LA VAGABUNDA
Graciela Reyes
LA FRIVOLIDAD
Leda Schiavo
DE PELÍCULAS Y EMOCIONES
Fernando Anguita B.
BARRANCA YACO
Miguel Ángel Morelli
DOS CUENTOS MÍNIMOS
Roberto Enrique Rocca
DEDICARSE AL TEATRO
Salvador Enríquez
FLOTANTE
Marta Vasallo
UN MUNDO MUY EXTRAÑO
Fabián Iriarte
LA CEREMONIA
Carlos Eusebi
fab9
LA VAGABUNDA
Llegábamos a casa de mi abuela, donde estaba el consultorio de mi madre,
a eso
de la una y media. Mi madre, con su delantal planchado en el brazo,
empujaba el
cochecito de mi hermano, y yo llevaba la valija del colegio para hacer los
deberes. Por el camino desde nuestra casa al consultorio yo observaba mil
cosas
y planeaba cuáles iba a volver a ver después, cuando me escapara.
Mis tías eran muy jóvenes y se pasaban la tarde cosiendo en la única
habitación
caliente de la casa, donde había una radio. Mi hermano dormía una siesta
larga,
antes de comenzar su épica diaria, que consistía en llorar, gritar y meter
agujas en los enchufes, a los que llegaba gateando con rapidez de
relámpago. En
la primera parte de la tarde yo hacía los deberes, o me distraía dibujando el
mundo, en forma abstracta: la esencia del mundo, digamos. Garabatos,
según mis
tías. La novela de Oscar Casco empezaba a las 5, que también era la hora
del
café con leche. El tiempo de la escapada quedaba entre las 2 y pico, cuando
mis
tías se asentaban, y las 4, para poder estar de vuelta a la hora del café con
leche y que nadie notara mi ausencia. Desde temprano escondía mi sacón
azul
entre las calas del patio, cerca de la puerta del vestíbulo, donde estaban
los
pacientes. Había un momento mágico en que podía escaparme. Pasaba en
puntas de
pie por delante del consultorio: recuerdo el olor penetrante a creosota, que
para siempre quedará asociado a la alegría de la libertad inminente. Pasar
entre
los pacientes, abotonándome el sacón, era lo más fácil, porque a ninguno
se le
hubiera ocurrido que la nena de la doctora se fuera a caminar sola por ahí.
Cuando salía más bien tarde, era la hora de la segunda horneada de las
panaderías, y ya sabía los lugares por donde tenía que pasar para oler el
pan y
la factura recién hechos. Algunos días podía comprarme un cuarto de
bizcochitos
de grasa, que (por no poder llevarlos a casa) me comía felizmente sola,
mientras
investigaba el mundo.
Era una niña tan normal, que casi nadie me miraba. Llevaba el pelo atado
en dos
colas detrás de las orejas, flequillo, pollera gris tableada, medias de lana y
zapatos de tirita, o sea la misma ropa que me había puesto a la mañana
para ir
al colegio, salvo el delantal, que había dejado en casa al ir a almorzar. A
veces tomaba una calle sin doblar nunca. Otras veces daba mil vueltas.
Todo me
interesaba: una piedrecita, un hormiguero, los botoncitos casi invisibles de
las
primeras hojas de los árboles, los gatos, los enormes pasillos de las casas
de
inquilinos, las verjas de hierro, los llamadores de las puertas, lo que se veía
por entre las cortinas de las ventanas, el olor que salía de ciertos portales,
los ruidos del afilador, la música de radios remotas, las paredes
descascaradas,
los cafés semi desiertos, las lecherías de mostrador blanco, las tienditas
donde
vendían hilos y botones, las cosas que flotaban en el agua de la calle, los
fragmentos de conversaciones, los silencios, la gente y todo lo que hacía la
gente, las diferencias de temperatura cuando doblaba una esquina, los
colores
cambiantes de las calles y del cielo.
