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PRIMER DÍA
Miguel Ángel Morelli
MIEDO 2000
Leda Schiavo
LO PEOR DE SER VIEJO ES HABER VIVIDO UNA VIDA ESTÚPIDA
Graciela Reyes
PADRE DEL SUR IRISARRI
Roberto Rocca
fab6V
PRIMER DÍA
- — ¡No me quedo nada! —gritó.
- — Te va a gustar, ya vas a ver —le contestaron.
- — No señor ¡yo no me quedo nada! —insistió muy serio.
- Pensaba salir corriendo,
agarrar la calle, hacerse humo, pero... ¿adónde iba a ir? ¿quién lo iba a recibir en su casa? Finalmente optó por chillar, arrinconarse como un león herido, y, —cuando ya nada resultado— abandonar la cara de enojado y ponerse a llorar.
- — Vos te tenés que quedar, al principio conmigo, que te voy a estar acompañando.
Después, cuando te acostumbres, ya te vas a quedar solo... —sintió que le decían.
Todo era náusea, un dolor acá, en la boca del estómago. ¿Por qué tenía que
pasarle esto justamente a él, que no pensaba en otra cosa que en su rincón, y en
el patio grande, en las macetas que oficiaban de arco a la hora del partido?
¿Por qué resignarse a perderlos? ¿En nombre de qué?
Al cabo de un rato levantó la vista y allí está la otra, la intrusa, esa mujer
que sabrá Dios qué se creía. La miró de reojo. Después de todo no era tan fea,
era linda, joven y linda. A lo mejor con el tiempo se harían amigos. A los
mejor, quién sabe, hasta se enamoraría de ella.
Dejó de llorar.
— Está bien, mamá, me quedo —dijo.
Ignoraba que ese gesto se ha venido repitiendo desde que alguien dijo que un buen día hay que abandonar ciertos paraísos privados, para empezar el colegio.
Miguel Ángel Morelli
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MIEDO 2000
Poco nos acordamos, ya casi en marzo, y a punto de acabarse para todo las
vacaciones —quien más quien menos habrá tenido un fin de semana, digo yo— poco
nos acordamos, repito, de los miedos que nos daba el año 2000.
Intentaron vendernos apocalipsis de todo tipo: desde que no iba a salir agua por
las canillas, hasta que se iban a disparar solos los misiles rusos. Todo pasó
por la imaginación de los comerciantes del miedo. Era impresionante la lista de
cosas de las que había que tener miedo aquí en Chicago; la administración del
edificio donde vivo, mandó una lista de recomendaciones: comprar comida,
botellas de agua, ojo con los ascensores, cuidado con los ataques de presuntos
terroristas, etc.
En el país tecnológicamente más avanzado de la tierra, casi nadie salió a
festejar el milenio por puro miedo. Por televisión nos enteramos de que los
italianos y los españoles fueron, en Europa, los menos proclives al miedo:
—primero nos divertimos y luego veremos— era la respuesta que daban a los
encuestadores.
Es que el miedo crece a la par con la eficacia de las máquinas. A nosotros, que
no estamos tan avanzados y vivimos en estado de emergencia, que no nos vengan
con miedos. Tenemos varias respuestas para una misma pregunta, hemos pasado por
todo, hemos sobrevivido —como el Facundo de Borges— a millares de muertes.
Los pueblos educados en oposiciones binarias —si o no, correcto o incorrecto—,
llegan a no saber qué hacer. Como las computadoras si se comete el más mínimo
error.
Para mí, señoras y señores, todo es sí y es no, y es, también, tal vez. Todo es
y no es al mismo tiempo y bajo el mismo respecto, así me ha enseñado la vida.
Leda Schiavo
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LO PEOR DE SER VIEJO ES HABER VIVIDO UNA VIDA ESTÚPIDA
Eso no es así. Lo que sí dijo es, literalmente: “Mire usted, Zaragoza fue
fundada en el año veinte antes de Cristo por Julio César”. Con esa frase empezó
una de sus digresiones, ya que estábamos hablando de la vejez. El tema de la
digresión era que Zaragoza era la ciudad que, veinte siglos y veinte años más
tarde, conserva mejor la forma de un campamento romano, y por lo tanto él, don
Marcelo, cuando va a Zaragoza a ver a su amigo don José, pasea por la ciudad
siguiendo el diseño del campamento romano. Eso a don José lo fastidia mucho. Don
José es tan viejo como den Marcelo, y le molesta que otros se lo pasen bien,
sobre todo con cosas superfluas como los campamentos romanos. Don José llevó una
vida tranquila, sin incidentes y sin emociones. Cuando se quede ciego del todo y
no pueda leer ni pasear, no tendrá nada que recordar, nada que seguir
examinando. Y no tendrá nada que echar de menos. No podrá echar de menos. Lo
peor de ser viejo es haber vivido una vida estúpida.
