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TRUCHOS
Miguel Ángel Morelli
SUSANA RINALDI EN CHICAGO
Leda Schiavo
MI ENEMIGO
Graciela Reyes
ENRIQUE ROCCA, una estética propia
Sonia Otamendi
DE LA SENSACIÓN, LA FUGACIDAD Y LA BELLEZA
Beatriz Piedras
TIERRA KOLLA
Ana María Iglesias — Aníbal Gordillo
EN LA LEJANÍA...
Pablo Montagna
fab8
TRUCHOS
¿Qué es la patria? Seguramente no el suelo que se pisa, que eso es apenas un
lugar. Sí el idioma que se habita, la palabra, la lengua sobre la cual se
edifica un destino común. Por eso y no por otra cosa, la lengua, como la vida,
es ágil, dinámica, cambiante. A pesar incluso de los denodados esfuerzos de los
señores académicos, que desde siempre viven luchando a brazo partido por
cristalizarla, quitarle vitalidad y encarcelarla, finalmente, en eso inmensos
mamotretos apodados diccionarios oficiales.
La lengua crece, cambia, se renueva día a día. Y todas la palabras —bueno es
recordarlo— comenzaron siendo “bárbaras” alguna vez, incluidas las del Quijote,
ese magnífico monumento sobre el cual se levantó... el castellano.
De los términos que hemos incorporado los argentinos en los últimos tiempos,
ninguno lo hizo con tanta fuerza como “trucho”. Ignoro cuál fue su origen
preciso (casi con seguridad del lunfardo trucha, cara, caradura), pero pasó con
tal rapidez de la jerga popular al periodismo, y de allí al lenguaje oficial,
que dudo que vaya a venir mañana otra a reemplazarla.
Y es que la palabra trucho (y su correspondiente variante genérica) representa
como ninguna otra al argentino nuestro de cada día. Esto es, lo que somos como
individuos, lo que formamos como grupo, lo que terminamos siendo como
nación...¿Qué no es trucho hoy por hoy? ¿Existe algún lugar en esta bendita
sociedad adonde no haya un diputado trucho, un billete trucho, un programa
trucho, una ley, un juicio, un profesional, una factura que no sean truchos?
¿Queda juzgado, entidad deportiva, canal de tevé, iglesia o repartición pública
adonde no hay un funcionario, un actor, un opinólogo o un curita que no sea
trucho?
Alguna vez, durante los años de plomo, escuché a un personaje (muy influyente
por entonces) utilizar la palabra praxis, y acto seguido pedirle disculpas a la
audiencia por haber apelado a un término “de neto corte marxista”, según aclaró.
Aquel día me desayuné: finalmente, la culpa nunca la tienen los hombres ni las
ideas, sino las palabras. Las pobres, simples y desbaratadas palabras.
¿Leeremos algún día un decreto prohibiendo el uso de la palabra trucho, origen
perverso de todas nuestras desgracias? De ser así, ¿tendremos los argentinos
garantías de que no sea otro decreto trucho?
Miguel Ángel Morelli
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SUSANA RINALDI EN CHICAGO
Por esas jugarretas que tiene la vida, hace más de un año pensé en invitar a
Susana Rinaldi a cantar en Chicago. Se lo dije a alguien que podía organizar el
recital, y después de algunas idas y venidas, la tana Rinaldi vino a cantar a la
Universidad de Illinois. En un lugar feo, en un escenario sin posibilidades, la
magia de su voz y sus movimientos destruyeron completamente las defensas de los
nostálgicos argentinos que estábamos ahí. Hace poco escribí algo sobre lo que
uno siente no tanto al volver como al no estar, ante el retorno postergado, el
viaje perpetuo.
Pero, el pasado, ¿puede volver?
El pasado vuelve a ráfagas, como con el bizcochito de Proust. El pasado vuelve
como un huracán devastador cuando la Rinaldi canta el tango en el frío atardecer
de Chicago. El pasado, que se fue, vuelve hecho presente y al superponer
imágenes, recuerdos, vidas, te ves en enfrentados espejos que te repiten,
melancólicamente empañados, como en los cafés modernistas.
Durante el huracán ves pasar fragmentos del barrio plateado por la luna, del río
color ratón, de la desilusión que no cesa, del quevachaché entre mate y mate,
del después, que importa del después, toda mi vida es el ayer que me detiene en
el pasado...
Uno escribe para atrapar, para estar aquí y allí al mismo tiempo. Pero esto no
se deja escribir, cómo escribir la vida que es igual que un barrilete... ay la
vida, que es algo más que un simple plato de comida... la vida, que va abriendo
heridas.
Dicen que viajando se fortalece el corazón, dice, sin estridencias, Susana
Rinaldi. Creo que a pesar de tanta melancolía, tanta pena y tanta herida, sólo
se trata de vivir... dice después.
