a PORTADA

<Nº 43

Junio 2003 — Nº 44

N° 45>


MI VIDA DE ACTRIZ
Graciela Reyes

VIAJES POR LA ESCALERA
Leda Schiavo

LEER LA REALIDAD
Claudio L. Pérez

DE PESIMISMO Y FRONTERAS
Fernando Anguita B.

LOS HILOS DEL TAPIZ
Leandro Manzo

VISITANTE NOCTURNO
Roberto Enrique Rocca

REAPERTURA DEL TEATRO MARÍA GUERRERO
con «HISTORIA DE UNA ESCALERA» de Antonio Buero Vallejo
Salvador Enríquez

UN HOMBRE LLAMADO LAZARO
Miguel Angel Morelli

OTROS
Bertold Brecht

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MI VIDA DE ACTRIZ

En el patio había un baúl enorme, quizá de dos metros de largo por uno y pico de ancho, muy tosco, con la tapa forrada de hule gris. La tapa no quedaba horizontal, sino en declive. Recuerdo todavía el contacto del hule, muchas veces húmedo, contra mis piernas desnudas, cuando trataba de mantenerme sentada allí, sin resbalarme, mientras actuaba. Las chicas, entonces, usábamos polleritas tableadas bastante cortonas. De mi público veía solamente la parte superior de las cabecitas, que apenas asomaban por los antepechos de los balcones, negros de humedad, como todo. En el primer piso, mi amiga del alma, María Eugenia, y su hermano Bochita (unos rulos nítidos y una bochita rubiona, respectivamente), y más arriba, tres flequillos como tres cepillones, con pares de ojos idénticos debajo: Ana María, María Inés y María Mónica. De todos esos pelitos salían risas cada vez más estrepitosas, a medida que yo me volvía más y más cómica y me dolía más y más el cuello de mirar para arriba.
No sé si alguna vez en la vida tuve tanto éxito en nada. Creo que no. Yo era una estrella, pese a la disciplina de mi casa, que no alentaba precisamente mi narcisismo. Pero me bastaba gritar, en el patio humillado por la mala luz, “¡el teatro, el teatro!”, para que aparecieran las cabecitas, una tras otra. Como no teníamos televisión todavía, las cabecitas aparecían siempre. Recuerdo la ansiedad de no tener la sala completa, y no digamos el miedo a que la voz aguda de una madre, o, peor aún, la voz de la tía solterona de María Eugenia, llamara a mis espectadores para comer, dormir o bañarse. Las representaciones dependían de la suerte, y aun con suerte, yo tenía que hacer el esfuerzo de mantener a las cabecitas en su sitio y además riéndose. La obra era improvisada. Yo no sabía que el teatro se podía escribir, o al menos planear, ni tampoco sabía escribir todavía. Lo único que sabía era convertirme en otro, generalmente alguien mucho mayor y a veces extranjero, con acento estrambótico; sabía cambiar la voz y entrar en un diálogo con una persona ausente que había que imaginar. Mi propia mano, doblada, era el teléfono. Nunca se me ocurrió disfrazarme, porque toda la gracia, para mí, estaba en el diálogo mismo, que tenía que ser tan desafortunado, tan lleno de malentendidos, como para provocar alaridos de risa.
La señora del segundo me encontró un día en el parque y me dijo “vos vas a ser una gran autora”. Por supuesto no entendí bien, pero me quedé extática y después anuncié a todo el mundo que de grande iba a ser “autora”. Llegué a serlo, aunque no de la manera anunciada por la vecina, pero lo que yo siempre quise ser, en realidad, es actriz cómica, como a los cinco años. Lamentablemente, perdí la inocencia, y ya no puedo ser cómica cuando me lo propongo. Lo más parecido que hago es dar clase: me siento sobre el escritorio, a veces con riesgo de caerme, y trato de que las cabecitas estén pendientes de mí y se rían de tanto en tanto. Para mayor coincidencia, lo que enseño en clase es pragmática, o sea, la disciplina que estudia por qué el diálogo humano es posible, aunque a veces sea tan desafortunado y estrafalario como aquellos diálogos que inventaba yo en el patio, mucho antes de saber lingüística.

