a PORTADA

<Nº 30

Marzo 2002 — Nº 31

N° 32>


LA RESISTENCIA
Sonia Otamendi

OÍD MORTALES
Miguel Ángel Morelli

ARGENTINA 2002: LA CULTURA Y LA CRISIS MORAL
Roberto Enrique Rocca

LA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO
Leda Schiavo

LA DEUDA INTERNA
Graciela Reyes

EL NOMBRE DE LAS COSAS
León Leiva Gallardo

OTROS
JULIO CORTÁZAR / EDUARDO GALEANO
JORGE LUIS BORGES / T.H. WHITE

fab9

LA RESISTENCIA

El año que pasó ha sido nefasto. En el orden internacional, el brutal atentado de Nueva York y la inmediata e igualmente brutal respuesta y posterior acción de los EE.UU., dieron comienzo a una vuelta de la violencia, y ya nada podrá ser como antes. En el orden nacional, no fue mejor. Aquí la violencia ha sido lenta y cotidiana. El deterioro de la justicia, la salud y la educación, —derechos elementales del hombre— de lo cual todos en alguna medida, por acción y omisión, hemos sido responsables, nos ha llevado al ignominioso estado en que hoy se encuentra nuestro país.

Creo que ante todo esto, la única actitud posible es la resistencia. La resistencia al asco que inevitablemente nos suscitan las declaraciones y acciones de algunos políticos y otros dirigentes. El asco ante la inoperancia y la insensibilidad de los gobernantes, ante los fallos de quienes detentan el poder de administrar la justicia. El asco frente a la desinformación que constituye la supuesta información que recibimos de los medios. Todos los ascos el asco.
Y con el asco, la impotencia y la indignación, hay muchas maneras de reaccionar al manoseo y la degradación a que quiere sometérsenos. Una es la violenta, que hemos aprendido que no queremos más. Otra, dejarse abatir, permitir que ese constante y sistemático desgaste a que se nos somete nos lleve a la inacción, desde donde nada se puede, donde nada tiene sentido —total ¿para qué?— permitiendo que nos aplasten. Creo que debemos oponer una resistencia activa y pacífica. Hay que resistir buscando y haciendo.
Y sobre todo, imaginar. Atrevámonos a imaginar una nueva nación buceando en nuestra historia para encontrar modelos de grandeza, que los hay. Buscar, hacer, incansablemente. Pero buscar y hacer con otros y para otros. Tender puentes. No callarse, pero sobre todo aprender a escuchar. Ejercitar la solidaridad en cada barrio, en cada pueblo, en cada ciudad. Hacer lo que sabemos lo mejor que podamos —siempre con una intención de excelencia— y compartirlo.

Casi contra toda razón, en momentos en que parecería imposible, sale en su cuarto año la «Agenda del Sur», que hacemos juntos aquellos que creemos que la cultura en todas sus manifestaciones, es un vehículo, una de las formas que nos ayudan a honrar la vida.

Sonia Otamendi

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OÍD MORTALES

Ella era alta y rubia, y sus endemoniados ojos azules tenían exactamente el color que trae el mar cuando la tarde declina. Él, en cambio, era más bien bajo y morrudo, y sus ojos eran los ojos de un hombre que está cansado. Ella llevaba puesto un trajecito de marca (el saco impecable, la pollera más bien corta) y una cartera comprada en algún local de Recoleta. Él, un conjunto Grafa desmerecido con los años después de muchísimas lavadas. Ella tenía todo el aspecto de ser la secretaria perfecta de algún alto ejecutivo. Él, la de haberse venido caminando desde alguno de los depósitos de Parque Patricios o Avellaneda. Por lo demás, viéndolos, nadie hubiese dudado que ella manejaba por lo menos tres idiomas, y que si él algún día pudo terminar la primaria debió haber sido a los ponchazos (baste con decir que ella llevaba bajo el brazo el último libro de Umberto Eco, un nombre que él no escuchó en su vida).

