ALUCINACIÓN CON RUBIA PLATINADA
Graciela Reyes
CASA TOMADA
Leda Schiavo
DE LAMPEDUSIANOS Y ...
Fernando Anguita B.
HACIENDA DE FIGUEROA
Miguel Ángel Morelli
ELIXIR
Roberto Enrique Rocca
LA KATARSIS DEL TOMATAZO
Salvador Enríquez
EL LLAMADO DE LA PRIMAVERA
Marta Vasallo
CASI UN ENEMIGO ÍNTIMO
Fabián Iriarte
EL TREN VACÍO
Virgilio Melzi
fab9
ALUCINACIÓN CON RUBIA PLATINADA
Toda narración contiene falsedades, porque ni la memoria ni el corazón
ni el lenguaje nos permiten decir por completo la verdad, aunque quisiéramos
decirla. Pero el relato que sigue trata de respetar, en lo esencial y hasta en
los detalles, mi encuentro verdadero con un fantasma y una rubia.
Hace unos años, recién separada de un hombre al que quería mucho, me
parecía verlo por todas partes, aquí en Chicago. Sabía que era imposible. Lo
había dejado lejísimos, en otro mundo casi. Y sin embargo, había tantos hombres
parecidos a él, al menos a cierta distancia, que vivía sobresaltada. Una noche
de otoño, volviendo de visitar a una amiga en un hospital, iba en auto por la
calle La Salle, en dirección a mi casa, y pensaba, como siempre, en él. La calle
La Salle tiene en el medio un cantero con arbustos y plantas, y está flanqueada
por casas elegantes, con grandes portales y jardines. Esa noche de domingo la
calle estaba desierta, pese a que no serían más de las diez. Al llegar a la
esquina de Goethe, manejando yo por el centro de la calle, del lado del cantero,
vi a mi derecha, en la esquina, a mi amante. Hoy creo que en realidad no había
nadie allí, solamente la sombra de un árbol contra la pared de piedra de una
iglesia. Pero lo vi, llegué a pensar que iba a mi casa a buscarme, y di un
volantazo a la derecha, para acercarme a él. No miré para atrás, por supuesto, y
le destrocé el guardabarro al coche que venía por mi derecha, un Oldsmobile o un
Cadillac, no lo sé, un coche grande. Frenamos los dos, yo en diagonal. El ruido
del golpe y de mi faro destrozado dejaron ecos en la calle, y luego hubo un
instante de silencio. En la esquina no había nadie.
Puse el coche contra la vereda, busqué en la guantera la tarjeta del
seguro y bajé. Del auto abollado había salido una rubia espectacular, que dejó
de mirar su guardabarro para decirme hola y preguntarme si me sentía bien. Tenía
una gran cabeza platinada, brillante, y la mirada fija, quizá miope, que tienen
siempre las rubias platinadas. Llevaba los labios pintados de un color violento,
lo que subrayaba la palidez lunar de sus mejillas. Era altísima, tenía las
piernas muy largas, descubiertas hasta casi medio muslo por debajo del abrigo, y
en los pies unas botitas rojas. Era tan rubia y tan despampanante, tan
pintarrajeada, tan perfumada, que me hizo tener otra vez la sensación de ser
insignificante, que era la sensación que me provocaban las novias platinadas de
mis tíos millonarios, allá lejos y hace tiempo, cuando yo era una chiquilina. Le
dije que lo sentía mucho, que mi seguro iba a pagar el arreglo, y que fuéramos a
la comisaría a hacer la denuncia. Ella hizo un gesto con la mano, rechazando mis
ofertas. Tenía, por supuesto, las uñas larguísimas y rojas y varias pulseras de
oro. Tan familiar era la rubia, que le dije la verdad: que había visto en la
esquina a un hombre con el que yo estaba obsesionada, que no había podido
dominarme y había hecho esa maniobra absurda... Dijo, con toda naturalidad:
tuviste una alucinación. Nos quedamos calladas, mirando la esquina desierta. Al
final hicimos unas muecas, las dos, unas muecas parecidas: levantamos las cejas,
apretamos los labios, sonreímos. Fue una comunicación burlona y reconfortante,
que me devolvió el sentido de la realidad. La rubia me dio la mano y se fue.
