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CONCIERTO MUDO PARA DIOTIMA
Miguel Angel Morelli
EL AMOR, ESA PALABRA
Leda Schiavo
DE FORTUNAS Y DESHIELOS
Fernando Anguita B.
¿QUÉ QUEREMOS DECIR CUANDO DECIMOS “ME SIENTO FELIZ”?
Gtaciela Reyes
ZAPPING FRENÉTICO
Fabián Iriarte
LA INFORMACIÓN GLOBALIZADA
Salvador Enríquez
DOS POEMAS
Mario Meléndez
OTROS
Julio Cortázar
fab6V-9
CONCIERTO MUDO PARA DIOTIMA
Como a todos los hombres, le tocó vivir el más terrible de los tiempos. Como todos los hombres, fue testigo del ocaso de aquella era que nunca termina y esta otra aurora que jamás comienza. Amó a Diotima, y en Diotima la imagen del paraíso perdido (como la Sophie de Novalis, como la Wilhelmine de Von Kleist, la Diotima de Hölderlin encarnó lo opuesto a todo lo que de vulgar y perverso nos trae siempre la realidad).
En rigor, aquella mujer amada no se llamaba Diotima sino Susette Brokenstein, y nuestro poeta la conoció en 1796, cuando entró a trabajar como preceptor en casa de su esposo, el banquero Gontard. Era, dicen las crónicas de la época, delicada y extremadamente bondadosa, aunque firme de carácter, no demasiado bella y de mirada algo triste. El anverso perfecto, se diría, la contracara ideal para esa moneda de oro que con el tiempo terminaría acuñando Hölderlin y que dio en llamarse el romanticismo.
Según sabemos, la muerte de Susette arrastró al escritor hacia las cimas de la desesperación. Así, olvidado de los asuntos de este mundo, vagó de aquí para allá, saludó a las estatuas de París con enormes reverencias, vistió harapos en Nürtingen, intentó regresar a la poesía durante los períodos de calma, permaneció internado en la clínica del doctor Authenrieth en Tubinga, se paseó durante días enteros por las orillas del Neckar (armando bellos ramos de flores que después arrojaba al agua, borracho de furia). El pobre tenía apenas 37 años y habría de pasar los próximos 36 (Hölderlin, aunque resulte curioso, llegó a cumplir los 73) en una mísera buhardilla, pensionista forzado en casa de un carpintero.
Allí, en aquel altillo, cambió su nombre por el de Scardanelli, se volvió desmesuradamente ceremonioso con los extraños (“¿Qué desea tomar, Su Santidad?” –solía preguntarle, sin mohín de burla, a sus visitantes) y aporreó durante años, sin compasión ni cansancio, el piano que le obsequiase una admiradora, la princesa de Homburg. Claro que, apenas lo recibió, le cortó las cuerdas, aunque no todas, de manera tal que algunas sonaban todavía y sobre ellas improvisaba desmesurados y monótonos conciertos en homenaje a su adorada Diotima… Desde luego, estaba loco. Desde luego, las garras de la sinrazón lo habían empujado a ese oscuro rincón del universo justamente a él, el más grande de los poetas, a él y a sus nostalgias de la antigua Grecia, a él y su Hiperión, su fantasma, su viejo piano mudo. Lo que Hölderlin no sabía, lo que no iba a saber nunca, es que ese gesto final y desesperado volvería a repetirse, un siglo y medio después, en otro oscuro rincón del mundo, un arrabal olvidado del planeta llamado, esta vez, Montevideo.
Miguel Angel Morelli
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EL AMOR, ESA PALABRA
A pesar de ser vieja, una se sigue preguntando qué es el amor. Pregunta tan antigua como la humanidad, que han tratado de contestar los filósofos, los científicos, los artistas y los adolescentes de todas las culturas, sin llegar nunca a la respuesta definitiva. Hay tantos libros sobre el amor, el amor en la literatura, el amor entre los esquimales, el amor a Dios, las distintas clases de amor, qué sé yo, infinitas posibilidades.
Yo he llegado a una definición personal del amor. Reconozco que quiero a alguien o algo si pierdo la noción del tiempo.