Al destino le gustan las cosas raras, y verlos a ambos allí, codo con codo, a un costado de la Pirámide y en medio de una plaza atiborrada, era de por sí una rareza.
“Jamás se me hubiera pasado por la cabeza —pensó ella, mirándolo por sobre el hombro— que un día yo iba a estar aquí, chillando como una loca y al lado de un tipo como éste”. Él, en un momento, también se dio vuelta despacio, como estudiándola.
“Jé, mirá vos a la cheta, quién la ha visto y quién la ve” —se dijo. Ella, como para apaciguar su conciencia, pensó: “En fin, pobre diablo, uno les tiene miedo a estos negros y los que me robaron la plata a mí fueron señores de saco y corbata y Mercedes Benz y palacetes en el country”.
Él, mirándola bien, reflexionó casi en voz alta: “Pobre mina, a lo mejor se mató laburando para comprarse un bulo en Barrio Norte y estos miserables le encanutaron la guita”.

Cuando los de adelante comenzaron a cantar el Himno, el resto de la plaza se les fue sumando (él no entonaba nada mal, ella en cambio era un desaste). Después se volvieron a mirar, intercambiaron una leve sonrisa (él no olvidará jamás esos ojos azules, ella recordará a la vuelta de los años el cansancio de esa mirada) y se fueron cada uno por su lado. Ella por Diagonal Norte, como quien trata de conseguir un taxi. Él por el Bajo y hacia el sur, rogándole a Dios que apareciera pronto un colectivo porque a esa hora de la noche los chicos ya debían de estar a punto de meterse en la cama.

Miguel Ángel Morelli

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ARGENTINA 2002: LA CULTURA Y LA CRISIS MORAL

La necesidad templa el espíritu y la saciedad lo adormece. Las obras que más nos conmueven son las que se inspiran en el deseo ardiente y en el amor no correspondido. Por eso en las grandes crisis florece la cultura y por eso también decaen las civilizaciones cuando alcanzan la cumbre del poder y la satisfacción. La gente de la cultura —llamo aquí cultura a todo lo que el hombre hace para sobreponerse a las desgracias que la naturaleza le impone desde lo exterior y desde lo íntimo del propio corazón— tiene la misión de liderar este florecimiento. Los profetas cumplían esta misión —desgarradoramente dolorosa muchas veces— despertando a los hombres, mostrándoles el rumbo, comprometiéndolos en la construcción de algo nuevo. Y siempre el punto de partida era el “¡arrepentíos!”, el reconocimiento de las propias faltas. La palabra del profeta fustigaba a los poderosos: al gobernante corrupto, al juez venal y al rico opresor; pero también reclamaba a todos una autocrítica y un retorno al camino recto.

En nuestra Argentina desgarrada (no más sin embargo, que el pueblo de Israel deportado en masa al cautiverio, no más que los países asolados hoy por las guerras y las hambrunas), los hombre de la cultura debemos decir y hacer, sin someternos a quienes detentan el poder, ni a las modas demagógicas, ni al facilismo infantil de la pura protesta sin propuesta. Porque nadie es totalmente inocente ni ajeno a lo que nos pasa. Por cierto que la responsabilidad de cada uno está en función del grado de participación en el poder que detenta. Hay grandes culpables y pequeños culpables, pero a todos nos cabe interrogarnos acerca de nuestra cuota de responsabilidad.

Quien está comprometido con la cultura, lo está también con sus semejantes. Lo suyo, grande o pequeño, debe ser transmitido. La vocación de quien ama la cultura es compartir su saber y sus ideas, para contribuir a forjar una sociedad solidaria y fraterna. Y está también comprometido con la verdad. La verdad es algo difícil de aprehender. Nadie es dueño de ella, pero todos lo somos de algún fragmento. Encontrar la verdad dentro de uno mismo es un trabajo difícil: exige cuestionarnos, vencer nuestros egoísmos, renunciar al “¡sálvese quien pueda!” y poder pensar con y para los otros. En la medida en que lo hagamos, será posible buscar una salida para todos.