El mundo, para mí, eran esas calles del barrio de Boedo, en la Buenos Aires
de
los cincuenta. Más que observar todo, quería entender la clave secreta del
funcionamiento de la realidad. Intuía que de esa multiplicidad de pequeñas
cosas
se podía extraer algo, una especie de orden. Buscaba, sin saberlo, una
teoría.
Para entender, hacen falta dos atributos contradictorios: la libertad y el
rigor. Por eso mi vida de wanderer, de vagabunda, es, desde entonces, a
la vez
deleitosa y esforzada. Y siempre tengo que escaparme. Sigo mirando y
buscando.
Ahora el mundo es mucho más grande que entonces, pero, curiosamente,
reproduce
siempre aquel otro, el del barrio de Boedo, que sólo existe en mi recuerdo.
Allí
estaba todo, allí sigue estando todo.
Graciela Reyes
p
DOS CUENTOS MÍNIMOS
Vocación
Un día descubrió su vocación por los desposeídos. Juró no volver a ponerse
corbatas, como no fuera para representar dignamente a sus hermanos en el
extranjero. El cielo le concedió pingües beneficios. Cuando decidió retirarse,
los canjeó por una estancia. Trataba bien a los peones.
Para una enciclopedia del cine
Smith, Joseph Charles (1948-1980) Actor norteamericano. Reemplazó,
como doble
en las escenas de riesgo, a muchos famosos. Por su breve actuación en el
papel
de Luis XVI le concedieron un Oscar en 1981.
Roberto Enrique Rocca
p
LA FRIVOLIDAD
Entre los males que acosan a los argentinos, la frivolidad no es el menor.
Me
asombra escuchar y leer tantas frivolidades en medio de una sociedad que
lucha
por sobrevivir. No hace falta enumerar las humillaciones que se sufren en el
país, ya que están presentes en la imaginación o en la realidad de todos.
Ahora
bien, que los candidatos de conocida inmoralidad o insolvencia nos irriten,
no
puede equipararse a que nos irriten aquellos que nos parecen decentes y
con los
que podemos coincidir en algo o en mucho.
A mí me irrita que el utópico Zamora hable con frivolidad sobre el voto y la
democracia y pueda llegar a pensar que el voto bronca es para él si hay
muchos
votos bronca. Me irrita que una persona que parece decente y al que sin
duda
escucha mucha gente desesperada, hable y actúe con frivolidad y
narcisismo.
También me irrita Elisa Carrió aunque ahora haya reconocido algunos de
sus
errores. Porque necesitamos decencia, porque necesitamos un contrato
moral y un
programa político y un partido organizado, hay que gritarle su frivolidad. No
queremos divas, queremos seriedad y equilibrio y estudio y organización. Ya
no
soportamos el narcisismo de nadie. Porque necesitamos creer en alguien
creíble
le pedimos a la señora Carrió que no recaiga en frivolidades o imprudencias.
Sumemos buenas voluntades. Sumemos, que ya bastante restan los
demás.
Acabo con la pregunta que hacía hace dos meses. ¿Será Elisa Carrió algo
más que
ese discurso nuevo y resplandeciente y esos golpes de efecto a los que nos
tiene
acostumbrados? Deseo con toda el alma que sí, porque el tiempo apremia;
pero en
gran parte depende de nosotros que no se malogre la esperanza.
Leda Schiavo
p
DE PELÍCULAS Y EMOCIONES
Casi simultáneamente se han estrenado en Madrid dos películas de muy
distinta
factura. Han sido «Concorrenza sleale» del director italiano Ettore Scola y
«Apocalypse Now –redux–» del norteamericano Francis Ford Coppola.
