a PORTADA

<Nº 27

Octubre 2001 — Nº 28

N° 29>



LLANTO POR NUEVA YORK
Marta Vasallo

LA GUERRA COMO JUEGO
Leda Schiavo

LOS OJOS MÁS LINDOS DEL MUNDO
Miguel Ángel Morelli

¿JUSTICIA INFINITA?
Roberto Enrique Rocca

FEDERICO GARCÍA LORCA: LA AURORA
Sonia Otamendi

LOS PERFUMES DEL AL ANDALUSÍ
Jorge Policicchio

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LLANTO POR NUEVA YORK

El mundo al borde del abismo, los más ominosos presagios oscureciendo el horizonte, en medio de una retórica que suena cada vez más obscena, —se trate de la que justifica una “guerra sucia” en nombre de la libertad, se trate de la que convierte en justicieros a los autores del crimen de lesa humanidad perpetrado el último 11 de septiembre—, contra toda esperanza y tal vez contra toda lógica, quiero dedicar una elegía a la devastada Nueva York.

Estuve de visita en Nueva York, por primera y única vez en mi vida, al final del verano de 1995. Lamenté no haberla conocido antes. Desde que llegué significó para mí una sorpresa luminosa, que no se apagó desde entonces. Sentía que había llegado por fin a la ciudad de ciudades, la que tiende en todas direcciones los brazos abiertos de sus puentes, la que clava en las nubes sus torres de acero y cristal. La ciudad de las fuentes, de la aérea belleza, de las ramas floridas sacudidas por las brisas del Hudson. La ciudad que aúlla y resplandece, vertiginosamente lanzada al futuro, la ciudad que no permite mirar hacia atrás, la ciudad que abolió la nostalgia.

Y sin embargo algo me hacía volverme hacia atrás, para atraparla: la persistente voz de algún saxo, la voz fragmentada que hurgaba hasta perforar el muro inmaculado, aparentemente inexpugnable, del triunfo arrollador. Quien así arrojaba del paraíso a los dorados hijos de todas las victorias no era un ángel con una espada de fuego, sino difícilmente hallado en medio de la multitud, en alguna escalinata, algún pasaje subterráneo, algún subsuelo, un dios sin luz que sudaba y se retorcía, guardián del reino infinito de dolor y de memoria hacia donde nos llamaba su saxo.

El jazz era la fisura de Nueva York, tan bello como ella, su identidad y su negación. Cuando yo la vi, sólo esas notas socavaban su ciego orgullo de heroína trágica. Paradójicamente, la desafiante ciudad que se estiraba a todos los cielos y a todos los horizontes es hoy objeto de nostalgia. Todo el jazz llora por ella.

Marta Vasallo

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LA GUERRA COMO JUEGO

A casi todos los chicos les gusta jugar a la guerra, ya Freud lo explicó en El malestar en la cultura. En mi generación, las chicas los mirábamos con indulgencia; quizás ahora que algunas mujeres reivindican el placer de entrar en los cuerpos uniformados, las cosas hayan cambiado.
La guerra, vista desde lejos, siempre parece cosa de chicos subnormales; también es verdad que las razones o motivaciones de las guerras que dan los manuales de historia, o ahora, los medios de comunicación, nunca son las verdaderas, siempre hubo y hay motivaciones más profundas que las aparentes.

Pensar que católicos y protestantes se mataron durante siglos y se siguen matando vergonzosamente en Irlanda. Antes de que los protestantes protestaran, los católicos se protestaban entre sí, recuerdo ahora la risible guerra entre los monjes de Cluny y los cistercienses. Resulta que San Benito consideró que los monjes no tenían que usar calzoncillos, porque eran superfluos, sólo autorizaba a usarlos a los que iban a viajar. Pero desde el siglo X los monjes cluniacienses rechazaron esa regla, porque decían que los que no usaban calzoncillos estaban siempre listos para la deshonestidad; el problema los llevó a crueles hoy nos hacen sonreir.

Los hombres, si no tienen razones para la guerra, se las inventan. O inventan juegos que simulan la guerra, desde los que se hacían con papel y lápiz solamente, como la batalla naval, a los que ahora se hacen con maquinitas. O enseñan a los animales como los gallos o los perros a matarse entre sí para gozar del espectáculo. O nos muestran la guerra real como juego por televisión, como la guerra del Golfo.

Creo que los padres, en vez de comprarles juguetes bélicos a los niños les tienen que explicar los refranes que aprendieron de sus abuelos y que hoy están olvidados. No hay enemigo pequeño, por ejemplo. O Cría cuervos y te sacarán los ojos. O El que siembra viento recoge tempestades. Refranes que repetían las viejas junto al fuego y que hoy, en la posmodernidad, quizás sea útil recordar.

