LUZ Y SOMBRA
Miguel Angel Morelli
LA CITA
Graciela Reyes
SOBRE LA LOCURA
Roberto Enrique Rocca
EL CÍRCULO VICIOSO
Leda Schiavo
DE CONSPIRACIONES
Fernando Anguita B.
HIPERTEXTOS
o una estética de la ilegibilidad
Alicia Silva Rey
CINE - recomendados
Cintia Alviti
DESDE LA BUTACA: Perdidos en Japón
Josefina Sartora
OTROS
Héctor Tizón
fab9
LUZ Y SOMBRA
Todas las artes nos acercan a lo trascendente. Pero sólo una lo hace apelando a la magia: el teatro. Porque el teatro es magia en sí mismo: usted paga la entrada aceptando que va a ser engañado; sabe que la historia de amor de esos dos adolescentes es invención pura; no desconoce que Romeo será Romeo sólo durante el tiempo que permanezca en escena; admite que esa Julieta que simula morir no lo hace en realidad porque es precisamente una simuladora... Y sin embargo usted se emociona, sufre, llora con ellos. Y cuando las luces se encienden abandona la sala con el corazón alborotado.
El teatro es parte intrínseca del hombre. Aún antes de intentar el canto, muchísimo antes de contar una historia, aprendemos a simular. Representamos. Nos representamos en el mundo apenas descubrimos la mirada del otro. Y como civilización, no se sabe de ninguna que haya podido prescindir del teatro, a la teatralización.
Acá, en Quilmes, hasta no hace mucho teníamos una sala oficial. Que no era mucho, pero era algo. La desidia de los distintos gobiernos de turno, la falta de iniciativa de los propios interesados y el uso inadecuado hicieron que terminase clausurada, casi en ruinas. La remodelación de la Casa de la Cultura pudo haber sido una oportunidad única para devolverle su antiguo esplendor. Pero no, desapareció, nuestro viejo teatro terminó convertido en un espacio "de usos múltiples" (eufemismo que sirve hoy para designar aquel lugar que no es ni chicha ni limonada). Como siempre, están los bien pensados que dicen que reconstituirlo resultaba virtualmente imposible, e inseguro por lo demás. Y están los mal pensados que sospechan que el antiguo teatro (y el ex Palacio Municipal en general) terminará convertido en un salón de fiestas más apto para que los funcionarios hagan sociales que como un centro generador de actividades verdaderamente artísticas.
Lo concreto, lo que no admite sombra de duda, es que la ciudad no puede darse el lujo de quedarse sin su teatro. Y que si bien su recuperación es tarea de todos, son las autoridades las que tienen la obligación de darle una respuesta satisfactoria a la cuestión.
Miguel Angel Morelli
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LA CITA
Esperaba encontrarlo envejecido, pero no, seguía joven, tenía los párpados lisos, las manos sin manchas. En el café había mucho ruido y nos sonreíamos sin hablar. Por las ventanas se veían las calles llenas de gente, los autobuses, los semáforos, los árboles verdes y vibrantes, la ciudad atareada y sonora de las tres de la tarde, que siempre me sorprendía.
Pedimos té con leche. Nos trajeron dos teteras, una jarrita con leche fría y un plato de biscuits. Cada uno se sirvió su té. Después volvimos a mirarnos. Hizo un gesto: levantó un poco la mano, los dedos hacia arriba, como quien resume, y la dejó caer, cerrándola, como si algo quedara cerrado en el discurso. Algo no dicho, nunca dicho.
Un día, muchos años atrás, habíamos ido juntos a navegar por el río en un barco a motor. En la prefectura nos dijeron que el tiempo iba a ser bueno. Cruzamos el río por la parte más ancha, llegamos a Colonia, comimos allí, y al anochecer volvimos lentamente sobre el agua violácea, fascinados los dos por las luces de la ciudad inmensa.
Le pregunté si todavía tenía el barco. Oh, no, dijo, y noté en su voz piedad, cortesía, y yo, también por piedad y cortesía, agregué Qué pena, era un lindo barco.
Puso una mano sobre la mía, brevemente, como para reconfortarme o para hacerme callar, o las dos cosas.
