a PORTADA

<Nº 33

Junio 2002 — Nº 34

N° 35>


HABLEMOS DE LOS SUEÑOS
Roberto Enrique Rocca

DECIR, QUERER DECIR Y DECIR SIN QUERER
Graciela Reyes

DE MALDADES Y MUJERES
Fernando Anguita B.

LOS OJOS DE LA PATRIA
Miguel Ángel Morelli

SOBRE DRAMAS Y FRIVOLIDADES
Leda Schiavo

FESTIVAL DE TÍTERES EN SEGOVIA (ESPAÑA)
Salvador Enríquez

DOS POEMAS
León Leiva Gallardo

OTROS
Manuel Belgrano

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LOS OJOS DE LA PATRIA

Apenas un segundo antes de la agonía (el acero realista rayaba la mañana, los cascos eran taladros en la quietud de la llanura) un oscuro soldado de línea, un criollo sin otro mérito que su amor por la tierra y el heredado coraje, sable en mano y dando vivas a la Patria, descubrió en el cielo e interpretó para nosotros el signo de los tiempos que en el tiempo aguardaba.
Descifró, así, que con su arrojo sellaba el destino del combate, la suerte ejemplar de otros hombres y batallas, el sino de una América que con furia despertaba. Comprendió la fama que ahora el bronce perpetúa, la victoria ulterior, los días que vinieron y que fueron de gloria y esperanza.
Pero acaso Juan Bautista Cabral, en ese instante terrible, haya descubierto también la náusea y el exilio, los vanos desencuentros que sumaron miserias, la traición, el espanto, la sangre inocente absurdamente derramada. Tal vez haya entrevisto una Nación que, teniéndolo todo, hoy no tiene nada. El abatimiento de nuestros mayores y su oprobio, la desesperanza de nuestros hijos, la resignada fatiga de las multitudes. Acaso entrevió esta náusea que nos perfora el alma, el desamparo, la avaricia. Habrá visto la mezquindad y el desasosiego, el hastío que preanuncia ocasos, la inescrupulosa mala fe de los que ya no mandan.
¿Qué otras cosas, me pregunto, habrá visto? ¿Fuego sobre fuego? ¿Dolor sobre más dolor? ¿Sangre sobre sangre? ¿Qué nuevas extrañas ceremonias, qué páginas secretas para nuestra resurrección o desdicha y de cuyas horas aún nada sabemos, habrán descubierto aquellos ojos mientras la muerte llegaba?

Miguel Ángel Morelli

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DECIR, QUERER DECIR Y DECIR SIN QUERER

El lenguaje es la más fascinante de nuestras aventuras cotidianas: la más creativa, la más arriesgada, a veces la más gratificante. Somos expertos conversadores. Los animales pueden comunicarse, pero no pueden conversar, solamente los humanos conversamos, algunos mejor que otros o más que otros, pero todos, hasta los taciturnos y los hostiles, dominamos la lógica de la conversación.
Esa lógica descansa en un hecho fundamental: prestamos atención simultánea a lo que nos dicen y a lo que no nos dicen, sabiendo que nuestro interlocutor quiere comunicarnos tanto cosas que dice explícitamente como otras que calla. Si alguien entra en mi oficina y me dice “hace frío aquí, ¿no?” lo más probable es que yo interprete que esa persona quiere comunicarme implícitamente que le molesta el frío, y yo haga algo por complacerla (cerrar la ventana, etc.). Lo no dicho se transmite por implicación, es un auténtico significado comunicado intencionalmente, aunque puede cancelarse sin contradicción, a diferencia del explícito (por ejemplo añadiendo, en el caso anterior, algo como “me encanta el frío”). La lógica propia de la conversación nos lleva a tener una serie de expectativas sobre el comportamiento de nuestros interlocutores (por ejemplo, que nos darán toda la información necesaria, que se comportarán racionalmente, etc.). Las expectativas sobre el comportamiento de los demás, que conocemos porque somos seres sociales, y todos los datos relevantes del contexto —el papel del contexto es clave—, permiten interpretar acertadamente lo dicho y lo implicado, y entender así lo que el hablante quiso decir, que es el conjunto de ambos significados.
Continuamente, al hablar y al escuchar, o al escribir y leer, manipulamos lo explícito y lo implícito: esa manipulación es la estrategia más importante en el uso del lenguaje. Los hablantes tenemos, casi siempre, cierto grado de conciencia de lo que decimos y de lo que implicamos, a veces plena conciencia. Pero hay cosas que transmitimos sin querer, y eso no sucede solamente en los lapsus linguae, o en los estallidos de pasión o locura. Todas las comunidades tienen creencias aceptadas más o menos irreflexivamente, que son parte implícita de lo que dicen los hablantes, no porque tengan la intención de decirlo, sino porque lo dicen sin querer. El otro día alguien comentó, refiriéndose a un escrito aparecido en un diario argentino, “El estilo es muy argentino, pero el artículo no está mal”. Me quedé pensando qué quiso decir esta persona y qué dijo sin querer.
Otro ejemplo, más grave. Un político europeo dijo lo siguiente:
“Vamos a solucionar el problema de la diversidad racial y cultural, y tratar de lograr la asimilación de los inmigrantes”. ¿Es un problema la diversidad? ¿Por qué la “solución” es asimilarse? Lo que se quiere decir aquí suena bienintencionado, pero lo que se dice sin querer revela los prejuicios con que se mira al inmigrante.
En los discursos políticos, desgraciadamente, lo que se quiere decir suele ser menos importante que lo que se dice sin querer, y esto menos importante, todavía, que lo que se calla del todo.

