|
LA RESISTENCIA
Sonia Otamendi
OÍD MORTALES
Miguel Ángel Morelli
ARGENTINA 2002: LA CULTURA Y LA CRISIS MORAL
Roberto Enrique Rocca
LA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO
Leda Schiavo
LA DEUDA INTERNA
Graciela Reyes
EL NOMBRE DE LAS COSAS
León Leiva Gallardo
OTROS
JULIO CORTÁZAR /
EDUARDO GALEANO
JORGE LUIS BORGES / T.H. WHITE
fab9
LA RESISTENCIA
El año que pasó ha sido nefasto. En el orden internacional, el brutal atentado
de Nueva York y la inmediata e igualmente brutal respuesta y posterior acción
de
los EE.UU., dieron comienzo a una vuelta de la violencia, y ya nada podrá ser
como antes.
En el orden nacional, no fue mejor. Aquí la violencia ha sido lenta y cotidiana.
El deterioro de la justicia, la salud y la educación, —derechos elementales del
hombre— de lo cual todos en alguna medida, por acción y omisión, hemos sido
responsables, nos ha llevado al ignominioso estado en que hoy se encuentra
nuestro país.
Creo que ante todo esto, la única actitud posible es la resistencia. La
resistencia al asco que inevitablemente nos suscitan las declaraciones y
acciones de algunos políticos y otros dirigentes. El asco ante la inoperancia y
la insensibilidad de los gobernantes, ante los fallos de quienes detentan el
poder de administrar la justicia. El asco frente a la desinformación que
constituye la supuesta información que recibimos de los medios. Todos los
ascos
el asco.
Y con el asco, la impotencia y la indignación, hay muchas maneras de reaccionar
al manoseo y la degradación a que quiere sometérsenos. Una es la violenta,
que
hemos aprendido que no queremos más. Otra, dejarse abatir, permitir que ese
constante y sistemático desgaste a que se nos somete nos lleve a la inacción,
desde donde nada se puede, donde nada tiene sentido —total ¿para qué?—
permitiendo que nos aplasten. Creo que debemos oponer una resistencia activa
y
pacífica. Hay que resistir buscando y haciendo.
Y sobre todo, imaginar. Atrevámonos a imaginar una nueva nación buceando en
nuestra historia para encontrar modelos de grandeza, que los hay.
Buscar, hacer, incansablemente. Pero buscar y hacer con otros y para otros.
Tender puentes. No callarse, pero sobre todo aprender a escuchar. Ejercitar la
solidaridad en cada barrio, en cada pueblo, en cada ciudad. Hacer lo que
sabemos
lo mejor que podamos —siempre con una intención de excelencia— y compartirlo.
Casi contra toda razón, en momentos en que parecería imposible, sale en su
cuarto año la «Agenda del Sur», que hacemos juntos aquellos que creemos que la
cultura en todas sus manifestaciones, es un vehículo, una de las formas que
nos
ayudan a honrar la vida.
Sonia Otamendi
p
OÍD MORTALES
Ella era alta y rubia, y sus endemoniados ojos azules tenían exactamente el
color que trae el mar cuando la tarde declina. Él, en cambio, era más bien bajo
y morrudo, y sus ojos eran los ojos de un hombre que está cansado.
Ella llevaba puesto un trajecito de marca (el saco impecable, la pollera más
bien corta) y una cartera comprada en algún local de Recoleta. Él, un conjunto
Grafa desmerecido con los años después de muchísimas lavadas.
Ella tenía todo el aspecto de ser la secretaria perfecta de algún alto
ejecutivo. Él, la de haberse venido caminando desde alguno de los depósitos de
Parque Patricios o Avellaneda. Por lo demás, viéndolos, nadie hubiese dudado
que
ella manejaba por lo menos tres idiomas, y que si él algún día pudo terminar la
primaria debió haber sido a los ponchazos (baste con decir que ella llevaba bajo
el brazo el último libro de Umberto Eco, un nombre que él no escuchó en su
vida).
Al destino le gustan las cosas raras, y verlos a ambos allí, codo con codo, a un
costado de la Pirámide y en medio de una plaza atiborrada, era de por sí una
rareza.
“Jamás se me hubiera pasado por la cabeza —pensó ella, mirándolo por sobre el
hombro— que un día yo iba a estar aquí, chillando como una loca y al lado de un
tipo como éste”. Él, en un momento, también se dio vuelta despacio, como
estudiándola. “Jé, mirá vos a la cheta, quién la ha visto y quién la ve” —se
dijo. Ella, como para apaciguar su conciencia, pensó: “En fin, pobre diablo, uno
les tiene miedo a estos negros y los que me robaron la plata a mí fueron
señores
de saco y corbata y Mercedes Benz y palacetes en el country”. Él, mirándola
bien, reflexionó casi en voz alta: “Pobre mina, a lo mejor se mató laburando
para comprarse un bulo en Barrio Norte y estos miserables le encanutaron la
guita”.
