a PORTADA

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Marzo 2008 - Nº 91

Nº 92>


LA MANO CHIQUITA
Graciela Reyes

DE LO CORRUPTIBLE...
Fernando Anguita B.

SETENTA VECES SIETE
Miguel Ángel Morelli

ACERCA DE «TEATRO DE OPERACIONES»
Alicia Silva Rey

ALICIA SCAVINO
Leda Schiavo

POEMAS
Liliana Lukin

AZUL Y BLANCO MI CORAZÓN
Sonia Otamendi

OTROS
Barret / García Márquez
Cortázar / Saki

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LA MANO CHIQUITA

Para Rodolfo, en su cumpleaños

Los dormitorios estaban húmedos y helados, porque nunca se ponían estufas en esa parte de la casa. Recuerdo las sábanas tan frías que parecían mojadas, las tres frazadas de lana áspera, la colcha celeste. En cuanto nos metían en la cama y nos apagaban la luz, la mano chiquita se extendía en el aire, hacia mí. Sábanas y frazadas estaban firmemente metidas debajo del colchón, fajándonos, y no era fácil sacar un brazo al aire, pero las dos manos se encontraban enseguida en el espacio de frío y miedo que quedaba entre las camas. Entonces yo contaba, en voz queda, un cuento de Úndura Trúndura, uno viejo o, si estaba inspirada, uno nuevo. La mano chiquita escuchaba con atención. En el país llamado Úndura Trúndura pasaban cosas extraordinarias. Había perros que hablaban y pájaros que escribían, había una máquina de la memoria que cuidaba un farero, y había angelitos que bajaban del cielo a jugar al fútbol con los chicos. El cuento rodaba en la noche, y la mano, muy poco más chica que la mía, se empezaba a aflojar, y se aflojaba más, y más, y por fin se me caía. Entonces, deshaciendo el envoltorio de las sábanas con los talones, salía de la cama para meter la mano de vuelta debajo de las cobijas. Después me metía en la cama tiritando, y mientras entraba en calor me dormía yo también.

Me costó conseguir que me dejaran tener una habitación propia, en otra parte de la casa, donde podía leer toda la noche, si quería. No veía el día de mudarme. Se lo dije a la mano chiquita una noche, y una voz no muy convencida contestó “No importa, ya soy grande”. Para demostrármelo, la mano chiquita empezó a no buscarme todas las noches. Yo extendía la mía siempre, por las dudas. Después, contenta, me metía entre las sábanas y hasta me daba vuelta para el otro lado, como si ya nadie me fuera a necesitar. Alguna vez oí mi nombre pronunciado en voz muy baja, porque las orejitas aquellas no podían dormir, e inmediatamente me puse en mi sitio y extendí la mano y empecé mi cuento.
Por fin me mudé a mi habitación. Pero cuando ya estaba bien acomodada en mi nueva cama, tapada hasta la boca, con la lámpara enfocada sobre el libro, pensaba que la mano chiquita estaba tanteando el aire y no me encontraba. Trataba de oír algo, pero solamente oía los crujidos de la casa, los maullidos de los gatos o el viento. Finalmente me levantaba, cruzaba el comedor grande, que era el lugar más frío del mundo, y entraba en mi antiguo dormitorio. Si la cabecita orejuda dormía, volvía corriendo a mi habitación. Pero si no, me quedaba allí.

Sigo contando cuentos en la oscuridad. La oscuridad, ahora, es distinta, y ya no hace frío, porque tengo calefacción. La mano que me escucha es mucho más grande que la mía, pero cuando le cuento mis historias me parece chiquita. A veces mis amigos me preguntan si lo que les digo es cierto o si me lo he inventado, como a Úndura Trúndura. Dice el novelista Murakami que ese es el destino del escritor, que nadie le crea. Otro destino es no poder tener habitación propia, y ni siquiera poder darse vuelta para el otro lado, porque siempre hay una mano tendida en lo oscuro, esperando esas palabras luminosas que cuentan una historia falsa, una historia felizmente falsa, para poder navegar por el mar de miedo de la noche.

Graciela Reyes

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DE LO CORRUPTIBLE...