El espectador tasa de ordinario las películas que ve por el cúmulo de
emociones
que le producen. Al salir de la sala, carga apresurado con aquéllas como si
fueran los objetos de un paquete mal envuelto. Una película «buena» le da
pie
para dedicarse de inmediato a evaluar y ordenar los objetos del paquete;
es
decir, para explicarse —y, en su caso, confrontar con otros— los sentimientos
que necesita manifestar para estar seguro de que ha entendido lo que ha
visto.
Todo eso sobra si la película es «mala». Pero esa cualidad no es absoluta.
De
ahí la pregunta: ¿Por qué una película puede ser buena, y hasta excelente,
para
unos, y mala, incluso detestable, para otros? La respuesta fácil es que
sobre
gustos no hay nada escrito, —tampoco nada filmado, podríamos añadir—.
Sin
embargo, las frases hechas enmascaran un sinfín de complejidades e
interrelaciones, hasta el punto de que no explican casi nada. Valdría más
apuntarse a la paráfrasis de un viejo refrán y decir: Por tu opinión sobre las
películas que vieres, te diré quién eres.
Mi admiración por el cine de Scola viene de antiguo; nació con «Una
giornata
particolare» (1977) y se duplicó con «La nuit de Varennes» (1982), donde
recreó
a Thomas Paine, personaje histórico capital al que ningún otro director, que
yo
sepa, había hecho caso hasta entonces.
Admirar el cine de Coppola es trasladarse a otra dimensión. La trilogía de
«El
padrino» (1972-74-90) y el primer «Apocalypse Now» (1979) son hitos que
han
despertado emociones imborrables en millones de seres humanos.
¿Cabe entonces la comparación que trato de establecer por la simple
coincidencia
de fechas en la producción y estreno de dos películas? Anticipo que sí cabe,
porque ambas fueron hechas para despertar las emociones esenciales que
forman la
conciencia del hombre, y la maestría en su ejecución hará que su mensaje
dure
mucho más tiempo del que se tarde en olvidar lo visto y escuchado.
El mensaje emocional de la reconstruida Apocalypse está en Heart of
darkness, el
libro que la inspiró: «Odio la peste de la mentira», escribió Conrad.
Concorrenza sleale es, en palabras del propio Scola, «una denuncia a la
discriminación y a la indiferencia».
En los sucesos de los años 30, la indiferencia frente a la persecución de los
judíos tuvo al Vaticano de protagonista silencioso. De parecida indiferencia
se
vistió mucha gente para digerir las mentiras de la propaganda oficial, las
que
denuncia Coppola, ahora sin autocensura, sobre lo que fue la guerra de
Vietnam.
Las emociones que provocan películas como éstas poco tienen que ver con
las que
esperamos sentir cuando vamos al cine para «pasar el rato». Pero son
emociones
imprescindibles para despertar de la molicie cotidiana y saber si estamos
dispuestos a levantar la voz contra las cruzadas salvadoras de cualquier
signo.
En consecuencia, para averiguar si realmente odiamos la peste de las
mentiras
que nos cuentan.
Fernando Anguita B.
p
BARRANCA YACO
Me van a matar. Ellos piensan que yo no lo sé, pero sí que lo sé. Para
atajarlos, les he dicho que todavía no ha nacido el que sea capaz de acabar
con
Quiroga. Que a una sola voz mía la partida se pasará a nuestro lado y nos
servirá de escolta. Pero son cosas que uno dice de la boca para afuera.
Porque
me van a matar. Es necesario que yo muera. De pie, pero que muera.
Antes de Sinsacate, como a legua y media, se abre una hondonada. Un
madrejón con
algarrobos y espinillos adonde ni el sol se atreve. Si el runrún que me ha
llegado no anda desacertado, allí nos esperan. Dicen que al frente viene un
tal
Santos Pérez, y que el paisano es guapo. Espero que sí. Que no recule ni le
tiemble la mano, no sea cosa que le pase lo que al maula de Cabanillas la
otra
vuelta, según me anoticiaron.
