CUANDO EL CORAZÓN ES NEFASTO
Graciela Reyes
VIAJES
Leda Schiavo
DE PELÍCULAS Y SEMEJANZAS
Fernando Anguita B.
LO NIMIO, Y LO ABSURDO EN PSICOANÁLISIS
Graciela Tustanoski
CUENTOS MÍNIMOS
Roberto Enrique Rocca
LOS GOBIERNOS ¿PARA QUÉ?
Salvador Enríquez
RETAHILA DEL CUENTO BREVE EN CHICAGO
León Leiva Gallardo
OTROS
Julio Cortázar
fab9
CUANDO EL CORAZÓN ES NEFASTO
El primer documento público en que se propone la doctrina del nuevo imperio americano –guerras preventivas, “hegemonía benévola” sobre el resto del mundo– data de 1992. El presidente de entonces, Bill Clinton, no hizo caso de esas ideas, y se ganó el odio de la extrema derecha de su país, que lo persiguió y llegó casi a deponerlo. Como sabemos, Clinton, tan inteligente y tan ambicioso, cometió sin embargo un error que dio excusa a sus enemigos. Su error fue una fantasía estúpida, una de esas emociones que el cura vasco que me enseñó el catecismo llamaba “las tentaciones de la carne”.
Emocionerse es, literalmente, “moverse”, y lo que nos mueve y nos conmueve nos impulsa a actuar, es causa de vida. La emoción es algo bueno para la supervivencia. Pero hay emociones de todo tipo: nobles, hermosas, estúpidas, nefastas. De ellas nacen sentimientos que tienen las mismas cualidades. Los sentimientos son útiles y sirven para guiar y refinar el trabajo de la razón, como dijimos en la nota anterior, pero pueden llevarnos a cometer acciones destructivas, cuando bloquean la razón y provocan estados semejantes a las alucinaciones.
Los sentimientos locos son los sentimientos destructivos, los que surgen cuando un objeto, persona o acontecimiento activa una memoria de placer o de dolor y provoca atracción o rechazo irresistibles, más allá de la razón, y generalmente con consecuencias nefastas. El cerebro sabe más cosas que la mente. Hay memorias involuntarias que son del cerebro pero no de la mente, están más allá de nuestra conciencia. Ya San Agustín se maravillaba de que supiéramos tantas cosas que no sabemos que sabemos. Esas memorias, ya sean autobiográficas, culturales o de la especie, nos guían tanto como las memorias de la mente y a veces son serviciales y benéficas, pero otras veces conducen a catástrofes. El amor loco es el caso más simpático de sentimiento loco, aunque puede ser una experiencia desgarradora. El afectado ama violentamente y sin entender bien por qué. La percepción intensa de esos paraísos perdidos de que hablaba Proust, evocados por un objeto que es a veces indigno de amor, avasalla todo raciocinio. El cerebro hace sus cálculos locos, recuerda y anticipa, construye una alucinación de placer ya vivido y placer anticipado, y solamente una emoción más poderosa, como el miedo o la sumisión a la ley social, por ejemplo, puede pararnos.
No es que vivamos en lucha continua entre razón y emoción: hay entre ambos procesos un equilibrio cooperativo. El desbalance de este equilibrio puede conducir a una acción abnegada, como perder la vida por salvar a otro, o puede conducir a las acciones más innobles.
Una música, una bandera, unas palabras, sobre todo unas palabras, tienen el poder de producirnos emociones violentas y reacciones espantosas. El odio al “enemigo”, ese extraordinario sentimiento de las especies vivas, originado en la necesidad genuina de protegerse de peligro, lleva a extremos de crueldad. De una aprensión no razonada se genera odio y luego guerra, o miedo y luego guerra, manejada por mentes plenamente conscientes de usar en su provecho los sentimientos en bruto de los demás, pero que a su vez actúan siguiendo sus obsesiones de poder o su codicia, o sea que son esclavos de sentimientos tan innobles como los que provocan en su provecho.
El corazón humano es sublime y es nefasto, y la mente es capaz de justificar racionalmente grandes cosas y cosas atroces. Las mismas propiedades biológicas que nos ayudan a persistir en la vida placenteramente nos llevan a sufrir o a destruirnos. No basta con “escuchar a nuestro corazón”, porque el corazón, a veces, alucina.
Graciela Reyes
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CUENTOS MÍNIMOS
LAS PASTILLAS Y LA MEMORIA
Olvidó, al salir de vacaciones, las pastillas para la memoria. En la montaña, advirtió de pronto que se había olvidado de aquella curva que siempre tomaba con tantas precauciones. «No es en sí demasiado grave», pensó, apretando el pedal con cuidado. Y entonces recordó que el día anterior había tenido la intención de cambiar las pastillas de los frenos.