Cuando los de adelante comenzaron a cantar el Himno, el resto de la plaza se
les
fue sumando (él no entonaba nada mal, ella en cambio era un desaste).
Después se
volvieron a mirar, intercambiaron una leve sonrisa (él no olvidará jamás esos
ojos azules, ella recordará a la vuelta de los años el cansancio de esa mirada)
y se fueron cada uno por su lado. Ella por Diagonal Norte, como quien trata de
conseguir un taxi. Él por el Bajo y hacia el sur, rogándole a Dios que
apareciera pronto un colectivo porque a esa hora de la noche los chicos ya
debían de estar a punto de meterse en la cama.
Miguel Ángel Morelli
p
ARGENTINA 2002: LA CULTURA Y LA CRISIS MORAL
La necesidad templa el espíritu y la saciedad lo adormece. Las obras que más
nos
conmueven son las que se inspiran en el deseo ardiente y en el amor no
correspondido. Por eso en las grandes crisis florece la cultura y por eso
también decaen las civilizaciones cuando alcanzan la cumbre del poder y la
satisfacción.
La gente de la cultura —llamo aquí cultura a todo lo que el hombre hace para
sobreponerse a las desgracias que la naturaleza le impone desde lo exterior y
desde lo íntimo del propio corazón— tiene la misión de liderar este
florecimiento.
Los profetas cumplían esta misión —desgarradoramente dolorosa muchas veces—
despertando a los hombres, mostrándoles el rumbo, comprometiéndolos en la
construcción de algo nuevo. Y siempre el punto de partida era el
“¡arrepentíos!”, el reconocimiento de las propias faltas. La palabra del profeta
fustigaba a los poderosos: al gobernante corrupto, al juez venal y al rico
opresor; pero también reclamaba a todos una autocrítica y un retorno al camino
recto.
En nuestra Argentina desgarrada (no más sin embargo, que el pueblo de Israel
deportado en masa al cautiverio, no más que los países asolados hoy por las
guerras y las hambrunas), los hombre de la cultura debemos decir y hacer, sin
someternos a quienes detentan el poder, ni a las modas demagógicas, ni al
facilismo infantil de la pura protesta sin propuesta. Porque nadie es totalmente
inocente ni ajeno a lo que nos pasa. Por cierto que la responsabilidad de cada
uno está en función del grado de participación en el poder que detenta. Hay
grandes culpables y pequeños culpables, pero a todos nos cabe interrogarnos
acerca de nuestra cuota de responsabilidad.
Quien está comprometido con la cultura, lo está también con sus semejantes.
Lo
suyo, grande o pequeño, debe ser transmitido. La vocación de quien ama la
cultura es compartir su saber y sus ideas, para contribuir a forjar una sociedad
solidaria y fraterna. Y está también comprometido con la verdad. La verdad es
algo difícil de aprehender. Nadie es dueño de ella, pero todos lo somos de algún
fragmento. Encontrar la verdad dentro de uno mismo es un trabajo difícil: exige
cuestionarnos, vencer nuestros egoísmos, renunciar al “¡sálvese quien pueda!”
y
poder pensar con y para los otros. En la medida en que lo hagamos, será
posible
buscar una salida para todos.
Hoy se hablar mucho de la crisis moral. Pero también con demasiada frecuencia
tendemos a ver la “paja en el ojo ajeno”. Si empezamos a purificar nuestro ojo,
empezaremos a darnos cuenta de la multitud de semejantes que están
dispuestos a
comprometerse en la salvación de todos. Empezaremos a ver, entre tantas
noticias desalentadoras y discursos apocalípticos, cuántos hermanos están
renovándose, inventado nuevos caminos, buscando soluciones. Y ya no nos
sentiremos solos. Es hora de reflexionar y de actuar en consecuencia.
Unámonos.
Roberto Enrique Rocca
p
LA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO
En el semestre que viene voy a dictar un curso en la universidad sobre los mitos
en la cultura contemporánea y uno de los que voy a desarrollar es el de la
búsqueda del paraíso.