Hoy se hablar mucho de la crisis moral. Pero también con demasiada frecuencia tendemos a ver la “paja en el ojo ajeno”. Si empezamos a purificar nuestro ojo, empezaremos a darnos cuenta de la multitud de semejantes que están dispuestos a comprometerse en la salvación de todos. Empezaremos a ver, entre tantas noticias desalentadoras y discursos apocalípticos, cuántos hermanos están renovándose, inventado nuevos caminos, buscando soluciones. Y ya no nos sentiremos solos. Es hora de reflexionar y de actuar en consecuencia. Unámonos.

Roberto Enrique Rocca

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LA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO

En el semestre que viene voy a dictar un curso en la universidad sobre los mitos en la cultura contemporánea y uno de los que voy a desarrollar es el de la búsqueda del paraíso.
Todos tenemos un deseo de paraíso, y lo buscamos en lo material o en lo espiritual. La búsqueda del paraíso y la sensación de paraíso perdido son arquetipos universales. Algunos buscan el paraíso en el sexo, el dinero, la comida, las drogas, el coche último modelo o el usado joya, qué sé yo. Otros lo buscan en el arte, en la ciencia, en el conocimiento, en la política, en el poder. Yo soñaba el paraíso en mi casa de la infancia y en el brillo de la luna sobre el adoquinado de la calle Pavón, en mi ciudad de Buenos Aires. Ahora eso es casi el infierno, por razones objetivas y subjetivas, quiero decir, por razones que todos ustedes seguramente comparten y por otras razones que sólo a mí me concierne.

En esta semana leí todo lo relativo a la vida y muerte de Galimberti. Al día siguiente, por el coágulo de que hablaba Cortázar, vi, aquí en Chicago «La hora de los hornos», con lo que volví a revivir aquellos años en que muchos creímos en una Argentina mejor. Verla ahora es un experiencia desoladora, revela el tremendo fracaso de una generación de una ideología. Yo no compartía la ideología montonera y, de hecho, ellos me echaron de la Universidad de Buenos Aires, y desde entonces me obligaron a hacer turismo, a tener un paraíso perdido. Pero cuántos perdimos el paraíso, y cuántos de manera mucho más dolorosa que yo. Al terminar la película de Solanas algunos alumnos me preguntaron que cuál era el camino para que América latina pudiera salir de tanta ignominia. Les conteste desde mi cargo de profesora y desde mi ideología de clase media colonizada, como me llaman en la película: ESTUDIAR Y PENSAR. Nunca la violencia, que favorece al poder.

Y ahora en mi casa y frente a este diálogo que tengo con ustedes, me reafirmo en lo que dije casi por decir algo. Estudiar, pensar trabajar, dejar de quejarse y unirse en la búsqueda de soluciones, ser solidarios, saber reconocer a los que ganan con el río revuelto y darles la espalda, buscar la participación en una democracia activa, con compromiso, tratar de no hacerles el juego a los que hablan por hablar, hacer cosas prácticas. Buscar, en fin, un paraíso posible, por chiquito que sea. Dedicar dos horas semanales, no a quejarse, sino a hacer algo positivo para la comunidad, porque eso se volverá en algo positivo también para usted.

Leda Schiavo

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LA DEUDA INTERNA

Cuando uno pierde algo que ama, lo reemplaza, para seguir viviendo, por una fantasía. La fantasía es parásita: depende de lo perdido para existir. Cualquier noticia, cualquier reencuentro casual, la lectura de una carta vieja, la fragancia de una salsa en una calle distante, la manera de pronunciar la ese o la jota, una música, todo sirve para mantener la fantasía, que produce nostalgia, y la nostalgia es el mejor alimento del alma. Cuando se pierde la nostalgia, es que el alma ha muerto.