Graciela Reyes

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HABLEMOS DE LOS SUEÑOS

Como todo el mundo sabe, la vida es sueño. No es tan sabido que también y por el contrario, porque hechos estamos de paradojas, el sueño es vida.
Hay dos tipos de sueños: los grandes y los pequeños. Los grandes son eso: los grandes sueños de los hombres grandes. No es que haya en realidad hombres grandes, porque todos tenemos nuestras miserias; pero son justamente los sueños los que hacen grandes a los hombres. Colón soñó con las Indias, nuestros antepasados soñaron con la Argentina, con un país libre, democrático, progresista. Los sueños grandes son los que nos arrancan de nosotros mismos, de la comodidad, de la protección y nos animan a adentrarnos, como Colón, en el mar desconocido. Nos permiten también dejar de mirarnos a nosotros mismos y empezar a ver a los que tenemos alrededor.
Los sueños chicos, en cambio, son los sueñitos de los hombres pequeños, carentes de ideales, de estatura moral. En realidad no hay hombre pequeño, porque todo ser humano tiene, aunque sea en potencia, su dignidad y su grandeza. Pero los sueños pusilánimes achican el ánimo, distraen, evaden. Se cierran al mundo exterior, sólo pretenden conservar lo poco o mucho que uno tiene, disfrutar de la molicie, quedarse en la protección de la «cucha». Como siempre apuntan a lo mismo, se vuelven repetitivos, masturbatorios.

Todo país es un gran sueño, que no es otra cosa que la suma de los sueños grandes de sus hombres y sus mujeres. No de los sueños chicos, porque esos quedan cautivos en el corralito del individualismo. Los argentinos tenemos el país que hemos sabido soñar. Porque más allá de nuestras compadradas, hemos tendido a quedarnos en lo fácil, en el encierro individual, en la inconstancia.
Podemos tener otro país si nos atrevemos a soñar esa Argentina que deberíamos ser y a compartir nuestros sueños. Si lo hiciéramos podríamos recuperar la confianza y los problemas técnicos y las diferentes concepciones políticas podrían discutirse libremente y supeditarse al bien común.
Soñemos, amigos, pero en grande.

Roberto Enrique Rocca

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SOBRE DRAMAS Y FRIVOLIDADES

De vez en cuando abro El País en Internet para poder leer otras atrocidades, y las encuentro, créanme que las encuentro. Mientras en Buenos Aires la gente vive entre la frivolidad y la pesadumbre de todo lo perdido, ahicito nomás, ahí enfrente, en Sud África, leo que hay 25 millones de infectados por el sida. Eso no es lo peor, lo peor es que cada año nacen 70000, si, setenta mil niños que heredan el sida de sus madres. Dice el diario español que el sida destruyó la estructura social, porque o mata al padre o mata a la madre, y luego quedan los niños enfermos. Para estudiar el problema de cerca, nuestro amigo O’Neill, el secretario del tesoro que seguramente les sonará y el rockero irlandés Bono, recorrieron las maternidades de Soweto y lloraron. Dice el diario que O’Neill se emociona con facilidad. Y dice que Bono se indignó por el doble mensaje de los Estados Unidos, que les da algún dinero a estos pobres enfermos pero subvenciona con 80 mil millones a su producción agraria, con lo que los países que podrían vender alimentos como Sud África (y nosotros, aunque a nosotros no nos nombra) no pueden hacerlo.

