.¿Resulta esto una imperdonable osadía?
Desde marzo (fecha en que comenzó la hostilidad del gobierno), y gracias a la continuidad que obtuvimos debido al apoyo de ustedes, hemos podido llevar a cabo una serie de proyectos, que profundizaron lo realizado durante el 2005.

  • La puesta en pantalla de nuestro sistema de columnistas: David Viñas, Liliana Herrero, Tomás Abraham, Eugenio Zaffaroni, Cristian Alarcón, Julián Gorodischer, Pablo Marchetti, Rafael Cippolini.
  • La producción de cuatro telefilms de ficción, dirigidos por Julia Solomonoff, Gustavo Postiglione, Lucía Cedrón y Rocío Fernández, a los que hubieran continuado Octavio Gettino, Sergio Bellotti, Ricardo Bartis y Fito Páez.
  • El documental ya finalizado y listo para su estreno de Martín Rejtman, sobre la comunidad boliviana en el Bajo Flores. Lo mismo en cuanto a los trabajos en curso de Lucrecia Martel, Lisandro Alonso, Luis Ortega, Sergio Bizzio.
  • El ciclo especial sobre los 30 años del golpe, que incluyó documentales y entrevistas, con un nivel de repercusión extraño para un pequeño canal de cable.
  • la emisión de la señal latinoamericana Telesur, que se incluye en el espacio que el canal brinda a las televisoras públicas latinoamericanas.

Al interrumpirse la gestión de manera intempestiva, nos vamos sin poder estrenar nuevos programas y experiencias. Fabio Alberti y su programa sobre cultura popular, el Dr. Elías Neumann y su mirada progresista sobre el delito, Albertina Carri y sus deseos de producir televisión con chicos de barrios populares, Alejandro Kaufman y su particular visión sobre la seguridad. Lamentablemente no pudimos garantizar la realización de estos proyectos.

Todo lo hecho fue conseguido con el apoyo de ustedes y de muchos otros como ustedes. Es decir: con el apoyo de artistas, escritores, militantes, trabajadores sociales, intelectuales, videastas, realizadores, urbanistas, músicos, profesores universitarios, periodistas, diseñadores gráficos, actores. Y sobre todo, con el apoyo de los vecinos de la ciudad.
Lo hemos conseguido con un equipo de trabajo joven, dinámico, creativo.
Con una audiencia cada día más numerosa, que superaba con creces a la de otros canales de perfil cultural.

Una ciudad como Buenos Aires pierde mucho cuando un gobierno decide arbitrariamente abortar de un modo tan violento una experiencia original. Lo ocurrido deja una enseñanza: la necesidad de una urgente discusión social sobre qué significa una política pública en temas culturales y de comunicación.

Esperemos que más allá de nuestro obligado alejamiento, el gobierno entienda que Ciudad Abierta es un canal de todos. Que tiene un lugar ganado entre los espectadores a base de trabajo, honestidad, creatividad, pluralismo, y una mirada que intentó ser crítica y aguda, sobre nuestro tiempo.

Para nosotros, más allá del final, Ciudad Abierta fue una experiencia estimulante y exitosa. Muchas gracias por el apoyo recibido a lo largo de estos años.
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Alejandro Montalbán, Gabriel Reches, Damián Tabarovsky

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EL CEREBRO DE EINSTEIN

El trabajo apareció publicado en la Brain Research Reviews y su autor es un argentino, Jorge Colombo, director de la Unidad de Neurología Aplicada del CEMIC e investigador del CONICET. Para el lego muy lego que es uno, el artículo no tendría el menor interés si no estuviese referido al extraordinario Albert Einstein y su no menos extraordinario cerebro (suponiendo, claro está, que una cosa sea el hombre y otra su materia gris). Pero mejor hagamos un poco de historia.

Cuando el bueno de don Albert advirtió que este asunto de la muerte física no era tan relativo, allá por 1955, sus colegas científicos no se resignaron a creer que ese hombrecito que había sido capaz de pensarlo todo tuviese una cabeza exactamente igual a la del resto de los mortales. Entonces resolvieron estudiarla de derecha a izquierda y de sur a norte. Thomas Harvey fue el encargado de realizarle la autopsia y quien primero observó que por cada neurona tenía mayor cantidad de glía, un tipo de célula cerebral. "¡Santa paradoja de Poincaré, ya me parecía!" —clamó Harvey alborozado, y empezó a conjeturar: que el cerebro del padre de la teoría de la relatividad era más pesado, que era más liviano, que el grosor de su corteza resultaba muy delgado, que las circunvalaciones no sé qué cosa... Claro que algunos dudaron: ¿Será tan obvia la cosa? —se preguntaban. Por las dudas, Jorge Colombo le pidió a Harvey un pedacito de la materia gris einsteniana... Desde entonces nuestro científico se dedicó pacientemente a su análisis, y sin ningún tipo de preconceptos por lo visto. "Si hay que reconocer que la genialidad de don Albert no tiene que ver con la anatomía de sus sesera, pues aceptémoslo de una vez por todas" —habrá pensando Colombo. Y eso es lo que acaba de hacer en su artículo, aceptarlo.