Los biscuits de almendra eran muy ricos. El entusiasmo de la ciudad, los pasos rápidos, los fragmentos de conversación, las risas, las melenas rubias y castañas de las mujeres, todo penetraba por las ventanas y nos impedía concentrarnos. Pero a nuestro alrededor, hombres y mujeres parecían absortos en sus conversaciones: hablaban frente a frente, mirándose a los ojos, y, si se quedaban en silencio, esos silencios eran densos y ricos de significados, porque seguían mirándose. Algunos fumaban, casi todos tomaban café. Los mozos, vestidos de blanco, iban de mesa en mesa con sus bandejas sobre el hombro. Siempre me ha extrañado que la gente se sienta tan cómoda en cualquier parte, en un café, en una estación, en la calle, en el cine: se apropian tranquilamente de los lugares, conviven con todos sin perturbarse. Yo, en cambio, me siento siempre un poco extranjera, como si no supiera la lengua que hablan los otros, o no fuera capaz de orientarme por las calles, como si estuviera en un sueño, en que nada es real ni es cognoscible. Él me contó algo de sus hijos, como siempre, y yo lo escuché sonriendo. No me preguntó nada de mí. Nunca me pregunta nada de mí, ni por cortesía. Pagó la cuenta y yo dejé el cheque sobre la mesa, doblado. Lo abrió con dos dedos y miró la cifra. Levantó un poco las cejas. Quizá esperaba más, pero sabía que en cada encuentro yo le daba todo lo que podía, a veces mucho más de lo que podía. Me sonrió, a su modo, levantando apenas los labios, sin abrirlos. La sonrisa consistía solamente en levantarlos hacia la nariz, apretándolos, era una sonrisa juguetona, simpática, que le volvía risueños los ojos por un momento. Nos levantamos a la vez y salimos a la calle llena de luz. Me puso la mano en el hombro, se inclinó sobre mí, y nos besamos en ambas mejillas, casi sin tocarnos. Yo fui hacia el subterráneo, y él hacia la esquina. Me di vuelta a mirarlo antes de bajar las escaleras: en ese momento cambió la luz del semáforo y cruzó la calle, alto y un poco desgarbado, con el mechón de pelo sobre la frente, tranquilo. Lo miré hasta que ya no pude distinguirlo entre la gente.
No me había dicho gracias. Nunca me dice gracias. Cada vez que le doy dinero espero que me diga gracias, porque así podré, quizá, dejar de odiarlo.
Graciela Reyes
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SOBRE LA LOCURA
Mi padre, que se recibió de médico allá por 1922, contaba de una clase de psiquiatría en la que el profesor presentó varios pacientes internados. Uno de ellos, una vez ubicado en el estrado, empezó a perorar, en tono magistral, acerca de la importancia de los locos. "Somos importantísimos. Si no fuera por nosotros ¿cómo podría saberse quien está cuerdo? Por supuesto, los locos como yo, porque éstos -concluía señalando a los otros pacientes que esperaban su turno para la mostración-, éstos no sirven para nada".
La clave estaba en que este loco creía en la utilidad de su locura. A lo largo de la historia, muchos de los grandes héroes, descubridores o inventores, estaban más cerca del modelo del loco que del cuerdo.
Porque ¿qué puede esperarse de los cuerdos? Ningún cuerdo se atrevió a proponer el cruce de los Alpes o de los Andes, del océano o del Mar Rojo; a explorar el África, descubrir el polo o trepar al Himalaya. El mundo crece y avanza gracias a aquellos locos que se atreven a soñar y apostar a la realización de los sueños.
Pero seamos sensatos. El que esto escribe está obligado, por su profesión de psiquiatra, a serlo. Y el elogio de la locura no puede quedar así sin más. Aquellas cosas que los locos aportaron a la civilización funcionan y son útiles gracias a una multitud de cuerdos (gente poco propensa a pensar cosas raras, pero suficientemente segura de que el pan es pan y el vino vino) capaces de sostener con tesón y constancia lo que la inspiración del loco creó.
Digamos entonces que si no hubiera locos para poner en marcha lo nuevo, y no hubiera cuerdos para consolidarlo y conservarlo, el mundo no funcionaría. Esto vale también para cada individuo, porque, como dice el dicho popular "de poetas y de locos, todos tenemos un poco." Uno de los méritos más sólidos de Freud fue mostrarnos que todos los humanos tenemos nuestra parte loca y nuestra parte cuerda y que la salud es cuestión de proporciones y equilibrios.
Como en la anécdota que contaba mi padre, hay locos demasiado locos, que no sirven para nada porque quedan aislados y perdidos en soliloquios vacíos, pero también hay cuerdos, demasiado cuerdos, demasiado adaptados y obedientes a lo que se les impone de afuera, que son como títeres sin alma y tampoco sirven para nada. Para nada humano, por más que muchas veces los poderosos se las arreglen y los utilicen para sus fines. No andaba errado Lenin cuando inventó aquello de los "idiotas útiles".
