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Marzo 2007 - Nº 81

N° 82>


LA IMPERTINENTE
Graciela Reyes

DEL ENRIQUECIMIENTO «INSOSTENIBLE»
Fernando Anguita B.

DOS CUENTOS Y UNA CRÓNICA BREVE, BREVÍSIMA
Miguel Ángel Morelli

NI SOLITARIO, NI FINAL: TRISTE
Claudio L. Pérez

TEMPORAL
Leda Schiavo

LECTURAS
Néstor Tellechea

OTROS
Lovecraft / diGiorgio
Macedonio / I. Calvino

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LA IMPERTINENTE

El médico que atendió a mi madre en el parto declaró que yo había nacido muerta, y dio sus condolencias. Supongo que fue en esa ocasión cuando empecé a no creer mucho en nadie. Mi tía Espirita, que era muy joven pero ya era una bruja, dictaminó entonces que yo no podía ser una chica normal, con semejante nacimiento. A los dos o tres meses, la solterona del quinto insinuó de modo avieso que mi placidez en la cuna era excesiva. ¿No sería yo retardada? Así que mi madre me llevó a ver a un psiquiatra, y el psiquiatra me hizo unas pruebas, qué pruebas no sé, y dictaminó que yo era muy inteligente, algo que siempre me conmueve.

A los dos años me desahuciaron y volví a morirme, muy de a poco, muy espantosamente. La familia tuvo tiempo para llorarme, mientras yo iba dejando de caminar, de sonreír, de hablar. Cada médico que me veía me daba un tratamiento diferente, y entre todos me mataban, porque ninguno acertaba con mi enfermedad. Me curé cuando mamá, contraviniendo a los médicos, me dio de comer lo que yo quisiera. Esta muerte, unida a la del nacimiento, me ha permitido entusiasmar a sucesivos psicólogos, que han interpretado sus efectos en mi psique de diversas maneras, pero básicamente pensando lo mismo que mi tía Espirita.

Cuando la tía Espirita me encontró subida a un cajoncito de fruta, gesticulando, yo sola en medio de la terraza, me preguntó qué estaba haciendo. “Estoy haciendo un discurso”, le contesté. No tenía ni idea de qué era un discurso, pero me pareció que era eso lo que estaba haciendo. Ella salió como flecha a llamar a sus hermanos para que vieran el fenómeno. Yo guardé velozmente el cajoncito, me escondí, y no pudieron encontrarme por horas, pero no me libré de las bromas pesadas, por días y días, hasta que algo peor, algo que hizo mi tía Eugenia, cambió el tema de conversación, y yo pude volver a poner el cajoncito en medio de la terraza.

Las maestras me consideraban desobediente y además impertinente, palabra terrorífica cuyo significado exacto, en sus bocas, ignoro hasta hoy. En el colegio primario dije varias cosas muy impertinentes, dije, por ejemplo, que la bandera, además de un símbolo, era un pedazo de tela bastante sucia (me destituyeron de mi puesto de abanderada). Otra vez dije que el deseo de reproducirse era un instinto animal (llamaron a mi papá). No entendían las cosas. Cuando, años después, me fui a vivir a otro país, desistí de ser entendida fuera de lo indispensable, y me aficioné al equívoco como modo de vida. Es muy descansado, aunque no parezca.

A los treinta años volvieron a desahuciarme. Yo estaba, sin embargo, perfectamente sana, para desilusión de mis amigas, que me habían pedido las versiones originales de mis poemas, por si adquirían algún valor póstumo. Hace tiempo que he tomado la prudente decisión de no contar a mis médicos todos mis síntomas, para que no me maten de nuevo, de no comentar con mis amigos todas mis rarezas, para que no se perturben, de no decirle a mi amante cuánto lo quiero, para que no se asuste, de no confesar a mis alumnos qué difícil es llegar a la verdad, para que no se desanimen, de no explicar a los niños que nunca van a ser enteramente comprendidos, para que no lloren. Practico una excentricidad discreta y vivo en paz con la chica díscola de adentro. Yo envejezco, ella no. Ella todavía se sube a cajones de fruta a hacer discursos.

