LA LECCIÓN DE LUISA
Miguel Angel Morelli
ESCAPAR
Graciela Reyes
ESPECTROS ESTELARES
Roberto Enrique Rocca
EL CASO DE LAS VALIJAS VOLADORAS
Leda Schiavo
DEL CLIMA: ALARMA, FUTURO Y PASADO
Fernando Anguita B.
EL VESTIDO BLANCO
Felisberto Hernández
DESDE LA BUTACA
Josefina Sartora
fab9
LA LECCIÓN DE LUISA
Mi amiga la escritora Luisa Braganza está irremediablemente loca: como si no le bastase con su doble oficio de mujer y de poeta (con marido, hijos y ahora también nietos), en los últimos tiempos se le ha dado por explorar en el terreno de la plástica, convencida de que al fin y al cabo el arte es uno e indiviso. Pero claro, ni mil oficios podrán con ella, como que desde hace años Luisa es la misma promotora cultural que ha venido dirigiendo, además, una biblioteca infantil fundada (¿por quién si no?) ¡por ella misma! El lema de Coronel Suárez, su pueblo, es desde entonces "La ciudad de los niños lectores", acaso una simple expresión de deseos, otra utopía para esta infatigable mujer que ha hecho de las utopías un modo de vida.
Pero resulta que la buena de Luisa tiene de astuta lo que tiene de soñadora. Harta de nadar contra la corriente, contra la mediocridad institucionalizada, de pedir sin ser escuchada, de dar sin que se lo agradezcan, hace algunas semanas renunció a su biblioteca no sin antes ofrecer una conferencia de prensa memorable. Tan contundentes resultaron sus palabras que alborotó el avispero a punto tal que las autoridades esta vez no tuvieron más remedio que empezar a cumplir con sus promesas (aquella Biblioteca Popular Infantil era, como ocurre en todos los municipios, el último orejón del tarro a la hora de recibir algún que otro pesito del erario público) y los vecinos a apoyarla como Dios manda en lugar de lavarse las manos.
No sé, no puedo saber si alguna vez Coronel Suárez será, finalmente, esa prometida ciudad de niños lectores (en todo caso, es de desear que no termine siendo la perla blanca en un país de analfabetos). Tampoco sé si con la vuelta de los años alguno de estos pequeños lectores, devenido intendente, hará justicia y le pondrá a la biblioteca el nombre de mi amiga. Lo único que puedo decir a la distancia es que le agradezco su ejemplo, esta hermosa enseñanza que nos ha dado: a veces es necesario dar un paso atrás para poder dar dos hacia delante. Aunque los tontos no se den cuenta. Aunque los necios crean que tener sueños es cosa de flojos.
Miguel Angel Morelli
p
ESCAPAR
Escapar, escapar, quién no quiere escapar. De chica, me escapaba a la terraza o subía al tanque de agua, a cuya sombra ardorosa conversaba con los gatos de los vecinos. Cuando me dejaron ir hasta el quiosco de la esquina, me escapaba dando la vuelta a la manzana: el equivalente a una vuelta alrededor del mundo. Más adelante, salía del colegio llevando firmemente en la mano la cartera con los cuadernos y el Manual Estrada, pero en lugar de irme derecho para casa, daba una vuelta. Para mí, dar una vuelta es lo mejor de la vida. Siempre doy una vuelta antes de volver a casa, contraviniendo con esmero el eslógan peronista "de casa al trabajo y del trabajo a casa" . Al dar la vuelta me gusta perderme, lo que es fácil, ya que no tengo ningún sentido de orientación en el espacio y mi paso por este mundo podría resumirse con la frase "se sentía siempre medio perdida". En mis vueltas, descubro en pocos minutos cosas extraordinarias, sobre todo esquinas extraordinarias, que me recuerdan otras esquinas, que a su vez son recuerdos de otras esquinas, ya que dudo de que haya en mi memoria una esquina original, todas son configuraciones nostálgicas de otras. Cuando entro en ese túnel (una esquina que me recuerda otra por otra y por otra) me escapo realmente, pero nunca llego a ninguna parte, sino a una sensación de querer llegar a otra parte que me resulta muy reconfortante, y vuelvo a casa sin sentirme ya un insecto aplicado, sino una persona capaz de ejercitar la libertad.
