LA DESPEDIDA
Graciela Reyes
DOS CUENTOS
Roberto Enrique Rocca
ÉRAMOS POBRES Y NO LO SABÍAMOS
Leda Schiavo
DE LA TIERRA, LAS AGUAS PATAGONAS Y MÁS ALLÁ
Fernando Anguita B.
LA ESCRITURA COMO HERRAMIENTA TERAPÉUTICA
Gustavo Lanza Castelli
LA DIFERENCIA ENTRE EL GOCE MERAMENTE ESTÉTICO Y EL ARTÍSTICO
Federico Pablo Blanco
MEGAFÓN O LA ANOMIA
Claudio L. Pérez
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LA DESPEDIDA
El coraje se aprende, la bondad o la maldad se aprenden, el amor se aprende, pero nunca se aprende a decir adiós. Cada adiós produce la misma incredulidad, la misma pena, la misma indignación: somos vírgenes cada vez, cuando nos despedimos para siempre.
La memoria humana, poco más o menos como la de todos los animales, tiende a retener solamente lo que necesitamos para las funciones adaptativas de la especie, y a borrar y confundir lo superfluo. Se están haciendo experimentos muy refinados que prueban que no podemos confiar en la memoria, que nadie recuerda con exactitud nada que no sea muy primario e imprescindible, que mucho de lo que creemos recordar son imágenes superpuestas, no fidedignas. Pero cultivamos con pasión la memoria. Las artes se nutren de reelaboraciones de recuerdos: una voz, el contorno de una mejilla, un sabor, una luz, una tarde, la verja del colegio, el acto mismo de recordar, todo lo atesoramos en poemas, edificios, estatuas, fotos. Esa memoria literaria, esa fantasía que recapitulan los sueños, es la que nos explica el gran secreto de nuestra intimidad y nuestra muerte a solas. Aunque el cerebro no esté preparado para retener toda la complejidad de lo que nos sucede, y desfigure los hechos, lo que nos queda de esa destilación de recuerdos es nuestro jardín secreto, donde están las emociones nunca perdidas. Entre esas emociones memorables, las del adiós.
Mi primera despedida fue a los cuatro años, en un hotel de Córdoba. Un día descubrí en el comedor a una nena que no podía tener ni dos años todavía. Recuerdo su nombre: Alicia. Y hasta su segundo nombre, que pregunté: Mabel. No recuerdo su carita, pero sí el efecto que hizo en mí. Gracias al ocio y contento de esos días de vacaciones, nos dejaban jugar por horas en los jardines olorosos del hotel, con las sierras al fondo. Supongo que en aquellas conversaciones entre las dos le expliqué el mundo, porque yo estaba desarrollando entonces una teoría del mundo, de la que no tengo ahora la menor idea. Recuerdo vagamente las baldosas del hotel, la luz oblicua de la tarde, los colores intensos, los árboles, las macetas con flores, la manito de ella en la mía, mi felicidad. Una noche, la madre de Alicia me dijo que al día siguiente se volvían a Buenos Aires. Corrí a mi madre, le pregunté si Alicia se iba para siempre. Y mi madre me dijo que sí, que se iba, que se habían terminado las vacaciones de Alicia, y que la semana siguiente nos íbamos nosotros. En sus ojos claros y jamás serenos vi el deseo imposible de evitarme el desgarro de la despedida. No dije nada más. Al día siguiente, Alicia se fue. No lloré. La acompañé hasta el coche con lo que iba a ser desde entonces mi habitual presencia de ánimo. Nunca más la vi. Y nunca la olvidé.
Esa fue mi primera despedida. Hubo otras, muchas otras, y en todas me sentí como un fusilado, como si el adiós me agujereara las entrañas. No puedo aprender a despedirme, quisiera aprender, y no puedo, quisiera llorar y gritar, y no puedo, quisiera sentir sólo contento y gratitud por lo vivido, y no puedo, quisiera no tener nunca que despedirme, y no puedo, porque siempre alguien se va, y también yo me voy. Solamente aprendí, por Alicia, que nadie entiende el dolor de nadie, y que hay que guardarlo en secreto, y que el dolor y el amor son la misma cosa, en las sombras de la memoria.
Graciela Reyes
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DOS CUENTOS
(¿DES?)MITIFICAR
Fui yo el que demostró que Homero no existió en realidad y que el tal nombre no era sino un patronímico que designaba al conjunto de amanuenses que transcribieron los cantos de los aedas.