Graciela Reyes

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DEL ENRIQUECIMIENTO «INSOSTENIBLE»

«¡Son los ricos los que se quieren largar de la familia!»
Albert Boadella
(a propósito del separatismo catalán)

Me parece que el aforismo fundacional del raciocinio, "Pienso, luego existo", ha devenido con el tiempo en algo mucho menos brillante, retóricamente, pero más dubitativo e inquietante. Algo así como: "Pienso, y no termino de entender nada". En este instante del primer septenio del siglo XXI, el panorama que desfila ante los ojos de cualquier ser humano que se pare a pensar (se suele decir a reflexionar, verbo algo más enfático) es como para cuestionarse el gratuito calificativo de racional que algún antiguo optimista le adosó a la especie. Y digo antiguo, porque ya en el XVII, el siglo de René Descartes, pararse a pensar en la manera que Europa encontró para resolver sus diferencias fue para echarse a llorar. A distancia suficiente, con la perspectiva de nuestro tiempo, la "Guerra de los Treinta Años" mereció ser calificada por el historiador británico Wedgwood como "ejemplo relevante de un conflicto sin sentido... no resolvió problema alguno; sus efectos, tanto inmediatos como indirectos, fueron negativos o desastrosos".

Al hombre o mujer que nació más o menos con lo puesto poco le añadió entonces el recién estrenado "uso de razón" para saber que la supervivencia habría de ganársela. La obviedad de la afirmación se justifica porque contiene la semilla de lo que sigue. Se entiende que la progresión del ser humano consiste en nacer, sobrevivir, vivir y enriquecerse. Otro lugar común, pero no tanto, porque la cuarta etapa ha sido implantada por la "civilización". Las tres primeras las compartimos con las restantes especies del reino animal y, salvo especulaciones filosóficas, no precisan un porqué; la cuarta sí: "¿Por qué enriquecerse?"

Nótese que la respuesta no puede ser la misma que contestaría a un ¿para qué?
Desde antes de la invención del dinero bastantes hombres justos discursearon sobre los males del enriquecimiento. Con desigual y escasa fortuna. Las razones de sus discursos y máximas siempre fueron de orden espiritual. Apelaban en general a la recompensa superior en "otra vida" y cuando detectaban cansancio en su audiencia echaban mano del tremendismo, de la condena al fuego eterno.
En el siglo XXI el tremendismo ya vende poco. Los discursos que desaconsejan enriquecerse no están de moda; no se sostendrían junto al reclamo de "mejor calidad de vida" que prometen los programas políticos y, más sutiles, lo dan a entender los señuelos nacionalistas. La evidencia proclama que en el primer mundo es posible y recomendable enriquecerse.
¿Cómo se puede defender entonces que posible sí, pero recomendable no lo es?

Roto el puente de la condena eterna, que ni el Papa menciona ya, y acobardados frente al totum revolutum de no cristianas creencias, no queda sino el raciocinio, mal que nos pese, para responder a la pregunta. El comunismo, reparto igualitario a ultranza, ha fracasado. Enfrente, la competición, la carrera de ratas para ver quien se hace más rico y más pronto, sigue en liza...
Descartados los placebos, las alarmas variopintas que se intercalan en el acontecer, y mantenidas las guerras "fuera de casa", la respuesta a la pregunta antecedente sólo puede estar en la equidistancia, en una zona de equilibrio entre lo fracasado y lo existente.

A. Boadella Sociológica y políticamente a ese equilibrio se le ha puesto nombre: desarrollo sostenible. Pero la cualidad de sostenible jamás se tendrá de pie -¡no se sostendrá!- si, para empezar, miles de ciudadanos no asumen y pregonan que "vivir bien" no es sinónimo de "hacerse rico".
¿Impensable hipótesis? Ciertamente. Y peor todavía cuando los que ya son ricos pretenden serlo todavía más. Sólo algunas voces, como la de Albert Boadella, el ilustre comediante, se han arriesgado a desenmascararlos. Sean estas líneas testimonio de la persistencia de su mensaje.

Fernando Anguita B.

