a PORTADA

<Nº 68

Noviembre 2005 —Nº 69

N° 70>


PIERRE BUCAY,
AUTOR DEL QUIJOTE
Miguel Angel Morelli

AÑO 2005
Sonia Otamendi

DOS CUENTOS
Roberto Enrique Rocca

LAS COSAS
Leda Schiavo

DE WILLIAM A HAROLD
Y VICEVERSA
Fernando Anguita B.

UN ADIÓS IMPRESO
A TITO FERRO, LIBRERO
Carlos Córdoba

EL OJO SONORO
Claudio Mangifesta

SOBRE EL BOCETO
Y EL DIBUJO
Leandro Manzo

OTROS
Julio Cortázar

fab9

PIERRE BUCAY,
AUTOR DEL QUIJOTE

Maestro de la novela psicológica, el pobre Stendhal se murió sin saber que su libro "Rojo y Negro" iba a terminar siendo un clásico: cuando se fue de este valle de lágrimas, allá por mediados del siglo diecinueve, de las desventuras de Julián Sorel, su personaje, sólo se habían enterado once lectores. Y peor aún le fue a John Kennedy Toole: tenía apenas 32 años cuando, cansado de que las editoriales no aceptasen publicarle "La conjura de los necios", acabó suicidándose (dicho sea de paso: fue gracias al tesón de una madre obstinada, cuándo no, que pudimos enterarnos de la vida de Ignatius J. Really, esa criatura imaginada por Toole a la que muchos comparan con el Ingenioso Hidalgo).

Traigo a cuento a Stendhal y a Toole porque me parecen paradigmáticos del éxito tardío, pero una lista en ese sentido resultaría interminable: de Kafka a nuestro Copi, sumarían miles. Y aún así, que algunos hayan tenido "éxito" (nunca mejor puestas las comillas) resulta, desde luego, totalmente aleatorio: la literatura es un destino, un auto de fe, un karma, una cruz. Se escribe porque no hay más remedio, y sólo después —si es posible—se piensa en vender... para poder seguir escribiendo.
No ha sido el caso, según parece, del ex psicoanalista Jorge Bucay. Producto de una época marcada tanto por lo mediático como por la necesidad de soluciones rápidas, este caballero con pose de intelectual trocó a tiempo el diván por las pantallas, la intimidad de la terapia freudiana por los mensajes al mejor estilo de las iglesias electrónicas. Dado a escribir (que no es lo mismo que resultar escritor), sus libros se fueron convirtiendo en best seller absolutos, un negocio a todas luces brillante. Y ya se sabe que sostener un éxito resulta más difícil todavía que obtenerlo: apenas uno deja de traccionar, el sistema se desploma, de modo que hay que estar siempre inspirado...

Arriesgo una hipótesis: no fue el propio Bucay el que robó descaradamente sesenta páginas de no sé que libro. Fue alguien que trabajaba con él, uno de su equipo, esos que en el ambiente se conocen como "negros" y que son, a la postre, los que transpiran para que el escritor famoso corrija un poco, adecue, firme y se lleve el cheque y los aplausos. Me resisto a pensar en un Bucay incapaz de mejorar la lamentable prosa que dicen plagió.
En el arte, como en la vida misma, las ideas originales no abundan. El propio Stendhal, citado al comienzo de esta nota, se inspiró en el trágico final del seminarista Antoine Berthet para darle vida a su Julián Sorel. Y Kennedy Toole, quedó dicho, recogió al menos la sombra desde Cervantes. Como Shakespeare en su momento, que jamás escribió historia alguna que no tuviera asidero en la realidad, o el enorme Flaubert, que reconoció mil veces su deuda con quienes le precedieron. Porque el talento, el auténtico genio, consiste en mejorar lo que ya existe para volverlo inmortal. De lo contrario se termina escribiendo, como aquel "Pierre Menard" de Borges, un Quijote tan pero tan parecido al original que ya nada tiene de él, empezando por la honestidad.