Graciela Reyes

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VISITANTE NOCTURNO

Esperó, escondido detrás de una enorme estatua, que los guardianes se fueran. Cuando reinaron la oscuridad y el silencio encendió una vela -tenía que ser con una vela- y se dirigió a la escalera.
Conocía muy bien el palacio: lo había visitado durante años, aprovechando que los domingos estaba abierto al pueblo. Muchas veces, desde la multitud, la había mirado con pasión, pero era poco probable que ella lo hubiese advertido.
Ahora estaba decidido a sorprenderla a solas. Soñaba con esas manos maravillosas, imaginaba sus brazos, sus hombros y su torso. Deseaba ver sus labios entreabiertos, despertar el placer o la inquietud en sus ojos soñolientos. La deseaba con locura.
Avanzó silencioso por la enorme galería, poblada de fantasmas del pasado. Casi podía oír al cruzarla los bufidos de los caballos y los gritos de las mujeres que caían bajo el hierro de los esbirros de un emperador moribundo. Sólo unos metros más y a su izquierda hallaría la puerta. Un poco más allá habían coronado otro gran emperador, pero él no estaba dispuesto a permitir que nada lo distrajera.
Entró en puntas de pies. ¿Sabría ella de su existencia? ¿Qué haría al verlo? Recorrió la mitad del recinto, cerca de la pared, hasta que la luz del candil se derramó sobre ella.
Quedó en silencio, casi paralizado, contemplándola. Para alcanzarla tenía que romper el vidrio. Mil veces lo imaginó, pero ahora comprendió que jamás se atrevería.
Se retiró agobiado, sintiendo en las espaldas la mirada irónica de la Mona Lisa, que, como siempre, sonreía.

Roberto Enrique Rocca

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VIAJES POR LA ESCALERA

El exilio no elegido en casa de mi abuela me producía sensaciones que se repetirían a lo largo de mi vida. Como no quería ir, al final tampoco quería volver, y sobre todo, no quería demostrar ningún sentimiento hacia esas personas que habían decidido expulsarme del paraíso. A lo largo de mi vida reconocí la huella física de la misma angustia en situaciones similares.
El caserón de Flores de mi abuela tenia planta baja y primer piso, jardines y huerta con árboles frutales, gallinas, patos y, alguna vez, conejos.
Pocas cosas mas angustiosas que el viaje por la escalera de madera hacia el piso de arriba cuando yo tenía cinco o seis años. Todo era enorme, los tres dormitorios, el hall, el baño, todo en una escala casi sobrehumana. Entre mi dormitorio y el baño había un vestidor siempre en sombras, con dos puertas de intercomunicación. Yo sabía que allí había un monstruo porque lo oía respirar. Si la puerta se había quedado entornada, sentía que me miraba, que acechaba el momento en que me quedara dormida para atacarme. Trataba de distraerme, sin conseguirlo, mirando el empapelado de la pared, que tenía flores celestes casi como repollitos, agrupados en series variables. Yo les veía ojos, boca, los imaginaba en conversaciones tontas hasta que la angustia se hacía insoportable; cuando entraba en un sudor frío aparecían mi tía y mi abuela, tan tranquilas. Tenía que hacerme la dormida porque era de rigor. Cuando me despertaba a la mañana siguiente estaba otra vez sola, y esperando que me llamaran volvía a mirar los repollitos charlatanes. Con la luz todo era más llevadero y la habitación se convertía en una cámara que reflejaba en el techo las sombras de los escasos transeúntes de esa calle triste y resignada. Lo mejor era cuando pasaba el carro del lechero, porque hacía una trayectoria en ángulo recto por el techo y entonces me imaginaba una película sonora de luces y sombras, con el ruido de los cascos del caballo en el empedrado y la imagen deslizándose sobre el blanco del cielorraso. Nunca mas volví a estar en una habitación/cámara fotográfica, pero me alegró encontrar en uno de los cuentos del padre Castellani esta ilusión óptica que ayudaba a su detective a resolver un crimen.
A los siete años decidí no tener más miedo y comencé a hacer los ejercicios que recomendaba un libro de mi hermano, producto de su asistencia a las Escuelas Pías, llamado El joven de carácter.