Paso por esa esquina con mucha frecuencia, porque está cerca de mi casa.
Siempre miro el lugar donde él estuvo un momento, nítido y enamorado. En cuanto
a la rubia, creo que fue una alucinación, también: una alucinación de mí misma,
convertida en mina devoradora de hombres, como aquellas que me fascinaban en la
infancia, una versión extrema de mí convocada para ser cómplice de un delirio.
Graciela Reyes
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ELIXIR
Se detuvo cuando oyó que lo llamaban.
—Te lo regalo —dijo el viejo, tendiéndole la esferita de cristal— En cuanto
bebas del elixir contenido en esta ampolla te será concedida la inmortalidad. En
ese mismo momento, tu tiempo se detendrá y permanecerás en la edad que hayas
elegido, para toda la eternidad.
El chico no comprendía por qué el anciano no lo bebía él mismo, pero lo aceptó
pensando: «Cuando sea grande lo beberé y viviré para siempre»
Creció y se hizo un joven robusto, lleno de vida. Entonces pensó que pese a su
vitalidad y su vigor, no había alcanzado todavía la madurez del espíritu y
decidió esperarla. Llegado que hubo a la plenitud, quiso tener la serenidad y la
sabiduría de la vejez y postergó una vez más el momento de beberlo.
Anciano y fatigado se sentó una tarde a la vera del camino. Vio pasar un
chiquillo y lo llamó.
—Te lo regalo —dijo, tendiéndole la esferita de cristal— En cuanto bebas del
elixir contenido en esta ampolla te será concedida la inmortalidad. En ese mismo
momento, tu tiempo se detendrá y permanecerás en la edad que hayas elegido, para
toda la eternidad.
Roberto Enrique Rocca
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CASA TOMADA
Tantas veces había leído este cuento de Cortázar sin darme cuenta, hasta hoy, de
que era premonitorio. La historia de esos dos hermanos, que llevan una vida
estéril y parasitaria viviendo en la casa de sus bisabuelos y que deciden
abandonarla cuando fuerzas desconocidas la invaden, resulta hoy no un cuento
fantástico, sino una dolorosa realidad.
Creo que muchos argentinos vivimos con la angustia de que fuerzas extrañas
tomaron nuestra casa y que nos conducen a la alienación. La alienación, qué
palabra. Alienado viene de ‘alienum’, en latín, que significa ajeno, de ahí
también que enajenado signifique loco y alius, ‘otro’. De alienado sale ‘alien’,
en inglés, que significa ‘el otro’, el que no es como yo, el extranjero. Todas
las acepciones del latín son interesantes, en principio quería decir ‘ceder los
derechos de propiedad’ , luego ‘alejar, volver extranjero, no estar en posesión
de sí mismo, perder sentimiento, estar paralizado, estar en letargo’. La locura
excita o paraliza. Y así estamos, con nuestra casa tomada: excitados o
paralizados, hemos perdido la capacidad de sentir, nos sentimos aletargados.
Cómo no estarlo cuando el mundo está al revés: los bancos roban a los ciudadanos
(no es que antes no robaran, pero uno no se daba cuenta, por lo menos en
ventanilla nos devolvían el dinero); los padres de la patria engañan vilmente,
los que deben protegernos nos agreden, los que deben cuidar nuestro territorio
lo entregan, soldados extranjeros dicen que vienen a matar los mosquitos con
inmunidad diplomática, los jueces hacen justicia no para hacer justicia sino con
fines espúreos...
A nosotros nos han convertido en otros, somos los otros de nosotros mismos. Por
eso nos es difícil salir de la parálisis o letargo en que nos hundimos ante
tanta infamia.
Los hermanos del cuento se van de la casa y tiran la llave por la alcantarilla,
ceden sus derechos de propiedad.
El cuento tiene un final abierto. Nos obliga a interpretar. ¿Será que van a un
futuro mejor y es un final feliz? Difícil creer esto, porque pertenecen a la
clase ociosa, son viejos, están gastados.