Don Marcelo va a cumplir los noventa pronto. Cada vez que vengo de visita a
Madrid, me invita a comer un arroz con mariscos que se llama “arroz abanda”.
Vamos a un restaurante que tiene dos jardines por donde veo pasar el sol
lentamente a lo largo de la conversación y de la tarde: desde el sol alto de las
dos, cuando llegamos, hasta el sol maduro de las cinco de invierno cuando nos
levantamos de almorzar. Los comensales son todos hombres de aspecto
extremadamente poderoso —camisa impecable, corbata, reloj, ojos fijos, voces
bajas, vino reserva— y todos comen arroz con mariscos, como nosotros. Primero se
sirve el arroz (duro, jugoso, cada grano separado y dorado) y después, de
segundo plato, los mariscos. La cigala es el mejor marisco, dice don Marcelo.
Los mozos van trayendo las grandes paelleras, las muestran haciendo un
semicírculo en el aire que provoca un asentimiento distraído de los comensales,
y sirven los platos en la mesita adyacente. Las naranjas de postre, los mozos
las pelan con un tenedor corto y un cuchillo larguísimo, y las convierten
velozmente en círculos de soles. Los hombres poderosos comen bien, no dejan de
hablar, no se ríen nunca. Envejecerán un día, dejarán de ser poderosos, y qué
recordarán, qué pasado les quedará para el examen placentero y la nostalgia.
Don Marcelo está pasando una vejez suntuosa, repleta de recuerdos. Yo, que
todavía no soy vieja, tengo que dejar de perder el tiempo y ponerme seriamente a
vivir, para asegurarme la vejez.
Graciela Reyes
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PADRE DEL SUR IRISARRI
“Todo el sur está lleno
de estos violentos locos habladores”
--- &nbssp;
”¡Aquí me tendrán siempre
en amorosa habla!”
Los viejos de Quilmes lo recuerdan. Hubo un borracho genial, Mariano Irisarri,
aquel que hacia fines de los cincuenta, andaba por la estación —donde solía
dormir en un banco— y por las calles del centro, clamando en el desierto la
iracundia de unos discursos tan atravesados como fascinantes.
La gente se reía, pero alguno, vislumbrando ese fulgor divino que llamamos
poesía, nos deteníamos a escucharlo, aunque no comprendiéramos demasiado, ni
supiéramos a catástrofes personales desataron un día el torrente de su voz.
Hubo en Quilmes un poeta que brilló como un relámpago y se perdió en la sombra.
Carlitos Véspoli no tenía todavía veinte años y sus ojos y sus oídos bebían con
ansia de ese mundo que lo rodeaba, de ese Quilmes tan querido, que luego
celebraba en versos caudalosos, en lo que alentaba la poesía verdaderamente
grande.
En 1978 publicó “Piedritas y estrellitas”. Libro enorme, desmañado, caótico si
se quiere, pero lleno de hallazgos deslumbrantes. Una de sus partes era “Padre
del Sur Irisarri”, un torrencial recitativo en el que la voz del loco y la del
poeta se entrecruzan y luchan con las voces del coro. El coro de todos lo que
atados a la mediocridad, desoyen a quienes, trascendiendo la opacidad de la
existencia, testimonian lo que está más allá de las palabras.
Empresa trágica en la que termina por sucumbir, identificados, el profeta loco y
también el poeta, prematuramente enmudecido, porque, como escribiera Marechal,
“su voz era más alta que la altura del hombre “ y el hombre —que no pudo
soportar la desmesura de su voz— se hundió en el silencio.
Muchos años después “El Monje editor” ha reimpreso “Padre del Sur Irisarri” en
un prolijo opúsculo. Hay que agradecer al sello editorial el rescate de una
poesía que merece perdurar, y a Horacio Cacciabue las ilustraciones que logran
expresar acabadamente la tensión desgarradora de la obra.
Roberto Rocca
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