a PORTADA

<Nº 82

Mayo 2007 - Nº 83

N° 84>


EL ARGENTINO INSOPORTABLE
Graciela Reyes

DEL MAL Y LA ENTROPÍA
Fernando Anguita B.

LOS OJOS MÁS TRISTES DEL MUNDO
Miguel Ángel Morelli

< EL COLEGIO NACIONAL
Roberto E. Rocca

LAS PASIONES
Leda Schiavo

PULGARCITO EN LA «SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO»
Alicia Silva Rey

DESDE LA BUTACA:
Lo más nuevo del cine argentino
Josefina Sartora

OTROS
Frank Kafka / Julio Cortázar / Anna Akhmatova

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EL ARGENTINO INSOPORTABLE

Estoy de visita en Buenos Aires. Vengo cada tanto, y me esfuerzo por ver todas las cosas maravillosas, que las hay, y por recordar mis mejores recuerdos y volver felizmente a la juventud. Me gusta charlar con la gente, vosear a desconocidos, me gusta que me digan “No, por nada”, o “No, por favor”, cuando doy gracias. Son cariñosos los porteños, mirones, charlatanes, simpáticos. Dijo Galdós que no hay persona más habladora que un español, pero eso lo dijo porque no conocía bien Buenos Aires.

Este año me recibieron lluvias torrenciales que hicieron desbordar los grandes ríos de la cuenca del Plata. Una noche, tomé un taxi bajo una ráfaga de agua, en el séptimo día de lluvia continua. Le di al taxista la dirección, me acomodé en el asiento, suspiré, y dije:

¿Sabe si va a parar esta lluvia alguna vez?
El taxista me miró por el espejo y respondió secamente:

No, no llamé al Servicio Meteorológico.
Ah bueno dije yo, comprendiendo que estaba ante un porteño revirado.
Para decirle la verdad continuó él no me gusta hablar de pavadas con los pasajeros. Me gusta hablar de cosas interesantes. Por eso solamente charlo con médicos, ingenieros...
Yo muda.
A mí me interesa lo que se puede analizar al nivel de la teoría. Yo soy economista.
¿Usted sabe que la economía puede explicar todo, todo, científicamente, desde la política hasta la religión? Con cifras, con estadísticas, con pronósticos.
Yo muda.
Hay gente que tiene cosas interesantes que decir continuó el taxista, siempre echándome miradas por el espejo. Era un tipo de buena pinta, el pelo rubio impecable, bien vestido.
Yo muda.
Por ejemplo, antes que usted subió una señora dueña de un tambo. Con ella se podía hablar de algo más interesante que el tiempo. Siempre sentí curiosidad, y le pregunté a la señora:

“¿Cuántos litros de leche diarios produce una vaca, término medio?”
Silencio y mirada por el espejo. Yo muda. No hay nada que irrite tanto a un porteño insoportable como que no le contesten. Claro que yo, siendo porteña también, no podía evitar devolverle las miradas por el espejo, y no miradas cordiales precisamente.
Diga cuánto produce una vaca por día, a ver, calcule.
No tengo idea -dije yo sin despegar mucho los labios.
Treinta y cinco litros por día, promedio. ¿A que usted pensó que lo máximo serían 10 litros? Yo también lo pensaba, pero no, 35. O sea, unos 250 a la semana, 1000 litros al mes. Con 10 vacas, saca 10.000 litros de leche al mes. Ya ve, ahí tiene un tema interesante. Ahora usted aprendió algo.

Yo muda, y cada vez más furiosa. El tonito del hombre, que ahora era perdonavidas, me daba en los mismísimos centros cerebrales de hostilidad hacia los compatriotas, la más obnubilante y sanguinaria de las hostilidades.
Bajé del taxi tan enojada que no abrí el paraguas a tiempo y me empapé. Llegué a casa de mis amigos echando pestes. Les conté lo del taxista. Se rieron mucho. De mí, claro.

Graciela Reyes

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DEL MAL Y LA ENTROPÍA

La maldad [...] no es algo que se haga con la voluntad,
es una luz que viene y que te lleva
Ricardo Piglia, «Plata quemada»

La versión más extensa que he leído hasta ahora del dilema de Epicuro dice: «O Dios quiere abolir el Mal y no puede, o bien puede pero no quiere, o no puede y no quiere. Si quiere pero no puede, es impotente. Si puede pero no quiere, es malvado. Pero si Dios puede y quiere abolir el Mal, entonces ¿por qué hay Mal en el mundo?».