Todos queremos escaparnos. Algunos lo intentamos todos los días, otros cada tanto, otros una vez enorme que les trastorna la existencia, y otros nunca jamás. Para los privilegiados que tenemos trabajo, casa y comida, hay una polaridad básica cotidiana: de un lado está la domesticidad segura y previsible y repetida y agradable y de otro lado hay un agujero que se llama otra cosa. Allí está la felicidad total, un bienestar indescriptible, una plenitud que hemos vivido alguna vez, antes, en la infancia, y que seguimos buscando toda la vida, de muy distintas maneras y siempre sintiéndonos traidores, ya que esa felicidad no es nada de lo que ya tenemos, ni el cónyuge ni los hijos ni nuestras mejores obras, es otra cosa y siempre será otra cosa, aunque esté entremezclada con lo cotidiano y lo conocido, con árboles, bizcochos, anaqueles de libros, paredes sin revocar. Yo iba en secreto, escapándome, a ver el ombú lleno de pájaros que había en el jardín del Hospital Francés, en la calle Rioja; o me sentaba en el escalón de mármol de una panadería y esperaba la horneada fragante de las cuatro y media para comprarme bizcochitos de grasa y comérmelos mientras exploraba un terreno baldío. O me escapaba, ya en la escuela secundaria, a la bibliotecas, lugares mágicos por excelencia. Otras escapadas no las quiero contar. Pero todas fueron enriquecedoras, maravillosas, y nunca llegué hasta donde quería, sino solamente a sentir intensamente que quería escaparme más. Tuve compañeros, grandes compañeros. No nos poníamos de acuerdo: simplemente, nos escapábamos juntos. No sé si los dos o las dos veíamos o buscábamos lo mismo, pero sé que sentíamos la misma libertad y placer y convertíamos el tiempo en no tiempo, como en los sueños. A esos compañeros, los que siguen conmigo y los perdidos, los quiero con complicidad y lealtad total, son sagrados.
Busco lo otro en los ojos de la gente, en un poema, en una música, en una calle. Es eso que me inspira y me duele y me reconforta y es mi país personal y mi tiempo no vivido pero necesitado. Todos los días recomienzo la búsqueda, a veces deliberadamente, a veces sin querer, porque se produce un resquicio y por allí me voy. Nunca voy a llegar, pero esa inminencia es deliciosa, es la mejor tentación de la vida.
Graciela Reyes
p
ESPECTROS ESTELARES
El astrónomo Wolfgang Von Goff, primario del observatorio de Magdeburgo, dedicó su vida al estudio de los espectros estelares. Fue el descubridor de un nuevo elemento químico, inexistente en nuestro sistema solar, el que hoy, con el nombre de goffio, ocupa su lugar en la tabla periódica de Mendelejeff.
Tras innumerables años y noches en vela elaboró un mapa, en el que incluyó hasta las estrellas de novena magnitud, de todos los astros en cuya constitución figuraba el goffio.
Una noche, desvelado y aburrido, tomó un lápiz y unió con una línea las estrellas del mapa. Cuando concluyó su trabajo advirtió en la superficie del papel, nítidamente perfilado, el rostro de una hermosa mujer.
Prendose de ella hasta tal punto que abandonó todo para bus-carla. Años anduvo detrás de esa quimera hasta que un día la vio venir sonriente, tridimensional, olorosa a jazmines. hacia él.
Abrió los brazos para recibirla. Cuando intentó cerrarlos sobre el cuerpo amado, éste, trocado en tenue fosforescencia azulada, ascendió lentamente al cielo.
Roberto Enrique Rocca
p
DEL CLIMA: ALARMA, FUTURO Y PASADO
Estamos participando en una pelea desigual. Debo decir que inconmensurablemente desigual y hasta la exagerada longitud del adverbio resulta ridícula para dar idea del desequilibrio. Lo más increíble es que nosotros hemos provocado la contienda, que vamos a perderla, y que la respuesta airada del contendiente, la madre Naturaleza, se nutre de nuestra insensatez.
A escala mundial se está haciendo caso omiso del viejo refrán inglés let sleeping dogs lie y, como era predecible, se han despertado los perros que hace un siglo sosegados dormían. Las señales de alarma se aceleran a partir de 1950; la tala masiva de árboles había comenzado 90 años antes, y la combinación letal de ésta con la quema de combustibles fósiles, en incontrolable aumento, inyectó más y más dióxido de carbono en la atmósfera: la promoción del indeseable calentamiento global estaba servida.
Los efectos subsiguientes se desatan en cadena. Transformaciones de la Tierra que necesitaron millones de años para producirse están ocurriendo ante nuestros ojos, en lo que dura nuestra vida. La atención de los científicos se centra en evidencias como el retroceso y desaparición de los glaciares. El aumento de temperatura ha fundido ya enormes masas de hielo de sus lenguas, vertiendo a los océanos volúmenes como los 96 km3 por año medidos en Alaska, en la actualidad la mayor contribución glacial al aumento del nivel del mar. En los últimos 100 años, ese aumento ha estado comprendido entre los 10 y 20 cm. Hoy, cada centímetro de subida se traduce en un metro de retroceso de la línea de costa en las playas de arena.
Otra modificación menos "visible" es la alteración de la salinidad/densidad del agua marina; concomitante con la variación anormal de su temperatura, distorsiona el movimiento de las corrientes oceánicas. Si el proceso continúa, estaremos padeciendo ¡antes de 2020! el indeseable clima "fabricado" por nosotros mismos.
