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LOS DESTINATARIOS
Graciela Reyes
DE NUESTRA HISTORIA EN QUILMES
Roberto Enrique Rocca
ARTES Y OFICIOS
Miguel Ángel Morelli
DESPEDIDA
Beatriz Piedras
fab8
LOS DESTINATARIOS
Dios puede haber muerto, pero aquel para quien hablamos (se llame dios o como se
llame) nunca morirá, es una parte de cada uno de nuestros enunciado, es el
destinatario ideal, el superdestinatario. Mijail Bajtin, el gran teórico del
lenguaje, lo explicaba más o menos como sigue. Todo enunciado exige un
destinatario, una segunda persona (sea uno, tres, cien o un público inmenso),
puesto que uno siempre habla dirigiéndose a alguien, aunque hable solo. Pero
además, todo enunciado requiere una tercera persona, un personaje ideal que
entiende exactamente lo que queremos decir, que responde como esperamos, que
siente como deseamos que sienta. Es una respuesta perfecta la que moldea
nuestras palabras, en última instancia: no hablamos solamente con nuestro
interlocutor o nuestros interlocutores, sino con una tercera persona invisible,
y esa tercera persona es una parte constitutiva de nuestro enunciado. El
superdestinatario (en ruso se dice nadadresat) no es nadie en particular pero es
tan real como el destinatario inmediato.
Creo yo que la soledad total es la ausencia de superdestinatario: estamos solos
y menos que vivos cuando no tenemos superdestinatario, aunque nos oiga quien
tenemos delante. Bajtin dejó apuntado en una notita: “Piénsese en la cámara de
tortura, piénsese en el infierno”. Allí puede haber comunicación e
interlocutores, pero no hay tercer oído, el torturado es el no escuchado por
nadie, el que se define por ser no escuchado.
La soledad. Como espadas son las palabras, las diarias, las pasajeras o las
memorables, con las que combatimos la soledad. Gracias a ellas creamos nuestra
propia existencia, puesto que nadie que esté totalmente solo (sin la tercera
persona), existe realmente. Hablamos para ser, y hablamos para otros, para el
interlocutor que nos mira y contesta (la segunda persona) y para el otro, la
tercera persona invisible, el compañero perfecto. Hablamos porque ese compañero
existe, somos porque ese compañero existe y nos oye siempre, siempre.
Graciela Reyes
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DE NUESTRA HISTORIA EN QUILMES
En 1910, festejando el primer centenario de la Revolución de Mayo, el Banco de
la Provincia de Buenos Aires abrió su primera sucursal en Quilmes. Crecía la
patria chica, como la patria grande, joven y lozana.
Mi abuelo Manuel, designado gerente, cruzó el Riachuelo para establecerse con su
familia en estas tierras. Aquí crecieron sus siete hijos. En ratos de ocio pintó
paisajes del pueblo de entonces, que todavía hoy adornan las paredes de mi casa.
Mi padre, Enrique Hernán, fue fundador del Hospital de Quilmes y del entonces
Colegio Secundario, y presidió el Rotary Club y el Club Social. Muchos recuerdan
su trayectoria de médico, docente y hombre de bien.
Yo, Roberto Enrique, nací y viví en este pueblo, lo ví crecer conmigo, lo amé y
lo amo. Aquí vivo de mi profesión de psicoterapeuta y disfruto de mis
incursiones en la literatura.
Mi hijo Enrique Carlos conjugó en su vocación el gusto por las artes y las
letras de todos sus ancestros. Pintor, escultor, músico y poeta, viajó muy joven
a Italia y vivió allá cinco años. Impregnado de la cultura europea, volvió
porque añoraba los amigos, la ciudad, el río. Quiso traer todo lo aprendido a
este Quilmes de su infancia, de la de su padre y la de su abuelo. “Tercer
Milenio” fue durante tres años un foco de cultura y de creatividad, siempre
abierto a las novedades, a las búsquedas, a la integración de las artes. Un
sueño que me acompañó secretamente desde la infancia, se encarnaba en mi hijo.
Pero la patria, aunque ciento noventa años sean muy pocos para una nación,
padece de una suerte de vejez prematura. Sin impulsos, sin ideales, sin
esperanzas, carcomida por la desidia y la corrupción. Quilmes es parte de esa
patria y de esa enfermedad. Un artista no puede detenerse, porque su compromiso
es con la humanidad. Y Enrique, con dolor, volvió a cruzar el Océano. Hoy está
en Barcelona, haciendo lo que quiso hacer aquí, con el apoyo de la gente y las
autoridades. Llevando como tantos jóvenes compatriotas, sangre nueva a la vieja
Europa.
El destino, que también tiene sus veleidades artísticas, quiso que el Tercer
Milenio se convirtiera en un asilo de ancianos. Una especie de instalación
cruelmente simbólica.
