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LA MANO CHIQUITA
Graciela Reyes
DE LO CORRUPTIBLE... Fernando Anguita B.
SETENTA VECES SIETE
Miguel Ángel Morelli
ACERCA DE «TEATRO DE OPERACIONES»
Alicia Silva Rey
ALICIA SCAVINO
Leda Schiavo
POEMAS
Liliana Lukin
AZUL Y BLANCO MI CORAZÓN
Sonia Otamendi
OTROS
Barret / García Márquez
Cortázar / Saki
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LA MANO CHIQUITA
Para Rodolfo, en su cumpleaños
Los dormitorios estaban húmedos y helados, porque nunca se ponían estufas en esa parte de la casa. Recuerdo las sábanas tan frías que parecían mojadas, las tres frazadas de lana áspera, la colcha celeste. En cuanto nos metían en la cama y nos apagaban la luz, la mano chiquita se extendía en el aire, hacia mí. Sábanas y frazadas estaban firmemente metidas debajo del colchón, fajándonos, y no era fácil sacar un brazo al aire, pero las dos manos se encontraban enseguida en el espacio de frío y miedo que quedaba entre las camas. Entonces yo contaba, en voz queda, un cuento de Úndura Trúndura, uno viejo o, si estaba inspirada, uno nuevo. La mano chiquita escuchaba con atención. En el país llamado Úndura Trúndura pasaban cosas extraordinarias. Había perros que hablaban y pájaros que escribían, había una máquina de la memoria que cuidaba un farero, y había angelitos que bajaban del cielo a jugar al fútbol con los chicos. El cuento rodaba en la noche, y la mano, muy poco más chica que la mía, se empezaba a aflojar, y se aflojaba más, y más, y por fin se me caía. Entonces, deshaciendo el envoltorio de las sábanas con los talones, salía de la cama para meter la mano de vuelta debajo de las cobijas. Después me metía en la cama tiritando, y mientras entraba en calor me dormía yo también.
Me costó conseguir que me dejaran tener una habitación propia, en otra parte de la casa, donde podía leer toda la noche, si quería. No veía el día de mudarme. Se lo dije a la mano chiquita una noche, y una voz no muy convencida contestó “No importa, ya soy grande”. Para demostrármelo, la mano chiquita empezó a no buscarme todas las noches. Yo extendía la mía siempre, por las dudas. Después, contenta, me metía entre las sábanas y hasta me daba vuelta para el otro lado, como si ya nadie me fuera a necesitar. Alguna vez oí mi nombre pronunciado en voz muy baja, porque las orejitas aquellas no podían dormir, e inmediatamente me puse en mi sitio y extendí la mano y empecé mi cuento.
Por fin me mudé a mi habitación. Pero cuando ya estaba bien acomodada en mi nueva cama, tapada hasta la boca, con la lámpara enfocada sobre el libro, pensaba que la mano chiquita estaba tanteando el aire y no me encontraba. Trataba de oír algo, pero solamente oía los crujidos de la casa, los maullidos de los gatos o el viento. Finalmente me levantaba, cruzaba el comedor grande, que era el lugar más frío del mundo, y entraba en mi antiguo dormitorio. Si la cabecita orejuda dormía, volvía corriendo a mi habitación. Pero si no, me quedaba allí.
Sigo contando cuentos en la oscuridad. La oscuridad, ahora, es distinta, y ya no hace frío, porque tengo calefacción. La mano que me escucha es mucho más grande que la mía, pero cuando le cuento mis historias me parece chiquita. A veces mis amigos me preguntan si lo que les digo es cierto o si me lo he inventado, como a Úndura Trúndura. Dice el novelista Murakami que ese es el destino del escritor, que nadie le crea. Otro destino es no poder tener habitación propia, y ni siquiera poder darse vuelta para el otro lado, porque siempre hay una mano tendida en lo oscuro, esperando esas palabras luminosas que cuentan una historia falsa, una historia felizmente falsa, para poder navegar por el mar de miedo de la noche.
Graciela Reyes
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DE LO CORRUPTIBLE...