De mi país tengo recuerdos que se parecen a fotografías superpuestas, rotas por partes, desordenadas. En esas fotos está el perfil de mi madre joven, con sus ojos marinos; el olor del pan en una panadería de la calle Deán Funes; las palomas de la plaza de Mayo sobrevolando la figura alargada de mi padre; los cafés donde pasé tantas horas felices; el río; un ramito de jazmines que tienen el olor intacto, aunque inalcanzable. Cada regreso a mi país es, sin falta, una decepción (todo es más pequeño que en el recuerdo, y no me gustan las modernizaciones presuntuosas de Buenos Aires, y la gente está más desesperanzada cada vez) y sin embargo, todo es igual y me reencuentro conmigo misma en cada vuelta. Tengo la vida en otras partes, no sé si voy a volver a la Argentina alguna vez, pero yo soy la piba porteña que siempre fui, o no soy nada. Por eso, aunque escribo en castellano como mejor me sale y disfruto mucho de usar palabras que me gustan, vengan de donde vengan, en mis libros dejo mis argentinismos, y lo hacía incluso en la época en que los correctores de pruebas españoles me llenaban las pruebas con signos de interrogación. De ningún modo mi variedad porteña de castellano es mejor que otras, lo que pasa es que así aprendí a hablar y así quiero seguir hablando, eso forma parte de mi necesaria fantasía.
Desde hace unos meses leo diariamente los emails de mis compatriotas y los artículos que me mandan, y todos dicen que la Argentina se desintegra, se hunde, desaparece. Ese país perdido por mí se ha vuelto el país perdido por todos, incluso por los que viven dentro. Uno de los países más ricos del mundo, dicen, una de las culturas más espléndidas y prometedoras del mundo, dicen. Y dicen algunos que es porque hemos vivido en la irrealidad, que jamás hemos querido ver la ancha y áspera realidad. Por eso hemos votado a gobernantes nefastos y hemos aceptado cualquier engaño, si convenía o si no alteraba mucho nuestros propios berretines. Pero también, digo yo, hemos trabajado mucho y hemos tenido hermosos deseos. Y hemos sido más pequeños e indefensos de lo que nos creíamos, para la avidez de los grande de la tierra.

Veo otra vez gente furiosa en las calles, veo los caballos de la policía, y veo el hambre y la desesperación. Ciento treinta mil millones de dólares yo no sé qué es, pero es una cifra sonora, con su aliteración machacante. Será el precio del rescate, y lo que tenemos que rescatar es nuestro país prisionero de una pesadilla, y nuestra propia fantasía, la de todos nosotros, nuestra propia fantasía irónica, pues siempre hemos sabido reírnos de nosotros mismos.
Creemos otra fantasía, inventémonos de nuevo, ustedes allá y nosotros acá. Paguemos la deuda interna primero, reconozcámonos, celebremos lo que todavía nos queda, que es mucho, seamos solidarios, extendamos la mano, recuperémonos, argentinos, recuperémonos a nosotros mismos. Ya sé que hay muchas deudas internas, en un país lleno de injusticias, pero paguemos la que nos debemos a nosotros mismos para poder llegar a las demás deudas. Sin perder la ironía, pero ahora más modestos y más sabios.