Esta mañana, no bien clareó, Ortiz me despertó con el mate. A duras penas
si
pude enderezarme. Los huesos se me han puesto malos, carajo, y prefiero
mil
veces vérmelas con ese Santos Pérez o quien sea. De tanto puchero de
oveja y
dormir al sereno, el tiempo me ha ido gastando el cuero. Y ahora hasta el
alma
me pesa. ¡Ya iba yo a toparme con Paz y resignarme a dar las órdenes
desde un
pescante! ¡Ya iba a pasearse el desgraciado de López lo más orondo en mi
moro!
Pero así son las cosas. Estoy viejo y cansado. Se me hace que ya ni siquiera
soy
Quiroga.
Encima, en Buenos Aires, ni miras de acuerdo. Rosas se desvive en
atenciones, el
muy zorro, porque en el fondo me recela y sabe que no me le callo. En
cuanto a
los doctorcitos, bien que les gustaría que me pusiera de su parte, pero ya
les
he dicho que no soy lomo negro... Es inútil, todos vigilan su propio tirador y
ninguno piensa en la patria. A nadie le interesa... ¡Pérfidos es la palabra!
Por
eso sé que hay una sola manera de salvar esta tierra: si hoy muere
Quiroga, si
este viejo general se va de una vez por todas con sus huesos al infierno,
las
comadrejas tendrán que salir de sus madrigueras y ahí sabrán quién es
quién...
Ya falta poco para llegar al monte y el compañero Ortiz no ha largado
prenda.
Caray, lo conozco y sé que ha de estar pensando en su gente, como yo
ahora en mi
Dolores y en los hijos, en Barcala y en Huidobro... ¡Si hasta en el cura
Lazcano
he venido rumiando! Y pienso, porque no puedo dejar de pensar, en los
golpes de
pedernal que debí ahorrarme después de Rodeo de Chacón (y que no hice),
en la
cara que puso Severa allá en Catamarca, en fin, en tantos disparates que
uno se
manda en la vida...
Ya llegan los primeros talas. Ya el monte se vuelve tupido. Las sombras
ganan la
huella y es una mancha negra el camino.
Miguel Ángel Morelli
A propósito de FACUNDO
En el número 36 (agosto) , publicacamos “Ojos de Agua” el primero de
cuatro
relatos de Miguel Ángel Morelli; le siguieron “Lomas de Macha”,
“Hacienda
de Figueroa” y en este número, “Barranca Yaco”. Quizá usted habrá
querido
saber, amigo lector, qué lo había motivado a incurrir en estos temas
históricos . Se lo preguntamos y esto nos dijo.
¿Cómo y por qué los cuentos que tienen a Quiroga como protagonista
principal?
Los cuatro cuentos que la agenda del Sur ha venido publicando a partir de
agosto, nacieron por una estricta necesidad personal. Ocurre que desde
hace
algún tiempo vengo barruntando una obrita de teatro que se llamará,
según creo,
“Barranca Yaco”, y habrá de tratar sobre la última noche de Facundo. Como
yo no
soy dramaturgo, ni cosa que se le parezca, los cuentos son algo así como el
ejercicio de un neófito desesperado en busca de la voz de cada uno de los
protagonistas principales: Santos Ortiz (el secretario de Quiroga, que
muere con
él), Santos Pérez (su asesino), Juan Manuel de Rosas (todavía se discute si
fue
el instigador o no) y el propio Facundo.
En la obra, según entiendo, proponés una mirada diferente a la que nos
mostró la historia tradicional.
Bueno, sí, pero ya en el terreno de lo conjetural, naturalmente. Yo he
imaginado
que Quiroga, con 47 años muy gastados y enormes problemas de salud (el
reuma lo
tenía a mal traer), comprende que sólo con su muerte podrá salvarse el
país, tan
convulsionado como estaba. De modo que sabe que lo están esperando
para
asesinarlo y no hace nada por evitarlo. Va, como quien dice, al sacrificio. Por
eso viaja a toda prisa: para encontrarse con ese destino tan terrible como
inevitable.
