a PORTADA

<Nº 32

Mayo 2002 — Nº 33

N° 34>


SIN MORALEJA, PERO...
Roberto Enrique Rocca

HOMBRE PEQUEÑO
Carlos Costantini

DE INSECTOS Y HOMBRES
Fernando Anguita B.

SÍSIFO CONDENADO
Miguel Ángel Morelli

UN BUENOS AIRES ABSURDO, BRILLANTE Y HAMBRIENTO /
CREER LO QUE SE VE
Leda Schiavo

LA NOCHE DE MAX ESTRELLA
Salvador Enríquez

UNA LUZ EN LA TORMENTA
Marta Vasallo

LA FERIA
Carlos Eusebi

POEMAS

LA VELA ENROLLADA
Graciela Reyes

OTROS
Ernesto Sábato

fab9

DE INSECTOS Y HOMBRES

La evolución, el motor de la vida, se ocupa de todas especies. En la nuestra, allá por 1642, seleccionó a un tal Newton para enseñarnos la ley de la gravedad. Pero muchísimo antes, un ejemplar del triatoma infestans, la chinche asesina, ya se doctoraba en esa ley. Un milenio antes de Newton, por lo menos, los quechuas reconocieron los méritos del insecto dándole nombre, identificándolo: uihchúcucc, "lo que cae arrojado", le llamaron. Así quedó constancia de que un insecto se había anticipado bastante a la "caída de la manzana". La voz quechua, modulada por gargantas que hablaban español, quedó en vinchuca, el bicho que arruinaba y sigue arruinando la salud de los más pobres de América.

Hace unos años aterrice en Ezeiza, listo para abordar un estudio de recursos hídricos al norte del país. Antes de seguir viaje dispuse de una tarde libre en Buenos Aires y decidí consumirla callejeando sin rumbo fijo. Creo que fue en el cruce de Callao con Lavalle, o quizás ya en Corrientes, donde, al paso, me abordó una mujer de mediana edad y me entregó un papel. Del encuentro, por llamarlo de algún modo, me quedó la imagen de un rostro devastado por la tristeza y una prueba, la cuartilla impresa que daba la voz de alarma y explicaba las mortíferas artes del enemigo. Las interpreté a mi manera y me imaginé vinchucas infestando las grietas, la quincha y los maderos carcomidos que malsostenían los techos de las casas más humildes. Las adivinaba esperando a que fuera de noche, a que se hiciera la oscuridad total, extinguidos los candiles y apagadas las mortecinas bombillas…

…unos minutos más, y los últimos ruidos se ordenan, se hacen uniformes y se reducen, acompasándose al ritmo familiar de inspiraciones y espiraciones. Por fin la primera chinche decide descolgarse en vertical sobre la frente del hombre, de la mujer o, mejor aún, del niño durmiente. Le pica y al mismo tiempo defeca sobre la minúscula perforación de la picadura. Luego se descuelgan las demás y hacen lo mismo. Nadie debe quedar sin ser atacado…

Desperté sudoroso y con una ducha fría espanté mi pesadilla. Quizás la hubiera olvidado para siempre de no haber recogido a un campesino y a sus dos hijos en el vehículo camioneta que me llevaba hacia Resistencia. Al hombre le hice sitio en la cabina e indiqué a los muchachos que se acomodaran detrás, en la caja. Saltaron usando la rueda trasera como resorte, y por un segundo quedaron estáticos. No pude desviar la mirada a tiempo: se me quedó clavada en las malignas protuberancias que deformaban sus caras.

«Ha sido la chinche gaucha, el chupao la llaman también los vecinos —dijo el padre, agachando la cabeza, como avergonzado—. Labura en dos veces: primero cae, pica, chupa y vuelve p'arriba. Cuando el pibe se rasca, ensancha la picadura y sale un poco de sangre. La chinche cae otra vez, justo en el mismo lugar y allí se caga. Esos bultos tardan meses en 'parecer».