Es decir, por naturaleza, “de todo el universo orgánico”. Pero mi pretensión no es —no puede ser— comprimir en 600 palabras semejante discurso, aunque antes de apearme de lo universal deje apuntada una nota etimológica: el verbo latino rumpere pasó al castellano hacia 1140 como “romper”, y unos ochenta años después lo hizo corrumpere. Ya dentro del desarrollo autóctono de la lengua aparecieron en 1444 “corruptible” y su antónimo.*
Es difícil, por no decir imposible, saber cuándo se produce el tránsito del fenómeno físico de romper(se) a la evaluación moral de corromper(se). Incluso cabe preguntarse si tiene sentido imaginar que hubo un tránsito. Tratar de sustanciar la respuesta en los ochenta años citados sería una tontería; véase, si no, la nota al pie. Puestos a argumentar “hacia atrás”, mitos y creencias nos ilustran en todas las lenguas y culturas de la temprana presencia de lo corruptible en el ser humano. Por ejemplo, las costumbres depravadas fueron señaladas muchas veces como causa de los cataclismos naturales. En las mentes rectoras del pasado remoto, el corrumpere antecedió o fue parejo con el desastroso rumpere del entorno físico.
Hoy en día los gobiernos nacionales y las instituciones supranacionales destinan una parte de sus recursos económicos a la lucha contra la corrupción. Es normal que esa parte resulte insuficiente para combatir a un enemigo que se ha organizado a escala “global” y que obtiene inmensos beneficios de sus actividades. La desigual pelea se agrava sobremanera cuando los “malos” logran infiltrarse en el comparativamente pequeño ejército de los “buenos”. Sucede entonces que para sellar la infiltración antes de que lo contamine todo hacen falta hombres, funcionarios, “superbuenos”.
El cine, —en especial el norteamericano—, para que no menospreciemos la importancia del problema, lo ha explicado y lo explica recuperando sucesos, “casos reales”, que dejan atónito al ciudadano de a pie. Cito sólo dos películas significativas, distanciadas entre sí 34 años. Ambas retratan la obstinación infinita —sobrehumana, a mi juicio— que hace falta para enfrentarse a la corrupción cuando ésta ha mordido a los defensores de la Ley. En ambas películas se materializa el hombre por el que preguntaba Juvenal: el personaje capaz de “vigilar a los vigilantes” sin quedar contaminado en el empeño. **
Sydney Lumet lo retrató en SERPICO (1973). Es el policía despreciado por sus colegas porque no acepta sobornos; el que comprueba que la corrupción es la norma en su entorno y decide hacer pública la situación. Ridley Scott lo acaba de hacer en AMERICAN GANGSTER (dic. 2007), donde una pareja policial se enfrenta a la tentación de apropiarse de una gran suma de dinero ilegal que ha requisado en una operación sin testigos.
Se me han borrado los detalles precisos de la historia de Frank Serpico. Sólo recuerdo que terminaba con la identidad cambiada y protegido en alguna parte. La gesta más cercana, la del agente especial Richie Roberts, que arriesga su seguridad más allá de cualquier límite razonable, termina en cambio “abierta”, y permite abrigar la esperanza de que es posible acabar con la corrupción de los gobernantes.
He necesitado escribir estas líneas porque al salir del cine me acordé de Robespierre, “el Incorruptible” de la Historia. Los extremos a que lo arrastró su “virtud”, y su desenlace, me hicieron pensar que la película de Scott tiene algo de cuento de hadas.
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* Corominas, en la Introducción de su «Breve Diccionario Etimológico...», advierte que las fechas corresponden a la “aparición” de las palabras en textos escritos, lo cual significa que en el lenguaje hablado lo hicieron a veces muchos años antes.
** Juvenal, el poeta satírico del siglo I, al parecer dedicó su pregunta —Sed quis custodiet ipsos custodes?— a un amigo que iba a casarse.
Las imágenes:
—Denzel Washington (el gangster Frank Lucas) frente a Russell Crowe (el policía Richie Roberts) en el pulso dialéctico que sostienen al final de la película.