Inagotable fuente de inspiración, el mal ha consumido desde tiempos pretéritos litros de tinta y ha producido ríos de sangre. Con la globalización informática, los litros de tinta han devenido en impalpables kilobytes pero, lejos o cerca de cada cual, la sangre continúa derramándose sin que nadie de nuestra inteligente especie sepa ponerle remedio. Por supuesto, para un creyente, si Dios lo permite, si lo deja estar ahí, es simplemente para justificar su propia existencia, su necesidad. Ya advirtió San Agustín que «dentro del hombre existe una región que ni siquiera la mente conoce».

Creencias aparte, nada más se nombra el mal, la memoria abre dos de sus innumerables cajones. En uno recupera a notables escribidores como Baudelaire, Genet, Sade... integrados, por decirlo así, en el maleficio y a los que probablemente suma también a observadores no integrados, como el juvenil Borges de las biografías de la infamia o el Faulkner de «¡Absalón!, ¡Absalón!». En el otro cajón se agolparán sucesos imborrables: el degollamiento de los inocentes, la noche de san Bartolomé, los empalamientos de Valaquia, las cámaras de gas... hasta alcanzar las efemérides luctuosas del presente, internacionalizadas por sus siglas temporales 11-S, 11-M, 7-J..., que se van desdramatizando poco a poco, disueltas en los ineludibles conflictos cotidianos que cada uno ha de resolver, en la barojiana lucha por la vida.

Poco antes de cerrarse el siglo, el catedrático de Cambridge Phillip Allott disertaba sobre el actual desorden del orden social perverso que hemos alcanzado. Una frase de su discurso acota la imposibilidad de resolver el problema del mal, de volver atrás hasta la edad de la inocencia: «El mal es al mundo de los hombres lo que la entropía es al mundo de la física».
Una vez me permití afirmar, en una columna similar a ésta, que “la entropía es inocente”. Fue una manera de decir que el único recurso ante lo inevitable es asumirlo. Retrasarlo en lo posible, fragmentarlo, suavizarlo, pero dejar de malgastar nuestra limitada energía en explicarlo. Lo que llamamos mal es una parte del universo, sencillamente está ahí y es, por tanto, un componente de nosotros mismos. Nuestro principal empeño debe ser reconocer la cantidad que nos ha tocado “en suerte”, y no dejarla crecer.
La existencia del amor al mal, la «algofilia», en sinonimia con masoquismo y sadismo, neutraliza el dilema “intelectual” de Epicuro. En los millones de años que lleva funcionando la evolución, la densidad y distancia entre los componentes bioquímicos orientados al bien (altruista) y los orientados al mal (egoísta) diferenciaron netamente a unos individuos de otros. Es una cuestión de escala, y para medir la distancia y densidad entre sus extremos propongo al lector un sencillo ejercicio.

E. Bathory

De entre las personas que conozca, elija una, familiar o amigo, a la que admire por su «bondad». Asígnele un valor de 100 o lo más cercano que le parezca. Después, para encontrar el cero absoluto de la escala, no tiene más que informarse de la historia –real y rigurosamente comprobada– de la condesa Ersebeth Bathory. Si alguna vez pensó que en la evolución no cabía la tendencia oscura de “realizarse” en el mal, ahora sabrá que estaba equivocado. La entropía es inocente, pero implacable: puede que emigrando masivamente hacia las fronteras circumpolares escapemos del calentamiento global pero, si Allott ha razonado bien, será el mal y no el clima lo que desintegrará el último proyecto de convivencia.
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*concepto muy extendido en el mundo anglosajón. Según Lovelock fue William Golding, el celebrado Nobel de "El señor de las moscas", quien lo propuso. Ignoro si en América latina ha tenido la misma difusión que en Europa.

Fernando Anguita B.

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LOS OJOS MÁS TRISTES DEL MUNDO

Este nuevo oficio mío de ser abuelo me propone cosas que jamás hubiese imaginado. El domingo pasado, sin ir más lejos, fuimos con Agustina al zoológico. Era su primera visita, de modo que nos demoramos infinitamente delante de la jaula de los osos, les dimos de comer a las ovejas en la granja, nos reímos imaginándole una corbata a la jirafa, saludamos al hipopótamo como lo aconsejan las reglas de la cortesía, y por nada del mundo logramos que el león abandonase su siesta para venir a agradecernos la visita. Desde luego, hicimos monerías con los monos y... elefantías con los elefantes, que así es como se dice, según lo aprendí el domingo.