Es decir, por naturaleza, “de todo el universo orgánico”. Pero mi pretensión no es —no puede ser— comprimir en 600 palabras semejante discurso, aunque antes de apearme de lo universal deje apuntada una nota etimológica: el verbo latino rumpere pasó al castellano hacia 1140 como “romper”, y unos ochenta años después lo hizo corrumpere. Ya dentro del desarrollo autóctono de la lengua aparecieron en 1444 “corruptible” y su antónimo.*

Es difícil, por no decir imposible, saber cuándo se produce el tránsito del fenómeno físico de romper(se) a la evaluación moral de corromper(se). Incluso cabe preguntarse si tiene sentido imaginar que hubo un tránsito. Tratar de sustanciar la respuesta en los ochenta años citados sería una tontería; véase, si no, la nota al pie. Puestos a argumentar “hacia atrás”, mitos y creencias nos ilustran en todas las lenguas y culturas de la temprana presencia de lo corruptible en el ser humano. Por ejemplo, las costumbres depravadas fueron señaladas muchas veces como causa de los cataclismos naturales. En las mentes rectoras del pasado remoto, el corrumpere antecedió o fue parejo con el desastroso rumpere del entorno físico.

Hoy en día los gobiernos nacionales y las instituciones supranacionales destinan una parte de sus recursos económicos a la lucha contra la corrupción. Es normal que esa parte resulte insuficiente para combatir a un enemigo que se ha organizado a escala “global” y que obtiene inmensos beneficios de sus actividades. La desigual pelea se agrava sobremanera cuando los “malos” logran infiltrarse en el comparativamente pequeño ejército de los “buenos”. Sucede entonces que para sellar la infiltración antes de que lo contamine todo hacen falta hombres, funcionarios, “superbuenos”.

AMERICAN_GANGSTER El cine, —en especial el norteamericano—, para que no menospreciemos la importancia del problema, lo ha explicado y lo explica recuperando sucesos, “casos reales”, que dejan atónito al ciudadano de a pie. Cito sólo dos películas significativas, distanciadas entre sí 34 años. Ambas retratan la obstinación infinita —sobrehumana, a mi juicio— que hace falta para enfrentarse a la corrupción cuando ésta ha mordido a los defensores de la Ley. En ambas películas se materializa el hombre por el que preguntaba Juvenal: el personaje capaz de “vigilar a los vigilantes” sin quedar contaminado en el empeño. **

Sydney Lumet lo retrató en SERPICO (1973). Es el policía despreciado por sus colegas porque no acepta sobornos; el que comprueba que la corrupción es la norma en su entorno y decide hacer pública la situación. Ridley Scott lo acaba de hacer en AMERICAN GANGSTER (dic. 2007), donde una pareja policial se enfrenta a la tentación de apropiarse de una gran suma de dinero ilegal que ha requisado en una operación sin testigos.
Robespierre
Se me han borrado los detalles precisos de la historia de Frank Serpico. Sólo recuerdo que terminaba con la identidad cambiada y protegido en alguna parte. La gesta más cercana, la del agente especial Richie Roberts, que arriesga su seguridad más allá de cualquier límite razonable, termina en cambio “abierta”, y permite abrigar la esperanza de que es posible acabar con la corrupción de los gobernantes.

He necesitado escribir estas líneas porque al salir del cine me acordé de Robespierre, “el Incorruptible” de la Historia. Los extremos a que lo arrastró su “virtud”, y su desenlace, me hicieron pensar que la película de Scott tiene algo de cuento de hadas.
__________


* Corominas, en la Introducción de su «Breve Diccionario Etimológico...», advierte que las fechas corresponden a la “aparición” de las palabras en textos escritos, lo cual significa que en el lenguaje hablado lo hicieron a veces muchos años antes.

** Juvenal, el poeta satírico del siglo I, al parecer dedicó su pregunta —Sed quis custodiet ipsos custodes?— a un amigo que iba a casarse.

Las imágenes:
—Denzel Washington (el gangster Frank Lucas) frente a Russell Crowe (el policía Richie Roberts) en el pulso dialéctico que sostienen al final de la película.
—Maximilien de Robespierre [1758 – 1794]

Fernando Anguita B.