Aquella explicación gratuita, más precisa de la que traen los libros, se reproduce en mi memoria siempre que veo una película donde hombres_comando se descuelgan de sus helicópteros por la noche para caer sobre enemigos que duermen. No defecan sobre ellos para infectarlos y dejarlos convertidos en zombies, pero eso es porque nuestra especie no ha alcanzado todavía el nivel de evolución de la vinchuca. Sólo es cuestión de tiempo.

Fernando Anguita B.

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SÍSIFO CONDENADO

De qué podrá servirme a mí esta alegría, este júbilo incomprensible que me alborota el corazón y me lo estalla, si los caminos ante mí son dos y a los dos le han taladrado la esperanza.
Mi nombre es Sísifo y nací en Corintos. De vientre de mujer nací, lo mismo que mis hermanos, de suerte tal que como a todos los mortales me tocó ser a la vez un amo y un esclavo. Como rey que fui, le di a los míos cuanto pude: fomenté el comercio y la navegación, construí represas, multipliqué los rebaños. Y si bien es cierto que con mis medidas de gobierno sólo unos pocos acuñaron riquezas, al menos traté de que a ninguno le faltase el pan en la mesa. Como varón, en cambio, jamás me resigné a padecer en carne propia los inescrutables caprichos del Cielo. Me rebelé y luché contra los Dioses, pero sus designios —ahora lo sé— nunca podrán ser comprendidos con ojos de este mundo.

Varón y rey. Amo y esclavo. Si en ambas tareas mentí e hice trampas fue porque no de otra manera es posible conformar a los pueblos y a la Providencia. Pero así como con los años aprendí que la plebe siempre olvida o perdona, más temprano que tarde supe que la maquinaria divina jamás se detiene, que cualquiera haya sido nuestro pecado a todos nos es dada la misma penitencia. Por eso, ya en el Tártaro, fui condenado por los Jueces de los Muertos a cargar este bloque de piedra por la ladera hasta la cima. Una y mil veces lo intenté. Una y mil veces arremetí cuesta arriba, pero mis fuerzas flaquearon y la mole se me escapó de entre las manos y rodó hacia el precipicio.

Hoy, sin embargo, he alcanzado las alturas. Y aquí estoy por fin, de cara al cielo, libre y con el corazón alborotado. Mas sin embargo...
A mi izquierda, allá abajo, veo los valles donde florecen los frutales y pastan las ovejas, pero los hombres de mi amada Corinto (ricos o pobres, ciudadanos o extranjeros) no son más que fantasmas, sombras en la sombra de un destino manifiesto.
A mi derecha, por su parte, está el abismo, el lugar donde empezó mi agonía. Sé que un leve movimiento de mi mano bastará para que la piedra ruede hacia un lado o hacia el otro. Sé que debo elegir. Sé que el tiempo se termina.

Miguel Ángel Morelli

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HOMBRE PEQUEÑO

El hombre es pequeño, acostumbrado a transar desde joven. Sabe que su pasado es, por lo menos, dudoso. Nunca tuvo demasiados escrúpulos en utilizar fondos públicos. Llegado por los oscuros designios del azar al cargo más importante, después de la presidencia, de este triste país, no vaciló en dilapidar los seiscientos millones de dólares anuales que le dispensaban: más o menos dos tercios de ellos en fortalecer su aparato, todavía más sospechado que él. Con el tercio restante, hacía obras públicas, que incrementaban su popularidad. El hombre y sus amigos fueron, entonces, ricos. Se le sospechaban complicidades con traficantes y “lavadores”, pero, en fin, por esas cosas de la Argentina, estuvo en la primera fila electoral y fue considerado figura única y salvadora, cuando ocurrió el vacío de poder del último diciembre, del que, por otra parte, no pudo descartárselo como instigador.

