a PORTADA

<Nº 12

Mayo 2000 — Nº 13

N° 14>


1° DE MAYO
Miguel Ángel Morelli

SOMOS BUENOS
Leda Schiavo

EL AMOR A LOS AUSENTES
Graciela Reyes

LA HUMANIDAD DE DOS GENIOS
Roberto Enrique Rocca

PERDIENDO EL TIEMPO
Mario Ferrari

fab7

1° DE MAYO

  1. —El trabajo dignifica —sermoneaba tío Poroto mate en mano.
  2. —Es, eso —apoyaba desde la otra punta de la mesa mi primo el Rulo tratando de atrapar la última aceituna del platito.
    A su lado mi viejo bostezaba y campaneaba de reojo las achura y el vacío:
  3. —Che, avísenle a las mujeres que vayan poniendo las cosas, que esto ya va a estar listo en cinco minutos —anunciaba.
    En la cocina las mujeres picaban ajos y cebolla, repasaban platos y cubiertos, enjuagaban vaso, acomodaban tenedores, dejaban a punto la ensalada...
  4. —Es como digo —continuaba el tío Poroto— el trabajo le da dignidad al hombre, lo dice la Biblia...
  5. —Yo no leí la Biblia —respondía el Rulo con cara de desentendido— pero sí que el que nos dio trabajo fue siempre el General...
  6. —Ma qué General ni ocho cuartos, acá siempre sobró laburo —saltaba mi viejo.
    Después del almuerzo las mujeres preparaban el cafecito, levantaban la mesa, lavaban los platos, cuidaban a los chicos de porrazos y machucones, preparaban la merienda... Mientras tanto, Poroto, el Rulo y mi Viejo apuraban el truco, se echaban una siestita y seguían (mate y tortas fritas de por medio) filosofando sobre el trabajo y sus bondades.
    Como la polémica continuaba hasta después de la cena y amenazaba prolongarse hasta la madrugada, la voz de mi madre ponía las cosas en su justa medida:
  7. —Che, vamos yendo que mañana hay que madrugar...—ordenaba.
    Y nos íbamos nomás. No sin antes despedirnos de tío Poroto y el Rulo, que aprovechaba para tirar su última frase:
  8. —Mirá como será de malo el laburo que te tienen que pagar para que lo hagas —sentenciaba.
  9. —No a todos, no a todos... —aclaraba mamá.

Miguel Ángel Morelli

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SOMOS BUENOS

Vimos hace tiempo el bombardeo de Bagdad por televisión. Parecía un juego de esos que les gustan a los niños, y no olimos el olor de la sangre ni vimos ningún muerto. La guerra, por televisión, es inodora y hasta a veces incolora, aunque tengamos televisión colorida, y por eso no nos preocupamos, no sufrimos no se nos altera la digestión.
Vemos, a veces, cómo los niños y los mayores se mueren de hambre en África, pero como no podemos hacer nada, cambiamos de canal y cambiamos de tema, no dejamos de comer porque total, no ganamos nada.
También vimos la destrucción de Chechenia, el abuso de las armas, pero, en fin, los chechenos siempre rebeldes...
En cambio, sufrimos, y cuánto, con la muerte de Lady Di, por qué tuvieron qué morirse los amantes, en el momento mejor, con el anillo comprado y en el Túnel del Alma.

Es que la muerte de los amantes es una muerte mítica, como Tristán e Isolda, fíjese, o como Romeo y Julieta. Ahora, con Elián, nos emocionamos, sufrimos, tomamos partido. Pobre Elián, salvado por los delfines, nuevo Moisés salvado de las aguas que va a guiar a su pobre pueblo en el exilio. Nos venden otro mito en cómodas cuotas y nos emocionamos, vaya si nos emocionamos.

De la pobre negra haitiana que llegó a Miami y tuvo que ser hospitalizada y, mientras tanto, le mandaron de vuelta a Haití a sus niños de tres y cinco años, no nos emocionamos porque ni siquiera nos enteramos.
La televisión ordena cuándo y cuánto debemos emocionarnos, qué suerte que de vez en cuando nos permite ser humanos, recordar los antiguos mitos y llorar.

Leda Schiavo

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EL AMOR A LOS AUSENTES

Un día, mi amigo don Marcelo, viudo desde hacía muchos años y ya muy entrado en la vejez, me dijo que seguía enamorado de su mujer como toda la vida. Recordé la «Égloga primera» de Garcilaso, cuando el pastor Nemoroso llora la muerte de su amada y dice:

No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya del todo
primero no me quitan el sentido

El dolorido sentir nutre la inspiración poética y nutre la vida. Es la única manera de mantener la presencia donde hay ausencia.

Yo también estoy enamorada de un ausente, pero no muerto, sino muy vivo. Su existencia física es remota, nunca nos vemos ni nos hablamos, pero, como el pastor de Garcilaso, alimentamos el dolorido sentir para no perdernos del todo. El otro día, inesperadamente, nos encontramos en Madrid. Era la hora solitaria del domingo, cuando acaba la tarde y la gente no se decide a salir, y la calle está desierta, silenciosa y llena de luz. Yo esperaba en la puerta de mi casa que me recogieran unas amigas. Él pasaba en coche, lo llevaba su hija al aeropuerto, porque había venido a pasar el fin de semana con su familia y regresaba a Ginebra. Me vio, hizo frenar el coche... Nos abrazamos y nos besamos cien veces. Nos reímos. Le dije que me dejara mirarlo, porque quién sabe cuándo, Dios mío, iba a poder mirarlo de nuevo. Él me miraba como antes, como siempre, y le temblaba el labio inferior. Lo que recuerdo es eso y poco más. Cuando estoy con él, mi conciencia se satura de la riqueza presente, de su voz, su olor, sus manos, sus palabras; después no puedo recordar todos los detalles. Me queda un recuerdo intenso de alegría, algo así como una moneda de oro para comprar años de felicidad.
Gracias a él puedo dormir de noche. Sé que existe y que me quiere, que lo voy a encontrar otro día, quizá, y vamos a abrazarnos y a reírnos. Puedo revivir ad libitum recuerdos genéricos: tardes largas, lluvias, risas, merluzas al vapor, Barcelona, caminatas, amaneceres, conversaciones. No somos jóvenes y no podemos escaparnos juntos a ninguna parte, porque cada uno está amarrado a su vida para siempre. Pero nos tenemos.

