LOS SIGNOS DE FUEGO
Miguel Angel Morelli
METAFÍSICA PILOSA
Graciela Reyes
«DOS» CUENTOS
Roberto Enrique Rocca
LA SOBREINFORMACIÓN
Leda Schiavo
DEL SABER COMO PARADOJA
Fernando Anguita B.
CONTRA EL APLAUSO
Federico Pablo Blanco
OTROS
Eduardo Galeano
fab9
LOS SIGNOS DE FUEGO
Corría el año '89, pero corría muy despacio para mi gusto. Me explico: ya entrábamos en marzo y la editorial Galerna no había publicado todavía "Los signos de fuego", el segundo de mis libros hasta ahí (o, para ser coherente con la crítica, el segundo de mis despropósitos). Según lo habíamos planeado, esta obra magna de la literatura universal tenía que haber aparecido en diciembre del año anterior, pero como uno propone y el editor dispone, me armé de paciencia y traté de sofocar la ansiedad imaginando que después de todo marzo no era un mal mes para traer un libro al mundo.
Hasta que en una de esas entró a mi librería un cadete de la editorial con varios paquetes debajo el brazo. "¡Por fin!" -pensé para mis adentros, y hasta me dieron ganar de abrazar al muchacho. Desde luego, ni lo hice ni abrí la boca, por las dudas.
Desaté los paquetes con el corazón alborotado. Y releí el librito de un tirón (hoy muchas de esas páginas me dan vergüenza). Mentiría si no dijese que en ese momento fui uno de los tipos más felices de la tierra, y que mi ego iba creciendo conforme avanzaba en la lectura (de puro modesto nomás no me sentí el mejor escritor del mundo, pero después de Shakespeare, Dante y Cervantes si no venía yo, pasaba raspando).
Entonces armé una buena pila en la vidriera y hasta me mandé de urgencia un cartelito anunciándole a la distinguida clientela que aquella maravilla acababa de llegar a la poesía para cambiarle definitivamente su historia.
No habían pasado cinco minutos cuando entró una mujer. "¿Podría ver ese libro que está en la vidriera?" —preguntó señalándolo con el dedo. ¡Casi muero de la emoción! ¡Cinco minutos y mi obra ya comenzaba a convertirse en un éxito, lo que se dice un auténtico best seller! Temblando, estremecido, agitado, le puse un ejemplar en sus suaves manos de mujer y madre argentina (y por lo visto, sensible e inteligente también). Entonces fue ahí, exactamente ahí, cuando la fulana lo hojeó, avanzó unas páginas, volvió para atrás, lo miró otra vez y, dándose vuelta, me increpó a boca de jarro:
—Pero qué es esta porquería... Yo no sé para qué le ponen "Los signos de fuego" si no tiene nada que ver con el horóscopo.
Y como quien acaba de padecer la frustración más grande de su vida, la pobre se perdió en el horizonte llevándose tras de sí todo mi orgullo destrozado, mi injustificada vanidad, mis irrecuperables sueños de grandeza.
Miguel Angel Morelli
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METAFÍSICA PILOSA
A los cuatro o cinco años, Victoria decidió peinarse solamente el flequillo y los lados. Lo demás era una selva incógnita, pero pasando las puntas del peine por la superficie, no se notaba mucho. Por supuesto, lo pagaba caro cuando le lavaban la cabeza y después le desenredaban la melena mojada llena de nudos.
La peinaron para ir a la escuela, y no solo la peinaron, sino que le pusieron un moño blanco a un costado. Entonces Victoria tuvo el síndrome del moño: la tensión en la mandíbula y en la oreja derechas, para mantener al moño en su sitio. El moño se caía, sin falta, y las maestras la reprendían por su aspecto desprolijo.
Una vez los pibitos de la esquina le gritaron "¡pelada!", y ese fue el momento más humillado de su vida. Pidió llevar el pelo más largo, para poder recogerlo en la nuca, bien tirante. Le ponían una gomita y después un moño de color azul. El pelo recogido le tironeaba, y el moño en la nuca también se caía, y además se perdía. Con la melena suelta y larga, provocaba el entusiasmo de los chicos de la esquina, que ahora tenían la voz rasposa. Daba vueltas y vueltas para no pasar por delante de ellos a la salida del colegio.
Victoria quería ser filósofa. A los once años, tenía muchas ideas sobre la vida, y podía percibir cierta conexión entre ellas, casi un sistema. Anotaba sus pensamientos en papelitos, y los papelitos los guardaba debajo de la radio donde, cada tarde a las cinco, sus tías escuchaban a Oscar Casco. Ella también lo escuchaba, fascinada por esa voz grave e insinuante, debajo de la cual estaban sus pensamientos sobre la condición humana. Victoria dudaba de que existieran filósofas mujeres, y menos chicas filósofas, chicas de once años llenas de pelo. Si hubiera sabido cómo, habría cambiado de sexo.