La historia es conocida: el hombre fue ungido presidente, después de días azarosos de triste memoria. Su fugacísimo antecesor había declarado la semana anterior que cesaban los pagos de la deuda pública. La mitad del camino le estaba allanado: “no pagamos y dedicamos los fondos a la producción”. Así de fácil. Su primera medida fue abolir la convertibilidad del peso, con la cual debía abrirse camino a un rápido crecimiento de la economía, en estado de anemia desde hacía más de tres años. Pero eso no era suficiente: además, vamos a apostar por el sector productivo y no por los sectores financieros, vamos a defender las deudas de la población y también los ahorros, etcétera. Así, quien debía un dólar, seguiría debiendo un peso, y quien tenía un dólar tendría los pesos que fueran: la relación se transtornó rápidamente y hoy es tres a uno. Nadie quiere defender al sistema financiero, que hizo un pingüe negocio con tasas de interés mucho más altas que las internacionales durante el larguísimo período de la convertibilidad, pero es obvio que no hay entidad en el mundo que pueda pagar tres y cobrar uno. No importa, “pesifiquemos” todo y no permitamos extraer nada: una especie de “campo de concentración” financiero en el que no había reglas que duraran una semana. El resultado, nefasto, es conocido: lejos de resurgir, la producción fue ahogada por la falta de crédito y la imposibilidad de acceder a insumos importados. Los índices de recesión subieron en tres meses más que en los dos últimos años, la desocupación, que estaba en un escandaloso 18% pasa a alrededor del 25%; lo que significa que se expulsó más gente en estos meses que en dos años, el drenaje, a pesar del enorme cerrojo, superó los peores antecedentes, y la recaudación, a pesar de las facilidades y moratorias concedidas, se hace trizas mes tras mes.

El hombre me recuerda a Ulzaum, último rey de los toltecas, antigua civilización del Méjico precolombino, que deseaba perpetuarse construyendo un monumento a sí mismo. Hizo tallar piedras que engarzaran perfectamente una con otra, y con sus propias manos se dio a la tarea de inmortalizarse. Lo hacía laboriosamente, desde el alba al atardecer, y siempre desde adentro de la obra, con tal ahinco, que recién cuando puso la última piedra, cayó en la cuenta de que no tenía más luz y el aire se le esfumaría lentamente. Intentó deshacer el mecanismo, pero las piedras trabadas pesaban como toda la estructura, y era imposible moverlas un milímetro: gritó, y no obtuvo más que un débil eco: se echó en la tierra seca y absolutamente oscura mientras se ahogaba lentamente.
¿Acaso en este tipo de conductas hay una necesidad de lavar oscuras culpas? ¿Tal vez la de no haber sido elegido? Sabe que aunque ganó la última (¡qué remota!) elección para legisladores de octubre, obtuvo sólo una cuarta parte de las voluntades de los votantes, en la peor elección histórica de su partido. ¿Tal vez lo acosan los fantasmas de sus antecesores, a los que contribuyó a matar? Lo cierto es que no hay explicación racional para el desmadre político y económico de este 2002. Tal vez, el hombre es pequeño...

Carlos Costantini

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SIN MORALEJA, PERO...

Apremiado por la realidad, en los últimos meses, escribí en esta agenda notas de actualidad. Recibí comentarios elogiosos y eso me preocupó, porque me reconozco más como poeta o narrador, que como columnista político. Y creo que cada uno tiene que hacer lo que mejor hace. Entonces escribí un cuento mínimo, titulado:

El ponderoso elector

Era un hombre sensato y atinado. Padre de familia ejemplar, estimado por sus colegas y querido por sus subordinados, condujo sus empresas a un éxito razonable, vivió con holgura y sin ostentación, ejercitando la solidaridad y el ocio creador.Cuando le propusieron participar como candidato en un partido político, dijo que ese no era su carisma y no se dejó tentar.
Eso sí, era extremadamente cuidadoso a la hora de votar. Estudiaba las plataformas, los antecedentes de idoneidad y honestidad de los candidatos; la conveniencia, la factibilidad y la oportunidad de los proyectos: sopesaba todo con cuidado y elegía su opción. Una vez, ya viejo, confesó con un dejo de desencanto, que en toda su vida, jamás había acertado a votar por un candidato ganador.