Termino citando a Joyce McDougall, una destacadísima psicoanalista actual, quien ahondando y aggiornando las ideas de Freud escribió un "Alegato por una cierta anormalidad", en el que describe, además de los psicóticos, los neuróticos y los perversos, a los "normópatas" o enfermos de un exceso de normalidad.
Roberto Enrique Rocca
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DE CONSPIRACIONES
La cancioncilla o limerick que insta a los escolares ingleses a tener presente el 5 de noviembre, después de poner nombre a la efemérides, la conspiración de la pólvora, termina insistiendo en lo imperativo, en que no hay motivos para olvidar la traición. Es un razonamiento circular, casi tautológico, y por eso enormemente eficaz. Tanto, que desde la histórica fecha de 1605 en que se produjo el intento de voladura del Parlamento Británico, su evocación se repite una y otra vez. La última, contemporánea y universalizada en la gran pantalla, se ha esmerado en la estética cómic y la tecnología fílmica puntera, para que los escolares de cualquier país puedan compartir el recuerdo y preguntarse por su significado (supongo). El título de la película: V de venganza".
Sin embargo, el vaho denso que emanaba de los sótanos donde se fraguaban las conspiraciones del pasado ha perdido hoy su glamour visual, parejo al de la niebla, y su pestilencia. A decir de algunos investigadores de la cosa, lo que hoy se puede rastrear fisgoneando a toro pasado por los aledaños de los loci conspirationis es la estela inconfundible de Chanel. Las conspiraciones fraguadas en el mundo occidental contemporáneo no parecen realmente tales. Portan nombres, algunos exóticos y muchos respetables. El Club Bilderberg, por ejemplo, paradigma para algunos de la conspiración total, absoluta y global, es definido en la Enciclopedia Británica como una conferencia de tres días de duración que se celebra anualmente y a la que asisten unas cien personas de Europa y Norte América: altos funcionarios de los gobiernos, políticos, economistas y banqueros de la mayor influencia [...]
Por otra parte, cualquier ciudadano interesado por la Historia sabe que, de un modo u otro, las grandes convulsiones que cambiaron los cuadros, alianzas o ideologías dominantes, estuvieron precedidas de un "plot", de una conspiración urdida bajo el suelo del mismo "imperio" que gobernaba. Norberto Bobbio recomendaba (hacia 1984) echar una mirada no distraída... a la historia de los arcana seditionis. Reforzaba su argumento citando el pasaje de los Discorsi sulla prima deca... en el que Maquiavelo, (93 años antes de la conspiración de la pólvora), advierte que muchos más príncipes han perdido la vida y el Estado por conjuras que por guerra abierta.
En ningún caso del (sospechoso) presente, ni en otro histórico, ni en cualquiera del futuro, las investigaciones privadas u oficiales van a esclarecer la "verdad", todo lo más producirán hipótesis verosímiles. Ni los Kennedy con todo su poder residual y su fortuna han podido corregir el informe Warren. Al ciudadano sólo le cabe esperar que una pelea interna, una brecha de disenso entre los mismos conspiradores permita filtraciones interesadas que rompan la conjura de silencio. Infinitesimal esperanza, y más que pequeña, suicida. El efecto dominó subyacente en todos los procesos de relaciones ramificadas colapsaría todo el sistema.
Es cierto que el colapso tiene necesariamente que llegar: lean a James Lovelock y juzguen, aunque, a mi entender, las jóvenes generaciones, técnica y científicamente preparadas, pueden aspirar a retrasarlo. Eso sí, contando con que las siniestras maniobras de "ingeniería social" de los bilderbergers, denunciadas en varios libros, no malogren el futuro de los plain new born, los que están naciendo hoy fuera de la elite.
_____________ Coda:
El nombre del Club es el del hotel donde se celebró su primera sesión. Resulta evocador traducido al español: "Montaña de las imágenes" o "Monte de los dibujos", cualquier versión me despierta sugerentes asociaciones.
Fernando Anguita B.