Ahora que ya sabemos que el cerebro de Einstein fue idéntico al de cualquiera de los pobres diablos que pasamos por este valle de lágrimas (a mi propio cerebro o al suyo, sin ir más lejos, y disculpe usted el cumplido), la cosa se nos complica. Porque ya no podemos seguir argumentando que la culpa la tienen mamá y papá y su maldita herencia, o a lo sumo aquel otro antepasado deficitario que nos signó para siempre. Ya no nos separa ninguna diferencia anatómica con el genio de Ulm (ni con Mozart, Shakespeare, Newton, Darwin o Beckett, por citar algunos ejemplos). Claro que tampoco —y acaso esto sea lo patético, vea— con los cerebros de Hitler, el "Loco del martillo", Stalin o el nunca bien ponderado general Videla. Por las dudas, y antes de pensar en el suicidio, demos vuelta la página.

Parafraseando aquel antiguo refrán venido del ultramar castellano, hasta ayer nomás podíamos argumentar que después de todo "lo que natura no da, la Unqui no empresta". Pero ya ve, la ciencia ha venido a poner las cosas en su lugar: no dependemos de cuánto usemos el cerebro, sino de qué tan bien lo hagamos. "Yo no soy más inteligente que ustedes —nos diría Einstein—, soy más curioso..." Y Beethoven: "Yo tampoco soy más inteligente, sucede que me gusta oír otras voces..." Y Picasso: "A mí imaginar otros colores..." Y Borges: "Y a mí otros mundos..."

¡¡En fin, ahora que sabemos que adentro de la cabeza tenemos una cosa llamada cerebro, pongámonos a pensar por lo menos en qué diablos podemos utilizarlo como Dios manda!!

Miguel Angel Morelli

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MIS ALUMNOS

La gran obsesión de mi vida ha sido siempre el lenguaje: su estructura y, sobre todo, el modo en que sus usuarios lo hacen funcionar. Durante años, esta obsesión fue secreta. De chica, inventaba teorías estrafalarias que escribía con tiza en una mesa vieja que estaba en el altillo, porque a mis maestras mis preguntas les parecían impertinentes (lo eran) y luego, en la secundaria, a mis profesores solamente les importaba machacarnos las reglas de corrección. En la facultad, cuando por fin me enseñaron las disciplinas básicas de la lingüística, me ratifiqué en mi idea de que, más acá de los algoritmos de la gramática mental que estudiábamos, hay hablantes, hablantes que intentan expresarse y entender a los demás mediante el lenguaje. Yo quería estudiar eso, cómo usamos el lenguaje para comunicarnos. Nadie me hacía mucho caso. Hasta mis mejores amigos ponían los ojos en blanco cuando los interrumpía para preguntarles cosas como "¿por qué dijiste 'por poco NO me mato', por qué usaste NO?" "¿Está mal dicho?" preguntaban, y yo decía que no, que no, que yo sólo quería analizar ese uso peculiar. Cuando intentaban recordar las reglas del colegio, yo les explicaba mis teorías, y ellos huían.

Tuve grandes maestros en Buenos Aires y después en Madrid, y a ellos les debo lo esencial, pero el uso del lenguaje lo estudié yo sola y a escondidas, leyendo sobre todo a los filósofos, porque la lingüística de entonces no explicaba lo que los hablantes quieren decir cuando usan el lenguaje, solamente estudiaba lo que dice el lenguaje. Durante mis años de mayor pobreza, cuando escribía la tesis sobre otros temas y me ganaba el pan haciendo traducciones, tuve una vida doble, feliz pero incompleta, porque una verdadera obsesión se satisface cuando se puede hablar de ella con alguien, si es posible todo el día, y más aún cuando se puede contagiar a otros, cuando, oh maravilla, el otro tiene la misma obsesión y la misma mirada enloquecida y las mismas manos temblorosas que apuntan el mismo ejemplo en un papel y le dan cien vueltas para saber por qué eso significa eso en tal contexto.

Cuando gané mi primer puesto en Chicago, enseñé gramática a mi modo, dedicando medio curso, por ejemplo, a analizar la gramática en conversaciones auténticas que yo había grabado. De mi grabador salían las voces de hablantes reales, y estudiábamos los significados de esos hablantes, no ejemplos sueltos. Después, un día fausto, pude enseñar el significado lingüístico, así a secas, llamándolo significado, llamándolo semántica y pragmática, y, para mayor felicidad, los alumnos que hacían el doctorado conmigo se entusiasmaron por las mismas cosas que yo, que todavía eran grandes novedades. Desde entonces, durante más de dos décadas, he disfrutado de la complicidad de jóvenes que estudian lo mismo que yo, conmigo.

