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BOEDO
Graciela Reyes
DE TRES ALARMAS DE SATURACIÓN (cuestionables)
Fernando Anguita B.
QUILMEÑOS
Miguel Ángel Morelli
LA ORILLA QUE SE ABISMA
Alicia Silva Rey
LENTITUDES
Néstor Tellechea
CORRESPONDENCIA AMOROSA
Jorge Cabrera
DESDE LA BUTACA
Josefina Sartora
OTROS
Feyerabend / Hawkings
fab5V-9
BOEDO
Mi amiga sufría de un mal de amor, y yo, intentando distraerla, la convencí de ir una noche a un bar nuevo del barrio de Boedo. Descubrí el bar en un folleto turístico. Boedo —el barrio de las calles arboladas, los patios enormes, el olor a madreselvas, los cafés entrañables y el tango— está de moda. Hasta vienen turistas a comer bifes y escuchar tangos en los viejos restaurantes, remodelados para que sigan pareciendo viejos. Qué entenderán los turistas. Nada. Boedo no es de todos.
El bar, o pub, como lo llamaba el folleto, funcionaba en una casa vieja. No había carteles, la puerta estaba cerrada, había que tocar el timbre. Cuánto secreto. Nos fuimos las dos de punta en blanco.
Si no hubiéramos llevado el número de la casa anotado en un papel, no nos habríamos atrevido a tocar el timbre, porque estaba todo en penumbras y silencioso. Nos abrió la puerta un joven vestido de negro. Preguntamos si estaba abierto. “Sí, claro”, dijo el joven. Entramos. El vestíbulo tenía unos vitrales que, si hubiera habido un poco más de luz, habrían sido magníficos, estoy segura. En la habitación de la izquierda, que era inmensa, había un largo bar, y detrás del bar dos jóvenes que nos miraron con cierto recelo. En el lado en que la enorme habitación tenía un ventanal a la calle había varias mesas, y allí estaban reunidas, en un solo grupo, varias personas, charlando y bebiendo. No hicieron el intento de dejarnos pasar hacia una de las mesitas vacías, y tuvimos que volver al vestíbulo, donde había unos sillones. Le pregunté al que nos había abierto si podíamos sentarnos allí, y me dijo por supuesto, que donde quisiéramos. No sé si estaba asustado, asombrado o avergonzado. Los sillones eran incómodos, de esos que parecen tener dentro el esqueleto de un dromedario. Pedimos un Campari y un Ballantines, y el chico nos dejó sendas botellas, casi llenas, sobre la mesa. En la habitación de al lado hablaban mucho. No sé de qué hablaban. Cuento esta historia por si alguien puede decirme todo eso que me falta saber. Es una de las razones por las que uno cuenta historias, a veces.
Tomamos varias copas, sirviéndonos de nuestras botellas, sin comer nada, porque no nos dieron nada. Ya pasadas las once de la noche, llegó un hombre con mucho pelo y zapatos de charol. Llevaba en la mano una guitarra. Más tarde apareció una joven con un vestido de noche más bien escandaloso, y al rato llegaron dos mujeres más, una de ellas con una gran carrocería cubierta de perlas, la otra pequeñita y desflecada, casi invisible. Después de la medianoche entraron un joven con un violín y otro con un estuche grande, de contrabajo. Ni nos miraron. Los músicos y la mujer despampanante desaparecieron en la sala grande, o más adentro, quizá, porque la casa seguía, tenía que tener por lo menos dos patios y varias habitaciones, una detrás de otra.
De la sala grande llegaba el ruido de copas, de voces, y de tanto en tanto veíamos pasar a los jóvenes de negro, llevando bandejitas. Yo diría que cada vez había más silencio. No estoy segura. Nosotras no hablábamos. Estábamos atentas. A qué, no sé.
Así pasaron una hora, dos horas. Cuando mi botella de whisky estaba casi vacía cruzó el vestíbulo, con paso veloz, la mujer del vestido de fiesta. Me parece que lloraba. El vestido era de color bordeaux, ajustadísimo. Cerró la puerta de cancel con mucho cuidado y desapareció en el zaguán. Un viento suave estremeció los vitraux y pude adivinar mejor las figuras pintadas.