¿Estás hablando solamente del pasado?
Uno nunca puede hablar sino desde el presente que le ha tocado en
suerte, es la
condena de cualquier artista (Borges hubiese dicho: “uno no tiene más
remedio
que ser contemporáneo”). Puestas así las cosas, me gusta imaginar que al
hablar
de aquel país agitado por las luchas internas y a punto de disolverse, estoy
hablando del que tenemos hoy, tan parecido en más de un aspecto. No sé
si lo
lograré con la obra de teatro, pero al menos varios lectores de la agenda
del
Sur, me han dicho que en los cuentos ha quedado claro.
_______________
p
DEDICARSE AL TEATRO
No hace mucho, el actor y director José María Flotat decía en una entrevista
que
la dedicación al teatro requiere la resistencia de un corredor de fondo. Y no
le falta razón: éste es un oficio difícil en el que no existen, como en otros,
las pautas a seguir para llegar a un puesto determinado. Lo que hoy es
éxito y
encumbra, mañana pasa desapercibido y hace que se caiga en el mayor de
los
anonimatos. Cada obra que se escribe o cada actuación es un trabajo
nuevo que se
somete a juicio del lector o del público y, generalmente, se vive con la
incertidumbre de si se habrá acertado, si el trabajo realizado será aceptado
por
el destinatario (el público) y si no lo es ¿será, pese a ello, obra de arte?
Otros riegos e incertidumbres encierra el “dedicarse al teatro”: el pánico
ante
el folio en blanco, cuando se va a comenzar a escribir una obra o, en el caso
de
la interpretación, la posibilidad de una pérdida de memoria, una “laguna
mental”, cuando el actor de encuentra bajo las luces, frente al público.
No olvidaré otros, menos artísticos quizá, pero necesarios para que el
teatro
sea una realidad: los económicos. Abrir la taquilla y no saber si el público
acudirá, si la publicidad que se hizo fue efectiva, es otro de los miedos que
pueden atenazar a quienes se dedican a esta profesión; no sólo porque los
ingresos no lleguen a cubrir ni los gastos de luz, sino por que desde el
escenario es muy duro hacer un trabajo de interpretación si se observa la
sala
casi vacía.
¿Y qué decir de no poder nunca determinar si el montaje realizado tendrá
continuidad? En una función están implicados muchos profesionales: autor,
director, intérpretes, escenógrafo, iluminados, diseñadores... que
desconocen si
su trabajo estará en cartel dos semanas o dos meses. La función se puede
proyectar para toda una temporada pero, si el público no responde, habrá
que
“bajarla de cartel” en un par de semanas.
Entonces, me pregunto y se preguntarán quienes lean esto, ¿cómo es
posible que
haya gente que se dedique al teatro si está más lleno de riesgos que
muchas
otras profesiones? ¿cómo se conserva un arte que, en nuestra cultura,
tiene sus
orígenes en la Grecia clásica?
Sin duda por amor, por vocación y, quizá, todo ello motivado por la
necesidad
del ser humano de trascender su propia realidad. En el teatro, en la
comedia,
podemos encontrar la cara amable de la vida que nos gustaría llevar. En el
drama
encontraremos la reflexión sobre nuestro entorno, nuestras carencias e
inquietudes. Así viviremos otras vidas, seremos otros, nos reencarnaremos
en los
personajes de la obra y en ellos, posiblemente, encontraremos aspectos
que son
nuestros pero que desconocíamos.
Creo que quienes acudan al teatro con frecuencia me entenderán y a
aquellos que
no lo hagan les sugiero que acudan. Verán cómo enriquece eso de
“dedicarse al
teatro” aunque sea sólo como espectador.