Ahora mi materia, la pragmática, ya no es nueva ni desconocida. Hay revistas, congresos, y más artículos y libros de los que puedo leer, y tengo muchos colegas y amigos que trabajan con los hablantes reales. No estoy sola, podría no necesitar ya a los alumnos. Pero los necesito. Por ellos, tanto los entusiastas como los más indiferentes, aprendí a poner todo en limpio, a explicar, a clarificar. Por ellos intenté ser una profesora y no una incoherente narcisista. Cualquiera haya sido mi éxito en ese esfuerzo, a ellos les debo el refinamiento de mis obsesiones y el placer de compartirlas diariamente. Hubo una época en que todos anotábamos lo que oíamos por allí, y nos reuníamos los viernes para hablar de lo que habíamos anotado. Teníamos un taller, que se llamaba socarronamente el Círculo Pragmático, donde hablábamos por horas, tomando una copa de vino o dos, y riéndonos mucho. Podíamos definir qué era la ironía y qué diferencia una implicación lógica de una voluntaria, entre otras cosas fascinantes. Yo les aconsejaba que no hablaran de esos temas con sus novios y novias. Aquella obsesión mía, por la que me quemé las pestañas en tantas bibliotecas, se la regalé a mis alumnos, y ellos me la regalaron otra vez a mí, embellecida. Sin ellos, mis obsesiones serían meramente obsesiones.

Graciela Reyes

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DE HACE VEINTE AÑOS Y MÁS ATRÁS

Sucedió en 1986. En abril, unos dicen el 15 y otros el 18, fallecía Jean Genet en París, donde había nacido. Dos meses después, el 14 de junio, era Jorge Luis Borges quien se despedía de este mundo en Ginebra, la ciudad donde había cursado el bachillerato mientras la vieja Europa guerreaba. El oficio común y la contigüidad de su muerte yuxtapone (no une) a estos dos hombres, al tiempo que su dispar peripecia vital los separa. La efemérides parece hecha a propósito para susurrar los méritos literarios del primero, cuya difusión y reconocimiento no se aproximan a los del genio de la lengua española.
En la WEB, grosso modo, aparecen en la relación de 1 a 4; relación que particularizada a la lengua francesa se invierte casi a la de 2 a 1.

En España la Revista de Occidente nace en 1923, el mismo año en que Borges edita su primer libro. De ese debut literario, la revista da noticia al año siguiente en su décimo número, donde "Ramón" (Gómez de la Serna) hace una elogiosa reseña de "Fervor de Buenos Aires". El alumbramiento compartido preludia el estatus de hombre "de la casa" que acompañará a Borges para siempre, aunque su firma sólo aparezca en el artículo "Menoscabo y grandeza de Quevedo", del número que cerró 1924, y en dos de los trece poemas odiseicos que García Gual reunió en julio de 1994.
Ese tácito pertenecer a la casa se expresa pujante en la atención de los demás, de la pléyade de colaboradores que construyen la prestigiosa revista. El número del pasado junio (el 301), caliente todavía, lleva por título de cabecera «Borges: veinte años no es nada». En 60 páginas cuatro autores escriben sobre las novias, la filosofía, Kafka y el Quijote borgeanos. Ninguna glosa de esos artículos puede hacerle mejor justicia que recomendar su lectura. Naturalmente, lo novedoso de lo que cuentan lo será menos (si es algo) a ese lado del charco que a éste. Aún así...
genet
Pero vuelvo al leitmotiv de esta "nota", el que apuntaba en un susurro al comenzar. Lo propondré en forma de pregunta: ¿Fue Genet la cruz de la moneda, el contrapunto de la cara en la que Borges brilla y deslumbra? La verdad es que importa poco si lo fue, ni siquiera si se "le" puede pensar así. Para estremecernos, incluso antes de leer "Pompas fúnebres", o su escalofriante relato "Cuatro horas en Chatila", basta seguir su periplo carcelario hasta anonadarse frente al porqué del "Gran Premio de las Artes y de las Letras" que mandó a recoger a un anónimo muchacho negro, decisión de su "extravagario" que lo conecta con Thomas Bernhard, otra lacra para pensadores y lectores políticamente correctos. Por eso, para no perder el sosiego, es cierto que más conviene retroceder al centenario del nacimiento de Borges y leer el número monográfico de junio de 1999 que la RdeO le dedicó.

