a PORTADA

<Nº 37

Octubre 2002 — Nº 38

N° 39>


ALUCINACIÓN CON RUBIA PLATINADA
Graciela Reyes

CASA TOMADA
Leda Schiavo

DE LAMPEDUSIANOS Y ...
Fernando Anguita B.

HACIENDA DE FIGUEROA
Miguel Ángel Morelli

ELIXIR
Roberto Enrique Rocca

LA KATARSIS DEL TOMATAZO
Salvador Enríquez

EL LLAMADO DE LA PRIMAVERA
Marta Vasallo

CASI UN ENEMIGO ÍNTIMO
Fabián Iriarte

EL TREN VACÍO
Virgilio Melzi

fab9


ALUCINACIÓN CON RUBIA PLATINADA

Toda narración contiene falsedades, porque ni la memoria ni el corazón ni el lenguaje nos permiten decir por completo la verdad, aunque quisiéramos decirla. Pero el relato que sigue trata de respetar, en lo esencial y hasta en los detalles, mi encuentro verdadero con un fantasma y una rubia.

Hace unos años, recién separada de un hombre al que quería mucho, me parecía verlo por todas partes, aquí en Chicago. Sabía que era imposible. Lo había dejado lejísimos, en otro mundo casi. Y sin embargo, había tantos hombres parecidos a él, al menos a cierta distancia, que vivía sobresaltada. Una noche de otoño, volviendo de visitar a una amiga en un hospital, iba en auto por la calle La Salle, en dirección a mi casa, y pensaba, como siempre, en él. La calle La Salle tiene en el medio un cantero con arbustos y plantas, y está flanqueada por casas elegantes, con grandes portales y jardines. Esa noche de domingo la calle estaba desierta, pese a que no serían más de las diez. Al llegar a la esquina de Goethe, manejando yo por el centro de la calle, del lado del cantero, vi a mi derecha, en la esquina, a mi amante. Hoy creo que en realidad no había nadie allí, solamente la sombra de un árbol contra la pared de piedra de una iglesia. Pero lo vi, llegué a pensar que iba a mi casa a buscarme, y di un volantazo a la derecha, para acercarme a él. No miré para atrás, por supuesto, y le destrocé el guardabarro al coche que venía por mi derecha, un Oldsmobile o un Cadillac, no lo sé, un coche grande. Frenamos los dos, yo en diagonal. El ruido del golpe y de mi faro destrozado dejaron ecos en la calle, y luego hubo un instante de silencio. En la esquina no había nadie.
Puse el coche contra la vereda, busqué en la guantera la tarjeta del seguro y bajé. Del auto abollado había salido una rubia espectacular, que dejó de mirar su guardabarro para decirme hola y preguntarme si me sentía bien. Tenía una gran cabeza platinada, brillante, y la mirada fija, quizá miope, que tienen siempre las rubias platinadas. Llevaba los labios pintados de un color violento, lo que subrayaba la palidez lunar de sus mejillas. Era altísima, tenía las piernas muy largas, descubiertas hasta casi medio muslo por debajo del abrigo, y en los pies unas botitas rojas. Era tan rubia y tan despampanante, tan pintarrajeada, tan perfumada, que me hizo tener otra vez la sensación de ser insignificante, que era la sensación que me provocaban las novias platinadas de mis tíos millonarios, allá lejos y hace tiempo, cuando yo era una chiquilina. Le dije que lo sentía mucho, que mi seguro iba a pagar el arreglo, y que fuéramos a la comisaría a hacer la denuncia. Ella hizo un gesto con la mano, rechazando mis ofertas. Tenía, por supuesto, las uñas larguísimas y rojas y varias pulseras de oro.
Tan familiar era la rubia, que le dije la verdad: que había visto en la esquina a un hombre con el que yo estaba obsesionada, que no había podido dominarme y había hecho esa maniobra absurda... Dijo, con toda naturalidad: tuviste una alucinación. Nos quedamos calladas, mirando la esquina desierta. Al final hicimos unas muecas, las dos, unas muecas parecidas: levantamos las cejas, apretamos los labios, sonreímos. Fue una comunicación burlona y reconfortante, que me devolvió el sentido de la realidad. La rubia me dio la mano y se fue.
Paso por esa esquina con mucha frecuencia, porque está cerca de mi casa. Siempre miro el lugar donde él estuvo un momento, nítido y enamorado. En cuanto a la rubia, creo que fue una alucinación, también: una alucinación de mí misma, convertida en mina devoradora de hombres, como aquellas que me fascinaban en la infancia, una versión extrema de mí convocada para ser cómplice de un delirio.