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SETENTA VECES SIETE


En un artículo notable (que Umberto Eco, estoy seguro, aprobaría sin restricciones) el licenciado Claudio Mangisfesta ha establecido que existen dos clases de lectores: los analíticos (u horizontales) que avanzan con deleite conforme el propio texto avanza, y los intuitivos (o verticales) que lo hacen dando grandes zancadas, deseosos de llegar de una buena vez a su conclusión. Para ambos, creo, son las líneas que siguen, y que debo a mi amigo Alberto Stoesel, que todavía hoy jura que la anécdota es tan  real como su pasión por las matemáticas.

Stoesel es un exitoso administrador de empresas especializado en el manejo de fondos de inversión, pero hace tres décadas era apenas un contador recién recibido en la Universidad Nacional de La Plata, con un futuro promisorio pero de momento sin un peso en el bolsillo. Fanático de Racing y de las estadísticas, como quedó dicho, su disciplina lo llevó a tener un archivo que incluía todas las campañas profesionales del equipo de Avellaneda (por entonces, claro está, no existían las computadoras).
Lo cierto es que un domingo mi amigo descubrió, mientras desayunaba, que aquel era el séptimo día del mes siete del año '77. Hasta aquí, una fecha absolutamente lógica, que por lo demás se había dado (con una simple alteración) once años antes, y que se repetiría once años después, y así sucesivamente. Pero el diario traía otra sorpresa: ese mismo día, a las siete de la tarde, en la séptima carrera del hipódromo platense iba a correr un potrillo llamado Séptimo Regimiento. Con el alma alborotada, poco le costó convencerse de que por algún extraño designio del azar los dioses se habían conjurado, aquel día, para darle un golpe de timón a su magra economía. Almorzó a las apuradas (polenta y una manzana) y se tiró en la cama para escuchar el partido de su amado Racing (que finalmente perdió con Boca 4 a 3). No pudo dormir. Pasada la media tarde se levantó y fue hasta la parada del colectivo. Al cabo de un rato el 7 apareció bufando y lo llevó por la diagonal 77. Mi amigo observaba con asombro al resto de los pasajeros: ¿ninguno advertía, como lo hacía él, semejantes coincidencias?, ¿aquel día nadie había reparado en lo caprichoso que puede resultar el azar? Faltaban siete minutos para las siete de la tarde cuando llegó al hipódromo. Sin pensarlo, corrió hasta una de las ventanillas y aposto los setenta y siete mil pesos que traía en el bolsillo (cifra que hoy suena exorbitante, pero que —inflaciones mediante— era exigua aún para la época). La carrera duró siete minutos, que fueron como siete años, siete siglos para su pobre corazón

Según Mangifesta, los lectores horizontales querrán saber si la contundente lógica del destino continuó aquella tarde con su andar implacable, y los verticales estarán ansiosos por conocer cuánto dinero ganó mi amigo… A ambos les digo que “Séptimo Regimiento”, como no podía ser de otra manera, aquel domingo llegó séptimo.

Miguel Ángel Morelli

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ACERCA DE «TEATRO DE OPERACIONES»

El nuevo ensayo o "campo de prueba" de Liliana Lukin se titula Teatro de operaciones y desde el subtítulo se incluye en las materias Anatomía y Literatura. Si lo buscásemos en un índice catalográfico , en el supuesto de encontrarnos en una Biblioteca de la Poesía, ahí, entre la anatomía y la literatura, localizaríamos este libro. Anatomía en la primera acepción del término, la de ciencia que estudia y describe la conformación externa de un organismo y la disposición y estructura de los órganos, aparatos y sistemas que lo integran. En la edición, suntuosa, 1000 ejemplares impresos sobre papel Bookcel de 80 gramos con láminas en papel calco especial —fotos de Gustavo Schwartz y grabado de Pietro da Cartona (ca. 1600) en "Campo quirúrgico", y grabados originales de Hilda Paz para "Ingeniería natural", los dos libros que componen esta obra— se escribe y representa la puesta en cuerpo y en materia de un fraseo que propone, en su primera versión ("Campo quirúrgico", poema 12) "... el ensayo de una/ inmersión violenta en lo perdido de mí." Enunciado que parece determinado, en su segunda versión, ("Ingeniería natural", poema 2), a una torsión de ese fraseo (lo crudo del concepto): "…acomodo mi voz para que sea/ una voz que a todos/ diga algo."