Fui yo quien buscando y rebuscando en los archivos probé que William Shakespeare no fue otra cosa que un seudónimo tras el cual se ocultaron Ben Johnson, Richard Robinson, Alexander Cook, Nathaniel Field, y otros hombres de teatro de su época.
Fui yo el que sostuvo que las mil quinientas poesías, las ochocientas cincuenta piezas dramáticas y las tres novelas atribuídas a Lope de Vega, fueron obra de un grupo de doctores de la Universidad de Alcalá y que el Fénix de los Ingenios no fue otra cosa que una invención de ellos.
Mis investigaciones me acarrearon pocas alegrías y muchas desilusiones. La peor fue cuando descubrí que yo mismo era sólo una broma urdida por un grupo de estudiantes de la Facultad de Letras.
EL OTRO DÍDIMO
Tal vez por haber sido concebidos en el mismo momento y en el mismo vientre, y porque desde aquel lejano principio sentía yo que sus gestos eran míos y él que los míos suyos; el entendimiento que reina entre Tomás, mi hermano, y yo, fue siempre tan profundo que nos entendemos sin hablar.
Además de nuestra apariencia física, nuestros gustos y nuestro modo de ser son tan semejantes que ni nuestra madre nos distingue.
La única diferencia, vaya a saber por qué capricho del destino, fue que él estaba parado en la puerta cuando pasó el Maestro, aquel que los sacerdotes y el gobernador crucificaron.
Mi hermano lo vio pasar y decidió seguirlo. Seguramente yo hubiera hecho lo mismo.
Hete aquí que la semana pasada vino y me contó que los amigos le dijeron que vieron vivo al crucificado.
¿Y tú —le pregunté— qué les dijiste?
—Les dije —respondió— que no lo creería hasta que no pudiera ver las llagas de sus manos y de sus pies, meter el dedo en ellas y tocar la herida de su costado.
—Ciertamente —comenté— yo hubiera dicho lo mismo.
Pero ayer apareció de nuevo, muy conmovido, afirmando que el Maestro realmente había resucitado y que él lo había visto y tocado.
—Si yo no veo en sus manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos, y no pongo mi mano en su costado; de ninguna manera lo creeré. __________ de «Cuentos mínimos»
Roberto Enrique Rocca
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DE LA TIERRA, LAS AGUAS PATAGONAS Y MÁS ALLÁ
No voy a ofender la inteligencia del lector haciéndole creer que sé de la Patagonia más que él porque pasé allí un par de semanas. Ni siquiera le voy a contar el encantamiento que produce la contemplación de los cielos australes, parado en cualquier punto del desierto o de la costa. Ésa es materia para experimentarla, y no se deja encerrar en quinientas palabras. Es cierto que voy a aprovechar éstas para presentar a un personaje de ese mundo que también las desborda, pero ante la disyuntiva de hablar del paisaje o del hombre siempre prefiero a este último. El tipo, como se dice por aquí, es verdaderamente excepcional. Por supuesto, él jamás admitiría que lo es. Su nombre, Mariano, su apodo "Pincheti"; su profesión y devoción, el mar; su penúltima aventura, "cortar" los canales del estrecho de Magallanes ascendiendo de sur a norte contra viento y marea.
No por rara o infrecuente he destacado la expresión, sino porque en el uso diario de la lengua no se presentan demasiadas ocasiones donde una frase hecha recupera avasalladora y exigente el significado que la alumbró. Hay que escuchar a Mariano para dejarse perder en la cadencia de pausas, silencios y arrebatos que imprime a su narración, observar la mímica contundente con que escenifica sus gestas anónimas, y entender que eso, de lo que habla, y no otra cosa, es lo que tiene que hacer: atender a la llamada de la última frontera.
En su penúltimo viaje la rozó. Solo tengo espacio aquí para apuntar un episodio que viví vicariamente a través de los ojos de lince de Mariano, trascendiendo sus palabras. Hacia la mitad de su singladura, "Vulcano", el barco que pilotaba, arribó al reducto terminal de una etnia amerindia que los libros dan por extinguida: los Alakalufes. La última decena de éstos, seis hombres y cuatro mujeres, comparten su existencia con los pescadores de Puerto Edén, poco más de doscientos. El atraque del Vulcano propició la fiesta que la visita de gentes del mundo exterior suscita invariablemente en el lugar. Puerto Edén está enclavado en una de las mil islas chilenas que conforman los canales —al NNO de la boca del Pacífico— del Estrecho de Magallanes.