—Maximilien de Robespierre [1758 – 1794]
Fernando
Anguita B.
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SETENTA VECES SIETE
En un artículo notable (que Umberto Eco, estoy seguro, aprobaría sin restricciones) el licenciado Claudio Mangisfesta ha establecido que existen dos clases de lectores: los analíticos (u horizontales) que avanzan con deleite conforme el propio texto avanza, y los intuitivos (o verticales) que lo hacen dando grandes zancadas, deseosos de llegar de una buena vez a su conclusión. Para ambos, creo, son las líneas que siguen, y que debo a mi amigo Alberto Stoesel, que todavía hoy jura que la anécdota es tan real como su pasión por las matemáticas.
Stoesel es un exitoso administrador de empresas especializado en el manejo de fondos de inversión, pero hace tres décadas era apenas un contador recién recibido en la Universidad Nacional de La Plata, con un futuro promisorio pero de momento sin un peso en el bolsillo. Fanático de Racing y de las estadísticas, como quedó dicho, su disciplina lo llevó a tener un archivo que incluía todas las campañas profesionales del equipo de Avellaneda (por entonces, claro está, no existían las computadoras).
Lo cierto es que un domingo mi amigo descubrió, mientras desayunaba, que aquel era el séptimo día del mes siete del año '77. Hasta aquí, una fecha absolutamente lógica, que por lo demás se había dado (con una simple alteración) once años antes, y que se repetiría once años después, y así sucesivamente. Pero el diario traía otra sorpresa: ese mismo día, a las siete de la tarde, en la séptima carrera del hipódromo platense iba a correr un potrillo llamado Séptimo Regimiento. Con el alma alborotada, poco le costó convencerse de que por algún extraño designio del azar los dioses se habían conjurado, aquel día, para darle un golpe de timón a su magra economía. Almorzó a las apuradas (polenta y una manzana) y se tiró en la cama para escuchar el partido de su amado Racing (que finalmente perdió con Boca 4 a 3). No pudo dormir. Pasada la media tarde se levantó y fue hasta la parada del colectivo. Al cabo de un rato el 7 apareció bufando y lo llevó por la diagonal 77. Mi amigo observaba con asombro al resto de los pasajeros: ¿ninguno advertía, como lo hacía él, semejantes coincidencias?, ¿aquel día nadie había reparado en lo caprichoso que puede resultar el azar? Faltaban siete minutos para las siete de la tarde cuando llegó al hipódromo. Sin pensarlo, corrió hasta una de las ventanillas y aposto los setenta y siete mil pesos que traía en el bolsillo (cifra que hoy suena exorbitante, pero que —inflaciones mediante— era exigua aún para la época). La carrera duró siete minutos, que fueron como siete años, siete siglos para su pobre corazón
Según Mangifesta, los lectores horizontales querrán saber si la contundente lógica del destino continuó aquella tarde con su andar implacable, y los verticales estarán ansiosos por conocer cuánto dinero ganó mi amigo… A ambos les digo que “Séptimo Regimiento”, como no podía ser de otra manera, aquel domingo llegó séptimo.
Miguel Ángel Morelli
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ACERCA DE «TEATRO DE OPERACIONES»
El nuevo ensayo o "campo de prueba" de Liliana Lukin se titula Teatro de operaciones y desde el subtítulo se incluye en las materias Anatomía y Literatura. Si lo buscásemos en un índice catalográfico , en el supuesto de encontrarnos en una Biblioteca de la Poesía, ahí, entre la anatomía y la literatura, localizaríamos este libro. Anatomía en la primera acepción del término, la de ciencia que estudia y describe la conformación externa de un organismo y la disposición y estructura de los órganos, aparatos y sistemas que lo integran. En la edición, suntuosa, 1000 ejemplares impresos sobre papel Bookcel de 80 gramos con láminas en papel calco especial —fotos de Gustavo Schwartz y grabado de Pietro da Cartona (ca. 1600) en "Campo quirúrgico", y grabados originales de Hilda Paz para "Ingeniería natural", los dos libros que componen esta obra— se escribe y representa la puesta en cuerpo y en materia de un fraseo que propone, en su primera versión ("Campo quirúrgico", poema 12) "... el ensayo de una/ inmersión violenta en lo perdido de mí." Enunciado que parece determinado, en su segunda versión, ("Ingeniería natural", poema 2), a una torsión de ese fraseo (lo crudo del concepto): "…acomodo mi voz para que sea/ una voz que a todos/ diga algo."