En Argentina hay hambre y desnutrición, aunque decirlo da casi vergüenza, un país donde se tira una semilla y crece una vaca, señores. En Argentina todos los dramas son reversibles, sin duda hay gente que sufre, sin embargo los que más protestan son los que no se pueden comprar cosas importadas, ropas de marca, frivolidades mil, o será que estos frívolos son los que tengo más cerca.
Menos mal que algunos ponen la imaginación a trabajar y hacen cosas dignas, como esa maravilla del trueque, o los que hicieron una huertita en la plaza, o se pusieron a administrar el hospital. Pensemos entre todos, trabajemos para salir de esta penosa situación de duelos y quebrantos, inventemos coches eléctricos para que las petroleras sufran, hagamos cualquier cosa imaginativa que la imaginación nos sobra. Y pensemos en cuanta gente está peor y llora menos. Colombianos y sudafricanos, sin ir más lejos.

Leda Schiavo

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DE MALDADES Y MUJERES

Una amiga argentina me escribe y cuenta que otra amiga suya, muy querida, no ha podido contenerse y ha perpetrado una maldad con ella. Su carta, entre alarmada y divertida, ya me hacía suponer que la cosa no era grave y, en efecto, al terminar de leerla me ha sido difícil aguantar la risa; lo «perpetrado» no pasaba de ser una broma infantil. La anécdota, sin embargo, propicia el examen de lo que entendemos por «maldad». Si le preguntamos a un niño, nos contestará que maldad es lo que hacen los malos, lo mismo que dice el diccionario. De niños tardamos un tiempo en emparejar maldades y bromas, y más tiempo todavía en saber lo que significa «perpetrar», verbo que ya de mayores advertimos cargado de posibilidades siniestras. Por ejemplo, de quien socorre a un desvalido no se nos ocurre decir que ha perpetrado una buena acción.

Mi amiga hizo uso de su dominio de los recursos del lenguaje para llamar mi atención sobre un hecho trivial recurriendo a la exageración por contraste. El diccionario sólo dice de perpetrar que es: «cometer, consumar un delito o culpa grave», lo que ya sabíamos. La sorpresa aparece al escarbar en el origen latino de la palabra: patrare significaba algo tan positivo como «ejercer su función los patres o ciudadanos romanos». ¿Qué debemos pensar entonces de aquellos ilustres varones, para que el ejercicio de su función terminase por significar únicamente «ejercer la maldad»? La respuesta no parece simple, pero un hecho está claro: las mujeres habían quedado fuera de todo patrare, y así siguieron, siglo tras siglo, inhabilitadas etimológica y semánticamente para perpetrar maldades.

La última afirmación no es sólo un artificio retórico. El sufragio femenino es una conquista reciente. Más reciente aún es la aplicación de cuotas para fijar la presencia de la mujer en los puestos directivos de los partidos políticos. Pero algunos colectivos feministas no cayeron en la trampa del porcentaje; lo consideraron una participación limitada para que todo siguiera igual, una argucia a lo Lampedusa. Y tenían razón. Por eso pasó la moda de los porcentajes. Porque habrán de ser todas las mujeres capacitadas, sin limitaciones numéricas absurdas, quienes tomen las riendas de las más altas actividades de gobierno. Si no lo hacen, la incompetencia de los «patres» en solitario, histórica e inapelablemente demostrada, se cargará el futuro del planeta.

Razonando desde una maldad trivial, había terminado de argumentar mi apoyo a la fuerza emergente de las mujeres. Entonces abrí el periódico de la mañana y me encontré esta perla: en la "shura", el comité que gobierna el movimiento islámico fundamentalista de Marruecos, hay una mujer por cada cinco hombres. La noticia era de por sí sorprendente, pero más aún la afirmación de Nadia Yassin, portavoz del movimiento, avalando la presencia de sus compañeras: "No creemos en las cuotas, ni creemos en la paridad. Están ahí porque valen".

Fernando Anguita B.

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FESTIVAL DE TÍTERES EN SEGOVIA (ESPAÑA)

Los títeres, como expresión cultural, tienen un antiguo origen; Jenofonte, en el siglo V a.C. los cita en su Symposium, existen viejas tradiciones en China, Java y la India, y se considera que son anteriores al teatro escrito. Pese a no ser un espectáculo para grandes masas de público ya que por sus características requiere cierta proximidad entre éste y el títere, se mantiene vivo gracias a singulares profesionales y a los festivales que promocionan este género teatral.