Es una recomendación pareja a lo que Leda contaba por entonces en este recién nacido del SUR: Me ha ocurrido muchas veces estar en un país extranjero y sentirme sola. Busco entonces un libro de Borges y al leerlo, me siento en casa.*
Una sensación parecida leyendo a Genet es impensable; quizás podrían experimentarla los desheredados del mundo, los habitantes de los campos de refugiados, la carne contemporánea de la famélica legión. Pero sus pautas de supervivencia, que yo sepa, no incluyen pausas de reposo para la lectura.
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* en «Borges y yo»

Fernando Anguita B.

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EMOCIONES Y CONFLICTOS ALREDEDOR DE UNA ESFERA

Todavía no aprendiste a caminar por tus propios medios entonces, alguien te toma de las manos, abre tus brazos hasta que se parezcan a dos alas semi-desplegadas, y te ayuda a que intentes pegarle con el pie a una cosa redonda que, por lo general, te llega a la altura de las rodillas... A partir de esta simple anécdota, se hace imposible no tratar de cumplir con un íntimo objetivo...Que esa redondez, comience a visitar suavemente el vacío, y se meta en el rincón de las arañas...

Es decir, en los ángulos de una caja rectangular, con uno de los lados laterales de mayor longitud, abierto y conformado por tres palos -ahora caños - y cuyo perímetro inferior, es la propia tierra...
Se vaya caminando con casi cualquier preocupación o reflexión más y menos importante, no importa; igual resulta impostergable la disimuladísima intención de patear con decoro cualquier cosita circular que aparezca en nuestro camino...
¿Pero cómo puede ser? ¿Cómo es posible que te atraiga indefinidamente este juego? ¿Veintidós personas repartidas en dos grupos de once, que se enfrentan para disputarse una redondez; cuyo objetivo principal es que la redondez entre más veces en el arco que defienden los once a los que te enfrentás?
No lo sé... ¿Se conoce la irrefutable razón por la cual una persona se transforma en un melómano aguerrido? ¿Por qué a un niño, sin ninguna explicación que esté más o menos al alcance de la mano, lo atrae el movimiento de los astros?
Sé bueno ¿Y el negocio que crece constantemente alrededor de este juego? ¿Y la explotación de los que protagonizan este ahora definitivamente espectáculo? ¿Y el uso de este acontecimiento para fines políticos? ¡Y el día, que por lo menos yo, no pude gritar el gol más bello de la historia porque la belleza suscitada por una genial improvisación maravillosa, superó toda reacción emocional inmediata? ¿Y el mínimo de azar que hay en este juego como creo: no existe en ningún otro? ¿Cómo se olvida un futuro escritor la primera vez que lo impactó la lectura en voz alta de un poema o fragmento sublime de una prosa de todos los tiempos? ¿Cómo explicarle al que, con muchas y pocas razones (todas más que atendibles) detesta el fútbol, que cuando este juego gusta, es para siempre; como cualquier otra punzante vocación? ¿Cómo explicar que dos personas que ensayan (profesionalmente o no) este juego, pueden entenderse "de oído"? ¿Y cómo que en once personas que integran un equipo, se pueden apreciar los arquetipos humanos más raigales? Consultar un texto de Albert Camus al respecto...

Todo lo que provoca o suscita este juego, está discutido y/o utilizado con mayor y menor profundidad, pero...Por ahora... La pelota, pese a todo, y mientras al rodar sobre la gramilla fresca, emite - en forma disminuida- casi el mismo ruido que el comienzo de una película de cine, continúa eludiendo al Monstruo Negociador...

Néstor Tellechea

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CINE - recomendados

Este film es la remake de la película ganadora de 8 Oscars en el año1972, "La Aventura del Poseidón", segunda película después de Aeropuerto, que tiene como tema absoluto la catástrofe.
Un transatlántico de lujo, con miles de personas a bordo, es golpeado por una monstruosa ola, quedando boca abajo, a pocos minutos de comenzar el film. Un grupo de personas decide no quedarse esperando en forma pasiva el rescate, sino que se propone escapar del barco a cualquier precio. Petersen toma prestada la idea del desastre, pero se aparta del guión original para crear uno nuevo, con personajes contemporáneos, pero sin perder el suspenso, la ansiedad y esa sensación de que el espectador también está atrapado dentro del Poseidón.
Firme candidata para los Oscars, por lo menos en cuanto a efectos especiales, es excelente por donde se la mire. Los aficionados a este tipo de cine no saldrán defraudados, pero cuidado con los se involucran demasiado con la trama, ya que pueden padecerla más que disfrutarla.
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Poseidón
(Poseidon, Usa/2006).
Dirección: Wolfgang Petersen. Elenco: Kurt Russell, Richard Dreyfuss. —Duración: 91 minutos.