Hay tres poemas en cursiva dispuestos por la autora en lugares estratégicos de esta obra, a los cuales se les podría otorgar una funcionalidad orgánica en el mismo sentido de pertenencia al cuerpo o sistema que se va descubriendo en la escritura y en la textura o soporte objetual de este texto: transparencias y opacidades que permiten continuar el imaginario que se versiona en cada uno de los libros y se naturaliza anatómicamente en una apuesta literaria cernida como ensayo por —o a causa de— una voz que se secciona en vivo, fríamente, conceptualmente:
Del susurro de los textos procedo
al alarido, el protocolo debajo
del concepto: no habrán tenido
de mí ninguna cosa salvo
el resplandor.
Ingeniería natural, poema 5
En esos tres poemas en otra letra se podría leer que alguien se impuso estar ahí: en el bosque desgarrado; y ahí, en la descripción cruda de unas peripecias de la materia, la del campo (de "operaciones") de un cuerpo, que ninguna palabra lograría subvertir. Entonces están aquí, en cursiva, esos portales en los cuales el lector de este libro se recuesta para re-leerlo a la luz de la perfecta dicción que los modula.
Hay en este teatro (de operaciones) un trabajo escalpélico de escritura que se confirma cuando hacia el final hace declarar al propio libro a qué corresponden las citas entrecomilladas y las palabras o frases en itálica. Para apreciar en su justa medida estas páginas sin numerar, habría que ir y volver del texto a la aclaración de las citas; del texto a las imágenes que dicen sus propias intervenciones a la materia narrada. Volver una vez y otra las páginas, las citas, los aquí denominados poemas-portales para hallar nuevas (y propias) transparencias y opacidades; otros "campos de prueba": …Yo nazco cada vez que/ me tiran a un pozo sin edad dice el último verso de esta obra doble. Pero antes había sido enunciado que "la poesía, que no salva de nada, / vendrá por nosotros." Porque entre yo y nosotrosabre / cierra esa puerta como espada cortante de la poesía en casi imposible acceso a su objeto de deseo o de conocimiento, que en este nuevo libro de Lukin también se plantea como coincidente y como el espacio de producción de una caída: La trampa de un drama dado a beber / en una copa donde no hay / ni borra ni dulzura. / Lo que goteás deberías dejarlo/ caer.
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(*) Buenos Aires, Ediciones en Danza, diciembre 2007.
Alicia Silva Rey
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ALICIA SCAVINO
En febrero se cumplieron dos años de la muerte de Alicia Scavino. Hablar de Alicia y de la muerte parece un imposible, un oxímoron perfecto. Tanto amó la vida y tanto la recordamos que hemos postergado los reconocimientos póstumos, los homenajes que se merece, y el tributo ha sido mayormente el silencio. Frente a tanta vida apasionada y tanta obra maravillosa de esta maestra del grabado quedan, salvo pequeñas excepciones, el silencio, el vacío, la nada. En esta época de palabrerío insulso, de ruido procaz, de trivialidad, de mediocridad ensalzada, quizás este silencio en el que nos sumergimos sus amigos tras su muerte, sea al fin una especie de tributo.
Sin embargo, algo como remordimiento nos carcome. Yo quisiera, por ejemplo, emocionarme en una retrospectiva de su obra; abrazar una estatua; llorar en el Sívori, que tanto amó, junto a esa gente que la recuerda; en el Bellas Artes, donde la vi recibir uno de los tantos premios; en ArteBa, que recorrimos durante varios años; en el Palais de Glace. Nada de eso pude hacer, ni siquiera pude imprimir la última chapa que dibujó para un poema mío, poema que ella celebraba con gran generosidad; ni siquiera logré terminar de reunir los testimonios de sus alumnos y colegas como alguna vez pensé, aunque fuera para colgar todo en una página de la red.
