EL TIEMPO, ESE DEVORADOR DE SUEÑOS
Miguel Angel Morelli
MANERAS DE REÍRSE
Graciela Reyes
TRES CUENTOS
Roberto Enrique Rocca
DE LUCES Y SOMBRAS
Fernando Anguita B.
LA REDENCION DE TANTALO
Sonia Scarabelli
LA VIDA ESTÉTICA
Federico Pablo Blanco
DESDE LA BUTACA
Josefina Sartora
OTROS
Antonio Machado
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EL TIEMPO, ESE DEVORADOR DE SUEÑOS
El tiempo es un torrente incesante que se lleva todos nuestros sueños. La cita, que con gusto hubiesen aprobado tanto Shakespeare como Quevedo, no pertenece sin embargo a ningún juglar de renombre, sino más bien a alguien al que tendemos a ubicar en las antípodas de cualquier pensamiento poético: un científico, en este caso el británico La expresó durante su conferencia en el acto de conmemoración del 25º aniversario de la creación de los Premios Príncipe de Asturias (que en 1989 le fue concedido), conferencia que tituló "La naturaleza de la realidad" y en la que expuso una de sus hipótesis favoritas: aquella que argumenta que para conocer el origen del universo hay que viajar desde el presente hacia atrás, rebobinando el tiempo.
Postrado en una silla de ruedas desde hace cuatro décadas, comunicándose con el mundo merced a un sistema informático de elección de palabra y voz (que él mismo diseñó, dicho sea de paso), Hawking es el científico que goza de mayor fama mundial. Sus libros se venden por millones y su imagen —tan patética como inspiradora de piedad, acaso lo uno por lo otro— es harto conocida. En el mismo sentido, sus opiniones lo han llevado a ser considerado el Einstein de nuestros días.
Y bien, ¿qué ha querido decirnos este hombre, acostumbrado como está a someter toda idea a mil pruebas y contrapruebas, con esto de que "el tiempo es un torrente incesante que se lleva todo nuestros sueños"? ¿Se ha decidido acaso a abandonar las ciencias empíricas para transitar el camino vacilante de lo conjetural? Para decirlo de una buena vez: ¿se nos ha vuelto poeta? Y de eso, exactamente, es de lo que se trata. Porque Hawking nos está diciendo lo mismo que nos dijo el autor de "Hamlet" hace ya cuatro siglos: que después de tanto andar, de cada nueva teoría que es tomada como la verdad absoluta, de cada paso hacia delante que creemos dar, seguimos sin saber nada de nada de nosotros mismos. Ni de dónde venimos, ni por qué, ni hacia dónde vamos. Tampoco quiénes somos, fuimos o seremos. Esos náufragos a los que no pueden explicar ni la neurobiología (un accidente), ni la psicología (una pulsión), ni la fe (un proyecto trascendente). Unos desamparados, en fin, a los que encima un buen día se nos dio por inventar el tiempo, ese torrente que ahora nos engulle lo único seguro que tenemos: los sueños.
Miguel Angel Morelli
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MANERAS DE REÍRSE
No sabía leer. Era negro, y, aunque seguramente había ido al colegio, no sabía leer. Aprobó el examen escrito de conducir poniendo las crucecitas al azar, y entonces le dieron un camión, una carga, un destino. Lo cuenta con una risa visceral, que estalla y se rompe entre palabras. Su hermano pegó un mapa de carreteras en la pared del comedor, y cada vez que él llamaba le daba indicaciones. No podía leer los carteles de las autopistas, pero leía números y podía ver si lo que decía un cartel, por ejemplo PENNSYLVANIA, coincidía con lo que él llevaba escrito. Cuando las letras eran las mismas, era que estaba en buen camino, o quizá que había llegado. Cuando las letras no coincidían, llamaba a su hermano y le deletreaba el cartel (pe, e, ene...) porque eso sabía hacerlo. Pero se perdía continuamente. Como le descontaban las tardanzas, recibía unos cheques miserables que no alcanzaban para mantener a su familia. Vivía sin saber nunca dónde estaba, cometiendo infracciones de tráfico y llamando a su hermano por teléfono. Su mujer lo dejó. Perdió de vista a sus hijos. Y nadie sabía la verdad. Lo echaron de la empresa, hizo cosas que no cuenta, fue a parar a la cárcel, salió, buscó trabajo otra vez, y un día alguien, por fin, descubrió que no sabía leer, y lo mandó a una escuela. Ahora ya no maneja camiones, pero puede leer los carteles. Siento que vivo en este mundo, por fin, dice riéndose. ¡Y hasta hay carteles que dicen "bienvenido", BIENVENIDO A ILLINOIS, BIENVENIDO A MILWAUKEE! ¡Me daban la bienvenida y yo no lo sabía! Y se ríe, se ríe.
