a PORTADA

<Nº 38

Noviembre 2002 — Nº 39

N° 40>


LA VAGABUNDA
Graciela Reyes

LA FRIVOLIDAD
Leda Schiavo

DE PELÍCULAS Y EMOCIONES
Fernando Anguita B.

BARRANCA YACO
Miguel Ángel Morelli

DOS CUENTOS MÍNIMOS
Roberto Enrique Rocca

DEDICARSE AL TEATRO
Salvador Enríquez

FLOTANTE
Marta Vasallo

UN MUNDO MUY EXTRAÑO
Fabián Iriarte

LA CEREMONIA
Carlos Eusebi

fab9


LA VAGABUNDA

Llegábamos a casa de mi abuela, donde estaba el consultorio de mi madre, a eso de la una y media. Mi madre, con su delantal planchado en el brazo, empujaba el cochecito de mi hermano, y yo llevaba la valija del colegio para hacer los deberes. Por el camino desde nuestra casa al consultorio yo observaba mil cosas y planeaba cuáles iba a volver a ver después, cuando me escapara.
Mis tías eran muy jóvenes y se pasaban la tarde cosiendo en la única habitación caliente de la casa, donde había una radio. Mi hermano dormía una siesta larga, antes de comenzar su épica diaria, que consistía en llorar, gritar y meter agujas en los enchufes, a los que llegaba gateando con rapidez de relámpago. En la primera parte de la tarde yo hacía los deberes, o me distraía dibujando el mundo, en forma abstracta: la esencia del mundo, digamos. Garabatos, según mis tías. La novela de Oscar Casco empezaba a las 5, que también era la hora del café con leche. El tiempo de la escapada quedaba entre las 2 y pico, cuando mis tías se asentaban, y las 4, para poder estar de vuelta a la hora del café con leche y que nadie notara mi ausencia. Desde temprano escondía mi sacón azul entre las calas del patio, cerca de la puerta del vestíbulo, donde estaban los pacientes. Había un momento mágico en que podía escaparme. Pasaba en puntas de pie por delante del consultorio: recuerdo el olor penetrante a creosota, que para siempre quedará asociado a la alegría de la libertad inminente. Pasar entre los pacientes, abotonándome el sacón, era lo más fácil, porque a ninguno se le hubiera ocurrido que la nena de la doctora se fuera a caminar sola por ahí.
Cuando salía más bien tarde, era la hora de la segunda horneada de las panaderías, y ya sabía los lugares por donde tenía que pasar para oler el pan y la factura recién hechos. Algunos días podía comprarme un cuarto de bizcochitos de grasa, que (por no poder llevarlos a casa) me comía felizmente sola, mientras investigaba el mundo.
Era una niña tan normal, que casi nadie me miraba. Llevaba el pelo atado en dos colas detrás de las orejas, flequillo, pollera gris tableada, medias de lana y zapatos de tirita, o sea la misma ropa que me había puesto a la mañana para ir al colegio, salvo el delantal, que había dejado en casa al ir a almorzar. A veces tomaba una calle sin doblar nunca. Otras veces daba mil vueltas. Todo me interesaba: una piedrecita, un hormiguero, los botoncitos casi invisibles de las primeras hojas de los árboles, los gatos, los enormes pasillos de las casas de inquilinos, las verjas de hierro, los llamadores de las puertas, lo que se veía por entre las cortinas de las ventanas, el olor que salía de ciertos portales, los ruidos del afilador, la música de radios remotas, las paredes descascaradas, los cafés semi desiertos, las lecherías de mostrador blanco, las tienditas donde vendían hilos y botones, las cosas que flotaban en el agua de la calle, los fragmentos de conversaciones, los silencios, la gente y todo lo que hacía la gente, las diferencias de temperatura cuando doblaba una esquina, los colores cambiantes de las calles y del cielo.
El mundo, para mí, eran esas calles del barrio de Boedo, en la Buenos Aires de los cincuenta. Más que observar todo, quería entender la clave secreta del funcionamiento de la realidad. Intuía que de esa multiplicidad de pequeñas cosas se podía extraer algo, una especie de orden. Buscaba, sin saberlo, una teoría. Para entender, hacen falta dos atributos contradictorios: la libertad y el rigor. Por eso mi vida de wanderer, de vagabunda, es, desde entonces, a la vez deleitosa y esforzada. Y siempre tengo que escaparme. Sigo mirando y buscando.
Ahora el mundo es mucho más grande que entonces, pero, curiosamente, reproduce siempre aquel otro, el del barrio de Boedo, que sólo existe en mi recuerdo. Allí estaba todo, allí sigue estando todo.