Para qué seguir. Documentos precisos y contrastados aparecen en numerosas revistas especializadas; son abrumadores en la RED y, cada vez con mayor frecuencia, se asoman a la prensa diaria. Películas como "Blade runner" (1982) anticiparon genialmente el escenario del clima de pesadilla que nos aguarda. Equivocadas otras, como "El día después de mañana" (2004), llevaron la situación al límite de la exageración y el tópico, favoreciendo a quienes ponen en duda las predicciones científicas, toda una vieja campaña financiada por las empresas petroleras para negar la evidencia del cambio climático.
Una correlación novedosa y sorprendente se inserta en medio de la polémica. La especulación se arma de efectos y paralelismos históricos de lo sucedido en el siglo XVII. No me queda espacio más que para recomendar atención a la publicación (parece que próxima) de un libro de Geoffrey Parker, donde se asevera que el día de mañana ya ocurrió ayer.
Más de 100 millones de personas viven a menos de un metro sobre el nivel del mar. Imagino que esa evaluación incluye a alguien que ahora mismo tiene esta Agenda en sus manos. Hará bien si, más pronto que tarde, exige que se escuche su voz.
Fernando Anguita B.
p
EL CASO DE LAS VALIJAS VOLADORAS
Algunos viven del cuento, otros de la literatura. La valija es un objeto emblemático del misterio, como la caja de Pandora. Se presta a la sorpresa o al horror, a la delicia o a la inquietud. Toda valija cerrada invita a la apertura, es inevitable. Ningún ser humano se quedarla ante una valija cerrada que encuentra de repente sin desear abrirla. Una valija cerrada da para todo, para novela policial, para novela con terroristas, para novela rosa con niñas bobas, para novela de espías con diplomáticos astutos o imbéciles. Hay valijas perversas, de doble fondo y hay valijas más inocentes, como la que aparece en la venta de la novela de Cervantes, porque contiene otra novela cuya lectura todos quieren escuchar, pero claro que ninguna novela es inocente, es otra caja de Pandora, en realidad.
El misterio de las valijas ambulatorias en el aeropuerto de Madrid no se devela abriéndolas. Lo que está adentro es lo de menos, el problema es lo que está afuera, o lo que sale y se desparrama, como sucede con la caja de Pandora. Mandar valijas cerradas con etiquetas falsas parece haber sido muy fácil para quienes lo hicieron, lo difícil es entender por qué las valijas se quedaron ah!, visibles, frágiles de repente, expuestas impúdicamente. Por qué o mejor para qué, para hacerle la cama a quién. Inocentes valijitas con sendos inocentes cartelitos diciendo EMBAJADA ARGENTINA EN MADRID. El verdadero problema no es quién las mandó o cómo las mandó, sino por qué las dejaron abandonadas a su suerte, para provocar llantos, asolamientos, fieros males a diestra y a siniestra, para provocar, quién lo duda, una crisis institucional.
Leda Schiavo
p
EL VESTIDO BLANCO
I
Yo estaba del lado de afuera del balcón. Del lado de adentro, estaban abiertas las dos hojas de la ventana y coincidían muy enfrente una de otra. Marisa estaba parada con la espalda casi tocando una de las hojas. Pero quedó poco en esta posición porque la llamaron de adentro. Al poco Marisa salía, no sentí el vacío de ella en la ventana. Al contrario. Sentí como que las hojas se habían estado mirando frente a frente y que ella había estado de más. Ella había interrumpido ese espacio simétrico llena de una cosa fija que resultaba de mirarse las dos hojas.
II
Al poco tiempo yo ya había descubierto lo más primordial y casi lo único en el sentido de las dos hojas: las posiciones, el placer de las posiciones determinadas y el dolor de violarlas. Las posiciones de placer eran solamente dos: cuando las hojas estaban enfrentadas simétricamente y se miraban fijo, y cuando estaban totalmente cerradas y estaban juntas. Si algunas veces Marisa echaba las hojas para atrás y pasaban el límite de enfrentarse, yo no podía dejar de tener los músculos en tensión. En ese momento creía contribuir con mi fuerza a que se cerraran lo suficiente hasta quedar en una de las posiciones de placer: una frente a la otra. De lo contrario me parecía que con el tiempo se les sumaría un odio silencioso y fijo del cual nuestra conciencia no sospechaba el resultado.
III
Los momentos más terribles y violadores de una de las posiciones de placer, ocurrían algunas noches al despedirnos.
Ella amagaba a cerrar las ventanas y nunca terminaba de cerrarlas. Ignoraba esa violenta necesidad física que tenían las ventanas de estar juntas ya, pronto, cuanto antes.