Leda Schiavo

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LEER LA REALIDAD

La realidad es contradictoria, fugaz y caduca. Lo que percibimos como permanencia e inmutabilidad podría ser apenas un reflejo de nuestro deseo de seguridad e inmortalidad. Mientras no cambie nuestro entorno, la ilusión de lo conocido y duradero podrá seguir confortándonos en el diario vivir.
La ficción es, en cambio, al menos duradera y muestra siempre una dirección principal. También es, corresponde mencionarlo, inquietante y nos aporta una dosis de incomodidad cuando confrontamos sus postulados con lo cotidiano.
Puedo equivocarme una vez más al plantear que los operadores de lo ficcional (ideas, textos, imágenes, mitos, utopías) son elementos sólidos y valiosos para tratar de entender determinados hechos y procesos y para construir opinión sobre los mismos.
No dudo que han acudido a las más modernas y potentes herramientas de las ciencias sociales y políticas quienes basándose en datos objetivos (la caída del socialismo real, el desarrollo vertiginoso de los medios de comunicación y del comercio mundial, la supremacía tecnológica de EE. UU., algunos países europeos y Japón) elaboraron teorías como el fin de la historia, la tercera ola, la muerte de las ideologías y el pensamiento único (todas funcionales a la expansión brutal del capitalismo conocida como globalización). Aún con la utilización de esos potentes instrumentos teóricos y prácticos ninguno de esos investigadores pudo dar cuenta del despertar de sentimientos e ideas de rescate de los valores nacionales, étnicos, e históricos que en muchos países de Latinoamérica han logrado amalgamarse en movimientos políticos que posibilitaron el ascenso al poder de Hugo Chávez, en Venezuela; Lucio Gutiérrez, en Ecuador o el propio Lula, en Brasil.
En cambio las grandes novelas latinoamericanas (“El señor presidente”, de Miguel Angel Asturias; “Yawar fiesta”, de José María Arguedas; “Los de abajo”, de Mariano Azuela; “Capitanes de la arena”, de Jorge Amado; “Redoble por Rancas”, de Manuel Scorza; “El llano en llamas” de Juan Rulfo; “El otoño del patriarca” de García Márquez) anuncian, desde hace años, un tiempo de conflictividad social, de dolor y de victorias populares. Los dos primeros de estos augurios se cumplen inexorablemente desde hace siglos, pero lo novedoso es que también el tercero de ellos parece estar cobrando entidad “real”.
La ficción, en nuestros países, se parece más a la realidad que muchas interpretaciones socio políticas de la misma.
Entre nosotros, Roberto Arlt, Leopoldo Marechal, y buena parte de nuestros escritores desaparecidos, Rodolfo Walsh y Haroldo Conti entre otros, plantearon las mismas líneas de probable evolución socio-política. Entre nuestros escritores, esa línea de desarrollo histórico aparece con menos claridad y más ligada a jerarquizar la conspiración como método, mientras en el resto de América la gesta popular y masiva, la epopeya, parece ser esbozada como el cauce por donde la historia transcurrirá.
Aún esta diferencia en el terreno de la ficción parece, de acuerdo al distinto desarrollo que se observa en los procesos políticos de nuestro país con respecto al de los del resto de América que hemos mencionado, un acierto acerca de los tiempos que vivimos que debería leerse adecuadamente, sobre todo por las fuerzas políticas de izquierda que aún conservan el impulso ético para motorizar los cambios que la realidad reclama y la ficción anticipa.

