a PORTADA

<Nº 13

Junio 2000 — Nº 14

N° 15>


LOS DÍAS DE LA PATRIA
Roberto Enrique Rocca

I LOVE YOU
Leda Schiavo

CRÓNICA DE BOLIVIA (demasiada belleza toda junta)
Ignacio Filloy

INVIERNO
Carlos Costantini

OTRA BABEL
Sonia Otamendi

LAS IRONÍAS DE LA VIDA
Graciela Reyes

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LOS DÍAS DE LA PATRIA

Entre el veinticinco de mayo y el diecisiete de agosto se concentran todas nuestras fiestas patrias. Cuando lo pensé, sentí una suerte de dolorosa nostalgia y me propuse escribir sobre la patria. Recordé que hace unos pocos días, en un programa radial, una madre contaba que su hija se resistió a que le pusieran la escarapela en el guardapolvo “porque los compañeros la iban a cargar”. Y acudieron a mi memoria otros tiempos, cuando las fiestas patrias eran fiesta.

Se hablaba de los próceres, unos semidioses con perfil de bronce, capaces de hazañas heroicas y asombrosas. Aunque muchas veces su heroísmo consistía en matar mucha gente, podíamos entusiasmarnos, vibrar con ellos, emocionarnos con la bandera y el himno. Y esto sería, porque de algún modo nos sentíamos partícipes de un destino de grandeza.

En esos tiempos, claro, la Argentina no era un país del Tercer Mundo, había una clase media fuerte, los hijos de los inmigrantes pobres estudiaban y se hacían doctores, había un proyecto. ¿Ilusiones? Puede ser. Con el tiempo, la historia se fue haciendo menos legendaria y más humana, y hemos bajado a los héroes del pedestal pero ¿ganamos mucho comprendiendo que eran humanos como nosotros? También como país tuvimos que bajarnos del pedestal. Siempre hubo corrupción y siempre existieron los abusos de los poderosos. Toda la literatura, desde la Biblia hasta nuestros días, lo testimonia. Pero hubo tiempos en los que las faltas que se hacían públicas acarreaban la deshonra.
Algunos de los delincuentes desenmascarados hasta se suicidaban para “lavar su honor”.
Hoy esto parece una solemne estupidez. ¿A quién le importaría? La sociedad ve como lo más natural el enriquecimiento ilícito. No sé si ahora habrá más deshonestidad que antes, pero hoy los deshonestos se vanaglorian de su viveza y son admirados por ella, mientras que los honestos tienen pudor de mostrar su honestidad, no sea que los compañeros lo carguen como a la chica de la escarapela.

El patriotismo —leo en un diccionario— es el amor a los hombres que, con cierta comunidad de vida y aspiraciones con nosotros, estimaremos como compatriotas o individuos de una misma patria
Y me pregunto ¿Qué sería del amor sin las ilusiones? ¿A quién podríamos amar si sólo se nos hicieran patentes sus vicios y sus defectos?

Releo lo escrito y me da un poco de vergüenza. Muchos dirán que pensar así en los tiempos que corren es una antigüedad, una ridiculez. Pero puede ser que alguien lo lea y experimente una emoción desconocida.
Y si un día hubiera bastantes argentinos capaces de experimentarla, creo, de veras lo creo, que las cosas cambiarían y todos viviríamos mucho mejor.

Roberto Enrique Rocca

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I LOVE YOU

Hace unos días nos levantamos sobrecogidos por la noticia de que un virus llamado I love you había colapsado las computadoras del Pentágono y de muchas oficinas oficiales. Ahora bien, yo me pregunto, si usted fuera del Pentágono o de la Casa Blanca y recibe un correo electrónico con el título Te amo, ¿no sospecharía que no es para usted, o que se trata de una broma pesada? Ni yo, tan amada por mis estudiantes, me atrevería a abrirlo. Pero en el Pentágono y la Casa Blanca reina un desenfrenado optimismo y ya ve usted, con qué resultados.
Me pregunto si en la Casa Rosada de Carlos Menem y Corach, aquella a la que llamaban “Los altos del Golem” (porque aunque era de los árabes mandaban los judíos), hubieran aceptado tan elegantemente el “te amo”, o en la Nueva Rosada, tras el impuestazo y el cegetazo.