En el espacio oscuro que aún quedaba entre las hojas, calzaba justo la cabeza de Marisa. En la cara había una cosa inconsciente e ingenua que sonreía en la demora de despedirse. Y eso no sabía nada de esa otra cosa dura y amenazantemente imprecisa que había en la demora de cerrarse.
IV
Una noche estaba contentísimo porque entré a visitar a Marisa. Ella me invitó a ir al balcón. Pero tuvimos que pasar por el espacio entre esos lacayos de ventanas. Y no sabía qué pensar de esa insistente etiqueta escuálida. Parecía que pensarían algo antes de nosotros pasar y algo después de pasar. Pasamos. Al rato de estar conversando y que se me había distraído el asunto de las ventanas, sentí que me tocaban en la espalda muy despacito y como si me quisieran hipnotizar. Y al darme vuelta me encontré con las ventanas en la cara. Sentí que nos habían sepultado entre el balcón y ellas. Pensé en saltar el balcón y sacar a Marisa de allí.
V
Una mañana estaba contentísimo porque nos habíamos casado. Pero cuando Marisa fue a abrir un roperito de dos hojas sentí el mismo problema de las ventanas, de la abertura que sobraba. Una noche Marisa estaba fuera de la casa. Fui a sacar algo del roperito y en el momento de abrirlo me sentí horriblemente actor en el asunto de las hojas. Pero lo abrí. Sin querer me quedé quieto un rato. La cabeza también se me quedó quieta igual que las cosas que habían en el ropero, y que un vestido blanco de Marisa que parecía Marisa sin cabeza, ni brazos, ni piernas.
Felisberto Hernández
p
DESDE LA BUTACA
Sabemos que el cine argentino está viviendo una etapa de intensa y dinámica renovación. Desde fin de los 90, una corriente de numerosos realizadores jóvenes, salidos de las nuevas escuelas de cine, parece haber sacudido el polvo del rancio cine nacional, con propuestas innovadoras, más ágiles, frescas, y a menudo muy poco comerciales, porque no responden a los parámetros a los que el público estaba acostumbrado. Pasada la sorpresa de películas como Pizza, birra y faso, Silvia Prieto o La ciénaga, el espectador ya sabe que el cine argentino se ha sacudido de encima las convenciones que caracterizaban al cine nacional, con personajes y situaciones ridículos y diálogos inverosímiles o grotescos, y debe estar abierto a futuras sorpresas. No todos están dispuestos a hacer el esfuerzo de flexibilizarse y abrirse a lo nuevo: el público y algún crítico —conservador y rígido— ha acusado al cine joven de difícil, de vacío, de nadista, de tantas culpas. Sin embargo, destaquemos joyitas recientes como La niña santa, de Lucrecia Martel, Los guantes mágicos, de Martín Rejtman, Los muertos, de Lisandro Alonso, El abrazo partido, de Daniel Burman, Extraño, de Santiago Loza, por nombrar sólo algunos estrenos de 2004 que no podemos dejar de ver.
Abrimos un espacio para comentar periódicamente las novedades en el panorama del cine argentino. Aquí discutiremos, castigaremos y recomendaremos los estrenos, desde nuestra personal visión estética. Tengamos en cuenta que de los 20 títulos de películas argentinas que se estrenaban cada año, hemos pasado a unos 50/60. Por supuesto, existen entre ellos distintos niveles de calidad e interés.
Como una excepción, comenzaremos por recomendar la nueva sorpresa uruguaya, Whisky, el film de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, realizadores de 25 watts. Lo hacemos dada nuestra hermandad fluvial con Uruguay, y porque la estética y tratamiento de la película son muy cercanos a las nuevas propuestas de nuestro cine. Whisky es una rara estrella que brilla en el horizonte local, y todos los premios que ha recibido son merecidos. Se trata de una comedia austera, de un humor seco, que ironiza sobre las relaciones familiares y el triunfalismo. Aborda la relación de un hombre gris y solitario, fabricante de medias, con su fiel colaboradora y su hermano menor que vuelve al país por unos días. Mientras él ha cuidado a su madre enferma hasta su muerte, y conservado la vieja y decadente fábrica de su padre sin incorporar ningún cambio, su hermano ha establecido una moderna fábrica en Brasil, donde tiene además una familia. En su encuentro, afloran las rivalidades, en una divertida situación que a veces toca el patetismo. Muy cercano al humor de los finlandeses hermanos Kaurismäki, con una interpretación actoral totalmente despojada e impávida —el rostro de la empleada parece una máscara —con pocos gestos y escasos diálogos, la película traza un corrosivo cuadro de la mediocridad, la rutina, y el amor. Bien filmada, bien actuada —con una breve aparición de Daniel Hendler y Ana Katz, dos emblemas del nuevo cine argentino—, da el tono justo, y es imperdible.
Josefina Sartora
p

 |