Es el caso de “Titirimundi”, un festival que en su XVI edición ha ocupado la ciudad de Segovia, a escasos kilómetros de Madrid, desde el día 9 al 15 de mayo y en el que han participado cuarenta compañías de diecisiete países tan distantes en lo geográfico como son China, Eslovaquia, o Mali y entre ellas se encontraban tres de Argentina: El Chon-chon que presentó “El retablo de la Celestina”, y más tarde, en la Casa de América en Madrid, “Los bufos de la matiné”; El Vagón de los Títeres ofreció su espectáculo “Juan Panadero” con el que Daniel Jesús Di Lorenzo hace un homenaje al patriarca de los titiriteros argentinos, el mítico Don Javier Villafañe, inspirándose en sus clásicos personajes: el panadero y el diablo; y Atacados... (Por el Arte), grupo procedente de la Escuela de Títeres de Neuquén, participó con la obra “¿Podés silbar?” del autor sueco Ulf Stark con dirección de Jorge Onofri y a intervención de Dardo Sánchez.
Las representaciones, se han celebrado en las calles de plazas de Segovia, teniendo ocasionalmente como testigo un monumento tan singular como el Acueducto Romano que data, aproximadamente, de la segunda mitad del siglo primero d.C. También se ofrecieron representaciones en algunos pueblos de la provincia segoviana como Turégano, San Rafael, Riaza y Palazuelos, a donde acudió “El Vagón de los Títeres”; y El Espinar, Tabanera, Cantalejo y San Boal, en los que presentó sus espectáculos “El Chon-Chon”.
En la rueda de prensa previa que tuvo lugar en Madrid, en la sede de la Casa de América, el director del Festival, Julio Michel, hizo hincapié en un aspecto importante respecto a los títeres, ya sean de guante o manopla, de varas o palos, y es que no se han de entender exclusivamente como espectáculos para niños sino que, al igual que el teatro de texto interpretado por actores, los hay para niños y para adultos. «Es una manifestación dramática no eminentemente infantil —dijo— Hay que dejarlo claro»

Salvador Enríquez

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DOS POEMAS

La Esfinge Abisinia

hay un gato
también hay una coartada
hay una mirada felina
el asomo del silencio que se enmisma

hay un cómo de esfinge que se otorga
el misterio de la arquitectura
mirando siempre hacia el naciente
silente la sacra sacra casi—vida

y en la arena, pendiente,
pasa sano y rampante el alacrán del tiempo:
¡ah, pirámides,
qué mendigar de uñas,
el hombre y sus enigmas!


Night Mare
(idea de Borges)

hay espigas de luz

—¡claro! —el fondo: oscuro

hay inadvertidos bultos desiertos
los conversos los cóncavos del miedo:

yegua —estalla el firmamento— de la media noche
como el hipocampo en un fondo negativo
como una llama que se extingue ante los ojos de un caído

en las ramas del olivo
aparecen brazos y costillas pendientes
se desprenden los relámpagos de la impostada voz de alarma
hay hedor a pólvora y a fémur y a tallo y a hollín:
los remanentes del odio y del amor

—¡claro! —el fondo: oscuro

hay espigas de luz: hendiduras del infierno...

León Leiva Gallardo

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TEXTOS de OTROS


Causas de la destrucción o de la conservación y engrandecimiento de las Naciones.

Manuel Belgrano

 



Procurando indagar en la historia de los pueblos las causas de la extinción de su existencia política, habiendo conseguido muchos de ellos un renombre que ha llegado hasta nuestros días, en vano hemos buscado en la falta de religión, en sus malas instituciones y leyes, en el abuso de autoridad de sus gobernantes, en la corrupción de costumbres y demás.
Después de un maduro examen y de la reflexión más detenida, hemos venido a inferir que cada uno de aquellos motivos y todos juntos no han sido más que causas, o mejor diremos, los antecedentes que han producido la única, la principal, en una palabra, la desunión. Esta sola voz es capaz de traer a la imaginación los más horribles desastres que con ella pueda sufrir una sociedad, sea cual fuere el gobierno que la dirija: basta la desunión para originar guerras civiles, para dar entrada al enemigo por débil que sea, para arruinar el imperio más floreciente.
Por el contrario la unión ha sostenido a las naciones contra los ataques más bien meditados del poder, y las ha elevado al grado de mayor engrandecimiento, hallando por su medio cuantos recursos han necesitado en todas las circunstancias o para sobrellevar sus infortunios, o para aprovecharse de las ventajas que el orden de los acontecimientos les ha presentado.
Ella es la única capaz de sacar a las naciones del estado de opresión en que las ponen sus enemigos, de volverlas a su esplendor y de contenerlas en las orillas del precipicio: infinitos ejemplos nos presenta la historia en comprobación de esto; y así es que los políticos sabios de todas las naciones, siempre han aconsejado a las suyas que sea perpetua la unión, y que exista, del mismo modo, el afecto fraternal entre todos los ciudadanos.
Por lo tanto es la joya más preciosa que tienen las naciones.

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Fragmento del «Correo de Comercio», del Sábado 19 de Mayo de 1810
Número 12 - Tomo I - Página 89

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Todo delSUR

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