Graciela Reyes

p


ELIXIR

Se detuvo cuando oyó que lo llamaban.
—Te lo regalo —dijo el viejo, tendiéndole la esferita de cristal— En cuanto bebas del elixir contenido en esta ampolla te será concedida la inmortalidad. En ese mismo momento, tu tiempo se detendrá y permanecerás en la edad que hayas elegido, para toda la eternidad.
El chico no comprendía por qué el anciano no lo bebía él mismo, pero lo aceptó pensando: «Cuando sea grande lo beberé y viviré para siempre»
Creció y se hizo un joven robusto, lleno de vida. Entonces pensó que pese a su vitalidad y su vigor, no había alcanzado todavía la madurez del espíritu y decidió esperarla. Llegado que hubo a la plenitud, quiso tener la serenidad y la sabiduría de la vejez y postergó una vez más el momento de beberlo.
Anciano y fatigado se sentó una tarde a la vera del camino. Vio pasar un chiquillo y lo llamó.
—Te lo regalo —dijo, tendiéndole la esferita de cristal— En cuanto bebas del elixir contenido en esta ampolla te será concedida la inmortalidad. En ese mismo momento, tu tiempo se detendrá y permanecerás en la edad que hayas elegido, para toda la eternidad.

Roberto Enrique Rocca

p


CASA TOMADA

Tantas veces había leído este cuento de Cortázar sin darme cuenta, hasta hoy, de que era premonitorio. La historia de esos dos hermanos, que llevan una vida estéril y parasitaria viviendo en la casa de sus bisabuelos y que deciden abandonarla cuando fuerzas desconocidas la invaden, resulta hoy no un cuento fantástico, sino una dolorosa realidad.

Creo que muchos argentinos vivimos con la angustia de que fuerzas extrañas tomaron nuestra casa y que nos conducen a la alienación. La alienación, qué palabra. Alienado viene de ‘alienum’, en latín, que significa ajeno, de ahí también que enajenado signifique loco y alius, ‘otro’. De alienado sale ‘alien’, en inglés, que significa ‘el otro’, el que no es como yo, el extranjero. Todas las acepciones del latín son interesantes, en principio quería decir ‘ceder los derechos de propiedad’ , luego ‘alejar, volver extranjero, no estar en posesión de sí mismo, perder sentimiento, estar paralizado, estar en letargo’. La locura excita o paraliza. Y así estamos, con nuestra casa tomada: excitados o paralizados, hemos perdido la capacidad de sentir, nos sentimos aletargados.
Cómo no estarlo cuando el mundo está al revés: los bancos roban a los ciudadanos (no es que antes no robaran, pero uno no se daba cuenta, por lo menos en ventanilla nos devolvían el dinero); los padres de la patria engañan vilmente, los que deben protegernos nos agreden, los que deben cuidar nuestro territorio lo entregan, soldados extranjeros dicen que vienen a matar los mosquitos con inmunidad diplomática, los jueces hacen justicia no para hacer justicia sino con fines espúreos...

A nosotros nos han convertido en otros, somos los otros de nosotros mismos. Por eso nos es difícil salir de la parálisis o letargo en que nos hundimos ante tanta infamia. Los hermanos del cuento se van de la casa y tiran la llave por la alcantarilla, ceden sus derechos de propiedad. El cuento tiene un final abierto. Nos obliga a interpretar. ¿Será que van a un futuro mejor y es un final feliz? Difícil creer esto, porque pertenecen a la clase ociosa, son viejos, están gastados.
Y nosotros, ¿qué somos, qué hacemos, adónde vamos? ¿Podemos empezar de nuevo? La respuesta es de cada uno y cada uno con cada uno hará un gran nosotros, aquel nosotros tan olvidado: "Nosotros, los representantes del pueblo argentino..."