Hay tres poemas en cursiva dispuestos por la autora en lugares estratégicos de esta obra, a los cuales se les podría otorgar una funcionalidad orgánica en el mismo sentido de pertenencia al cuerpo o sistema que se va descubriendo en la escritura y en la textura o soporte objetual de este texto: transparencias y opacidades que permiten continuar el imaginario que se versiona en cada uno de los libros y se naturaliza anatómicamente en una apuesta literaria cernida como ensayo por —o a causa de— una voz que se secciona en vivo, fríamente, conceptualmente:

Del susurro de los textos procedo
al alarido, el protocolo debajo
del concepto: no habrán tenido
de mí ninguna cosa salvo
el resplandor.


Ingeniería natural, poema 5

En esos tres poemas en otra letra se podría leer que alguien se impuso estar ahí: en el bosque desgarrado; y ahí, en la descripción cruda de unas peripecias de la materia, la del campo (de "operaciones") de un cuerpo, que ninguna palabra lograría subvertir. Entonces están aquí, en cursiva, esos portales en los cuales el lector de este libro se recuesta para re-leerlo a la luz de la perfecta dicción que los modula.

Hay en este teatro (de operaciones) un trabajo escalpélico de escritura que se confirma cuando hacia el final hace declarar al propio libro a qué corresponden las citas entrecomilladas y las palabras o frases en itálica. Para apreciar en su justa medida estas páginas sin numerar, habría que ir y volver del texto a la aclaración de las citas; del texto a las imágenes que dicen sus propias intervenciones a la materia narrada. Volver una vez y otra las páginas, las citas, los aquí denominados poemas-portales para hallar nuevas (y propias) transparencias y opacidades; otros "campos de prueba": …Yo nazco cada vez que/ me tiran a un pozo sin edad dice el último verso de esta obra doble. Pero antes había sido enunciado que "la poesía, que no salva de nada, / vendrá por nosotros." Porque entre yo y nosotrosabre / cierra esa puerta como espada cortante de la poesía en casi imposible acceso a su objeto de deseo o de conocimiento, que en este nuevo libro de Lukin también se plantea como coincidente y como el espacio de producción de una caída: La trampa de un drama dado a beber / en una copa donde no hay / ni borra ni dulzura. / Lo que goteás deberías dejarlo/ caer.
__________

(*) Buenos Aires, Ediciones en Danza, diciembre 2007.

Alicia Silva Rey

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ALICIA SCAVINO

En febrero se cumplieron dos años de la muerte de Alicia Scavino. Hablar de Alicia y de la muerte parece un imposible, un oxímoron perfecto. Tanto amó la vida y tanto la recordamos que hemos postergado los reconocimientos póstumos, los homenajes que se merece, y el tributo ha sido mayormente el silencio. Frente a tanta vida apasionada y tanta obra maravillosa de esta maestra del grabado quedan, salvo pequeñas excepciones, el silencio, el vacío, la nada. En esta época de palabrerío insulso, de ruido procaz, de trivialidad, de mediocridad ensalzada, quizás este silencio en el que nos sumergimos sus amigos tras su muerte, sea al fin una especie de tributo.

Sin embargo, algo como remordimiento nos carcome. Yo quisiera, por ejemplo, emocionarme en una retrospectiva de su obra; abrazar una estatua; llorar en el Sívori, que tanto amó, junto a esa gente que la recuerda; en el Bellas Artes, donde la vi recibir uno de los tantos premios; en ArteBa, que recorrimos durante varios años; en el Palais de Glace. Nada de eso pude hacer, ni siquiera pude imprimir la última chapa que dibujó para un poema mío, poema que ella celebraba con gran generosidad; ni siquiera logré terminar de reunir los testimonios de sus alumnos y colegas como alguna vez pensé, aunque fuera para colgar todo en una página de la red.