Mi amigo Andrew perdió la voz en un accidente. Articula perfectamente los fonemas, y el aire hace un pequeño estrépito, audible, al abrirse camino hacia los labios. Cuando le digo algo que lo hace reír, su aliento, que es su alma, recupera por un momento imaginario la hermosa modulación de antes, y su cuerpo resuena como si lo tañera el vientito leve de mi voz.
Miriam, la hermana mayor, que escribía cuentos y poemas, murió poco antes de cumplir los quince. Sus tres hermanos crecen con azoramiento, entre padres que lloran a escondidas, pobreza, cosas incomprensibles, y esa sensación de exilio perenne que heredan los hijos de los que se han ido de su casa y no han encontrado otra. ¿Miriam nos oye si le hablamos?, me pregunta el más chiquito. Le contesto que sí, que yo creo que sí. ¿Y se puede reír?, sigue preguntando. Claro que se puede reír, le contesto, estoy segurísima de que se ríe. El nene me cree. Miriam, en el lugar dulce de nuestra memoria donde sigue viviendo, se ríe.
La cura de la risa es una gran cura. Consiste en hacer el ejercicio de reírse, que solo requiere energía y poco temor al ridículo. Los tres centros de la risa son la cabeza (je je), el pecho (ja ja) y el estómago (jo jo). El calentamiento previo consiste en reír las tres risas: je je ja ja jo jo. Hay varios ejercicios. En uno de ellos, hay que ponerse las manos alrededor de la cara, como si fueran la melena del león, pero en lugar de rugir, hay que sacar la lengua y reírse con toda el alma: es bueno para los músculos abdominales y abre el paso del aire desde lo profundo de los pulmones. Otro ejercicio es mover los brazos por el aire, como si fueran ramas de árbol y las sacudiera el viento, pero no es el viento, es la risa. Y el del cubo de hielo que resbala por la espalda, mientras nos retorcemos para librarnos de él, riéndonos como locos. Cuando nos reímos, el organismo produce endorfina, que alivia el dolor. Cuando nos reímos, acabamos por creer que nos reímos porque estamos contentos, o acabamos por estar contentos porque nos reímos. Del mismo modo, los sujetos que colaboran en experimentos para el estudio del cerebro se ponen tristes si se les muestra una película triste, o se asustan, o se excitan sexualmente, según las imágenes que se les muestran, o las que recrean ellos en su mente. A veces el cuerpo cree en las ficciones de la mente, y después la mente ya no distingue la ficción de la realidad. Es tan fácil engañarse a sí mismo, que cómo no nos van a engañar los demás.
Graciela Reyes
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TRES CUENTOS
BIEN DE FAMILIA
Nosotros tenemos capacidades extraordinarias. Saverio, mi hermano mayor es un genio del cálculo mental, que supera en rapidez y precisión a las computadoras más sofisticadas. Arturo, el que le sigue es gran maestro en el juego de los trebejos. Roldán y Clodoveo son, respectivamente, autoridades internacionales en entomología y en sinología. El siguiente domina como nadie el arte culinario y mi inmediato predecesor brilla en la política.
Mi arte es la conquista, las mujeres. Soy un maestro de la seducción y del asedio, disfruto dominándolas y haciéndolas mías. En esto soy infalible.
Y nada me excita tanto como ver cómo se transforma la expresión de sus rostros cuando, en las noches románticas de luna llena, empiezan a crecerme las orejas y los colmillos.
RECONTRAVENGANZA
Ella piensa: "Por un estúpido sentimentalismo, Afrodita lo ayudó a inventar la mujer objeto. Hecha para él, a su medida, sin darle a la pobre ninguna posibilidad de elegir".
Y dale con el martillo y el escoplo para extraer de la piedra ese irrisorio Pigmalión que será su venganza: patizambo, ventrudo, calvo, con los brazos tendidos y la sonrisa estúpida. ¡Y solo, porque no habrá de hacerle compañera!
Su obra maestra está concluída y la escultora parodia unos pasos de danza, para arrojarse luego, riendo a carcajadas, en los brazos del mármol.
Entonces interviene Zeus y la transforma en estatua.
(¿DES?)MITIFICAR
Fui yo el que demostró que Homero no existió en realidad y que el tal nombre no era sino un patronímico que designaba al conjunto de amanuenses que transcribieron los cantos de los aedas.