Miguel Angel Morelli

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AÑO 2005

Los niños están en el aula, como pomposamente llaman allí al cubículo en el que diariamente aprenden Sus lecciones. Comienzan temprano en la mañana. Todos los días Pasan cinco horas sin interrupción ahí dentro y después, cuando suena la sirena entrecortada que les anuncia la comida y el descanso, se desplazan lentamente por el pasillo hacia sus habitaciones. Se tienden en lo que a simple vista podía parecer una camilla, toman el control remoto y enfocándolo hacia el ojito verde que tienen frente a sí, acomodan la cama en la posición deseada. Un rato después, tras un zumbido corto, se abre una ventanilla y aparece la tabla que hace las veces de mesa. Sobre ella, el cuenco que contiene una pasta humeante y una paleta de material plástico que toman con la mano izquierda y con la que se llevan el alimento a la boca hasta dejar el recipiente vacío. Antes de que se retire el servicio, y la ventanilla se cierre hasta el día siguiente, suelen quedarse dormidos.
Los despierta una sirena, y la luz intermitente de un verde lacerante, que comienza a destellar confiriendo a sus rostros unas expresiones que los harían sonreír, si conocieran los espejos. Entonces se bajan torpemente y vuelven al aula tanteando las paredes del pasillo. Entran al aula, se trepan a las sillas, encienden las computadoras y comienzan las tareas de la segunda parte de la jornada.

Al abrir la puerta se los ve de espaldas. Las cinco cabezotas hundidas en los hombros mirando fijamente la pantalla. Las piernas flacas, que no llegan al piso, cuelgan laxas y contrastan con los traseros que parecen rebalsar de las sillas. La manito derecha, fofa y curvada para siempre en una concavidad que se adapta perfectamente al mouse, va y viene haciéndolo correr sobre el tapete. El índice parece tener vida propia, sube y baja febril pero suavemente, y cada tanto el anular hace un clic en la tecla de la derecha. Han estado allí durante horas, como todos los días, mirando en el monitor, pasar el mundo ante sus ojos enrojecidos y supurantes, aprendiendo la vida a través del monitor.
La única luz de la habitación es la que emana de las pantallas. En la pared, sobre cada computadora, hay un cilindro negro con un número grabado. De pronto uno de los niños lanza un sollozo angustiado y enseguida comienza a emitir unos chillidos tan agudos y penetrantes, que el tercer disco gira emitiendo un sonido tan agudo como el grito del niño, y haces de luz roja iluminan el cuarto. El niño se impulsa con la mano izquierda, quedando de espaldas a la última imagen, pero sigue gritando. Los otros no han reaccionado. Siguen con la vista fija en el monitor, la mano yendo y viniendo.
Se hace silencio e inmediatamente se abre la puerta y entra la instructora.

—Ma má, ma má, ma má —articula con dificultad el tercer niño sin saber de dónde viene su voz, de dónde vienen a su garganta esos sonidos que ni siquiera son una palabra o que forman una palabra desconocida que no tiene para él ninguna connotación.

La instructora mira la pantalla y comprende inmediatamente. Saca del bolsillo una pastilla verde y la pone en la boca del niño.

—No hay que ser rebelde —le dice con suavidad —te advertí muchas veces que los pequeños no deben entrar en archivos desconocidos.

—¿Qué era eso? - pregunta el niño —¿qué es eso que vi?, quiero saberlo.

—Nunca te he ocultado nada —le contesta pacientemente la instructora —pero no creo que puedas comprenderlo. Son unas imágenes antiguas, la primera se llama niños jugando, la otra, madre e hijo. Ahora vamos a descansar.

Pero el niño ya se había dormido. La instructora lo acomodó en el carrito y lo depositó en el lecho en el que despertaría al día siguiente para ir al aula y recomenzar la vida.