Leda Schiavo

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LOS OJOS MÁS LINDOS DEL MUNDO

Cuando llegó, escurriéndose como una lagartija, creyó que llegaba al paraíso. Atrás quedarían para siempre los sinsabores de una vida miserable, la falta de oportunidades, las calles violentas del barrio. Claro que el desafío no era fácil, pero estaba dispuesto a pagar el precio. “Vengo a conquistarte —anotó en su cuaderno—, y llegará el día en que te rindas a mis pies, enamorada de mi poesía”.

Al principio lavó copas, barrió pisos, limpió vidrios. Ahora vendía cacharros en la pequeña feria de artesanías de Liberty y West Street. Sin documentos, no podía aspirar a otra cosa... Y en eso estaba Roberto cuando descubrió, hojeando una revista, los ojos más lindos del mundo.

Los ojos más lindos del mundo eran apenas eso, ojos. Escondidos detrás de un velo que parecía inventado sólo para destacarlos, oteaban el destino con aire inocente. Naturalmente, no tenían nombre. Naturalmente, vivían en un rincón lejano del planeta, demasiado lejos de su cuarto de hotel.

Esa noche, en la penumbra de la habitación, Roberto les escribió unos versos. Después recortó la fotografía de la muchacha, la guardo entre las hojas del cuaderno y se fue a la cama pensando en ella.

Pensó, también, que esta vida es tan rara que acababa de hacerle un poema a alguien que jamás conocería, alguien que nunca habría de enterarse que del otro lado del mundo un hombre enamorado se metía en el sueño pensando en ella.

Miguel Ángel Morelli

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¿JUSTICIA INFINITA?

Hace más de tres mil años, estando el pueblo de Israel bajo el dominio palestino, había un terrorista que mataba a sus dominadores e incendiaba los campos. Consiguieron hacerlo prisionero y le arrancaron los ojos.

Así terminó la historia:

“Sansón rogó al lazarillo:

—Déjame tocar las columnas que sostienen el edificio para apoyarme en ellas.

La sala estaba repleta de hombres y mujeres, estaban allí todos los príncipes filisteos y en la galería había unos tres mil trescientos hombres y mujeres, viendo bailar a Sansón.

Él gritó al Señor:

—¡ Señor, acuérdate de mí! Dame la fuerza al menos esta vez para vengar en los filisteos, de un solo golpe, la pérdida de los dos ojos.

Palpó las dos columnas centrales, apoyó las manos contra ellas, la derecha sobre una y la izquierda sobre la otra, y al grito de ‘¡A morir con los filisteos!’, abrió los brazos con fuerza, y el edificio se derrumbó sobre los príncipes y sobre la gente que estaba allí.

Los que mató Sansón al morir fueron más que los que mató en vida” (Jueces, 16, 26-30)

Balance: más de mil hombres (¿cuántos inocentes?), por cada ojo. Esta desproporción escandalosa ilustra la diferencia entre venganza y justicia. Pero la reacción natural del hombre es la venganza, no la justicia.

Como se quebraron las columnas del templo de Gaza, siguiendo la misma lógica del terror, cayeron días atrás los pilares simbólicos del imperio del dólar, por obra de un puñado de fanáticos suicidas. La primera reacción fue una cruzada de “justicia infinita”. ¿Justicia o venganza?

El amor y el odio, la misericordia y la crueldad, pueden ser infinitos; pero no la justicia. Porque justicia significa medida, dar a cada uno lo que le corresponde, ni más ni menos, lo justo, por eso son sus símbolos la vara y la balanza. Y no es fácil porque ¿quién puede medir lo que el otro merece? ¿Quién puede juzgarlo desde el dolor de la propia herida? ¿Quién puede permanecer ajeno, no ser juez y parte?

Escribe Solzhenitsyn: “¡Si todo fuera tan sencillo! Si en algún lugar existieran personas acechando para perpetrar iniquidades bastaría con separarlos del res de nosotros y destruirlos. Pero la línea que divide el bien del mal pasa por el centro mismo del corazón de todo ser humano. ¿Y quién está dispuesto a destruir un solo fragmento de su propio corazón?”

Pero quien pretende encarnar la civilización y la defensa de los valores es el que debe reflexionar; porque es el único que puede tener medida.

Roberto Enrique Rocca

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FEDERICO GARCÍA LORCA: LA AURORA

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York
gime por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sus sudores sin fruto.
La luz sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre

Federico García Lorca

En el verano de 1936, una madrugada de agosto, el pelotón de fusilamiento de la Falange, cumpliendo la orden del Coronel Valdez, gobernador civil de Granada, dispara sobre el poeta. El crimen fue en Granada. Muerte absurda, que lo sorprende a mitad de camino.