Cintia Alviti

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DESDE LA BUTACA: Alta en el cielo

La comunidad cinematográfica ha despertado ante una señal de alerta. Una senadora por Chubut, Silvia Giusti, ha presentado un proyecto de ley por lo menos sorprendente: toda película, para aspirar a la condición de "nacional", debería incluir en su metraje la exhibición de la bandera argentina, durante 8 segundos. Esto sería una condición para acceder a un crédito del INCAA (Instituto de Cinematografía).
Este disparate nos mueve a la reflexión sobre qué se entiende por patria, nación o nacionalismo. La senadora se ve más preocupada por los símbolos que por los hechos. Amante de la simbología como lo soy, sé que todo símbolo puede ser equívoco cuando está vacío de contenido. Nunca se oyó la voz de esa senadora cuando hace muy pocos años un gobierno de su propio partido político vendió a empresas extranjeras nuestras comunicaciones, nuestros recursos naturales, nuestro gas, nuestras aguas, nuestro petróleo, nuestro suelo y nuestro subsuelo, todos argentinos. Tampoco la vemos proponer ninguna acción en defensa de una ley ya dictada, la de cuota de pantalla, que garantiza una exhibición mínima de películas argentinas, defendiéndolas así de la fuerte competencia que ejercen las mega producciones que llegan de Estados Unidos. Las exhibidoras no cumplen esta ley, castigando así a las películas nacionales. El custodio bajó de cartel antes de lo previsto y Arizona Sur y El color de los sentidos debieron levantar su estreno, para que El bodrio código Da Vinci pudiera estrenarse en 208 salas.

Paradójicamente, uno de los argumentos de la senadora sugiere que nuestro cine debe parecerse al yanqui, en cuyas películas vemos frecuentemente la bandera de las barras y estrellas. La senadora no tiene en cuenta que en las ciudades o pueblos de los Estados Unidos siempre está presente la bandera en edificios y jardines, por lo cual no es fácil que las cámaras la ignoren, mientras que en nuestras calles excepto en la época del campeonato mundial de fútbol, la más patria de todas las fiestas- la bandera brilla por su ausencia, incluso de los edificios públicos.

Ante el rechazo de los directores de cine, de los críticos a través de la FIPRESCI, y del escándalo en los medios, el INCAA demostró tener buenos reflejos: decidió cambiar su logo incluyendo los colores patrios, con lo cual la bandera ya aparecerá al principio y al final de toda película patrocinada por el Instituto. No obstante ello, el proyecto sigue en pie y está pendiente del debate en el Senado.
Es éste un proyecto peligroso, por decirlo suavemente. Propio de los totalitarismos más aberrantes. Imagino los malabarismos que deberían pergeñar los guionistas, tratando de ubicar la imagen de la bandera en sus películas durante ocho segundos. Se empieza por la bandera, un símbolo que toca la sensibilidad de todos, y ante el cual nadie podría oponerse, ¿por dónde se sigue? No nos extrañemos cuando para acceder a un crédito del Fondo de las Artes toda novela deba mencionar por lo menos tres próceres del Panteón Nacional, o para grabar un tango éste deba utilizar por lo menos siete palabras del Himno...

Josefina Sartora

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TEXTOS de OTROS


ESA BOCA

Mario Benedetti

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.
Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: "¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?" A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: "No quiero que veas a los trapecistas." En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. "¿Y si me fuera cuando empieza ese número?" "Bueno", contestó el padre, "así, sí".
La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron ahora sí los payasos.
Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen.
Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.
Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenido la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. "¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?"

Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.

de Montevideanos 1959

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ESSE EST PERCIPI :: (Emecé, 1963)

Bustos Domecq

Viejo turista de la zona Núñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En él hallé el motor que me puso sobre la pista. Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia Panorámica del Periodismo Nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba su secretaria. Las documentaciones de práctica lo habían llevado casualmente a husmear el busilis. Poco antes de adormecerse del todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors, a cuya sede, sita en el edificio Amianto, de avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil. Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el combinado canario, se despachó a sus anchas y me confió, mate va, mate viene, pormenores del bulto que aludían a la cuestión sobre el tapete. Aunque yo me repitiese que Savastano había sido otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca, la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tirantez, congratulélo sobre la tramitación del último goal que, a despecho de la intervención oportuna de Zarlenga y Parodi, convirtiera el centro half Renovales, tras aquel pase histórico de Mutante. Sensible a mi adhesión al once del Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente, como aquel que sueña en voz alta:

—Y pensar que yo fui el que les inventé esos nombres.
—¿Alias?—pregunté gemebundo—. ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que aclama la afición?
La respuesta me aflojó todos los miembros.

—¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en ídolos? ¿Dónde ha vivido don Domecq?
En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.

—¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? —exclamé—. ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De veras que se llama Ferrabás?
—Que espere —ordenó el señor Savastano.
—¿Qué espere? ¿No sería más prudente que yo me sacrifique y me retire? —aduje con sincera abnegación
—Ni se le ocurra —contestó Savastano—. Arturo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da...
Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:

—Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente lo sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido? Ya puede retirarse.
Junté fuerzas para aventurar la pregunta:

—¿Debo deducir que el score se digita?
Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.

—No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.
—Señor ¿quién inventó la cosa? —atiné a preguntar.
—Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quienes se le ocurrieron primero las inauguraciones de las escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.
—¿Y la conquista del espacio? —gemí.
—Es un programa foráneo, una coproducción yanqui—soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientificista.
—Presidente, usted me mete miedo —mascullé, sin respetar la vía jerárquica—. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?
—Muy poco —contestó con su flema inglesa—. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.
—Y si se rompe la ilusión? —dije con un hilo de voz.
—Qué se va a romper —me tranquilizó.
—Por si acaso seré una tumba —le prometí—. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.
—Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.
Sonó el teléfono. El presidente portó el tubo al oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta de salida.

***

DECORO

José Martí

 

Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso; la llama del Perú se echa en la tierra y se muere cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga que la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y la llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir.

***

Osvaldo Soriano

GALLARDO PÉREZ, REFERÍ

Cuando yo jugaba al fútbol, hace más de veinte años, en la Patagonia, el referí era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso. Claro que lo más frecuente era lo de la damajuana, porque ni el referí, ni los jugadores visitantes tenían vocación de suicidas.
Había, en aquel tiempo, un club invencible en su cancha: Barda del Medio. El pueblo no tenía más de trescientos o cuatrocientos habitantes. Estaba enclavado en las dunas, con una calle central de cien metros y, más allá, los ranchos de adobe, como en el far-west. A orillas del río Limay estaba la cancha, rodeada por un alambre tejido y una tribuna de madera para cincuenta personas. Eran las "preferenciales", las de los comerciantes, los funcionarios y los curas. Los otros veían el partido subidos a los techos de los Ford A o a las cajas de los camiones de la empresa que estaba construyendo la represa.
Todos nosotros estábamos bajo el influjo del maravilloso estilo del Brasil campeón del mundo, pero nadie lo había visto jugar nunca: la televisión todavía no había llegado a esas provincias y todo lo conocíamos por la radio, por esas voces lejanas y vibrantes que narraban los partidos. Y también por los diarios, que llegaban con cuatro días de atraso, pero traían la foto de Pelé, el dibujo de cómo se hacía un cuatro-dos-cuatro y la noticia de la catástrofe argentina en Suecia.
Yo jugaba en Confluencia, un club de Cipolletti, pueblo fundado a principios de siglo por un ingeniero italiano que tenía un monumento en la avenida principal. Todavía las calles no habían sido pavimentadas y para ir al fútbol los domingos de lluvia había que conseguir camiones con ruedas pantaneras.
Confluencia nunca había llegado más arriba del sexto puesto, pero a veces le ganábamos al campeón. Muy de vez en cuando, pero le dábamos un susto.

Ese día teníamos que jugar en la cancha de Barda del Medio y nunca nadie había ganado allí. Los equipos "grandes" descontaban de sus expectativas los dos puntos del partido que les tocaba jugar en ese lugar infernal. Los muchachos de Barda del Medio, parientes de indios y chilenos clandestinos, eran tan malos como nosotros suponíamos que eran los holandeses o los suecos. Eso sí, pegaban como si estuvieran en la guerra. Para ellos, que perdían siempre por goleada como visitantes, era impensable perder en su propia casa.
El año anterior les habíamos ganado en nuestra cancha cuatro a cero y perdimos en la de ellos por dos a cero con un penal y piadoso gol en contra de Gómez nuestro marcador lateral derecho. Es que nadie se animaba a jugarles de igual a igual porque circulaban leyendas terribles sobre la suerte de los pocos que se habían animado a hacerles un gol en su reducto.
Entonces, todos los equipos que iban a jugar a Barda del Medio aprovechaban para dar licencias a sus mejores jugadores y probar a algún pibe que apuntaba bien en las divisiones inferiores. Total, el partido estaba perdido de antemano.
El referí llegaba temprano, almorzaba gratis y luego expulsaba al mejor de los visitantes y cobraba un penal antes de que pasara la primera hora y la tribuna empezara a ponerse nerviosa. Después iba a buscar la damajuana de vino y en una de ésas, si la cosa había terminado en goleada, se quedaba para el baile.