Fui yo quien buscando y rebuscando en los archivos probé que William Shakespeare no fue otra cosa que un seudónimo tras el cual se ocultaron Ben Johnson, Richard Robinson, Alexander Cook, Nathaniel Field, y otros hombres de teatro de su época.
Fui yo el que sostuvo que las mil quinientas poesías, las ochocientas cincuenta piezas dramáticas y las tres novelas atribuídas a Lope de Vega, fueron obra de un grupo de doctores de la Universidad de Alcalá y que el Fénix de los Ingenios no fue otra cosa que una invención de ellos.
Mis investigaciones me acarrearon pocas alegrías y muchas desilusiones. La peor fue cuando descubrí que yo mismo era sólo una broma urdida por un grupo de estudiantes de la Facultad de Letras. __________ de «Cuentos mínimos»
Roberto Enrique Rocca
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DE LUCES Y SOMBRAS
Así ha enjuiciado más de un periodista los 26 años de pontificado del papa que murió el día 2 de abril. No es muy original la gastada metáfora. Dudo que haya habido en la Historia un solo dirigente, religioso o laico, cuya gestión no tenga algo luminoso y algo sombrío. Lo opinable y discutible es la proporción.
Diecisiete días después del óbito, Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue elegido sucesor de Juan Pablo II en un cónclave casi relámpago. De diecisiete periódicos de la prensa italiana e internacional, doce le habían dado como "papable", colocándolo, ex aequo con Claudio Hummes, en el tercer/cuarto puesto de los 31 nombres que tenían alguna posibilidad *. La avalancha de información escrita, radiada, televisada y volcada en Internet durante las dos semanas y media de interregno, rebasó los límites que pudo tolerar el receptor más entusiasta. Por ello condenso en una reflexión mínima mi contribución al maremagno:
La iglesia católica romana ha mostrado urbi et orbi su capacidad de convocatoria; su poder, en suma. La presencia masiva de la juventud en las exequias de Juan Pablo II valora por sí sola los efectos proselitistas del esfuerzo del pontífice en sus viajes alrededor del mundo. Los cuadros dirigentes de los gobiernos del futuro se formarán (se están formando ya) contando con los más capacitados de esos jóvenes. Si apuntan en la dirección adecuada y maniobran con acierto, las tensiones entre las tres religiones monoteístas, hoy exacerbadas, se podrán rebajar hasta templarse en la convivencia pacífica real y necesaria: entraríamos ¡por fin! en el reino de las luces. Si apuntan en la dirección equivocada, se sumarán a las tensiones exteriores otras que bullen en su interior —la Teología de la Liberación, por ejemplo—, y la discutida profecía final de San Malaquías se cumpliría, para terminar sepultando a creyentes y no creyentes en el reino de las sombras.
Aquellos cuadros habrán de obedecer ahora los dictados de S.S. Benedicto XVI, hasta ayer Gran Inquisidor, quien considera el ateísmo moderno y el secularismo deshumanizante como las plagas de nuestro tiempo.
____________ * periódico EL MUNDO, 4 de Abril
Fernando Anguita B.
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LA REDENCION DE TANTALO
Tántalo, si pudieras
decir como esa zorra
las uvas están verdes
si fueras más sensato,
saldrías por ti mismo
de esa condena infame
que te han puesto
dioses que no conocen
ni la sed ni el hambre
ni la muerte
y dijeras que aquello
que no bebes
es sólo espejismo
de transparencias,
cristal que nunca sacia
si fueras sabio como esa
zorra que volvió
rauda a los gallineros
y no detuvo su atención
en uvas, en bodas
de color inaccesible
allá se iría
prisión del goce
como leve barca
desamarrada en la corriente,
frágil fantasma de deseos
¿qué son,
después de todo?
¿alguien ha visto un deseo
realizarse?
Tántalo cabecea dulcemente,
dice que no,
que ha probado
la carne, el hueso tierno
hasta la médula,
la sangre, y luego
de ese banquete
nada satisface
mejor quedarse así
mirando lejos,
mejor aquí
más inocente el cuerpo
hundido hasta el cuello
en una cárcel de agua.
Sonia Scarabelli
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LA VIDA ESTÉTICA A mis amigos del Área de Letras de Artenpie
Hace tiempo que venía meditando sobre las posibilidad de vivir estéticamente, y solo tenía vagas intuiciones que no lograba organizar. Pero he vivido una experiencia en Colonia, Uruguay, con mis amigos y compañeros del Área de Letras de Artenpie y he podido comprobar en la vida cotidiana, las intuiciones que tenía y más. En el momento en que logre conceptuar esto, tomé conciencia inmediatamente, de que la conclusión a la que había llegado era valedera no solo para la experiencia de viaje del grupo sino también, para definir las características generales de algunos individuos, artistas o no, que demostraban una concepción diferente en su relación con el mundo.
