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DE GATOS Y CASCABELES
Miguel Ángel Morelli
FÁBULA ORIENTAL y sus variantes en América Latina
Leda Schiavo
LOS ESPEJOS DE LA AMISTAD
Graciela Reyes
UNA HEROÍNA DE PUTA MADRE
Roberto E. Rocca
fab8
DE GATOS Y CASCABELES
Según la tradición popular (recogida en verso por el enorme La Fontaine y más
tarde por otros fabulistas), una familia de ratones vivía alegremente en cierta
casa, cuyo dueño —harto de las andanzas de los muy insensatos— decidió un buen
día acabar con ellos para siempre. ¿La solución? Bien práctica por cierto:
agenciarse de una gato tan peludo como cascarrabias.
Preocupados, los ratones convocaron con urgencia a una asamblea, donde se
barajaron distintas alternativas ante la crisis gatuna. Finalmente alguien
propuso colgar en el cuello del felino un cascabel, cuyo sonido haría evidente
su amenazadora presencia. A punto estaban de aprobar la iniciativa cuando el más
pequeño de los ratones, alzándose para ser visto, reflexionó con sensatez: “La
idea es brillante, sí, pero...¿quién le pone el cascabel al gato?”
Desde La Fontaine para acá (que casi es como decir desde los días de la Primera
Buenos Aires hasta estos tiempos de forzada globalización) los criollos hemos
vivido pensando en la mejor forma de ponerle el sonajero al gato maula, el que
está siempre alerta, ágil y —lo que es peor aún— bien dispuesto a devorarnos.
Digo esto porque dentro de dos semanas algunos “festejarán” el 12 de Octubre,
otros hablarán de “encuentro de culturas” y los habrá que digan que por aquí no
hay nada para festejar. Como lo venimos haciendo desde hace quinientos ocho
años. Como lo haremos mañana. Con otros gatos acechando en la puerta de la
cueva, claro, mientras nosotros seguimos con el cascabel en la mano pensando en
quién será el osado que finalmente junte coraje y se decida...
Miguel Ángel Morelli
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FÁBULA ORIENTAL y sus variantes en América Latina
VERSIÓN RECOGIDA EN ARGENTINA
El rey quiso saber cuál de sus súbditos era decente e hizo decir que se pasearía
con un magnífico traje por la Avenida de Mayo, desde la Casa Rosada hasta el
Congreso, y aclaró que si alguien no veía sus ropajes eso significaba que tal
sujeto era un ladrón. Entonces el rey se desnudó y empezó a caminar, cruzó la
Plaza de Mayo a pura piel y los que estaban ahí decían qué hermoso sombrero, qué
túnica, qué espléndida capa, qué maravillosos zapatos. Y así, cuadra tras
cuadra, caminaba desnudo ante el estupor y la hipocresía de los gobernados.
Cuando llegó a la Plaza del Congreso, el clamor se hizo general elogiando el
donaire y la gracia de los vestidos del soberano; cada uno de los allí reunidos
trataba de que su voz se escuchara por encima de la de los demás, para demostrar
su virtud y su solidaridad con el rey.
Pero la pobre gente que iba de un trabajo a otro apresuradamente, el ama de casa
que no sabía qué poner ese día en la mesa, el maestro ensimismado que meditaba
sobre si todavía se puede educar y cómo, el periodista hastiado de escribir
mierda sobre mierda, el jubilado distraído con sus propios problemas, ni se
dieron cuenta de lo que pasaba. No es que esta gente no quisiera ver, es que no
podía ya salir de dentro de sí misma, y se había refugiado en su individualidad
como único recurso posible, sin tratar de organizarse comunitariamente.
Lo singular de esta historia es que el mismísimo rey, al pasar frente a los
espejos de una confitería se vio elegantísimamente vestido, como si el mejor de
los diseñadores del mundo le hubiera cortado la vestimenta. Estaba tan absorto
en su propia belleza, tan deslumbrado por su propio reflejo y ensordecido por
las voces de sus colaboradores inmediatos, que no escuchó al niñito que le decía
a su papá:
—Papi, ¿por qué ese señor anda desnudo por la calle?