Y qué querés, che, uno cae en las jugarretas del destino, la trae a la Rinaldi y
viene ella y te lo revuelve todo. Y uno sigue luchando, buscando lleno de
esperanzas el camino que sus sueños prometieron a sus ansias.
Leda Schiavo
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MI ENEMIGO
El viernes, el campus de la universidad, a media tarde, estaba ya medio vacío.
Había una brisa de verano, ese verano equivocado que reaparece cuando no se lo
espera, y es tan dulce y lleno de nostalgias. Los canteros eran muy verdes, los
árboles centelleaban a la luz, y las flores del campus que son gordas, rojas y
ordenadas, daban al conjunto el aire de algo que ya ha pasado, una cierta
perfección propia del recuerdo y no del presente. Yo estaba en una esquina del
campus, esperando a Mark para ir a cenar. Me dolían los pies de andar todo el
día, y la espalda, un poco, y el hombro donde cuelgo el portafolio y tenía en
los ojos ese ardor que viene de muchas horas de trabajo, y la garganta el deseo
de sentarme por fin ante una copa de vino, desplomarme un poco, reírme, charlar
de la vida.
Mientras estaba así, esperando, vi pasar, por el otro extremo del
campus, a un hombre que no podía verme. No le distinguí la cara, pero supe
enseguida quién era. Reconocería entre miles esa figura y esa manera de caminar.
Hace muchos años que somos colegas en la misma facultad, y no sé cuántos que no
nos dirigimos la palabra más que cuando es imprescindible. Lo observé con esa
delectación que produce el disgusto. Lo ví andar rápidamente, un poco inclinado
pero brioso, con su portafolio parecido al mío. Lo ví arreglarse la corbata como
solamente él. Lo ví sacudir el brazo para mirar la hora, exactamente igual a sí
mismo. Cambiar el paso y volver a retomar el paso y volver a arreglarse la
corbata. Sentí ternura.
Estábamos los dos solos en esa enorme soledad amable,
florecida, propia de los recuerdos y no de la realidad. Éramos como un relato de
nosotros mismos. Pensé que un día, quizá no muy lejano, uno de los dos va a ir al
velorio del otro y va a llorar. Qué pena estar peleada con alguien que transita
por esta misma vida difícil, por esta misma precariedad a veces iluminada por la
esplendidez de la nostalgia, y que encima lee los mismos libros que yo.
Hace años que solamente nos damos los buenos días y solamente nos hablamos en
las reuniones de profesores delante de los demás, y poco. Somos enemigos,
estamos unidos por la enemistad. Pensé, mirándolo, que no me costaría mucho
tenderle la mano, porque ya no es hora de tener enemigos. No quisiera reanudar
la amistad con él, ni es posible querer a quien no se quiere, pero tenderle la
mano y devolverle la palabra quizá sí. Devolverle la palabra: admitirlo en el
diálogo que mantengo con los demás, decirle “te reconozco”, decirle “no te
odio”.
Era tan linda la tarde. Tan conocida esa figura alta e inclinada. Tan parecida a
mí, no solamente en el portafolio, tan parecida a mí porque estoy segura de que,
si leyera esto, me daría toda la razón. Y después, por inercia, seguiríamos
siendo enemigos.
Graciela Reyes
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ENRIQUE ROCCA, una estética propia
“El argentino Rocca habla una lengua culta, abierta a una vertiente de inquietas
simbolizaciones bien congruentes con el país de Borges; moduladas al mismo
tiempo sobre la frecuencia de un gusto refinado que partiendo de los
presupuestos de la gran tradición italiana, puede llegar a dejarse fascinar por
los simbolismos del pasado fin de siecle.”
Podemos leer estas palabras de Enrico Mascelloni publicadas en Presenze 93, en
el catálogo de la exposición que Rocca inauguró el 31 de octubre del 2000 en la
Galería de Arte Lo Sacarabeo, en Buenos Aires, donde muestra pintura y una serie
de originalísimos dibujos.
El argentino Rocca, el quilmeño Enrique Rocca, el joven artista Rocca, es, en
este tercer milenio que hemos iniciado, una suerte del Renacimiento al que
ninguna manifestación artística le es ajena. Quien haya leído sus cuentos o
poemas, quien lo haya oído tocar —también es buen intérprete— en cualquier
instrumento que tenga a mano, —piano, flauta, guitarra, percusión— una música
que puede ir de lo popular a lo culto, o la que él mismo compone o improvisa,
quien haya visto cómo unos pedazos de madera informe que encuentra a su paso, se
convierten bajo sus manos en otra cosa que puede ser una escultura o un original
“mueble de artista”, comprenderá lo que digo.
Y todo lo hace sin esfuerzo, espontáneamente quiero decir, porque detrás de sus
obras hay toda una vida, su vida, dedicada permanentemente al trabajo.
Mientras conversa, el lápiz o la lapicera que tiene en la mano, garabatea curvas
y rectas que al cabo de un momento se transforman en lo que puede ser el boceto
de un magnífico cuadro. Y esta actitud incansable y permanente, se manifiesta en
la cantidad de obra que posee y en el oficio adquirido a lo largo de un trabajo
constante.