Cada mes llevaba a su hermano menor a la peluquería. Al hermano le hacían un corte que se llamaba "media americana", y que consistía en pelarle toda la cabeza, menos la coronilla. Un día, Victoria convenció al peluquero de que le cortara a ella el pelo igual que al hermano. En realidad el peluquero le hizo lo que él llamó un corte "a la garsón", pelándole solamente la nuca, y dejándole un poco de pelo, cortísimo, para que no pareciera pelada. Pero Victoria era otra chica. No un chico, sino más bien una chica horrible.
Las tías la recibieron con gritos de espanto. Victoria dijo que el pelo corto era más cómodo. En realidad, quería esconderse, quería llorar, quería morirse. También sintió un gran alivio: ya no tenía pelo. No explicó nada a nadie. Toda la infancia de Victoria es un silencio, porque estaba convencida de que no la iban a entender. Con sus ahorritos compró un cuaderno y le puso una carátula en letras góticas: "Pensamientos filosóficos". Y los empezó a anotar, numerados. Copió los que tenía bajo la radio y se le ocurrieron otros. Cuantos más escribía, más se le ocurrían. Atribuyó ese hecho a la falta de pelo, y se dio cuenta de que por fin era una filósofa. En el espejo era una chiquita fea y rapada. En la realidad, empezaba a ser una sabia. Se planteó si prefería ser linda o sabia, y decidió obstinadamente ser sabia.
La melena de Victoria es ahora blanca, pero todavía abundante y rebelde. Ha escrito varios libros sobre literatura y sobre arte, pero ninguno, específicamente, de filosofía, salvo aquel de la infancia, inconcluso y perdido, que la hizo sentir filósofa. A medida que envejece, Victoria recuerda más y más a la chica que fue. La ve renacer en pequeñas cosas, esas cosas que no le cuenta a nadie. Se ríe sola con frecuencia. Sus hijos se alegran de verla tan bien, pero piensan, como todos, que Victoria es un poco rara. Y sí, claro que es rara. Los filósofos (incluidas las filósofas) son raros, si no, no serían filósofos.
Graciela Reyes
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«DOS» CUENTOS
ATRACO CIRCULAR
(Leer recorriendo sólo uno de los caminos laterales)
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—¡Cómprame este revólver!
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dijo
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dije
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apuntándome
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apuntándole
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al corazón.
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—¿Cuánto vale?
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pregunté
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preguntó
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—Sólo lo que tengas en tu billetera.
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—Está bien
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dije
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dijo
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y le di
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y me dio
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el dinero.
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—¡Gracias!
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dijo
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dije
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y extendiendo la mano
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me entregó
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le entregué
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el arma...
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(volver al principio y recorrerlo por el otro camino) __________ de «Cuentos mínimos»
Roberto Enrique Rocca
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DEL SABER COMO PARADOJA
Muchas voces críticas opinan que los programas televisivos seriados de mayor audiencia contribuyen al progresivo entontecimiento de la población. La clave de la persistencia de esos programas está en los números, en el share, o porcentaje del "pastel" que acaparan del total de televidentes conectados a la hora de su emisión. Ese ingente número de personas, es obvio, no escucha las voces críticas. Lo mismo que el fumador adicto no lo deja porque los demás se lo pidan, de nada sirve sermonear a la gente para que abandone sin más el programa que le gusta. Después de ocho horas de trabajo, más el tiempo consumido en el transporte para volver a casa, a quién le quedan ganas de cambiar un programa banal, pero relajante, por otro que obligue a esforzarse para entender lo que allí se cuenta.
Tampoco es realista esperar que el negocio televisivo "eleve" el nivel cultural de sus programas, y que pase por alto los estudios de mercado que le sirven en bandeja la opinión más común, la que cuenta en el share.
El eminente sociólogo español Manuel Ibáñez dejó dicho que no es el consenso sino el disenso lo que produce saber; que el saber no es una suma de lo mismo, sino un producto de lo diferente. De esa reflexión concluía que el motor del saber no es la opinión común, la "doxa", sino la paradoja.
Ignoro si en los años ochenta Ibáñez relacionaba el abrumador consumo televisivo de productos de poca enjundia con la ralentización del motor del saber. Sin embargo tengo la certeza de que los políticos ya ensayaban el suministro de programas de consenso a todo pasto. Política y televisión -es un lugar común decirlo- son hace tiempo inseparables. Desde la TV se conquistan los votos del segmento menos exigente de la población, los que suelen ser decisivos para ganar las elecciones. ¿Qué gobierno iba a desperdiciarlos sembrando el campo de paradojas?