Graciela Reyes

p


DOS CUENTOS MÍNIMOS

Vocación

Un día descubrió su vocación por los desposeídos. Juró no volver a ponerse corbatas, como no fuera para representar dignamente a sus hermanos en el extranjero. El cielo le concedió pingües beneficios. Cuando decidió retirarse, los canjeó por una estancia. Trataba bien a los peones.


Para una enciclopedia del cine

Smith, Joseph Charles (1948-1980) Actor norteamericano. Reemplazó, como doble en las escenas de riesgo, a muchos famosos. Por su breve actuación en el papel de Luis XVI le concedieron un Oscar en 1981.

Roberto Enrique Rocca

p


LA FRIVOLIDAD

Entre los males que acosan a los argentinos, la frivolidad no es el menor. Me asombra escuchar y leer tantas frivolidades en medio de una sociedad que lucha por sobrevivir. No hace falta enumerar las humillaciones que se sufren en el país, ya que están presentes en la imaginación o en la realidad de todos. Ahora bien, que los candidatos de conocida inmoralidad o insolvencia nos irriten, no puede equipararse a que nos irriten aquellos que nos parecen decentes y con los que podemos coincidir en algo o en mucho.
A mí me irrita que el utópico Zamora hable con frivolidad sobre el voto y la democracia y pueda llegar a pensar que el voto bronca es para él si hay muchos votos bronca. Me irrita que una persona que parece decente y al que sin duda escucha mucha gente desesperada, hable y actúe con frivolidad y narcisismo.
También me irrita Elisa Carrió aunque ahora haya reconocido algunos de sus errores. Porque necesitamos decencia, porque necesitamos un contrato moral y un programa político y un partido organizado, hay que gritarle su frivolidad. No queremos divas, queremos seriedad y equilibrio y estudio y organización. Ya no soportamos el narcisismo de nadie. Porque necesitamos creer en alguien creíble le pedimos a la señora Carrió que no recaiga en frivolidades o imprudencias. Sumemos buenas voluntades. Sumemos, que ya bastante restan los demás.
Acabo con la pregunta que hacía hace dos meses. ¿Será Elisa Carrió algo más que ese discurso nuevo y resplandeciente y esos golpes de efecto a los que nos tiene acostumbrados? Deseo con toda el alma que sí, porque el tiempo apremia; pero en gran parte depende de nosotros que no se malogre la esperanza.

Leda Schiavo

p


DE PELÍCULAS Y EMOCIONES

Casi simultáneamente se han estrenado en Madrid dos películas de muy distinta factura. Han sido «Concorrenza sleale» del director italiano Ettore Scola y «Apocalypse Now –redux–» del norteamericano Francis Ford Coppola. El espectador tasa de ordinario las películas que ve por el cúmulo de emociones que le producen. Al salir de la sala, carga apresurado con aquéllas como si fueran los objetos de un paquete mal envuelto. Una película «buena» le da pie para dedicarse de inmediato a evaluar y ordenar los objetos del paquete; es decir, para explicarse —y, en su caso, confrontar con otros— los sentimientos que necesita manifestar para estar seguro de que ha entendido lo que ha visto.
Todo eso sobra si la película es «mala». Pero esa cualidad no es absoluta. De ahí la pregunta: ¿Por qué una película puede ser buena, y hasta excelente, para unos, y mala, incluso detestable, para otros? La respuesta fácil es que sobre gustos no hay nada escrito, —tampoco nada filmado, podríamos añadir—. Sin embargo, las frases hechas enmascaran un sinfín de complejidades e interrelaciones, hasta el punto de que no explican casi nada. Valdría más apuntarse a la paráfrasis de un viejo refrán y decir: Por tu opinión sobre las películas que vieres, te diré quién eres.