Y cuando ya nos íbamos, vimos a Pancho. Pancho, según reza el cartel, es el animal más viejo del zoológico: cuando llegó, allá por 1973, ya era lo suficientemente grande como para poder adjudicarle hoy algo más de medio siglo de vida. Y en sus años mozos compartió la vida con una mona que, presumo yo ahora, le habrá dado hijos y nietos, como Dios manda. Pero ahora el pobre Pancho vive solo, porque así como la vejez no es una etapa muy fácil para los animales que andan en la selva, tampoco por lo visto lo es para los que viven encarcelados en el zoo porteño (“La ancianidad siempre resulta patética” ya nos había advertido el mismísimo Platón). También dice el cartel que a Pancho los cuidadores lo proveen diariamente de su ración de comida, de juguetes para entretenerse y de los consabidos medicamentos que reclama la vejez. Pero el tipo ahora está solo, devastadoramente solo, mirándonos detrás del vidrio con los ojos más tristes del mundo. Los visitantes pasan delante de él y reaccionan como pueden y les da el cuero: los jóvenes se burlan de su aspecto decrépito, los que ya tenemos nuestros años abrimos el paraguas por las dudas, y los ancianos le devuelven otra mirada no menos nostálgica... Y Pancho nos mira a todos con infinita tristeza, sacude la cabeza, elude hacer monerías, pega la nariz al vidrio para ver mejor y acaso sonríe pensando que también a nosotros nos va a llegar...

Agustina, que este domingo llevaba puestos los ojos limpios y hermosos del asombro, me preguntó por qué Pancho está tan triste. “Porque tiene dolor de panza, pobre” le mentí yo, y para mis adentros di gracias porque este oficio mío de ser abuelo me ha llegado, después de todo, más temprano que tarde.

Miguel Ángel Morelli

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EL COLEGIO NACIONAL

Doce años aprendiendo en sus aulas, caminando sus patios y jardines. Atravesé por vez primera la puerta de Mitre a los seis años, para empezar primero inferior en el primario de la escuela Normal y salí para siempre, con dieciocho cumplidos y el título de bachiller bajo el brazo por la puerta de Sarmiento. Mi niñez y mi adolescencia están ligadas a aquel viejo edificio, hoy poco menos que en ruinas. El Nacional era el pasaje obligado para todos los varones que pensábamos ir a la Universidad. No había colegios privados, excepto el San Jorge, que no era para la clase media. La mayoría de los profesionales de Quilmes graduados entre principios de la década del treinta y fines de la del sesenta, vivió allí lo más florido de la juventud. Las chicas tenían los colegios de monjas, y el Normal, para salir con el título de maestra, que en ese entonces habilitaba para ingresar a las carreras universitarias. Las que estudiaban bachillerato no pasaban del veinte por ciento de la clase y nos parecían, por ese plus que les daba el compañerismo, como dotadas de una particular intrepidez que las diferenciaba de las demás mujeres. Recuerdo las viejas aulas, las de la parte más antigua del edificio, que daban a la galería, sobre Mitre, las del patio techado, y por fin las que rodeaban el patio grande, en ese orden también nos fuimos desplazando, avanzando de un año a otro. Evoco los jardines añosos, y a nosotros, en las tardes de primavera, en la hora dibujo, soñando ante los árboles, sin que el lápiz tocara casi la hoja canson. Viene a la memoria aquel salón de actos de madera que floreció un verano en medio del parque y no mucho tiempo después desapareció en un fin de semana, devorado por un incendio. Allí, cuando estábamos todavía en el primario vino una vez con sus títeres Javier Villafañe. Todos estos lugares tan queridos pueblan la memoria de rostros y de voces. Y desfilan anécdotas y personajes inolvidables, docentes de la época de oro de la enseñanza estatal, éste o aquél exalumno cuya fama trascendió y que, "sí, era del Nacional, tres o cuatro años antes que yo".

Ahora las ruinas dan lástima. Pero no se crea que entonces, en mi época por lo menos (y me ubico en la mitad de las cuatro décadas que historio), estuviera demasiado floreciente. Baste para demostrarlo el testimonio de un condiscípulo que intentando ser poeta y sometido a la tiranía de la rima, compuso un engendro inefable, del cual, por suerte o por desgracia, guardo en la memoria solamente la primera estrofa; que decía:

Donde estudio, Colegio Nacional,
tiene los pisos y los techos rotos;
y en las paredes hay mil porotos
que nadie se ha ocupado de arrancar.

