a PORTADA

<Nº 18

Noviembre 2000 — Nº 19

N° 20>


TRUCHOS
Miguel Ángel Morelli

SUSANA RINALDI EN CHICAGO
Leda Schiavo

MI ENEMIGO
Graciela Reyes

ENRIQUE ROCCA, una estética propia
Sonia Otamendi

DE LA SENSACIÓN, LA FUGACIDAD Y LA BELLEZA
Beatriz Piedras

TIERRA KOLLA
Ana María Iglesias — Aníbal Gordillo

EN LA LEJANÍA...
Pablo Montagna

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TRUCHOS

¿Qué es la patria? Seguramente no el suelo que se pisa, que eso es apenas un lugar. Sí el idioma que se habita, la palabra, la lengua sobre la cual se edifica un destino común. Por eso y no por otra cosa, la lengua, como la vida, es ágil, dinámica, cambiante. A pesar incluso de los denodados esfuerzos de los señores académicos, que desde siempre viven luchando a brazo partido por cristalizarla, quitarle vitalidad y encarcelarla, finalmente, en eso inmensos mamotretos apodados diccionarios oficiales.

La lengua crece, cambia, se renueva día a día. Y todas la palabras —bueno es recordarlo— comenzaron siendo “bárbaras” alguna vez, incluidas las del Quijote, ese magnífico monumento sobre el cual se levantó... el castellano. De los términos que hemos incorporado los argentinos en los últimos tiempos, ninguno lo hizo con tanta fuerza como “trucho”. Ignoro cuál fue su origen preciso (casi con seguridad del lunfardo trucha, cara, caradura), pero pasó con tal rapidez de la jerga popular al periodismo, y de allí al lenguaje oficial, que dudo que vaya a venir mañana otra a reemplazarla.

Y es que la palabra trucho (y su correspondiente variante genérica) representa como ninguna otra al argentino nuestro de cada día. Esto es, lo que somos como individuos, lo que formamos como grupo, lo que terminamos siendo como nación...¿Qué no es trucho hoy por hoy? ¿Existe algún lugar en esta bendita sociedad adonde no haya un diputado trucho, un billete trucho, un programa trucho, una ley, un juicio, un profesional, una factura que no sean truchos? ¿Queda juzgado, entidad deportiva, canal de tevé, iglesia o repartición pública adonde no hay un funcionario, un actor, un opinólogo o un curita que no sea trucho?

Alguna vez, durante los años de plomo, escuché a un personaje (muy influyente por entonces) utilizar la palabra praxis, y acto seguido pedirle disculpas a la audiencia por haber apelado a un término “de neto corte marxista”, según aclaró. Aquel día me desayuné: finalmente, la culpa nunca la tienen los hombres ni las ideas, sino las palabras. Las pobres, simples y desbaratadas palabras. ¿Leeremos algún día un decreto prohibiendo el uso de la palabra trucho, origen perverso de todas nuestras desgracias? De ser así, ¿tendremos los argentinos garantías de que no sea otro decreto trucho?

Miguel Ángel Morelli

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SUSANA RINALDI EN CHICAGO

Por esas jugarretas que tiene la vida, hace más de un año pensé en invitar a Susana Rinaldi a cantar en Chicago. Se lo dije a alguien que podía organizar el recital, y después de algunas idas y venidas, la tana Rinaldi vino a cantar a la Universidad de Illinois. En un lugar feo, en un escenario sin posibilidades, la magia de su voz y sus movimientos destruyeron completamente las defensas de los nostálgicos argentinos que estábamos ahí. Hace poco escribí algo sobre lo que uno siente no tanto al volver como al no estar, ante el retorno postergado, el viaje perpetuo.

Pero, el pasado, ¿puede volver? El pasado vuelve a ráfagas, como con el bizcochito de Proust. El pasado vuelve como un huracán devastador cuando la Rinaldi canta el tango en el frío atardecer de Chicago. El pasado, que se fue, vuelve hecho presente y al superponer imágenes, recuerdos, vidas, te ves en enfrentados espejos que te repiten, melancólicamente empañados, como en los cafés modernistas.

Durante el huracán ves pasar fragmentos del barrio plateado por la luna, del río color ratón, de la desilusión que no cesa, del quevachaché entre mate y mate, del después, que importa del después, toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado...

Uno escribe para atrapar, para estar aquí y allí al mismo tiempo. Pero esto no se deja escribir, cómo escribir la vida que es igual que un barrilete... ay la vida, que es algo más que un simple plato de comida... la vida, que va abriendo heridas.

Dicen que viajando se fortalece el corazón, dice, sin estridencias, Susana Rinaldi. Creo que a pesar de tanta melancolía, tanta pena y tanta herida, sólo se trata de vivir... dice después.