Leda Schiavo

p


DE LAMPEDUSIANOS Y ...

Todo el mundo o casi todo el mundo conoce, mal que bien, la cita. De la misma corren en español dos versiones: la auténtica y la alterada. La aparición de esta última es lógica porque al escucharla por primera vez se entiende antes que la traducción fiel del original; es decir, no hay que escucharla por segunda vez. Como pienso que los lectores argentinos de estas páginas tienen tantas probabilidades de que sus ancestros sean españoles como italianos, les brindo la cita en su idioma original. Dice así:

«Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi».

La versión literal que he llamado auténtica sería: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». La alteración introducida por otros traductores, pienso que bienintencionada, ha consistido —se diría que para empezar obedeciéndola— en cambiar el segundo "todo" y dejarlo en "algo".
Es frecuente, en ese caso, que también hayan invertido el orden de las dos oraciones pasando la condicional al segundo lugar. En resumen, la cita así alterada ha quedado en:

«Es necesario que algo cambie, si queremos que todo siga como está»

Dije que esta versión se entiende mejor que la auténtica; sin embargo, aunque así sea, corrompe la intención del autor porque destruye la fuerza de la paradoja. Expresada de este modo no produce sobresalto leerla. Sin necesidad de prestarle atención nos informa de lo que sabemos, del proceso natural de los cambios cotidianos.

En la Italia de 1860, anunciar que se avecinaba la sustitución de (toda) una clase social por otra, aceptar el envite integrándose en la clase emergente, para seguir disfrutando de privilegios análogos a los que se tenían, era exactamente cambiarlo todo para conservarlo todo. Sin embargo, lo que ordinariamente nos toca presenciar en la política contemporánea del día a día es precisamente la del algo por el todo, la versión reducida del dictum lampedusiano.
Es cierto que resulta posiblemente la única aconsejable. Una política eficaz es la que va acertando con la calidad y la cantidad de ese "algo" que conviene cambiar. Lo cual se sabe gracias a las encuestas de todo tipo con las que se toma el pulso a la población. También es cierto que las predicciones de las encuestas a veces fallan; rarísima vez si están bien hechas y si luego son correctamente procesadas.
La alteración de la cita es, como ahora se dice, políticamente correcta. Es así como un gobierno responsable trabaja hoy. Los puntos suspensivos de la cabecera son sustituibles por "españoles", "italianos", "alemanes"… etc. Si uno, unos pocos, varios o muchos ciudadanos de un país no creen que su gentilicio pueda ocupar esos puntos, es porque se sienten en situación lampedusiana. Pero si tampoco se ven en ella es que están abocados a la tercera vía.

La tercera vía es la revolución, y para los verdaderos revolucionarios, la revolución permanente. Aunque, después de un concienzudo repaso a la historia, cabe preguntarse si hubo alguna "revolución" que no llevase camuflado en su ideario la sentencia que Tomasi di Lampedusa ni siquiera llegó a ver en letras de molde.

Fernando Anguita B.

p


HACIENDA DE FIGUEROA

Lo van a matar. El no lo sabe, pero yo sí. Lo conozco bien y sé que no es hombre de andar corcoviádole al miedo. Cuando le soplen que va camino a una trampa, se hará el sordo o saldrá con alguna brabuconada de las suyas, como si se creyese eterno. Pero esta vez, pobre cristo, se equivoca fiero. Aprovechando que los demás dormían, he salido a mirar el cielo. Está linda la noche. Se ha largado un vientito suave del lado del río y mañana, si Dios quiere, tendremos un día fresco. Cada tanto algún perro torea en la cadena, pero después vuelve a crecer el silencio y es ahí cuando pareciera que la tierra se detuviese... Y yo, carajo, no puedo dejar de pensar en Quiroga.