Por fin apareció el chico que nos había abierto la puerta y le quisimos pagar para irnos. Dijo que no era nada, por favor. Así dijo, que no era nada, por favor, y nos fuimos. Afuera, la noche estaba muy linda. Había olor a agua, a hojas de árbol, a estrellas, porque las estrellas tienen olor en Buenos Aires, un delicado olor cósmico, hecho de infinitas incertidumbres. __________
Graciela Reyes
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DE TRES ALARMAS DE SATURACIÓN (cuestionables)
En química se dice que una solución está saturada cuando no admite más soluto. Lo que se le añada a partir de entonces no se integra en ella, no se disuelve ya.
Desde la intromisión de la informática en mi quehacer cotidiano, tres inquietudes me persiguen. Sus antecedentes, sustanciación, y preguntas consecuentes, fueron y son los que siguen.
- Antecedentes:
- El folleto de instrucciones de la primera máquina calculadora programable que conocí, y por la que supe lo que era (y sigue siendo) el googol.
- Un autor integrado en lo que se llamó el "boom" latinoamericano, de quien leí un relato corto que trataba del crecimiento desaforado y universal de escribidores.
- El "oficio" de indagación de argumentos nuevos —nunca desarrollados antes— que ejercía una mujer, víctima ignorante de que sus últimos días de vida estaban siendo filmados en directo.
- Sustanciación:

- El googol —número que resulta de elevar 10 a la potencia 100, o sea, la unidad seguida de cien ceros—, es una cantidad de tal magnitud que al parecer no existe nada en nuestro mundo que lo alcance. Si el lector piensa que los granos de arena de todas la playas de la tierra, sumados a los de las playas de todos los planetas, andarían cerca, que abandone la idea. Piense mejor en algo infinitamente más pequeño que el grano de arena, en el átomo de silicio que lo “sustancia”. Pues bien, el diámetro que habría de tener una esfera saturada por un googol de átomos de silicio excedería los noventa millones de años luz.
- El crecimiento de escribidores aficionados provocó un derroche de papel gigantesco: borradores inútiles circularon por las alcantarillas y terminaron en los mares, saturándolos hasta desecarlos.
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La mujer que oficiaba de indagadora se pasaba horas suministrando a su ordenador los esquemas de argumentos más estrafalarios que se le ocurrían. Todos le fueron rechazados porque ya habían sido escritos, hasta que al parecer dio con uno y ya nunca siguieron más.
- Todavía hoy me pregunto:
- ¿No fue una afirmación aventurada, solo propia del arranque del mundo de los “bits”, poner el googol como límite?
- ¿Quién fue el autor de aquel cuento? Estuve convencido de que era Cortázar, hasta que no pude encontrarlo repasando los libros que tengo de él. Mis amigos argentinos no me sacaron de dudas. Tampoco otros doctos y apasionados lectores que conozco. Nada en la WEB entrando con escribidores + mares desecados y/o Cortázar, Vargas Llosa, Lezama Lima, García Márquez, Cabrera Infante…
- ¿Es posible encontrar un argumento que plantee una situación que no repita otra o fragmentos de otras que ya fueron escritas?, porque si no es así, ¿para qué continuar escribiendo ficciones?
- A lo que suelo responder(me):
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No lo fue, pero por si acaso ya tienen carta de naturaleza los imposibles "googolplex" (10 elevado a un googol) y "Pno" (un googol elevado a sí mismo), ambos inescribibles fuera de la notación exponencial. No existen límites: los “limitados” somos nosotros.
- Ha de haber más de un lector que recuerde aquel cuento y que sea capaz de recordar quién lo escribió. Hasta puede suceder que ese lector lo sea de estas líneas y que quiera tomarse la molestia de hacérmelo saber.
- Continuaré y continuaremos escribiendo aunque solo sea porque la función de la novela —del “arte”, en palabras del recién fallecido Robbe-Grillet— es traer al mundo preguntas (y también, quizás, en su día, respuestas) que no se conocen aún a sí mismas.
Pero esta página ha alcanzado su punto de saturación sin nombrar siquiera al hijo "natural" de googol, a quien más de medio mundo invita a su casa a diario. Será en otra ocasión.
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-- Cartel de la película La mmuerte en directo, de Bertrand Tavernier (1979)
Fernando Anguita B.