Graciela Reyes

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EL NOMBRE DE LAS COSAS

Hay gente que se molesta cuando uno le da otro nombre a las cosas. Cuando uno, por ejemplo, le dice esquina a una coyuntura o le dice gozne a una curva. Y no es que sean tan exactos como las matemáticas: porque en el momento en que se les habla de un quebrado, se quedan más perplejos que alguien quien por primera vez ha escuchado un poema; ya que ignoran que el nombre de las cosas es, en sí, un redondeo, justamente porque aún no se le comprende. Las cosas son como aquellos números básicos, los que tienen que ser redondeados para que se les sume sin la necesidad de acudir a los dioses: son la interpretación, la figura, lo más inteligible. Lo que habita las cosas, aquellos atributos que van apareciendo con el discurrir del tiempo y el afecto, son los pliegos del entendimiento, los géneros del viento, las olas del mar océano, los sueños del ser pensante.
Yo he visto la estalagmita y la estalactita estar a punto de besarse. He visto también las lamidas que le da la mar a la arena. La manera en que el río abraza a la cordillera y al lago cuando se asemeja al ámpula del océano injerto en la pradera. También se puede hablar de la arena carnívora, la arna movediza; de los árboles aquellos que llevan un navío en su médula; del mamífero hipocampo que ha conquistado continentes; y del ángel más bello del cielo y de la tierra: el hombre, con toda su dignidad y su ingenuidad. Qué nombre se le ha de dar a este campo de amor y de batalla. Las palabras nos quedan pequeñas. Se quiebran en dos también ante el silencio del no todavía nombrado universo.
A veces, y sólo a veces, se me antoja pensar que un dios intervino en el devenir de nuestra inteligencia y nos prevaricó el habla; no para entendernos, sino para desentendernos, para que todos alucináramos una versión particular de nuestra travesía; para que juntos y a la vez desperdiciados llegáramos a la conclusión de que no hay conclusión alguna.
Que la única asumida conclusión es asumir el nombre equivocado de las cosas. Y de esa manera llamarle codo a un ángulo perjudicado. Llamarle planicie a una superficie enfermizamente oblicua. Llamarle continuidad al vuelo interrumpido de un ave que también sufre de hambre y de frío. Decirle vaivén al arbitrio de la luna. Decirle gradación a o que es categoría. Coronar de perfecto lo que apenas se asoma a los confines de nuestro entendimiento.
Repudiar de imperfecto a lo que apenas nos fustiga el corazón y entregarnos, entregarnos, entregarnos, a la nomenclatura del bien y el mal, como si fueran dos hemisferios de hambre y de amor. No hay dolor... no hay dolor cuando la gente cree que las cosas sólo tienen un solo nombre. Se lo han tragado, se lo han tragado, el pan y el circo, para poder vivir en paz.

León Leiva Gallardo

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TEXTOS de OTROS


Julio Cortázar

 

ELECCIONES INSÓLITAS

No está convencido.
No está para nada convencido
Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines nilón, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas o la jubilación antes de la edad reglamentaria, pero sin embargo no está convencido.
Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local.
Como no está convencido, han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país.
Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente. Entonces ha dicho: “en ese caso, elijo la banana”.
Desconfían de él, es natural. Hubiera sido mucho más tranquilizado que eligiese la cafetera o por lo menos, la rubia.
No deja de ser extraño que haya preferido la banana. Se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.


POESÍA PERMUTANTE

Estos juegos fueron comenzados en Dheli, en casa de Octavio Paz y en una oficina de la Naciones Unidas, de febrero a marzo de 1967. Paz, que entonces trabajaba en sus Topoemas, analizó conmigo la primera alternativa, 720 círculos. Los poemas restantes fueron naciendo sobre todo en aviones, porque la inmovilidad forzosa, la mesita de plástico y la levitación de un asiento a diez mil metros de altura favorecieron siempre estas barajas armadas a base de un pequeño block y de rotundo whiskys.
Digo juegos con la gravedad con que lo dicen los niños. Toda poesía que merezca ese nombre es un juego...

Nada más riguroso que un juego; los niños respetan las leyes del barrilete o las esquinitas con un ahínco que no ponen en la gramática. En mi caso el principio general consistió en escribir textos cuyas unidades básicas (que no hay que confundir con las que abundaban en la Argentina hacia 1950) puedan ser permutas hasta el límite del interés del lector o de las posibilidades matemáticas. El poema se vuelve así circular y abierto a la vez; barajando las estrofas o unidades, se originan diferentes combinaciones; a su turno cada una de estas puede ser leída des cualquiera de sus estrofas o unidades hasta cerrar el círculo en uno o en otro sentido.

tras un pasillo y una puerta
que se abre a otro pasillo, que
sigue hasta perderse
desde un pasaje que conduce
a la escalera que remonta
a las terrazas
donde la luna multiplica
las rejas y las hojas
hasta una alcoba en la que espera
una mujer de blanco
al término de un largo recorrido
ante un espejo que denuncia
o acaso altera las siluetas

Inténtelo, amigo lector, arme su propio poema cambiando el orden de los versos, va a ver qué divertido que es.