Porque sigo siendo argentino, quilmeño y patriota, me gustaría leer este
testimonio el 25 de Mayo, cuando las autoridades se reúnen en la Plaza San
Martín para celebrarlo.
Roberto Enrique Rocca
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ARTES Y OFICIOS
- —Buenos días —dijo Borges apenas abrió la puerta.
- —Buenos días —le respondió el otro—. ¿Está el Sr. Borges? Tengo cita con él a
las cuatro y cuarenta y cinco.
- —Un momento, por favor —dijo Borges— ¿A quién debo anunciar?
- —Mi apellido es Borges.
Borges dio media vuelta y se hundió en la penumbra. Al rato regresó:
- —Dice el Sr. Borges que pase —señaló Borges—. Sígame, por favor.
Los dos hombres avanzaron por el pasillo, un estrecho corredor flanqueado por
estanterías que iban desde el piso hasta el techo, repletas de libros. Caminaron
unos treinta pasos y al llegar al final doblaron a la derecha: otro pasillo,
ahora de unos veinticinco pasos y tapizado también por libros. Volvieron a
doblar a la derecha y tomaron un tercer pasillo (¿o acaso era siempre el
mismo?), esta vez de unos veinte pasos de largo. Finalmente, Borges se detuvo y
llamó con tres toquecitos suaves.
- —Si —dijo la voz inconfundible de Borges desde el otro lado de la puerta.
- —Aquí está el Sr. Borges —anunció Borges.
- —Que pase, por favor.
El visitante entró. Borges, entonces, regresó a sus asuntos: tarareando una
vieja milonga pasó el plumero sobre algunos de los estantes más altos, quitó
varios libros de su lugar (que acercó a la nariz como tratando de descifrarle el
título), volvió a ubicarlos en los anaqueles y hasta se demoró en alterar
levemente el orden de algunas hileras.
Desde el cuarto le llegaban, nítidas, las voces de los dos hombres. Al cabo de
un rato, sin embargo, el diálogo cesó y el recién venido apareció en el pasillo:
- —La luz, que de por sí era mínima, finalmente se ha apagado —le dijo— y el Sr.
Borges no me contesta. Temo que haya desaparecido en la oscuridad.
Borges hizo a un lado los elementos de limpieza y desde el umbral, a tientas,
accionó una tecla. Efectivamente, Borges había desaparecido.
- —Bien, entiendo que el Sr. ya le habrá explicado que su tarea consistirá en
mantener ordenada la biblioteca —aclaró. La cuestión parece sencilla, pero no lo
es en absoluto. Una biblioteca es un cosmos, y como todo los cosmos tiende al
caos.
Después, casi con resignación, Borges le fue dando el plumero, la gamuza, los
grueso anteojos, y al cabo de unos instantes de vacilación se introdujo en el
cuarto. La puerta, al cerrarse, hizo un chirrido agudo.
- —¿Por dónde empiezo? —preguntó Borges.
- —Por la A, naturalmente —le contesto la voz inconfundible de Borges del otro
lado.
Miguel Ángel Morelli
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DESPEDIDA
Fue en una confitería de nuestra ciudad donde nos encontramos por primera vez.
Una amiga común le había dado mi número de teléfono por el tema de la poesía
haiku. Más que un encuentro de dos desconocidos parecía un reencuentro. Sus
grandes ojos castaños no dejaban de viajar de los texto a mí. Hablamos sin tener
en cuenta el tiempo. Instantes de incorporeidad, donde la poesía nos tomó
enteramente y donde ella sola nos envolvió frente a repetidas tazas da café. Se
llevó, como un tesoro, unas fotocopias improvisadas y quedamos en vernos pronto.
Después vinieron otras coincidencias, la pintura sumi-e, las piedras que los dos
coleccionábamos, el amor por la docencia, el arte. Norberto decidió incluir los
haiku en su pintura así concibió el proyecto de una exposición. De acuerdo. Fue
mostrándome cada trabajo, hasta que completó la serie. La muestra se realizó en
la Moreno. En el Salón, antes de la inauguración, el silencio era total. Los
cuadros parecían flotar. Allí estaban su música, la forma, los colores. La fusión
era perfecta, se plasmaba el reencuentro como la primera vez que nos vimos.
Seguimos, viéndonos, intercambiando ideas, sentimientos, amor. En algún lugar
muy querido de su casa, sé que están los últimos libros que le llevé y unas
piedras en una bolsita de terciopelo rojo. Sé que las tendrá para siempre. Todo
está con él, todo lo que amó y lo que dio. Aunque ya no tomemos juntos ese café,
sigo manteniendo con Norberto un diálogo permanente.
Beatriz Piedras
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