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QUILMEÑOS
Hace un par de semanas, y respondiendo a una invitación de la comisión de cultura del banco Credicoop, con Chalo Agnelli y Roberto Rocca compartimos una mesa adonde se habló de la historia de Quilmes. Para ser del todo honesto, del tema hablaron ellos, porque como no soy historiador —y Dios me libre de serlo— mi contribución se limitó a una suerte de homenaje a esa enorme de cantidad de hombres y mujeres de la cultura que no habiendo nacido en la ciudad la han adoptado y enriquecido con su labor.
Podrá resultar curioso, pero buena parte de la historiografía local se la debemos precisamente a autores llegados de otros lugares: Guillermina Sors (Quilmes colonial) fue platense, José Cravioto (Quilmes a través de los años) nació en la Boca, Palmira Bollos Cabrios en Paraná y Juan Carlos Lombán (Nueva historia de Quilmes) en La Colina, partido de General Lamadrid. También son quilmeños por adopción los músicos Julio Lacarra y Chany Suárez (Capitán Sarmiento), Julio Urruty (Puerto Madryn), Paco Garrido (Ashpashinchi, Santiago del Estero), Argentino Luna (General Madariaga) o Juan Carlos Godoy (tresarroyense autor del mítico La Biblia del no menos legendario Vox Dei). Sigo. ¿Existe alguna disciplina que sea más representativa de nuestro distrito que las artes plásticas? Seguramente no. Y bien, entre los muchos creadores que no nacieron en este suelo citaré a Leandro Manzo (Santa Cruz), Aldo Serveri (la Boca), Ludovico Pérez (Ingeniero Allen, Río Negro), Pedro Ricci (Italia), Angel Ottonello (Huanguelén, provincia de Buenos Aires) o Tito Ingenieri (Mataderos), y todo por no hablar de Carlos Morel, que era porteño. Si de escritores se trata, Liliana Guarago nació en Buenos Aires, Mercedes Hendriksen en San Antonio de Areco, Carlos Eusebi en Italia, Aníbal Gordillo en La Banda (Santiago del Estero), Carlos Patiño en Caballito y Griselda Gambaro "en algún lugar entre la Boca y Barracas", según sus propias palabras (por si queda alguno que no lo sepa, diré que esta ilustrísima vecina de Don Bosco es sin duda la dramaturga más importante que haya dado nuestro país, reconocida y admirada en el mundo entero).
Por lo demás, si hablamos de educación resulta imposible no mencionar al bibliotecario Carlos Maier, oriundo de Munderkingen (Alemania), a cuyo amor por nuestra ciudad le debemos la edición de muchos libros sobre el Quilmes de antaño (López y Craviotto incluidos). O a Joseph Stevenson, que nació en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) de familia escocesa y fundó el colegio San Jorge (se cuenta que cuando Stevenson se sintió morir, estando en Cannes y ya jubilado, inmediatamente se embarcó a la Argentina pues quería hacerlo aquí, y efectivamente así fue, al día siguiente de llegar en 1936: sus restos están en el cementerio disidente). Y cómo no hablar de Doroteo Yoldi, catalán que fundó la primera escuela secundaria que tuvo esta ciudad (San Luis Gonzaga, origen del Colegio Nacional), del boquense Agustín Bottaro (nieto de italianos, docente, fundador del Colegio Comercial) y de Ester Ross, aquella docente inglesa que fundara el Quilmes High School.
Según cuenta la leyenda, el "mal del sauce" atrapa a quienes se tienden a dormir la siesta bajo su sombra: al despertar descubren que se han enamorado del lugar y ya no pueden abandonarlo. Que no nos resulte extraño, entonces, porque ya sabemos que aquí sauces son lo que sobra. __________
Miguel Ángel Morelli
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LA ORILLA QUE SE ABISMA
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— La pantalla es un campo de prueba donde la materia trabaja. El cielo, el agua, el aire, la tierra, los animales domésticos, los instrumentos de trabajo, el hombre. Sentarse en la butaca del cine y prestarse a su advenimiento. La materia herida por los fulgores de su propia indecibilidad. La opacidad del mundo restallando en colores creados por la luz en el tiempo. La toda luz de una creación danzante en la materia recién nacida. Lo inminente ahí, delante de los ojos, en la oscuridad del cine. Lo que sucede es el tiempo material donde toda palabra parte, efímera, al encuentro de su ser en la luz. En el principio fue el poema pero era tan difícil pronunciarlo. Entonces tuvimos los colores, las formas, los objetos tallados por la luz en la materia informe. Cuando la primera mirada se posó en esa cuna del saber metafísico y no pudo callarlo, nacieron las cunetas del conocimiento que enmascararon tal vez sin querer el ritmo de la materia trastornada pero no la poesía verdadera. Dirán que nadie sabe qué cosa es la poesía verdadera. Es cierto, nadie lo sabe. Pero, de todas las religiones, las filosofías, las ciencias y las artes, sin desestimar nada e incluyendo el conocer en cada acto de la brizna humana, se ha desprendido, se desprende —y por ella nacieron—, la poesía verdadera. De eso se trata, creo, este cine que Gustavo Fontán funda, claro que no solo, pero el rigor y el riesgo de mirar sin atenuantes corre por su cuenta.