La verdad, me gusta ese demonio. Siempre me ha gustado. Es criollo de ley y no sabe de agachadas. Si no fuera quien soy, capaz que hasta lo envidiaría. Pero nacimos distintos y por pensamos distinto, como dice siempre Encarnación. Y ya vé, lo mismo que nos une nos termina separando. Puta qué destino el nuestro, pelear por la misma causa y ver tan distintas las cosas. No hay caso, venimos de otra leche. Facundo siempre fue hombre de galope y arremetida. Yo ahora, en cambio, soy domador de abajo, he aprendido a serenarme. A esperar el momento. En él todo es vértigo, como en el naipe. A mí, en este ajedrez de la política, me gusta mover una pieza después de haber semblanteado todo el tablero. Pero en casi todo el resto nos parecemos. Cuando se ha tenido que pasar la vida arriando cristianos como si fuesen matungos, el que no lo respeta a uno cuanto menos le teme.
Quiroga y yo lo sabemos de sobra, no hay otra ley en la pampa... Además, él también siempre ha querido lo mejor para la Patria, cosa de la que puedo dar fe, aunque últimamente Buenos Aires me lo ha vuelto medio ambicioso. Y acá, paisano, nunca falta el que a los ambiciosos les calienta la oreja. Encima, como se juega todo a su buena estrella... ¡Mire si a Quiroga se le va a dar por pensar que la taba puede caer también de culo! En cuanto a mi persona, ya sabe usted que los asuntos de estado me han ido volviendo cada vez más desconfiado, qué le va a hacer. Ya dicen por ahí que para gobernar hay que saber cuidarse hasta de la propia sombra...

Las otras noches le he escrito; espero haber sido lo suficientemente claro. Aquí no habrá organización mientras quede vivo uno solo de los salvajes, o mientras haya uno de los nuestros que crea que sus propios intereses puedan estar por encima de los intereses generales. ¿De qué podría servirnos un Congreso en semejantes circunstancias? ¿Para qué reclaman ahora estos infelices una Constitución si después no sabrán qué hacer con ella? Yo no soy Quiroga. Yo no me hago ilusiones. A la larga sólo a lonjazos haremos de este páramo una nación como la gente. Si no hay escarmiento para los traidores no habrá futuro que valga la pena.

Miguel Ángel Morelli

p


LA KATARSIS DEL TOMATAZO

Como persona interesada desde hace bastantes años en el hecho teatral, analizo con frecuencia las motivaciones que el hipotético público tiene para asistir (o no) a él. Es un análisis empírico, intuitivo, que hacemos todos los que formamos parte de este mudillo de la farándula, ya sea como actores, autores, actores o técnicos que estamos interesados, naturalmente, en que nuestro trabajo tenga el fin para el que está realizado: llegar al mayor número de gentes. Cuando esto no ocurre pensamos, quizá engañándonos, que “como hacía sol, la gente se fue a pasear” o, en caso contrario, “la lluvia hizo que se quedaran en casa”, que “el productor no promocionó la obra”, que “la calle estaba en obras”... A lo peor es que, simplemente, el teatro no atrae a las masas y hoy es un arte minoritario frente a otros fáciles de digerir como el fútbol, los seriales televisivos o los conciertos con música de evasión.

La verdad es que el teatro requiere, por parte de quienes asisten a él, un esfuerzo intelectual superior al de otros espectáculos. Precisa de un entrenamiento o aprendizaje previo para entender lo que pasa en las tablas donde los símbolos, los juegos en el paso del tiempo (entre el real y el escénico) y con alguna frecuencia el lenguaje, encierran claves especiales. Quizá por ello sea bueno para acercarse a él, descubriendo más tarde toda la riqueza liberadora que encierra, viendo funciones donde lo principal sea el juego, la participación y la desinhibición. Algo así como lo que ofrece desde hace ocho años Cristina Rota, profesora argentina afincada en España, en la Sala Mirador (calle Doctor Fouquet, 31 - Madrid): “La Katarsis del tomatazo”(*). En este espectáculo los alumnos de la Escuela de Cristina muestran, todos los viernes y sábados, sus propuestas escénicas en medio de un espíritu festivo que reivindica el hecho teatral como un arte vivo y concede la oportunidad a los jóvenes actores de afrontar el reto del público.