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de «Postales quilmeñas”» (inédito)

Roberto E. Rocca

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LAS PASIONES

Parecería que viviéramos una época de indiferencia, de una moda en la que debería imperar la frialdad, el distanciamiento, la mirada crítica. De algo así intentaron convencernos los posmodernos. Sin embargo, por suerte, queda gente que se apasiona. Bien o mal, los barras bravas del fútbol por ejemplo, qué detestables son, pero sin embargo reivindican la pasión.

Una amiga mía se apasiona con la improbable datación del pleistoceno, y a mí me da una sana envidia. Otra se apasionó durante años con los usos del tiempo imperfecto en los verbos, y yo la escuchaba estupefacta. El peronismo, creo que ya no, pero fue, una pasión de los argentinos, como el fútbol, lo dijo alguna vez Cortázar. Todos recordamos cuando en las canchas los hinchas se ponían a cantar la marchita de los muchachos, y participaban así de lo orgíastico. La orgía seduce porque el individuo pierde su individualidad para fundirse en la multitud, y eso pasa en las canchas y en las grandes manifestaciones y en los conciertos de rock, en la ópera y en los toros, y en tantas otras cosas o ideas.

El nazismo, el fascismo, el comunismo, el sionismo, las religiones, sobreviven gracias a su conexión con el ansia orgiástica del individuo que no soporta la soledad. La pasión es como la zanahoria puesta delante del burro, pero qué bueno, qué bueno, poder apasionarse aún cuando todo sea mentira, aún cuando la zanahoria sea virtual y ni siquiera de carne y hueso. Qué es la pasión erótica sino el ansia de confundirse, de fundirse, de irse en el otro. Se vive más, en otra dimensión, cuando nos apasionamos.

Reivindiquemos la pasión aunque haya pasiones detestables y deleznables, aunque hayamos llegado demasiado tarde a un mundo demasiado viejo, y creo que esta frase es de Alfred de Musset en una novela maravillosa que se llama La confesión de un hijo del siglo, escrita hace como doscientos años. Iba a escribir sobre otra cosa, quizás de la feria del libro, pero me dejé llevar por la pasión, y bueno, hasta aquí llegué. Sepa el sufrido lector perdonar este arrebato pasional.

Leda Schiavo

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PULGARCITO EN LA «SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO»

¿Qué habría de nuevo en esta concepción de la sociedad del conocimiento
que no lo tuvieran los tiempos de Kant, a fines del s. XVIII,
o los tiempos de Husserl, a comienzos del s. XX?
Horacio González
Buenos Aires, La Biblioteca 4-5, verano 2006

Charles Perrault (1628- 1703), poeta, filósofo, detractor de la antigüedad clásica, es recordado por ser el adaptador de los relatos folclóricos Los cuentos de Mamá Oca recopilados por su hijo Pierre. Carlos Alberto Cornejo (Las botas para dar un salto, epílogo de Pulgarcito, Barcelona, Planeta, 1979), observa que con Perrault, bajo distintas apariencias, "surge el personaje clave de los tiempos modernos: el trepador social". Se está refiriendo a Pulgarcito, Cenicienta y el Gato con Botas. Sin desestimar la preocupación acerca de quién escribió los cuentos de Perrault y la ineludible consideración de que los cuentos populares también están organizados en torno a un corpus de censuras sociales expresadas bajo forma simbólica, además del velo (o chal) que el psicoanálisis nos permite descorrer para desanudar las claves de lo edípico (Marc Soriano, La Literatura para Niños y Jóvenes), haré detalle aquí de las tensiones sociales que los cuentos populares expresan.

Dice Cornejo que en Los Cuentos de Mamá Oca "la acción transcurre entre dos sitios: el campo o el bosque, y la Corte del Rey. Entremedio, la posibilidad de dar un salto (¿con las botas de siete leguas?) y tender un puente que cubra distancias económicas tan insalvables que hacen indispensable la participación de un hada madrina. Y las hadas, ¿acaso no se visten igual que Mme. Pompadour?" Y para continuar con las analogías de clase o extracción social que establece Cornejo, tenemos a mano estas otras: un buen par de botas convierten en Señor a un pobre gato; un zapato de cristal transforma a una empleada doméstica en princesa; el Ogro comeniños encubre al Señor Feudal de quien el campesino depende económicamente y que, al apoderarse de sus botas, las pone al servicio del Rey. "El salto que da Pulgarcito -agrega Cornejo- supera un terreno que costó varios siglos al hombre europeo, de la sociedad feudal a la monarquía". Trayecto en el que mediara sangre y muerte y la clara conciencia perraultiana de estar viviendo el fin de un sistema y el principio de otro.

