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BUENAS Y MALAS PALABRAS
Miguel Ángel Morelli
COHLMAN
Claudio L. Pérez
RÍO DE LA PLATA SE VENDE
Leda Schiavo
LA AGENDA DEL SUR
Graciela Reyes
EL GRAN PAÍS
Mario Ferrari
fab8
BUENAS Y MALAS PALABRAS
Dice Ariel Arango que las palabras no pueden ser calificadas como buenas o
malas, que en todo caso esta categorización depende siempre de una buena dosis
de circunstancias del todo subjetivas. Un improperio lanzado en misa, por
ejemplo, sin duda merece ser tomado como tal, pero ese mismo término pronunciado
en un estadio de fútbol se resignifica de otra manera y pierde gravedad. Por lo
demás, casi todas las que llamamos “malas palabras” están relacionadas con el
tabú y cumplen en la vida diaria una función terapéutica, lo que quiere decir
que dichas en el momento oportuno resultan hasta saludables. Estoy de acuerdo.
Por eso mismo, porque una rotunda palabrota merece un marco mucho más digno, es
que pienso que los responsables de nuestra televisión tendrían que analizar a
estas horas si el lenguaje utilizado en el medio cumple función alguna, o si por
el contrario es gratuito y sin sentido como cree uno. Ya resultan rara avis los
programas adonde no se vea a alguien utilizando términos de grueso calibre,
frases con doble sentido, insultos de toda laya. Y no habo de os consabidos
culebrones, porque por razones argumentales bien pueden necesitarse; hablo de
los programas periodísticos, de los de entretenimiento, ¡de los de cocina! Hace
algunos años había quien se atreviera a mezclar, cada tanto, una palabreja
subida de tono, y esa persona era tildada de transgresora, ¿recuerdan? (algunos
hasta resultaban simpáticos y todo). Pero ahora resulta que la chabacanería en
nuestra TV ha llegado a límites tales, que corremos el albur de estigmatizar
como tal a aquel personaje que logre hilvanar en pantalla una frase de diez
palabras sin apelar a ninguna grosería.
No se trata de levantar la voz en nombre de ninguna moralidad, mucho menos de
pedir censura. Se trata lisa y llanamente de exigirle al medio de comunicación
más importante (el más poderoso, el más invasor), que no nos agreda, porque Ud.
y yo, sin duda coincidiremos en que con cada palabrota gratuita los que perdemos
somos nosotros, los sufridos telespectadores.
Miguel Ángel Morelli
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COHLMAN
- Dijo haberla reconocido por la voz.
- —Yo estaba de espaldas, mirando para allá, y te escuché hablar y dije enseguida, es ella, sos vos, dije —dijo.
- —Luego djo llamarse Colman, que podría ser Cohlman, o Collmahn, o Kolmhan, o
cualquier otro apellido que sonara así: Colman.
Dio detalles. En realidad cosas vagas y genéricas que no merecen llamarse
detalles.
- —Un día fuiste con trencitas.
- —Tenías los dientes medio para afuera.
- —Me acuerdo cuando nos dejaron después de hora.
Boludeces, intranscendencias de aquellas con que a memoria fabrica la pasta de
la infancia, generalidades trocadas en referencias ambiguas que ni los propios
involucrados se atreverían a negar.
Siguió con recuerdos, tan banales como aquellos, orientados a rescatar la
cotidianeidad abrumadora de una familia que, treinta años atrás, había sido
numerosa.
- —Y tu primo, ¿cómo anda?. Ese flaquito que usaba flequillo.
- —¿Ricardo?
- —Sí, ese.
Hay que reconocerle cierto talento para atravesar toda aquella tarde permutando
ruido de fondo por ciertos datos, polleritas escocesas de dudosa existencia por
nombres y apellidos, burdas descripciones de fachadas más bien vulgares y
repetidas en cualquier barrio suburbano por direcciones precisas, todo sin
apuro, sin ansiedad, naturalmente.
Una obra menor, es cierto, pero que le permitió luego, dicen, llenar algunas
páginas, elevar un informe, anotar un domicilio preciso.