Claudio L. Pérez

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DE PESIMISMO Y FRONTERAS

Aún no se había secado la tinta de estas páginas el día uno del mes pasado y mi amiga Ginevra ya me escribía consternada reprochándome el pesimismo que destilaba mi nota. Para refrescar la memoria del lector reproduzco las dos líneas escasas que resumían mi desencanto: «… la impresión desoladora de que el heroísmo es impotente y vano, de que el martirio es virtual y de que sólo la astucia y el doble juego permiten prolongar la vida «.
Mi amiga milita en el anónimo grupo de mujeres que han domeñado su instinto maternal por no crear más seres destinados a sufrir la condición humana. He puesto sus palabras en cursiva para no perderlas de vista mientras trato de resolver la contradicción que plantea su reproche. Pero, además, me siento obligado a revelar el hecho determinante en mi decisión de hacer pública una reflexión que nacía como simple respuesta privada. Ese hecho fue la noticia de un secuestro que terminó en asesinato; la víctima, una maestra de 31 años, madre de una pequeña de nueve; el lugar, un punto perdido en la geografía de un país hermano, a 5.000 km de Quilmes y a 10.000 de Madrid.
Imagino que la noticia fue conocida en Argentina con pelos y señales, por tanto sólo voy a destacar la naturaleza del precio, es decir, lo que la hizo especialmente odiosa y preocupante. La moneda de pago que le fue impuesta al padre para recuperar a su hija con vida; la más vil forma de extorsión: el asesinato, la muerte de otro hombre.
Ginevra es mucho más joven que yo. Sería torpe por mi parte tratar de agostar el optimismo de quienes como ella han tomado el relevo. Sin embargo, los que por edad y experiencia «estamos de vuelta» tenemos la obligación de denunciar los hechos, comportamientos, pareceres y doctrinas que algunos de «nuestros» semejantes practican o predican y que, de convertirse en norma, acelerarán la ruina de la especie humana. La noble contradicción en que cae mi amiga es patente: trata de mantenerse optimista pero, al mismo tiempo, es consciente de que el deterioro del comportamiento ético universal, reemplazado por fanatismos de todo signo, no es un escenario que deba abarrotarse de víctimas inocentes. Ella no ayudará a poblarlo. Hace, en mi opinión, algo mejor: dedica una parte enorme de su tiempo para demostrar cómo el desarrollo de nuestra innata capacidad de adaptación puede orientarse para convivir en paz.
Si he omitido la identificación precisa del lugar donde se produjo el luctuoso suceso que catalizó esta nota, ha sido adrede. Mi reflexión es ajena a la moda de satanizar países, credos y movimientos políticos. Mi pesimismo trasciende todas las fronteras. A tan escasas fechas de la última conmoción y espanto, los poderosos negocian febriles. Varias hipocresías, entre ellas las de algunos pacifismos interesados, pinchan como globos. Los sembradores de odio no duermen. La extorsión «afina» sus procedimientos: pide capital a quien lo tiene, o coacciona al pobre para que pague en especie, como «mano de obra». Con variantes el ejemplo cunde, y hasta se exporta con un nombre atractivo: «secuestro exprés».
Sin embargo, muchos europeos occidentales abren otra puerta (falsa) al optimismo, dicen que la cosa no está tan mal… que mientras les suceda a otros y, sobre todo, ocurra bastante lejos… ¿quién puede pensar que reverdezcan los vaticinios de Bertolt Brecht?

Fernando Anguita B.