Y nosotros, ¿qué somos, qué hacemos, adónde vamos? ¿Podemos empezar de nuevo? La
respuesta es de cada uno y cada uno con cada uno hará un gran nosotros, aquel
nosotros tan olvidado: "Nosotros, los representantes del pueblo argentino..."
Leda Schiavo
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DE LAMPEDUSIANOS Y ...
Todo el mundo o casi todo el mundo conoce, mal que bien, la cita. De la misma
corren en español dos versiones: la auténtica y la alterada. La aparición de
esta última es lógica porque al escucharla por primera vez se entiende antes que
la traducción fiel del original; es decir, no hay que escucharla por segunda
vez. Como pienso que los lectores argentinos de estas páginas tienen tantas
probabilidades de que sus ancestros sean españoles como italianos, les brindo la
cita en su idioma original. Dice así:
«Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi».
La versión literal que he llamado auténtica sería: «Si queremos que todo siga
como está, es necesario que todo cambie». La alteración introducida por otros
traductores, pienso que bienintencionada, ha consistido —se diría que para
empezar obedeciéndola— en cambiar el segundo "todo" y dejarlo en "algo".
Es
frecuente, en ese caso, que también hayan invertido el orden de las dos
oraciones pasando la condicional al segundo lugar. En resumen, la cita así
alterada ha quedado en:
«Es necesario que algo cambie, si queremos que todo siga como está»
Dije que esta versión se entiende mejor que la auténtica; sin embargo, aunque
así sea, corrompe la intención del autor porque destruye la fuerza de la
paradoja. Expresada de este modo no produce sobresalto leerla. Sin necesidad de
prestarle atención nos informa de lo que sabemos, del proceso natural de los
cambios cotidianos.
En la Italia de 1860, anunciar que se avecinaba la
sustitución de (toda) una clase social por otra, aceptar el envite integrándose
en la clase emergente, para seguir disfrutando de privilegios análogos a los que
se tenían, era exactamente cambiarlo todo para conservarlo todo. Sin embargo, lo
que ordinariamente nos toca presenciar en la política contemporánea del día a
día es precisamente la del algo por el todo, la versión reducida del dictum
lampedusiano. Es cierto que resulta posiblemente la única aconsejable. Una
política eficaz es la que va acertando con la calidad y la cantidad de ese
"algo" que conviene cambiar. Lo cual se sabe gracias a las encuestas de todo
tipo con las que se toma el pulso a la población. También es cierto que las
predicciones de las encuestas a veces fallan; rarísima vez si están bien hechas
y si luego son correctamente procesadas.
La alteración de la cita es, como ahora se dice, políticamente correcta. Es así
como un gobierno responsable trabaja hoy. Los puntos suspensivos de la cabecera
son sustituibles por "españoles", "italianos", "alemanes"… etc. Si uno, unos
pocos, varios o muchos ciudadanos de un país no creen que su gentilicio pueda
ocupar esos puntos, es porque se sienten en situación lampedusiana. Pero si
tampoco se ven en ella es que están abocados a la tercera vía.
La tercera vía es la revolución, y para los verdaderos revolucionarios, la
revolución permanente. Aunque, después de un concienzudo repaso a la historia,
cabe preguntarse si hubo alguna "revolución" que no llevase camuflado en su
ideario la sentencia que Tomasi di Lampedusa ni siquiera llegó a ver en letras
de molde.
Fernando Anguita B.
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HACIENDA DE FIGUEROA
Lo van a matar. El no lo sabe, pero yo sí. Lo conozco bien y sé que no es
hombre de andar corcoviádole al miedo. Cuando le soplen que va camino a una
trampa, se hará el sordo o saldrá con alguna brabuconada de las suyas, como
si se creyese eterno. Pero esta vez, pobre cristo, se equivoca fiero.
Aprovechando que los demás dormían, he salido a mirar el cielo. Está linda
la noche. Se ha largado un vientito suave del lado del río y mañana, si Dios
quiere, tendremos un día fresco. Cada tanto algún perro torea en la cadena,
pero después vuelve a crecer el silencio y es ahí cuando pareciera que la
tierra se detuviese... Y yo, carajo, no puedo dejar de pensar en Quiroga.