Y qué querés, che, uno cae en las jugarretas del destino, la trae a la Rinaldi y viene ella y te lo revuelve todo. Y uno sigue luchando, buscando lleno de esperanzas el camino que sus sueños prometieron a sus ansias.

Leda Schiavo

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MI ENEMIGO

El viernes, el campus de la universidad, a media tarde, estaba ya medio vacío. Había una brisa de verano, ese verano equivocado que reaparece cuando no se lo espera, y es tan dulce y lleno de nostalgias. Los canteros eran muy verdes, los árboles centelleaban a la luz, y las flores del campus que son gordas, rojas y ordenadas, daban al conjunto el aire de algo que ya ha pasado, una cierta perfección propia del recuerdo y no del presente. Yo estaba en una esquina del campus, esperando a Mark para ir a cenar. Me dolían los pies de andar todo el día, y la espalda, un poco, y el hombro donde cuelgo el portafolio y tenía en los ojos ese ardor que viene de muchas horas de trabajo, y la garganta el deseo de sentarme por fin ante una copa de vino, desplomarme un poco, reírme, charlar de la vida.

Mientras estaba así, esperando, vi pasar, por el otro extremo del campus, a un hombre que no podía verme. No le distinguí la cara, pero supe enseguida quién era. Reconocería entre miles esa figura y esa manera de caminar. Hace muchos años que somos colegas en la misma facultad, y no sé cuántos que no nos dirigimos la palabra más que cuando es imprescindible. Lo observé con esa delectación que produce el disgusto. Lo ví andar rápidamente, un poco inclinado pero brioso, con su portafolio parecido al mío. Lo ví arreglarse la corbata como solamente él. Lo ví sacudir el brazo para mirar la hora, exactamente igual a sí mismo. Cambiar el paso y volver a retomar el paso y volver a arreglarse la corbata. Sentí ternura.

Estábamos los dos solos en esa enorme soledad amable, florecida, propia de los recuerdos y no de la realidad. Éramos como un relato de nosotros mismos. Pensé que un día, quizá no muy lejano, uno de los dos va a ir al velorio del otro y va a llorar. Qué pena estar peleada con alguien que transita por esta misma vida difícil, por esta misma precariedad a veces iluminada por la esplendidez de la nostalgia, y que encima lee los mismos libros que yo. Hace años que solamente nos damos los buenos días y solamente nos hablamos en las reuniones de profesores delante de los demás, y poco. Somos enemigos, estamos unidos por la enemistad. Pensé, mirándolo, que no me costaría mucho tenderle la mano, porque ya no es hora de tener enemigos. No quisiera reanudar la amistad con él, ni es posible querer a quien no se quiere, pero tenderle la mano y devolverle la palabra quizá sí. Devolverle la palabra: admitirlo en el diálogo que mantengo con los demás, decirle “te reconozco”, decirle “no te odio”.

Era tan linda la tarde. Tan conocida esa figura alta e inclinada. Tan parecida a mí, no solamente en el portafolio, tan parecida a mí porque estoy segura de que, si leyera esto, me daría toda la razón. Y después, por inercia, seguiríamos siendo enemigos.

Graciela Reyes

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ENRIQUE ROCCA, una estética propia


“El argentino Rocca habla una lengua culta, abierta a una vertiente de inquietas simbolizaciones bien congruentes con el país de Borges; moduladas al mismo tiempo sobre la frecuencia de un gusto refinado que partiendo de los presupuestos de la gran tradición italiana, puede llegar a dejarse fascinar por los simbolismos del pasado fin de siecle.”

Podemos leer estas palabras de Enrico Mascelloni publicadas en Presenze 93, en el catálogo de la exposición que Rocca inauguró el 31 de octubre del 2000 en la Galería de Arte Lo Sacarabeo, en Buenos Aires, donde muestra pintura y una serie de originalísimos dibujos.

El argentino Rocca, el quilmeño Enrique Rocca, el joven artista Rocca, es, en este tercer milenio que hemos iniciado, una suerte del Renacimiento al que ninguna manifestación artística le es ajena. Quien haya leído sus cuentos o poemas, quien lo haya oído tocar —también es buen intérprete— en cualquier instrumento que tenga a mano, —piano, flauta, guitarra, percusión— una música que puede ir de lo popular a lo culto, o la que él mismo compone o improvisa, quien haya visto cómo unos pedazos de madera informe que encuentra a su paso, se convierten bajo sus manos en otra cosa que puede ser una escultura o un original “mueble de artista”, comprenderá lo que digo.

Y todo lo hace sin esfuerzo, espontáneamente quiero decir, porque detrás de sus obras hay toda una vida, su vida, dedicada permanentemente al trabajo. Mientras conversa, el lápiz o la lapicera que tiene en la mano, garabatea curvas y rectas que al cabo de un momento se transforman en lo que puede ser el boceto de un magnífico cuadro. Y esta actitud incansable y permanente, se manifiesta en la cantidad de obra que posee y en el oficio adquirido a lo largo de un trabajo constante.