Hasta aquí el cuento. Sin moralejas, pero acordándome de algunas cosas:

De una frase cínica, leída hace muchos años: «la democracia es la pertinaz sospecha de que más de la mitad de la gente tiene más de la mitad de la razón».
De un atorrante, que oyendo a un periodista criticar a los políticos que antes de la elección prometían una cosa y una vez elegidos hacían lo contrario, comentó: «si decís de verdad lo que hay que hacer para arreglar las cosas, no te votan ni los perros».
De un estadista que, en el momento más negro de la historia de su patria, sólo prometió a sus conciudadanos «sangre, sudor y lágrimas»
Y, por supuesto, del pueblo que lo siguió.

Roberto Enrique Rocca

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UN BUENOS AIRES ABSURDO, BRILLANTE Y HAMBRIENTO

Fui a San Pablo a presentar la traducción al portugués de Luces de bohemia, del gran gallego Ramón del Valle-Inclán. Este escritor sitúa su primer esperpento en un Madrid «absurdo, brillante y hambriento». La obra de teatro es un descenso a los infiernos de Madrid, en una noche que sintetiza algunos años del infeliz reinado de Alfonso XIII.
El protagonista, Max Estrella, es un poeta pobre, que muere de hambre y desesperación en la calle, tras decir muchas cosas extraordinarias, entre ellas, la célebre frase «España es la deformación grotesca de la civilización europea». Antes de morir, recorre diversos escenarios, lo que da ocasión a Valle-Inclán para denunciar la venalidad de la prensa, la corrupción del poder, la estupidez de un ministro, el gatillo fácil de las llamadas fuerzas del orden... En una escena que podría ser ilustrada con el Guernica de Picasso, una madre a cuyo niño le ha llegado una bala perdida de la policía, grita desesperada. Víctimas inocentes, cinismo generalizado, idealistas trasnochados, gendarmes castigadores, en fin, todo un friso de una historia que encajaría perfectamente en el Buenos Aires que veo y escucho por Internet.
Una viejita muere en la cola intentando cobrar infructuosamente su jubilación. La gente escupe a los diputados que ingresan en el Congreso para aprobar la ley tapón. Los obispos peregrinan a Luján preocupados por el país. El Teatro Colón ofrece entrada gratis para ver Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny de Kurt Weill/Brecht, ya que no hay dinero. Se celebra la feria del libro. Hay un festival de cine independiente que dura dos semanas, con gran presencia de jóvenes. La gente se reúne frente a la quinta presidencial para insultar a los gobernantes. Los poderosos de la tierra se dan el lujo de decir cosas estupendas sobre los argentinos.
Acaba de asegurar el presidente que el nuestro es un país condenado al éxito; si fuera un texto de Valle-Inclán alguien le contestaría «no te pongas estupendo». Pero Buenos Aires, como Mahagonny, se cae y se levanta. Es un Buenos Aires hambriento y absurdo pero brillante, porque el pueblo siempre es brillante para que rabien los victimarios.