Salvador Enríquez
p
FLOTANTE
La escultura de Juan Carlos Distefano que se exhibió en el mes de octubre
en la
muestra Ay país nuestro, en el Centro Cultural Recoleta, se llama
“Flotante”.
Yo la conocía a través de reproducciones gráficas, y por primera vez la veía
en
vivo.
Fuera del contexto de la muestra (arte referido a la crisis argentina) yo
nunca
la hubiera referido explícitamente a una cuestión política. Hasta el punto de
que me atreví a decírselo al autor en el curso de una entrevista periodística.
Él se limitó decirme que todas sus obras tienen un motor social y político,
pero que cada cual es libre de interpretarlas a su modo.
Volví sobre la escultura: descubrí, muy visible, en los tobillos de la figura,
una soga gruesa que los ciñe, que yo había salteado sistemáticamente,
tanto al
contemplar las reproducciones del catálogo, que ofrece además todos los
magníficos esbozos de la obra, como cuando vi la escultura real.
Es una figura femenina con un movimiento maravilloso, un brazo extendido,
la
cabellera flotando, en posición oblicua. El descubrimiento de la soga me
remitió
inmediatamente a los cadáveres lanzados por las fuerzas represivas al río.
El
cuerpo flota casi vertical, con los pies atados en la base. Mirándolo
atentamente es un cuerpo sufriente, lo que no impide la sensación casi
liberadora que produce su movimiento.
Integré los dos sentidos sucesivos que había encontrado en la escultura:
sufrimiento, infamia, y también liberación. La mujer se ha liberado de los
verdugos, aunque sea en su muerte, y su figura flotante evoca una
divinidad
marina. Una presencia que persiste misteriosamente.
El cuerpo condenado a hundirse flota erguido y el oleaje lo acaricia.
Ahora lo veo como el símbolo mismo de la muestra, que debió llamarse “¡Ay
patria
mía”, según su organizador, Luis Felipe Noé.
Es el país nuestro, ultrajado, en lo más hondo de la desdicha. Pero desde
donde
resulta imposible no pensar en un renacimiento.
Marta Vasallo
p
UN MUNDO MUY EXTRAÑO
El momento de mi comunión indeclinable con el autor-cineasta David Lynch
fue
cuando Jeffrey Beaumont, el personaje principal de Blue velvet (Terciopelo
Azul), pronuncia la frase que da título a esta nota. Con su primer obra,
Eraserhead (Cabeza borradora —1976—) una historia postindustrial opresiva y
desesperada, ingresé a los terrenos sospechosos de una nueva dimensión
dialéctica. Las bases estructurales del relato cinematográfico se trastocaron
y
fue una suerte de revelación, entonces comprendí que la realidad es ficción
mal
contada. David Lynch es un artesano que maneja varios planos de
realidades y
crea en su distorsión, un dardo sensitivo cuyo destino inevitable es formar
un
atolón en el subconsciente. Las tentaciones del señor Lynch hacia todo lo
que se
mueve debajo de la superficie, hacia la minuciosa exploración del
comportamiento
humano, desde seres aparentemente simples y casi siempre poco dotados
(generalmente hay una galería de defectos físicos que lo semeja al trazo
grueso
del cine de Fellini), siempre nos conducen a una (bautizo aquí el término)
sobre-realidad laberíntica y perturbadora. El título más emblemático de la
obra
Lynchiana es El hombre elefante, allí un personaje condenado de por vida
por una
malformación extrema, trata de sobrevivir en la ya mítica propuesta
Lynchiana,
de juzgar las reglas de la «normalidad» y de los códigos morales que la
sociedad
propone con vehemencia, para que los «aptos» tengan el lugar que se
merecen.
«Soy como un detective que descubre las cosas que habitualmente se
ocultan...el
sufrimiento, la maldad, la confusión y el absurdo están por todas partes. Es
una
especie de extraño carnaval».