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LOS HILOS DEL TAPIZ

Ver ciertos aspectos subterráneos de la realidad es tarea difícil; poder seguir el hilo que los va relacionando como en la urdimbre de un tapiz aún más complicado y, si a esto le sumamos la propia subjetividad, pulida primorosamente con los años y desengaños, nos enfrentamos a una tarea realmente complicada, salvo que se profese alguna fe más o menos establecida. Si éste es el caso se puede recurrir al dogma, forma elegante de no enfrentar la duda y sobrevivir. Aquí, en España, cualquier lectura de la realidad debe enfrentarse a la multiplicidad y al contraste, aquí esos hilos profundos de la trama salen a la superficie y hace que se confunda el revés con el derecho.
España y las Españas que coexisten; los hilos del tejido que, de tan fuertes, surgen de lo profundo con la particular fuerza del que no quiere morir. El fascismo anacrónico, añorante del imperio de Felipe II, comparte cartel con el desgarrado ideario republicano. Y la sangre no llega al río, la globalización los une y también el banco Santander, pero no los mezcla.
Hace unos meses compartí durante unos días la rutina de un pueblo de Castilla; al atardecer los hombres se reunían en una especie de club social, bar y mentidero, con mesa de pool y televisor para ver el fútbol. Los temas de la conversación se repitieron casi litúrgicamente durante esos días: el fútbol, los cultivos, la caza del jabalí, que allí se practica, la parición de las liebres y las mismas anécdotas sobre presentes y ausentes día tras día. A veces , en ese recorrido errático de las conversaciones de café, se bordeaban temas de la guerra civil del 36 pero jamás se entraba en ellos. Cuando supe que la mitad de los abuelos o padres de los presentes había matado a los abuelos o padres de la mitad restante, comprendí las razones del pacto de silencio y a la vez dejando aflorar mi veta cínica pensé que los españoles son capaces del cualquier sacrificio con tal de compartir el bar y un rato de charla. Un tiempo después, sentado en uno de los bancos que bordean el museo del Prado charlaba con Antonio, un extremeño, vendedor ocasional de abanicos españoles fabricados en China, en un momento de la conversación, Antonio, haciendo un largo silencio y mirando la bandera española que flameaba en un mástil del edificio, sin dejar de mirarla dijo: - Yo escupo en esa bandera, no es la mía- Me llevó unos segundos darme cuenta que “su” bandera era la republicana y que para él el hilo rojo del tapiz no era parte del pasado a olvidar, sino un hilo útil para volver a tejer vaya a saber qué utopías o futuras realidades.

Leandro Manzo

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REAPERTURA DEL TEATRO MARÍA GUERRERO
con «HISTORIA DE UNA ESCALERA» de Antonio Buero Vallejo

Después de tres años de cerrado al público por obras, el pasado 14 de mayo se reabrió en Madrid el Teatro María Guerrero y con una función que está consiguiendo poner el “No hay localidades” desde el primer día de representación. Se trata de “Historia de una escalera”, de Antonio Buero Vallejo, en una producción del Centro Dramático Nacional, con dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Dos factores, en mi opinión, está influyendo en lo que se prevé un largo éxito de público: de una parte el volver (o entrar por primera vez) a lo que fue el Teatro el de Princesa, construido en 1885 y que en 1908 pasó a ser propiedad de la actriz María Guerrero y su esposo Fernando Díaz de Mendoza; de otra, quizá la más importante, ver “Historia de una escalera”, la obra que en 1949 obtuvo el premio Lope de Vega y con la que Buero Vallejo se dio a conocer como autor dramático.
En la función se nos plantea el devenir de tres generaciones de personas, enclaustradas es la escalera de una casa de vecindad; sus frustraciones y anhelos, sus odios, y la dura sensación de que las clases sociales marginadas difícilmente encuentran una salida. Más allá de la escalera sólo se va a comprar lo necesario para subsistir y cuando se sale definitivamente es en el ataúd. También hay momentos de solidaridad pero las rencillas arrastradas de generación en generación condicionan la vida de todos. En la escena final un chico y una chica repiten las frases que sus padres dijeron hace años: amor, proyectos... una luz blanca les ilumina y nos hace pensar en si será posible una salida de esa cárcel que es la escalera.
Cuando en 1949 el jurado abrió la plica para conocer al autor premiado, la sorpresa fue mayúscula: Buero Vallejo había sido condenado a muerte por los tribunales franquistas por “adhesión a la rebelión”, siéndole conmutada la pena y, en libertad provisional, desterrado a Carabanchel (hoy un barrio de Madrid pero entonces un municipio independiente.)
Se intentó anular el premio pero aquello habría supuesto un escándalo; también hubo intentos de evitar el estreno, explicito en las bases, pero al final la obra se estrenó en el Teatro Español el 14 de octubre de 1949 y supuso un éxito que ahora se renueva.

