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<Nº 23

Junio 2001 — Nº 24

N° 25>


FUNDACIÓN MÍTICA DE BUENOS AIRES /
EL SIGNO
Miguel Ángel Morelli

LA DEFENSA DE TESIS
Graciela Reyes

ESPAÑA
Leda Schiavo

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FUNDACIÓN MÍTICA DE BUENOS AIRES /
EL SIGNO

Sostenía, y así lo dejó asentado en varios de los numerosos libros que dio a la imprenta, que nada existe más allá de los sueños. Y para probarlo, una noche eligió soñar con inmensos monumentos de piedra: al despertar había logrado conservar uno, que mandó instalar de inmediato en el fondo de su casa. Pero no le creyeron. Dispuesto a no dejarse vencer, a la noche siguiente volvió a soñar, esta vez con un barrio hecho de casa bajas y veredas angostas que agonizaban hacia el poniente. Pero tampoco le creyeron. Entonces soñó con toda una ciudad, un universo de enormes y tristes edificios, y grandes avenidas numerosas, y monótonas plazas rectangulares, y techos como espejos. Tan feliz estaba con su sueño, que al otro día se lo vio perderse por esa telaraña junto al río inmóvil. Sin embargo, todavía hay quienes niegan que este hombre haya soñado a Buenos Aires para siempre.


Se le acercó, amenazante. El anciano, jadeante, buscó a tientas su bastón:
—Sé que te estoy soñando —oyó que decía— y que por lo tanto dependes de mí. Me bastaría con despertar para acabar con tu amenaza para siempre.
Entonces levanto el cuchillo y le dijo:
—Es cierto, amigo mío, pero en todo caso los dos dependemos. Yo, de tu propio sueño. Vos, de este soñar eterno donde tus ojos ni siquiera son tus ojos.
Desde entonces cada amanecer sorprende a ambos con una cicatriz en la frente, un signo misterioso que luego borran la vigilia y el olvido.

Miguel Ángel Morelli

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LA DEFENSA DE TESIS (*)

Vuelvo de una defensa de tesis en Galicia. Fui un día antes para conocer a mis colegas y pasear un poco. El alumno, que pasó un tiempo conmigo en Chicago, es perfecto en su cortesía, y me había reservado una de las mejores habitaciones del hotel, con las ventanas sobre la ría. Cuando entré y encendí la luz, oí una musiquita: era la televisión, que se había encendido sola y tenía un cartel en la pantalla: "Señora Graciela Reyes, bienvenida a La Coruña." Firmado por la gerencia del hotel. Qué detalle, che.

La defensa tuvo lugar a la mañana siguiente en el salón de actos de la universidad. Los miembros del tribunal de tesis nos sentamos a una mesa larga, de cara al público, como en un teatro. Cada uno con su botella de agua mineral y su copa. Detrás de nosotros había unos cortinados inmensos. Cuando los descorrieron, la vista del mar, que ocupaba todo el ventanal, nos dejó maravillados. Me imagino que desde el público sería impresionante vernos a los cinco, más la actuaria, metidos en la ría de color azul profundo.

La defensa de tesis es una ceremonia pública muy solemne, y consta de cinco partes: primero el doctorando presenta su tesis (esta trataba de semántica); segundo, los miembros del tribunal atacan su tesis; tercero, el doctorando, que ha estado tomando notas frenéticamente, retoma punto por punto y contesta, defendiéndose de las críticas. Esto puede durar unas tres o cuatro horas. Una vez dicho todo, pasamos a la cuarta parte: el tribunal se encerró para deliberar. En nada de esto participa el director de la tesis, porque no se puede ser juez y parte. Deliberamos un buen rato y después (quinta y última parte) el presidente dio orden de que abrieran las puertas. Volvió a entrar el público. Noté que el doctorando temblaba, por primera vez. Le dimos sobresaliente cum laude.