Mariano danzó y bebió. Una de las cuatro mujeres Alakalufes debió quedar fascinada por él. Nada semejante me dijo; solo yo imaginé que el brillo de su mirada, al evocar la escena, traicionaba su discreción. Increíble chispa, colisión de dos mundos, uno que desaparece y otro que nace. Ante miradas anónimas y embrujadas danzaron con la música del tiempo y de la distancia, dando fe de la universalidad de los sentimientos humanos.
Si tuviera que elegir una canción y una letra para contener el presente y el futuro del personaje no dudaría un segundo, porque seis años antes de que él naciera ya estaba escrita. Sinatra con «My Way» arrasó y llenó los continentes dando sus viajes por terminados... I’ve traveled each and ev’ry highway, afirmando rotundo haber hecho lo que tenía que hacer... I did what I had to do, para decir las cosas sentidas de verdad... to say the things he truly feels, y finalizar —una vez y siempre— a su manera... and did it my way.
Si tuviera que elegir un libro sería demasiado fácil. Mariano está fascinado por las gestas de Shackelton, pero es de Conrad la sombra del marino que lo abraza. Y él lo sabe.
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Puerto Madryn, abril de 2004
Fernando Anguita B.
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ÉRAMOS POBRES Y NO LO SABÍAMOS
Cuando yo tenía pocos años, todos éramos pobres pero no nos dábamos cuenta. Y en realidad no nos dábamos cuenta porque casi no había cómo gastarse la plata y además, uno de los valores indiscutibles era el ahorro. ¿Se acuerda, comadre, cuando comprábamos estampillas de la Caja Nacional de Ahorro Postal en la escuela para completar una cartilla? Claro, ahorrar era importante, un poco porque nos lo habían metido en la cabeza los abuelos inmigrantes, otro poco porque el peso argentino tenía peso propio.
No teníamos refrigerador, no teníamos televisión, por supuesto no teníamos computadora, es decir, no gastábamos casi electricidad. Teníamos que apagar las luces al salir de una habitación, si no mi padre acababa gritando que si estábamos de casamiento. Me acuerdo cuando venía el hielero y había que cortar la barra para que entrara en la heladerita de madera.
Tampoco gastábamos mucho gas, porque las estufas eran de querosene y tampoco teníamos tanto frío porque nos tejían pullóveres de verdadera lana y jugábamos a cosas de movernos, correr. Con un monopatín jugábamos todos los chicos de la cuadra, peleándonos en los intervalos.
El lechero venía con su carro y entraba a dejar la leche directamente en la olla de la leche, tras vaciar su medida. Es decir, no había que pagar envases, etc. Lo mismo pasaba con las gallinas: se las compraba colgando con plumas y todo en la feria y nada de bandejita, plásticos, y demás, por lo que estimo era todo más barato. El pan con manteca era lo que nos llenaba a la mañana y a la tarde, casi siempre con mate cocido.
No nos compraban juguetes, con una muñeca nos arreglábamos mi hermana y yo para divertirnos durante años, los chicos con una pelota, y hacíamos trencitos con los carreteles de hilo o las sillas dadas vuelta. No salíamos de vacaciones, supongo que porque no estaba de moda. La ropa la heredábamos de los mayores y nadie se preocupaba de que me gustara o no, ni siquiera yo misma. Ahora todos los chicos son consumidores y los grandes no saben cómo ahorrar. Basta ver lo que compran los que están adelante en la caja del supermercado: sus abuelas llorarían al ver cómo malgastan lo que no tienen en cosas que ni siquiera necesitan.
No intento comunicar que todo tiempo pasado fue mejor, pero lo bueno de ser viejo es que uno tiene cosas para recordar y además puede darse el lujo de decir pavadas y ser cascarrabias.