Los psicólogos son escépticos sobre estos amores en ausencia. Pero psicólogos rara vez entienden lo que los poetas entienden, porque su misión es normalizarnos, volvernos funcionalmente felices. Los poetas nos liberan de lo consagrado y nos ponen en comunicación con nuestras fantasías y locuras. Yo quiero mi dolorido sentir. Es mi refugio y mi solaz, y no me lo quitarán si primero no me quitan el sentido.

Graciela Reyes

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LA HUMANIDAD DE DOS GENIOS

En el año 1616 el calendario estaba atrasado unos días en relación al actual. Corrigiendo las fechas a la usanza de hoy, Miguel de Cervantes moría el penúltimo viernes de abril y William Shakespeare el primer martes de mayo. Cincuenta y nueve años tenía el español, cincuenta y dos el inglés. Vidas demasiado breves para los parámetros de hoy pero suficientes para cambiar el mundo. “Ambos mueres después de haber abrazado a toda la humanidad”, escribe don Luis Astrana Marín en su estudio preliminar de la primera edición castellana de las obras completas del “cisne de Avon”.
En estos días en que millones de personas recorren apuradas los stands abarrotados de la Feria del Libro, cabe preguntarse cuántos saldrán de allí con el Quijote o con Hamlet; con las Novelas Ejemplares o el Rey Lear; con la Galatea o Romeo y Julieta; y cuántos lo harán con el último best seller o el último libro de autoayuda.

No soy la persona indicada ni este el espacio para hablar de la vida que rebosa de las obras de estos dos genios universales. Mejor acudir al testimonio de dos grandes escritores modernos.

“Horas de pesadumbre y de tristeza / paso en mi soledad. Pero Cervantes / es buen amigo. Endulza mis instantes / ásperos y reposa mi cabeza // Él es la vida y la naturaleza / regala un yelmo de oro y diamantes / a mi sueños errantes”, escribía Rubén Darío.

Y Aldous Huxley, en su “Mundo Feliz”, aterradora profecía de un mundo al que el actual se va pareciendo demasiado, redime a los protagonistas que vegetan en un mundo automatizado y sin pensamientos, por obra y gracia del “Salvaje”, un marginal que descubrió por casualidad un volumen de las Obras Completas de Shakespeare salvado de la destrucción, y aprendió a través de ellas lo que era el hombre.

Roberto Enrique Rocca

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PERDIENDO EL TIEMPO

  1. Estábamos ahí, perdiendo el tiempo.
  2. Carlitos me dice:
  3. —Contate algo, che. Está callado.
    Yo leía el diario. Cuando no saben qué hacer me piden que les cuente una historia. Y yo cuento.
  4. —Estábamos con mi mujer y una amiga de ella. Y el marido. Casi no lo conozco al tipo es uno de esos que cada vez que lo veo anda en algo distinto. Ahora está tratando de levantar cabeza cultivando eucaliptus. La vez anterior criaba hongos. Pero siempre le va mal, los japoneses tienen todo copado.
  5. —¿Y?
  6. —Y que a mí se me ocurrió hablar de los diputados. Tengo un amigo que tiene un hermano diputado. Le conté cuántos ganan, y cómo se hacen todos los arreglos, cuánto van y van, en fin, todo eso.
  7. —¿Y cuál es la historia?
  8. —El tipo me preguntó cómo se hace para ser diputado.
  9. —¿Cómo si fuera un oficio?
  10. —Si, como si fuera vender autos —digo.
  11. —Coño, antes la política era cosa de convicciones —dice el gallego.
  12. —Y de ideales —agrega Marta, esposa del gallego. Está lejos pero escucha todo.
  13. —¿Querés decir que ser político es ser comerciante? —Carlos me mira con bronca. Él cree en su partido y en su sindicato, cree que lo defienden.
  14. —No sé, pero parece. Fijate en los políticos de Estados Unidos. Se cambian de partido como de calzoncillo, lo único que les importa es ganar las elecciones. Y acá es lo mismo, che. No me digas que no.
  15. —Qué joda ¿no? Si la política es un oficio como cualquiera estamos bien jodidos.

  16. —Es una profesión, un negocio como cualquiera —digo.
  17. —Hay tipos que son honestos —dice Carlos.
  18. —Hasta que consiguen puestitos para sus parientes —dice Guillermo con esa voz gangosa que tiene.
  19. —Ustedes no creen en nada —dice Carlos.
  20. —No —decimos. Parece un coro.
  21. —¡Marta! Más ginebra —grita el gallego.
  22. —Vení a buscarla. Yo tengo que hacer la cena para los chicos y para vos .—Se da vuelta y nos dice:
  23. —¿Y ustedes son maridos de oficio, también? ¿Por qué no se van a sus casas? Nos quedamos callados un ratos. Después nos levantamos y nos vamos.

Mario Ferrari

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Todo delSUR

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