- — Los sonidos: el río, el viento, los pájaros, la lluvia, el árbol, las puertas y ventanas en sus goznes, el silencio, la sombra de las colinas sobre el plano púrpura o ciclamen. Y también: el árbol en la lluvia, el río en el silencio, el viento en los pájaros, la sombra purpúrea en los goznes.
Ha de haber quienes no podrán tolerar la sólo acústica del paisaje en la pantalla. Esperarán en vano un decir que ha de llegar, por último, en la voz de Juan L. Ortiz, desde un fondo que se evapora, entonando su poema con el ritmo que la película de Fontán habrá estado modulando antes de ponerle palabra.
- — Lo fuera-de-foco es aquello que se abisma a la orilla de la propia mirada. Por el plano móvil de la pantalla, el espectador busca la inminencia del límite, se topa con el devenir de un tiempo sin orillas. Los objetos que la materia arroja… este cine los atrapa como el agua versátil de un río, los torna disponibles, suscita la posibilidad de nombrarlos nuevamente hoja, ola, piedra, lluvia, pétalo, temblor.
Fluir de la materia en la conciencia. Las herramientas del conocer crujen. Hay un desacomodamiento que no involucra sólo la visión o la experiencia cinematográfica. Una espectadora, en la función del miércoles 16 de abril, Bafici, Hoyts Abasto, preguntaba durante el debate de cierre de la proyección cómo se había logrado obtener esas imágenes, indagaba acerca de la manera de mirar que acució a esta película (ella empleó la palabra "visión"), cómo se logró plasmar esta visión, dijo, de la materia cognoscible, concebible.
- — Despiertos, ellos duermen. HERÁCLITO.
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Fotografía: LUIS CÁMARA
Sonido: ABEL TORTORELLI
Montaje: MARIO BOCCHICCHIO y GUSTAVO SCHIAFFINO
Asistente de dirección: JUAN GARCILAZO
Prod. Ejecutiva: STELLA M. CZERNIAKIEWICZ
Guión y dirección: GUSTAVO FONTÁN Alicia Silva Rey
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LENTITUDES
Es un día pálido y mis ganas de pensar escribiendo, empujan y se arrepienten. El país está sometido al humo caprichoso de la ambición. Prueba incesante de que aquel que puede, quiere hacer más plata que preguntas. ¿Qué de los futuros mejorados de los que se habla y no se alcanzan? ¿Qué del derecho a buscar, que ya ni siquiera a encontrar, otra mejor realidad argentina para muchos más?
Según Juan Gelman (y no tengo porqué dudarlo) la poesía es palabra calcinada. Este sentimiento razonado, resulta inhallable para las encendidas justificaciones de arriba, o para la asfixiante desesperación de abajo.
Hace dos días que no veo carritos por mi casa, y añares que me fui enterando por afuera de mi inconsciencia, de ese país que nunca fuimos, y que por ahora, lo presiento ahogado o perdido de visualización.
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Néstor Tellechea
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CORRESPONDENCIA AMOROSA
Si bien no todas las cartas llegan al
destinatario, todas llegan a destino.
Jacques Lacan
¿A quién pertenece la carta? ¿Al que la escribe? ¿Al que la recibe? La carta es ese género complejo que plantea lo indeciso de la pertenencia: El que escribe se desprende del texto (que nunca fue suyo), se saca de encima lo que escribió por otro, para otro. Y el otro, el “destinatario”, se apropia de las palabras, las hace suyas. Sabe, a su vez, que él ha provocado lo que se dice en el papel; y sabe, ahora, que el otro espera su respuesta. Y ésta es la condición femenina de la carta: el que escribe espera que le contesten, que le escriban. El que escribe, escribe para ser escrito. Es el lenguaje el que hace de mí un sujeto (Benveniste) y es el lenguaje el que hace de mí un objeto (sujeto) de amor.