Mi admiración por el cine de Scola viene de antiguo; nació con «Una giornata particolare» (1977) y se duplicó con «La nuit de Varennes» (1982), donde recreó a Thomas Paine, personaje histórico capital al que ningún otro director, que yo sepa, había hecho caso hasta entonces.
Admirar el cine de Coppola es trasladarse a otra dimensión. La trilogía de «El padrino» (1972-74-90) y el primer «Apocalypse Now» (1979) son hitos que han despertado emociones imborrables en millones de seres humanos. ¿Cabe entonces la comparación que trato de establecer por la simple coincidencia de fechas en la producción y estreno de dos películas? Anticipo que sí cabe, porque ambas fueron hechas para despertar las emociones esenciales que forman la conciencia del hombre, y la maestría en su ejecución hará que su mensaje dure mucho más tiempo del que se tarde en olvidar lo visto y escuchado.

El mensaje emocional de la reconstruida Apocalypse está en Heart of darkness, el libro que la inspiró: «Odio la peste de la mentira», escribió Conrad. Concorrenza sleale es, en palabras del propio Scola, «una denuncia a la discriminación y a la indiferencia».
En los sucesos de los años 30, la indiferencia frente a la persecución de los judíos tuvo al Vaticano de protagonista silencioso. De parecida indiferencia se vistió mucha gente para digerir las mentiras de la propaganda oficial, las que denuncia Coppola, ahora sin autocensura, sobre lo que fue la guerra de Vietnam.

Las emociones que provocan películas como éstas poco tienen que ver con las que esperamos sentir cuando vamos al cine para «pasar el rato». Pero son emociones imprescindibles para despertar de la molicie cotidiana y saber si estamos dispuestos a levantar la voz contra las cruzadas salvadoras de cualquier signo. En consecuencia, para averiguar si realmente odiamos la peste de las mentiras que nos cuentan.

Fernando Anguita B.

p


BARRANCA YACO

Me van a matar. Ellos piensan que yo no lo sé, pero sí que lo sé. Para atajarlos, les he dicho que todavía no ha nacido el que sea capaz de acabar con Quiroga. Que a una sola voz mía la partida se pasará a nuestro lado y nos servirá de escolta. Pero son cosas que uno dice de la boca para afuera. Porque me van a matar. Es necesario que yo muera. De pie, pero que muera.

Antes de Sinsacate, como a legua y media, se abre una hondonada. Un madrejón con algarrobos y espinillos adonde ni el sol se atreve. Si el runrún que me ha llegado no anda desacertado, allí nos esperan. Dicen que al frente viene un tal Santos Pérez, y que el paisano es guapo. Espero que sí. Que no recule ni le tiemble la mano, no sea cosa que le pase lo que al maula de Cabanillas la otra vuelta, según me anoticiaron.
Esta mañana, no bien clareó, Ortiz me despertó con el mate. A duras penas si pude enderezarme. Los huesos se me han puesto malos, carajo, y prefiero mil veces vérmelas con ese Santos Pérez o quien sea. De tanto puchero de oveja y dormir al sereno, el tiempo me ha ido gastando el cuero. Y ahora hasta el alma me pesa. ¡Ya iba yo a toparme con Paz y resignarme a dar las órdenes desde un pescante! ¡Ya iba a pasearse el desgraciado de López lo más orondo en mi moro! Pero así son las cosas. Estoy viejo y cansado. Se me hace que ya ni siquiera soy Quiroga.
Encima, en Buenos Aires, ni miras de acuerdo. Rosas se desvive en atenciones, el muy zorro, porque en el fondo me recela y sabe que no me le callo. En cuanto a los doctorcitos, bien que les gustaría que me pusiera de su parte, pero ya les he dicho que no soy lomo negro... Es inútil, todos vigilan su propio tirador y ninguno piensa en la patria. A nadie le interesa... ¡Pérfidos es la palabra!
Por eso sé que hay una sola manera de salvar esta tierra: si hoy muere Quiroga, si este viejo general se va de una vez por todas con sus huesos al infierno, las comadrejas tendrán que salir de sus madrigueras y ahí sabrán quién es quién...

Ya falta poco para llegar al monte y el compañero Ortiz no ha largado prenda. Caray, lo conozco y sé que ha de estar pensando en su gente, como yo ahora en mi Dolores y en los hijos, en Barcala y en Huidobro... ¡Si hasta en el cura Lazcano he venido rumiando! Y pienso, porque no puedo dejar de pensar, en los golpes de pedernal que debí ahorrarme después de Rodeo de Chacón (y que no hice), en la cara que puso Severa allá en Catamarca, en fin, en tantos disparates que uno se manda en la vida... Ya llegan los primeros talas. Ya el monte se vuelve tupido. Las sombras ganan la huella y es una mancha negra el camino.