A una, descendiente de un mundo eurocentrista devenido capitalista salvaje, la Madre Oca se le aparece como aquella vieja narradora ante quien se necesita un oído tan entrenado como el de Perrault, "repetido narrador del salto", para vincular épocas en contextos múltiples (económicos, políticos, culturales, sociales). Un salto que logre salvar las distancias que han estado separando artificialmente los grandes relatos de los mínimos. Porque no es cierto que la llamada sociedad del conocimiento pueda hacerse cargo de todas las modalidades del conocer y de la redefinición completa de todos los horizontes de lo social. Porque ya no deberíamos seguir comportándonos como si estuviéramos dice Horacio González- "ante una posibilidad doble, la de pasar en limpio toda la cultura heredada a nuevos símbolos de almacenamiento, y que del conocimiento así entendido (como planicie intelectual infinita y sin relieves) pudiera extraerse sin más una idea completa de sociedad sin conflictos, autoeducada en una felicidad abstracta". Porque el trayecto que estamos recorriendo no es sin sangre y el sistema que cae no lo hace de manera virtual sino en lo más real de la materia existente y en varios frentes de lucha al mismo tiempo, aquí , donde las voces que narran el Cuento que no cesa, están vivientes, viven, vivirán, aún, para contarlo.

Alicia Silva Rey

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DESDE LA BUTACA: Lo más nuevo del cine argentino

El Bafici sigue constituyendo la vidriera más importante para presentar las novedades del cine argentino, aunque el Instituto de Cinematografía no parece darse cuenta de ello, y se obstina en desconocer su importancia y le niega su apoyo, tan generoso sin embargo para otros fines menos meritorios.
En su última edición, el Bafici demostró que la oferta de cine argentino sigue siendo muy amplia y diversa. Las nuevas películas no sólo incurren en el minimalismo, que tanto irrita a los críticos reaccionarios, sino que hay películas narrativas, costumbristas, documentales, experimentales y demás. Para todos los gustos. Lo cual de ninguna manera quiere decir que la variedad vaya unida a pareja calidad. Los hay buenas, regulares y peores.

Una de las ganadoras de la Competencia Argentina fue Música nocturna, la última realización de Rafael Filippelli. Sentido film de ficción con una enorme deuda a la nouvelle vague, y un glorioso homenaje a una Buenos Aires nocturna pocas veces tan bien fotografiada. Mentor de jóvenes realizadores estudiantes de la FUC, algunos vieron en El hombre robado, de Matías Piñeiro, un epígono de Filippelli, pero todo lo que el maestro tiene de vivido y autobiográfico suena a falso e impostado en el discípulo. El premio fue compartido con Canadá, de Jorge Perrone, el padre del cine independiente. Una historia muy simple, en la línea oriental que había iniciado el director en Tarde de verano: una joven sufre ante la posibilidad de que su novio chino vuelva a emigrar, esta vez a Canadá. Minimalismo influenciado por el cine oriental, el film tiene tanto de fresco como Música nocturna de intelectual.

Precedida de su triunfo en el Festival de Mar del Plata llegó M, de Nicolás Prividera, documental de un joven que investiga las actividades y desaparición de su madre bajo el poder de la dictadura. El film cuestiona en cierta manera el accionar de toda una generación, como ya lo había puesto en tela de juicio el film de Albertina Carri, Los rubios. Polémico, tan intenso como irritativo, resulta un film bien realizado que está suscitando todo tipo de réplicas.
Otra multipremiada fue Estrellas, de Federico León y Marcos Martínez sobre un pintoresco personaje que dirige un centro cultural en la villa de Barracas. Otro documental para discutir si se lo toma en serio o se trata de una ironía.
Premiada en Berlín, El otro, de Ariel Rotter, me pareció un globo inflado por la publicidad y cierto snobismo vernáculo y europeo. Un abogado en crisis ante un embarazo inesperado y un padre enfermo decide ausentarse un par de días en un pueblo del interior, tomado otro nombre. En esa mini vacación, el hombre sacude su rutina: duerme al aire libre, tiene sexo casual, salva a una vieja de morir sofocada. Algunos vieron en éste un film sobre la identidad. Yo vi un film menor con un guión flojo, sostenido sólo por la presencia de Julio Chávez, en otro de sus personajes circunspectos e introvertidos, en los que corre el riesgo de estereotiparse.