Todos tenemos un deseo de paraíso, y lo buscamos en lo material o en lo
espiritual. La búsqueda del paraíso y la sensación de paraíso perdido son
arquetipos universales. Algunos buscan el paraíso en el sexo, el dinero, la
comida, las drogas, el coche último modelo o el usado joya, qué sé yo. Otros lo
buscan en el arte, en la ciencia, en el conocimiento, en la política, en el
poder. Yo soñaba el paraíso en mi casa de la infancia y en el brillo de la luna
sobre el adoquinado de la calle Pavón, en mi ciudad de Buenos Aires. Ahora eso
es casi el infierno, por razones objetivas y subjetivas, quiero decir, por
razones que todos ustedes seguramente comparten y por otras razones que
sólo a
mí me concierne.
En esta semana leí todo lo relativo a la vida y muerte de Galimberti. Al día
siguiente, por el coágulo de que hablaba Cortázar, vi, aquí en Chicago «La hora
de los hornos», con lo que volví a revivir aquellos años en que muchos creímos
en
una Argentina mejor. Verla ahora es un experiencia desoladora, revela el
tremendo fracaso de una generación de una ideología. Yo no compartía la
ideología montonera y, de hecho, ellos me echaron de la Universidad de Buenos
Aires, y desde entonces me obligaron a hacer turismo, a tener un paraíso
perdido. Pero cuántos perdimos el paraíso, y cuántos de manera mucho más
dolorosa que yo.
Al terminar la película de Solanas algunos alumnos me preguntaron que cuál era
el camino para que América latina pudiera salir de tanta ignominia. Les conteste
desde mi cargo de profesora y desde mi ideología de clase media colonizada,
como
me llaman en la película: ESTUDIAR Y PENSAR. Nunca la violencia, que favorece
al
poder.
Y ahora en mi casa y frente a este diálogo que tengo con ustedes, me reafirmo
en
lo que dije casi por decir algo. Estudiar, pensar trabajar, dejar de quejarse y
unirse en la búsqueda de soluciones, ser solidarios, saber reconocer a los que
ganan con el río revuelto y darles la espalda, buscar la participación en una
democracia activa, con compromiso, tratar de no hacerles el juego a los que
hablan por hablar, hacer cosas prácticas. Buscar, en fin, un paraíso posible,
por chiquito que sea. Dedicar dos horas semanales, no a quejarse, sino a hacer
algo positivo para la comunidad, porque eso se volverá en algo positivo también
para usted.
Leda Schiavo
p
LA DEUDA INTERNA
Cuando uno pierde algo que ama, lo reemplaza, para seguir viviendo, por una
fantasía. La fantasía es parásita: depende de lo perdido para existir. Cualquier
noticia, cualquier reencuentro casual, la lectura de una carta vieja, la
fragancia de una salsa en una calle distante, la manera de pronunciar la ese o
la jota, una música, todo sirve para mantener la fantasía, que produce
nostalgia, y la nostalgia es el mejor alimento del alma. Cuando se pierde la
nostalgia, es que el alma ha muerto.
De mi país tengo recuerdos que se parecen a fotografías superpuestas, rotas
por
partes, desordenadas. En esas fotos está el perfil de mi madre joven, con sus
ojos marinos; el olor del pan en una panadería de la calle Deán Funes; las
palomas de la plaza de Mayo sobrevolando la figura alargada de mi padre; los
cafés donde pasé tantas horas felices; el río; un ramito de jazmines que tienen
el olor intacto, aunque inalcanzable.
Cada regreso a mi país es, sin falta, una decepción (todo es más pequeño que
en
el recuerdo, y no me gustan las modernizaciones presuntuosas de Buenos
Aires, y
la gente está más desesperanzada cada vez) y sin embargo, todo es igual y me
reencuentro conmigo misma en cada vuelta. Tengo la vida en otras partes, no
sé
si voy a volver a la Argentina alguna vez, pero yo soy la piba porteña que
siempre fui, o no soy nada. Por eso, aunque escribo en castellano como mejor
me
sale y disfruto mucho de usar palabras que me gustan, vengan de donde
vengan, en
mis libros dejo mis argentinismos, y lo hacía incluso en la época en que los
correctores de pruebas españoles me llenaban las pruebas con signos de
interrogación. De ningún modo mi variedad porteña de castellano es mejor que
otras, lo que pasa es que así aprendí a hablar y así quiero seguir hablando, eso
forma parte de mi necesaria fantasía.