El espectáculo, con formato de “cabaret”, comienza en el mismo momento en que los espectadores acceden a la sala. Los actores juegan un doble “rol”, de animadores y anfitriones que acompañando a los grupos de espectadores, asumen personajes y textos de diferentes autores.
La Katarsis consta de situaciones dramáticas, números musicales, música en directo, danza y una parte central denominada “katarsis” donde el público ejerce de juez y crítico valorando los números (con un sonoro aplauso o con un tomate en símbolo de protesta). Asimismo, el público puede sumarse al espectáculo en el apartado reservado a los “voluntarios del momento”, escenificando sus propias propuestas escénicas, lo que genera una total interacción entre actor, espacio, y público.
_____________

(*) Catarsis (del griego katharsis, 'purificación')

Salvador Enríquez

p


EL LLAMADO DE LA PRIMAVERA

La primavera irrumpió sin esperar a que estuviéramos preparados para recibirla. Las puertas del balcón estaban mal cerradas y las empujó con sus rachas de viento, enredando las cortinas. Hubo que pelear un rato para lograr desenredarlas, para volver a cerrar las puertas con la ilusión de dejar afuera el viento y el esplendor. Pero el viento y el esplendor nos alcanzan y nos envuelven aun cuando no podamos todavía presentar nuestras propias flores, nuestras propias renovaciones. Aun cuando los juegos del viento no logren remover con su gracia lo que se ha entumecido en nosotros, haciéndonos tiritar, la primavera nos seduce irresistiblemente, y nos mueve a seguir esperando el milagro, como a Antonio Machado el brote nuevo en el olmo centenario; nos seduce al mismo tiempo que nos recuerda cómo hemos fallado al imperio de la renovación y de la felicidad.

Me acuerdo de una escena del film “El último día”, cuando el sol salió sorprendiendo a los soldados que se habían perdido en la niebla y se durmieron esperando su luz. Salió sobre las verdes praderas, que parecían destinadas a cumplir un sueño de felicidad, pero los soldados no podían recorrerlas libremente, porque para ellos estaban llenas de acechanzas.
Como el sol que salió sobre el miedo y la desdicha, la primavera nos recuerda alguna posible vida a la que estábamos llamados, su vislumbrado esplendor. Pero la miramos como los soldados al sol que sólo salió para descubrirlos ante el enemigo. Como la evocación de lo que pudo ser o el anticipo de algo que vendrá para otros. Ella llega inexorable, pero nosotros la vemos llegar desde la sombra del error y el sufrimiento.

Marta Vasallo

p


CASI UN ENEMIGO ÍNTIMO

La televisión es un medio polimórfico, en ella conviven matices y contrastes que lo hacen un medio cuya premisa es la decodificación inmediata y la liviandad para una autosuficiente digestión comunitaria. Encontrar poco más que eso es difícil aún trascendiendo fronteras. Ahora bien, la televisión argentina estiró demasiado la delgada cuerda y como es de prever la cuerda se ha roto. La televisión argentina es una invitación a ocupar el tiempo en una buena lectura para completar nuestras asignaturas pendientes con los Clásicos de la Literatura.. Lo invito a abandonar la caja de frenética majadería por un rato, existen otras sensaciones, léale un cuento a su hijo o cene con su familia sin la irrupción catódica. Como no encontraremos un autoexamen televisivo al menos a corto plazo, intentaré esbozar en pocas líneas uno yo mismo.

Que la televisión Argentina se contrajo, que se empequeñeció y se desvirtuó no es novedad, que provocó una enorme estampida de capacidades, ideas y diversidad y se pronunció por la producción de mini-dramas-directos tampoco, la novedad reside en la construcción implacable de una subespecie andrógena con matices mundanos que se debate todas las tardes con líneas de texto, que involucra, como antagonista principal, a su propia familia. Los desposeídos de talento pero abastecidos del freak look necesario asumen protagonismo. El formato se repite todas las tardes en todas las emisoras y va por más, se alió con la crisis para borrar, como una tempestad podría hacerlo, a otro género (de desmedido presupuesto para los tiempos que corren), destinado a anquilosarse por años, los reality, un formato lobotómico de dudosa categoría y con tanto potencial de interés como una señal de ajuste pueda brindar. La lucha se instaló entre actores desocupados ávidos de ficción, contra un racimo de hámster de laboratorio mansos y engordados a puro sopor. Los dos géneros están detenidos o quizás agazapados.