La verdad, me gusta ese demonio. Siempre me ha gustado. Es criollo de ley y
no sabe de agachadas. Si no fuera quien soy, capaz que hasta lo envidiaría.
Pero nacimos distintos y por pensamos distinto, como dice siempre
Encarnación. Y ya vé, lo mismo que nos une nos termina separando.
Puta qué destino el nuestro, pelear por la misma causa y ver tan distintas
las cosas. No hay caso, venimos de otra leche. Facundo siempre fue hombre de
galope y arremetida. Yo ahora, en cambio, soy domador de abajo, he aprendido
a serenarme. A esperar el momento. En él todo es vértigo, como en el naipe.
A mí, en este ajedrez de la política, me gusta mover una pieza después de
haber semblanteado todo el tablero. Pero en casi todo el resto nos
parecemos. Cuando se ha tenido que pasar la vida arriando cristianos como si
fuesen matungos, el que no lo respeta a uno cuanto menos le teme. Quiroga y
yo lo sabemos de sobra, no hay otra ley en la pampa... Además, él también
siempre ha querido lo mejor para la Patria, cosa de la que puedo dar fe,
aunque últimamente Buenos Aires me lo ha vuelto medio ambicioso. Y acá,
paisano, nunca falta el que a los ambiciosos les calienta la oreja. Encima,
como se juega todo a su buena estrella... ¡Mire si a Quiroga se le va a dar
por pensar que la taba puede caer también de culo! En cuanto a mi persona,
ya sabe usted que los asuntos de estado me han ido volviendo cada vez más
desconfiado, qué le va a hacer. Ya dicen por ahí que para gobernar hay que
saber cuidarse hasta de la propia sombra...
Las otras noches le he escrito; espero haber sido lo suficientemente claro.
Aquí no habrá organización mientras quede vivo uno solo de los salvajes, o
mientras haya uno de los nuestros que crea que sus propios intereses puedan
estar por encima de los intereses generales. ¿De qué podría servirnos un
Congreso en semejantes circunstancias? ¿Para qué reclaman ahora estos
infelices una Constitución si después no sabrán qué hacer con ella? Yo no
soy Quiroga. Yo no me hago ilusiones. A la larga sólo a lonjazos haremos de
este páramo una nación como la gente. Si no hay escarmiento para los
traidores no habrá futuro que valga la pena.
Miguel Ángel Morelli
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LA KATARSIS DEL TOMATAZO
Como persona interesada desde hace bastantes años en el hecho teatral, analizo
con frecuencia las motivaciones que el hipotético público tiene para asistir (o
no) a él. Es un análisis empírico, intuitivo, que hacemos todos los que formamos
parte de este mudillo de la farándula, ya sea como actores, autores, actores o
técnicos que estamos interesados, naturalmente, en que nuestro trabajo tenga el
fin para el que está realizado: llegar al mayor número de gentes. Cuando esto no
ocurre pensamos, quizá engañándonos, que “como hacía sol, la gente se fue a
pasear” o, en caso contrario, “la lluvia hizo que se quedaran en casa”, que “el
productor no promocionó la obra”, que “la calle estaba en obras”... A lo peor es
que, simplemente, el teatro no atrae a las masas y hoy es un arte minoritario
frente a otros fáciles de digerir como el fútbol, los seriales televisivos o los
conciertos con música de evasión.
La verdad es que el teatro requiere, por parte de quienes asisten a él, un
esfuerzo intelectual superior al de otros espectáculos. Precisa de un
entrenamiento o aprendizaje previo para entender lo que pasa en las tablas donde
los símbolos, los juegos en el paso del tiempo (entre el real y el escénico) y
con alguna frecuencia el lenguaje, encierran claves especiales.
Quizá por ello sea bueno para acercarse a él, descubriendo más tarde toda la
riqueza liberadora que encierra, viendo funciones donde lo principal sea el
juego, la participación y la desinhibición. Algo así como lo que ofrece desde
hace ocho años Cristina Rota, profesora argentina afincada en España, en la
Sala Mirador (calle Doctor Fouquet, 31 - Madrid): “La Katarsis del tomatazo”(*).