¿Por qué no tengo tu respuesta? “En vano espero tu palabra escrita”, dice García Lorca en El poeta pide a su amor que le escriba. Necesito esa palabra: “Llena, pues, de palabras mi locura”. La correspondencia posterga el encuentro con el otro. No te tengo a vos, tengo tu palabra. Pero cuando el tiempo pasa en demasía ni siquiera tengo eso. Lord Byron: “Me olvidé de decir que uno de los placeres de leer cartas antiguas es que sabemos que no necesitan contestación.” Con las tecnologías modernas el mensaje amoroso llega inmediatamente, pero la respuesta suele retardarse. Espero que me respondan. Abro una y otra vez mi casilla de correo. Y lo que encuentro, finalmente, no es la letra de mi amado/a. No hay letra del cuerpo de mi amado/a en el mail. No hay el tono que yo quiero escuchar. No hay la música del cuerpo del otro.
En una carta hay ese fantasma, no otra cosa, como lo dice Kafka (el más postergado de los postergados) en su carta de despedida de Milena: “La facilidad de escribir cartas tiene que haber traído al mundo —considerado desde el punto de vista exclusivamente teórico— una terrible perturbación de las almas. Porque es una relación con fantasmas —y no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el propio— la que se va gestando bajo la mano que escribe, en esa carta y, más aún, en una serie de cartas de las cuales una corrobora la otra y puede apelar a ella como testigo. ¡A quién se le ocurrió que la gente puede mantener relaciones por correspondencia!”
Pero, para negar la afirmación de Kafka, la literatura amorosa nos reserva el caso de Tschaikowski y Nadejda von Meck. Pioter y Nadejda comenzaron a escribirse cuando él tenía treinta y seis años y ella, cuarenta y cinco. Ella era una dama aristocrática (que acababa de enviudar y era madre de doce hijos) y se enamoró del músico (o mejor: de su música) cuando escuchó a Nicolás Rubenstein tocar La tempestad. A partir de este hecho, comenzó la amistad entre ambos.
Tschaikowski, por su parte, se verá obligado a casarse con una alumna del conservatorio. El músico había intentado disuadirla confesándole su homosexualidad, pero ella lo amenazó con suicidarse. Después de dos meses atroces de convivencia, y luego de un fallido intento de poner fin a su vida ahogándose, Pioter huyó del lado de su esposa, ayudado por el dinero de Mme. Von Meck. La joven sobrevivió 40 años a la separación y murió en un asilo de locos en 1917.
Mme. Von Meck fijó al músico, una pensión de seis mil rublos anuales. Esto generó en Tschaikowski una descomunal energía creadora y en agradecimiento le dedicó la Cuarta Sinfonía.
La intimidad epistolar (no fue más que eso porque nunca se conocieron personalmente) duró trece años. Tal vez se haya interrumpido porque la von Meck descubrió el secreto sexual de su protegido. En octubre de 1890 también cesó la renta.
Las dos primeras cartas de esta entrega nos llevan a una anécdota común. El texto de Picasso que reproducimos, dirigido a Gabrielle Depayre, aproximadamente en 1915, fue escrito en una acuarela. El romance duró algunos meses. En 1950 ella vendió los desnudos que él le había pintado, pero con las dedicatorias borradas.
Gaby amor mío, es por la escalerita que se sube a tu pieza mi vida yo te amo tú mi dulzura estoy tan feliz contigo mi ángel. Tenerte siempre para mí y para siempre yo no pido más que eso te lo juro. Yo te amo y en todos los colores.
Jorge L. Borges, por su parte, se enteró cuarenta años después que Estela Canto iba a vender en Sotherby´s el manuscrito de El Aleph que él le había regalado durante su enamoramiento (el de él, porque sabemos que fue un amor no correspondido). Borges, al parecer, le dijo lo siguiente como toda respuesta: "Mirá, Estela, si yo fuese un verdadero caballero, me pegaría un tiro de inmediato así se duplicaría el valor del manuscrito". La correspondencia amorosa de Borges a Estela Canto se resume en 14 tarjetas postales enviadas durante la década del ’40.