Lo lamento por las voces críticas que esperen de un vuelco electoral, de un cambio de dirigentes, alguna consecuencia positiva. La "política" de entontecimiento / entretenimiento televisivo nunca cambiará. Marshal McLuhan acuñó en 1967 la muy conocida sentencia que hizo fortuna y dio título a uno de sus libros: "El medio es el mensaje". Para esa fecha, gentes del pueblo llano ya estaban enganchadas al "medio", y enunciaban el aserto a su modo: "La verdad es lo que sale en la tele". Mas no se crea que otras gentes, éstas del pueblo culto, se habían quedado atrás en sus demostraciones de papanatismo: en 1961 las latas de "Merda d'artista" de Piero Manzoni fueron aceptadas en el mercado del arte. Si, como parece, una de esas latas se exhibe desde el año 2000 en la Tate Gallery de Londres y otra en el Centre Pompidou de París*, habrá que cuestionarse la generalización de la paradoja como fuente del saber. Porque elevar la mierda a la categoría de Arte puede ser el colmo de las paradojas, pero ciertamente es una memez y una soberana guarrería. ______________
* Revista «el MANIFIESTO contra la muerte del espíritu y la tierra»— Año II núm 2
Fernando Anguita B.
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LA SOBREINFORMACIÓN
Estar sobreinformados es peor que no estar informados para nada. La sobreinformación es el infierno, la felicidad ingenua del no informado es quizás el paraíso. Nos llenan, nos atosigan, nos torturan con mensajes que suelen contradecirse, negarse, mitigarse. Lo peor son los mensajes de los que pontifican, de los que se creen dueños de la verdad. Y no hablo sólo del Papa y de los miembros de la Iglesia Católica de varios países, que desde la orgía mediática con la que celebraron muerte y asunción han creído que pueden interferir en el poder civil con una desfachatez que no usaban antes. Hablo de las radios, la televisión, los diarios, que en Argentina creen saber todo de todo y nos acosan con interpretaciones asombrosas por lo audaces, indignantes por la ignorancia o mala leche. De tanto usar el lenguaje se pierden los referentes, se agota el significado, se prostituye el presunto intercambio de ideas entre gente que ojalá fuera de buena voluntad. Pongamos el desgraciado caso del ex obispo castrense. El gobierno dice que no es más obispo castrense, porque para serlo tiene que estar en plantilla y recibir sueldo del estado. Los diarios malinforman con mala leche y no dicen claramente que claro, que ser obispo es algo que no puede ser modificado por el poder civil, pero el poder civil puede echar al obispo castrense si este demuestra ser un consumado cretino. No lo puede echar de ser obispo, lo puede echar de ser un empleado del estado. Mire que fácil. Pero se llenan titulares, se apela a todos los sofismas, hasta que el incauto lector no sabe a qué atenerse. Como éste, hay mil ejemplos. De la sobreinformación no informativa medran los vivillos, los vendidos, los malos, y hay tantos, qué barbaridad. Y quién nos podrá proteger de tanta infamia.
Leda Schiavo
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CONTRA EL APLAUSO
Siempre que nos encontramos ante una obra de arte, se producen sensaciones en nuestro interior, que resultan indescriptibles. De alguna manera la obra nos enfrenta con nosotros mismos, y la multiplicidad de sentimientos que tenemos aletargados, se agita incontrolablemente produciendo el goce artístico. El espectador se carga de energía, como si fuese un capacitor, para liberarla luego en el aplauso. Es aquí donde comienza mi rechazo del aplauso.
Cuando estamos en plena vivencia de la obra, en ese momento en que sentimos que estamos por estallar de emoción y placer, esa fuerza centrípeta que se origina frente al arte, queda reverberando al finalizar la obra. Pero en el aplauso, ponemos un corte abrupto a la ficción, de golpe estamos nuevamente sumidos en el "mundo real", todos volvemos a ser ciudadanos comunes y corrientes. Ha aparecido el divisor de mundos, el anti-mago. Dejamos la energía en el aplauso y volvemos a casa, cansados como de una caminata entretenida; gozosos y aliviados. Pero aquí propongo abandonar el aplauso, esa barrera de la represión, y quedar rumiando la experiencia estético - conceptual, sin ese corte a la realidad. Seguramente, después de esto, notarán que la sensación es más profunda y duradera, e incluso más productiva, ya que esa energía se irá disipando en nuevas experiencias estéticas, que volverán a engendrar arte, o al menos goce estético. De esta manera, el arte dejará de ser una serie de experiencias interpoladas en nuestra vida, para ser algo que fluye naturalmente.
Seguramente muchos estarán objetando mi propuesta con el sofisma de que el aplauso es la forma de comunicarse, que tiene el público, con el autor y los intérpretes de la obra; cuando en realidad, es algo que simplemente está institucionalizado. Ya es hora de matar al "ARTISTA" y reivindicar al Artista. La verdadera comunicación, es el contacto directo entre el público, los autores y los intérpretes. Es tiempo de abandonar la frialdad y el snobismo que caracterizó la relación entre estos tres exponentes de la esfera del arte.
La vivencia del Arte como algo natural, es convertirlo en algo cotidiano y es el primer estadio de la Vida Estética.
Federico Pablo Blanco
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