CREER LO QUE SE VE

Muchas veces cuesta creer lo que se ve. He visto por la televisión a los venezolanos de Miami festejando el golpe de estado que intentó acabar con el gobierno de Chávez. Cómo un grupo de personas puede festejar la disolución del congreso y de la corte suprema de su país e intentar decir al mismo tiempo que eso es defender la democracia escapa al entendimiento de cualquiera. He visto unas escenas con las que las cadenas de televisión intentaron demostrar que los chavistas dispararon sobre el pueblo. Las imágenes eran tan burdas que no me explico cómo alguien se las pudo creer. Lo malo es que los muertos están bien muertos, sea quien fuere el que hizo los disparos, pero las cadenas deberían molestarse en mentir mejor. Otra cosa incomprensible es que Bush le haya dicho a Chávez que no se dedique ahora a cazar brujas. Qué otra cosa ha hecho Bush sino cazar brujas a cuento de ese ente inexistente al que llama terrorismo internacional? No niego que haya terroristas, pero que haya un terrorismo internacional organizado que proporcione a Estados Unidos el pretexto para atacar cualquier país es bastante dudoso. En un país que se supone adalid de la democracia se suspende el habeas corpus, se cae en el pensamiento único, se declara una guerra indefinida contra objetos tangibles e intangibles, se reducen todos los presupuestos que nos sean los militares, se hace la apología de la violencia infinita. El norteamericano medio tiene miedo de pensar y de opinar, no vaya a ser que se lo confunda con los enemigos de la patria. Ni siquiera protesta por el desempleo, el congelamiento de los sueldos, la pérdida del valor adquisitivo. Los latinoamericanos protestamos en las calles, lo hacen los venezolanos, lo hacen los argentinos. La protesta callejera parece importante, pero cualquiera puede intrumentalizarla si no hay una organización perfecta. Es como si los latinoamericanos no hubiéramos salido de la adolescencia y cualquiera pudiera venir a darnos una lección. Pero por lo menos ante este insólito golpe fallido en Venezuela hubo países solidarios. ¿No podríamos salir de la vejación si todos los países latinomericanos fueran realmente solidarios? Que si no, hermanos, nos devoran los de afuera (De paso, Aznar fue uno de los primeros en reconocer al gobierno golpista, en el que había gente del Opus Dei y se dice que la banda presidencial con que juró Carmona se hizo en España).

Leda Schiavo

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UNA LUZ EN LA TORMENTA

No sé si es la historia, pero por lo menos nuestra experiencia de la historia —éste es tiempo de modestias— sufrió un vuelco el pasado 14 de abril: en Venezuela un golpe que pretendió derrocar a un presidente elegido (que se atrevió a desafiar al establishment legislando contra los terratenientes), y derogar una Constitución ampliamente plebiscitada, se revirtió. Los golpistas no lograron hacer pie en el gobierno y se impuso la reacción popular. Es cierto que el apoyo de las fuerzas armadas a Hugo Chavez parece haber sido un factor determinante del fracaso empresarial y de su restitución en el poder, es cierto que la situación sigue siendo inestable. Pero por un momento, la democracia había dejado de ser el lujo que se permiten los países ricos y bien organizados, para transformarse en una necesidad de supervivencia para un país sin desarrollo suficiente como para beneficiarse de su propia riqueza. Mientras Washington y la Unión Europea, esta última por boca del primer ministro español José María Aznar, no se ocupaban en disimular su satisfacción ante el golpe, reconociendo de inmediato como presidente a Pedro Carmona, que no alcanzó a estar 48 horas en el poder, en la OEA los países latinoamericanos señalaban el carácter golpista y anticonstitucional de los sedicentes “demócratas”.
Por un momento se imponía la evidencia de que la democracia no es el mercado. La falacia que sostuvieron durante toda la guerra fría los dos bandos enfrentados: tanto el denominado “mundo libre” para imponer la lógica de mercado como el régimen soviético para justificar su atropello de los derechos personales (las libertades fundamentales eran asimiladas al mercado), se hizo por un momento cenizas. Los pobres no pedían una dictadura a cambio de pan. Los ricos no defendieron ni siquiera la formalidad de una democracia. La enorme mayoría de la población venezolana, empobrecida y despojada, dio una lección de participación y resistencia a los politólogos del mundo. Y tras de ellos, millones de despojados del mundo dijeron con un orgullo que se les creía perdido: Aquí estamos.
Cómo vamos a hacer ahora para decir que nuestro país es inviable, cómo vamos a hacer para aceptar que debe gobernarnos un equipo de tecnócratas venido del exterior, cómo vamos a concluir que la participación es imposible, cómo vamos a convencernos de que sólo nos resta obedecer, cómo vamos a resignarnos a que la comida, el techo y la salud, esos derechos irrenunciables, sean bienes inaccesibles o el precio de la extorsión, del silencio ante el crimen y el terror. Cómo vamos a confiar en verticalismos, en diferentes versiones de “mano dura”, para salir del pozo. Tal vez nunca hayamos vivido una sensación tan profunda de impotencia colectiva.
Pero como un relámpago en medio de la tormenta, la reafirmación popular y democrática venezolana arroja una luz nueva sobre nuestra ruina. Bajo esa luz bajar los brazos es una locura, y proponernos objetivos comunes de solidaridad y autonomía pura sensatez.