Nosotros, años después, cuando aquello que nos pasó ya sólo ardía, seguíamos con
unos pocos sonidos de almidón entre las manos, sin acertar el lugar de la “h”,
sin conocer siquiera la grafía del apellido que dijo portar aquel hijo de puta.
__________
Del libro «Ciencias de lo Sólido», Ed. Tiempo Sur.
Claudio L. Pérez
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RÍO DE LA PLATA SE VENDE
Una vez a un Presidente argentino, se le ocurrió vender el Río de la Plata a un
consorcio internacional. Cuando los vecinos que vivían cerca del bajo se
levantaron, pudieron comprobar que no se veía la línea grisácea que acompañaba
sus ojos cada vez que miraban al Este y se acercaron a la orilla para ver qué
pasaba. En vez de esa agua maravillosamente color ratón que formaba parte de sus
existencias, encontraron un lodo aguachento y repugnante, sobre el que
agonizaban algunos bagres que se habían distraído cuando se llevaron el agua. El
verdadero conflicto surgió cuando los uruguayos se dieron cuenta, porque en el
apuro de invertir las coimas en el extranjero, los argentinos se habían olvidado
de que el río tenía otra orilla. Los de la Banda Oriental decidieron llevar el
caso a un organismo de justicia internacional y lograron, entre gallos y media
noche, algo como una cuarta parte de los beneficios, porque las autoridades
argentinas argumentaron que la orilla de su lado era más larga y lo demostraron
como se suelen demostrar estas cosas, con extrañas mediciones que respondían más
al resplandeciente prestigio de los dólares, que al mesurado prestigio de la
agrimensura.
Pero la gente no estaba contenta. Contaminado o no, el río era su río, ese río
que había sido el asombro y la desgracia de Solís, ese río que había sido la
felicidad de tantos piratas ingleses y de contrabandistas de todas la latitudes,
ese río cantado por poetas y prosistas de ambas orillas, ese río, en fin, que
parecía más suyo que la pampa y las vacas, los jugadores de fútbol, el mate y el
tango.
Por fin, después de muchos conciliábulos, al pueblo, ese pueblo maravilloso al
que se le pudo quitar todo menos la imaginación —una imaginación que como
sabemos florece en el cono sur por el hecho de que estamos cabeza abajo en el
globo terráqueo— se le ocurrió la solución. Se decidió ir en peregrinación a
Punta Indio para rogar al Atlántico Sur que avanzara hasta la desembocadura,
pero sin meterse, por favor, en el Delta, para no causar cambios ecológicos
demasiado importantes. Y el padre Atlántico Sur, el pecho sacó afuera y fue
avanzando despacito para no causar pánico ni inundaciones, sobre todo en los de
Quilmes, donde sabía que había gente maravillosa como el Tito Ingenieri,
viviendo prácticamente sobre lo que había sido la orilla del río y, con las
inundaciones de la sudestada, muchas veces adentro.
Cuando el mar cubrió el antiguo lecho del río todos fueron felices, menos los de
Punta del Este y los de las playas de este lado, porque ahora iban a tener que
competir con más mercados.
Los políticos fueron como siempre los más felices frotándose las manos mientras
pensaban el futuro negociado, ya que cuando la gente se distrajeron y se
pudiera vender el océano, las coimas serían impresionantes.
Leda Schiavo
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LA AGENDA DEL SUR
Los que vivimos en el extranjero desde hace muchos años tenemos, como los
locos, categorías paradójicas. Una de esas categorías, quizá la más
característica, es la de lo familiar extraordinario. Hay cosas que
reconocemos como propias, entrañables, pero que nos parecen a la vez
extraordinarias. La Agenda del Sur, por ejemplo. Creo que si a veces cuento
en esas paginitas alargadas algunos secretos de mi vida es, en parte,
porque no conozco a casi ningún lector, y en parte porque los conozco a
todos como si viviera en Quilmes.