Como pasa con los grandes autores, la desaparición física conlleva un silencio espeso y negro que dura unos años. No queremos pensar ni aceptar que no oiremos su voz celebrando la vida, el arte, el bon vino. Ella sigue entre nosotros y quisiera creer que mañana la pasaré a buscar para ir a una galería o a un museo, o simplemente al cine y luego a entregarnos a los placeres de la comida y la bebida. Mañana seguiremos hablando de cómo arreglar su casa, de los éxitos de Fabián, de sus nietos y bisnieta. Hoy seguiré escribiendo sobre ella como un modo de llenar el vacío.
Escribiendo esto y enfrentándome a la elusiva presencia del fantasma de Alicia, a la consoladora contemplación de su obra, a la insolente persistencia de fotos y papeles, se me ocurre que nuestra relación con los muertos es tan difícil como nuestra relación con los vivos.

Algunas culturas, la gallega y la mexicana, y las nombro por ser las que conozco, tienen una relación física y casi histriónica con los muertos. Es un tema de antropología cultural con extensa bibliografía. Lo que cabe aquí preguntarse es si la conducta de esos pueblos consuela al que queda vivo más de lo que nos consuela a nosotros, que conservamos una distancia impasible y sideral con los muertos. ¿Por qué no hemos homenajeado a Alicia como ella se merece? ¿Por exceso o por defecto?

¿Qué hacer con los muertos? ¿Qué hacer con la memoria de los muertos? Preguntas cruciales en la historia reciente y no tan reciente de nuestro país y preguntas que nos han acuciado a todos alguna vez a lo largo de la vida.

Leda Schiavo

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AZUL Y BLANCO MI CORAZÓN

En aquellos tiempos había clase los sábados y me gustaba pararme atrás del cerco (porque por lo general las casas estaban rodeadas de cercos, no había rejas ni alarmas ni vidrios rotos sobre la pared ni alambre electrificado), para ver pasar a los hinchas que llevaban pañuelos en la cabeza atados con cuatro nuditos, y cantaban. Pero lo mejor era cuando jugaba Quilmes vs. Argentino de Quilmes, entonces el espectáculo consistía en mirar las ventanas del Colegio Nacional desde donde se descolgaban los muchachos de a cientos para ir a la cancha ante la desesperación de los celadores que no podían detenerlos, y el colegio quedaba casi vacío.

libro_azul_y_blanco Estos dos jóvenes hinchas, autores del libro, no conocieron esos tiempos, pero estoy segura de que hubieran hecho lo mismo. Los lleva la misma pasión. Por eso lo escribieron. Yo diría que es el primero y el único, pero no puedo aseverarlo. De lo que sí estoy segura, es de que este libro es lo más completo de la historia del Quilmes Atlético Club.
Es una edición sumamente cuidada, de cuadernillos cosidos, y papel ilustración. La obra tiene más de quinientas páginas, divididas en quince capítulos donde se detallan las campañas futbolísticas del Club, desde sus comienzos hasta nuestros días.

El relato está matizado con citas que enriquecen los testimonios de los protagonistas: hinchas, jugadores y dirigentes, e ilustrados con más de doscientas fotografías de una excelente definición.
Incluye todas las síntesis de los casi tres mil partidos jugados por Quilmes en el Profesionalismo, desde 1931, en las que los jugadores quilmeños y rivales aparecen con su nombre y apellido. Figuran las presencias y goles torneo por torneo y las tablas de posiciones. En el anteúltimo capítulo hay espacio para un estudio estadístico sumamente detallado, con las conclusiones numéricas que la recopilación de datos arrojó, en los rubros: presencias, goles, expulsados, arqueros, resultados y penales. Para finalizar, se incluye la lista completa de los jugadores que vistieron aunque sea una vez oficialmente la camiseta cervecera, en orden alfabético, con el resumen de su actuación.

Valorable esta obra de Ignacio Lombán y Juan Manuel Pollini y, sobre todo, está muy bien escrita.