PARA UNA ESPELEOLOGÍA A DOMICILIO

Los ritos de pasaje de la raza parecen oscilar monótonamente de la historia a la videncia, de las prestigiosas puertas del pasado a las inciertas del futuro. Los personajes de una novela de James Ballard, favorecidos por un mundo en revuelta entropía, tienden a organizar sus sueños en procura de una verdad primordial, y descienden oníricamente hacia los orígenes, desandando el itinerario de la especie hasta volver a descubrir en sus visiones las selvas de helechos, el primer sol cargado de polen vital, el inútil punto de partida; historiadores perfectos de sí mismos, se lanzan ebrios de pasado en busca del sol de mediodía, van cayendo en un despertar de catástrofe donde los espera una muerte irrisoria.
De alguna manera esa aberración me parece un símbolo del hombre contemporáneo, vidente de la historia o historiador de la videncia, empecinado en creer que las puertas (de cuerno) se abren a su espalda o lo esperan (de marfil) en el horizonte. He llegado a convencerme de que esas puertas están pintadas en una muralla de humo y de papel.
Hablo ahora de otro pasaje que se deja adivinar through a glass, darkly. Con la más convencional de las sonrisas, Barba Azul ordena: "Jamás abras esa puerta", y la pobre muchacha que algunos llaman Anima no cumplirá el destino que la heroína de la leyenda le proponía con un oscuro signo de complicidad. No solamente no abrirá la puerta sino que sus mecanismos de defensa llegarán a ser tan perfectos que Anima no verá la puerta, la tendrá al alcance del deseo y seguirá buscando el paso con un libro en la mano y una bola de cristal en la otra. ¿No quieres la verdadera llave, Anima?
En Judas ha podido verse la máquina necesaria para que la redención teológica cuajara en su espantoso precio de maderas cruzadas y de sangre; Barba Azul, esa otra versión de Judas, sugiere que la desobediencia puede operar la redención aquí y ahora, en este mundo sin dioses. A la luz de figuras arquetípicas toda prohibición es un claro consejo: abre la puerta, ábrela ahora mismo. La puerta está bajo tus párpados, no es historia ni profecía. Pero hay que llegar a verla, y para verla propongo soñar puesto que soñar es un presente desplazado y emplazado por una operación exclusivamente humana, una saturación de presente, un trozo de ámbar gris flotando en el devenir y a la vez aislándose de él en la medida en que el soñante está en su presente, que concita fuera de todo tiempo y espacio kantianos las desconcertadas potencias de su ser. En ese presente para el que Anima no sabe todavía usar sus fuerzas liberadas, en esa pura vivencia donde el soñante y su sueño no están distanciados por categorías del entendimiento, donde todo hombre es a la vez su sueño, estar soñando y ser lo que sueña, la puerta espera al alcance de la mano. No hay más que abrirla ("Jamás abras esa puerta" dijo Barba Azul) y la manera es esta: hay que aprender a despertar dentro del sueño, imponer la voluntad a esa realidad onírica de la que hasta ahora sólo se es pasivamente autor, actor y espectador.
Quien llegue a despertar a la libertad dentro de su sueño habrá franqueado la puerta y accedido a un plano que será por fin un novum organum. Vertiginosas secuelas se abren aquí al individuo y a la raza: la de volver de la vigilia onírica a la vigilia cotidiana con una sola flor entre los dedos, tendido el puente de la conciliación entre la noche y el día, rota la torpe máquina binaria que separaba a Hipnos de Eros. O más hermosamente, aprender a dormirse en el corazón del primer sueño para llegar a entrar en un segundo, y no sólo eso: llegar a despertar dentro del segundo sueño y abrir así otra puerta, y volver a soñar y despertarse dentro del tercer sueño, y volver a soñar y a despertar, como hacen las muñecas rusas. "Jamás abras esa puerta" dice Barba Azul. ¿Qué harás tú, animula vagula blandula?