Miguel Ángel Morelli

A propósito de FACUNDO

En el número 36 (agosto) , publicacamos “Ojos de Agua” el primero de cuatro relatos de Miguel Ángel Morelli; le siguieron “Lomas de Macha”, “Hacienda de Figueroa” y en este número, “Barranca Yaco”. Quizá usted habrá querido saber, amigo lector, qué lo había motivado a incurrir en estos temas históricos . Se lo preguntamos y esto nos dijo.

¿Cómo y por qué los cuentos que tienen a Quiroga como protagonista principal?
Los cuatro cuentos que la agenda del Sur ha venido publicando a partir de agosto, nacieron por una estricta necesidad personal. Ocurre que desde hace algún tiempo vengo barruntando una obrita de teatro que se llamará, según creo, “Barranca Yaco”, y habrá de tratar sobre la última noche de Facundo. Como yo no soy dramaturgo, ni cosa que se le parezca, los cuentos son algo así como el ejercicio de un neófito desesperado en busca de la voz de cada uno de los protagonistas principales: Santos Ortiz (el secretario de Quiroga, que muere con él), Santos Pérez (su asesino), Juan Manuel de Rosas (todavía se discute si fue el instigador o no) y el propio Facundo.

En la obra, según entiendo, proponés una mirada diferente a la que nos mostró la historia tradicional.
Bueno, sí, pero ya en el terreno de lo conjetural, naturalmente. Yo he imaginado que Quiroga, con 47 años muy gastados y enormes problemas de salud (el reuma lo tenía a mal traer), comprende que sólo con su muerte podrá salvarse el país, tan convulsionado como estaba. De modo que sabe que lo están esperando para asesinarlo y no hace nada por evitarlo. Va, como quien dice, al sacrificio. Por eso viaja a toda prisa: para encontrarse con ese destino tan terrible como inevitable.

¿Estás hablando solamente del pasado?
Uno nunca puede hablar sino desde el presente que le ha tocado en suerte, es la condena de cualquier artista (Borges hubiese dicho: “uno no tiene más remedio que ser contemporáneo”). Puestas así las cosas, me gusta imaginar que al hablar de aquel país agitado por las luchas internas y a punto de disolverse, estoy hablando del que tenemos hoy, tan parecido en más de un aspecto. No sé si lo lograré con la obra de teatro, pero al menos varios lectores de la agenda del Sur, me han dicho que en los cuentos ha quedado claro.
_______________

p


DEDICARSE AL TEATRO

No hace mucho, el actor y director José María Flotat decía en una entrevista que la dedicación al teatro requiere la resistencia de un corredor de fondo. Y no le falta razón: éste es un oficio difícil en el que no existen, como en otros, las pautas a seguir para llegar a un puesto determinado. Lo que hoy es éxito y encumbra, mañana pasa desapercibido y hace que se caiga en el mayor de los anonimatos. Cada obra que se escribe o cada actuación es un trabajo nuevo que se somete a juicio del lector o del público y, generalmente, se vive con la incertidumbre de si se habrá acertado, si el trabajo realizado será aceptado por el destinatario (el público) y si no lo es ¿será, pese a ello, obra de arte?

Otros riegos e incertidumbres encierra el “dedicarse al teatro”: el pánico ante el folio en blanco, cuando se va a comenzar a escribir una obra o, en el caso de la interpretación, la posibilidad de una pérdida de memoria, una “laguna mental”, cuando el actor de encuentra bajo las luces, frente al público. No olvidaré otros, menos artísticos quizá, pero necesarios para que el teatro sea una realidad: los económicos. Abrir la taquilla y no saber si el público acudirá, si la publicidad que se hizo fue efectiva, es otro de los miedos que pueden atenazar a quienes se dedican a esta profesión; no sólo porque los ingresos no lleguen a cubrir ni los gastos de luz, sino por que desde el escenario es muy duro hacer un trabajo de interpretación si se observa la sala casi vacía. ¿Y qué decir de no poder nunca determinar si el montaje realizado tendrá continuidad? En una función están implicados muchos profesionales: autor, director, intérpretes, escenógrafo, iluminados, diseñadores... que desconocen si su trabajo estará en cartel dos semanas o dos meses. La función se puede proyectar para toda una temporada pero, si el público no responde, habrá que “bajarla de cartel” en un par de semanas.