Pero no vivo en Quilmes, claro. Cuando paso la agenda a mis amigos
españoles, me preguntan qué es eso de "banquetes y eventos", qué es una
"institución psicoanalítica", por qué anuncian "todas las cajas", "yoga
eutónico", "gerontes", "polimodal", "obramano" y "terapia holística",
¡hostias!. Les hago notar que en la agenda también hay cosas universales
como libros, escuelas de danzas, tangos, notarios y antigüedades. Pero en
realidad a mí también todo me parece asombroso, aunque nada me parezca
desconocido o ajeno. De la agenda lo primero que leo son los avisos, los
nombres extranjeros, las palabras extranjeras, las actividades terapéuticas
tan variadas y acuciantes, ese mundo que es mi mundo pero es un mundo posible.
La agenda, en cuanto agenda, que ese es su mérito y gloria, me devuelve a
lo que fui y quizá soy. Nunca necesité cuida de caballos ni eventos, pero
soy todo eso porque todo eso sale del único mundo al que pertenezco por
derecho. Es un derecho lingüístico y sentimental, pero es un derecho.
Para los clásicos ser extranjero era un estado perpetuo del alma: un modo
de ver el mundo desde la distancia y la sabiduría. Para mí, ser extranjera
es encontrar la Agenda del Sur, con su fajita blanca y los bordes doblados,
en mi casilla de correo, mirar esas estampillas de pájaros y flores que
tanto me gustan, dejarla sin abrir hasta el momento en que me puedo servir
una copa de vino, sentarme tranquilamente, romper la faja y volver a un
sitio desconocido que es profundamente conocido.
Los textos que más me gustan son los que no entiendo bien, generalmente
porque tratan de algún asunto de actualidad que ignoro. Los leo en mi clave
pseudonostálgica o quizá demente, y recuerdo otras cosas y otras voces.
Pero lo más importante es lo otro, los cursos, los homenajes, las
conferencias, las plásticas, los caballos, las terapias, todo lo que forma
parte de mi mejor mundo posible. La agenda es mi nostos, es mi regreso a
casa, o sea, una ilusión con una fajita blanca y estampillas.
Graciela Reyes
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EL GRAN PAÍS
El padre de Marina es italiano, así que ella puede sacar el pasaporte italiano,
o sea que puede ser europea. Y está haciendo los trámites para irse. Los abuelos
de Jorge son españoles, de Galicia, así que ahí anda él, sacando el pasaporte de
la Comunidad Europea. Con el pasaporte tiene trabajo seguro. El caso de Silvio
es distinto: los abuelos eran judíos así que él está haciendo los trámites para
ir a vivir a Israel. Alicia está haciendo los trámites para el pasaporte europeo
también, pero no para ella, es para los hijos. Piensa que aquí no van a tener
oportunidades.
El asunto es así: hasta ahora había países, unos ricos otros pobres, y otros más
o menos. Y lo mismo pasaba con la gente dentro de los países. Y ahora el mundo
se va pareciendo a una sola cosa, a un solo gran país.
Que algún día iba a pasar esto de la globalización era indudable. Comunicaciones
vía satélite, televisión al instante y en vivo desde el lugar del hecho,
Internet, teléfonos celulares con Internet, CD, DVD y toda la tecnología que, en
definitiva, nos acerca unos a otros con imágenes, con sonido y con información.
Pero la idea que teníamos es que iba a ser bueno, que iba a servir para achicar
las distancias en todo sentido, que los pobres iban a ser menos pobres, que
dejaría de haber ignorantes —porque la educación llegaría a todos—, que habría
menos enfermedades y menos enfermos.
Pero no. Parece que la globalización es una nueva redistribución de la riqueza.
Cada vez más y en manos de menos. Y una redistribución de la geografía también.
Los que pueden irse a los centros de poder y riqueza, Estados Unidos o Europa, y
que lleven consigo una educación ganada aquí, serán bien recibidos y tendrán
trabajo y medios para la subsistencia.
Y los que se queden, bueno, los que se queden serán “la gente pobre del
interior”, de ese gran país, de esa “aldea global”, como la llaman. Es una
monstruosidad. La tecnología, el progreso, tenían que traer más posibilidades,
para más gente, en más lugares del mundo.
Ahora corto porque tengo que hacer los trámites para radicarme en Canadá.
Después sigo con la globalización.
Mario Ferrari
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