En este espectáculo los alumnos de la Escuela de Cristina muestran, todos los
viernes y sábados, sus propuestas escénicas en medio de un espíritu festivo que
reivindica el hecho teatral como un arte vivo y concede la oportunidad a los
jóvenes actores de afrontar el reto del público.
El espectáculo, con formato de “cabaret”, comienza en el mismo momento en que
los espectadores acceden a la sala. Los actores juegan un doble “rol”, de
animadores y anfitriones que acompañando a los grupos de espectadores, asumen
personajes y textos de diferentes autores.
La Katarsis consta de situaciones dramáticas, números musicales, música en
directo, danza y una parte central denominada “katarsis” donde el público ejerce
de juez y crítico valorando los números (con un sonoro aplauso o con un tomate
en símbolo de protesta). Asimismo, el público puede sumarse al espectáculo en el
apartado reservado a los “voluntarios del momento”, escenificando sus propias
propuestas escénicas, lo que genera una total interacción entre actor, espacio,
y público. _____________
(*) Catarsis (del griego katharsis, 'purificación')
Salvador Enríquez
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EL LLAMADO DE LA PRIMAVERA
La primavera irrumpió sin esperar a que estuviéramos preparados para recibirla.
Las puertas del balcón estaban mal cerradas y las empujó con sus rachas de
viento, enredando las cortinas. Hubo que pelear un rato para lograr
desenredarlas, para volver a cerrar las puertas con la ilusión de dejar afuera
el viento y el esplendor. Pero el viento y el esplendor nos alcanzan y nos
envuelven aun cuando no podamos todavía presentar nuestras propias flores,
nuestras propias renovaciones. Aun cuando los juegos del viento no logren
remover con su gracia lo que se ha entumecido en nosotros, haciéndonos tiritar, la primavera nos seduce irresistiblemente, y nos mueve a seguir esperando el
milagro, como a Antonio Machado el brote nuevo en el olmo centenario; nos seduce
al mismo tiempo que nos recuerda cómo hemos fallado al imperio de la renovación
y de la felicidad.
Me acuerdo de una escena del film “El último día”, cuando el sol salió
sorprendiendo a los soldados que se habían perdido en la niebla y se durmieron
esperando su luz. Salió sobre las verdes praderas, que parecían destinadas a
cumplir un sueño de felicidad, pero los soldados no podían recorrerlas
libremente, porque para ellos estaban llenas de acechanzas.
Como el sol que salió sobre el miedo y la desdicha, la primavera nos recuerda
alguna posible vida a la que estábamos llamados, su vislumbrado esplendor. Pero
la miramos como los soldados al sol que sólo salió para descubrirlos ante el
enemigo. Como la evocación de lo que pudo ser o el anticipo de algo que vendrá
para otros. Ella llega inexorable, pero nosotros la vemos llegar desde la
sombra del error y el sufrimiento.
Marta Vasallo
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CASI UN ENEMIGO ÍNTIMO
La televisión es un medio polimórfico, en ella conviven matices y contrastes que
lo hacen un medio cuya premisa es la decodificación inmediata y la liviandad
para una autosuficiente digestión comunitaria. Encontrar poco más que eso es
difícil aún trascendiendo fronteras. Ahora bien, la televisión argentina estiró
demasiado la delgada cuerda y como es de prever la cuerda se ha roto. La
televisión argentina es una invitación a ocupar el tiempo en una buena lectura
para completar nuestras asignaturas pendientes con los Clásicos de la
Literatura.. Lo invito a abandonar la caja de frenética majadería por un rato,
existen otras sensaciones, léale un cuento a su hijo o cene con su familia sin
la irrupción catódica. Como no encontraremos un autoexamen televisivo al menos a
corto plazo, intentaré esbozar en pocas líneas uno yo mismo.