Entonces, me pregunto y se preguntarán quienes lean esto, ¿cómo es posible que haya gente que se dedique al teatro si está más lleno de riesgos que muchas otras profesiones? ¿cómo se conserva un arte que, en nuestra cultura, tiene sus orígenes en la Grecia clásica? Sin duda por amor, por vocación y, quizá, todo ello motivado por la necesidad del ser humano de trascender su propia realidad. En el teatro, en la comedia, podemos encontrar la cara amable de la vida que nos gustaría llevar. En el drama encontraremos la reflexión sobre nuestro entorno, nuestras carencias e inquietudes. Así viviremos otras vidas, seremos otros, nos reencarnaremos en los personajes de la obra y en ellos, posiblemente, encontraremos aspectos que son nuestros pero que desconocíamos. Creo que quienes acudan al teatro con frecuencia me entenderán y a aquellos que no lo hagan les sugiero que acudan. Verán cómo enriquece eso de “dedicarse al teatro” aunque sea sólo como espectador.

Salvador Enríquez

p


FLOTANTE

La escultura de Juan Carlos Distefano que se exhibió en el mes de octubre en la muestra Ay país nuestro, en el Centro Cultural Recoleta, se llama “Flotante”. Yo la conocía a través de reproducciones gráficas, y por primera vez la veía en vivo. Fuera del contexto de la muestra (arte referido a la crisis argentina) yo nunca la hubiera referido explícitamente a una cuestión política. Hasta el punto de que me atreví a decírselo al autor en el curso de una entrevista periodística. Él se limitó decirme que todas sus obras tienen un motor social y político, pero que cada cual es libre de interpretarlas a su modo.

Volví sobre la escultura: descubrí, muy visible, en los tobillos de la figura, una soga gruesa que los ciñe, que yo había salteado sistemáticamente, tanto al contemplar las reproducciones del catálogo, que ofrece además todos los magníficos esbozos de la obra, como cuando vi la escultura real. Es una figura femenina con un movimiento maravilloso, un brazo extendido, la cabellera flotando, en posición oblicua. El descubrimiento de la soga me remitió inmediatamente a los cadáveres lanzados por las fuerzas represivas al río. El cuerpo flota casi vertical, con los pies atados en la base. Mirándolo atentamente es un cuerpo sufriente, lo que no impide la sensación casi liberadora que produce su movimiento.

Integré los dos sentidos sucesivos que había encontrado en la escultura: sufrimiento, infamia, y también liberación. La mujer se ha liberado de los verdugos, aunque sea en su muerte, y su figura flotante evoca una divinidad marina. Una presencia que persiste misteriosamente.
El cuerpo condenado a hundirse flota erguido y el oleaje lo acaricia. Ahora lo veo como el símbolo mismo de la muestra, que debió llamarse “¡Ay patria mía”, según su organizador, Luis Felipe Noé. Es el país nuestro, ultrajado, en lo más hondo de la desdicha. Pero desde donde resulta imposible no pensar en un renacimiento.

Marta Vasallo

p


UN MUNDO MUY EXTRAÑO

El momento de mi comunión indeclinable con el autor-cineasta David Lynch fue cuando Jeffrey Beaumont, el personaje principal de Blue velvet (Terciopelo Azul), pronuncia la frase que da título a esta nota. Con su primer obra, Eraserhead (Cabeza borradora —1976—) una historia postindustrial opresiva y desesperada, ingresé a los terrenos sospechosos de una nueva dimensión dialéctica. Las bases estructurales del relato cinematográfico se trastocaron y fue una suerte de revelación, entonces comprendí que la realidad es ficción mal contada. David Lynch es un artesano que maneja varios planos de realidades y crea en su distorsión, un dardo sensitivo cuyo destino inevitable es formar un atolón en el subconsciente. Las tentaciones del señor Lynch hacia todo lo que se mueve debajo de la superficie, hacia la minuciosa exploración del comportamiento humano, desde seres aparentemente simples y casi siempre poco dotados (generalmente hay una galería de defectos físicos que lo semeja al trazo grueso del cine de Fellini), siempre nos conducen a una (bautizo aquí el término) sobre-realidad laberíntica y perturbadora. El título más emblemático de la obra Lynchiana es El hombre elefante, allí un personaje condenado de por vida por una malformación extrema, trata de sobrevivir en la ya mítica propuesta Lynchiana, de juzgar las reglas de la «normalidad» y de los códigos morales que la sociedad propone con vehemencia, para que los «aptos» tengan el lugar que se merecen.

