a PORTADA

<Nº 17

Octubre 2000 — Nº 18

N° 19>


DE GATOS Y CASCABELES
Miguel Ángel Morelli

FÁBULA ORIENTAL y sus variantes en América Latina
Leda Schiavo

LOS ESPEJOS DE LA AMISTAD
Graciela Reyes

UNA HEROÍNA DE PUTA MADRE
Roberto E. Rocca

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DE GATOS Y CASCABELES

Según la tradición popular (recogida en verso por el enorme La Fontaine y más tarde por otros fabulistas), una familia de ratones vivía alegremente en cierta casa, cuyo dueño —harto de las andanzas de los muy insensatos— decidió un buen día acabar con ellos para siempre. ¿La solución? Bien práctica por cierto: agenciarse de una gato tan peludo como cascarrabias. Preocupados, los ratones convocaron con urgencia a una asamblea, donde se barajaron distintas alternativas ante la crisis gatuna. Finalmente alguien propuso colgar en el cuello del felino un cascabel, cuyo sonido haría evidente su amenazadora presencia. A punto estaban de aprobar la iniciativa cuando el más pequeño de los ratones, alzándose para ser visto, reflexionó con sensatez: “La idea es brillante, sí, pero...¿quién le pone el cascabel al gato?”

Desde La Fontaine para acá (que casi es como decir desde los días de la Primera Buenos Aires hasta estos tiempos de forzada globalización) los criollos hemos vivido pensando en la mejor forma de ponerle el sonajero al gato maula, el que está siempre alerta, ágil y —lo que es peor aún— bien dispuesto a devorarnos. Digo esto porque dentro de dos semanas algunos “festejarán” el 12 de Octubre, otros hablarán de “encuentro de culturas” y los habrá que digan que por aquí no hay nada para festejar. Como lo venimos haciendo desde hace quinientos ocho años. Como lo haremos mañana. Con otros gatos acechando en la puerta de la cueva, claro, mientras nosotros seguimos con el cascabel en la mano pensando en quién será el osado que finalmente junte coraje y se decida...

Miguel Ángel Morelli

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FÁBULA ORIENTAL y sus variantes en América Latina

VERSIÓN RECOGIDA EN ARGENTINA

El rey quiso saber cuál de sus súbditos era decente e hizo decir que se pasearía con un magnífico traje por la Avenida de Mayo, desde la Casa Rosada hasta el Congreso, y aclaró que si alguien no veía sus ropajes eso significaba que tal sujeto era un ladrón. Entonces el rey se desnudó y empezó a caminar, cruzó la Plaza de Mayo a pura piel y los que estaban ahí decían qué hermoso sombrero, qué túnica, qué espléndida capa, qué maravillosos zapatos.
Y así, cuadra tras cuadra, caminaba desnudo ante el estupor y la hipocresía de los gobernados. Cuando llegó a la Plaza del Congreso, el clamor se hizo general elogiando el donaire y la gracia de los vestidos del soberano; cada uno de los allí reunidos trataba de que su voz se escuchara por encima de la de los demás, para demostrar su virtud y su solidaridad con el rey.

Pero la pobre gente que iba de un trabajo a otro apresuradamente, el ama de casa que no sabía qué poner ese día en la mesa, el maestro ensimismado que meditaba sobre si todavía se puede educar y cómo, el periodista hastiado de escribir mierda sobre mierda, el jubilado distraído con sus propios problemas, ni se dieron cuenta de lo que pasaba. No es que esta gente no quisiera ver, es que no podía ya salir de dentro de sí misma, y se había refugiado en su individualidad como único recurso posible, sin tratar de organizarse comunitariamente.

Lo singular de esta historia es que el mismísimo rey, al pasar frente a los espejos de una confitería se vio elegantísimamente vestido, como si el mejor de los diseñadores del mundo le hubiera cortado la vestimenta. Estaba tan absorto en su propia belleza, tan deslumbrado por su propio reflejo y ensordecido por las voces de sus colaboradores inmediatos, que no escuchó al niñito que le decía a su papá:

—Papi, ¿por qué ese señor anda desnudo por la calle?

Pero el rey ni siquiera pudo meditar en la inocencia de los niños, esos niños que en estos tiempos tendrán que aprender a vivir rápidamente no se sabe con qué modelos, con qué virtudes ciudadanas, con qué ilusión de futuro.

Leda Schiavo

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LOS ESPEJOS DE LA AMISTAD

Mi casa está frente al lago Michigan. El lago me rodea. Es mi visión constante, mi compañía más certera. Le conozco todos los colores y los cambios de corriente y de temperatura. Podría oír, si no hubiera tanto tráfico en la avenida, el ruido de las olas que rompen en la playita de arena tersa a la que iba con Michael, en tiempos.

En el living, detrás de las ventanas que dan al lago, tengo una pared blanca y casi desnuda. Le pedí a Sonia que en esa pared pintara un espejo. Lo que quiero es que la pared refleje la curva del lago, los veleros, los árboles, el cielo ilimitado. Le pedí que me pintara una pared irónica. No un trompe-l’oeil, le dije, sino una versión del lago, tal como la reflejaría un espejo que fuera a la vez una pintura que fuera un espejo.

Sonia contestó lo siguiente: La ventana de su casa se abre sobre el lago y ella quiere modificarlo quiere que le pinten en la paredes de la habitación otro lago, idéntico al que tiene ante los ojos. Y en la otra pared que le pinten un espejo que repita el lago y en la otra, un espejo que contenga un espejo que repita el lago para asomarse a la ventana a contemplar y dar la espalda a la ironía.

¿Para qué son los amigos, Sonia, sino para pintarnos espejos que contengan espejos y librarnos así de la ironía?
¿Vos sos un espejo, Sonia, sos la realidad, o sos otra ironía?

Graciela Reyes

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UNA HEROÍNA DE PUTA MADRE

Iba con el ejército cristiano para mantener el espíritu de la tropa. En vísperas del enfrentamiento decisivo, el duque, para asegurarse el vigor de sus hombres le pidió que esa noche descansara. Pero era tal su fervor, que decidió infiltrarse en el campamento sarraceno. De tienda en tienda, entre la media noche y los primeros gallos, dejó fuera de combate, sin otra arma que sus encantos, cerca de 1000 infieles. Tres eunucos fornidos la sorprendieron y la condujeron ante el emir.

  1. —Probarás —le dijo éste— el acero de mi espada.
  2. —Me amenazas con la de acero –le respondió burlona— porque tu otra espada está marchita.
  3. —¿Marchita? ¡Ya verás! —refunfuñó el guerrero— ¡Por Alá que antes de matarte, te haré gritar de placer!
    Y dirigiéndose a los guardias ordenó:
  4. —Dejadme con la perra cristiana. En un par de horas acabaré con ella. Luego daremos batalla y aplastaremos al duque.

Resonaron, en el crecer del alba, los gemidos de la mujer y el ronco bramar del hombre. Cuando el sol iluminó la tienda las voces habían cesado. Luego de un rato entraron para despertar al emir. Lo hallaron tendido en la cama con una sonrisa ancha, y comprendieron que el bienaventurado ya reposaba con las huríes del paraíso. La espada esta limpia, junto al tajo del fondo de la tienda, y la cristiana había desaparecido.

  1. —¡El emir ha muerto!- gritó uno de los eunucos. Su grito corrió de boca en boca y despertó las huestes del profeta. Los acometió el terror y huyeron en desbandada.

    Ella se presento ante el duque. Éste admirado exclamó:
  2. —¡Dios sea loado! Aunque la deseaba no osó tocarla.

Roberto E. Rocca

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