No es eso todo. Entre otras, también pudimos ver la comedia Las mantenidas sin sueños y el film retro-futurista La antena, pero encontrarán mis reseñas más largas en www.OtrosCines.com.

Josefina Sartora

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TEXTOS de OTROS


Frank Kafka



ANTE LA LEY

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá. - Es posible - contesta el guardián -, peero ahora no. La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice: - Si tantas ganas tienes - intenta entrarr a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista. El campesino no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del guardián, con su pelliza, su nariz grande y aguileña, su larga barba de tártaro, rala y negra, le convencen de que es mejor que espere. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta entrar un sinfín de veces y suplica sin cesar al guardián. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final siempre le dice que no todavía no puede dejarlo entrar. El campesino, que ha llevado consigo muchas cosas para el viaje, lo ofrece todo, aun lo más valioso, para sobornar al guardián. Éste acepta los obsequios, pero le dice: - Lo acepto para que no pienses que has oomitido algún esfuerzo. Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo le engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que brota inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián tiene que agacharse mucho para hablar con él, porque la diferencia de estatura entre ambos ha aumentado con el tiempo. - ¿Qué quieres ahora - pregunta el guardiián -. Eres insaciable. - Todos se esfuerzan por llegar a la ley - dice el hombre -; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar? El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora: - Nadie podía intentarlo, porque esta pueerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla..

***

Julio Cortázar



LOS EXPLORADORES

Tres cronopios y un fama se asocian espeleológicamente para descubrir las fuentes subterráneas de un manantial. Llegados a la boca de la caverna, un cronopio desciende sostenido por los otros, llevando a la espalda un paquete con sus sandwiches preferidos (de queso). Los dos cronopios-cabrestante lo dejan bajar poco a poco, y el fama escribe en un gran cuaderno los detalles de la expedición. Pronto llega un primer mensaje del cronopio: furioso porque se han equivocado y le han puesto sandwiches de jamón. Agita la cuerda y exige que lo suban. Los cronopios-cabrestante se consultan afligidos, y el fama se yergue en toda su terrible estatura y dice: NO, con tal violencia que los cronopios sueltan la soga y acuden a calmarlo. Están en eso cuando llega otro mensaje, porque el cronopio ha caído justamente sobre las fuentes del manantial, y desde ahí comunica que todo va mal, entre injurias y lágrimas informa que los sandwiches son todos de jamón, que por más que mira y mira, entre los sandwiches de jamón no hay ni uno solo de queso.

***

Anna Akhmatova



[...] En esta época [1889], los aviones ligeros (que eran -como todo el mundo sabe- como tablas) volaban alrededor de una contemporánea mía ligeramente curvilínea y oxidada: la torre Eiffel. A mí me parecía como un gigantesco candil, perdido por un gigante en medio de una ciudad de enanos, algo así como un símbolo gulliveresco. Y a nuestro alrededor rugía el triunfante y recién nacido cubismo, al cual Modigliani permanecía ajeno. Marc Chagall ya había traído a París al mágico Vitebsk y Charlie Chaplin -sin ser todavía una estrella, sino un joven desconocido- vagaba por los bulevares parisienses ("El Gran Mundo" --como se denominaba entonces a la cinematografía permanecía todavía elocuentemente silencioso). "Y en el Norte, a gran distancia..." morían en Rusia León Tolstoi, Vrubel, Vera Komissarzhevskaia; los simbolistas se declaraban a sí mismos en estado de crisis y Aleksander Blok profetizaba : Oh, si vosotros, niños, conocierais simplemente / el frío y la oscuridad / de los días que han de venir... Las tres ballenas, sobre las que descansan ahora los años veinte -Proust, Joyce y Kafka- no existían todavía como mitos, porque permanecían con vida como personas. Yo estaba firmemente convencida de que un hombre como Modigliani acabaría por hacerse famoso [...]

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Fragmento del artículo "Amedeo Modigliani", publicado por la Revista de Occidente en diciembre de1975 (nº 2, tercera época). Anna Akhmatova (1889-1966) fue, posiblemente, la autora lírica más importante en la historia de la cultura occidental. Murió en Moscú y su obra "Requiem" es un grito único, mantenido y estremecedor, que expresa su respuesta a una vida bajo el terror staliniano.
El manuscrito de este ensayo apareció en la Biblioteca Pública de Nueva York.

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Todo delSUR

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