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DOS CUENTOS Y UNA CRÓNICA BREVE, BREVÍSIMA

Sana envidia

Breves, brevísimos son los cuentos que Liliana y Roberto vienen publicando en la agenda. “¿Será muy difícil escribir como lo hacen ellos?” - me pregunto.  A sabiendas de que la mía es, como diría mi abuela, una envidia sana, me propongo hacerlo yo también. Y hasta me doy un plazo: tres días.
Así las cosas, busco un argumento. Pienso. Pienso hasta el cansancio, hasta el paroxismo, hasta la desesperación. Derrotado por la falta de inspiración, al segundo día me resigno al sueño.
Entonces un ruido extraño me despierta. Al principio es como el silbato de un tren, y luego como la turbina de un avión a punto de partir. La cabeza se me parte, estalla en mil pedazos por donde escapan otros miles de argumentos breves, brevísimos. Pero entre tanto vértigo no puedo atrapar ni siquiera uno, y con estoicismo observo cómo huyen de mí, vuelan, trepan al cielo como globos de colores, se pierden entre las nubes, estallan… “Es inútil - recapacito-, lo mío será siempre el periodismo, la simple crónica”. Esta crónica.

De los mitos

No supimos nunca cómo fue que llegamos, pero finalmente allí estábamos. Si no lo era, aquel lugar se parecía demasiado al paraíso: el cielo azul profundo, el lago maravillosamente cristalino. Y sobre el horizonte, un arco iris de catorce colores.
Felices, extrañados, demoramos la tarde en recorrerlo. En un alto, nos alimentamos con frutas tan frescas que alguien sugirió que aquello no podía ser otra cosa que un sueño. Hasta que de pronto descubrimos, en la espesura del follaje, dos pares de ojos que nos observaban.
-¡Pero papá - escuchamos que decía el pequeño unicornio -, vos nos habías dicho que los hombres eran sólo un mito!

Él

Lo vi llorar y me dio lástima.
- Es la ley y hay que resignarse le dije-. Después de todo, la vida es un vagar permanente, un eterno caminar en el vacío, y ahora  no nos viene nada mal un poco de quietud,  algo de sosiego.
- Precisamente de eso se trata se lamentó-. De la vida y su sentido. Me encantaría poder permanecer aquí después de tanto cansancio, pero todavía me queda mucho por hacer.

Y al tercer día, resucitó de entre nosotros.

Miguel Ángel Morelli

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NI SOLITARIO, NI FINAL: TRISTE

El décimo aniversario del fallecimiento de Osvaldo Soriano, aún desde la clara intencionalidad del afecto, parece haber servido para reponer en circulación una de las tantas divisiones que cuadriculan nuestro universo cultural. Osvaldo Bayer y Beatriz Sarlo entablaron, coincidentemente con la merecida recordación, una polémica pobre, con la que Soriano, sin duda, se hubiese divertido mucho, si no estuviese jubilado.

La presunta humillación que estrujantes de letras (si no fue presunta, sino humillación llanamente, eran estrujantes y no estudiantes) de la UBA habrían infligido a Soriano cuando este mencionó, en una conferencia o charla a la que habría sido invitado por Sarlo o colaboradores, que no había terminado el colegio secundario, dio origen a una discusión intrascendente que, así y todo, ocupó páginas de diarios y suplementos literarios, que merecían mejor contenido.

Sobre esta reyerta, que vino a interponerse a mi simple deseo de nombrar a Osvaldo Soriano a modo de homenaje, digo dos cosas.

La primera: la palabra de Bayer tiene un peso que se ha ganado poniendo el cuerpo a infinitas canalladas y rigores. Es un intelectual honesto y resulta inadmisible pensar que ha mentido. Si algo disvalioso dijera sobre mí, antes que hostigarlo o pretender desmentirlo, pensaría seriamente cuanta ambigüedad encierran la palabras y qué difícil es atribuirles un sentido unívoco.

La segunda: en la polémica subsiguiente, Beatriz Sarlo no hace otra cosa que sentirse injusta y falazmente aludida, denostar a su probable ofensor y dejar en claro que ella es “progre”, con tutti. Sobre la obra de Soriano omite aventurar, no ya una opinión, sino dos palabras.

Para terminar con esta anécdota que olvidaremos mañana: los dos se lesionan tontamente. Todos sabemos quiénes son, cómo piensan, y qué han aportado a nuestra cultura Osvaldo Bayer y Beatriz Sarlo. Pero en esta oportunidad, el jubilado es Soriano y, afirmo, cada línea y cada nota debieran haberse reservado a su obra y su persona, aunque contradictoriamente yo haya comenzado con otro tema. Pero así somos, contradictorios.