Marta Vasallo

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LA NOCHE DE MAX ESTRELLA

Sin duda alguna el Madrid de hoy es muy diferente a aquel absurdo, brillante y hambriento en el que Valle-Inclán sitúa la acción de su obra “Luces de bohemia”, pero desde hace cinco años, todas las tardes del 23 de abril, y hasta la madrugada, vuelve a ser escenario para bohemios y gentes del Teatro que celebran “La Noche de Max Estrella”, el personaje de la obra valleinclanesca con la que surge el esperpento.
A las siete de la tarde comienza el recorrido sentimental, literario, reivindicativo y festivo, en Casa Ciriaco, una taberna cercana al lugar conocido como el “ Pretil de los Consejos” donde se situaba la Cueva de Zaratrusta, el editor Gregorio Pueyo que dio a la luz los textos de los escritores modernistas de principios del siglo XX, para finalizar en la sala de teatro “Fernando de Rojas”, del Círculo de Bellas Artes, entidad organizadora del acto. En este paseo se hacen paradas, entre otros, en lugares tan simbólicos y emotivos, que inspiraron al maestro Valle y parte indisoluble de su obra, como la Buñolería Modernista, hoy chocolatería San Ginés; el lugar en el que estuvo la Taberna de “Pica Lagartos”, en los aledaños de la Puerta del Sol; el antiguo edificio del Ministerio de la Gobernación, actual sede del Gobierno Autónomo de Madrid, y en cuyos calabozos pernoctó Max Estrella; el Callejón del Gato (su nombre real es Álvarez Gato) donde se encuentran los espejos cóncavos y convexos que bien pudieran haber sugerido a Valle-Inclán la idea de la deformación y distorsión de la realidad para llegar a su estética del esperpento. Esos espejos son recientes pues los que se consideraban originales fueron destruidos por manos salvajes, anónimas e ignorantes, hace un par de años.
La procesión cívico-bohemia sigue su ruta por el viejo Madrid; llega a la Plaza de Santa Ana, donde estuvo el Corral del Príncipe, construido allá por el año 1582, donde actualmente se levanta el Teatro Español. En total son quince paradas o “estaciones” con sus correspondientes discursos reivindicativos, irónicos, mordaces o críticos a cargo de conocidos nombres de la vida teatral como son, este año concretamente, y entre otros, el autor Fernando Arrabal, la actriz María Jesús Valdés; Juan Carlos Pérez de la Fuente, director del Centro Dramático Nacional; Jesús Campos, presidente de la Asociación de Autores de Teatro; y José Luis Alonso de Santos, autor y director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Todo ello regado con alguna que otra copa de vino, adobado con aplausos y seguido por un numeroso grupo —pueden ser más del millar— de aficionados, profesionales y amantes de las artes escénicas que, en amor y compaña, resisten hasta la madrugada.

Este año, como acto especial, está prevista la colocación de una placa en la casa en que vivió Adolfo Marsillach, actor, autor y director fallecido recientemente.