Sonia Otamendi

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DOS CUENTOS

POTRA DE NÁCAR

Fue el Paco el culpable. Por la santa memoria de mi madre, que siempre he sido mujer seria y decente. Pero él me dijo que tenía trabajo atrasado y se quedaría hasta tarde para concluirlo. Y yo, a la espera del sueño, salí sola, bajo el cielo estrellado, a disfrutar de la brisa dulce de jazmines.
Y he aquí que de pronto, destrozando la calma de la noche, me hiere los oídos un bullicio de cantos y de risas. Y lo veo pasar a mi Paco, más borracho que Baco, cantando a voz en cuello y tambaleándose, llevando del bracete dos golfas desmelenadas que reían sin parar. Se alejaron sin verme. Quedé paralizada, sintiendo que me subían, de la rabia, las tripas a la garganta.
"¿Solita?" susurró en ese momento alguien a mi lado. Fue volverme y ver un mozo alto, con porte de gitanillo, talle fino, ojos profundos y dientes blancos. "¡Solita!" contesté enfurruñada. Y de repente me encontré sonriendo.
El hombre, que debía ser poeta por lo lisonjero y cumplido, me invitó a caminar y lo seguí sin pensarlo. Pasadas ya las últimas esquinas bajábamos, entre zarzamoras, juncos y espinos, ya de la mano, a la ribera. En la sombra y sin faroles bajo el canto encendido de los grillos, lo que hicimos y dijimos sobre la fresca arena, nadie habrá de saberlo. Pero juro que el Paco, yo y el poeta, lo merecíamos.
Cuando mi marido despertó de la mona y vio el costurero grande, de raso pajizo, le dije que era un regalo de mi prima Teresa, la de Sevilla.

LADRONES Y LADRONAS

En la esquina lo asaltaron y le robaron hasta la ropa.
Veinte metros y dos minutos después salió la viuda al jardín con la bolsa de residuos. Todavía estaba triste, pero ya no tanto. Lo vio, se compadeció, lo llamó y lo hizo pasar.
Le dio ropa del difunto, le sirvió un café y le robó el corazón.
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de «Cuentos mínimos»

Roberto Enrique Rocca

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DE WILLIAM A HAROLD
Y VICEVERSA

Haz un pequeño esfuerzo de concentración, lee las consecuencias que anuncia la elección de uno u otro de los tres metales que siguen y después decídete por uno:

PLOMO: si lo eliges habrás de arriesgar y entregar todo lo que posees.
PLATA: por esta elección, en cambio, obtendrás todo lo que mereces.
ORO: por elegirlo conseguirás lo que tantos hombres desean.

Conviene que te sitúes en un cruce, en un nudo "vital" del camino que te queda por andar. No sabes dónde está ese nudo, ni cuando lo alcanzarás, pero sí lo esperas (aunque quizás lo temas) porque la vida sin esperarlo carecería de sentido.
Asumo que ya has entrado en el juego; por tanto puedo anunciarte que si aciertas en la elección serás feliz el resto de tu vida.
Seres humanos que deambulan por el "cuarto" mundo saltan las barreras de espinos y cuchillas que los separan del "primero". A diario se juegan la vida, su única posesión además del hambre. Si les propusiéramos un acertijo como el antecedente se sentirían insultados o simplemente "pasarían" de responder.

Tú, lector, también puedes "pasar". Como he dicho, la propuesta es un juego. Sin embargo, quizás te tiente volver a los metales y decidirte por uno: por el mismo que pensaste al primer golpe de lectura o quizás por otro.
Si rebuscas en tu baúl de los olvidos o si has disfrutado de la reciente recreación de "El Mercader de Venecia", ya conoces la respuesta correcta. Sólo falta que la encajes en tu circunstancia vital, es decir, que interpretes lo que proponía el gran bardo hacia 1600 al escenificar la felicidad en la acaudalada, bella y sabia Porcia.

Con los hombres y mujeres de hace cuatro siglos las cosas funcionaban más o menos de ese modo: el autor delineaba una meta idílica, exótica e inalcanzable que, además, servía para "educar" a la gente separándola por unas horas de los problemas y la escasez de alternativas de la vida cotidiana. Shakespeare y los autores de su generación produjeron entonces todo lo que hoy, multiplicado por millones, producen los "media"; y si bien el recurso a la evasión de la realidad sigue teniendo vigencia, el exotismo sólo sirve ya para pasmar ilusos.
Revisaba lo escrito hasta aquí cuando otro autor llamó a mi puerta. Lo hizo como aporreándola. No era para menos, porque acababa de recibir el Nobel de Literatura. "The Room", la obra primera que escribió y que lo lanzó a la fama, se estrenaba en el teatro de la Universidad de Bristol en mayo de 1957. Diez o doce años después, por obra y gracia del British Council, tuve la fortuna de verla representada en Madrid. Aprendí entonces que las peores pesadillas de incertidumbre e inseguridad que nos acechan estaban contenidas en aquella "habitación", expuestas al entendimiento de quien supiera y quisiera escuchar. En toda la obra de Pinter no aparece ni el exotismo ni la felicidad como panacea, más bien al contrario. Fiel a su "método", así ha continuado hasta hoy.