No voy a ensalzar su obra cuando por suerte lo han hecho en estos días Ariel Dorfman, Eduardo Galeano, Juan Forn, Rodolfo Rabanal y Angélica Gorodischer entre otros. Sólo voy decir que, si la Literatura Argentina es una construcción en proceso, y de esto dan prueba los nombres, hoy sonoros, que hace dos o tres décadas habían sido silenciados tanto por la Academia como por nuestro mini mercado, maxi kiosco  o todo por dos pesos (afuera se traducían, vendían y estudiaban), mientras sus obras seguían murmurando sólo en las vitales bibliotecas de aquellos lectores, tan alejados de la escolástica como de nuestros burdos remedos del Mercado, apegados sólo a su palabra prójima, entonces, las novelas de Osvaldo Soriano siempre fueron y serán partes de ese corpus. Su palabra nos habla a los argentinos en nuestro idioma, desde nuestros pesares o festejos, nos interroga o nos afirma.

Hay dos tipos de escritores, los que piensan con la cabeza y los que piensan con palabras. Soriano pertenece a este segundo grupo. El universo de su obra conforma una cinta de Moebius donde se citan, arrolladoramente, la vida misma, la experiencia directa, la insensatez de nuestra historia política, y huellas de una novela infinita en la que confluyen Hemingway y Rulfo; Flaubert, Conrad y Onetti; Raymond Chandler, Joyce y Horacio Quiroga; Graham Greene y Faulkner; Cortázar y Poe. Su arte es ése, escribir sin falsos pudores, narrar historias que todos conocemos, porque de una u otra manera, central o tangencialmente, las hemos vivido.

Claudio L. Pérez

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TEMPORAL

En Buenos Aires extrañaba, en el rigor de la canícula, las nieves de antaño, como decía aquel gran poeta François Villon. Pues bien, hoy, en Chicago, el invierno se ha prodigado y han caído gruesos copos de nieve como caricias. La nieve pone un nimbo de belleza a las cosas más prosaicas, traza líneas blancas sobre los rascacielos, purifica todo lo que toca. Cuando llegué, después de muchos días de muchos grados bajo cero, el río estaba congelado, lo que es metafísicamente un contrasentido, el río tiene que fluir, pero no, y entonces nos obliga a contemplarlo y meditar. Luego subió la temperatura y los bloques de hielo se fueron rompiendo, y era una gran pintura cubista, cada trozo con una tonalidad diferente, en una gama del blanco al gris oscuro y entre cada paralelepípedo se asomaba el río, ahora empujando y empujando para volver a ser río. Y lo logró, y la nieve al tocarlo se deshace, porque la temperatura está sobre cero.

Ayer, al pasar por el lago, vi tres árboles de la orilla encapsulados en hielo, uno de los logros más espectaculares de la naturaleza convertida en artista. Es difícil de lograr, tienen que darse muchos factores para que los árboles queden metidos en una capa traslúcida de hielo.
Claro que la nieve y el hielo tienen una mirada no estética para quienes los sufren de cerca sin estar protegidos. Pero no es el tema de hoy, hoy quiero hablar del tiempo en los dos significados que tiene en nuestra lengua, el de la temperatura y el del almanaque. Y aprovecho para endilgarles una poesía que perpetré hace unos días y que trataré de meter subrepticiamente para que la editora no se dé cuenta y me la publique. Se llama, precisamente, Temporal, jugando con ambos significados, y ahí va:

Los días recelan de seguirse unos a otros
el lunes sigue siendo lunes para no acabar en martes
el reloj se queda quieto haciéndose el distraído
y la tarde se muerde la cola para frenar la noche

Están conmigo. Saben. Colaboran
Cuando llega tu sombra intempestiva nos vamos
por la tangente
y naufragamos de muerte natural

No es que no supiera cómo terminar esta colaboración, es que de veras quería compartir este poemita. La seguimos el mes que viene.

Leda Schiavo

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LECTURAS

Francisco Urondo. 1930. Santafesino, aporteñado y fino obser- vador; tierno hombre en el uso de la palabra. Aún en circunstancias donde su poesía ya está encauzada de forma indefectible con su destino personal.

A medida que avanzo en la lectura de su “Poesía Completa”, más me gusta el rumbo de su evolución ética y estética. Aún ya en sus primeros poemas, hay una incipiente o lograda realización de su personalidad artística. De su estilo.