Leda Schiavo
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MEGAFÓN O LA ANOMIA
Leopoldo Marechal, el notable escritor argentino, plantea en su novela Megafón o la guerra, que un error en el plano simbólico de la ciudad de Buenos Aires condena a la Argentina a su fracaso histórico. Afirmó en ese texto que el hecho de que la Casa Rosada estuviera flanqueda por el Banco Nación y el Ministerio de Economía presagiaba, desde lo simbólico, el país doloroso que hoy nos toca vivir, entregado al capital financiero transnacional. Por eso, en una de las batallas de Megafón, —El asedio al Intendente—, propone demoler esas alegorías del capital que nos predestinaron a esto que vivimos hoy. Salvar ese error en el plano simbólico de la ciudad, dinamitando los añosos edificios que albergan la instituciones mencionadas era, para Marechal, ficcionalmente necesario para alumbrar un estado que pensara más en la gente que en las variables macroeconómicas.
La aparente ingenuidad de la postulación encierra, a mi entender, una verdad profunda que no reside tanto en lo que se lee en esos párrafos de gran belleza, sino en lo que dicen en un segundo nivel de comprensión. Porque lo que se está planteando ahí es que lo simbólico al ser parte de lo que denominamos realidad, la condiciona y determina, en ciertos casos.
Por eso creo que un aporte significativo a la superación de la crisis que vivimos debe darse en el mundo de las representaciones, en el orden de lo simbólico.
Noticieros, diarios, radios nos imponen un montaje, siempre intencional, sobre cuestiones que nos preocupan: la desocupación, el hambre, la falta de educación y salud, la guerra y la violencia que sufren otros pueblos, la inseguridad ahora. Ciertos escritores, intelectuales, artistas, se hacen eco de esos discursos. Pero sus reflexiones son meramente testimoniales, repiten lo que se desea que repitan; los más lúcidos agregan, a la descripción de los males que nos aquejan causales que comparto: la falta de trabajo, la desigualdad, la exclusión social. Pero, pregunto, ¿no deberíamos preocuparnos, intelectuales y artistas, en construir un discurso desde lo simbólico y lo prospectivo, hacia lo utópico? Digo, ¿desde cuál lugar, que no sea el mundo de las representaciones más complejas, vamos a construir la voluntad común y la fuerza que nos permita desterrar un orden signado por la presión colosal del capitalismo, por los intereses transnacionales, por la voluntad anexionista de las fuerzas del imperio económico global?
La historia, la memoria, son valiosas herramientas que debemos utilizar permanentemente pero, ¿no deberíamos empezar a hablar del futuro? Nuestros esfuerzos tras el rescate de la memoria histórica, ¿no deberían apuntar ya de lleno al futuro? Porque el sistema se traga las mejores intenciones y hace de los temas que nosotros rescatamos, dinero, ejemplares vendidos, horas de programas donde los Grondona de turno critican la dictadura de la que fueron voceros y cómplices. Y esto seguirá sucediendo si la memoria no alumbra el futuro, si la historia no apunta al mañana, si no nos desprendemos de los lastres del pensamiento único y afirmamos, sin dudas, que no, que la historia no terminó y que vamos a construirla. Seguirá sucediendo si no acumulamos el capital simbólico que sea como una luz, no para iluminar por enésima vez los pesares del presente, sino para alumbrar las primeras estribaciones de un futuro distinto, el que soñamos y proclamamos cuando "éramos" del Tercer Mundo y los yanquis perdieron en Viet Nam. Seguirá ocurriendo si no avivamos esa llama aún sobre las ruinas de aquello que creímos parte de ese futuro.
Claudio L. Pérez
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LA ESCRITURA COMO HERRAMIENTA TERAPÉUTICA
Uno se libera de la propia enfermedad en la escritura.
Repite y presenta de nuevo las propias emociones
para poder dominarlas. D.H. Lawrence
El poder terapéutico de la escritura, que tantos escritores han conocido por experiencia propia, está siendo investigado y corroborado de manera rigurosa en los últimos 20 años.
James Pennebaker, de la Universidad de Texas, fue uno de los primeros en diseñar una serie de experiencias con esta finalidad. En una de ellas trabajó con estudiantes universitarios a los que dividió en dos grupos con iguales características (de edad, sexo, grado de salud, etc). A los participantes del grupo "a" les dió la consigna de que escribieran durante 20 minutos cada día, a lo largo de 4 días, sobre las experiencias que habían sido más conmovedoras y traumáticas en su vida. Debían escribir de corrido, del modo más rápido y espontáneo posible, y tratar de hacerlo desde sus vivencias y emociones.