Es difícil que se produzca el encaje adecuado de un suceso exterior (distante y ajeno) con lo que ocupa nuestra imaginación en un momento de intensa reflexión. Pero así pasó: el suceso exterior, el ascenso de Harold al Olimpo de las Letras, vino a cerrar la reflexión que empezó con el juego de William. Por leer hasta aquí has empezado a participar. Quizás decidas explorar ahora, si no lo has hecho antes, la visión contemporánea de Harold. Como William visto del revés, upside down, puede ser una manera de planteártelo.

Fernando Anguita B.

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LAS COSAS

Siempre me ha molestado que las cosas sobrevivan a su dueño. Si las cosas supieron algo de ética, desaparecerían con el difunto. A mí me gustaría que cuando me muera se suicidaran mis amantes y mi perro muriera conmigo y que todas mis cosas se desvanecieran. Pero las cosas sobreviven, se quedan con nosotros a veces con insolencia, pero a veces frágiles y desprotegidas. Ya que deciden permanecer, yo decido protegerlas. Guardo todos los objetos simbólicos de mis muertos, a saber: el mortero de mi abuela, el estetoscopio y las incompletas piezas del ajedrez de mi padre, el carnet de conducir de mi abuelo, el cuadro pirograbado de mi tía, la chapita de identificación de mi amada perra Salomé; incluso no borro a los muertos de mi libreta de teléfonos porque me parece una deslealtad insufrible. Cuando miro las cosas de los muertos pienso que de alguna manera los ayudo a que sigan vivos. Las cosas están ahí, hay que bancárselas, guardan las huellas, y yo las miro y hasta les hablo.

Todo esto me viene a la pluma porque hoy escuché la noticia de la subasta del reloj que Marylin Monroe le regaló a Kennedy durante el fervor de su historia amorosa. Marylin hizo grabar en el fastuoso reloj una tierna declaración de amor. Cuando el Irlandés (como lo llama Belgrano Rawson en una novela que les recomiendo, Rosa de Miami) se casó con Jacqueline, le pidió a un amigo que hiciera desaparecer el reloj. El amigo, claro, lo guardó y ahora lo subastan sus herederos. Asesinado Kennedy, muerta tres meses después Marylin por sobredosis, suicidio o asesinato —como sugieren algunos malvados— queda el testigo no tan mudo de este romance entre seres que todos hemos querido de alguna manera, a pesar de Bahía de Cochinos y otros excesos.
El recuerdo de la novela de Belgrano Rawson no es gratuito, allí nos da el autor una versión carnavalesca de la invasión a Cuba en 1961 y de la muerte de Kennedy, una versión en la que casi nadie se salva de la crítica y donde circulan sin mitificar algunos personajes de nuestra historia nacional.

La vida es un carnaval, en el que cada uno se disfraza de lo que puede. Si no, mire usted a nuestros candidatos, que ya estarán elegidos cuando lea estas líneas. Haría falta un gran maestro del grotesco, alguien como Quevedo o Valle-Inclán para que con sus retratos nos provocara esa risa amarga que ellos supieron producir como nadie en lengua castellana. Y a pesar de todo, espero que haya votado, querido lector, porque hasta ahora no se inventó un mejor sistema que la democracia participativa. Participe pues, y no sólo con su voto.