Se puede Vivir Estéticamente empleando en la vida cotidiana categorías del campo estético. Aún en la devastación mas extrema, se puede tener una visión estética, lo cual no implica estar anestesiados al dolor o ignorar las causas y consecuencias de dicha situación sino, enfrentarlas de otra manera.
Es la construcción poética de la vida y no el exhibicionismo lo que nos lleva a vivir de la manera que estoy planteando. No es el modelo del Seductor, que plantea Kierkegaard,
el paradigma a seguir; lo que propongo es la contracara, el Seducido, la mirada que se fascina ante lo bello, lo sublime e incluso lo siniestro; el oído atento a los rumores de la ciudad y del campo. Es fundamentalmente el hombre desprejuiciado que actúa libremente, guiado solo por su afán de experiencias plenas, involucrándose hasta las últimas consecuencias con las circunstancias que le tocan vivir.
La Vida estética es la máxima expresión del Hombre Libre.
Federico Pablo Blanco
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DESDE LA BUTACA
Ha culminado el 7º Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici). Doce días durante los cuales los cinéfilos tuvimos la oportunidad de ver ese cine que no accede a las salas comerciales por las políticas de distribución que están rigiendo en todo el mundo: se estrenan casi exclusivamente aquellas películas producidas por las grandes compañías de Estados Unidos, y así ya casi no vemos cine europeo, y ni qué decir del iraní, oriental, latinoamericano o africano. Las pocas distribuidoras independientes que sobrevivieron la crisis cambiaria de 2001 temen arriesgarse en movidas originales, que podrían resultar un fracaso económico. Sin embargo, cada edición del Bafici demuestra que hay un público muy numeroso para un cine alternativo, realizado al margen de las propuestas estéticas de las majors. Quienes no habían comprado sus entradas con anticipación, debían formar cada mañana la cola para ese día, y todas las salas del Abasto se llenaban de un público entusiasta, en su mayoría joven. Algo similar había ocurrido en marzo en el Festival de Mar del Plata, que este año optó por una programación más arriesgada, y fue bienvenida.
Más de 400 títulos, entre largos y cortometrajes de todo origen: algunos participaron de la competencia internacional, las últimas realizaciones argentinas tuvieron su propia competencia, y el resto se agrupó en diferentes secciones que mostraron lo mejor de los últimos festivales internacionales, donde los programadores de cada festival viajan para elegir el material para su propia fiesta.
Durante los cuatro festivales que dirigió Quintín, el Bafici adquirió un prestigio internacional considerable, por la calidad de lo presentado y porque supo aprovechar el resurgimiento del cine argentino, convirtiendo el Bafici en vidriera de lo nuevo. Pero así como antes habían sacado de un plumazo a su anterior director, Andrés Di Tella, Quintín fue reemplazado sin contemplaciones y la tarea de este año recayó en Fernando Martín Peña, poniendo en evidencia que el Bafici no tiene basamento ni estructura propia e independiente, sino que está sometido al vaivén de operaciones políticas.
Por la competencia oficial funcionaron 3 jurados paralelos: por primera vez, este año todos coincidieron en premiar como mejor película El cielo gira, opera prima de la española Mercedes Álvarez, y lo más notable fue que también resultó una de las favoritas del público. En su documental, la realizadora regresa a su pueblo natal, donde viven catorce personas. Los jóvenes se han ido, ya nadie nace allí, todos sus habitantes son viejos que morirán con el pueblo. Una película maravillosamente filmada que habla de un mundo que desaparece.
De la competencia oficial participaron tres nuevas películas argentinas: el documental Cándido López, los campos de batalla, de José Luis García, quien visita los lugares donde se libró la Guerra del Paraguay y que pintara Cándido López en unos admirables cuadros casi ignorados; el film experimental Samoa, de Ernesto Baca, una hipnótica sucesión de imágenes puras y música india que fluye casi mágicamente, sin contar ninguna historia; y Monobloc, el último opus del innovador Luis Ortega, una obra de gran teatralidad que transmite atmósferas y opresiones de un enclaustrado mundo femenino. Es de destacar la valentía en incluir en la competencia tres obras muy poco convencionales.
Como balance final, sólo queda repetir un deseo unánime: ojalá tuviéramos la dicha de que estas películas se estrenaran.
Josefina Sartora
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