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EL CÍRCULO VICIOSO
Yo soy esa persona de clase media que ha trabajado toda su vida y ha sufrido los avatares de este país y ha tratado de participar y estar presente en todos los acontecimientos políticos importantes sin evadir los compromisos. Y tengo miedo de quedar otra vez entre fuegos cruzados. Así como en Ezeiza quedaron los pobres ilusos que fueron a recibir a Perón, por ejemplo. Estudiantes, trabajadores, asesinados o heridos en el medio de la refriega entre la derecha y la izquierda peronista. Ayer vi un muy buen documental sobre Gelbard, el ministro de Economía de Perón, en el que se vuelve a vivir la confrontación entre montoneros y triple A, entre otras cosas. Lo que más llama la atención cuando uno escucha a los jefes montoneros que hablan allí, es que no hay la mínima autocrítica, siempre la culpa es de los demás, reducen la historia argentina a una película de buenos contra malos, los buenos, los puros, son ellos, claro. Hoy muchos de esos jefes montoneros son burócratas de este gobierno, en el que conviven con complacencia los buenos y los malos. ¿Pueden los corruptos estar al lado de los puros? Maravillas del peronismo: sí, pueden, han podido y podrán. Barrionuevo, junto a Graciela Ocaña, milagros del kirchnerismo.
El triunfalismo de los ahora defensores de los derechos humanos, de esos siempre adolescentes que cometieron tantos errores en el 73, a quienes vi, por ejemplo, entrar en la Facultad de Filosofía y Letras con uniformes, banderas que decían Perón o muerte, con calaveras y tibias cruzadas, como piratas del pensamiento, que es lo que eran, sin darse cuenta de que no habían ganado ninguna revolución y de que empezaban la lenta tarea de destrucción de la Universidad de Buenos Aires entre otras cosas más graves, ese triunfalismo, decía, me estomaga.
Yo también estaba entre el pueblo en la Plaza de Mayo el 25 de 1973, como el Presidente. Por eso mismo, y habiendo vivido tantas cosas, ahora sé que la historia es algo más que aquellas películas de la infancia en las que los japoneses eran siempre los monstruos o tres blancos mataban a tres mil indios.
No puedo dejar de pensar que otra vez la gente común va a quedar bajo los fuegos cruzados de francotiradores de derecha e izquierda si el presidente sigue el juego de provocaciones: vean la reacción de los militares que reivindicaron a sus muertos hace unos días.
Que los muertos de cada lado entierren a sus muertos y nos dejen vivir en paz. Los niños y los viejos de este país, los enfermos y los discapacitados, los indígenas, los grandes abandonados, son los que nos necesitan. Recordando a las víctimas y a los monstruos no se contruye el país, hasta pueden ser maniobras de diversión de otros hechos que se nos ocultan.
Kirchner no inventa mundos contrapuestos, como dice Bergoglio, pero me parece que los vigoriza, los fortalece, los azuza, y esto es imperdonable.
Leda Schiavo
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HIPERTEXTOS
o una estética de la ilegibilidad
1—Amputaciones, injertos
En la intrusión al "estereotipo literario" también denominado Modelo—, ¿no habría una suerte de Fe en la purificación del "cáliz" que cierta tradición literaria vendría a representar para el Autor intrusivo? ¿El Autor como Oficiante Único, llamado a "revelar" hasta el agotamiento las posibilidades de ilegibilidad de un referente canonizado o canónico? Y el campo o contexto cultural, ¿no legitima acaso como reescritura de un texto literario dicha propuesta porque la pulseada denigratoria contra el paradigma en cuestión se dirime en el plano estético e ideológico que al propio campo conviene?
2—El cáliz que se aparta
Descartar una tradición degradándola, anteponer la incoherencia no resuelta a la búsqueda, plantarse en la autoexégesis, necesita de un lector recalcitrante acaso genuflexo. Un otro del Autor que lo sostenga en la incongruencia de un pacto de lectura en el cual dicho autor, no cree.
3—Efectos de lectura
En la fetichización de sus poetizaciones a través de instructivos, programas y epítomes, autores consagrados imponen, entre nosotros, maneras unilaterales de hacer leer sus textos. Con lo cual inducen efectos embalsamados o cadavéricos de lectura.
4—La Lengua emboscada
De la superposición Autor—Exégeta manan Preceptos en los que la voz del Poeta Único absolutiza los modos de acceso a su Obra poética, desalojando toda idea de lectura, de otredad, que no sea el eco de su estribillo narcicista una y otra vez modulado.
5—Lavar el cáliz
Esa encarnizada dependencia a una tradición a la que se elige "difamar", ¿no ha de devenir idolatría, sermón balbuceante y espasmódico de un predicador crispado en un mero ejercicio de poder?
6—La Lengua material
Una intensidad que actúe al modo y/o en el lugar de un anti—poder o a la manera de una resistencia interior orgánica manifestable en las cualidades de supervivencia y modificación de una Lengua, ¿no sería aquello durable y extensivo y (acaso) poético que esperamos encontrar en un texto literario una vez que ha pasado el momento transitorio e histórico de su producción?