Así se pronunciaba cuando alguien pretendía
que se
definiera. Es que Lynch es su obra. El escenario de la vida es tan
avasallante
como inquietante, e invita al espectador a prepararse para estar a la
misma
altura de su tesis. Y no es fácil, quizás cueste más de un film entrar en este
mundo de ensoñación perversa.. Se estrena en los próximos días su última
obra,
la multipremiada Mulholland Drive (El camino de los sueños), una invitación
al
último Lynch, un viaje a paisajes fracturados por la memoria, un espacio
mágico
de profundidades sobre-reales. Kurosawa decía que el que no le teme a la
oscuridad es un ser sin imaginación, el cine de David Lynch ejerce la extraña
fascinación de la oscuridad, aprovechemos la oportunidad para sacar
provecho de
ella.
Fabián Iriarte
p
LA CEREMONIA
I
El Nissan Altima azul metalizado, con patente de Massachusetts recorría
lentamente Maine Mall Road de la ciudad de Boston. El hombre moreno, que
vestía
una camisa a rayas blancas y negras, manejaba mirando distraídamente los
bares y
restaurantes que se sucedían, asomados a la amplia vereda, al compás de
la
velocidad que imprimía a su automóvil. A su lado un joven parecía
interesado en
mirar el paisaje monótono de calle anchas y avenidas interminables,
tristemente
iluminadas por la exasperante luz del neón.
- —¿Que tal el viaje?—, preguntó el hombre.
- —Sin problemas—, contestó el joven. Cuando leí el aviso en el diario de
Miami citando a los deudos para la ceremonia fúnebre de mañana me apresuré a
venir... no lo esperaba tan pronto.
- —Bueno... era un desenlace previsto. Estoy preparado.
- —Yo también ahora lo estoy.
- —Viajaremos en el mismo vuelo, pero solamente conseguí asientos
separados. Los
compré por Internet.
El tránsito a esa hora se había puesto pesado y el automóvil avanzaba
sorteando obstáculos por la avenida.
- —¿Tienes hambre? Podríamos parar y comer algo. Hay un lugar más
adelante—, preguntó el hombre.
El joven hizo un gesto que revelaba cierta indiferencia.
- —No tengo hambre, pero si quieres, te acompaño.
Al rato el hombre estacionó y ambos descendieron entraron en un
restaurante de
la cadena Pizza Hut. Cuando salieron el auto tomó la carretera y paró en
una
estación de servicio para cargar nafta, para luego proseguir su marcha
hacia
Scarborough. Al rato el automóvil paró frente al Key Bank . Luego entraron
en un
Wall-Mart y efectuaron algunas compras.
Al salir del supermercado, el hombre volvió a mirar su reloj. Eran las 20,30.
- —Tenemos que ir al hotel temprano si queremos llegar bien descansados.
- —¿ A qué hora sale nuestro vuelo mañana?
- —Un poco antes de las ocho.
Momentos más tarde el automóvil paró frente a la entrada del "Confort
Inn"
- —Toma tu maletín, Alomari, te reservé la habitación 537. Sube mientras yo
estaciono -, dijo el hombre
El joven descendió para entrar al hotel por la puerta principal.
- —Que te despierten a tiempo. Nos veremos en el hall del aeropuerto. Te
entregarán allí el pasaje.
El joven asintió con una inclinación de cabeza.
II
El hombre, que había entrado con pasos decididos al hotel, agradeció con
una
sonrisa la llave del cuarto 418 que la chica de la recepción le había
alcanzado
con una mirada cómplice.
Él la había invitado tiempo atrás a acompañarla un fin de semana a una
exposición de artistas plásticos en el Rockefeller Center, ya que ella le había
comentado que le gustaba la pintura.
La cita de ese entonces tuvo que ser cancelada por un llamado imprevisto
que lo
había obligado a dejar la ciudad.
- —Cuando vuelva—, le había prometido a la muchacha. Y ahora estaba de
nuevo allí.