QUEJA DE AMOR
Te amaré eternamente, pero -con el corazón destrozado te lo pido- debes olvidarme. Fue horrible que mi marido nos descubriera y que tomara la determinación de suicidarse. Pero, por espantoso que eso sea, no basta para separarnos. Insisto, con el corazón destrozado, porque te amo todavía: deberás olvidarme.
Cuando él apoyó la pistola contra su sien, dispuesto a volarse los sesos con la última bala, me sentía desfallecer. No por lástima, te lo juro. Porque los otros cinco tiros me habían destrozado el corazón. Por eso -te lo ruego- debes olvidarme.
IDENTIDAD
Combatía sus temores imaginándose un hombre poderoso, invulnerable. Lo hacía tan bien que terminó por identificarse con sus fantasías..
Un día se sintió vacío, se preguntó quién era en realidad y consultó un psicoanalista. Con su ayuda emprendió la tarea de encontrarse. Por años y más años, dolorosamente, fue desnudando su alma, hasta que terminaron de disolverse todos sus espejismos.
Y en la mitad de una sesión, cuando flotaban todavía las últimas palabras, su cuerpo se disolvió en el aire.
El analista no pudo cobrar los honorarios del último mes pero escribió un paper acerca del caso.
MAL TIEMPO
El repiqueteo monótono de las gotas y los martillazos, desde la mañana hasta la noche.
Sentado en la galería, miraba cómo el otro, imperturbable y empapado, clavaba tabla tras tabla.
Sonriendo con suficiencia, dijo:
-No tiene sentido. Siempre que llovió, paaró.
Noé se encogió de hombros y siguió trabajando.
Roberto Enrique Rocca
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VIAJES
Algunos estamos condenados a viajar. No hablo del gran viaje obligatorio de la vida, sino de los pequeños viajes dentro del viaje.
Una vez leí, cuando estudiaba la carrera de Letras, que a Torcuato Tasso lo acosó en su edad madura una extraña enfermedad, una especie de manía que lo hacía desplazarse caminando, de un lado a otro de Italia. No me interesa tanto corroborar el dato como recrear la impresión que me produjo leerlo. Tampoco quiero hablar de la manía ambulatoria, porque lo mío está, como todo lo mío, más o menos dentro de la normalidad, si interesara ponernos de acuerdo sobre qué o cuál norma.
La norma, todos lo sabemos, es aburrida; en un libro de viajes como este no vale la pena hablar de normas, leyes, decálogos, esos límites absurdos con que el hombre intenta ordenar el caos. El viaje, la vida, pueden y deben ser divertidos y gozosos, tener el acicate de lo inesperado, el resplandor de lo desconocido, el orgasmo del tránsito que quisiéramos infinito.
Cuando iba a nacer mi hermana menor, mi madre decidió que me fuera a vivir con mi abuela Luisa. Mi abuela materna vivía en un caserón del barrio de Flores, un caserón llamado petit-hotel porque tenía planta baja y planta alta unidas con una escalera interna de madera, ideal para los trajes largos de los quince años y los casamientos. Un tipo de escalera perfecto para las heroínas de las películas en blanco y negro que veíamos en el cine del barrio. Una escalera terrible cuando había que subirla de noche para ir a los dormitorios, mientras los grandes se quedaban lavando los platos o charlando en el comedor de diario. Ahora resulta casi increíble pensar en lo insensibles que eran los mayores para los terrores de los chicos; en fin, quizás era que los chicos no existíamos como personas, simplemente. Quizás eso hizo fuerte a mi generación: de la no existencia pasamos a afirmaciones rotundas, al querer ser a toda costa, cosas que no entienden los niños mimados que nos siguieron. Ese viaje nocturno por la escalera formó mi carácter porque decidí ejercitarme todos los días para no tener miedo. Unos ejercicios que ahora no puedo describir.
Si tuviera tiempo, lector, te invitaría a viajar por mis viajes; te regalaría el placer del viaje ahorrándote la pena, para hacerte olvidar de las cosas que pasan. Eso quería, cambiar de conversación.