Hoy dijeron en la radio que el virus fue inventado por una chica de Manila, lo que también es una historia regocijante. Imagínese, es la primera mujer que inventa un virus, y además una mujer del subdesarrollo, y además, con esa ternura femenina oriental, nos dice que nos ama.

No perdamos las esperanzas, amigas, un día hasta podremos inventar un virus de verdadero amor, como el que Isolda le hizo beber a Tristán, y seremos amadas hasta la muerte. Mientras tanto, a soñar, que es lo único que suele ser barato, aunque a veces salga caro.

Leda Schiavo

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CRÓNICA DE BOLIVIA (demasiada belleza toda junta)

Anoche llegué a La Paz, y viajé a Copacabana donde estoy en este momento, a orillas del lago Titicaca. El lago es inmenso y el agua totalmente transparente. Llega a tener hasta 300 m. de profundidad. Acabo de ver el atardecer desde el cerro El Calvario. Estoy perplejo ante tanta belleza.

Hoy hice el camino del inca de la Isla del Sol desde la parte norte, hasta la parte sur. Fueron casi cinco horas de caminata por senderos rocosos con una vistas magníficas. Los Incas y los Aimará sabían escoger los sitios donde vivir. En el trayecto vi a los isleños inclinados sobre la tierra cosechando habas y choclos. Otros llevaban animales de un lado a otro. Usan ropas muy coloridas y parecen ser felices. La gente es buena y hospitalaria, sin malicia. He visto rostros y manos tan interesantes que podrían gastarse rollos y rollos en ellos. Aquí, en Copacabana, se cuentan muchas historias. Hablando con la gente di con un hombre que afirmaba creer que los Incas nunca habían pisado esta parte del lago, sólo los Aimará, y de hecho, solamente se oye ese idioma, no se oye hablar quechua. Me contó también que la isla del Sol, la de la Luna y el Cuzco están comunicados por un túnel subterráneo que corre por abajo del lago. Dice que soltaron unos conejos con brazaletes, y que aparecieron del otro lado, con lo que se confirmaría la historia.

He visto ruinas, un Museo del Oro, puentes de piedra. Ahora, mientras escribo, miro el lago y las montañas y el cielo todo estrellado y pienso que si los Aimará decían que el Dios del Universo nació de este lago, es para creer. En demasiada belleza toda junta.

Ignacio Filloy

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INVIERNO

Era una vez una aldea deshabitada de hombres, mujeres, u otros animales. La vegetación raleaba y la sombra de los árboles era desconocida. Todo el sol holgaba en la palma de la mano de un niño. Pero faltaba el niño. No hacía frío, simplemente no había calor.

El desasimiento alcanzaba a todos los rincones y una noche, bastante tiempo después de ida la claridad tenue (allí casi siempre era noche) un sonido clarísimo rasgó el espacio vacío con un aliento de violines y trompetas que en el silencio absoluto pareció un eco atronador. Inmediatamente me di cuenta de que debía encontrar la clave del sonido, del eco y de la luz. El riesgo de no conseguirla era demasiado como para tolerarlo. Nadie me explicó esto pero lo comprendí inmediatamente. O le daba alguna forma de vida a la aldea desnuda y vacía, o no podría abandonarla nunca.

Con esta certeza empiezo este invierno desesperante, de cuya lobreguez hablarán todas las crónicas. Sé que debo encontrar la palabra, el color o la música exacta que retornen la belleza y la alegría. A veces, la sensación de que me espera una tarea imposible me sorprende a mediodía como una bocanada de azufre y es entonces cuando no puedo respirar. Pero aunque en lo más hondo sé que el hallazgo será imposible, en general mantengo una serenidad inconsciente, la misma, supongo, de la mayoría de los hombres, que transcurren como si no existiera la muerte.