Sonia Otamendi

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POEMAS

Liliana Lukin

Del libro: «Teatro de Operaciones-Anatomía y Literatura» — Ediciones en Danza, 2007.

Primera parte

Campo quirúrgico

1

La sierra eléctrica trabaja
sobre los troncos peligrosos.
Mi estancia entre los pinos
se ha vuelto literaria:
en la trepidación del sonido
contra el cual despegar
mi escena de escritura,
escribo con temor y temblor
Haber leído el testamento
de Rilke, esas cartas urgentes,
cuando no había en mí urgencia
ni pinos, no mejora este momento.
Pero la memoria de una sierra
mortificando al poeta cada día,
hace de estos árboles cayendo
sobre mi cabeza, otro peligro:
soñar sólo con maderos,
no soñar más que ruidos
en un sueño sin gente.
El aire blanco de la quemazón
es un himno entonado suavemente
que se levanta de los muñones
incrustados bajo tierra,
aún cuando todo ya ha cesado
como en el paisaje después
de una batalla.


Mi estancia aquí en la niebla,
entre el deseo y la voluntad,
es una prueba de resistencia,
un trato con la vigilia
en el que llevo las de perder.

2
Me acompañan todas
las noches de escritura
como fuegos fatuos
esos rescoldos quemando al ras
la memoria de los altos follajes.
Los veo –se ven- aquí y allá casi
cinematográficos: contrastes,
brillos, reflejos, movimientos
en el lugar del asesinato.
Pequeños incendios circulares
que penetran en el barro
alrededor de esa amputación.
Harán listones, tablas, leña,
un futuro de utilidad
para el árbol caído.
Pero yo he visto: el lazo atándolos,
el lento trabajo de los dientes,
el momento crucial
en que se desploman
como toros en la estocada,
entre los gritos y la fuerza
de los hombres.

Y quedan los grillos del crepitar:
lo que se quema no duerme.


3
El humo viene a mí, se estrella
contra la ventana, se hace menos
espeso sobre los techos,
focos nuevos arden
grisados detrás de los árboles,
tapando un cielo de mica
que apenas roza el suelo
se golpea con el humo.
Estoy alerta en un sueño
con hombrecitos lejanos que operan
máquinas sobre las frondas, el musgo,
la densa capa de hojaldre de lo vivo.

Ellos tienen algo de lo que hacen:
astillados, indiferentes a su propia
quemazón.

 

Segunda parte

Ingeniería natural


Volcada como
una copa goteás
tu dolor hacia adentro.
Sísifo del lenguaje,
lo que perfora no es
la insistencia del gotear,
sino una voluntad no reconocida
puesta en la gota: líquido veneno
y no elixir, lo líquido de los
acontecimientos vuelto veneno,
pasivo, quemante, adormecedor.
La trampa de un drama dado a beber
en una copa donde no hay
ni borra ni dulzura.
Lo que goteás deberías dejarlo
caer.


16
Acostarse, abandonar,
renunciar a la vigilia, desnudar
la cabeza de esa familia
de palabras: recostar
el alma que pesa.

Sobre su centro de gravedad
reposará ese miedo de perder
el control de los ecos del día,
de no ser
imprescindible en ningún rol.

Cerrar el ojo y el ojo: dejar
el deseo sin cerrar,
amar el cuerpo tendido
como se ama el sentido del soñar:
reposar, reposar,

como un guerrero que odia las guerras,
como la perra que amamanta a su cría,
dejar esa ‘pasión demencial’
por estar de pie y atenta olfateando ideas,
aprender la lenta disciplina de renunciar.

17
De amargas inquietudes
y del aceite de las
aproximaciones se componen
en parte mis quebrantos:
la resbaladiza persecución
de le mot just,
cantar la justa y sus
vinculaciones: ajustar
cuentas, nada de estar cerca
sino haber llegado,
jamás el manto podrido
del olvido, todo hace
un destilado que yo canto:
quebrantos, duelos y quebrantos,
eso son ahora mis virtudes.