Desde hace unos meses leo diariamente los emails de mis compatriotas y los
artículos que me mandan, y todos dicen que la Argentina se desintegra, se
hunde,
desaparece. Ese país perdido por mí se ha vuelto el país perdido por todos,
incluso por los que viven dentro. Uno de los países más ricos del mundo, dicen,
una de las culturas más espléndidas y prometedoras del mundo, dicen. Y dicen
algunos que es porque hemos vivido en la irrealidad, que jamás hemos querido
ver
la ancha y áspera realidad. Por eso hemos votado a gobernantes nefastos y
hemos
aceptado cualquier engaño, si convenía o si no alteraba mucho nuestros
propios
berretines. Pero también, digo yo, hemos trabajado mucho y hemos tenido
hermosos
deseos. Y hemos sido más pequeños e indefensos de lo que nos creíamos, para
la
avidez de los grande de la tierra.
Veo otra vez gente furiosa en las calles, veo los caballos de la policía, y veo
el hambre y la desesperación. Ciento treinta mil millones de dólares yo no sé
qué es, pero es una cifra sonora, con su aliteración machacante. Será el precio
del rescate, y lo que tenemos que rescatar es nuestro país prisionero de una
pesadilla, y nuestra propia fantasía, la de todos nosotros, nuestra propia
fantasía irónica, pues siempre hemos sabido reírnos de nosotros mismos.
Creemos
otra fantasía, inventémonos de nuevo, ustedes allá y nosotros acá. Paguemos
la
deuda interna primero, reconozcámonos, celebremos lo que todavía nos queda,
que
es mucho, seamos solidarios, extendamos la mano, recuperémonos, argentinos,
recuperémonos a nosotros mismos. Ya sé que hay muchas deudas internas, en
un
país lleno de injusticias, pero paguemos la que nos debemos a nosotros mismos
para poder llegar a las demás deudas. Sin perder la ironía, pero ahora más
modestos y más sabios.
Graciela Reyes
p
EL NOMBRE DE LAS COSAS
Hay gente que se molesta cuando uno le da otro nombre a las cosas. Cuando
uno,
por ejemplo, le dice esquina a una coyuntura o le dice gozne a una curva. Y no
es que sean tan exactos como las matemáticas: porque en el momento en que
se les
habla de un quebrado, se quedan más perplejos que alguien quien por primera
vez
ha escuchado un poema; ya que ignoran que el nombre de las cosas es, en sí,
un
redondeo, justamente porque aún no se le comprende.
Las cosas son como aquellos números básicos, los que tienen que ser
redondeados
para que se les sume sin la necesidad de acudir a los dioses: son la
interpretación, la figura, lo más inteligible. Lo que habita las cosas, aquellos
atributos que van apareciendo con el discurrir del tiempo y el afecto, son los
pliegos del entendimiento, los géneros del viento, las olas del mar océano, los
sueños del ser pensante.
Yo he visto la estalagmita y la estalactita estar a punto de besarse. He visto
también las lamidas que le da la mar a la arena. La manera en que el río abraza
a la cordillera y al lago cuando se asemeja al ámpula del océano injerto en la
pradera.
También se puede hablar de la arena carnívora, la arna movediza; de los
árboles
aquellos que llevan un navío en su médula; del mamífero hipocampo que ha
conquistado continentes; y del ángel más bello del cielo y de la tierra: el
hombre, con toda su dignidad y su ingenuidad.
Qué nombre se le ha de dar a este campo de amor y de batalla. Las palabras
nos
quedan pequeñas. Se quiebran en dos también ante el silencio del no todavía
nombrado universo.
A veces, y sólo a veces, se me antoja pensar que un dios intervino en el devenir
de nuestra inteligencia y nos prevaricó el habla; no para entendernos, sino para
desentendernos, para que todos alucináramos una versión particular de
nuestra
travesía; para que juntos y a la vez desperdiciados llegáramos a la conclusión
de que no hay conclusión alguna.
Que la única asumida conclusión es asumir el nombre equivocado de las cosas.
Y
de esa manera llamarle codo a un ángulo perjudicado. Llamarle planicie a una
superficie enfermizamente oblicua. Llamarle continuidad al vuelo interrumpido
de
un ave que también sufre de hambre y de frío. Decirle vaivén al arbitrio de la
luna. Decirle gradación a o que es categoría. Coronar de perfecto lo que apenas
se asoma a los confines de nuestro entendimiento.
Repudiar de imperfecto a lo que apenas nos fustiga el corazón y entregarnos,
entregarnos, entregarnos, a la nomenclatura del bien y el mal, como si fueran
dos hemisferios de hambre y de amor. No hay dolor... no hay dolor cuando la
gente cree que las cosas sólo tienen un solo nombre. Se lo han tragado, se lo
han tragado, el pan y el circo, para poder vivir en paz.
León Leiva Gallardo
p
|