Todo esto se percibe, porque está subyacente, ante la contemplación de esta
muestra que nos pone frente a una absoluta coherencia en lo formal y a una
estética propia.
El talento pone lo demás.
Sonia Otamendi
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DE LA SENSACIÓN, LA FUGACIDAD Y LA BELLEZA
Usted puede estar en el campo, en el mar o en la sierra. O ir por la calle, o
salir al jardín, o mirar por la ventan de su departamento. Si por un instante
algo que puede ser tan simple y cotidiano como el vuelo de un pájaro, una hoja
que cae de la rama desnuda, la ondulación de un trigal a mediodía, la expresión
de un rostro, el brillo del agua reflejada en una piedra, la huella que el
viento ha dejado en la arena, si algo de eso lo conmueve, si percibe que las
cosas le están diciendo algo, y puede plasmarlo en tres versos que sumen
diecisiete sílabas, habrá hecho un haiku.
Claro que hay definiciones más rigurosas para esta viejísima manifestación
poética originaria de Oriente, que en el Japón se hizo literatura a través de
Basho, allá por el siglo VII. Estos son datos. Lea un haiku, y deje que las
cosas le digan a través de la mirada y el espíritu del poeta.
Un barrio al sur
Después de tanto andar
La madreselva
A su ventana
No ha retornado el pájaro
De la mañana
Dulce sahumerio
Hechizando la tarde
La flor del tilo
Dónde estarán
Sus ojos de verano
Su voz de lluvia
Beatriz Piedras
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TIERRA KOLLA
Aníbal Gordillo me trajo Tierra Kolla, el libro que escribió en colaboración con
Ana María Iglesias, y que mereciera, este año, la Faja de Honor de la SADE, en
la disciplina Ensayo. Lo hojeé, leí algunos fragmentos al azar: investigación
rigurosa, leyendas, creencias populares, testimonios e historias interesantes a
través de una mirada sensible, buena prosa... y ya no pude dejarlo.
Quisiera
decir más, y quizá en otra edición, pero creo más importante transcribir un
fragmento para que Ud. mismo pueda juzgar.
Sonia Otamendi
HISTORIA DE CATALINA
“Catalina, ¿dónde está el nene?” Y la bolivianita de cara redonda y pelo lacio
renegrido corre por el patio inundado de verde, prolongación del valle umbrío, y
desaparece por uno de los portales oscuros.
“Catalina, pelaste las papas...”
yo te conocí en la casa de los Ontiveros, siempre sonriente, movediza, vivaz,
enfrentado con tu alegría la agria voz de la patrona.
Corre que corre por toda la casa, Catalina hace todos los quehaceres, prepara la
comida, limpia los pisos, lava la ropa, interviene en las bataholas infantiles,
cambia los pañales del chiquitín. La señora simplemente da órdenes y la pequeña
boliviana cumple siempre con una sonrisa, mostrando sus marfileños dientes,
relucientes en su carita redonda, y los ojos donde ríen efímeros sus quince
años.
La señora no es mala, a veces grita. No tiene linda voz, a veces calla.
Comprende que todo el peso de las tareas hogareñas recae en Catalina.
Pensarás en volver a tu Tarija natal, donde está tu familia que apenas conocés.
No te conviene, acá tenés un hogar, te protegemos y tan malos no somos. Valeria
te quiere.
Y Catalina piensa, pese a las severas reflexiones de la señora en su querido
lugar, en la gente pobre como ella que muchos días no tiene para comer.
“¿Catalina, qué estás haciendo? Prendé el fuego que hoy vino gente de Buenos
Aires. Antes pasale un trapo al piso... Catalina, no regaste las plantas. ¿Dónde
está Valeria?...”
Valeria es muy inteligente, piensa Catalina. Ha salido con la gente de Buenos
Aires para recorrer el pueblo. Les servirá de guía. Irán al molino, a los
puentes colgantes, a la cancha de fútbol y les contará a los visitantes sobre la
bolivianita que perdió a su padre. “Está enterrado en Bolivia, pero también en
Santa Victoria. Y en los cementerios de todos los pueblos”.
Valeria no comprende esto. El cuerpo es una unidad y esa dispersión no cabe en
su mente.
Ana María Iglesias — Aníbal Gordillo
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EN LA LEJANÍA...
En la lejanía los pálidos silencios estallarán como un concierto de vidrios
despintados, y dejarán las almas abandonadas un antiguo reproche en los baldíos
de la incomprensión. Avanza la oscuridad con la certeza del pincel más sabio,
delineando en las orillas de tu memoria un algo de ocasos dispersos. Y en la
espesura de la luminosa melancolía terminará tu sombra cayendo sutil, llovizna
creadora de todo sueño, de todo olvido, todo recuerdo.
Pablo Montagna
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