Del salón de actos fuimos directamente al banquete, que empezó a las cuatro de la tarde. Los comensales éramos los el tribunal, más el director de la tesis, más el doctorando. Casi todos hombres, como suele pasar, porque en España hay poquísimas catedráticas, y siempre me siento como un ser exótico. El banquete te lo puedo resumir así: de entrada grandes fuentes de ostras, percebes y cigalas; de plato principal lo que quisiéramos (me ofrecieron un bife de lomo, pero preferí merluza a la gallega), todo copiosamente regado por vino Albariño, que es uno de los vinos de Dios; después ensaladas y quesos, después unos postres exquisitos, después café y licores. Todo pagado por el alumno, según manda la tradición (la tradición manda que el alumno se endeude para siempre). Cuando terminamos, anochecía sobre el mar. El alumno y su novia me invitaron a tomar una copa. Me dijeron que se iban a casar pronto. Son tan lindos los dos, que parecen soñados por la nostalgia de un viejo. Yo aproveché la intimidad de un barcito para hacerle al alumno algunas críticas más. A esas alturas, por culpa de la digestión y el vino, nada estaba muy claro ni era muy importante, pero pensé que no iba a ver más a mi alumno y que tenía que guiarlo para hacer una buena carrera. Él escuchó con la misma atención de la mañana. Pedimos varios gin tonics, para bajar la comida y la semántica de la tesis. Después hablamos del mar. Más tarde les conté cosas de cuando yo era estudiante, y creo que mencioné la Avenida de Mayo y las cazuelas de mariscos de mi juventud. La novia callaba y sonreía.

De vuelta en el hotel, tomé manzanilla con limón en el bar y me fui a dormir en un estado que vos conocerás, y que nuestra amiga Leda define así: un asco infinito de la vida y un temor infinito de la muerte.

Graciela Reyes

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(*) fragmento de una carta de Graciela

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ESPAÑA

Todos queremos a los españoles a pesar de la guerra de la Independencia, a pesar de que nos hace gracia que pronuncien la c, y la z y silben la s, y digan vosotros tenéis. Cómo no vamos a querer a los españoles si tantos argentinos descienden de inmigrantes gallegos, asturianos, vascos... que tuvieron que irse para poder comer, estudiar, hacer la América. Cómo no quererlos si vivimos con ellos su guerra civil, si vivimos rodeados de exiliados republicanos que nos contaban cómo pudieron salvarse da la barbarie. Hace tiempo de eso. Ahora los españoles no necesitan emigrar ni exiliarse. Ahora España es un país rico, pertenece a la Unión Europea, se da el lujo de recibir inmigrantes pobres y de ser un país inversor en Latinoamérica. A nosotros nos compró Telefónica, nos vació Aerolíneas, YPF es de Repsol; nosotros permitimos que compraran nuestros servicios básicos. Yo le escuché decir a Cavallo, hace mucho, que vender YPF era la única manera de subir la pensión de los jubilados... ironías de la política.

Cuando venía hacia Madrid, ciudad maravillosa (hay que aprender de ellos a vivir bien el desorden —nosotros vivimos en el desorden pero mal—) leí que España, falta de soldados, va a admitir en sus filas a hijo(a)s y nieto(a)s de españoles nacidos en Argentina y en Uruguay. Les paga el viaje, los estudios... el sueldo de soldado. Todos sabemos que la Argentina, ahora, es exportadora de carne humana, lo hemos leído y hemos visto las colas frente a los consulados de gente harta de seguir pagando las deudas de los demás. De modo que esto parece una oportunidad para esos jóvenes. Pero, querido compatriota, pensá un poco. Cuando en España había servicio militar obligatorio, el sistema era que al hacer una lista, de cada cuatro, iba uno. Es decir, iba el quinto, que así se llamaba el pobre milico. Y nunca mejor dicho pobre, porque el servicio se redimía con dinero, de modo que los ricos no iban, y no iban con buena razón, porque en la época de tus abuelos, querido futuro soldadito argentino o uruguayo, había guerra en el África, por ejemplo. O sea que tu abuelo se fue a América para no ir a la guerra del África, se salvó, aunque era pobre, y vos ahora, por ser pobre, alo mejor te alistás en el Ejército español. Pensálo bien, leé el diario El País, que sale por Internet, porque si lo leés verás que 4000 soldados que hicieron contrato con el Ejército en el año 2000 “se han dirigido a la oficina de Defensa del Soldado para informarse sobre la manera de romper su compromiso con las Fuerzas Armadas. Todos ellos consideran que el Ministerio de Defensa los ha estafado al no respetar las condiciones fijadas en su contrato” (El País, 15 de abril de 2001).

Los argentinos pensamos poco, nos dejamos llevar por las pasiones... lo que no está del todo mal. Pero está mejor dejarse llevar por las pasiones después de pensar un rato más largo. El diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo.

Leda Schiavo

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Todo delSUR

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