El tiempo es nuestro enemigo, imposible pararlo, no vale la pena romper el reloj, el tiempo sigue inexorable, tempus fugit decían los relojes antiguos. Sin embargo, hay cosas que, si no detienen el tiempo, nos hacen olvidarlo. Cuando estamos con alguien que amamos o haciendo algo que amamos, el tiempo ya no amenaza, porque nos olvidamos de él. Puede pasar en cualquier momento: estamos tomando mate con amigos y nos olvidamos de lo que teníamos que hacer; entramos en un bar y el tiempo se distiende; estamos con el ser amado y se produce el milagro de la anulación el tiempo.
Amamos porque es una manera de no morir; si no amamos es como si estuviéramos muertos.
En la década del sesenta decíamos Haga el amor y no la guerra. “Hacer el amor” es casi un insulto al idioma, como aquello de “tener sexo” que se divulgó a partir de las travesuras de Clinton. Y vean lo que con este fluir de la conciencia llego a descubrir: que con Clinton por lo menos se hablaba de cosas humanas, aunque fueran quizás demasiado humanas. Clinton quería hacer el amor y Bush quiere hacer la guerra. Y la guerra sí que puede hacerse, lamentablemente. El amor, en cambio, no se hace; el amor es o no es.
Leda Schiavo
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DE FORTUNAS Y DESHIELOS
La noticia ocupaba más de una página en periódicos y revistas de España, y supongo que de Argentina también: la joven más rica del mundo cumplirá 18 años el próximo 29 de Enero, decía, y apostillaba de inmediato, en ese momento entrará en posesión de una fortuna de 1.560 millones de euros.
A efectos prácticos, un día con otro, euros y dólares resultan equivalentes, de modo que el ciudadano argentino, entrenado a pensar en dólares, no tendrá dificultad en apreciar la importancia de esa fortuna y, por supuesto, si no se lo impide la mala sangre que le hervirá ante esa muestra del “desequilibrio global”, puede hacer algunos cálculos, “cuentas de la vieja”, como la que le brindo:
Sea un ciudadano que gana en mi país 25.000 euros “brutos” al año; no es un dato estadístico, sólo un supuesto no disparatado para mostrar equivalencias. Se puede razonar con mayores cifras de ingresos, y también con menos. No importa demasiado, llegaríamos a la misma conclusión. Voy a asignarle a ese hipotético ciudadano la edad de 70 años, de los cuales los últimos 50 fueron los de su vida activa. Mañana morirá de repente, sin embargo hoy, como no lo sabe, se ha puesto a razonar del modo más simple. Sus cálculos son los siguientes:
Mis 25.000 euros/año, mirando hacia atrás, me dicen que lo “ganado” por mí en estos 50 años equivale hoy a 1.250.000 euros, o sea 1 millón y cuarto de euros por toda mi vida. Supongo que eso debe ser lo que valgo. Si ahora divido la citada herencia por lo que valgo, me sale que la “afortunada” joven recibirá en un solo instante lo que 1.248 tipos como yo han cosechado a lo largo de toda su vida. No es para tanto entonces: el instante de una vida por todas las vidas de mil y pico personas, ¡hasta muere más gente en accidentes que se han olvidado antes de terminar de leerlos!
Será que los periódicos exageraron para escandalizar; porque escribieron que tal fortuna alcanzaría para saldar las deudas de varios países del tercer mundo. Y eso no me encaja, puesto que equivale a afirmar que si 1.248 tipos como yo cediéramos nuestros ingresos durante toda la vida, el tan traído y llevado problema de la deuda de muchos países desaparecería.
Naturalmente la hipótesis de este ciudadano es una majadería: los mil y pico tipos no pueden vivir del aire... ¿o quizás sí?
Pues en efecto, porque de poco más que de aire sobreviven hoy no 1.250, ni 12.500, ni 125.000, sino cerca de 1.000 millones de seres humanos a lo largo y ancho de nuestro mundo.
Si la corrección estuviera en apuntar a la fortuna de la novedosa heredera se podría hasta negociar con ella. Pero esa fortuna no es más que la punta del iceberg –perdón por el manido tópico– de la inmensidad de fortunas –en plural, no se olvide– que hacen cuerpo y placa común con ella, como el hielo en los fondos abisales de los mares circumpolares, y cuya fragmentación no muestra, para las fortunas, el menor signo de ser una amenaza. Cosa distinta será lo de los hielos polares; sin embargo, cuando éstos se licuen a velocidad suficiente para que los mares empiecen a tragarse las costas habitadas por ciudadanos del tipo millón y cuarto, los que valen mil y pico veces más ya estarán instalados en Marte.