Carlos Costantini

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OTRA BABEL

En Birs Nimrud, en las ruinas de la antigua Borsippa, pueden verse las huellas de un monumento que parece haber sido la famosa torre de la que habla Herodoto y a la que podría referirse la leyenda de la confusión de lenguas.

“Eran entonces toda la tierra de una lengua, y unas mismas palabras”, así comienza en la Biblia, el capítulo XI del Génesis. Cuenta que los descendientes de Noé, se establecieron en la vega de Shinar, a orillas de Éufrates y como se habían multiplicado tanto, decidieron separarse y buscar otras tierras, pero antes, idearon edificar una ciudad, y una torre que les permitiera escalar el cielo. A Jehová no le gustó este acto de audacia y dispuso dispersarlos y confundir sus lenguas para que ya no se entendieran.

Esta es una leyenda etimológica de origen babilónico. Babel, en hebreo, significa confusión, y la Biblia así lo interpreta. Es muy probable, entonces, que los descendientes de Noé hayan conocido esta leyenda y la reformaran luego a su manera.

Ahora bien, el episodio de Babel, parece haber sido el que dio origen a la diversidad de idiomas, pero el hombre no se resignó y quiso unificarlo nuevamente. Así, a fines del Siglo XIX Zamenhof, el lingüista polaco, ideó el esperanto, que no tuvo el éxito que él había previsto. La lengua inglesa pasó entonces a ser una suerte de esperanto, ya que se universalizó y posteriormente fue de ella de quien surgió la lengua informática, (que ya casi no es inglés ni nada). Y a partir de entonces parecería que toda la tierra es de una lengua y unas mismas palabras.

Pero la historia es cíclica y todo se repite una y otra vez a lo largo del tiempo. Me pregunto si la cibernética, —del griego kibernetike, arte de gobernar, y también la ciencia que estudia los mecanismos de comunicación y de control en las máquinas y en los seres vivos—, no será otra Babel.

Sonia Otamendi

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LAS IRONÍAS DE LA VIDA

Estoy escribiendo un libro sobre la ironía, qué es la ironía. Ya intenté definirla otras veces. Es mi tema más obsesivo, porque siento que si explico la ironía explico cómo usamos el lenguaje en toda ocasión, también cuando no somos irónicos. Yo conozco personas nunca irónicas: personas demasiado apasionadas, por ejemplo.

Hay muchos estudios recientes sobre ironía, hechos desde el punto de vista de la psicolingüística, de la pragmática, de la antropología, de las teorías cognoscitivas. Me gusta ir a leer estas cosas a las confiterías mersas de Madrid, esas cafeterías de los años sesenta llamadas “California” o “Niágara”, inmensas, transcurridas por camareros de chaqueta blanca y moñito. Sitios de esplendor apócrifo: bares americanos relucientes a un costado del local, espejos biselados y marqueterías doradas, alfombras gastadas, escaleras que bajan a baños de mármol. Esplendor ajado y consensuado por generaciones de clientes que tienen la virtud de presentarse todos a la vez, como un corte transversal del tronco del árbol para mostrar los años del árbol: hay mujeres solas que cenan leyendo una novela; madres ancianas con hijos ya canosos y un si es no es afeminados; chicas que se ríen sin parar; hombres solitarios que llevan, seguramente, soquetes blancos; hispanistas extranjeros que piden vino tinto y discuten grandes temas; parejitas pobres que toman helados sin sacarse los ojos de encima; solteronas gárrulas que beben caña de cerveza.

Miro sin disimulo a todo el mundo. Salgo de mi página donde dice, por ejemplo, que la ironía es una violación intencional de las condiciones de felicidad del acto de habla, y observo todos los actos de hablar y de silencio que me rodean, calculo las transgresiones deliberadas y no deliberadas, recuerdo a los amigos ausentes con los que puedo intercambiar ironías una tarde... La ironía es complicidad. Y yo estoy sola en la enorme cafetería, mirando hablar o callar a los demás. Me gusta la antigua ceremonia de reunirse a hablar, comer y mirar, me gusta perder un poco el tiempo, me gusta estar sola (ser cómplice de mí misma), y me gustan las ironías de la vida.

Graciela Reyes

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Todo delSUR

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