Salvador Enríquez

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LA FERIA

Me había sentado puntualmente a las diecinueve horas en la mesa que había puesto a mi disposición la SADE y desplegué mis libros. Hacía calor. El pullover me ahogaba y la corbata azul me estrangulaba. Paciencia. Sabía que el largo camino a la escurridiza fama estaba lleno de sacrificios. Sabía también perfectamente que la gran mayoría de los escritores noveles como yo, a quien nadie conocía, se arrepentirían, casi siempre a destiempo, de ciertas incómodas situaciones.
Desde el mismo momento en que empezó mi turno de una hora, una pregunta me había estado torturando y me llevó a no mirar a los distraídos paseantes que no se dignaban echar ni siquiera una rápida mirada a mis libros mientras proseguían su andar distante por los innumerables pasillos. Seguía haciendo calor y me liberé del pullover rojo. Hablaba de pregunta.

  1. —¿Que hago yo acá?—, me dije.
    Miré mi reloj. Ya habían pasado diez minutos y no había firmado, como es lógico, ninguno de mis ilustres y desconocidos libros. En el momento en que estaba enfrascado en la lectura de un catálogo, me di cuenta de que alguien se había parado frente a mi mesa. Levanté la vista. Una delgada figura femenina estaba ojeando mi primer libro: «El acento Italiano». Era una niña de unos diez años.
  2. —¿ Te gustaría leerlo?—, le dije, al ver que seguía dando vuelta a las páginas.
  3. — Si —, me dijo algo avergonzada.
  4. — Entonces te lo regalo. ¿Como te llamás?
  5. — Paola —, contestó.
  6. — Así, en italiano —, pregunté.
  7. — Soy nieta de italianos.—, sonrió.
    Entonces abrí el libro. «A Paola, en recuerdo de sus ancestros italianos», escribí y le di el libro.

Me agradeció con una sonrisa . La seguí con la vista mientras se alejaba hacia una mesa ubicada en el pasillo lateral donde estaba su familia. Todos allí se dieron vuelta para mirarme y una señora me saludó con una leve inclinación de cabeza. Miré mi reloj. Las diez y nueve y quince minutos. Entonces recogí mis libros y, satisfecho, huí cobardemente de mi primera Feria del Libro.

Carlos Eusebi

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POEMAS


La vela enrollada

Pase lo que pase, pensaba
cuando tú me preguntabas qué pensaba,
nunca perderé este momento.
Han cortado el puentecito para que salgan al mar los veleros
y esperamos todos de pie, calculando cuántos faltan,
los niños hacen preguntas, dónde van, por qué llevan la vela enrollada,
las ancianas siguen hablando de sus cosas,
una pareja se besa,
tú me miras, me miras. En qué piensas, preguntas con esa sonrisa
del que quiere saber lo que ya sabe.
En nada, yo no pensaba en nada.

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de su último libro (inédito), Condiciones de felicidad

Graciela Reyes

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TEXTOS de OTROS


Ernesto Sábato

 

SUSCITAR UN MUNDO POÉTICO

En medio del miedo y la depresión que prevalecen en este tiempo, van surgiendo por debajo, imperceptiblemente, atisbos de otra manera de vivir que busca, al borde del abismo, la recuperación de una humanidad que se siente a sí misma desfallecer. Nada es más importante que alentar este impulso, todo lo que se pueda hacer por él es imprescindible, es urgente.
[...][...][...]
En esta sociedad que exalta, que preconiza la banalidad, la competencia y el éxito, también el arte está contaminado... Es necesario recuperarlo, devolverle su lugar sagrado, alentar la lectura de los grandes escritores, de aquellos que tanto en prosa como en verso merecen el nombre de poetas porque han llegado a tener la capacidad de crear, de suscitar un mundo poético, ese mundo sin el cual, no podremos sobrevivir...

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del prólogo de «Querido y remoto muchacho», Ed. Losada 1998

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Todo delSUR

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