¿Y los otros casi mil millones...?
Bueno, no serán problema, para esas fechas todos se habrán reunido con Dios.
Fernando Anguita B.
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¿QUÉ QUEREMOS DECIR CUANDO DECIMOS “ME SIENTO FELIZ”?
A veces el lenguaje revela nuestra experiencia con gran precisión. El verbo sentir, por ejemplo, se aplica a objetos disímiles; decimos siento frío, siento miedo, siento vergüenza, siento cariño. Todas esas sensaciones, pese a sus diferencias, son corporales, porque solamente sentimos en el cuerpo, que incluye la mente. Lo que sentimos es, en realidad, nuestro propio cuerpo, nos sentimos. Es fácil entender esto así si pensamos en las meras “sensaciones”: siento hambre es claramente la percepción de un estado del cuerpo. Pero no estamos acostumbrados a pensar en nuestros sentimientos como estados del cuerpo, o no totalmente: los sentimientos parecen tener una cualidad vaga, extracorporal, indefinible.
Lo que provoca los sentimientos está fuera del cuerpo, claro. Algo exterior es lo que causa amor o pena. Junto con esa atención hacia algo exterior tenemos a veces conciencia de alteraciones físicas como aumento de temperatura, sudor o palpitaciones. Pero si queremos llegar a una buena definición de los sentimientos, y distinguirlos de las sensaciones y de las emociones (que son solamente una parte de los sentimientos) debemos volvernos al cuerpo mismo. ¿Por qué decimos “me siento feliz”?
La neurobiología de los últimos años intenta estudiar científicamente los sentimientos, aunque estos parecen eludir definiciones rigurosas y prestarse mejor a ser tratados por la literatura o por la filosofía. Pero los sentimientos son parte de nuestra constitución biológica, son fundamentales para la vida, pues indican estados del cuerpo (diferentes combinaciones de dolor y placer), y nos permiten controlar el bienestar y la supervivencia. Los neurobiólogos estudian los sentimientos observando los cambios que estos producen en el cerebro, gracias a la ultrarrefinada tecnología actual.
Siguiendo la teoría del neurobiólogo Antonio Damasio (expuesta en Looking for Spinoza, Haurcourt, 2003), los sentimientos pueden definirse como un proceso que consiste en tres etapas: la percepción del cuerpo, la percepción de la percepción del cuerpo y la percepción de cierto modo de pensar y de los contenidos de ese pensar.
Para entender esto, pensemos que el cerebro humano controla constantemente los estados del organismo, y produce imágenes continuas de cómo funciona cada una de sus partes. Con una sabiduría neurobiológica refinada por la evolución, el cerebro mantiene la homeóstasis, o regulación dinámica del organismo, con la intención (ciega) de preservarlo. Lo dijo Spinoza: lo esencial de cada organismo es el intento de persistir en ser lo que es.
Para persistir, es necesario un control incesante, que realiza el cerebro. Cuando nos sentimos es porque, con una capacidad exclusivamente humana, construimos representaciones de las imágenes del cuerpo manipuladas por el cerebro. Tenemos consciencia de lo que el cerebro percibe: bienestar, por ejemplo. No podemos decir me siento feliz si no construimos una metarrepresentación de lo que percibe el cerebro, y el cerebro percibe por un lado un objeto exterior que activa el sentimiento, y por otro percibe los estados del organismo, creados a causa de ese objeto exterior. Ver un perro muerto no es un sentimiento, es una percepción visual. Sentir pena por el perro es sentir lo que siente el cuerpo, sentirse. Y es también percibir un modo de pensar y el contenido de los pensamientos. Quien se siente desdichado, percibe su propio modo desdichado de pensar y los temas desdichados de su pensamiento.
Pero en este proceso también intervienen la memoria y el deseo, el pasado y el futuro del cuerpo. En la próxima nota intentaré explicar por qué, si seguimos a la nueva neurobiología, podemos entender mejor que cada sentimiento sea una combinación única, personal, de placer y dolor, y por qué hay sentimientos inexplicables y también sentimientos locos.