Cuando llegué al poema “B.A. Argentine”, quedé felizmente apabullado, como si el conjunto de imágenes sonoras del poema me hubiese dejado flotando en un espacio diferente del tiempo.

Es abarcativamente bello. Intenso. Ayuno de ingeniosidades. Va del presente al pasado, y del futuro a los resultados de sus deseos, observaciones y recorridos físicos de casi todos los paisajes humanos y naturales que puede ofrecer la historia diaria e íntima de nuestro país.

Es más, estoy tentado a no dudar de que va a ser uno de esos poemas que como lector agradecido, me va a acompañar el resto de mi vida.

Es más, creo que con y en este poema, paco-poeta, crece, se voluminiza y comienza a correr sin dubitaciones en su propia agua.

El mismo caso con las lecturas de “Fumando Espero” y “No puedo Quejarme”.

Río Urondiano, en el que se me ocurre que él siente lo inseparables que serán su poesía y compromiso político. Ninguna de estas dos facetas de su destino va a ser superior ni someterá a la otra.

Paco rugido sensible en las correntadas de sus sueños colectivos.

Paco hombre, militante, obsesiones. Remolinos de su manifestación unívoca de lo que ya debía saber hacía mucho de él mismo.

Paco no iba a cambiar porque siempre había caminado para llegar a lo que después descubrió que siempre había sido. El que fue. Un hombre-ciudadano-poeta comprometido con la vida futura de su país-mundo- tiempo-existencia que le tocó y no dudó en vivir sin límites, y en lo que iba todo su ser. Hasta con la posibilidad de sumergir abruptamente su vida en la muerte

Néstor Tellechea

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TEXTOS de OTROS



Howard P. Lovecraft

 

NOTAS SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR
CUENTOS FANTÁSTICOS

(fragmento)

La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido, están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo, El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.

Mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma. Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol.

Entre esta clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo.

Sólo hay una forma de escribir un relato tal y como yo lo hago. Cada uno de mis cuentos tiene una trama diferente. Una o dos veces he escrito un sueño literalmente, pero por lo general me inspiro en un paisaje, idea o imagen que deseo expresar, y busco en mi cerebro una vía adecuada de crear una cadena de acontecimientos dramáticos capaces de ser expresados en términos concretos. Intento crear una lista mental de las situaciones mejor adaptadas al paisaje, idea, o imagen, y luego comienzo a conjeturar con las situaciones lógicas que pueden sor motivadas por la forma, imagen o idea elegida.

***

Marosa di Giorgio

 

TODO BRILLA

Las pianistas estaban sentadas a muchos pianos. De sus dedos entrelazados con las teclas caían margaritas. Estas eran doradas con el centro blanco, o al revés; o celestes; o de un rosa oscuro; o negras, como moscas y pensamientos; e iban por todos lados.

Quise huir; me encerré en un ropero y en él también estaba la música; corrí a la cocina, pero los platos tintineaban; parecía que había colgado una lámpara de mostacillas. Clamé: Mamá, diles que se vayan, que dejen los pianos, ¿quién las llamó? (y casi eché a correr); yo no puedo vivir así. Todo brilla.

***

Macedonio Fernández

 

COLABORACIÓN de las COSAS

Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes.

Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera,

La sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la entrada de la cocina calma la discordia.

Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del escalón, no debe  menospreciarse su mérito.

***

Italo Calvino

 

LA OVEJA NEGRA

Érase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar al alba cargado encontraba su casa desvalijada. Y todos vivían en concordia y sin daño porque uno robaba a otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero.

En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos. Y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos y no había ni ricos ni pobres. Pero he aquí que no se sabe cómo apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas. Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían. Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.

Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba; pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada. En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía.

Pero hasta ahí no había nada que decir porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entretanto no robaba a nadie; de modo que había alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta, la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.

Entre tanto, los que se habían vuelto ricos se acostumbraron también a ir al puente por la noche a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres. Pero los ricos vieron que, yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres y pensaron: "Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta." Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes. Naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero, como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces, pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas y así fue como instituyeron la Policía y construyeron las cárceles.

De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres y, sin embargo, todos seguían siendo ladrones.

Honrado sólo había habido aquel fulano y no tardó en morirse de hambre.

***

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Todo delSUR

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