«Soy como un detective que descubre las cosas que habitualmente se ocultan...el sufrimiento, la maldad, la confusión y el absurdo están por todas partes. Es una especie de extraño carnaval».

Así se pronunciaba cuando alguien pretendía que se definiera. Es que Lynch es su obra. El escenario de la vida es tan avasallante como inquietante, e invita al espectador a prepararse para estar a la misma altura de su tesis. Y no es fácil, quizás cueste más de un film entrar en este mundo de ensoñación perversa.. Se estrena en los próximos días su última obra, la multipremiada Mulholland Drive (El camino de los sueños), una invitación al último Lynch, un viaje a paisajes fracturados por la memoria, un espacio mágico de profundidades sobre-reales. Kurosawa decía que el que no le teme a la oscuridad es un ser sin imaginación, el cine de David Lynch ejerce la extraña fascinación de la oscuridad, aprovechemos la oportunidad para sacar provecho de ella.

Fabián Iriarte

p


LA CEREMONIA

I
El Nissan Altima azul metalizado, con patente de Massachusetts recorría lentamente Maine Mall Road de la ciudad de Boston. El hombre moreno, que vestía una camisa a rayas blancas y negras, manejaba mirando distraídamente los bares y restaurantes que se sucedían, asomados a la amplia vereda, al compás de la velocidad que imprimía a su automóvil. A su lado un joven parecía interesado en mirar el paisaje monótono de calle anchas y avenidas interminables, tristemente iluminadas por la exasperante luz del neón.

  1. —¿Que tal el viaje?—, preguntó el hombre.
  2. —Sin problemas—, contestó el joven. Cuando leí el aviso en el diario de Miami citando a los deudos para la ceremonia fúnebre de mañana me apresuré a venir... no lo esperaba tan pronto.
  3. —Bueno... era un desenlace previsto. Estoy preparado.
  4. —Yo también ahora lo estoy.
  5. —Viajaremos en el mismo vuelo, pero solamente conseguí asientos separados. Los compré por Internet. El tránsito a esa hora se había puesto pesado y el automóvil avanzaba sorteando obstáculos por la avenida.
  6. —¿Tienes hambre? Podríamos parar y comer algo. Hay un lugar más adelante—, preguntó el hombre.
    El joven hizo un gesto que revelaba cierta indiferencia.
  7. —No tengo hambre, pero si quieres, te acompaño.
    Al rato el hombre estacionó y ambos descendieron entraron en un restaurante de la cadena Pizza Hut. Cuando salieron el auto tomó la carretera y paró en una estación de servicio para cargar nafta, para luego proseguir su marcha hacia Scarborough. Al rato el automóvil paró frente al Key Bank . Luego entraron en un Wall-Mart y efectuaron algunas compras.
    Al salir del supermercado, el hombre volvió a mirar su reloj. Eran las 20,30.
  8. —Tenemos que ir al hotel temprano si queremos llegar bien descansados.
  9. —¿ A qué hora sale nuestro vuelo mañana?
  10. —Un poco antes de las ocho.
    Momentos más tarde el automóvil paró frente a la entrada del "Confort Inn"
  11. —Toma tu maletín, Alomari, te reservé la habitación 537. Sube mientras yo estaciono -, dijo el hombre
    El joven descendió para entrar al hotel por la puerta principal.
  12. —Que te despierten a tiempo. Nos veremos en el hall del aeropuerto. Te entregarán allí el pasaje.
    El joven asintió con una inclinación de cabeza.

II
El hombre, que había entrado con pasos decididos al hotel, agradeció con una sonrisa la llave del cuarto 418 que la chica de la recepción le había alcanzado con una mirada cómplice. Él la había invitado tiempo atrás a acompañarla un fin de semana a una exposición de artistas plásticos en el Rockefeller Center, ya que ella le había comentado que le gustaba la pintura. La cita de ese entonces tuvo que ser cancelada por un llamado imprevisto que lo había obligado a dejar la ciudad.