A los del grupo "b" les dijo también que escribieran a lo largo de 4 días, 20 minutos cada día, pero de un modo objetivo, sin involucrarse emocionalmente y sobre tópicos intrascendentes, como el detalle minucioso de las actividades de ese día. Los resultados fueron sorprendentes: los participantes del grupo "a" reportaron que la experiencia había sido benéfica y liberadora, pero, además, en el seguimiento que se hizo de ellos en los meses subsiguientes, se observó que disminuyeron de modo drástico sus visitas al médico y los días en que estaban enfermos, en comparación con lo que había ocurrido en los seis meses anteriores a la experiencia. En los participantes del grupo "b", en cambio, no se observó modificación alguna.
Estos hallazgos fueron luego corroborados por muchos otros investigadores que trabajaron con pacientes aquejados de distintas enfermedades físicas o que sufrían de depresión, stress post traumático y estados de ansiedad. En todos los casos con iguales resultados.
Estas investigaciones dan sustento experimental a lo que puede observar quien, sin ser escritor, tenga la costumbre de llevar un diario personal, no como un lugar en el que consigna hechos objetivos, sino como ese espacio en el que uno registra vivencias, sentimientos, sueños, deseos y experiencias importantes de la vida.
Un diario personal escrito así tiene un valor terapéutico en sí mismo, ya que permite aumentar el autoconocimiento e integrar y elaborar afectos y situaciones problemáticas.
Por otro lado, muchos terapeutas sugerimos a nuestros pacientes la escritura del diario y su posterior inclusión en las sesiones, como herramienta para acelerar, abreviar y profundizar la psicoterapia.
Gustavo Lanza Castelli
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LA DIFERENCIA ENTRE EL GOCE MERAMENTE ESTÉTICO Y EL ARTÍSTICO
Si hay algo que distingue al arte, del resto de las actividades humanas, es el hecho de que en él la función estética está por encima de las otras funciones (sean éstas cuales fueren).
Pero cuál es el momento en que pasamos de la contemplación simplemente estética, a la contemplación artística y fundamentalmente en qué momento cruzamos esa barrera nebulosa que divide la producción meramente estática de la artística, entendiendo ésta dentro de los límites de la estética pero con un agregado que aún no he definido. Para ver esto con mas claridad, vamos a partir de ejemplos concretos. Supongamos que vamos a realizar la grabación del canto de un pájaro, para lo cual hemos tomado decisiones de tipo técnico, como el tipo de micrófono a utilizar, el soporte del registro, etcétera. Una vez realizado esto reproducimos la cinta en un auditorio y la escuchamos. Sin duda esta es una actividad que nos dará un goce estético. Ahora pongamos como ejemplo a Olivier Messiaen y sus obras para piano en las que los motivos surgen de la audición de cantos de aves y su traslación y desarrollo en el instrumento. Nos encontramos nuevamente con una actividad que nos da un goce estético, pero en este caso es de una categoría superior, es un goce artístico.
Analicemos entonces estos dos ejemplos. En el primero, las decisiones son de tipo técnico y no hay elaboración subjetiva del material. En el segundo caso, las decisiones son subjetivas, con elaboración del material desde la sensibilidad del que produce la obra. Por lo tanto podemos decir que el arte no es sólo algo estético, sino que para que sea arte debe ser el producto de una elaboración conceptual, subjetiva y sensible de un material objetivo dado.
Todo en el mundo tiene una carga estética, podemos estar ante un paisaje pintoresco o sublime y seguramente nos dará un goce, pero jamás podríamos decir que ese goce es artístico, la naturaleza y las actividades humanas no son artísticas en sí mismas, a pesar de contar todas ellas con la función estética (y no debemos confundir función estética con goce estético). Pero si vemos un paisaje en un cuadro de Poussin, esa vista nos dará un goce estético diferente al del paisaje natural y esa diferencia es el valor agregado de la subjetividad y sensibilidad del artista. Ese goce ante una obra es definitivamente el goce artístico, como categoría independiente del meramente estético.
Dicho esto parece muy sencillo diferenciar las dos categorías mencionadas, pero en la práctica nos encontramos muchas veces con ejemplos que están en el límite entre una y otra, y la valoración será subjetiva, pero esta subjetividad será la del espectador y no la del artista.
Federico Pablo Blanco
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