Se lo acusa falsamente de intrigas y complicidades políticas, de ser espía al servicio de Rusia, y lo que sobre todas las cosas no se le perdona, es su literatura. Sabemos que no fue de ninguna manera un poeta político, simplemente porque era un poeta, un artista cabal. Sin embargo, la extensión de su voz siempre tomó partido por los desposeídos, los marginales, los avasallados por todas las formas del orden, que tiene varios nombres y varias caras, pero una sola mano asesina. Entendemos entonces que su verdad, la que expresa a través de su poesía, no es ajena a las causas y las circunstancias de su muerte.

García Lorca visita los Estados Unidos a fines de la década del 20, y vivamente impresionado por esa ciudad única, nace el que es para mí, el más grande de todos sus libros: Poeta en Nueva York, que corregirá infatigablemente —tarea que quedó inacabada aquella madrugada de 1936— y cuya resonancia acallará el fragor de la Guerra Civil. Es recién en 1940, que aparecerá en los Estados Unidos primero, en una edición bilingüe y unas semanas después, en México. A él pertenece el poema La aurora, que al leerlo creeríamos que fue escrito después de lo ocurrido el 11 de septiembre.

Sonia Otamendi

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LOS PERFUMES DEL AL ANDALUSÍ

La actual Extremadura, región del sudoeste de España, perteneció unto a otras comarcas españolas al reino del Al Andalusí, dominio del Islam. El origen de la ciudad de Badajoz, capital de la provincia extremeña del mismo nombre, se remonta a la edad de bronce: el recodo que forma el río Guadiana al recibir al Rivilla y los dos montes que lo coronan fue buen sitio para asentamientos humanos ya desde el año 3000 A.C.. Con el tiempo se sucederían celtas, romanos, visigodos, árabes. Y fue allá por el 875 que el musulmán al Yilligir se separó del Emirato de Córdoba, amurallo el poblado existente y le puso el cartel de ciudad. Esas primeras murallas, encerrando la Alcazaba crecieron, se destruyeron y reconstruyeron, se reforzaron, agregaron puertas y torres, muros defensivos, en fin, todo aquello necesario a las circunstancias del momento. Bajo la mirada complaciente de Alá la ciudad crecía. ¡qué hermosos habrán sido los jardines y huertos de la Alcazaba, qué intenso el perfume de los naranjos en las noches calurosas, qué dulce el descanso escuchando el rumor del agua corriendo por las acequias! Qué poco me cuesta imaginar, cerca de la Torre de las Siete Ventanas, el palacio de los Aftásidas recostado en las murallas, asomándose al Guadiana. Me gusta recorrer el perímetro de la Alcazaba por el paseo de ronda de las murallas y el atardecer es buena hora. Suele acompañarme Luis, un gran amigo extremeño conocedor y amante de su tierra que sabe transmitir su amor por ella.

—Tú crees, Luis, que de todo ese pasado fabuloso que aquí se vivió, aquí mismo, donde estamos andando, no hayan quedado más que ruinas?

—Un viejo refrán dice “el que tuvo, retuvo”. De ese pasado, no creo que encuentres vestigios en las piedras. Sí en la gente. En cómo arremete diariamente el oficio de vivir.

Bajo el imperio musulmán todo parecía estar subordinado al placer de los sentidos. El arte, la arquitectura, la gastronomía. El olfato. Un universo de perfumes. Ámbar, incienso, almizcle, sándalo, lavanda, cítricos. Un universo de sensaciones.

—Mira, de ese paño de la muralla sólo se ha conservado una puerta.

Estábamos delante de la puerta de la Coraxa, una de las puertas de acceso a la ciudadela.

—Sí, un arco de herradura de bloques de granito blanco alternando con ladrillos rojos.

Se me ocurrió pensar en ese momento que ellos no trabajaban pensando en el futuro y seguramente esté equivocado: querían eternizarse a través de la piedra. Buscaban la eternidad partiendo del instante del goce fugaz, finito pero infinito a través de las generaciones de la belleza imperecedera, del aquí y ahora.

—Pues mira, la historia de esta puerta, de la Coraxa o de la Traición como también se la llama es muy bonita...

—Pues no hombre, el próximo día...

Ya anochecía. Sentado en las piedras de la muralla veía pasar el río. Ya aparecían las primeras estrellas. Ya perdían sus formas los arbustos de la ribera. El aire empezaba a llenarse de perfumes. Un universo de perfumes. Era la hora en que el Al Andalusí volvía a entregar su legado abriendo sus secretos. Por primera vez en mucho tiempo, lamenté haber dejado de fumar, que me perdonen los de la liga contra el tabaco y los que quieren dejarlo, pero, un buen cigarro, hubiera sido un complemento ideal.

Jorge Policicchio

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