18
No hay alivio para mí:
líquidos sinoviales ausentes
y cervicales en franca rebelión,
la alteración de lo visible en sí,
la esclerosis de las
profundidades...
Pero no son
la parte del león
de mi fortuna: cada una
de esas fallas es el precio,
la libra de carne con que pago
la energía,
el deseo y el ardor.
Todo se convierte en otro oro:
alquimia del verbo
que, encarnado,
en pura presencia me ha dejado:
escritura, amores, impaciencia,
dolores como ausencia
del Dolor.


20
Este comportamiento adictivo
con la ficción, el abuso
de consumo de escrituras
y la lectura como panacea son
sólo sal en la herida
de la calcinación muscular.

Y la pasión enfermiza por vagar
entre papeles, debajo de
los radiadores de silencio,
sólo produce éxtasis, atención excesiva del iris
por la música de la letra,
agotamiento y un placer que insiste.

Me tiendo en el lecho de Procusto
de esta realidad, desvestida de todo,
con el libro en la mano que resiste.

LL

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TEXTOS de OTROS



9 GALLINAS Y UN GALLO

Rafael Barret

 


Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo 9 gallinas y un gallo y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días al árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio con el fin de evitar la evasión de las aves y la invasión de los zorros... me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías: yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino, reclamé los huevos y el vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecían criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra,  mi presupuesto de guerra.  El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

Barret—¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario.
__________



Rafael Barrett
Torrelavega, España, 7 de enero 1876 —
Arcachon, Francia, 17 diciembre 1910.

[este artículo lo envió Liliana LUKIN quien, a su vez,
nos dice que lo recibió de otro de sus muchos amigos]

***

SOBRE LA GRAMÁTICA

Gabriel García Márquez



El escritor Gabriel García Márquez considera «natural» la reacción de los gramáticos, lingüistas y académicos a su discurso de Zacatecas (Botella al mar para el dios de las palabras): «Sería absurdo que los que guardan la virginidad de la lengua estuvieran contra sí mismos. Pero la mayoría parece haber hablado sin conocer el texto completo de mi discurso, sino sólo fragmentos más o menos desfigurados en despachos de agencias. En todo caso es increíble que a la hora de la verdad hasta los más liberales sean tan conservadores».

Estos días hemos oído en muchas ocasiones que el escritor colombiano había pedido suprimir la gramática. Su discurso no lo dice.
«Dije que la gramática debería simplificarse, y este verbo, según el Diccionario de la Academia, significa 'hacer más sencilla, más fácil o menos complicada una cosa'. Pasando por alto el hecho de que esa definición dice tres veces lo mismo, es muy distinto lo que dije que lo que dicen que dije. También dije que humanicemos las leyes de la gramática. Y humanizar, según el mismo diccionario, tiene dos acepciones. La primera: 'hacer a alguien o algo humano, familiar o afable'. La segunda, en pronominal: 'Ablandarse, desenojarse, hacerse benigno'. «¿Dónde está el pecado?», se pregunta.

El siguiente punto de contestación a las palabras de García Márquez es el ortográfico. Parte del supuesto de que si a él le hiciesen un examen de gramática, le reprobarían «en toda línea».
«Además, mi ortografía me la corrigen los correctores de pruebas. Si fuera un hombre de mala fe diría que ésta es una demostración más de que la gramática no sirve para nada. Sin embargo la justicia es otra: si cometo pocos errores gramaticales es porque he aprendido a escribir leyendo al derecho y al revés a los autores que inventaron la literatura española y a los que siguen inventándola porque aprendieron con aquellos. No hay otra manera de aprender a escribir».

En toda la conversación, el Nobel de Literatura reivindica su papel de escritor y como tal, piensa «más en el sufrimiento de la gente que en la pureza del lenguaje».
«Por eso dije y repito que debería jubilarse la ortografía. Me refiero, por supuesto, a la ortografía vigente, como una consecuencia inmediata de la humanización general de la gramática. No dije que se elimine la letra hache, sino las haches rupestres. Es decir, las que nos vienen de la edad de piedra. No muchas otras, que todavía tienen algún sentido, o alguna función importante, como en la conformación del sonido che, que por fortuna desapareció como letra independiente».