Leda Schiavo

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EL OJO SONORO

Una música resonando en la pintura. La pintura —a su vez— trabajando versiones de aquella música. El resultado: una experiencia infrecuente. Multiplicación, resonancias, interfecundación quizás sean los términos más apropiados para intentar aproximarnos a describir/descubrir esta interesante propuesta. María Teresa Luengo, Lic. en Música, propone que a partir de una obra electroacústica de su autoría "El Cíclope", dos artistas plásticas, Hilda Paz y Sonia Otamendi, lleven al espacio plástico "versiones" sobre las resonancias que la obra musical despierta sobre la sensibilidad de cada una de ellas.
¿Son versiones? ¿son intervenciones? ¿son interversiones? ¿los lenguajes artísticos dialogan entre sí más allá de las personas de los propios artistas? La experiencia llama a la reflexión.

Si nuestro primer asombro lo constituye el contacto inicial con la obra electroacústica en si misma, un nuevo asombro se dispara en el encuentro con los cuadros resultantes. La música (primer asombro): se desliza por planos y volúmenes sonoros a través de una sucesión de módulos o, más bien, como un sistema de telescopaje donde un espacio sonoro parece surgir de otro espacio sonoro, el que dará, a su vez, la posibilidad de nuevas aperturas a otros planos y dimensiones musicales, territorios consonantes o disonantes, pero que conservan siempre la tensión y el juego de las intensidades, las búsquedas tímbricas y, —por momentos— un estarcido poético de voces masculinas o femeninas.
Esta obra en particular presenta un sugerente poder evocador de imágenes. Despierta toda una escenografía sonora: los oyentes han podido ver la lucha, la batalla, los juegos contrapuestos del fuego y del agua, la agitación, el conflicto, lo mítico y actual. En fin, lo ciclópeo de cada uno de nosotros. ¿La música como un campo de batalla?. Algo más: es una obra musical que parece hacer de la escucha, pura diferencia. Me explico: la obra se presentó inicialmente en "El Guiñol" el viernes 23 de septiembre (donde también se expusieron las obras de Paz y Otamendi), y otra vez a la noche siguiente en Artenpié (con motivo de la visita del Prof. Torpe Running a la Argentina). En ambas oportunidades pareció escucharse una obra diferente.

Las pinturas (el otro asombro): contrariamente a lo esperado —ya que conocemos imágenes, estilos y trayectorias de ambas artistas plásticas—, las paletas no han diferido tanto (una de otra) como podría pensarse en primera instancia. La paleta ¿es mía o de la obra (musical)?, se preguntó una de ellas. Así aparecieron nuevos trazos y colores en la producción pictórica de cada una de ellas. Trazos y colores congruentes con ciertos aspectos sonoros de la obra electroacústica. Ojos desorbitados que caen sobre nosotros en corte vertical, colores agresivos, frontales (negros, rojos), pero también ambiguos, difusos, difuminados, empastados (extraños verdes, matices azulados). Obras expresionistas, inquietantes, provocadoras.

En definitiva, una experiencia enriquecedora en más de un sentido y que, esperamos, continúen estas tres artistas, empujando el horizonte un poco más allá de nuestro único ojo, hasta hacerlo por fin estallar en múltiples sonidos y colores.

Claudio Mangifesta

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UN ADIÓS IMPRESO
A TITO FERRO, LIBRERO

De las muchas profesiones humanas que cupieron a Rodolfo Ferro (Tito), la más afín a este espacio quizás sea la de librero. Sin duda en la historia del libro en Quilmes, tendrá "Otamendi Ferro Libreros" el lugar destacado de ser la primera librería exclusivamente de libros. Esto fue a finales de los años 60 (en 1969 vendieron el fondo de comercio y llega a nosotros con otros propietarios y perfil, con el nombre de "Salón Literario"). Estaba ubicada en Alvear 422 y se puede dar fe de que fue sin duda el origen de muchas bibliotecas personales, de vocaciones, de profesiones.

Lector entusiasta, culto, inquieto, Tito conocía una Buenos Aires rica en recovecos, en personajes entrañables del mundo del libro. Y todo eso palpitaba en esa pequeña librería de Quilmes.
Persona entrañable, gran conversador, especie de William Morris, más anarquista que socialista, desarrolló con cuidado y buen gusto distintas disciplinas cada vez más arte que artesanía. La amistad entre ellas.