Miércoles cuatro
Estela adorada:
Indigno de las tardes y las mañanas, hateful to myself, indigno de los días incomparables que he pasado contigo, indigno de los lindísimos lugares que veo (el Hervidero, el Uruguay, las cuchillas con algún jinete, las quintas), paso días de pena, de incertidumbre. No he recibido una línea tuya. Pienso en algún inverosímil contratiempo postal, no sé con qué inflexión escribirte, no sé quién soy ahora para ti. Vanamente procuro conciliar tu cariño y tu cortesía de ayer con tu silencio de hoy. No te pido explicaciones, te pido un signo de que aún existo para ti, de algún modo. El viernes estaré en Buenos Aires. ¿Habré de repetirte que te quiero y que podemos ser muy felices? Estela, no me dejes así.
Tuyo, muy solo.
Georgie.
He concluido, bien o mal, tu cuento.
Lejos del registro pudoroso de Borges, James Joyce es, unos años antes, tan osado en su literatura ficcional como en las cartas dirigidas a Nora Barnacle. El autor del Ulises había conocido al amor de su vida en una calle de Dublín, el 10 de junio de 1904. A la semana siguiente volvieron a encontrarse; ese día James se enamoró de Nora. Al parecer, las cartas fueron casi lo único que ella conoció de la literatura de Joyce. A medida que la relación progresaba, también avanzaba el tono ¿obsceno? de la correspondencia. En una carta fechada el 6 de diciembre de 1909, el escritor le dice a su amada: “Imagino cosas muy sucias, que no escribiré hasta que vea qué es lo que tú me escribes”. Esas cosas son dichas tres días después y en sucesivas esquelas que el escritor le envía aun cuando estén casados y viviendo en la misma casa.
9 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín
Mi dulce sucia pajarita cogedora. Aquí está otra nota para comprar bragas bonitas o ligueros o ligas. Compra bragas de puta, amor, y trata de perfumarlas con algún suave aroma y de decorarlas también un poquito por atrás.
Pareces ansiosa de saber cómo recibí tu carta que dices es peor que la mía. ¿Cómo que es peor que la mía, amor? Sí, es peor en una o dos de sus partes. Me refiero a la parte en la que dices que lo harás con tu lengua (no me refiero a que me chupes) y en esa amable palabra que escribiste tan grande y subrayaste, pequeña pícara. Es estremecedor escuchar esa palabra (y una o dos de las que no escribiste) en los labios de una chica. Pero ojalá hables de ti y no de mí. Escríbeme una carta larga, larga, llena de esas y otras cosas acerca de ti, querida. Ahora ya sabes cómo parármela. Dime las cosas mínimas acerca de ti tan minuciosamente como sean de obscenas, sucias y secretas. No escribas más. Deja a cada oración llenarse de sucias palabras y sonidos sin recato. Son lo más amable de oír y de ver en el papel, porque las más sucias son las más bellas.
Las dos partes de tu cuerpo que hacen las cosas más sucias son las que yo más quiero. Prefiero tu culo, querida, a tus tetitas porque hace cosas más sucias. Si amo tanto tu concha no es por ser la parte de tu cuerpo que penetro, sino porque hace otra cosa sucia. Puedo pasar todo el día acostado masturbándome en la contemplación de la divina palabra que escribiste y la cosa que dices quisieras hacer con tu lengua. Ojalá pudiera oír a tus labios murmurando esas poderosamente excitantes palabras obscenas, ver tu boca haciendo ruidos y sonidos lascivos, sentir tu cuerpo agitándose debajo de mí, oír y oler los gruesos sucios pedos de muchacha ir pop pop fuera de tu hermoso culo de muchacha desnuda y coger, coger, coger, coger a mi ardiente culo sucio de pajarita cogedora por siempre.
Estoy contento ahora, porque mi putita me dijo que quiere entregarme su trasero, y quiere que la coja por su boca, y quiere desabotonarme y sacar mi palito y mamarlo como una teta. Más y más sucias que éstas quiere mi pequeña cogedora desnuda que le haga, mi perversa excitable amante, mi dulce pedorrita obscena.
Buenas noches mi conchita, me voy a acostar y pajearme hasta acabar. Escribe más y más sucias cosas, querida. Acaricia tu conchita mientras me escribes para hacer peor y peor lo que escribes. Escribe grandes las palabras obscenas y subráyalas y bésalas y ponlas un momento en tu dulce sexo caliente, querida, y también levanta un momento tu vestido y ponlas abajo de tu querido culito pedorro. Haz más si quieres y mándame entonces la carta, mi querida pajarita cogedora del trasero café.