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de Último Round

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Eduardo Galeano

 

EL REGRESO

Viajan hacia el origen.
Guiados por alguna brújula secreta, los salmones vuelven al lugar donde nacieron. Vuelven para parir y morir. Desde la mar, remontan los ríos. Nadan a contracorriente, sin detenerse nunca, saltando a través de las cascadas y los pedregales y las muchas leguas.
Los salmones se habían ido de la cuna, rumbo al mar, cuando eran jóvenes de poco cuerpo. En las aguas saladas han crecido mucho y han cambiado de color. Cuando desandan camino, y río arriba vuelven al punto de partida, llegan convertidos en peces enormes, que del color rosa han pasado al naranja rojizo y al azul de plata y al verdinegro.
El tiempo ha transcurrido, y los salmones ya no son lo que eran. Tampoco su lugar es el que era. Las aguas trasparentes de su reino de origen y destino están cada vez menos transparentes, y cada vez se ve menos el fondo de grava y rocas. Pero los salmones llevan miles o millones de años creyendo que el regreso existe, y que no mientes los pasajes de ida y vuelta.

***

Jorge Luis Borges

 

MARTÍN FIERRO

De esta ciudad salieron ejércitos que parecían grandes y que después lo fueron por la magnificación de la gloria. Al cabo de los años alguno de los soldados volvió y, con un dejo forastero, refirió historias que le habían ocurrido en lugares llamados Ituzaingó o Ayacucho. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido.
Dos tiranías hubo aquí. Durante la primera, unos hombres desde el pescante de un carro que salía del mercado del Plata pregonaron duraznos blancos y amarillos; un chico levantó una punta de la lona que los cubría y vio cabezas unitarias con la barba sangrienta. La segunda fue para muchos cárcel y muerte; para todos un malestar, un sabor de oprobio en los actos de cada día, una humillación incesante. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido.
Un hombre que sabía todas las palabras miró con minucioso amos las plantas y los pájaros de esta tierra y los definió, talvez para siempre, y escribió con metáforas de metales la vasta crónica de los tumultuosos ponientes y de las formas de la luna. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido.
También aquí las generaciones han conocido esas vicisitudes comunes y de algún modo eternas que son la materia del arte. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido, pero en una pieza de hotel, hacia mil ochocientos sesenta y tantos, un hombre soñó una pelea. Un gaucho alza a un moreno con el cuchillo, lo tira como un saco de huesos, le ve agonizar y morir, se agacha para limpiar el acero, desata su caballo y monta despacio, para que no piensen que huye. Esto que fue una vez, vuelve a ser, infinitamente; los visibles ejércitos se fueron y queda un pobre duelo a cuchillo; el sueño de uno es parte de la memoria de todos.

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de El Hacedor, 1960

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T.H. White

 

TONTOS Y BRIBONES

“Actualmente la raza humana se divide desde el punto de vista político de la siguiente forma: de cada cien hombres hay uno que es sabio, nueve son bribones y noventa tontos. Este es un cálculo optimista. Los nueve bribones se reúnen bajo el estandarte del más bribón de todos ellos y se convierten en políticos. El sabio se queda a un lado porque sabe que está en una desesperada inferioridad numérica, y se dedica a la poesía, las matemáticas o la filosofía. Los noventa tontos, por su parte, avanzan pesadamente tras los estandartes de los nueve bribones que, según las modas, les conducen a los laberintos de la superchería, la malicia y la guerra.”

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de El libro de Merlín

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Todo delSUR

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