Que la televisión
Argentina se contrajo, que se empequeñeció y se desvirtuó no es novedad, que
provocó una enorme estampida de capacidades, ideas y diversidad y se pronunció
por la producción de mini-dramas-directos tampoco, la novedad reside en la
construcción implacable de una subespecie andrógena con matices mundanos que se
debate todas las tardes con líneas de texto, que involucra, como antagonista
principal, a su propia familia. Los desposeídos de talento pero abastecidos del
freak look necesario asumen protagonismo. El formato se repite todas las tardes
en todas las emisoras y va por más, se alió con la crisis para borrar, como una
tempestad podría hacerlo, a otro género (de desmedido presupuesto para los
tiempos que corren), destinado a anquilosarse por años, los reality, un formato
lobotómico de dudosa categoría y con tanto potencial de interés como una señal
de ajuste pueda brindar. La lucha se instaló entre actores desocupados ávidos de
ficción, contra un racimo de hámster de laboratorio mansos y engordados a puro
sopor. Los dos géneros están detenidos o quizás agazapados.
Pero el ingenio
vernáculo no da tregua. Atrapados sin remedio entre la ya legendaria salida
fácil y la proliferación de un mal gusto endémico, se instaló la idea de vender
nuestras propias miserias en grageas y en dosis continuas. Fue cuando nuestros
domingos, inocentes, pasatistas y anestesiantes se convirtieron en un racimo de
programas Periodísticos tendientes a recordarnos que somos argentinos y por
naturaleza merecemos venerar nuestra malsana costumbre de derrumbar lo
derrumbado hasta el día más apático de la semana. Entronizado en su nuevo
horario y día, un Grondona menos Aristotélico y más aggiornado a la comedia
nacional, inaugura su habano mientras los disidentes de Lanata hacen lo suyo
dentro de una escenografía pretendidamente hipnótica, Mr. Chiche juega con las
divas de la prehistoria y la cosa sigue uno tras otro día de la semana. De paseo
por la cima, vemos erigirse un imperio de figuras esperpénticas comandada por
el patituerto hombre de pequeña estatura que ancló en el otrora medido y adusto
Canal 13. Entonces el fenómeno llamado "comunidad de espectadores" se produce.
El hombre y sus criaturas de histéricos modos llegan al público, quizás porque
su mundo se debate entre policías curvilíneos y sedosos, quizás porque los
soderos de buen corazón hicieron la gran obra del día, o quizás porque dos
jóvenes y su tío llevan todo hasta el paroxismo mas exacerbado y no le rinden
cuentas a nadie. Y hay poco más, por allí algún intento digno, tan digno que
nadie se digna a nombrarlo.
Tal vez la televisión necesite más de nosotros los
espectadores, de nuestra abstención y rigurosidad, de nuestra exigencia a
perpetuidad y de nuestro inconmensurable deber de recuperar la verdad y la
coherencia. Será entonces cuando la invitaremos nuevamente a nuestra mesa.
Fabián Iriarte
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EL TREN VACÍO
Anne y Charo esperaban el tren. Estaban cansadas de tanto sol y tanta arena y
tanto calor agobiante. La noche se cernía sobre ellas pegajosa y pesada. Anne
miró su reloj pulsera con una mueca de cansancio y fastidio.
- —Faltan todavía 15 minutos...
- —Sin embargo ahí viene...
Charo señalaba una luz amarilla que se acercaba lentamente por las vías.
- —Qué extraño, debe ser otro tren...
- —No puede ser otro tren. Estamos con suerte...
El tren se detuvo y se abrieron las puertas automáticas. Charo cogió alegremente
su bolso y saltó dentro. Anne miraba desde afuera, desconcertada y con una
terrible sospecha.
- —¿Qué pasa, no subes?
Anne comprendió. Un escalofrío sacudió su cuerpo. El silbato avisaba que se
cerraban las puertas.
- —Baja, Charo, baja!!! Es el tren vacío!!!
Charo corrió desesperadamente hacia las puertas. No pudo llegar. Anne vio su
rostro aterrorizado pegado al vidrio de la puerta mientras el tren partía.
Anne quedó un rato parada en el andén viendo cómo el tren vacío se alejaba
lentamente. Luego cortó una rosa y la arrojó sobre las vías, que es el ritual
que se suele seguir en estos casos y se quedó mirándola hasta que llegó su tren.
Mientras subía agradeció secretamente la buena idea de la oficina de
ferrocarriles de poner un macetero con rosas en la estación para cuando
ocurrieran estos casos. Antes había que robarlas de los jardines cercanos, y
esto traía aparejados no pocos problemas con los vecinos.
Virgilio Melzi
p
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