Graciela Reyes
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ZAPPING FRENÉTICO
El medio televisivo siempre acudió al mentado costumbrismo argentino para disimular carencias creativas. El arribo de comedias con algún tinte setentoso cruzadas con una pócima de exasperación irracional que supo instalar Son amores, ya se han adecuado en la pantalla hogareña con ánimo de cambiar el curso en un año de apuesta a la producción de ficción. Pero el efecto es el de siempre: Saturación, repetición. Un remanente de lo ya conocido y experimentado.
Los telepacientes que apuestan al cable, se decepcionarán cuando hagan del balance costo-beneficio y resulte de ello una propuesta tan anodina y repetitiva como la anterior. Es que la cosa no cambia sustancialmente, hay que fagocitarse en el arte del zapping y entrenar la paciencia hasta extremos insospechados.
Pero allí, en un rincón húmedo y encantador, en aquel lugar donde nos refugiamos cuando necesitamos sensaciones y estímulos, dónde los recuerdos funcionan como un refrescante páramo, allí mismo, encontramos algo diferente que pospone por un momento la depredadora ansiedad de imágenes entrañables. Film&Arts contiene quizás, las mejores gemas de la televisión cable. Inside The Actors Studio es un programa delicado y profundo, que honra y sintetiza en una hora un grato gesto televisivo, basándose en momentos medidos y necesarios para captar la atención de cualquier espectador con premura de conocimiento. El programa es conducido por James Lipton, un hombre ligado al Actors Studio que ejerce el periodismo documentado con asombrosa meticulosidad, economía de gestos, transiciones de climas e invitados que provocan un calidoscopio de información y sabiduría. Inside The Actors Studio no solo es un viaje interno por los métodos y sistemas del proceso creativo de actores y directores sino que abre la posibilidad de internarse en aspectos mas profundos de la conducta humana a través del arte y el comportamiento. Va de lunes a viernes a las dos de la tarde y repite a las ocho de la noche.
Otro, Taleslight Traducido para la versión Latina como Confesiones de Camino, es un viaje por Estados Unidos profundo, inhóspito y (una palabra que a los norteamericanos les fascina) real. El presentador se lanza a la ruta y recoge en su camino historias al azar que completará años mas tarde. Las historias son verdaderamente asombrosas, sin maquillaje, sin intención de emular a ningún reality, casi un servicio y un breve, pero contundente, espejo de lo diario. Matizado con emociones puras sin atisbo de manipulación, el presentador forma parte de la historia que encuentra, la hace suya y así se convierte en nuestra. Va los sábados a las siete de la tarde.
He aquí lo que encontré en ese rincón, y me juré encontrar más, sé que algunas cosas tendrán el valor referente de los recuerdos y que tal vez funcionen siempre, pero también sé, que vendrán propuestas renovadoras. Tengo la esperanza que alguna vez encontraré satisfacción televisiva y como gruñe Mick Jagger en el viejo tema de los Stones, “No consigo satisfacción, pero lo intento, lo intento, lo intento”
Fabián Iriarte
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LA INFORMACIÓN GLOBALIZADA
Cuando pienso en ella, en la información, me recorre la espalda un escalofrío al detectar que estoy en manos de no sé quién que busca no sé qué aunque me malicio lo que es. Parece una estupidez y un contrasentido que esto lo comente quien se dedica a escribir en los “medios”, pero esta globalización en la que hemos caído está propiciando que las noticias, la información que recibimos, nos llegue sin cara, sin nombres ni apellidos, que esté en manos de unas multinacionales, que al final a lo peor es sólo una, cuyos fines pueden ser la manipulación de las ideas en beneficio de “los de arriba”.
“Alguien” hace que el que estorba desaparezca, deje de salir en los medios; está el caso, por más reciente, del programa “Caiga Quien Caiga”, que emitía TV5 (una cadena de televisión en España) justo cuando iniciaron un espacio en el que se incluían imágenes de Ana Botella, esposa del presidente del Gobierno. Otro caso: TVE-1 (la cadena estatal) retiró de la programación “La vida de Rita” (por baja audiencia, dijeron) y colocan un especial (que tuvo menos audiencia aún) sobre bioterrorismo, muy a propósito para hacernos sentir miedo e inclinar la balanza a favor de las belicistas posturas del presidente Aznar, acólito fiel del “pope” Bush y su violenta “cruzada” contra el Irak. Hay que anotar que el reportaje en cuestión estaba elaborado por dos reporteros del diario estadounidense “The New York Times”.