Pero el rey ni siquiera pudo meditar en la inocencia de los niños, esos niños
que en estos tiempos tendrán que aprender a vivir rápidamente no se sabe con qué
modelos, con qué virtudes ciudadanas, con qué ilusión de futuro.
Leda Schiavo
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LOS ESPEJOS DE LA AMISTAD
Mi casa está frente al lago Michigan. El lago me rodea. Es mi visión constante,
mi compañía más certera. Le conozco todos los colores y los cambios de corriente
y de temperatura. Podría oír, si no hubiera tanto tráfico en la avenida, el
ruido de las olas que rompen en la playita de arena tersa a la que iba con
Michael, en tiempos.
En el living, detrás de las ventanas que dan al lago, tengo una pared blanca y
casi desnuda. Le pedí a Sonia que en esa pared pintara un espejo. Lo que quiero
es que la pared refleje la curva del lago, los veleros, los árboles, el cielo
ilimitado. Le pedí que me pintara una pared irónica. No un trompe-l’oeil, le
dije, sino una versión del lago, tal como la reflejaría un espejo que fuera a la
vez una pintura que fuera un espejo.
Sonia contestó lo siguiente:
La ventana de su casa se abre sobre el lago
y ella quiere modificarlo
quiere que le pinten en la paredes de la habitación
otro lago, idéntico al que tiene ante los ojos.
Y en la otra pared
que le pinten un espejo que repita el lago
y en la otra, un espejo que contenga un espejo que
repita el lago
para asomarse a la ventana a contemplar
y dar la espalda a la ironía.
¿Para qué son los amigos, Sonia, sino para pintarnos espejos que contengan
espejos y librarnos así de la ironía? ¿Vos sos un espejo, Sonia, sos la
realidad, o sos otra ironía?
Graciela Reyes
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UNA HEROÍNA DE PUTA MADRE
Iba con el ejército cristiano para mantener el espíritu de la tropa. En vísperas
del enfrentamiento decisivo, el duque, para asegurarse el vigor de sus hombres le
pidió que esa noche descansara. Pero era tal su fervor, que decidió infiltrarse
en el campamento sarraceno. De tienda en tienda, entre la media noche y los
primeros gallos, dejó fuera de combate, sin otra arma que sus encantos, cerca de
1000 infieles.
Tres eunucos fornidos la sorprendieron y la condujeron ante el emir.
- —Probarás —le dijo éste— el acero de mi espada.
- —Me amenazas con la de acero –le respondió burlona— porque tu otra espada está
marchita.
- —¿Marchita? ¡Ya verás! —refunfuñó el guerrero— ¡Por Alá que antes de matarte, te
haré gritar de placer!
Y dirigiéndose a los guardias ordenó:
- —Dejadme con la perra cristiana. En un par de horas acabaré con ella. Luego
daremos batalla y aplastaremos al duque.
Resonaron, en el crecer del alba, los gemidos de la mujer y el ronco bramar del
hombre. Cuando el sol iluminó la tienda las voces habían cesado.
Luego de un rato entraron para despertar al emir. Lo hallaron tendido en la cama
con una sonrisa ancha, y comprendieron que el bienaventurado ya reposaba con las
huríes del paraíso. La espada esta limpia, junto al tajo del fondo de la tienda,
y la cristiana había desaparecido.
- —¡El emir ha muerto!- gritó uno de los eunucos.
Su grito corrió de boca en boca y despertó las huestes del profeta. Los acometió
el terror y huyeron en desbandada.
Ella se presento ante el duque. Éste admirado exclamó:
- —¡Dios sea loado!
Aunque la deseaba no osó tocarla.
Roberto E. Rocca
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