Ese día inolvidable, nosotros salimos temprano y llevamos un equipo que nos había costado mucho armar porque nadie quería ir a arriesgar las piernas por nada. Yo era muy joven y recién debutaba en primera y quería ganarme el puesto de centro delantero con olfato para el gol. Los otros eran muchachos resignados que iban para quedarse en el baile y buscar una aventura con las pibas de las chacras.
Después del masaje con aceite verde, cuando ya estábamos vestidos con las desteñidas camisetas celestes, el referí Gallardo Pérez, hombre severo y de pésima vista, vino al vestuario a confirmar que todo estuviera en orden y a decirnos que no intentáramos hacernos los vivos con el equipo local. Le faltaban dos dientes y hablaba a tropezones, confundiendo lo que decía con lo quería decir. Le dijimos —y éramos sinceros— que todo estaba bien y que tratara, a cambio, de que no nos arruinaran las piernas. Gallardo Pérez prometió que se lo diría al capitán de ellos, Sergio Giovanelli, un veterano zaguero central que tenía mal carácter y pateaba como un burro.
Ni bien saludamos al público que nos abucheaba, el defensa Giovanelli se me acercó y me dijo: "Guarda, pibe, no te hagas el piola porque te cuelgo de un árbol". Miré detrás de los arcos y allí estaban, pelados por el viento, los siniestros sauces donde alguna vez habían dejado colgado a algún referí idealista. Le dije que no se preocupara y lo traté de "señor". Giovanelli, que tenía un párpado caído surcado por una cicatriz, hizo un gesto de aprobación y fue a hacerles la misma advertencia a los otros delanteros.
La primera media hora de juego fue más o menos tranquila. Empezaron a dominarnos pero tiraban desde lejos y nuestro arquero, el Cacho Osorio, no podía dejarla pasar porque habría sido demasiado escandaloso y nos habrían linchado igual, pero por cobardes. Después dieron un tiro en un poste y el Flaco Ramallo sacó varias pelotas al córner para que ellos vinieran a hacer su gol de cabeza. Pero ese día, por desgracia, estaban sin puntería y sin suerte. Todos hicimos lo posible para meter la pelota en nuestro arco, pero no había caso. Si el Cacho Osorio la dejaba picando en el área, ellos la tiraban afuera. Si nuestros defensores se caían, ellos la tiraban a las nubes o a las manos del arquero.

Al fin, harto de esperar y cada vez más nervioso, Gallardo Pérez expulsó a dos de los nuestros y les dio dos penales. El primero salió por encima del travesaño. El segundo dio en un poste. Ese día, como dijo en voz alta el propio referí, no le hacían un gol ni al arco iris. El problema parecía insoluble y la tribuna estaba caldeada. Nos insultaban y hasta decían que jugábamos sucio. Al promediar el segundo tiempo empezaron a tirar cascotes.
El escándalo se precipitó a cinco o seis minutos del final. El Flaco Ramallo, cansado de que lo trataran de maricón, rechazó una pelota muy alta y yo piqué detrás de Giovanelli, que retrocedía arrastrando los talones. Saltamos juntos y en el afán de darme un codazo pifió la pelota y se cayó. La tribuna se quedó en silencio, un vació que me calaba los huesos mientras me llevaba la pelota para el arco de ellos, solo como un fraile español. El arquerito de Barda del Medio no entendía nada. No sólo no podían hacer un gol sino que, además, se le venía encima un tipo que se perfilaba para la izquierda, como abriendo un ángulo de tiro. Entonces salió a taparme a la desesperada, consciente de que si no me paraba no habría noche de baile para él y tal vez hasta tendría que hacerme compañía en el árbol de fama siniestra. Él hizo lo que pudo y yo lo que no debía. Era alto, narigón, de pelo duro, y tenía una camiseta amarilla que la madre le había lavado la noche anterior. Me amagó con la cintura, abrió los brazos y se infló como un erizo para taparme mejor el arco. Entonces vi, con la insensatez de la adolescencia, que tenía las piernas arqueadas como bananas y me olvidé de Giovanelli y de Gallardo Pérez y vislumbré la gloria.
Le amagué una gambeta y toqué la pelota de zurda, cortita y suave, con el empeine del botín, como para que pasara por ese paréntesis que se le abría abajo de las rodillas. El narigón se ilusionó con el driblin y se tiró de cabeza, aparatoso, seguro de haber salvado el honor y el baile de Barda del Medio. Pero la pelota le pasó entre los tobillos como una gota de agua que se escurre entre los dedos.
Antes de ir a recibirla a su espalda le vi la cara de espanto, sentí lo que debe ser el silencio helado de los patíbulos. Después, como quien desafía al mundo, le pegué fuerte, de punta, y fui a festejar. Corrí más de cincuenta metros con los brazos en alto y ninguno de mis compañeros vino a felicitarme. Nadie se me acercó mientras me dejaba caer de rodillas, mirando al cielo, como hacía Pelé en las fotos de El Gráfico. No sé si el referí Gallardo Pérez alcanzó a convalidar el gol porque era tanta la gente que invadía la cancha y empezaba a pegarnos, que todo se volvió de pronto muy confuso. A mí me dieron en la cabeza con la valija del masajista, que era de madera, y cuando se abrió todos los frascos se desparramaron por el suelo y la gente los levantaba para machucarnos la cabeza.
Los cinco o seis policías del destacamento de Barda del Medio llegaron como a la media hora, cuando ya teníamos los huesos molidos y Gallardo Pérez estaba en calzoncillos envuelto en la red que habían arrancado de uno de los arcos.
Nos llevaron a la comisaría. A nosotros y al referí Gallardo Pérez. El comisario, un morocho aindiado, de pelo engominado y cara colorada, nos hizo un discurso sobre el orden público y el espíritu deportivo. Nos trató de boludos irresponsables y ordenó que nos llevaran a cortar los yuyos del campo vecino.
Mientras anochecía tuvimos que arrancar el pasto con las manos, casi desnudos, mientras los indignados vecinos de Barda del Medio nos espiaban por encima de la cerca y nos tiraban más piedras y hasta alguna botella vacía. No recuerdo si nos dieron algo de comer, pero nos metieron a todos amontonados en dos calabozos y al referí Gallardo Pérez, que parecía un pollo deshuesado, hubo que atenderlo por hematomas, calambres y un ataque de asma. Deliraba y en su delirio insensato confundía esa cancha con otra, ese partido con otro, ese gol con el que le había costado los dos dientes de arriba.