Quizá el mayor escándalo se ha formado con sus propuestas respecto a las bes y las uves, y con los acentos.
Sobre las primeras, dice: «No faltan los cursis de salón o de radio y televisión que pronuncian la be y la ve como labiales o labidentales, al igual que en las otras letras romances. Pero nunca dije que se eliminara una de las dos, sino que señalé el caso con la esperanza de que se busque algún remedio para otro de los más grandes tormentos de la escuela. Tampoco dije que se eliminara la ge o la jota. Juan Ramón Jiménez reemplazó la ge por la jota, cuando sonaba como tal, y no sirvió de nada. Lo que sugerí es más difícil de hacer pero más necesario: que se firme un tratado de límites entre las dos para que se sepa dónde va cada una».

En cuanto los acentos, irónico, explica.
«Creo que lo más conservador que he dicho en mi vida fue lo que dije sobre ellos: pongamos más uso de razón en los acentos escritos. Como están hoy, con perdón de los señores puristas, no tienen ninguna lógica. Y lo único que se está logrando con estas leyes marciales es que los estudiantes odien el idioma».

García Márquez opina que los gramáticos y los escritores son oficios distintos. Su diferente dialéctica es la que ha generado el debate.
«La raíz de esta falsa polémica es que somos los escritores, y no los gramáticos y lingüistas, quienes tenemos el oficio feliz de enfrentarnos y embarrarnos con el lenguaje todos los días de nuestras vidas. Somos los que sufrimos con sus camisas de fuerza y cinturones de castidad. A veces nos asfixiamos, y nos salimos por la tangente con algo que parece arbitrario, o apelamos a la sabiduría callejera».
«Por ejemplo: he dicho en mi discurso que la palabra condoliente no existe. Existen el verbo condoler y el sustantivo doliente , que es el que recibe las condolencias . Pero los que las dan no tienen nombre. Yo lo resolví para mí en El General en su laberinto con una palabra sin inventar: condolientes . Se me ha reprochado también que en tres libros he usado la palabra átimo, que es italiana derivada del latín, pero que no pasó al castellano. Además, en mis últimos seis libros no he usado un sólo adverbio de modo terminado en mente, porque me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales».

El escritor, que está de excelente humor, concluye la conversación de un modo muy expresivo.
«El deber de los escritores no es conservar el lenguaje sino abrirle camino en la historia. Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua. De modo que tranquilos todos: no hay pleito. Nos vemos en el tercer milenio». Y reitera sus palabras de Zacatecas: «Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros».

***

LA VENTANA ABIERTA

Saki (*)


Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel —dijo con mucho aplomo una señorita de quince años—; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.
—Sé lo que ocurrirá —le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural—: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.
—¿Conoce a muchas personas aquí? —preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.
—Casi nadie —dijo Framton—. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
—Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía —prosiguió la aplomada señorita.
—Sólo su nombre y su dirección —admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
—Su gran tragedia ocurrió hace tres años —dijo la niña—; es decir, después que se fue su hermana.
—¿Su tragedia? —preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
—Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre —dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
—Hace bastante calor para esta época del año —dijo Framton— pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
—Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en un ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
—Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...
La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
—Espero que Vera haya sabido entretenerlo —dijo.
—Me ha contado cosas muy interesantes —respondió Framton.
—Espero que no le moleste la ventana abierta —dijo la señora Sappleton con animación—; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.
—Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos —anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio—. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
—¿No? —dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
—¡Por fin llegan! —exclamó—. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: "¿Dime Bertie, por qué saltas?"
Framton agarró de prisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.
—Aquí estamos, querida —dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana—: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
—Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel —dijo la señora Sappleton—; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
—Supongo que ha sido a causa del spaniel —dijo tranquilamente la sobrina—; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La fantasía sin previo aviso era su especialidad.
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(*) Seudónimo de Hector Hugh Munro, [1870 — 1916], escritor británico nacido en Birmania.
Es autor de las colecciones de relatos «Reginald», «Bestias y superbestias» y otros.

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CONDUCTA EN LOS VELORIOS

Julio Cortázar


No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

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Todo delSUR

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