Leda Schiavo
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DE PELÍCULAS Y SEMEJANZAS
En octubre de 2002 escribí la nota que apareció en estos papeles el uno de noviembre*. Trataba de cine, de dos películas que se acababan de estrenar en Madrid, y de las “emociones” que me habían causado. El lector pudo apreciar entonces que no le hablaba un crítico, sino sólo un aficionado entusiasta. Porque un crítico enterado no habría dejado escapar la ocasión de mencionar una tercera película que completaba la denuncia “amable” de Ettore Scola sobre la discriminación y la indiferencia “romanas” ante el holocausto. Esa tercera película se titulaba Amén, y se estrenaría en Buenos Aires el 31 de octubre, antes que en Madrid. La primicia, la competencia profesional del crítico, hubiera consistido en anticipar a los lectores que muy pronto tendrían ocasión de ver una versión más extrema de la conducta humana, una versión marcada por la reacción real de una conciencia ante la barbarie. Para hacer ese pronóstico, yo no hubiera tenido mas que explorar en las noticias del Festival de Berlín celebrado en febrero, donde Costa-Gavras, el director y productor de Amén, recibió una “Berlinale Kamera” como homenaje por la coherencia de su carrera.
He destacado el adjetivo “real” para no perderme en acotaciones fáciles sobre los méritos de la película, de su director y de la polémica que siempre lo acompaña. Porque el zarpazo que al salir de la sala carga en su conciencia el espectador de Amén tiene que perdurar en la reflexión de lo que es posible, del “hasta donde” puede llegar la conducta de los seres humanos inmersos, acorralados, en el mismo centro de la barbarie que cultivan y administran —¡no lo olvidemos!— otros seres que son sus “semejantes”.
La pregunta es: ¿hasta dónde nos asemejamos? Y otra más, otra pregunta que quizás no desearía contestar el director del film: ¿por qué contrastar e investigar la gesta de un personaje real para terminar poniéndola en paralelo con la de un mártir de ficción?
Saber que no hubo tal mártir –¡ya fueron bastantes!– no empaña la denuncia; pero sí debilita, un poco más si cabe, la esperanza en la condición humana. ¿Son tan escasos los hombres y mujeres dispuestos a arriesgar sus vidas para denunciar los excesos criminales del poder? Quizás no sean tan escasos, pero sí es seguro que al poder le sobran medios para neutralizar a los que aparezcan.
De esta última película-denuncia de Costa-Gavras, “una metáfora sobre nuestros silencios y nuestras indiferencias”, según sus propias palabras, se sale con la impresión desoladora de que el heroísmo es impotente y vano, de que el martirio es virtual y de que sólo la astucia y el doble juego permiten prolongar la vida. Los ideales más elementales de justicia se quedan en nada cuando las instancias de la realidad perturban el equilibrio del poder. Ése es el mensaje, y las sombrías demandas de la actualidad lo certifican.
A estas fechas es muy posible que la película haya terminado su andadura por los cines de Buenos Aires, pero los motivos de reflexión son, desgraciadamente, todavía más severos y acuciantes. El mes pasado cité los orígenes de la Ley del Talión, pero abrevié mi discurso sin referirme a su nombre. Hoy, que he cuestionado hasta dónde nos asemejamos, parece oportuno añadir que “Talión" deriva del adjetivo latino talis-tale que significa no otra cosa sino "semejante". __________________
* «de películas y emociones» :: Nº 39
Fernando Anguita B.
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LO NIMIO, Y LO ABSURDO EN PSICOANÁLISIS
Aquellas pequeñas cosas
“Dios está en todas partes, pero el diablo está en los detalles.”, reza un antiguo adagio. A veces, nos avergüenza confesar que nos atormentamos por pequeñeces, nimiedades. Curiosamente, ‘nimius’, en latín, significa nimio, demasiado, excesivo, inmoderado. Nimium, quiere decir sin regla, ni moderación, ni medida. Lo nimio era para los latinos lo excesivo, ya sea excesivamente grande o excesivamente pequeño.
“El psicoanálisis, eso es verdad, no puede gloriarse de no haberse dedicado nunca a pequeñeces”, afirma Freud, “al contrario, su material de observación lo constituyen por lo común aquellos sucesos inaparentes que las otras ciencias arrojan al costado por demasiado ínfimas, por así decir la escoria del mundo de los fenómenos.” Freud llama la atención sobre el hecho de que se confundan la importancia de los fenómenos, con la grandeza de sus indicios. Pequeños indicios translucen grandes fenómenos. A veces son muy pequeñas las señales que delatan a un amor o un crimen.
A diferencia de los latinos, Freud, ante lo nimio, buscó las reglas de juego. Los pequeños fenómenos, los lapsus linguae (tropiezos de la lengua), errores, extravíos, olvidos, son formaciones del inconsciente que ponen de manifiesto una lógica distinta a la de la vida corriente.