- —No he olvidado mi invitación—, le dijo.
- —¿Este fin de semana?—, preguntó esperanzada.
El rostro del hombre se oscureció. Rápidamente se sobrepuso.
- —Mañana tengo que salir temprano para Los Angeles. Falleció un pariente
muy
querido y no puedo faltar a la ceremonia.
- —Lo siento.
- —Gracias... , era como un hermano para mí.
El rostro del hombre denotaba cierta turbación y ella se compadeció.
- —Será entonces la semana que viene.
- —Puede ser.
Su sonrisa se había apagado algo por ese "puede ser" que le habían dicho
en
forma apenas audible.
- —Si tuviera algún inconveniente, te enterarás—, dijo el hombre mientras se encaminaba hacia el ascensor. Antes de abrir la puerta se detuvo y se acercó
nuevamente al mostrador.
- —¿Por qué no subes, al terminar el turno? Te esperaré.
Su voz era apenas un susurro.
- —¿A esa hora?—, dijo sorprendida.
- —Por qué no?
- —No creo que pueda—, atinó a decir. Tuvo que admitir sin embargo que ese
pasajero le gustaba. Era gentil y amable, pero también recordó que tenia
prohibido involucrarse con los clientes.
- —Te esperaré!—, le dijo el hombre con voz firme y sonrisa seductora.
Lo miró alejarse, pensativa. ¿ Podría ser ese el principio de una relación
duradera, luego de todos sus fracasos anteriores?
El hombre subió a su habitación, colocó su maletín en el armario y se sentó
en
la cama con la cabeza entre las manos. Así estuvo un largo tiempo,
pensativo. Su
rostro ahora denotaba una tensión extrema.
Un torbellino de imágenes pasaban por su mente. Eran rostros queridos,
pero
alterados, eran hogares destruidos y humeantes que clamaban venganza,
eran
pálidas visiones que venían del confín de la memoria. Por encima de todo esa
águila negra volando en círculos sobre el hogar de su infancia, allá lejos, en
esa aldea seca y polvorienta donde había movido los primeros pasos de una
existencia que se aferraba al pasado y no vislumbraba un futuro.
Finalmente levantó el teléfono, marcó el número del "Room Service", y
cuando la muchacha tocó a su puerta, todo estaba en su lugar. Un ligero refrigerio y
en la radio la voz de Sinatra expandiendo las notas de " New York, New York".
- —Te veo entristecido —dijo la joven, al notar el semblante sombrío del hombre—, ¿Quién era ese pariente tuyo fallecido?
- —Uno que ha cuidado de mí durante muchos años.
No hablaron más. Ella pasó sus dedos suavemente sobre el rostro del
hombre que
la besaba al son de la música suave que salía ahora del aparato y se
entregó a
los morenos brazos que la aprisionaban, dejándose arrastrar sobre el piso
alfombrado.
A la mañana siguiente el hombre se despertó en medio de una pesadilla. Se
veía
atacado por el águila de su infancia que, alcanzado por una flecha, se
precipitaba al suelo. A sus pies, solamente pudo vislumbrar un enorme
cuervo con
el pico ensangrentado.
La joven ya no estaba a su lado.
III
En el hall del aeropuerto el hombre tropezó con los ojos interrogantes de
Alomari y alejó rápidamente la mirada.
Luego de finiquitar los trámites en el mostrador, agradeció con una sonrisa
las
palabras que le dirigió la auxiliar de la línea aérea cuando se dirigía al
ascensor de embarque.
- —Acá tiene su ticket, señor Atta, y buen viaje.
Al darse vuelta, mientras la escalera mecánica iba subiendo, el hombre miró
el
tablero que indicaba la salida del vuelo 11 de American Airlines que salía de
Boston a las 7.59 con destino a Los Angeles. Al lado, una pantalla marcaba
la
fecha: Martes 11 de Setiembre del 2001.
Carlos Eusebi
p
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