"¡Osamentas de las palabras, ustedes no se
duermen como las ilusiones, frecuentan los
lugares de donde irrumpirán las palabras no
nacidas todavía!¡Toda la noche, toda la noche!"
Arnaldo Calveyra: "Diario del fumigador de guardia" ____________
Alicia Silva Rey
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CINE - recomendados
Imposible no emocionarse con este excelente documental, que nos muestra de todo lo que es capaz el pingüino Emperador al traer vida al mundo y protegerla, sin golpes bajos o escenas crueles, tan comunes en los documentales que se ven por televisión.
Y no sólo aprenderemos sus costumbres, sino que también vamos a admirarnos, y por qué no, a identificarnos con esta comunidad de pingüinos monógamos, capaces de realizar cualquier sacrificio por sus hijos.
Filmado en la Antártida, nos deleita además, con las tomas panorámicas y con los primerísimos planos. No en vano ha ganado el premio Oscar al mejor largometraje documental. __________ «La marcha de los pingüinos» (La marche de l´empereur, Francia/2005). Dirección: Luc Jacquet. Guión: L. Jacquet M.Fessler. Documental en castellano. Duración: 85 minutos.
Cintia Alviti
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DESDE LA BUTACA: Perdidos en Japón
Y bueno, había que regresar.
Todo tiene su fin, y fueron 2 semanas de inmersión en la cultura japonesa, 2 semanas de confrontar con la diferencia. Los extranjeros en Japón ven superada a cada paso su capacidad de asombro. Son cientos de años de transitar por diferentes carriles. Hasta 1868, Japón estuvo cerrado al contacto e influencias extranjeras, vivió puertas adentro. A pesar de que desde entonces hayan experimentado casi 150 años de intercambio, esa vida en exclusividad con lo propio se siente aun hoy.
Son pocas las oportunidades de ver carteles escritos con nuestros caracteres, muchas menos las de ver caras occidentales, pues al contrario de lo que sucede en las capitales de Europa, en Japón no hay casi turistas. Los pocos que se ven, son alemanes —con quienes los une una afinidad particular— y unos pocos anglo parlantes, tal vez de Australia o Estados Unidos. Por lo tanto, las dificultades para manejarse son mayúsculas, sobre todo a la hora de comprar un abono de metro o un billete de tren en las máquinas expendedoras. Pero siempre habrá allí un japonés cordial que nos ayude, siempre con una sonrisa, aunque no hable una palabra de inglés. (Sí, porque nadie habla inglés, es increíble, ni siquiera los jóvenes estudiantes.) Todo, por supuesto, acompañado de innumerables reverencias y mucho arigato de ambas partes. Las 3 arrugas que Buda tiene en su cuello no están allí porque sea gordo, sino que significan amabilidad, calidez y compasión, y si bien los japoneses practican una peculiar mezcla de sintoismo y budismo, ponen en práctica esas virtudes budistas.
Recorrer Tokio en bicicleta reiteradamente permite apreciar la ciudad con tranquilidad, admirar su limpieza, el orden, el respeto hacia los demás. Todo está facilitado para pedalear, y a nadie se le ocurriría robar la bicicleta en el estacionamiento, ni sacar las cosas que se dejan en los canastitos, incluida la compra del supermercado. Circular despacio permite ver que algunas veredas tienen dibujado el cartel de no fumar, y hay multas de 30 dólares para el que lo haga. También ver a algunos tokiotas fumar en las veredas permitidas con un pequeño cenicero, para no tirar la ceniza al piso, ni mucho menos, el pucho.
De la gastronomía, basta decir que aparte el arroz, el pescado crudo, las algas y los fideos, nunca sabía lo que estaba comiendo. Y que en ningún, ningún restaurante ponen tenedores. Se toma mucho en Japón, el riquísimo sake o cerveza. Hemos visto salir de algunos bares hombres totalmente borrachos, y al parecer, es lo habitual en los oficinistas, quienes trabajan todo el día y antes de tomar el metro hacia su casa se pasan de alcohol.
También puede notarse un revival del quimono, abundan las mujeres que se pasean elegantes con él, incluso las más jóvenes toman clases para saber cómo usarlo, que no es fácil. Tuve siempre presente el recuerdo de mis admirados Ozu y Mizoguchi, por múltiples motivos. Y si apelamos a lo cinematográfico, la experiencia fue más parecida a Iluminación garantizada que a Perdidos en Tokio, porque nunca se trató de quedarse en el hotel, y sí en cambio, sentirse como los hermanos perdidos en la cultura extranjera.
Josefina Sartora
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