  1. —Cuando vuelva—, le había prometido a la muchacha. Y ahora estaba de nuevo allí.
  2. —No he olvidado mi invitación—, le dijo.
  3. —¿Este fin de semana?—, preguntó esperanzada.
    El rostro del hombre se oscureció. Rápidamente se sobrepuso.
  4. —Mañana tengo que salir temprano para Los Angeles. Falleció un pariente muy querido y no puedo faltar a la ceremonia.
  5. —Lo siento.
  6. —Gracias... , era como un hermano para mí.
    El rostro del hombre denotaba cierta turbación y ella se compadeció.
  7. —Será entonces la semana que viene.
  8. —Puede ser.
    Su sonrisa se había apagado algo por ese "puede ser" que le habían dicho en forma apenas audible.
  9. —Si tuviera algún inconveniente, te enterarás—, dijo el hombre mientras se encaminaba hacia el ascensor. Antes de abrir la puerta se detuvo y se acercó nuevamente al mostrador.
  10. —¿Por qué no subes, al terminar el turno? Te esperaré.
    Su voz era apenas un susurro.
  11. —¿A esa hora?—, dijo sorprendida.
  12. —Por qué no?
  13. —No creo que pueda—, atinó a decir. Tuvo que admitir sin embargo que ese pasajero le gustaba. Era gentil y amable, pero también recordó que tenia prohibido involucrarse con los clientes.
  14. —Te esperaré!—, le dijo el hombre con voz firme y sonrisa seductora.
    Lo miró alejarse, pensativa. ¿ Podría ser ese el principio de una relación duradera, luego de todos sus fracasos anteriores?
    El hombre subió a su habitación, colocó su maletín en el armario y se sentó en la cama con la cabeza entre las manos. Así estuvo un largo tiempo, pensativo. Su rostro ahora denotaba una tensión extrema.
    Un torbellino de imágenes pasaban por su mente. Eran rostros queridos, pero alterados, eran hogares destruidos y humeantes que clamaban venganza, eran pálidas visiones que venían del confín de la memoria. Por encima de todo esa águila negra volando en círculos sobre el hogar de su infancia, allá lejos, en esa aldea seca y polvorienta donde había movido los primeros pasos de una existencia que se aferraba al pasado y no vislumbraba un futuro.
    Finalmente levantó el teléfono, marcó el número del "Room Service", y cuando la muchacha tocó a su puerta, todo estaba en su lugar. Un ligero refrigerio y en la radio la voz de Sinatra expandiendo las notas de " New York, New York".
  15. —Te veo entristecido —dijo la joven, al notar el semblante sombrío del hombre—, ¿Quién era ese pariente tuyo fallecido?
  16. —Uno que ha cuidado de mí durante muchos años.
    No hablaron más. Ella pasó sus dedos suavemente sobre el rostro del hombre que la besaba al son de la música suave que salía ahora del aparato y se entregó a los morenos brazos que la aprisionaban, dejándose arrastrar sobre el piso alfombrado.
    A la mañana siguiente el hombre se despertó en medio de una pesadilla. Se veía atacado por el águila de su infancia que, alcanzado por una flecha, se precipitaba al suelo. A sus pies, solamente pudo vislumbrar un enorme cuervo con el pico ensangrentado.
    La joven ya no estaba a su lado.

III
En el hall del aeropuerto el hombre tropezó con los ojos interrogantes de Alomari y alejó rápidamente la mirada. Luego de finiquitar los trámites en el mostrador, agradeció con una sonrisa las palabras que le dirigió la auxiliar de la línea aérea cuando se dirigía al ascensor de embarque.

  1. —Acá tiene su ticket, señor Atta, y buen viaje.
    Al darse vuelta, mientras la escalera mecánica iba subiendo, el hombre miró el tablero que indicaba la salida del vuelo 11 de American Airlines que salía de Boston a las 7.59 con destino a Los Angeles. Al lado, una pantalla marcaba la fecha: Martes 11 de Setiembre del 2001.

Carlos Eusebi

p


Todo delSUR

Valid HTML 4.01 Transitional

1