Lo absurdo
Quizá la expresión más familiar de lo absurdo en nuestra vida se dé en los sueños. ¿por qué muchas veces nos despertamos angustiados o tristes tras haber soñado una sarta de disparates que en apariencia no tenían ningún asidero?
Desde la antigüedad se le dio importancia a los sueños. Hubo hombres que fueron considerados sabios por poder darles un sentido, por ejemplo José, el que descifró el sueño de las siete vacas gordas y las sietes vacas flacas. Los sueños fueron considerados mensajes de los dioses que de forma enigmática señalaban el destino de los hombres.
El psicoanálisis toma en cuenta esta dimensión de mensaje que conlleva el sueño. Mensaje que es vivido como viniendo de otro lado, al menos desde un lugar distinto que la vida despierta. El sueño es la vía regia hacia el deseo, en él se cifran deseos inconfesables que aparecen a la conciencia disfrazados. Es un acertijo en imágenes que se nos aparece algunas noches y nos informa que hay algo que ignoramos de nosotros mismos.
No sólo el sueño hace presente lo absurdo en nuestra vida, también esas acciones extrañas que muchas veces no podemos dejar de realizar sin enfrentarnos a la angustia y que conllevan una paradójica satisfacción. ¿Cómo puede alguien satisfacerse en aquello que no se adapta, que hace mal, que se pone en cruz ante las exigencias cotidianas?
El síntoma cifra un goce. Un goce insensato, no aceptado por la conciencia que cuestiona la idea del bien, que pone en juego la singularidad del sujeto
¿Cómo hacer con todo esto?. Sabemos que no hay recetas que nos lo puedan decir de antemano. Podemos simplemente ignorarlo ¿Por qué hacerse cargo de los deseos locos y los goces insensatos? Quizá porque a veces nos desbordan y lo que intentamos silenciar y echar por la puerta, retorna por la ventana.
Graciela Tustanoski
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LOS GOBIERNOS ¿PARA QUÉ?
Cada vez tengo más claro que ellos, los gobernantes, van por un lado y nosotros, la ciudadanía, por otro. Algo no marcha bien cuando los intereses de unos (el pueblo) y otros (quienes gobiernan) no coinciden o, lo que es peor, son totalmente dispares. Aunque el primero haya salido por los votos en las urnas y el segundo por la opresión, la dictadura, dos casos, por citar los más recientes, me hacen dudar de la utilidad de los gobiernos.
Uno es el presidente Aznar (lo cito a él ya que escribo desde España) y su empecinamiento en seguir los dictados de Bush metiendo a mi país en una guerra contra Irak que no quiere nadie, aunque él lo adobe, en su sinrazón y mesianismo, como “ayuda humanitaria”, eso es: ¡primero les parto la cara y luego les doy esparadrapo! Y, aunque argumente los peligros de Sadam y sus armas químicas, sospecho que las miras están en el poder de la economía o... “podría ser el petróleo o podría no ser el petróleo”, como explicó con tremenda caradura el ministro español de Defensa, Federico Trillo, cuando fue preguntado en el Congreso de los Diputados sobre la veracidad de unos aviones americanos que, cargados de bombas, sobrevolaron España: “podrían haber repostado en vuelo o podrían no haber repostado” –dijo- y no se le cayó la cara de vergüenza.
Otro Fidel Castro y los fusilamientos en Cuba de tres disidentes que secuestraron un barco, de unas personas que querían salir del “paraíso” de pobreza y miseria en que se ha convertido la isla. No me cabe duda que el secuestro es un delito, pero ¿lo habrían hecho si libremente hubieran podido salir de Cuba? Nunca se puede aceptar la pena capital, la pena de muerte, para castigar un delito. De las cárceles se puede salir, de las tumbas nunca.
En estos asuntos no puede pensarse con parámetros de “izquierda” o “derecha”, solamente con mentalidad de defender los Derechos Humanos, ya sean de los iraquíes que masacran los pistoleros uniformados de Bush, o los cubanos a los que fusila el, en otro tiempo, libertador Fidel Castro.
De seguir así, convendremos que los conocidos sistemas de gobierno y representación han fracasado, que habrá que poner el mundo patas arriba y buscar la utopía de la libertad con nuevas formas de gestionar la “res publica”, la cosa pública, el Estado.
Salvador Enríquez
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RETAHILA DEL CUENTO BREVE EN CHICAGO
No era la guerra del fin del mundo. Era la noche cruenta del cobarde. Su mirada todavía cegaba las espigas de luz. En la pira del sacrificio se quemaba el artificio de su hombría. Estaba a punto de hacer historia el desertor.
León Leiva Gallardo
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