Salvador Enríquez

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UN HOMBRE LLAMADO LAZARO

Jesús de Nazaret, apodado también el Cristo, ordenó a sus discípulos retirasen la piedra que cerraba la tumba del pobre Lázaro. A punto había estado el hijo del carpintero de Galilea, unos días antes, de morir apedreado por su propia gente, acaso no por las obras realizadas sino por lo blasfemo de sus palabras. «Yo y el Padre somos Uno» -les dijo, y ahora el destino le ponía delante la posibilidad de demostrarle a los incrédulos que todo cuanto predicaba era verdad. La historia, ya se sabe, nos es narrada solamente por Juan, el discípulo amado. Los sinópticos omiten el hecho o tal vez lo olvidan, aún cuando resulte poco probable que un incidente semejante pasase desapercibido ante sus ojos, siempre dispuestos a ver en aquel Hombre al mensajero divino. Sin embargo, conviene a nuestro relato que ignoremos por un instante este detalle, para oír la palabra del hijo de Zebedeo. Nos dice Juan (11.43.): «Gritó Jesús con voz alta: Lázaro, sal afuera. Y el que tanto le amaba, ligado aún de pies y manos con fajas, y tapado el rostro con un sudario, salió de su encierro después de cuatro días de haber muerto». Luego le desataron y es por todos sabido que anduvo entre los vivos como uno más, ahora olvidado también por Juan, que continúa su relato sin volver a mencionar el episodio. Nada se nos ha dicho, por lo tanto, de la suerte corrida por este humilde vecino de Betania; nada sabemos de su ventura y no resultaría ocioso pensar que pudo haber sido un hombre feliz, un discípulo atento a las enseñanzas de su maestro. Sí sabemos, en cambio, que nadie puede morir dos veces en este mundo. Por eso Lázaro, el buen Lázaro, condenado a vivir eternamente, acaso haya debido vagar por el desierto arrastrando su alma en pena, soportando el paso inclemente de los años, las fanáticas y crueles batallas de la historia, el humano dolor de ser humano. Puede que haya sido uno de los tantos perseguidos por la ira de Vespasiano y Tito, el anónimo conspirador contra Trajano, los ojos incrédulos que vieron morir a Simón Bar-Kokhba. Acaso fue uno de los cruzados de Godofredo de Bouillón en la salvaje noche de la cruz y la sinrazón, la mano que encendió la hoguera donde ardieron Jan Hus y sus amigos, el soberbio que en nombre de una superstición condenó a Galileo, uno de los brutales carceleros que atormentaron al cuáquero William Penn hasta la muerte, el atroz inquisidor que padeció nuestra América, el traidor que ayer nomás bendijo las espadas... Y pudiera ser también, cómo saberlo, que este pobre Lázaro de Betania continúe todavía entre nosotros, y ahora sea cualquiera de los mendigos que nos acosan en las calles, un bufón de Dios que nos mueve a risa, ese alucinado que maldice al Cielo cada vez que alguien le menciona el nombre de un tal Jesús de Nazaret, apodado también el Cristo.

Miguel Angel Morelli

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TEXTOS de OTROS


MUCHAS MANERAS DE MATAR

Bertold Brecht

 

Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el
vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por
medio del trabajo.
Llevarte a la guerra...
Sólo pocas cosas están prohibidas en nuestro estado.

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Todo delSUR

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