Todo esto se percibe, porque está subyacente, ante la contemplación de esta muestra que nos pone frente a una absoluta coherencia en lo formal y a una estética propia. El talento pone lo demás.

Sonia Otamendi

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DE LA SENSACIÓN, LA FUGACIDAD Y LA BELLEZA

Usted puede estar en el campo, en el mar o en la sierra. O ir por la calle, o salir al jardín, o mirar por la ventan de su departamento. Si por un instante algo que puede ser tan simple y cotidiano como el vuelo de un pájaro, una hoja que cae de la rama desnuda, la ondulación de un trigal a mediodía, la expresión de un rostro, el brillo del agua reflejada en una piedra, la huella que el viento ha dejado en la arena, si algo de eso lo conmueve, si percibe que las cosas le están diciendo algo, y puede plasmarlo en tres versos que sumen diecisiete sílabas, habrá hecho un haiku.

Claro que hay definiciones más rigurosas para esta viejísima manifestación poética originaria de Oriente, que en el Japón se hizo literatura a través de Basho, allá por el siglo VII. Estos son datos. Lea un haiku, y deje que las cosas le digan a través de la mirada y el espíritu del poeta.

Un barrio al sur
Después de tanto andar
La madreselva

A su ventana
No ha retornado el pájaro
De la mañana

Dulce sahumerio
Hechizando la tarde
La flor del tilo

Dónde estarán
Sus ojos de verano
Su voz de lluvia

Beatriz Piedras

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TIERRA KOLLA

Aníbal Gordillo me trajo Tierra Kolla,
el libro que escribió en colaboración con Ana María Iglesias,
y que mereciera, este año, la Faja de Honor de la SADE, en la disciplina Ensayo.
Lo hojeé, leí algunos fragmentos al azar:
investigación rigurosa, leyendas, creencias populares,
testimonios e historias interesantes
a través de una mirada sensible, buena prosa...
y ya no pude dejarlo.

Quisiera decir más, y quizá en otra edición,
pero creo más importante transcribir un fragmento
para que Ud. mismo pueda juzgar.
Sonia Otamendi

     HISTORIA DE CATALINA

“Catalina, ¿dónde está el nene?”
Y la bolivianita de cara redonda y pelo lacio renegrido corre por el patio inundado de verde, prolongación del valle umbrío, y desaparece por uno de los portales oscuros.

“Catalina, pelaste las papas...”

yo te conocí en la casa de los Ontiveros, siempre sonriente, movediza, vivaz, enfrentado con tu alegría la agria voz de la patrona. Corre que corre por toda la casa, Catalina hace todos los quehaceres, prepara la comida, limpia los pisos, lava la ropa, interviene en las bataholas infantiles, cambia los pañales del chiquitín. La señora simplemente da órdenes y la pequeña boliviana cumple siempre con una sonrisa, mostrando sus marfileños dientes, relucientes en su carita redonda, y los ojos donde ríen efímeros sus quince años.

La señora no es mala, a veces grita. No tiene linda voz, a veces calla. Comprende que todo el peso de las tareas hogareñas recae en Catalina. Pensarás en volver a tu Tarija natal, donde está tu familia que apenas conocés. No te conviene, acá tenés un hogar, te protegemos y tan malos no somos. Valeria te quiere. Y Catalina piensa, pese a las severas reflexiones de la señora en su querido lugar, en la gente pobre como ella que muchos días no tiene para comer.

“¿Catalina, qué estás haciendo? Prendé el fuego que hoy vino gente de Buenos Aires. Antes pasale un trapo al piso... Catalina, no regaste las plantas. ¿Dónde está Valeria?...”

Valeria es muy inteligente, piensa Catalina. Ha salido con la gente de Buenos Aires para recorrer el pueblo. Les servirá de guía. Irán al molino, a los puentes colgantes, a la cancha de fútbol y les contará a los visitantes sobre la bolivianita que perdió a su padre. “Está enterrado en Bolivia, pero también en Santa Victoria. Y en los cementerios de todos los pueblos”. Valeria no comprende esto. El cuerpo es una unidad y esa dispersión no cabe en su mente.

Ana María Iglesias — Aníbal Gordillo

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EN LA LEJANÍA...

En la lejanía los pálidos silencios estallarán como un concierto de vidrios despintados, y dejarán las almas abandonadas un antiguo reproche en los baldíos de la incomprensión. Avanza la oscuridad con la certeza del pincel más sabio, delineando en las orillas de tu memoria un algo de ocasos dispersos. Y en la espesura de la luminosa melancolía terminará tu sombra cayendo sutil, llovizna creadora de todo sueño, de todo olvido, todo recuerdo.

Pablo Montagna

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Todo delSUR

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