Recordemos que hace unos meses el gobierno americano habló de la creación, aunque luego rectificó, de una oficina para generar intoxicaciones informativas, esto es: proveer a las agencias de información noticias falsas como si fueran ciertas en beneficio, naturalmente, de sus intereses.
Así las cosas, añoro la imagen de aquellos viejos periodistas, con manguitos y visera, que ayudados por un jovencito vocacional, elaboraban su diario y daban la cara ante los lectores. De esos que aparecían en las películas del Oeste; pero ¡claro! es que al señor Bush del Oeste sólo le interesan las pistolas, las armas, y de Oriente Medio el petróleo.
Por eso a él y a quienes le secundan, desde aquí les digo ¡No a la manipulación! ¡NO A LA GUERRA!
Salvador Enríquez
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DOS POEMAS
SANGRE EN EL EXILIO
Cuando llegó el invierno a Chile
miles de pájaros volaron con la primera lluvia
estaban asustados entre la sombra y la muerte
y prefirieron emigrar con sus vidas hacia otras vidas
Tomaron el primer avión desesperados
se arrojaron a los muelles persiguiendo barcos
cruzaron las montañas huyendo de las lanzas
y dejaron atrás la patria y a los herederos del hambre
Algunos no despegaron jamás
les arrancaron las alas en el intento y la lucha
desaparecieron con nombre y apellido
bajo los árboles de hierro
los encerraron en jaulas por especies
y cuando años después los encontraron
tenían la caricia del cuervo entre sus plumas
Los otros, los perseguidos
los pájaros del pueblo que lograron atravesar la muerte
debieron acostumbrarse a volar de otra manera
a sentir de otra manera, a respirar de otra manera
La tierra ajena los había recibido
la tierra amiga los invitaba a su mesa
a compartir el pan y sus dolores
Muchos incluso en la agonía
soñaron con ver la patria por última vez
pero la patria también agonizaba
había querido volar con sus alas rotas
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EL CEMENTERIO ROJO
Un perro abre la fosa
en la que estoy enterrado
cava con sus negras patas
el agujero que cubre mi sangre
De pronto aúlla
salta, se revuelca
y huye despavorido
a donde nadie pueda encontrarlo
El no volverá a este sitio
El no olvidará este día
Huye sin detenerse
del asombro y del miedo
mientras la noche
con la boca abierta
mira como mis huesos
todavía ladran
Mario Meléndez
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N.de la E.
Mario Meléndez nace en Linares, el 27 de febrero de 1971.
Edita su primer libro en 1993 Autocultura y Juicio que gana el Premio Municipal de Literatura. Ha publicado Poesía Desdoblada, Vuelo Subterráneo, El Barco del Adiós, Travesía por el Río de las Nieblas, Apuntes Para una Leyenda y Las Calles de tu Piel. Actualmente trabaja en el proyecto “Ferias Comunales del Libro”, dirige el taller literario “Los Rostros del Olvido”, en la Cárcel Pública de Talca, (publica dos libros con poemas de los internos), y es Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, filial Talca. Estos dos poemas pertenecen a Canto Deshuesado.
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TEXTOS de OTROS
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Julio Cortázar |
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CUENTO SIN MORALEJA
Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, esloganes, membretes y falsas ocurrencias.
Por fin el hombre supo que habia llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del pais, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.
-Vengo a venderle sus últimas palabras ---dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar facilmente un destino histórico retrospectivo.
-Traducí lo que dice- mando el tiranuelo a su interprete.
-Habla en argentino, Excelencia.
-¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada?
-Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.
El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos.
-Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotas por primera vez y naturalmente, usted no podra decirlas.
-¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -pregunto el tiranuelo ya frente a otra taza de café.
-Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frio, los dientes se le entrechocaran y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso si lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.
Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras. Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegandole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuales hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.
Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.
Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.
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de Historias de Cronopios y de Famas
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