Jim
En principio, una carta de amor no se escribe para ser publicada (para que se haga pública); la carta de amor se escribe (ya sea que la redacte el enamorado o se produzca por encargo) para uno/a solo/a. Es un texto aristocrático por naturaleza. Pero al ser arrojada a una masa de lectores, la carta se expone como en una vidriera, pierde su costado más excitante: su intimidad. Lo oculto se vuelve evidente.
Sin embargo, es gracias a la revelación del secreto (a la manifestación que nos convierte en voyeurs) que hemos podido leer gran parte de la buena literatura amorosa que se nos negaba. He ahí nuestra ganancia. __________
BIBLIOGRAFÍA:
Barthes Roland. Fragmentos de un discurso amoroso, México, Siglo Veintiuno Editores, 1998. Russo Edgardo y D'Onofrio Diego. Cómo se escribe la carta de amor, Buenos Aires, El Ateneo, 1995. Schuster M. Lincoln. Las grandes cartas del mundo, Buenos Aires, Compañía Editora del Plata, 1942. Viola Liliana. Amores para armar, Colección de cartas de amor, Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1992.
Jorge Cabrera
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DESDE LA BUTACA:
sobre «La orilla que se abisma»
Dirigida por Gustavo Fontán
...De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes,
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
J.L.Ortiz, Fui al río
Es muy arriesgada la propuesta de Gustavo Fontán en su última película, presentada en el BAFICI: un homenaje a la poética de Juan L. Ortiz, realizado con imágenes visuales y auditivas puras, tomadas de la naturaleza, sin participación de la voz humana. Imágenes del río Paraná, de las costas y orillas del Entre Ríos natal que cantara el poeta, figuras humanas apenas entrevistas entre la niebla, y los sonidos de la naturaleza fluvial, captados y trabajados con extrema sutileza: el fluir del agua, el viento sacudiendo las ramas, la lluvia sobre el río, el cantar de las ranas, de las cigarras, de los pájaros. Y la propuesta tiene éxito: el resultado es un film de un atractivo y belleza poco usuales.
Fontán deja de lado el escaso aspecto narrativo que todavía tenía su film anterior, El árbol, y tampoco opta por realizar un documental convencional sobre el escritor. Realiza una inteligente experimentación con la imagen natural, valiéndose de múltiples técnicas: planos fuera de foco, superposición de imágenes, mezclando noche y día, sólido y líquido, hombre y naturaleza, practica anamorfismos en las tomas, reiteraciones, fundidos, etc. Dice Fontán que La orilla que se abisma está planteada como un viaje, un recorrido por un río. Como un río, las imágenes fluyen líquidas, a veces despacio, otras apresuradamente, con cambios de ritmo e intensidad. Logra con ellas un film altamente contemplativo, que se abisma en un estado hipnótico cercano a la meditación, como la induce la poesía de Juanele.
Tal vez se le pueda reclamar a Fontán que Juanele era sobre todo un poeta del aire, más que del agua o la tierra, y en segundo lugar está la importancia del río en su poesía. Esta apela de manera recurrente a la ascensión, a la verticalidad, y el mismo título del film, tomado de uno de sus libros, refiere a el vacío espacial, y no al líquido. Pero en esos desenfoques, en esas tomas en la niebla, está evocada la liviandad del poeta, lo inasible y etéreo de su poesía, y el aire brumoso al que siempre apelaba. Allí están las tomas de las ramitas leves, las hojitas ingrávidas, para usar los diminutivos tan caros al poeta. Allí está él también, con su figura frágil y mínima, en imágenes tomadas del film La intemperie sin fin, que había realizado Juan José Gorasurreta y que también fue visto en el este último festival. Está allí también su voz, algo quebrada, en un poema que resulta algo alejado de las imágenes que veníamos viendo.
Podría incluso objetarse la inserción de un texto escrito hacia el final del film, interrumpiendo con un poema un particular trip hipnótico, algo que precisamente quería apartarse de lo literario.
Pero ello no impide que ver La orilla que se abisma consista una experiencia única, irrepetible, y tan poco habitual entre nosotros: disfrutar de un film experimental exquisito, lírico y vital.
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Josefina Sartora
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