Pero el ingenio vernáculo no da tregua. Atrapados sin remedio entre la ya legendaria salida fácil y la proliferación de un mal gusto endémico, se instaló la idea de vender nuestras propias miserias en grageas y en dosis continuas. Fue cuando nuestros domingos, inocentes, pasatistas y anestesiantes se convirtieron en un racimo de programas Periodísticos tendientes a recordarnos que somos argentinos y por naturaleza merecemos venerar nuestra malsana costumbre de derrumbar lo derrumbado hasta el día más apático de la semana. Entronizado en su nuevo horario y día, un Grondona menos Aristotélico y más aggiornado a la comedia nacional, inaugura su habano mientras los disidentes de Lanata hacen lo suyo dentro de una escenografía pretendidamente hipnótica, Mr. Chiche juega con las divas de la prehistoria y la cosa sigue uno tras otro día de la semana. De paseo por la cima, vemos erigirse un imperio de figuras esperpénticas comandada por el patituerto hombre de pequeña estatura que ancló en el otrora medido y adusto Canal 13. Entonces el fenómeno llamado "comunidad de espectadores" se produce. El hombre y sus criaturas de histéricos modos llegan al público, quizás porque su mundo se debate entre policías curvilíneos y sedosos, quizás porque los soderos de buen corazón hicieron la gran obra del día, o quizás porque dos jóvenes y su tío llevan todo hasta el paroxismo mas exacerbado y no le rinden cuentas a nadie. Y hay poco más, por allí algún intento digno, tan digno que nadie se digna a nombrarlo.

Tal vez la televisión necesite más de nosotros los espectadores, de nuestra abstención y rigurosidad, de nuestra exigencia a perpetuidad y de nuestro inconmensurable deber de recuperar la verdad y la coherencia. Será entonces cuando la invitaremos nuevamente a nuestra mesa.

Fabián Iriarte

p


EL TREN VACÍO

Anne y Charo esperaban el tren. Estaban cansadas de tanto sol y tanta arena y tanto calor agobiante. La noche se cernía sobre ellas pegajosa y pesada. Anne miró su reloj pulsera con una mueca de cansancio y fastidio.

  1. —Faltan todavía 15 minutos...
  2. —Sin embargo ahí viene...
    Charo señalaba una luz amarilla que se acercaba lentamente por las vías.
  3. —Qué extraño, debe ser otro tren...
  4. —No puede ser otro tren. Estamos con suerte...
    El tren se detuvo y se abrieron las puertas automáticas. Charo cogió alegremente su bolso y saltó dentro. Anne miraba desde afuera, desconcertada y con una terrible sospecha.
  5. —¿Qué pasa, no subes?
    Anne comprendió. Un escalofrío sacudió su cuerpo. El silbato avisaba que se cerraban las puertas.
  6. —Baja, Charo, baja!!! Es el tren vacío!!!
    Charo corrió desesperadamente hacia las puertas. No pudo llegar. Anne vio su rostro aterrorizado pegado al vidrio de la puerta mientras el tren partía. Anne quedó un rato parada en el andén viendo cómo el tren vacío se alejaba lentamente. Luego cortó una rosa y la arrojó sobre las vías, que es el ritual que se suele seguir en estos casos y se quedó mirándola hasta que llegó su tren.

Mientras subía agradeció secretamente la buena idea de la oficina de ferrocarriles de poner un macetero con rosas en la estación para cuando ocurrieran estos casos. Antes había que robarlas de los jardines cercanos, y esto traía aparejados no pocos problemas con los vecinos.

Virgilio Melzi

p


Todo delSUR

Valid HTML 4.01 Transitional

1