Carlos Córdoba

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SOBRE EL BOCETO
Y EL DIBUJO

El boceto o apunte, por esa condición preparatoria de primera materialización de una idea, liberado de la presión de obra acabada, adquiere una libertad y desprejuicio pocas veces vista, la ubicación espacial no tiene mayor importancia pueden coexistir o superponerse en la misma hoja. Es la primera visión de una idea, la síntesis que permite un punto de partida donde los errores, cuando son corregidos, son visibles bajo la corrección. El lápiz tiene esa condición delatora. Al ver la capilla sextina no puede evitarse la impresión de estar frente a un magnífico dibujo, tapado por pintura, como esos libros infantiles para colorear. En realidad el procedimiento de la pintura al fresco es exactamente ese: se trasladada el dibujo luego se lo pinta. La fuerza y expresividad del dibujo desborda el color convencional renacentista. Antes de la restauración hecha en los noventa el monocromatismo, determinado por años de iluminación a velas de sebo, hacia prevalecer el dibujo; el tiempo es sabio. El trazo es como una terminación nerviosa del dibujante, podemos seguir el recorrido de la mano, la presión impuesta y percibir la fuerte temporalidad que posee el dibujo: el tiempo de la contemplación es similar al tiempo de la construcción, es una obra en tiempo real, no se hace un trazo en veinte días. La mano del artista sigue al ojo y nuestros ojos siguen a la mano. El trazo es descarnado en el sentido más literal. En la pintura, en general, esa sensación de tiempo es muy difícil de captar; las sucesivas sesiones acumulan capas y más capas, lo espontáneo es cuidadosamente evaluado para permitirle la vida, la obra y su materia imponen sus tiempos. Aún la espontaneidad impresionista, en su afán de captar la atmósfera y los efectos de la luz, tiene su terminación de taller, no todo es fresco sobre fresco y el estudio de algunas obras revela la laboriosa terminación de taller. La espontaneidad aparente, como un peinado cuidadosamente descuidado, valga la paradoja. El boceto es la aproximación, el acercamiento audaz y desechable a la obra futura. Es lo que no va a quedar, lo que no va a tener existencia independiente. Lo repentino y muchas veces impensado es aceptado y surge acá sin mayores cuestionamientos. Es el lápiz que piensa, la mano que dibuja. Es el primer intento de acercarse a la idea, para perderle el miedo, para formar una primera imagen concreta de lo inexistente, el primer acceso al caos, en su etimológico sentido.

Leandro Manzo

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TEXTOS de OTROS


LA DAMA DEL UNICORNIO, por RAFAEL

Julio Cortázar

 

Saint-Simon creyó ver en este retrato una confesión herética. El unicornio, el narval, la obscena perla del medallón que pretende ser una pera, y la mirada de Maddalena Strozzi fija terriblemente en un punto donde habría fustigamientos o posturas lascivas: Rafael Sanzio mintió aquí su más terrible verdad.
El intenso color verde de la cara del personaje se atribuyó mucho tiempo a la gangrena o al solsticio de primavera. El unicornio, animal fálico, la habría contaminado: en su cuerpo duermen los pecados del mundo. Después se vio que bastaba levantar las falsas capas de pintura puestas por los tres enconados enemigos de Rafael: Carlos Hog, Vincent Grosjean, llamado "Mármol", y Rubens el Viejo. La primera capa era verde, la segunda verde, la tercera blanca. No es difícil atisbar aquí el triple símbolo de la falena letal, que a su cuerpo cadavérico une las alas que la confunden con las hojas de la rosa. Cuántas veces Maddalena Strozzi cortó una rosa blanca y la sintió gemir entre sus dedos, retorcerse y gemir débilmente como una pequeña mandrágora o uno de esos lagartos que cantan como las liras cuando se les muestra un espejo. Y ya era tarde y la falena la habría picado: Rafael lo supo y la sintió morirse. Para pintarla con verdad agregó el unicornio, símbolo de castidad, cordero y narval a la vez, que bebe de la mano de una virgen. Pero pintaba a la falena en su imagen, y este unicornio mata a su dueña, penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia, repite la operación de todos los principios. Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias.
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de «Historias de Cronopios y de Famas»

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Todo delSUR

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