Como pasa con los grandes autores, la desaparición física conlleva un silencio espeso y negro que dura unos años. No queremos pensar ni aceptar que no oiremos su voz celebrando la vida, el arte, el bon vino. Ella sigue entre nosotros y quisiera creer que mañana la pasaré a buscar para ir a una galería o a un museo, o simplemente al cine y luego a entregarnos a los placeres de la comida y la bebida. Mañana seguiremos hablando de cómo arreglar su casa, de los éxitos de Fabián, de sus nietos y bisnieta. Hoy seguiré escribiendo sobre ella como un modo de llenar el vacío.
Escribiendo esto y enfrentándome a la elusiva presencia del fantasma de Alicia, a la consoladora contemplación de su obra, a la insolente persistencia de fotos y papeles, se me ocurre que nuestra relación con los muertos es tan difícil como nuestra relación con los vivos.
Algunas culturas, la gallega y la mexicana, y las nombro por ser las que conozco, tienen una relación física y casi histriónica con los muertos. Es un tema de antropología cultural con extensa bibliografía. Lo que cabe aquí preguntarse es si la conducta de esos pueblos consuela al que queda vivo más de lo que nos consuela a nosotros, que conservamos una distancia impasible y sideral con los muertos. ¿Por qué no hemos homenajeado a Alicia como ella se merece? ¿Por exceso o por defecto?
¿Qué hacer con los muertos? ¿Qué hacer con la memoria de los muertos? Preguntas cruciales en la historia reciente y no tan reciente de nuestro país y preguntas que nos han acuciado a todos alguna vez a lo largo de la vida.
Leda Schiavo
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AZUL Y BLANCO MI CORAZÓN
En aquellos tiempos había clase los sábados y me gustaba pararme atrás del cerco (porque por lo general las casas estaban rodeadas de cercos, no había rejas ni alarmas ni vidrios rotos sobre la pared ni alambre electrificado), para ver pasar a los hinchas que llevaban pañuelos en la cabeza atados con cuatro nuditos, y cantaban. Pero lo mejor era cuando jugaba Quilmes vs. Argentino de Quilmes, entonces el espectáculo consistía en mirar las ventanas del Colegio Nacional desde donde se descolgaban los muchachos de a cientos para ir a la cancha ante la desesperación de los celadores que no podían detenerlos, y el colegio quedaba casi vacío.
Estos dos jóvenes hinchas, autores del libro, no conocieron esos tiempos, pero estoy segura de que hubieran hecho lo mismo. Los lleva la misma pasión. Por eso lo escribieron. Yo diría que es el primero y el único, pero no puedo aseverarlo. De lo que sí estoy segura, es de que este libro es lo más completo de la historia del Quilmes Atlético Club.
Es una edición sumamente cuidada, de cuadernillos cosidos, y papel ilustración. La obra tiene más de quinientas páginas, divididas en quince capítulos donde se detallan las campañas futbolísticas del Club, desde sus comienzos hasta nuestros días.
El relato está matizado con citas que enriquecen los testimonios de los protagonistas: hinchas, jugadores y dirigentes, e ilustrados con más de doscientas fotografías de una excelente definición.
Incluye todas las síntesis de los casi tres mil partidos jugados por Quilmes en el Profesionalismo, desde 1931, en las que los jugadores quilmeños y rivales aparecen con su nombre y apellido. Figuran las presencias y goles torneo por torneo y las tablas de posiciones. En el anteúltimo capítulo hay espacio para un estudio estadístico sumamente detallado, con las conclusiones numéricas que la recopilación de datos arrojó, en los rubros: presencias, goles, expulsados, arqueros, resultados y penales. Para finalizar, se incluye la lista completa de los jugadores que vistieron aunque sea una vez oficialmente la camiseta cervecera, en orden alfabético, con el resumen de su actuación.
Valorable esta obra de Ignacio Lombán y Juan Manuel Pollini y, sobre todo, está muy bien escrita.
Sonia Otamendi
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