Al amanecer, cuando nos deportaron en un ómnibus destartalado y sin vidrios, bajo la lluvia de cascotes, nuestro arquero, el Cacho Osorio, se acercó a decirme que a él nunca le habrían hecho un gol así. "Se comió el amague, el pelotudo", me dijo y se quedó un rato agachado, moviendo los brazos, mostrándome cómo se hacía para evitar ese gol.
Cuando se despertó, a mitad de camino, Gallardo Pérez me reconoció y me preguntó cómo me llamaba. Seguía en calzoncillos pero tenía el silbato colgando del cuello como una medalla.

—No se cruce más en mi vida —me dijo, y la saliva le asomaba entre las comisuras de los labios—. Si lo vuelvo a encontrar en una cancha lo voy a arruinar, se lo aseguro.
—¿Cobró el gol? —le pregunté. —¡Claro que lo cobré! —dijo, indignado, y parecía que iba a ahogarse— ¿Por quién me toma? Usted es un pendejo fanfarrón, pero eso fue un golazo y yo soy un tipo derecho.
—Gracias —le dije y le tendí la mano. No me hizo caso y se señaló los dientes que le faltaban.
—¿Ve? —me dijo—. Esto fue un gol de Sívori de orsai. Ahora fíjese dónde está él y dónde estoy yo. A Dios no le gusta el fútbol, pibe. Por eso este país anda así, como la mierda.

PENALES

Son muy pocos los jugadores que están a punto de patear un penal o un tiro libre y, al darse cuenta de que no van a hacer el gol, no lo patean. Recuerdo que en un equipo había un defensor que pateaba los tiros libres y los penales. Un tipo enorme, con un cuerpo que metía miedo, para el cual los penales eran un simple trámite. La acomodaba, tomaba poca carrera y sacaba un pelotazo implacable, bajo y fuerte, que se convertía en gol indefectiblemente. Cuando le hacían una falta a uno de los nuestros cerca o dentro del área, todos dejábamos lugar para que viniera este grandote y ya dábamos por descontado el gol. Un día empatábamos 2 a 2 y lo bajaron al nueve a la entrada del área y el árbitro cobró penal.
Todos pensaron en el grandote y en el triunfo asegurado. Mientras él acomodaba la pelota con el aire burocrático de siempre, me acerqué y le dije: "Dejámelo a mí". No sé cómo pudo salir eso de mi boca. Me arrepentí en el mismo instante en que acababa de decirlo. Sin mosquearse, el defensor dejó la pelota donde la había acomodado, dio media vuelta y volvió a su lugar. Inmediatamente supe que no sería gol. Levanté la cabeza y vi que el arquero tapaba todo el arco, y que iba a ser imposible meterla. Tomé carrera, cerré los ojos y le pegué. Cuando volví a mirar, vi como una mancha amarilla (en aquella época todos los arqueros tenían buzo amarillo) y la pelota que se trasladaban hacia un mismo punto. Tal como yo lo preveía no fue gol. Empatamos. Yo me quedé con la sensación de que algún día voy a pedir otra vez patear un penal para reivindicarme.
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Soriano por Soriano Página 12, Buenos Aires, 29 ene. 1998

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